7. Brela – Dubrovnik. Motero a la Parrilla

Dia 28 de mayo

Brela – Dubrovnik


 

 

 

Hoy no hemos madrugado, menos mal. Me levanto con un poco de resaca, con la “cinta amarilla alrededor del viejo roble”, como diría mi amigo Juan. De Davor aún no sabemos nada, tampoco de Nino. Supongo que no les veremos el pelo más.

Después de cargar los trastos en las motos admiramos la bahía de Brela, el paseo marítimo y preguntamos, como no, por dónde se accede a la playa de Punta Rata. Ya me estoy cansando un poco de la puñetera playa y, después de dar unas vueltas por el pueblo buscando el acceso volvemos a encontrarnos en el mismo punto que ayer: lejos de la playa y sin encontrar el acceso. Al fin, justo tres minutos antes de darme por vencido y mandar la playa al carajo, un orondo alemán con la camiseta manchada de grasa y otros restos alimenticios, nos indica la entrada y, oh milagro, llegamos a la Playa de Punta Rata, como he dicho anteriormente considerada por la revista Forbes, la mejor playa del mundo.

 

Claro, con semejantes expectativas uno se espera una especie de orgasmo al llegar al destino pero, en lugar de eso, nos encontramos con una playa bonita. Ni la mejor del mundo, ni espectacular ni nada que se le parezca. Una playa bonita y punto. En cinco minutos despachamos la visita y rápidamente pusimos rumbo a Dubrovnik,la Perla del Adriático, esperando no sufrir otra desilusión.

 

La carretera discurre paralela a la costa en todo su recorrido y cuanto más al sur, más sube la temperatura. La cadena montañosa que tenemos a nuestra izquierda ha pasado del blanco nuclear de la zona norte a una caliza gris plomo en esta comarca. El atractivo de la costa se torna un tanto monótono. Los árboles han desaparecido casi por completo, dando paso a una vegetación más mediterránea que en el norte, sobresaliendo, únicamente, la presencia de los cipreses que forman unos bosquetes un tanto extraños.

El calor sigue apretando y, mientras negocio curvas y más curvas ya me va sobrando ropa. En una de las paradas que hacemos, muy cerca de la desembocadura del río Neretva, me quito la chaqueta y me quedo solo con la camiseta. El sol aprieta de lo lindo y tengo miedo a quemarme, pero no me importa porque en cuanto la temperatura pasa de treinta grados me pongo un poco histérico.

Voy sacando fotos desde la moto, sin detenerme y sabiendo que Gelu se pone nervioso cuando hago esto. El estuario del Neretva es una zona eminentemente agrícola que poco o nada tiene que ver con el resto de la costa. Cientos de terrenos de labor de pequeño tamaño se organizan entre canales de regadío como un tablero de damas sobresaliendo, de vez en cuando, frutales y algunos galpones. Atravesando el paisaje semilacustre, la vía del tren vertebrando el terreno. A partir de aquí nos alejamos de la costa unos kilómetros y remontamos en Neretva por su margen derecha mientras observamos las casas alineadas en la otra orilla. De vez en cuando un embarcadero que aún se ve en uso.

A ambos lados de la carretera los lugareños han dispuesto sus paradas de frutas y licores pero, con este calor, la verdad es que no apetece mucho realizar ninguna compra.

Me he quemado los brazos, era de esperar.

En Opuzen volvemos a tomar dirección sur y de nuevo regresamos a la costa, en mi caso con la esperanza de que la brisa marina me refrescase un poco. Nada de eso ocurre y sigo cocinándome en mi salsa. Llegamos a la frontera con Bosnia y Herzegovina, una franja de unos diez kilómetros que da salida al mar a este país. Allí nos miran el pasaporte sin gran interés y nos preguntan si salimos de nuevo a Croacia o si nos quedamos en Bosnia. Como salimos no hay más preguntas y continuamos viaje. Los croatas ni se molestan en pararnos.

Volvemos a entrar en Croacia y, a las tres de la tarde, ya esatmos en una terraza de Dubrovnik, justo en la zona más céntrica y al lado mismo de la entrada a la zona amurallada. Nada más bajarnos de las motos nos asaltó una rubiaza de mediana edad para ofrecernos cama cosa que, después del correspondiente intercambio de chanzas entre Gelu y yo, rechazamos amablemente. Para cuando nos quitamos el casco y los guantes ya habíamos rechazado tres ofertas de sobe, a trescientas kunas.

 

 

Nos zampamos una pizza en la terracita y luego nos fuimos a que la amable chica de la oficina de turismo nos indicase mal la dirección del albergue. En lugar de mandarnos al Youth Hostel nos envió a un instituto de educación secundaria. Regresamos de nuevo a la oficina de información , a través de Internet, localizamos la dirección correcta.

Después de instalados en el albergue, duchados y aseados, cogemos las motos, ya sin maletas y bajamos al centro, como dice el tango, “… y te vas pal centro, de rompedor”.

Manejar la moto sin el peso añadido del equipaje se convierte en el recordatorio de una experiencia olvidada. Que placer, parece como si lleváramos un ciclomotor.

Al atardecer, con temperatura agradable, recorrimos la Perla del Adriático, topicazo que lees y escuchas en todas partes y que se ajusta, a la perfección, a la belleza que guarda esta ciudad. La Placa, o calle principal con su suelo de mármol, las casas, perfectamente alineadas, las tiendas, las callejuelas, todo está revestido de un encanto que te engancha a primera vista.

Después de callejear llegó la hora del arte y desenfundamos gaitas en el centro mismo del turisteo. Con los primeros compases de la Muñeira de Tormaleo se nos acercó un vecino de Oviedo, luego unos de Pontevedra, de Madrid, de… parecía que estábamos en la Gran Vía madrileña. Las kunas iban cayendo en la gorra, si bien de forma más exigua que en Split. Allí, los lugareños eran los que más colaboraban con la causa, aquí, ante la ausencia de aborígenes, los turistas aflojaban la mosca con más reticencias. Aún así, lo nuestro no era sacar pasta, ya habíamos ahorrado durante el año para este viaje; estábamos allí para mostrar nuestro folklore y pasarlo bien.

Al terminar conocimos a una adolescente croata que balbuceaba un poco de español y nos reímos un rato de ella mientras ella hacía lo propio. Luego, después de cenar y tomar varios litros de cerveza coincidimos con unos chicos españoles que estaban de Erasmus en Italia. Ya no nos separaríamos hasta las cuatro de la mañana en que nos retiramos a descansar.

Mañana a Montenegro y Sarajevo.

 

 

 

 

 

 

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