11. Hermosas Camareras Lombardas

 

José Luis ha salido con dirección a Madrid y me quedo solo el Ljubljana, la capital de Eslovenia. No es algo nuevo para mi, ya he viajado solo más veces y  es una sensación placentera. Después de unos días de viaje conjunto, mis compañeros han ido escogiendo otros caminos y ahora agradezco estar solo. Ha sido agradable hacer el viaje juntos, no han surgido problemas y nos hemos entendido a la perfección, volvería a viajar con ellos. Aún así, me congratulo de hacer este último tramo en solitario, a mi aire, disfrutado de la soledad del viajero.

Recuerdo haber dejado los guantes sobre la moto, ayer. Se me olvidaron pero, como este país es muy tranquilo y apenas hay robos, no me preocupé en exceso. Además la moto quedó bien guardada tras la reja con candado en el patio comercial. Pero esta mañana ya han abierto la reja y las tiendas del interior. Y mis guantes no están, me los han robado. y eran buenos. Y llueve. Y me tendré que comprar unos guantes nuevos.

Recorro la ciudad en busca de una tienda de motos y doy con la que acabo de localizar en una rápida incursión en Google. Está en la otra punta de la ciudad. Y esta es una ciudad desparramada.

 

No consigo localizar a Naco así que abandono la ciudad con un puntito de frustración.

 

Ahora estoy en Venecia. He llegado aquí saltándome casi todos los peajes. Uso varias técnicas: si el espacio entre la barrera y el hormigón es suficiente me cuelo por ahí. Si delante llevo un camión, me pego lo suficiente como para pasar, bien pegado a su rebufo, antes de que se cierre la barrera. No tengo remordimientos ni disquisiciones morales por estar robando. Si acaso un poco de nervios por si me pillan y me hacen pagar una multa elevada. Por lo demás tengo poca consideración con las empresas concesionarias de la caras autopistas italianas. En Eslovenia usé la misma técnica a la salida que a la entrada. Hacerme el loco y pasar por delante de las cámaras como si nada.

Venecia es… no sabría muy bien como definirla. Se ha escrito tanto sobre esta ciudad que cualquier cosa que yo pueda decir va a quedarse corta. Prefiero no hacer ninguna consideración sobre ella. Los calificativos han de quedarse, por fuerza, cortos. Y yo no he llegado hasta aquí para hacer de guía de turismo.

Al final de la carretera hay una rotonda en la que, a poco mal que aparques te llevan la moto. De aquí en adelante comienzan los canales. Entablo conversación con una pareja de franceses que vienen todos los años a pasar unos días a la ciudad. Viajan en Honda Varadero. Él es un personaje dicharachero que habla por los codos transmitiendo entusiasmo en cada palabra. Ella, más retraída, se mantiene en un discreto segundo plano. No me parece adecuado acompañar a una pareja en su paseo romántico por la ciudad de los canales así que pronto nos separamos y cruzo el primer puente de Venecia. No sé cómo se llama. Tampoco me importa. Siento una sensación especial al hacerlo. Estar en Venecia es, para mi, un acto viajero. Es uno de esos lugares que hay que conocer, un centro mundial de turismo, un "destino en lo universal". Y pasear por sus calles angostas, aspirar los pestilentes efluvios de algún canal o quedarse embobado mirando las góndolas desde el Puente del Rialto es algo tan tópico que incluso pensar en ello emociona. No veo, sin embargo, que sea un lugar tan romántico como dicen las guías de turismo. Es una ciudad hermosa, cargada de historia y peculiar donde las haya. Pero romántica, lo que se dice romántica… pues no acabo de verlo.

