En Moto a los Infiernos VI

Los neumáticos del BMW chirriaron al entrar en Los Invernaderos dejando una nube de polvo marrón tras de si y bolsas de plástico que revoloteaban antes de posarse en los matorrales. Luego aminoró la marcha y recorrió varias calles del mar de plástico con pausa.

 

Vladimir Ulianovich recorría con la mirada cada rincón. Aquél sitio era una mierda. Un rincón sin interés donde lo más notable que podía ocurrir en un día caluroso como aquel era que él apareciese por allí. Pero la novedad ya había pasado , ahora estaba harto de calor y quería regresar cuanto antes a Vitoria con los deberes hechos. La tarea era sencilla: encontrar a Déborah y recoger lo suyo. Además le dejaría marcada la sonrisa del dzhoker para que lo tuviera siempre presente. No, no se iba a olvidar de su Vladdy en lo que le restaba de vida.

 

Marga pululaba por Los Invernaderos desde hacía dos años y medio. Sabía que pronto saldría de allí pero antes tenía que ahorrar un poco de pasta. Al año siguiente entraría en el Proyecto Hombre y dejaría atrás todo aquello. Y podría volver a ver a su hijo después de dos años. Dos años, cómo pasaba el tiempo, a toda leche. Pero ya quedaba menos y después, cuando estuviese limpia le devolverían a su niño. Ya no volvería a chupársela a los moros, que eran unos guarros. Y no volverían a reventarle el culo, los muy cabrones. La tenían bien grande aquellos hijos de puta de moros. Siempre le hacían daño.
Vio acercarse el BMW negro y, lejos de sorprenderse, lo asoció a oportunidad de negocio. Los dueños de los invernaderos no solían venir por la zona, al menos no por aquella tan apartada, pero le pareció que un trabajito en un coche tan lujoso podría traerle un par de gramos de jaco. Esa noche se acercaría por El Puche y seguro que Abdul “El Punyabí” tenía algo bueno para ella. Punya te daba de lo mejor, siempre y cuando fueses con la pasta por delante, claro. No quería tonterías El Punya. Si tenías suerte y le apetecía echar un polvo igual te pasaba medio a cambio de una follada. Pero esta noche iría con pasta, podía olerlo. Aquel BMW traía pasta para ella.
Cuando paró a su lado ya no tuvo ninguna duda. La ventanilla de la derecha se bajo y ella asomó su cabeza al interior del coche. Olía a limpio y a cuero. Y a frescor de aire acondicionado. Y a…
¿Conoces a la rusa, a Déborah? – le dijo el tipo enclenque que conducía.
Aquí nadie conoce a nadie, majete. ¿Quieres que te haga un trabajito de primera? – sugirió mostrando huecos oscuros entre sus dientes podridos.
El tipo insistía.
Te he preguntado que si conoces a la puta rusa.
¿Y qué si la conozco? -, contestó Marga viendo que la posibilidad de su gramo de calidad se estaba esfumando.
Entonces Vladdy, que sabía ser cariñoso con las furcias cuando la ocasión lo requería, se inclinó sobre el asiento del acompañante y, antes de que Marga pudiese esquivarlo, lanzó su mano abierta al cuello de la chica.
“Este cabrón me va a ahogar”, pensaba fugazmente cuando el puño de Vlad golpeó su cara con fuerza.
Marga presintió que su gramo de caballo se lo había llevado el viento y se maldijo por haber metido tanto la cabeza dentro del coche. Parecía que no iba a escarmentar nunca.
Entonces Vladimir introdujo la punta de la navaja en la nariz de Marga.
¿Crees que podrás “esssnifarrr” algo con media napia, “sssorra”?
Había pronunciado la palabra zorra con una ese líquida muy larga. Le recordaba los sistemas de regadío de los invernaderos: “sss…. sss… sssorra”
Sintió que la sangre le resbalaba por el labio superior y un dolor muy agudo en la aletilla de la nariz. Como cuando tenía una de aquellas infecciones del resfriado pero peor. Ahora su agujero para respirar era más grande y más triangular.

Vladimir era un artista con la navaja. Sabía cómo obtener la información que necesitaba con dos o tres movimientos. Ahí residía parte de su éxito en el negocio: en el movimiento. El movimiento era el fluir y el fluir era arte. Y él era un artista, de eso no cabía ninguna duda.
Ahora que ya tenía la información, obtenida sin, tan siquiera, bajarse del coche, le faltaba menos para largarse de aquel puto agujero almeriense. Mucho menos.

En Moto a los Infiernos VII

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