Mes: noviembre 2012

Violencia de Género

Ya sé que la violencia engendra violencia. También se que no es ni moral ni políticamente correcto defender la violencia. Pero el ser humano es violento. La historia de la humanidad está plagada de guerras, de asesinatos, de violencia. Y yo soy violento.

Tan violento que, si tuviera dinero suficiente, tanto como para pagar abogados que me defendieran a capa y espada ante cualquier contingencia, montaría una empresa de violencia. De violencia de género y de número. 

 

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Podcast 12. Alicia Sornosa, GPS´s y Grandes Viajeros

Ha costado parir este programa número 12 de Viajo en Moto pero, por fin, estamos en la docena.

Charlamos, de forma distendida, con Alicia Sornosa (www.aliciasornosa.com)que está en Colombia después de su paso por Centroamérica. Nos cuenta como vivió el terremoto de Guatemala y nos desvela sus proyectos para los próximos meses.

Javier Cordero (motohavivi.blogspot.com.esdescubre para nosotros a los más importantes viajeros en moto de todos los tiempos, aquellos que convirtieron su vida en un interminable viaje en motocicleta por el globo.

En nuestra sección “Cacharrería para la Moto", nombre oficioso pero que se ajusta bastante bien a la realidad, charlamos sobre GPS´s y navegadores con José Luis Granizo y con Carlos Llabrés (www.immrentandtours.com).

Y descubrimos, en exclusiva, el lugar al que se va Fabián Barrio (www.saliadarunavuelta.com) y que nos trae a todos locos desde hace quince días.

Después de unas semanas, reaparece la sección “Dónde estás Corazón” para comentar los viajes de aquellos que ahora mismo están con su moto realizando algún viaje de envergadura. Y lo hace con fuerza: de casualidad hemos pillado a “Búfalo” (bufaloamerica.blogpot.com.es) que nos cuenta, de primera mano, en qué terminó su proyecto de cruzar el Tapón de Darién por tierra y hacia dónde va a dirigir sus pasos estos días.

Como nos habéis hecho muy buenos comentarios sobre la banda sonora elegida para Viajo en Moto hemos comenzado a recopilar nuestra selección en una lista de Jamendo, que es de donde sacamos la música con licencia Creative Commons.  Este es el enlace directo a la playlist http://www.jamendo.com/es/list/p89079717/podcast-viajo-en-moto

Poco a poco iremos añadiendo toda la música del podcast.

La que ambienta el programa de este mes es la siguiente:

  • THC pa-ta-ta-ja
  • GARP Uihuu
  • OURS VINCE  Slide cowboy
  • GOVANNON  Fábula
  • RE-LAB  Minuetto flauta
  • THE MAGGIE WACKERS  Dim song Macallan
  • GARP  Detune
  • COSCA DEI COMPARI  Amsterdam
  • DAVID TMX  Le curé que vouliat baiser
  • AS POTIRONTI  Là où les potes iront j´irai
  • AS POTIRINTI  Feu follet

En resumen, dos horas de programa con las que tendrás suficiente para llegar hasta mediados de diciembre con tus necesidades de podcast motoviajeros, más que cubiertas.

Seguimos, como siempre, abiertos a sugerencias, críticas, colaboraciones y cualquier cosa que se os ocurra. 

 

Cruzar el Tapón de Darién

El Tapón de Darién es el único obstáculo que impide viajar sobre ruedas desde Alaska hasta la Tierra del Fuego.

Se trata de una barrera selvática que separa Colombia de Panamá en la que no existen vías de comunicación terrestres. Por el norte, en Panamá, la carretera termina en Yaviza y por el lado colombiano en Casas Aisladas. Queda, por tanto, entre ambos puntos una extensión de tierra por la que es muy difícil moverse.
Desde hace años hay un proyecto para abrir el Tapón pero son varias las dificultades con las que se encuentra. Por un lado los valores ambientales de la zona donde se encuentran ecosistemas con gran variedad de endemismos y con un alto valor ambiental. Reservas de la Biosfera, Parques Nacionales y extensas áreas de selva virgen se verían contaminadas. Por otra parte una carretera en la zona aumentaría la inmigración ilegal intercontinental, algo a lo que no están dispuestos, no solo los gobiernos de Colombia y Panamá sino otras naciones de la zona (con EE.UU. a la cabeza). Por último, esta vía de comunicación podría facilitar el desplazamientos de enfermedades tropicales que afectan al hombre y también a la cabaña ganadera (fiebre aftosa).
En la región de Darién se construyó la primera ciudad europea en tierra firme en el continente americano, Santa María la Antigua del Darién y por esta región pasó Núñez de Balboa hasta el Pacífico.
A pesar de todo en 2010 se licitó el primer tramo de la construcción de la carretera Panamericana en esta zona, una obra con una inversión inicial de 1,6 millones de dólares y están pendientes los proyectos de construcción de dos vías férreas que atravesarían el Tapón.

