Mes: octubre 2012

Leyes, accesorios, Tartaria y Panamá

 

Aquí tenemos un nuevo programa de Viajo en Moto, relleno de temática viajera.

Abrimos el Capítulo 11 hablando de legislación y de la famosa Ley Ómnibus que iba a traer a Cataluña la apertura de pistas para los usuarios de vehículos a motor y que lo único que nos ha traído ha sido humo y desilusión.

Vuelven a estar con nosotros los expertos Carlos Llabrés y José Luis Granizo para hablarnos de accesorios de viaje. Desde las tomas de mechero hasta los intercomunicadores.

Y como invitado especial nos acompaña Javier Cordero “Javiversion”, el primer español que realizó, con pocos medios y mucha ilusión una película documental sobre un viaje en moto: Rumbo a Tartaria.

Para fianlizar, y volviendo sobre el “mous vivendi” de la gente que se tira años y años encima de la moto sin volver a aparecer por casa, os traemos el último reporte de Guadalupe Acuña sobre su viaje con Alejandro Conde www.porelmundoenmoto.com

 

La banda sonora corre a cargo de:

  • Papilemon
  • Red Elvises
  • Juanitos
  • Sundayers
  • Oferta Especial
  • Ezzo

Abanderados de los Viajes en Moto

 

El viajar en moto no es algo nuevo. Ni siquiera es algo moderno. Surge con la misma invención de la motocicleta y con la popularización de este vehículo.

Desde principios del siglo XX ha habido grandes viajes en moto, algunos de ellos con una carga épica enorme. Hay que tener en cuenta que, ni las carreteras, ni las motos de aquel entonces eran fiables en muchos sentidos.

Read More

5. Morir a la Orilla

 

Por fin llegó la última etapa y además, saliendo desde mi casa. La cosa prometía. El día anterior la fiesta de gaitas no se había alargado hasta las tantas, tal y como era costumbre, en aras de evitar un, más que probable, mal estado general para retomar el Camino. La etapa anterior, de Oviedo a Grandas, había sido rápida y sin problemas y presagiaba otra similar para rematar. El Vespino parecía haber ganado algo de potencia en los últimos días y mi trasero ya se estaba acostumbrando a las cinco o seis horas diarias de maltrato en el desgastado sillón del ciclomotor.

Cuando salí a la calle comenzaban a caer las primeras gotas, nada serio, pero a lo lejos, detrás de las montañas donde comienza Galicia, la negrura se adueñaba del cielo presagiando la entrada de un frente bastante activo. No necesitaba echar mano de mis dotes adivinatorias ni elucubrar con conocimientos sobre el estado de la atmósfera: lo habían predicho en la tele el día anterior. A pesar de todo decidí no ponerme aún el traje de aguas aunque ya es sabido que, si te lo pones, es más fácil que no llueva. En este caso el resultado fue el mismo y a los tres kilómetros tuve que parar a ponérmelo de forma apresurada. A partir de aquí ya no paró de llover hasta el final de la etapa, concluida como veremos, de forma poco venturosa.

 

 

La subida al Puerto del Acebo fue tal y como había previsto, lenta pero no tanto como la realizada la semana anterior cuando probé el Vespino. Ahora parecía que iba más desahogado que antes. Por la cabeza se me pasó que, quizá, el escape estuviese un poco sucio y al abrir una vía los gases encontrasen una buena salida. Esto le haría perder potencia en bajos pero, a cambio, una vez lanzado corría un poco más. Como la lata de cerveza, que aún seguía en su sitio, no era totalmente eficaz a la hora de tapar la rotura, quedaba sitio suficiente para que los gases y el ruido estrepitoso, salieran más holgados. Sea como fuere el Pájaro Vespino corría más, de eso no cabía duda.

Dejé atrás A Fonsagrada y en poco tiempo estaba negociando mi curva, esa que me pone los pelos de punta y que me acoge como una madre cuando llego a su altura. Como en dirección a Lugo tiene un poco de bajada, el Vespino se embaló y, aún con el suelo mojado, llegué al final tumbando con una trazada perfecta dadas las circunstancias. Definitivamente esta curva me ama. Siempre me recibe con su tacto aterciopelado, sin baches, sin mácula, perfecta en su perfecta redondez. Luego su hermana la contracurva se despidió de mí con una suave caricia en la espalda y la máquina volvió a su tedioso discurrir, enfilando la cuesta de Montouto y regalándome un patinazo de correa que me devolvió a la realidad.

Después vino la bajada de Cerredo, a tumba abierta hasta Paradavella y de nuevo la tranquilidad en el paso.

A treinta kilómetros de Lugo el escape hacía más ruido que de costumbre y aproveché que tocaba repostar para ponerle unas bridas y sujetarlo un poco. De paso, comprobé que venía, desde el inicio de la etapa, sin el tapón de gasolina. Se me había olvidado volver a colocarlo cuando reposté antes de salir. Como siempre la sacrosanta cinta americana me sacó del apuro, al menos hasta que los vapores de la gasolina degradaran el adhesivo.

