En Moto a los Infiernos VII

Ya llevaba varias semanas sin hablar con nadie. Al menos sin tener una conversación que fuese más allá de un “lleno, por favor” en las gasolineras y Mario tampoco tenía muchas ganas de charlar con aquella prostituta. No era sólo que no se fiase ni un pelo de ella, era que, con el tiempo, su interés por intercambiar pareceres con los demás había ido disminuyendo de forma notable. Estaba muy agradecido de que lo hubiese acogido en su casa cuando no se sentía con ánimos ni para respirar pero no sentía ninguna necesidad de intimar con aquella chica rubia de aspecto eslavo.

Sin embargo había algo en ella que atraía poderosamente. No era una diosa de la belleza, aún siendo atractiva, ni la transmutación de lo sexy, a pesar de tener una carga sexual más que evidente. Era algo distinto, algo que emanaba directamente de lo más profundo de su personalidad. Mario quería largarse pero, por algún motivo, se encontraba bien al lado de aquella prostituta de bajos fondos.
Tampoco Déborah tenía ganas de charla. Había cometido el error de meter a un hombre en su casa y estaba segura de que le iba a traer problemas. Lo mejor sería despacharlo cuanto antes. Pero eso no implicaba largarlo de cualquier modo, parecía tan… perdido. Le daría el desayuno y lo echaría de casa. Si, era lo mejor y lo más sensato. Pero parecía tan desvalido. Bueno, todos estamos desvalidos, no? Ella también lo estaba. Sola, abandonada en un agujero olvidado por todos. Si ella podía soportarlo todos podíamos soportarlo. Quizá aquel tipo no fuese como los demás. O quizá si. O quizá… Basta, por Dios! ¿Por qué tenía que darle tantas vueltas a todo? Se largaría y punto. Déborah había ganado la partida a Nastia que volvió a quedar recluida en algún lugar ignoto.
Lo miraba mientras desayunaba el pan de molde con jamón york. ¿El jamón york era, realmente, de York? Qué idioteces. Siempre se hacía la misma pregunta. Podría buscarlo en internet o preguntarle a alguien: "procedencia del jamón york, más conocido como jamón cocido". Anotar en cosas pendientes que parece que no van a hacerse nunca.
Parecía estar totalmente absorto en sus pensamientos, muy lejos de Los Invernaderos, de Almería y del mundo. Ambos compartían la misma habitación en esos instantes pero había un abismo entre ellos. Sin embargo sus gestos no eran los de alguien atormentado, parecía tranquilo y en paz con el mundo. Qué contrasentido. Ella sabía mucho de tipos atormentados. Llevaba ocho años en España, rodando de un club a otro desde que Vladimir le había enviado el billete de avión a Sechenovo. Desde entonces su vida dejó de ser suya para pertenecer a Vlad o a cualquiera a quien él ordenase.
La habían cambiado varias veces de club antes de recalar en el Flamingo´s de Vitoria. Hasta que se cansó de todo aquello y se largó en dirección Sur. Coslada, Calpe y ahora aquel agujero inmundo de donde esperaba salir muy pronto con dirección a cualquier lugar en que Vladimir no pudiese encontrarla nunca.
Sabía mucho de tipos atormentados y de sus miradas idas. De sus intentos por ahogar las penas en cubatas caros de puticlub y de su permanente necesidad de afecto. De fantasías de hombres buenos que huían de su propia existencia. Y de absolutos cabrones atormentados por su propia frustración. Sí, sabía mucho de todos ellos.

 

Un BMW negro aparcó al lado de la Triumph en las afueras de Los Invernaderos.

Nastia se colocó frente a la ventana del apartamento, de espaldas a Mario. La luz de la mañana recortaba su figura y las motas de polvo revoloteaban a su alrededor contentas de tenerla cerca. Se apoyó en el alféizar y posó su mirada  en el horizonte. Nunca había vivido cerca del mar, ni siquiera le había llamado la atención. Ella era una mujer de tierra adentro, de interiores puros y el mar siempre había estado demasiado lejos. Sin embargo ahora lo sentía muy cerca, como propio. Ese olor a yodo, a algas, a pureza… Ese batir de las olas, meciéndose tranquilas sin detenerse nunca, ese sonido, apenas perceptible que te acompañaba y te arropaba… Todo eso la había sorprendido de tal manera que le parecía un desperdicio el tiempo que había estado viviendo lejos de él. El mar. El mar, las olas, los barcos, los pescadores… Todo estaba envuelto en un halo que tiraba de ella de forma poderosa. Cuando consiguiera librarse de su vida actual se establecería cerca del mar, en un lugar blanco y fresco donde el simple acto de asomarse a la ventana cada mañana fuese un saludo a la vida y una comunión con sigo misma.
Quizá si Nastia se hubiera limitado, en aquel momento, a permanecer escondida en su rincón, Déborah hubiese visto el BMW de Vladimir aparcado un poco más abajo, justo al lado de la moto.

En moto a los Infiernos VIII

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