Ya hemos hablado en este blog de la primera persona que consiguió unir, por tierra, Alaska con Tierra del Fuego, atravesando, a pié, el tapón de Darien. Me refiero a Danny Liska, un motorista-aventurero por el que profeso una gran devoción.

Land Rover en Darien GapLa primeras personas en atravesar en vehículo el Tapón de Darién lo habían hecho un año antes y fueron Amado Araúz y Reina Torres, un matrimonio panameño que, en 1959 consiguieron unir Panamá y Colombia con su Land Rover. Con ellos viajabanel inglés Richard E. Bevir  y un ingeniero australiano Terence John Whitfield

También hubo algunos proyectos muy originales que culminaron en éxito como el que el 1961 llevaron a cabo, con el patrocinio de un concesionario Dick Doane Chevrolet de Chicago. Éste consistía en cruzar el tapón con tres coches “de calle” y varios vehículos de apoyo. Se trataba de los Chevrolet Corvairs que, en España solo nos sonaban de verlos en la pantalla del cine. Para ello tuvieron que abrir trochas, construir puentes y disponer de una considerable infraestructura y capacidad de trabajo.

El 1972 otra expedición con Range Rover consiguió hacer toda la Carretera Panamericana con el mismo vehículo por tierra. Se trataba del ingles John Blashford-Snell que contaba con importante apoyo del ejército británico. De aquí salieron un par de libros: Something lost behind the ranges y The hundred days of Darien

Pero hubo otros locos que lo intentaron. Y alguno que lo consiguió. Como Ian Hibell, el primer viajero que consiguió hacer el trayecto íntegramente por tierra y con el mismno vehículo, atravesando los terrenos pantanosos de río Atrato. También plasmó su aventura en un libro, Remote Places.

Ed Culberson consiguió cruzarlo en 1981 en una una BMW R 80 G/S y de aquella aventura salió un libro que aún se puede conseguir hoy en día: “Obsessions Die Hard: Motorcycling the Pan American Highway’s Jungle Gap”
http://www.amazon.com/Obsessions-Die-Hard-Motorcycling-American/dp/188431306X

En el mismo año, quizá un poco antes, Helge Pedersen,, el famoso aventurero noruego que asó 10 años viajando, consiguió cruzar el Darien Gap también con una BMW R 80 G/S

La primera persona de la que obtuve noticias en persona y que afirma haber cruzado el Tapón en moto es Antonio Braga, un aventurero brasileño que ya lleva cincuenta años en moto. Antonio contactó conmigo hace ya varios años, con ocasión del artículo del libro de Dany Liska. Afirma haber cruzado Darién en el año 1985 y lo cuenta, de forma somera, en su página web.

Antonio Braga

Antonio Braga en el tapón de Darién. Año 1989

El que también cruzó Tapón de Darién en Motocicleta fue Loren Upton en 1995 y lo hizo a los mandos de una inusual Rokon, una moto con dos ruedas motrices. Loren ya había cruzado el Tapón en coche, asunto que le llevó la friolera de setecientos y pico días, desde 1985 a 1987. No contento con eso refgresó para hacerlo en moto.

Junto con Ron Merrill tardaron 49 días en completar el recorrido.

para mis Juanes

Ayer vino Juan y nos fuimos de ruta. Conozco a varios Juanes muy entrañables, de esos que querrías tener siempre cerca. Es como si, en lugar de hablar contigo, te entregasen sus palabras. Como si las dejasen libres en el aire para que se posen en ti como una pluma. Sin peso y sin pesar.

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Sé un Auténtico Motocampero Endurero

Hay que ver cómo te gusta andar pegando saltos con la moto. Es ver unos tacos y ponerte “to palote”. Ay, amigo! Pero, como de costumbre, no sabes ni por dónde empezar. Calma. El Tito Viajoenmoto.com hará de ti un perfecto deportista para que te pasees por la Naturaleza como ella se merece. Por inhóspita.

 

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Sé un Auténtico Motero Aventurero

Moto aventureraCuánto daño te han hecho los motorístas mediáticos que dan vueltas y vueltas al mundo. Tú, alma de cántaro, que vegetabas plácidamente en la mortecina confortabilidad del sofá, ahora estás ávido de aventuras y sólo deseas hacerte a la carretera a recorrer el mundo. Tranquilo, una vez más el Tito Viajoenmoto.com está aquí para convertirte en el adalid de los viajeros, en el nuevo Emilio Scotto del solar patrio.

