carretera indiaMe gustaba tomar en té en las dhabas. Son una especie de restaurante-tienda montados en una carpa circular en la que se da cita toda la fauna de la carretera. Allí parábamos motoristas, camioneros, pastores, obreros de la carretera… Esos momentos de descanso eran un impasse idóneo para sentir el pulso de las rutas del Himalaya. Sentarse a tomar el té preparado con parsimonia, comentar las últimas hazañas entre bache y bache o asombrarnos en conjunto con las impresiones del penúltimo precipicio, suponían uno de los mejores momentos del día.

Siempre reparábamos en las hordas de trabajadores que se afanaban en las tareas de mantenimiento de la carretera. Todos ellos pertenecían a las castas más bajas de la India, al último escalafón social. Gentes oscuras, niños casi hombres, vestidos con harapos y trabajando en condiciones precarias. En cada unidad de obra, una tajea, un puente o una cuneta, decenas de personas se arremolinaban para sacar el tajo adelante. Tengo que reconocer que no se veía una actividad frenética pero allí todo se hacía a mano. Herramientas manuales y ausencia total de maquinaria en un país con más de mil millones de personas y en el que la mano de obra es abundante y barata. Resultaba sobrecogedor ver a cientos de obreros construir una carretera de forma artesanal, era como si el tiempo se hubiera detenido. Los barriles de alquitrán se calentaban en una hoguera, las cunetas y tajeas se abrían a pico y pala y los encofrados se montaban con precariedad parsimoniosa. Todo bajo la mirada atenta de algún encargado cargado de uniforme y bajo un sol que abrasa pero no calienta; trabajar cerca del trono de los dioses es una osadía peligrosa.

En una ocasión, después de bajar uno de aquellos eternos puertos de más de 4000 metros, la carretera volvía a estar en obras. Polvo, piedras, camiones… A un costado, sentados en el suelo, más de cien de aquellos hombres negros partían roca caliza hasta dejarla en porciones cúbicas de unos diez centímetros. Era la base de la carretera sobre la que luego se extendería una capa de tierra y sobre ella, la banda de rodadura. Resultaba impresionante verlos allí sentados, abriendo piedras con un martillo y colocándolas primorosamente en una lengua pétrea que se extendía durante varios kilómetros.

Piedras, polvo y sol. Piedras, polvo y frío. Polvo depositándose sobre su piel y sobre los andrajos que vestían. Mientras dura la obra algunos viven en tiendas de campaña de plástico y lona al pie mismo de la carretera. Y nadie protesta porque el sistema de castas les marca el camino del que no han de separarse. Si aspiran a tener una vida mejor en la siguiente reencarnación tendrán que seguir el dharma en la presente y realizar con diligencia los trabajos que les corresponden, karma, por su situación social.

El sistema de castas está muy ligado al hinduismo y arrastra una historia de más de 2500 años. Ningún individuo puede aspirar a ascender en las castas en toda su vida y solo mediante la reencarnación puede aspirar a algo mejor. La casta dictamina qué trabajos se pueden desarrollar, con quien pueden casarse y a qué puede aspirar un individuo. Es una organización social que instauraron los invasores arios de los pueblos del Norte cuyo objetivo principal era subyugar a la población indígena, más oscura y considerada por ellos como subhumanos.

Pero aún hay cosas peores que pertenecer a una casta inferior y es no tener ninguna casta a la que pertenecer. Los «sin casta», los dalit y los adivasi están en un lugar tan bajo en la escala social que los individuos de las castas más altas evitaban siquiera pisar su sombra. Pero nunca falta un roto para un descosido y los intocables aún tienen por debajo a los invisibles, que tienen prohibido que los demás los vean y solo pueden salir de noche.

castas

Pensaba mucho en mi padre durante las horas de ruta en la moto. Seguro que le habría gustado ver todo esto pero tendrá que conformarse con verlo a través de mis ojos porque no me lo imagino paseando sus barbas de santón por esta tierra de santones, de lamas y tibetanos. A la gente elevada como él les viene bien un paseo por las alturas. Aquí se respira un aire enrarecido, sí, pero también se le toma el pulso a una sociedad a la que sólo vemos en los documentales y que nos parece muy lejana. Y es tan cercana, tan dolorosamente palpable.

Josín, Ricard, Miguel y yo entramos en una dhaba de Keylong. Era un lugar oscuro que olía a gas-oil y a dulces desde la calle principal. Hacía siglos que no veíamos una Mirinda. En un rincón dos mujerucas con sari estaban atentas a la telenovela y, con la mirada puesta en la vida que pasaba ante sus ojos, un hombre de tez oscura sumergía fritangas en un aceite de olor dulzón. Al fondo la mugre perecía fagocitada por una penumbra salvadora.

Mirinda

Keylong está en la carretera Manali a Leh, considerada una de las más peligrosas del mundo. No diré yo que no sea peligrosa, que lo es, pero viajando en moto los peligros se diluyen y todo se torna familiar e inofensivo. Los precipicios son menos profundos, aunque se vea al fondo un camión en pedazos y las curvas ciegas tienen más visibilidad si vas  lomos de una Royal Enfield. Allí no hay quitamiedos ni barreras que te defiendan de la reencarnación pero si ocupas tu mente en el miedo a la caída no avanzas. Algunos se caen pero siempre son los otros. Es la certeza que nos mantiene aferrados a la vida hasta que, por imperativo vital, Vishnú nos pone delante un buen abismo insondable para procurarnos una buena reencarnación. Yo, que desde hace años vivo convencido de mi propia omnipotencia, ni me preocupo por estas cosas: no corro riesgos que no merezcan la pena y no me rasco las manos cuando me pican por la adrenalina. Y si me caigo, reboto, me sacudo el polvo y observo los daños con la sutil indiferencia de quien se sabe indemne.

En Keylong la vida discurría plácida, sin más sobresaltos que un partido de criquet a media tarde o un té en la calle comercial. Ni siquiera una vaca indiferente asomada en la terraza de un tercer piso entraba a formar parte de lo inaudito, son animales tan sagrados que pasean su parsimonia en los lugares más insospechados. En el centro del pueblo, Kelang Wazir, una deidad local de aspecto plasticoso cuya vida y milagros desconozco por completo.

Ya habían quedado atrás los grandes puertos, los ascensos a más de 5000 metros por carreteras retorcidas sin asfaltar y los fríos de la cordillera. Aún se veían glaciares, cumbres nevadas o montañas peladas que me empequeñecían por su enormidad, pero la vegetación volvía a aparecer con timidez y el fondo del valle se tapizaba de verde. De nuevo volvíamos a ver trabajos en el campo y gente afanada en la cosecha de septiembre. Ahora teníamos Manali a 130 kilómetros y yo estaba deseando sumergirme, de nuevo, en un clima más benigno.

tareas agrícolas