 

 

 

Pero no hubo tiempo para eso, a los poco kilómetros, cuando faltaban tan solo seis para llegar a Lugo, la máquina comenzó a perder la poca potencia que tenía de forma alarmante y en cuestión de mil metros, al comienzo de una cuesta, se negó a seguir avanzando deteniéndose al lado de la entrada de un chalet. Después de obtener autorización de la señora para usar su garaje comprobé la bujía, en realidad solo el cable porque la llave de la Vstrom no sirve para el Vespino, y todo parecía en orden. Después de sopesar un rato las posibilidades llamé a la asistencia en viaje, Eurolloyd, que me sacó de allí una hora más tarde.

 

Una vez en el taller, Motos Montouto de Lugo, el dueño hizo una prospección rápida de los síntomas y concluyó que, además de poca compresión, el escape estaba atascado de carbonilla concluyendo que todos mis problemas y los del Vespino se solucionarían poniendo uno nuevo .Para entonces ya era la una y cuarto, imposible de reparar a esa hora y en cola para mirarlo a las cuatro o las cinco. De nuevo, volví a sopesar las opciones y me decanté por abandonar el proyecto.

Con todo a favor, es decir, escape en la tienda y reparación rápida, no saldría de Lugo antes de las seis de la tarde. Si todo seguía a favor llegaría a Santiago a las diez o las once de la noche y no estaba dispuesto a jugármela, de noche y diluviando, por las carreteras gallegas. Por otra parte, comprar un escape para una moto que no es mía y realizar cien kilómetros se me antojaba un dispendio al que tampoco estaba dispuesto. Además al día siguiente tocaba trabajar y tampoco era cuestión de dejar de cumplir con las obligaciones laborales en pro de la devoción.

Así que, así las cosas, llamé a Elena que, en dos horas estaba con la furgoneta en Lugo y que me encontró bajo los efectos de un chupito de coñac después de haberme metido entre pecho y espalda un buen churrasco en la Parrillada As Cubas.

 

 

Y así concluyó mi peculiar Camino de Santiago en Vespino, remando, remando para morir a la orilla con una máquina con fallos, a medio revisar y a cien kilómetros de la meta. No es que me preocupe mucho, ni siquiera me siento frustrado por este final que, siendo sincero, creí que se produciría mucho antes, pero, la verdad, hubiera preferido llegar un poco más cerca, coño!

 

Errores cometidos. El primero no haber cambiado el escape, obvio. El segundo no haber escogido la primavera para rodar, (aunque la fecha la escogí, precisamente, por el frío). El tercero… bueno, creo que, en realidad, no hubo más errores.

 

Vaya mi agradecimiento a Garaje Paco que, de forma desinteresada, aportó el Vespino para esta ocurrencia y para Eurolloyd que me facilitaron el cambio del seguro de la Vstrom al Pájaro Vespino.

Valentín por sus consejos y el aporte de contactos.

A Elena por hacer de asistencia, (y por soportar las más variopintas ocurrencias).

Y a todos lo que, desde Facebook, www.paramoteros.com, www.moterosastures.com, www.vstromclub.com, www.motostrail.com y foro.vespinos.com me dieron ánimos para seguir cuando me estaba congelando en las estepas burgalesas y preguntándome qué coño hacía allí.

4. Los Martes al Sol

 

Un día más me dispuse a emprender el particular peregrinaje con dirección al occidente de Asturias. Después de un buen desayuno de carne de ternera salí de Oviedo por la 630 con temperaturas bajas pero no desagradables.

La bajada hacia Trubia fue tal y como me la imaginaba, a tumba abierta, claro está dentro de los contenidos límites que marcaba el Vespino. Se estaba portando el chisme. Era como si, después de haber roto el escape rodase mucho mejor. El punto negativo era el ruido que cada vez era más alto y comenzaba a molestar.

El ascenso al Puerto de La Espina resulto ser también tan tedioso como cabía esperara aunque, con las agradables temperaturas del día todo resultaba más ameno. Los tonos ocres de los robles y castaños formaban un dosel sobre mi cabeza y por fin estaba disfrutando de una buena carretera de curvas.

En el Pedregal una persona me salió al paso dándome orden de detenerme. Era Emilio, un lector de la página que me invitaba a un refrigerio antes de continuar el camino.

 

 

Charlamos un rato y luego subimos a San Roque a hacernos unas fotos al lado de la capilla.

De allí a Pola de Allande disfruté de otro tramo de curvas sobre todo en el último tramo donde el Vespino se empeñaba en arrastrar el caballete. Por allí me encontré con Oscar, mi primo, que venía de vuelta a Oviedo por “el sitio largo” para encontrarse con tamaño peregrino.

 

 

En el resto de la etapa no hubo nada reseñable exceptuando lo perezoso que se puso el Pájaro en el ascenso al Puerto del Palo y que llegué con la cabeza como un bombo a causa del estrepitoso aparato infernal en que se había convertido el escape.

3. El Vespino Vuela Bajo

El día anterior ni me había preocupado de cenar. Mis intestinos, fieles a su costumbre, decidieron seguir con sus desarreglos y consideré que era mejor darse por cenado antes que sufrir paradas obligatorias al día siguiente.