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Sé un Auténtico Motero Racinguero

Has llegado a tiempo al mundo de las motos. O más o menos a tiempo. De chaval no tenías ciclomotor pero ahora, con trentitantos, ya dispones de algún dinerillo para subirte a la burra. Por fin tienes esa deportiva triple erre que tanto deseabas. Pero claro, lo que no tienes es ni idea de poses y haceres. Tranquilo, aquí está el tito Viajoenmoto.com para desasnarte y hacer de ti un motero de pro.

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Sé un Pureta Pijeras Motorizado

Han pasado ya muchos años desde que recibirte mis consejos. Ahora te miro y te veo más aposentado. Atrás han quedado aquellas ínfulas macarriles que tanto te llamaron la atención. Recuerdo que querías follarte a las chavalas de la veintena o la treintena y ser un macarra motorizado te pareció buena idea. Ahora ya estás más entrado en años. Y en carnes. Si entonces las niñas no te miraban, ahora ni te cuento. Veo que estás más centrado en las señoras de la cincuentena. Haces bien. Es mucho más práctico. Con las niñas nunca se sabe pero con una mujer de cincuenta las cosas están mucho más claras. Sobre todo las separadas, no?

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Sé un Macarra

Lo estabas deseando. Desde siempre te han atraído las películas donde los outlaws se llevaban a la chica más guapa. Pero la vida da muchas vueltas y te resultó imposible convertirte en un fuera de la ley con todas las de la ley. Sin embargo, con el paso de los años, los hijos ya criados y convertido en un jovenzuelo otra vez, te has comprado una moto y eso ya son palabras mayores. 