Hoy mi almuerzo consiste en una exigua porción de pizza y un vaso de vino. Vuelvo a pasear, a mirar, embobado, las góndolas y las parejas de recién casados. De vez en cuando caen unas gotas  y un viento desapacible agita las aguas del Gran Canal. No tengo ni una mísera guía de viajes y todo lo que sé de esta ciudad es muy poco. Me siento un poco paleto paseando por estas calles llenas de historia y sin un ápice de interés en la misma. Me basta con pasear, con mirar, con posar la vista en cada rincón, aún más curioso que el anterior. He asumido que no voy a conocer esto en unas cuantas horas. Ni en una vida. Así que, el lugar de buscar, frenético, la plaza de San Marcos, el Puente de los Suspiros o el palacio Ducal, me dejo perder por sus callejuelas. Ignoro si son interesantes para el resto de la humanidad o si forman parte de algún recorrido mítico. Me da igual. Arrastro los pies pausadamente por callejones desiertos. Me asomo en callejas que no están invadidas por turistas, intentando olvidar que yo formo parte de esta horda humana. Y recuerdo cuanto odio que un escritor de viajes diga que él no es un turista. Un viajero. No te jode. Creo que Javier Reverte fue el más honesto de todos en este aspecto. Cualquiera que llegue a esta ciudad con ánimo de visitarla es un turista.

Dejo Venecia después de llamar a Elena y contarle dónde estoy. Quizá con ella aquí me asaltase el romanticismo y la ciudad tuviera un aire menos prosaico.

Vuelvo a estar rodando en la autopista, rodeado de coches y camiones y con la vista puesta allá, a lo lejos, donde unas nubes oscuras amenazan con descargar con furia todo su contenido.

Ya estoy cerca de Brescia. Ha sido una tarde aburrida, plagada de camiones y con el único aliciente de saltarse algún que otro peaje. Me estoy aficionando a ser un sinvergüenza.

Hace un rato que he dejado la autopista, sin pagar, y estoy vagando, errante, entre campos de cultivo y ribazos sin nada que ofrecer. Comienzan a caer las primeras gotas y recalo en un bar pequeño de un pueblo pequeño perdido entre campos de cereal, viñas y pequeñas zonas industriales. Me acodo en la barra, después de despojarme del casco, del traje de aguas y  demás adminículos propios de este modo de viajar.. Una pose tantas veces repetida. 

"Un vino rosso, per favore". El italiano es tan fácil. Lo que no sé me lo invento y, para reforzar las afirmaciones junto los dedos de una mano y muevo la muñeca de adelante a atrás. Soy una versión bufa de un mafioso calabrés.

Entablo conversación con los escasos parroquianos: un indio que vende flores y algunos locales que trasiegan cerveza o vino con delectación.

Andrea es un tipo dicharachero. Habla a toda velocidad y sonríe constantemente. Me insiste para que pruebe el vino de la zona, frizzante, bianco,buono. Nos invitamos a unas rondas mientras, afuera, la tormenta arrecia por momentos.

Después de una hora ya sabemos algo más los unos de los otros, incluso que la camarera tiene un rollo con uno de aquí cerca. Es guapa. Con un par de vinos más incluso diría que está buena. Tiene un tatuaje en el cuello que le da un aire atrevido. El pelo corto y unos tejanos ajustados que dejan ver su ombligo. Definitivamente, está buena.

Pregunto a mis nuevos amigos por un lugar tranquilo y seguro para montar la tienda. Sigue lloviendo a mares. Me preguntan si no sería mejor un hotel pero, prefiero la tienda. El presupuesto del viaje está tocando fondo y no quiero sacrificar ni un solo kilómetro del próximo viaje.

Andrea llama a su amigo que vive aquí cerca, en una casa de campo, con cuadra y un voladizo bajo el que puedo montar la tienda a techo. No está mal.

Al llegar a la casa de Omar nos recibe su madre. Está un poco nerviosa. Ha hablado con su hermana y ésta le ha dicho que tenga cuidado no vaya a albergar a un “prófugo español”. Nunca se me había ocurrido pensar en mi mismo como un prófugo. Me he imaginado como pirata, como astronauta, como asesino en serie, como ladrón, como rey, como vagabundo… pero nunca como un prófugo. Le digo que soy del Corpo Forestale dello Stato en España y le enseño el carnet que me acredita como agente de la autoridad a servicio del Gobierno. Desde que me abrió alguna puerta en Marruecos siempre lo llevo conmigo. Al fin y al cabo a la mayoría de las personas les da mucha tranquilidad saber que están ante un miembro de la administración de un estado y a mi me gusta contar que soy guarda forestal. La gente te ve como un romántico con suerte. 