El día, tal y como había anunciado la previsión meteorológica, apareció con niebla, un espeso puré que dificultaba la visión en extremo. Sin embargo no era tan fría como ayer y el viento había cesado por completo. Puestos a elegir no sabría con qué situación atmosférica quedarme. Frío, viento, agua… creo que cualquiera es preferible al hielo y a la nieve aunque, viajando en Vespino todo se ve de otro color y los rigores del clima no son lo más importante. Cuando no pasas de cincuenta todo se ve mucho más seguro.

Pero la velocidad del viaje parecía haberse incrementado de forma notable. El Pájaro estaba funcionando como una seda, con una velocidad punta más que aceptable en llano y que llegaba a ser vertiginoso en las bajadas. No me lo podía creer. El sonido del escape comenzaba a rayar lo escandaloso pero, a cambio, parecía haber despertado de un letargo largamente contenido. Sonaba desahogado, furioso, ansioso por continuar la marcha y listo para afrontar cualquier eventualidad. Rugía despendolado como un adolescente borracho.

Para llegar a León me desvié de la N-120 y me moví por carreteras las comarcales que discurren paralelas al Camino de Santiago. Comencé a ver peregrino caminando y, aunque lo intenté, no conseguí identificarme con ellos. Cada uno hace su camino, cierto, pero yo, ni soy peregrino ni lo pretendo. Por eso, desde el primer momento, alejé la idea de dormir en albergues o sellar la “Compostelana”, privilegios reservados para la gente que peregrina de verdad, es decir, andando, en bici o a caballo. Aunque puedo dar fe que la peregrinación más dura sería en camello, no hay duda.

Llegué a León cuando el sol comenzaba a abrirse paso entre la niebla a caldear la mañana y en poco más de una hora dejé atrás la ciudad por la circunvalación. Como siempre en cada semáforo tiraba de pedales aunque no hiciese falta para dármelas de aventurero loco. Me seguía haciendo gracia el papel. Por el camino saludé a algunos motoristas desde mi humilde montura tras lo cual me partía de risa porque algunos no sabían muy bien que hacer y dudaban si sacar la mano o no. Luego, cuando veían el curioso conjunto volvían la cabeza y se quedaban mirando. ¿Dónde vas con eso? Pensarían. Cierto es que absolutamente todos me devolvieron el saludo.

Atrás fue quedando La Robla, Pola de Gordón y, sin esfuerzo, a una velocidad que, comparada con la de los últimos días se me antojaba endiablada, llegué al Puerto de Pajares.

Me parecía increíble que el viento de cara que había sufrido el día anterior pudiera frenarme hasta el punto de convertir la ruta en un suplicio. Hoy, al contrario, era un placer rodar en el Vespi con el motor girando alegre y pidiendo guerra.

La bajada fue igual de vertiginosa que me imaginaba pero cuidándome bien de no tumbar demasiado para no tocar con la pata de cabra y volver a escuchar ese desagradable sonido que parecía no presagiar nada bueno. Las curvas se sucedían y en una de las escasas rectas tuve el arrojo suficiente para adelantar a un camión. Era mi pequeña venganza, de nuevo, en forma de arrogante altanería. Vosotros, que me atufáis con vuestro escape, que pasáis pegados a mí cuando circulo tranquilamente por el arcén, ahí tenéis vuestra propia medicina. Toma humo de escape, toma adelantamiento al límite, toma… Al llegar al fondo del valle el camión me rebasó de nuevo cuando se me terminó la gasolina.

Otra vez hay que decir aquello de “qué poco dura la alegría en la casa del pobre”.

Ni eso consiguió amilanar mis exaltados ánimos. Continué por la vieja nacional en dirección a Mieres a buen ritmo, incluso me permití tomarme un vinito en la Plaza de Requejo y atronar con mi nueva vena de adolescente macarra. El haber arrastrado la frustración de no tener ciclomotor de chaval parece que ha causado mella en mi.

De allí a Oviedo, otro paseo liviano que, cuando quise darme cuenta, había terminado con la ruta del día. Ciento ochenta kilómetros en cinco horas y media. No podía creérmelo.

 

 

2. Equilibrio Roto

El día amaneció frío y ventoso, desagradable en extremo para volver a subirme en el Vespino. Desayuné un par de tostadas con aceite mientras charlaba con el dueño del Hotel Belorado sobre peregrinos y autovías.

Mucho más fresco y animado que el día anterior, conseguí ponerme en marcha a las nueve y media de la mañana, intentando mantener la verticalidad y deseando que el frío no me atenazase en los primeros kilómetros. Siempre es lo mismo, cada vez que inicio una ruta invernal mi único deseo es no pasar frío al principio. Luego me da todo un poco igual pero es como si los primeros kilómetros marcasen el compás que va a predominar en todo el viaje. No deja de ser una manía tonta el cuestionar lo que va a dar de sí el día según lo que deparen los primeros cientos de metros pero si todo va bien al principio me siento preparado para el resto del día.
Hoy todo iba bien. La nacional 120 desierta y con un piso aceptable en la parte que me correspondía, es decir, el arcén. Hacia el Oeste veía nubes muy negras pero, confiando en mi buena estrella, supuse que no descargarían. Así, imbuido en pensamientos positivos rodé tranquilamente un buen rato, sin prestar atención al hecho de que la moto parecía un poco más perezosa que ayer. Quizá fuesen síntomas de fatiga, quizá la cercanía del Puerto de Pedraja en los Montes de Oca, o quizá era la misma tediosa marcha que el día anterior, el caso es que me estaba acostumbrando a ese lento discurrir y ya nada podía pararme.
 