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Crash Over

Despertar no es un acto duro “per se”, abres los ojos y ya está, el mundo vuelve a aparecer y, aunque tu no lo recuerdes, estarás, más o menos, en el lugar en que te dormiste. Lo verdaderamente traumático es tomar consciencia de que estás despierto y comenzar las primeras evoluciones para proceder a la incorporación de tu cuerpo físico. Me refiero, claro está, a levantarse de la cama después de una noche de copas.Primero sobreviene la sorpresa de recorrer con la mirada el lugar en el que estás y constatar, con desagrado, que no es tu casa. Una vez superado este primer escollo y realizada la composición de lugar realizas el primer giro de cabeza, tan sólo para percibir el primer pinchazo de dolor en las sienes. Instintivamente te llevas la mano a la los parietales y, con una ligera presión, te das el primer masaje para intentar salir del encefalograma plano en el que te hayas. Luego te arrebujas bajo las mantas intentando que eso que te está ocurriendo no sea más que un mal sueño del que aún no te has despertado. Cuando, por fin, haciendo acopio de valor decides incorporarte, lo haces por tiempos, quedándote sentado en el borde de la cama, apiadándote de ti mismo y prometiendo, solemnemente, que no va a volver a ocurrir, que no volverás a tomar nunca esa última copa que, estás seguro, es la que te jodió de esta manera. Ni por un instante piensas que la mezcla de vino, chupitos, cervezas y cubatas no es buena de ninguna manera, no. Ha sido aquella última copa, cuando ya no tenías sed y cuando el garito estaba a punto de cerrar la que te está amargando esta mañana de forma insistente.
Gelucho está durmiendo a mi lado, roncando, mientras la luz del sol pugna por entrar entre las cornitas del enorme ventanal del salón. Margy también duerme profundamente en la cama de al lado. Mientras voy rumiando mi desdicha en pos de una aspirina pienso en que pronto pasará esta horrible resaca y que, en pocas horas, estaremos en Italia, subiendo el Stelvio, disfrutando de las hermosas vistas de Belagio, el lago Lugano… Otro día hermoso para viajar en moto. Son las nueve de la mañana y el calor ya aprieta, calculo que unos veinticinco grados de temperatura. Perfecto.Mientras Margy prepara el desayuno despierto a Gelu sin demasiados miramientos y le recuerdo que la terraza no es el mejor sitio para dormir, por mucho que el amanecer sea el momento más hermoso del día. Su cara desencajada y gesto torcido hacen que no necesite más respuesta.
Después de desayunar y preparar el equipaje nos despedimos de nuestra anfitriona. Nos ha tratado como a amigos de toda la vida, hemos congeniado estupendamente y me gustaría quedarme unos días más pero la ruta debe continuar. A veces pienso que estos viajes míos son como un mandato divino, una peregrinación hacia ninguna parte que siempre debe continuar. No hay lugar para el descanso, tan solo viajar sobre la Vstrom y llegar a un nuevo lugar, conocer otras gentes, hacer nuevos amigos y avanzar, como dice el título de mi página web, sin destino, sólo hay travesía.
Ascendemos por la autopista, que nos llevará hasta el Brennerpass, con mucho tiento porque las curvas de “paella” se suceden y, a pesar de los tres carriles es fácil comerse una de ellas. Las autopistas austríacas son de factura impecable. Anchas, con buen firme y con tráfico fluido, al menos en esta soleada mañana de domingo. Yo llevo la pegatina que me autoriza a circular por ellas pero Gelu está aquí de ”ilegal”. No es que yo sea más cumplidor de la ley que él, simplemente a Margy le sobraba una y la colocamos en mi moto. Sin este requisito no se puede hacer uso de ninguna autopista, o mejor dicho, se puede hacer uso pero te arriesgas a una multa importante si te sorprende la policía sin el adhesivo.
Mientras descendemos, ya en Italia nos adelanta un grupo de Ferraris. Unos kilómetros más adelante volvemos a rebasarlos y me sitúo en paralelo mientras saludo al propietario y le hago monerías. El me sonríe, cómplice. Ambos estamos disfrutando de la ruta, aunque de forma totalmente distinta.
Pronto abandonamos la autopista y regresamos a las carreteras de montaña. El plan sigue su curso y antes de atacar el Stelvio subiremos el Passo Giovo a dos mil noventa y cuatro metros, un puerto de quince o veinte kilómetros plagado de curvas de ciento ochenta grados y donde se dan cita un buen número de motos de toda clase. Hay varias custom que ascienden torpemente en pos de la cima. Definitivamente una moto diseñada en su origen para los grandes espacios abiertos de Norteamérica no se encuentra en su medio ideal negociando curvas en los Dolomitas. Recuerdo mis tiempos de ruta sobre la Intruder 1400, una máquina con gran lanzamiento de horquilla y una tendencia demencial a caerse hacia el centro de la curva. Por no mencionar sus frenos, altamente ineficaces a la hora de detener aquella mole de hierro cromado con motor de tractor. Era una moto bonita y poco más. 
Aquí, en la cima, disfruto del frescor alpino y me congratulo de pisar de nuevo Italia. Me encanta hablar italiano. Reconozco que no tengo ni idea y que, lo que no sé, me lo invento, pero, aún así, es un placer juntar los dedos de la mano derecha y gesticular como un mafioso siciliano. Esto de los idiomas es un tanto frustrante para mi porque, sin dominar ninguno, siempre intento hacer algún chapurreo allí donde me encuentre. Ya hemos pasado San Martino y llegamos a Merano, una ciudad hermosa con amplios jardines y paseos que será el preámbulo de nuestro ascenso al Stelvio. Lo tengo tan cerca, tan al alcance de la mano que ya estoy saboreando el aire de la cumbre, sus cuarenta y ocho “tornanti”, su halo de puerto mítico.
Circulamos por el Val Venosta y varias motos nos dan la pasada sin respetar líneas contínuas. Aquí todo lo concerniente a la regulación del tráfico parece más relajado. En una de las “porterías” con paneles de información de tráfico me parece leer algo del Passo dello Stelvio pero no le presto demasiada atención. Después de pasar Silandro tomamos un desvío a la derecha, enfilando definitivamente, las primeras rampas que conducen al Stelvio. A la derecha un cartel dice algo de que el Stelvio está cerrado por la nieve. Me imagino que se habrán olvidado de quitarlo porque estamos en el mes de junio y en esta época no hay puertos cerrados.Allá, al fondo del valle se ven los impresionantes picos del Parco Nationale dello Stelvio, con sus cumbres cubiertas de nieve y las laderas oscurecidas por el verde de los abetos. Es un paisaje tíicamente alpino, una postal mítica de los Alpes italianos. Sonrío maliciosamente en el interior del caso y me digo “allá vamos”. Gelu se ha quedado atrás, haciendo sabe Dios qué y decido no esperarlo, ya nos veremos arriba. Agradezco que vaya un poco más lento porque este tramo de ruta es para disfrutar en solitario, en comunión con la carretera, en egoísta ascensión que ha de experimentarse en la más completa soledad 