Parece que mis explicaciones surten el efecto deseado y éstas, unidas a un intento de parecer un romántico con suerte, hacen que consiga acampar en el interior de la cuadra. Aquí no necesito montar la tienda, así que le digo que dormiré en el suelo. Ella se azora aún más, muerta de vergüenza. No puedo dormir en el suelo. Eso no entra dentro de su idea de hospitalidad.

Comprendo perfectamente lo que siente. Por una parte le doy miedo, soy un desconocido al que va a albergar en su casa, en el centro de Italia, donde la hospitalidad rural pasó a un tercer plano hace decenios. Por otra parte es de noche y ya me ha dicho que puedo dormir en su cuadra. Pero claro, tener a un hombre civilizado, educado y sin “mala pinta”, durmiendo en el suelo que, hasta hace un par de años, pisaban sus vacas, tampoco es muy hospitalario. Al final llegamos a una solución de compromiso: me baja una hamaca de playa, unas sábanas y unas mantas. Eso es más que suficiente para mi y ambos salvamos las circunstancias. En realidad a mi ya me habría salvado con el tendejón.

Omar acaba de llegar. Es un tipo alto, ancho de espalda y con aire de bonachón. Andrea ya me había advertido de su forma de hablar. No hay quien entienda ni una palabra. Habla en lombardo, un dialecto del norte de Italia emparentado con el francés y que, pronunciado a la endiablada velocidad con que habla Omar, suena en mis oídos como una sucesión de frases monocordes e inconexas. Intenta hacer un esfuerzo para hablar en italiano pero, en cuanto consigue mi atención, vuelve a dirigirse a mi en esa enrevesada lengua. Andrea hace de traductor. Toda esta situación me parece de lo más cómico. 

Me bajan un bocadillo de jamón y una botella de agua. Dentro de media hora nos vamos de fiesta con Alexandro, otro de los colegas del bar, a Bagnolo.

 

Estoy tomando vino frizzante en el bar del padre de un jugador del Brescia. Parece ser que es muy famoso pero no consigo recordar su nombre. Lo más importante, según mis interlocutores, es que está saliendo con Miss Brescia. ¿O es Miss Italia? No sé, creo que el vino me está obnubilando la mente.

Cambiamos de garito pero esta vez voy con Alexandro en su Audi TT de doscientos caballos. Duechento? No, duechento e due. Esos dos caballos son los que le dan la potencia. Sin esos apenas si se mueve. Nos partimos de risa un rato.

Ahora recalamos en otro bar de otro pueblo al que no sabría llegar en esta noche en la que todas las carreteras parecen iguales. Otra hermosa camarera, otros cuantos vinos y otras cuantas risas. Omar se nos escapa unos instantes y, cuando ya nos vamos a ir lo encontramos a la vuelta de la esquina pegándose el lote con la camarera. Me pareció ver cierta tensión sexual no resuelta entre ellos dos. De nuevo risas.

Entramos en un bar de copas enorme, El Forajido. Es el lugar de ocio más popular de la zona. Futbolín, pizzas, cerveza a raudales… Un enorme tipo con la cabeza rapada me dice, entre risas que se llama Franco, como nuestro dictador. Ha pasado algunas temporadas en Ibiza y ahora trabaja aquí encargándose de la seguridad. Se ve que tiene tablas para el mundo de la noche.

Me acuesto en mi improvisada suite rodeado de trastos, polvo y comida de gatos. Dejo la ropa tirada sobre la alfombra. Creo que son las tres de la mañana. Mañana tendré resaca. Lo veo venir.

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