 
El Puerto de Pedraja, con sus rampas del seis por ciento, resultó ser una dura prueba. Si cada cuesta, cada pequeña subida me habían parecido una muralla infranqueable que al final siempre terminada por ser rebasada, este puerto era como un castillo inexpugnable que se empeñaba en frenarnos a mi máquina y a mi. No solo el llevar el acelerador abierto a tope no era suficiente sino que, más aún, parecía que cada metro que avanzaba suponía un doloroso avance para el vespino. Desprovisto de toda elegancia adelanté a tres ciclistas en la subida, cargados peregrinos que, ellos sí, con la debida elegancia mostraban orgullosos sus progresiones a mi maltrecha montura. Decidido a no ser rebasado por una máquina de tracción humana animé al ciclomotor con los pedales y mi ayuda pareció surtir efecto para lograr la cima. Ahora si. Ahora estaba arriba y una pronunciada pendiente se abría ante mi para saborear la venganza. Embalé la moto y no dejé de acelerar ni siquiera cuando sus temblorosos gemidos parecían pedir clemencia. Corre, maldito pájaro, corre!, gritaba mentalmente lleno de rabia.
De nuevo, una fuerte pendiente dio al traste con mis ansias de volar y, de nuevo, volví a dar pedales. Así estuve durante, por lo menos, una hora hasta que los bosques de roble melojo y los pinares de los Montes de Oca quedaron definitivamente atrás para adentrarme en las penillanuras de las tierras burgalesas. Seguía costándome trabajo superar las exiguas colinas que, con la Vstrom pasarían desapercibidas, pero sabía que detrás de cada una de ellas me esperaba un llano o una bajada que recompensaría el esfuerzo de subirla.
Me estaba acostumbrando a tomar como meta el final de una recta, lo alto de una loma o, simplemente, la siguiente curva. De este modo procuraba no pensar en los muchos kilómetros que me quedaban por delante. Es curioso como, dependiendo del medio de locomoción, las distancias se encaran de forma distinta. Cuando voy caminando ya sé hasta dónde puedo llegar, ya tengo mis referencias establecidas desde hace muchos años. Cuando voy en la furgo o en la Vstrom, lo mismo. Sé que puedo realizar cientos de kilómetros diarios por las más variopintas vías en una jornada. Pero viajar en este chisme, en el Pájaro Vespino se estaba convirtiendo en toda una incógnita. Mis primeras previsiones de doscientos kilómetros diarios se estaban revelando como algo muy optimista. quizá en verano, con calorcillo, quizá con un vehículo capaz de superar con solvencia los cuarenta por hora. Definitivamente las circunstancias deberían ser otras para poder cubrir tamaña distancia.
 
 
Cerca de Burgos, quiero decir cerca geográficamente pero lejos para alguien que se desplazara a mi ritmo, las nubes negras que amenazaban con descargar su ira sobre mi se fueron disipando y un sol tímido comenzó a secar la carretera y a calentarme las manos. El Vespino también pareció agradecerlo y su ritmo pareció alegrarse un poco. En ese momento mi ánimo se serenó totalmente y tuve esa hermosa sensación que a veces me sobreviene, esa certeza de saber que todo está donde tiene que estar, de que todo está en su sitio y, como no, yo en el mío. Cuando me pasa esto, no necesariamente yendo en moto, siento un gran alivio y parece que, si algún peso mental arrastro, éste te desvanece dejando en su lugar una nebulosa de tranquilidad que me va invadiendo. En ese instante, una sonrisa se me dibuja debajo del casco, más bien una media sonrisa de malévola eficacia mientras entorno los ojos y frunzo en ceño con mirada canalla: la calle es mía.
Entré en Burgos y salí como una exhalación, tan rápido como el matutino tráfico dominical me permitía para continuar, canturreando bajo el viento helado en dirección a Sahagún o, si fuese posible, a León.
 
 
El Vespino parecía volar sobre sus estrechos neumáticos de juguete y, atravesando aquellos llanos yermos y barridos mil veces por el aire, su velocidad me sabía a gloria. Él viento de cara, que tanto me había frenado durante la mañana, había cesado unos instantes y, durante unos kilómetros, solo deseé tener alas para despegar y seguir el viaje volando bajo, a un par de metros de altura.
Por fin había alcanzado el “equilibrio del viaje”. No solo el Pájaro Vespino estaba yendo como una seda sino que yo ya había asumido todas sus limitaciones y, por fin, formábamos un equipo perfectamente acoplado.
Pero lo que no sabía era que esos momentos de euforia eran el preludio de la primera contrariedad seria del camino.
A la entrada de Osorno el motor subió de decibelios de forma repentina anunciando que el escape, o bien se había soltado o bien se había roto a la altura del colector. Me detuve y comprobé que, efectivamente, se había partido en dos a la altura del colector. Con el desagradable sonido de escape libre que tan bien conocen los que viven en los populosos barrios de cualquier ciudad, me acerqué a la gasolinera para valorar la avería y ver que podía hacer.
 