Con las primeras rampas vulevo a ver otro cartel que indica que el puerto está cerrado. Este sí lo leo claramente pero prefiero pensar que se trata de un olvido. Si el puerto estuviera cerrado las indicaciones serías más visibles y más ostentosas. Aquí está el primer “tornanti”, empedrado, como corresponde y con una buena pendiente. Un placer malsano recorre todo mi cuerpo en este primer saludo al Stelvio. Es un hola sosegado que escenifico entornando los ojos y torciendo la boca en una mueca que tiene algo de lascivia.Las curvas cerradas se suceden y la pendiente es cada vez más pronunciada al tiempo que la carretera se va estrechando. Los abetos jalonan la carretera y se descuelngan ladera abajo manteniéndose firmes en esta pendiente imposible. Al dejar atrás las últimas casas una barrera pintada de blanco y rojo se haya levantada. Se trata de un dispositivo que se usa para cerrar los puertos al comenzar el ascenso durante el invierno, cuando están cubiertos de nieve. Más arriba, otra barrera, ésta de bloques de cemento, también está abierta. Esto corrobora mi teoría de que el puerto, a pesar de las señales que encontré abajo en el valle, está abierto. La carretera está solitaria, es mía, me pertenece. Soy el más feliz del mundo rodando en este silencio tan solo roto por el discreto escape de la Vstrom. La brisa se torna cada vez más fría y el olor a pino y a frescura se cuela al interior del casco impregnándome, aún más, de aroma de la montaña.Han desaparecido los árboles conforme voy ascendiendo y las frondosas y pináceas se ven cada vez más lejanos en las laderas cercanas al valle. Ahora los canchales y los neveros sustituyen a la arboleda y veo la carretera en toda su impresionante magnitud. El piso, en algunas curvas, ha sido reparado recientemente pero, aún así, toda está bastante bacheada y no ofrece mucha confianza. En las zonas más umbrías aparecen algunos neveros, goteando, exudando invierno y mostrando la suciedad de la tierra que se les ha venido encima.Me salen al paso un par de marmotas alpinas, jugueteando en la carretera. Al verme, sorprendidas, corren a refugiarse en sus madrigueras del talud de escollera. Me detengo un rato para verlas más de cerca pero se niegan a salir de su escondite. Estas marmotas son como ardillas gigantes, rechonchas y con una gruesa capa de pelo. Viven a partir de los ochocientos metros de altitud y también son comunes en algunos lugares del Pirineo.Cuando ya todos los árboles han quedado atrás definitivamnete y los neveron son frecuentes veo una especia de hotel o restaurante a unos cien metros de la carretera, situado en un llano imposible en medio de valle. Ya falta muy poco para llegar a la cumbre, calculo que no más de cinco kilómetros a juzgar por la cantidad de curvas que ya he tomado. Decido no parar porque mi objetivo está tan cerca que casi lo puedo acariciar.
Al salir de una curva cerrada una excavadora ocupa toda la carretera de un lado a otro impidiendo el paso. Ahora ya está claro que el puerto está cerrado. Durante todo el recorrido vengo ignorando los carteles de advertencia pero esta excavadora en medio no deja lugar a dudas: de aquí hacia arriba no se sube.
Me paro en el hotel que acabo de rebasar, está cerrado. Unos eslovacos me preguntan si sé algo de las obras y cuando abrirán la carretera. Obviamente sé menos que ellos, acabo de llegar.
Llamo a Gelu para decirle que se puede ahorrar la subida, que me espere allí donde se encuentre pero su telefono está apagado. Decido esperarlo un rato. Me gusta pisar la nieve, aunque, como en este caso, esté sucia de tierra y muestre un penoso estado de decrepitud, de nieve vieja y ajada.
Voy a bajar de nuevo porque mi compañero no da señales de vida así que voy a su encuentro. En la bajada, casi en el fondo del valle, pregunto a unos obreros si han visto pasar una Ducati ruidosa. No ha pasado. Mas abajo una señora me dice lo mismo. Que raro. ¿Habrá tenido una avería? En este viaje la Ducati se ha mostrado bastante fiable, no "strappa", no petardea en las retenciones, tira bien desde las tres mil vueltas… todo andaba dentro de unos parámetros aceptables.  
Al llegar a Prato dello Stelvio, en una enorme recta, hay un Fiat Punto atravesado en la carretera y los carabiniere están dando paso de forma alternativa. Yo ya llevo un rato preocupado y al ver este panorama, instintivamente, comienzo una cantinela mental. "Que no sea él" "que no sea él", "que no sea él" . Pero veo la Ducati, destacada, sobre la plataforma de una grúa. Busco a Gelu con nerviosismo y no lo veo por ninguna parte. A un lado de la carretera, sentado con aire ausente y abatido, hay un chico que fácilmente identifico como el conductor del Fiat. Antes de quitarme el caso oigo a uno de los carabiniere que dice, aliviado, que ha llegado "il amico".
La situación comienza a aclararse en mi cabeza y, conforme pasan los segundos, voy elaborando planes de aplicación inmediata. Sé que mi compañero no está, probablemente se lo hayan llevado en ambulancia. La moto no puede continuar viaje, está echa polvo. La policía querrá arreglar papeles. El conductor también. Poco a poco voy colocando cada asunto en una estantería mental, todo bien a la mano y con su solución apuntada en una nota al lado de cada obejeto-idea.
Me bajo de la moto y me dirijo al policía que parece dirigir el cotarro. No lleva uniforme, viste un polo y pantalón corto pero no cabe ninguna duda de que es el jefe. Le pregunto por Gelu y la gravedad de sus lesiones, así como el hospital al que se lo han llevado.
