Guerra química en India Ser un marrano puede evitarte algún que otro trámite

India es un país con una higiene un tanto peculiar. Podríamos decirlo de forma suave y hablar de higiene distraída, de cierto desprecio por la limpieza o de relajo de costumbres en lo que a decoro se refiere. Pero no nos estaríamos ajustando a la realidad: India es un país muy sucio.

No hay rincón en el que no haya restos de inmundicia. No hay esquina impoluta exceptuando, claro, las zonas más salvajes. Los Himalayas indios gozan de cierta inmunidad en este sentido, aunque tampoco sea para tirar cohetes.

Lo bueno es que, después de unas semanas en la región, te acostumbras a la suciedad. Tu percepción de lo admisible en cuestiones de limpieza va variando con los días. Al cabo de un tiempo, lo que en tu país te parecería una solemne marranez, en India te parece de lo más normal.

Vaca sagrada

Una de las imágenes que guardo en la retina, grabada a fuego, es la de una vaca sagrada pastando en medio de una montaña de basura. Mi concepción de lo sagrado se vio trastocada al ver aquel animal rebuscando restos de algún vegetal entre tanta mierda. ¿De qué le servía ser sagrada si no conservaba un ápice de dignidad? Me la imaginaba pastando en cualquier prado de la montaña asturiana y recuperando su halo de animal sacro.

Las vacas asturianas sí son animales sagrados. Sagrados y lustrosos. Lo único que tienen en común aquellas y éstas es su parsimonia exasperante. Cualquiera de las dos es capaz de pastar en calma aunque el caos las rodee. Son el ejemplo perfecto de ser y el estar. Quizá sean tan sagradas unas como las otras.

Los ojos de las vacas son el reflejo de la calma.

La segunda imagen que me impactó, no por orden de importancia, fue la de los clasificadores de basura en Delhi. En el barrio de Pahar Gang la basura es sometida a un riguroso proceso de selección antes de salir hacia otro lugar. Si es que sale, porque nunca llegué a saber cuál es el proceso completo. Allí, entre abigarrados edificios de viviendas, algunas personas se afanan en clasificar desperdicios, separando todo lo que sean restos de comida. Quiero pensar que es para dárselo a algún animal, aunque no me atrevería a asegurarlo.

El hedor es insoportable. Es olor a basura vieja, a putrefacción, a descomposición de verduras y curry. Un olor dulzón y pestilente que se mete hasta el fondo de tu alma. Y tienes que apartar la vista porque te avergüenzas de que haya seres humanos revolviendo aquellas colinas de inmundicia. El mundo no es justo. La vida no es justa, eso ya lo sabía antes de ir a la India, pero nada me preparó para que la realidad me abofetease de aquella manera. Trabajos de mierda en un mundo de mierda.

Basurero en el centro de Delhi

Comprendí muchas cosas en unos pocos segundos. Reflexiones profundas que olvidé cuando regresé a la comodidad de mi vida regalada.

Con el paso de los días me amoldaba a la idiosincrasia india y, poco a poco, fui descuidando mi higiene personal. Me duchaba varias veces al día, no tanto por limpieza como por sentir un poco de frescor. Me pasaba la mayor parte del tiempo empapado en sudor así que, una ducha siempre se agradecía. Pero a la hora de volver a la moto, me ponía el mismo pantalón mugroso.

El pantalón, una copia china de Uggly Bros., pronto comenzó hacer honor a su nombre y se puso feo. Una pátina de mugre, rancia por el tiempo, lo fue cubriendo. El tacto ya era un tanto pegajoso en los últimos días, pero procuraba no tocarlo mucho con las manos desnudas. El verde desvaído iba mutando a gris oscuro y alrededor de los bolsillos se estaba formando un cerco que viraba a negro con el discurrir de los días.

Así, poco a poco, yo mismo me iba tiñendo de la peculiaridad india, que me hacía inmune a estímulos externos y me convertía en vaca sagrada de mirada serena. “Me resbala, oiga, la vida me resbala. La mía y la suya”

Resbalando y derrapando, llegó el día de abandonar el país. Metí el pantalón y otra ropa sucia en la mochila de espeleología que uso como petate impermeable. Allí fermentó un par de días sin necesidad de más aditivos químicos. Claro que de eso me enteré luego.

El aeropuerto de Nueva Delhi es grande y limpio. Moderno como cualquier aeropuerto y con gran profusión de controles policiales y militares. Después de pasar todas las colas y hacer todos los chequeos habidos y por haber, llegamos a la sala de embarque por un pasillo amplio y pulcro. Toda la mugre del país había quedado atrás y estábamos en la antesala de Occidente.

Aeropuerto de Delhi

Aún quedaba un último control, que me pilló por sorpresa. Un policía nos escogió a Josín y a mí al azar y quiso registrar nuestro equipaje de mano. El grueso de la impedimenta ya había sido facturado así que a mí solo me quedaba el petate de espeleología con el casco, las botas y el pantalón de casta intocable.

Al abrir la bolsa el policía retiró la cara con un mohín de asco apenas perceptible. Quiso volver a asomarse al interior de aquel pozo inmundo pero desechó la idea con gesto dubitativo. Le dije si quería que vaciase la bolsa pero negó con la palma de la mano mientras apartaba la cabeza hacia un lado.

Mientras cerraba la bolsa con una sonrisa avergonzada escuché algunas bacterias que, en el fondo de la misma, se partían de risa.

Que tenga buen viaje, – murmuró-. Puede usted continuar.

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