 
La cosa no tenía muy buena pinta, sobre todo en domingo con todos los talleres cerrados así que, haciendo acopio de imaginación y capítulos de McGiver, decidí realizar una reparación de urgencia con una lata de cerveza que rescaté de un contenedor y unos alambres.
 
 
 
 
 
 
En menos de una hora conseguí hilvanar una chapuza que parecía que me podía sacar del paso y después de departir con los esporádicos visitantes de la gasolinera que, uno a uno, me desearon buen viaje volví a ponerme en marcha, con más escándalo que antes pero en marcha, que era lo que contaba. Eran las dos y media de la tarde y el hambre comenzaba a llamar a la puerta de mi estómago.
Aún faltaban más de cincuenta kilómetros para llegar a Sahagún, uno de los posibles finales de etapa y, poco a poco, fueron cayendo, metro a metro, a la velocidad que permitía la nueva situación del ciclomotor.
A las cuatro y media de la tarde llegué a mi destino, desechando definitivamente la idea de llegar a León, a más de setenta kilómetros por la nacional. Llegué cansado, con temblor de piernas por la postura de conducción que había mantenido en las últimas siete horas. Unos ciento setenta kilómetros y, de nuevo, el pronóstico que no se cumplía.

1. La Insoportable Levedad del Lento

 

Una vez que me vi en el tren supe que el viaje había comenzado. Aún no tenía muy claro que era lo que estaba haciendo y todo este proyecto me parecía un puro despropósito. Los últimos días no hice otra cosa que darle vueltas al asunto y cuanto más maduraba la idea, más idiota me parecía.

¿Camino de Santiago en Vespino? ¿porqué? ¿para qué? La respuesta siempre era la misma: por nada y para nada.
Aún así decidí seguir adelante, casi por pura inercia, aunque el viaje ya no me seducía como al principio. A mi alrededor había gente más ilusionada con el proyecto que yo mismo.
Y ahora estaba en el tren con destino a Pamplona, cociéndome de calor y con una señora gorda a mi lado que se pronto cejó en su empeño de entablar conversación. Recordaba mis anteriores viajes en tren como algo muy lejano pero aún perduraba en mi la sensación agradable que suponía viajar sobre las vías. Ese deslizarse grácilmente, esos paseos por el pasillo cotilleando los compartimentos, el sentarse en la cafetería a leer la prensa… Sin embargo en estos años el tren ha cambiado mucho. Ya no se pueden abrir las ventanillas y todo tiene un aire aséptico que alejaba el romanticismo que tenía en mente. La cafetería ya no tiene mesas y los compartimentos ya no existen. Solo veía mi cara reflejada en el cristal interpuesta ante un paisaje que se tornaba plomizo, tamizado por el tintado oscuro de los cristales. El decadente estado de los huertos y los edificios que flanqueaban las vías me hacían sentir cada vez más melancólico arrebujado en la confortable butaca del vagón. No acertaba a comprender cómo este viaje, tan ilusionante en un principio, había devenido en algo tan mundano, tan poco apetecible.
De repente me di cuenta que era lo que marchaba mal. El planteamiento había cambiado y me había olvidado de algo básico: es destino no importa. Ahí radicaba el quid de la cuestión. Sin saber cómo había, como dicen el Top Gun, extendido cheques que mi cuerpo no podía pagar. Me había marcado un destino, lo había publicitado y ahora me sentía obligado a llegar. Ahí estaba el fallo. Tanto detalle, tanto hablar del asunto en los foros de internet, tanto egocentrismo había creado expectativas y el miedo al fracaso se había instalado en mi subconsciente. Tenía que olvidarme de todo eso y hacer mi viaje sin estar mediatizado por los resultados.
Así que, poco a poco, volví a tomar confianza en mi mismo y me replanteé la travesía como al principio, algo personal e íntimo. Aunque fuese dando detalles de forma diaria el viaje volvía a ser mío, volvía a tomar las riendas de mi propio destino. Sonreí y volví a mirar por la insulsa ventanilla del tren. Bajo el cielo plomizo un rayo de sol iluminaba las majestuosas cumbres del valle del Huerna creando un agradable contraste. Allá vamos, pensé.
El resto del viaje hasta Pamplona discurrió sin sobresaltos ni novedades dignas de mención. Los postes pasaban a toda velocidad a mi derecha en vertiginosa procesión hasta que la hora de la siesta me sumió en un sueño profundo.
 