Ya quedaron solucionados el asunto de los papeles, el taller al que se va la moto y los datos del Fiat y he quedado emplazado a presentarme mañana o pasado, de nuevo, en las dependencias policiales en Males para recoger el atestado policial, o, por lo menos, un informe reducido de lo ocurrido. El Fiat, en una recta enorme, giraba a su izquierda, rebasando el carril contrario para entrar en la gasolinera sin percatarse de que, de frente, venía una Ducati y su piloto con la sana intención de subir el Stelvio y luego ir a conocer Belagio, Lugano, Suiza… Me imagino el accidente en cámara lenta y lo veo, una y otra vez, tanto desde la moto como desde el coche. La moto circula por su carril, a ochenta o noventa por hora. Había una señal que restringía la velocidad a sesenta, pero estaba tapada por la vegetación y no se veía. De frente, un coche se acerca en dirección contraria. Pero en lugar de que ambos vehículos se crucen con normalidad el Fiat azul inicia la maniobra para girar a la izquierda, ocupando la mitad del carril. Al ver a la moto se detiene bruscamente y la moto, después de una frenada de tres o cuatro metros, se va de atrás. Gelucho golpea el asfalto con el hombro. La moto y el piloto se arrastran en dirección al coche. El caso impacta contra la parte delantera y la moto se empotra en los bajos del coche.
De camino al hospital, a dieciséis kilómetros, otra cantinela vuelve a mi cabeza repitiéndose machaconamente. "que no haya sido nada", "que no haya sido nada", "que no haya sido nada". En la sala de urgencias no me permiten entrar a verlo, aún está con el doctor y en un rato me dirán algo. Pasan los minutos. Llevo más de una hora esperando y aún desconozco el alcance de las lesiones de mi compañero. Una enfermera rubia me pregunta si hablo italiano que necesita un intérprete para que el doctor le diga a Gelu lo que tiene. Sigo a la enfermera por los pasillos de urgencias y me la imagino con minifalda, blusa apretada y cofia. Supongo que la mente tiene sus válvulas de escape para momentos de tensión pero no me parece que sea el momento más adecuado para manidas fantasías sexuales. Borro el tópico de mi cabeza.
El doctor es un hombre delgado, bronceado y con un bigote entrecano. Calculo que tenga unos cincuenta años aunque aparenta menos edad. Viste pantalón blanco y polo del mismo color. Me lo imagino en el puerto deportivo preparándose para pasar la mañana del domingo en su velero de doce metros de eslora, con su señora, una dinámica rubia de cuarenta y cinco y otros dos matrimonios con los que salen a menudo.
En su placa pone Dr. Stecher. Tiene una voz aterciopelada, tranquilizadora, muy a tono con todo su aspecto. Me dice que Gelucho tiene una lesión en la espalda, una, o quizá dos, vértebras rotas. Trago saliva y aprieto los labios. Las manos comienzan a sudarme y me las froto contra el mugriento pantalón. Miro a Gelucho pero no es necesario que le traduzca nada. la cosa ha quedado bastante clara. El reporte médico continúa. El omóplato también está roto y varias costillas. Además le han detectado un neumotórax y hay que intervenirlo para insertarle un drenaje en el pulmón. Le insisto al Dr. Stecher en que me explique, bien a fondo y con términos sencillos, dado mi manejo básico del italiano, el alcance de las lesiones de la columna pero no obtengo más que un "debiamo spetare", (tenemos que esperar), y que estará varios días en observación.
El sol se muere en Val Venosta y sus tonos anaranjados tiñen la cristalera de la fachada del hospital. El apuntado campanario de la iglesia también se refleja. Y mi silueta, observándome a mi mismo como un espantapájaros de brazos caídos. Desde aquí veo la moto, aparcada a escasos veinte metros. Parece que me llama, que intenta consolarme pero no le hago caso. Vuelvo al interior del hospital y durante otras dos horas recorro los pasillos vacíos una y otra vez escuchando, de cuando en cuando, conversaciones en ese alemán tan particular que se habla en esta zona. Solo entiendo un par de palabras sueltas. Paso por sus vidas como un fantasma escuchando un retal de conversación que no entiendo y desaparezco.
Resuenan en mi cabeza los ecos de la fiesta de anoche. Las risas, las bromas con el idioma, las copas, Gelu bailando en la pista la tía de las posturitas… Y ahora está arriba, con el ayer tan lejano, en el "secondo piano", en la planta de cirugía para instalarle una tubería drenante.
El hospital está casi desierto, en silencio. De vez en cuando alguna enfermera entra o sale de la sala de urgencias para dar fé de que todo sigue funcionando. De fondo el sonido del TAC, amortiguado y el rumor de un ventilador en la oficina de admisiones.
Una enfermera sonriente se me acerca y me dice que en unos instantes lo subirán a planta. Carlamos sobre el Stelvio, "tancato per il lavoro" y sobre nuestro viaje. Me dice que hemos tenido mucha suerte. Yo, con cara de circunstancia le digo jque sí, que hemos tenido suerte pero ha sido mala.
En la habitación bromeo con las enfermeras y con Gelu. Intento crear un ambiente distendido de "aquí no ha pasado nada" y comienzo a sentirme un poco ridículo e histérico a partes iguales. En realidad estoy totalmente abatido. pero mantengo la compostura.
Se ha quedado en la habitación, tranquilo, reposando, con el drenaje asomando por un costado. Bajo las escaleras a la primera planta, con los puños apretados, sucio, triste. Las lágrimas comienzan a rodarme por la mejilla. Me siento en el suelo, al lado de la moto y lloro amargamente, sintiéndome inútil, sin saber qué hacer ni a dónde ir. Toda la tensión del día sale ahora en forma de lágrimas de llanto desconsolado y el mundo, de repente, se convierte en una mierda irreconocible.
Después de media hora llamo a Elena, mi mujer. Necesito escuchar una voz reconfortante y un poco de ánimo, aunque sólo sea para salir de aquí y buscar un hotel. Está en Oviedo, de sidras con unos amigos. Su voz suena amable y alegre e inmediatamente me inundo de remordimientos por lo que voy a contarle. Le voy a joder la noche pero no tengo opción. Cómo me gustaría tenerla a mi lado ahora mismo, mirándola en silencio, perdiéndome en sus enormes ojos verdes.
Cuelgo el teléfono y regreso a mis cavilaciones un rato más. La moto no me dice nada.
Hablo por teléfono con la hermana de Gelu, conteniendo el llanto y procurando parecer animado. Me río y le quito importancia al accidente. Miento conscientemente y le quito importancia al accidente. Al fin y al cabo ella está a tres mil kilómetros de aquí y en nada la ayudará saber detalles sobre nuestra situación sin poder hacer nada.
Me siento culpable.
Salgo del aparcamiento, al fin, y me dispongo a buscar un hotel cerca del hospital. Enseguida encuentro uno y el chico que me atiende habla portugués. Con eso nos vamos entendiendo. En el hotel Schawarzer Widder tumbado en la cama, intento limpiar mi mente, vaciarme de pensamientos. Mañana necesitaré, otra vez, tener la cabeza despejada. Estoy tan perdido