 
Cuando, por fin, recogí el Vespino y atravesé la ciudad para guardarlo en el garaje de unos amigos, parecí empequeñecerme entre el tráfico del viernes por la tarde. Cada calle empinada me parecía todo un reto y circulaba pegado a la derecha, tímido, como pidiendo perdón al resto de usuarios de la vía por entorpecer su alocada marcha. En las paradas de los semáforos y en las rotondas me daba un poco de impulso con los pedales para facilitar a la máquina la precaria arrancada. Al principio me daba un poco de vergüenza, lo confieso, pero luego, realizaba la maniobra con orgullo heroico incluso cuando no era necesario mostrándome altivo sobre tan humilde montura. El viaje volvía a comenzar!
La noche pamplonesa se alargó más de lo debido y la pequeña ruta iniciática con el Vespino precedió a cinco horas de ruta de bares que, a tenor de mi estado al día siguiente fueron excesivas. Después de los primeros vinos los buenos propósitos iniciales quedaron en el arcén y ya no hubo prisa.
 
 
 
El sábado por la mañana hube de retrasar la partida, prevista en un principio para las ocho de la mañana, hasta pasadas las once y eliminar del repertorio la foto de rigor en la Plaza del Ayuntamiento. La gloria, por lo que se ve, está reservada para los fuertes y vetada a los de voluntad voluble.
 
 
 
 
Llegué, guiado por Josean a las primera rampas del Puerto del Perdón, ascendiendo con pasmosa lentitud a la vertiginosa velocidad de veinte por hora. Unos kilómetros antes la correa había patinado un par de veces provocando un desagradable sonido de acelerón en vacío. Al coronar, después de un ascenso desprovisto de elegancia, sentí un ligero alivio y enfilé la bajada con decisión. Pero poco dura la alegría en casa del pobre y enseguida tuve que aflojar porque las vibraciones de la máquina parecían no presagiar un futuro muy prometedor. Opte, por tanto, por una conducción menos alegre en aras de una mejor conservación de la mecánica. Conducción menos alegre, por dios! Si había subido a veinte por hora!
La primera rotonda, para resarcirme de la bajada contenida, la tomé a una velocidad, por lo que se ve, excesiva porque el caballete comenzó a rozar contra el asfalto produciendo un rugido muy desagradable que, además de asustarme, me hizo modificar la trazada. Tampoco las tumbadas estaban permitidas en el Pájaro Vespino.
Una vez descubiertas todas las limitaciones a las que, por voluntad propia, estaba sometido, me armé de paciencia y, otra vez, volví a hacer un mapa mental de lo que iba a ser este viaje.
Josean había quedado atrás, no porque yo lo hubiese superado sino porque había regresado a Pamplona y mi andadura en solitario comenzaba en Puente La Reina.
Algún pequeño puerto y muchas cuestas fueron sucediéndose constantemente sin nada destacable a excepción de mi aburrimiento que, por arte de magia, desapareció cuando, para salir de logroño, me vi metido de lleno en la autovía de circunvalación con el pequeño ciclomotor. Los coches pasaban zumbando a mi lado mientras la moto se empeñaba en seguir con su misma obsesiva velocidad. Cada vez que rebasaba la salida de un polígono industrial o un cambio de sentido apretaba el culo mientras intentaba vislumbrar la silueta de algún vehículo reflejada en el tembloroso espejo retrovisor, adminículo casi inservible, por cierto.
A la altura de Navarrete abandoné esta odiosa vía de locos a velocidad supersónica y volví a la vida relajada en la Nacional 120, en estado de semiabandono en algunos puntos y totalmente desértica en otros. Es una sensación agradable circular por las nacionales abandonadas. Cuando todo el mundo opta por la autovía, desplazarse en solitario por ellas, aunque sea por el arcén, es un verdadero placer. En algunos momentos parecía que la pandemia había cobrado dimensiones épicas y que yo era el único humano vivo en el planeta.
El cansancio ya iba haciendo mella en mi, tanto por los kilómetros recorridos como por mi penoso estado físico así que decidí detenerme en Belorado, ya en la provincia de Burgos. Estaba exultante porque me daba la impresión de haber recorrido cientos de kilómetros. Eran las cinco de la tarde y la etapa había concluido. La realidad, tozuda ella, resultó ser bien otra: solo había cubierto 152 kilómetros desde que saliera de Pamplona, seis horas antes.
 

Probando el Vespino

 

Sigo con el proyecto del Camino de Santiago en Vespino.

Ayer estuve en Garaje Paco para recogerlo, (al ciclomotor, no a Paco), y ya lo tengo en casa. Hoy hice el primer paseo, corto, porque se me ocurrió ir en vaqueros con el frío que hacía. Mis impresiones al respecto de la máquina son un tanto contradictorias.

Mientras el terreno sea llano el vehículo se mueve a una velocidad aceptable, pero cuando empieza la cuesta… ay! cuando empieza la cuesta. La velocidad decrece de forma alarmante y el viaje se convierte en algo que se acerca al tedio. Y eso que solo recorrí 25 km. El Puerto del Acebo no está hecho para Vespinos.

Me queda el consuelo de que los puertos que encontraré por el Camino no son demasiados.

Aún sigo confiando en la mecánica del chisme pero creo que tendré que replantearme la duración de las etapas que, de largas, van a pasar a ser eternas. Habrá que armarse de paciencia, mucha paciencia.

Comencé, hoy también, con el asunto del equipamiento, colocándole unas alforjas de cuero, (reaprovechadas de la Intruder), un pellejo de oveja negra en el asiento, detalle kitch donde los haya, pero efectivo y un pequeño portaobjetos debajo del manillar. Además de todo esto, para suplir la falta de información del velocímetro, que no funciona, le he colocado un termómetro y barómetro en el cuadro para saber, llegado el momento, si hace frío como para sufrir o me quejo de vicio.

Camino de Santiago en Vespino

 

A raíz de un comentario de Elena, mi mujer, que le parecía que viajaba poco, surgió la idea de hacer algo especial, un viaje distinto a lo que estaba acostumbrado: el Camino de Santiago en ciclomotor.

La fecha para realizarlo sería en noviembre o diciembre del año pasado pero la marca de ciclomotores que me ofrecía tres vehículos de fábrica para la prueba se echó atrás en el último momento y no pudo ser.

Este año, con menos pretensiones grandilocuentes, decidí salir a la ruta con un viejo ciclomotor, un Vespino que, gentilmente, me ofreció mi taller de confianza, Garaje Paco en Coaña, Asturias. Allí, en una de las naves del taller, había varios ciclomotores a mi entera disposición. Yo, que habría dado un dedo por uno de esos chismes cuando tenía catorce años ahora tenía un montón para escoger…

Me decidí por un Vespino, una máquina fiable, de fabricación española y con gran solera a sus espaldas. Un rápido vistazo a la moto y una mirada cómplice con Paco, el dueño del taller, bastó para decidir.

El día 20 de noviembre, después de haber enviado la moto por transporte, tomaré un tren con destino a Pamplona y, una vez allí, comenzará esta particular travesía por el Norte de España hasta llegar a Santiago.

Las etapas aún no están establecidas, se irán conformando según avance la ruta pero serán de unos 200 kilómetros aproximadamente.

 

1. Erotismo en Curva

 

Grandas- Plasencia 570 km


Ver mapa más grande

Erotismo en Curva

 

Como no podía ser de otra manera, al final llegó el día de salir con destino a Mauritania de modo que, un viernes por la tarde, con agradable temperatura, me estaba encaminando hacia la N-VI, dando saltos entre los baches de la carretera de Fonsagrada.

No había nervios, ni dudas, ni esa zozobra tan peculiar que se apodera de uno cuando parte hacia un destino un tanto incierto. A cambio, me inundaba una gran tranquilidad y, como me gusta decir tantas veces, la ruta “fluía” con parsimonia en aquella tarde primaveral.

 

No tardé en llegar a “mi curva”, esa sobre la que escribo en algunas ocasiones. Está en la carretera de Fonsagrada a Lugo y, desde hace mucho tiempo, me tiene hipnotizado. Ese día, con la moto cargada, no tenía muchas esperanzas de negociarla con elegancia pero al llegar y encarar la rueda delantera me acogió con la pasión tierna de una novia primeriza. Con la moto inclinada y rodando con suavidad el tiempo pareció detenerse y el sonido del viento silenciarse. Sentí la caricia de la curva, el tacto aterciopelado de una trazada perfecta y el vello de la nuca y los brazos se me erizó. Creo que, en ese momento, hubiese podido cerrar los ojos y continuar en un bucle infinito. Al igual que cuando comes un bocado delicioso, al encarar la contracurva, exhalé un suspiro acompañado de un “mmmm” que tenía un no se qué de erotismo. Las curvas perfectas existen y esta es la mía, sin lugar a dudas.

 

Había quedado con Molina en las cercanías de Benavente y hacia allí me dirigí entre el escaso tráfico de la N-VI y el frescor de una tarde primaveral. Al llegar a Barcial del Barco, ya metido de lleno en la Ruta de la Plata me detuve a esperar a Molina, que venía con tres cuartos de hora de retraso. Allí, sentado en la terraza de un anodino bar de pueblo, castellano donde los haya, me dediqué a aguantar con estoicismo la vociferante algarabía de los parroquianos que jugaban a subastado. Cuatro jugando y siete mirando se convierten en una tropa lo suficientemente ruidosa para poner nervioso a cualquiera.

Molina hace su aparición, escoltado por dos amigos que nos despiden mientras ponemos rumbo al sur, rumbo a las ignotas tierras mauritanas. Estos días están en plena campaña electoral por allí, y yo espero que no tengamos ningún problema con la convulsa situación política.

La primera parada la hacemos en Guijuelo donde el hermano de Molina corría con la organización del Campeonato de España de Rallye de Tierra. Allí rebasamos los controles de la policía local con nuestras motos como si fuéramos parte de la organización y nos colocamos al lado del podium de salida ante la atónita mirada de los cientos de espectadores. Cuando llegó el hermano de Molina rematamos nuestra actuación sacándonos unas fotos bajo la pancarta de salida mientras el público nos miraba con extrañeza.