Los Felices Habitantes de Baviera

 

A las ocho de la mañana abro los ojos y, aún somnoliento asomo la cabeza por la puerta de la tienda de campaña. El mundo sigue en el mismo lugar que lo habíamos dejado ayer: una mierda de vaca a escasos metros de la entrada y allí, al fondo, extendiéndose más allá del prado, un bosquete de robles me impide ver la autopista que se intuye a lo lejos.
A veces los días pasan tediosos, con el marchamo del aburrimiento dando fe de que el tiempo pasa y que las jornadas se suceden sin nada digno de mención. Pero cuando uno viaja en moto cada mañana es el preámbulo de una nueva jornada, intensa, distinta a la anterior, premonitoria, quizá, de las agradables sensaciones que nos ha de deparar el día. Da igual levantarse en la habitación de un hotel de mala muerte, en la mortecina confortabilidad del saco de dormir o en una cama prestada; al montar, de nuevo, el equipaje sobre la moto y disponerse a partir cualquier atisbo de empalagoso hastío queda relegado al ostracismo de una dimensión no cognoscible y la carretera se abre una vez más con tanto que ofrecer…
Me paseo en calzoncillos y con las botas de la moto puestas para ir a orinar al lado de un campo de nabos que está a varios metros. Estoy seguro de ofrecer una imagen verdaderamente kich pero, además de no haber nadie para verme, me importa un carajo. Mientras me desperezo aspiro el olor del rocío y el frescor de la mañana alemana, la primera de mi vida en este país y que saboreo con delectación. Nuevo país, nuevas carreteras, nuevas aventuras para una mente ávida de sensaciones. Aquí, a esta hora de la mañana no queda lugar sino para paladear cada instante con fruicción.
Gelucho ya se ha despertado, con buen humor como siempre, y entre bromas vamos recogiendo nuestro equipaje, desmontando la tienda y preparando una nueva jornada a lomos de las motos. Hoy nuestro plan es llegar a Innsbruck, en Austria donde nos espera Margy, una chica italiana del Hospitality Club que nos dará cobijo en su casa esta noche.
Navegando por encima del campo de nabos vemos un yate de considerables dimensiones. Es una visión surrealista que resulta, a todas luces, imposible. En pocos metros el yate sale del nabal arrastrado por un coche que, oculto a nuestra mirada, lo arrastraba. De nuevo, risas.