Rallye de Guijuelo

Rallye de Guijuelo

Dejamos Guijuelo y el rally y seguimos, siempre en dirección sur, hasta que me percaté de que Molina ya no me seguía. Se había desviado hacia Béjar para repostar. Primeros momentos de duda que enseguida se solucionan con una llamada telefónica.

Van sucediéndose los kilómetros con buen ritmo, incluso cuando me equivoqué y atravesamos Salamanca por el centro de la ciudad. La idea era llegar a Mérida y salir por allí a tomar algo pero, conforme iba cayendo la tarde nuestro objetivo del día iba diluyéndose con la puesta de sol. Habríamos de conformarnos con llegar a Plasencia junto con las primeras gotas de agua del viaje. Yo no llevaba traje de aguas. Me parecía un auténtico despropósito ir hacia el desierto llevando tamaña impedimenta y un contrasentido de mal augurio así que, de milagro llevaba los forros de abrigo de la ropa de cordura.

En Plasencia nos tomamos unos vinos por el centro mientras íbamos conociéndonos un poco más. Hasta la fecha Molina y yo solo nos habíamos visto en dos ocasiones, la primera apenas media hora para corroborar que el proyecto iba en serio y establecer, un poco por alto, la ruta a seguir. Nada más. Creo que ambos sabíamos que no iba a haber problemas entre nosotros en todo el viaje pues congeniamos bien desde el principio y, conforme ibamos avanzando en estos primeros compases, las coincidencias en el carácter y en lo canallas, nos auguraban un buen feeling.

Así las cosas nos fuimos a dormir a un hostal con el enorme deseo de llegar a Marruecos cuanto antes y atravesar luego el Sáhara Occidental en direccion a Mauritania.

13. Los Españoles sois de Puta Madre

 

Moto, moto y moto.

 

Poco que contar y poco que recordar sobre lo que me está pasando en el día de hoy. Quizá lo más destacable es el hecho de haber perdido la tarjeta de crédito. En realidad no la he perdido, sé dónde está. En una de las cabinas de los peajes de la autopista. Visto lo visto hubiese sido mejor continuar colándome en cada uno de ellos. Puñetera justicia cósmica!

Estoy descansando en una de las excelentes áreas de servicio de las autopistas francesas y me acaban de soplar tres euros. Se acercó a mi un tipo con pantalón corto y camiseta de tirantes, camionero, según me dijo. Tenía un problema con su teléfono móvil y necesitaba llamar a casa para que le enviaran dinero porque su tarjeta de crédito no funcionaba. Ya lo había visto antes correteando nervioso por el aparcamiento, intentando hablar con los conductores sin que nadie le hiciera ni caso. Cuando se acercó a mi y me contó toda la historieta, la adornó con calificativos despectivos hacia los franceses. “Estos hijos de puta, no quieren ayudar a nadie” “Son unos cabrones”. Su español era de primera, sobre todo en la pronunciación de “hijos de puta”. Y yo que siempre creí que era una tontería aprenderse los insultos en otro idioma. Aunque, ahora que lo recuerdo, me resultó útil para describirle a unos franceses la personalidad de un político local, allá en el pueblo.

Escuché todo lo que tenía que contarme y mirándole a los ojos con una sonrisa le solté tres euros. Antes sopesé si todo ello era un modo ingenioso de sacarle la pasta a los bisueños como yo o si, realmente, estaba en un aprieto. En cualquiera de los dos casos la situación requería los emolumentos, bien como premio al ingenio o bien para echar una mano.

“Los españoles sois la gente más de puta madre de toda Europa”

Ya hombre, ya lo se. Entre las ganas de juerga que tenemos siempre y el solecillo del solar patrio no hay nadie que nos haga sombra. Si encima te sueltan tres euros, pues aún más estupendos.

El tipo acaba de irse y me queda una sensación algo extraña; no sé si me acaba de tomar el pelo o si llevé a cabo mi buena obra del día.

Hay mucho trajín el el área de servicio. Los miro como un naturalista observa la fauna. A pesar de compartir todos la misma carretera y la misma área de descanso cada uno va a su aire. Los individuos apenas si interactúan unos con otros. Intento entablar conversación con el propietario de un Lamborghini amarillo. “Su coche es precioso”, le digo interesado. Obtengo como toda respuesta un seco, “si, es bonito”, mientrs se da media vuelta y vuelve al interior del restaurante. Mucho más que tu simpatía, pienso para mis adentros.

Mi ruta continúa, sin pena ni gloria, hacia Barcelona.

En una de las carreteras nacionales de Girona las putas me reciben encaramadas en unos tacones de escándalo. Casi todas son rubias y muestran unas piernas monumentales rematadas por minifaldas que son poco más que un exiguo trozo de tela. Comienza a llover.

Barcelona es una ciudad desierta en este domingo plomizo. He llegado por la carretera de la costa, abarrotada de naves industriales que conocieron tiempos de más actividad. A mi izquierda sigue el Mediterráneo, omnipresente y tranquilo, oculto por las vías del tren y por decenas de cables eléctricos. Es gris plúmbeo, pesado, triste.