Son las nueve y diez de la mañana y estamos en la ruta. Nunca, hasta ahora, habíamos madrugado tanto en este viaje. Quizá la premura por levantar nuestro campamento antes de que llegase el dueño del prado o el ansia por llegar a Austria nos hizo apurar los preparativos previos a la salida. Sea como fuere en estos pocos kilómetros que hemos recorrido las carreteras rápidas se han terminado y ahora bordeamos el lago Constanza por una carretera comarcal atestada de coches. Al fondo veleros y barcas de todo tipo y tamaño se abren paso por las aguas del lago. A nuestro lado, pueblos, casitas, palacetes… todo enmarcado en el verde permanente de bosques, prados y cultivos que se alternan en un cuidado desorden.
Es la mañana de un sábado radiante, inundada por una luz hermosa que acaricia suavemente esta perfecta sinfonía de las orillas del Constanza donde la actividad reina por doquier y donde parece que todo el mundo está ocupado en hacer algo o ir a alguna parte. Da la impresión de ser una mañana feliz para los felices habitantes de este lugar.
Encerrado en la soledad de mi casco, con la pantalla abierta para empaparme de cada ápice de esencia, me gusta ir imaginándome que todos son felices, que todos viven en esta especie de armonía perfecta recién extraída de mi imaginario particular. Hasta que acude a mi la tenebrosa idea de que, para que toda esta gente pueda disfrutar de cada coche clásico al que adelanto, de cada deportivo con el que me cruzo, de cada palacete que se alinea al costado de la carretera, tiene que haber alguien, en alguna parte del globo que no esté disfrutando de esos coches y esos palacios. Incluso en esta febril serie de equilibrios imaginarios habrá alguien en alguna parte que no esté disfrutando de ir en moto para que yo sí pueda hacerlo. No son pensamientos atenazadores pero resulta un tanto desasosegante disfrutar de cualquier actividad si estás pensando en los que no pueden realizarla. ¿Bastará eso para redimirme? ¿Es suficiente dedicar un pensamiento a los desfavorecidos para lavar la conciencia?
Los rincones pintorescos se suceden enmarcados en un paisaje entre alpino y mediterráneo que acentúa la sensación de irrealidad mientras atravesamos la comarca del Bundesee, el nombre que recibe el lago en alemán.
Aún no son las diez de la mañana y ya nos vemos envueltos en los primeros atascos que se forman a la entrada de algunos pueblos. Toda esta zona está densamente poblada y todos desean ir a alguna parte a disfrutar de este sábado espectacular.
Esto parece ser el paraíso de las motos y los coches de lujo. Nos cruzamos con cientos de BMW´s  con las que nos saludamos religiosamente en un acto que, de reverente, pasa a ser un automatismo por la insistencia, quedando despojado de halo de respeto. De frente, decenas coches clásicos, de todas las épocas, dirigiéndose, probablemente, a algún tipo de evento porque no parece muy normal que el censo de reliquias sea tan elevado en ninguna parte del mundo.

A unos ciento cincuenta kilómetros de Innsbruck, en la región de Bayern, las primeras montañas de cierta entidad hacen su aparición tímidamente, asomándose a nuestro paso y dándonos la bienvenida a Oberallgäu, la Alta Algovia prealpina. Ya veo las primeras estaciones de esquí que, desprovistas de nieve, ofrecen al viajero una desnudez ruborizante. Cada vez hay más motos en la carretera, esto parece una fiesta de las dos ruedas. El tráfico sigue siendo intenso pero llego a obviarlo porque la belleza del paisaje resulta, por momentos, sobrecogedora. Ahora un valle glaciar, plano como la palma de la mano y rodeado de altas cumbres, luego un lago lamiendo con delicadeza la carretera. Más adelante unos granjeros segando… Todo parece haberse aliado para recibirnos con los máximos honores y la región de Baviera abre para nosotros una belleza masiva, sin concesiones a lo sutil.

Ya es la hora de comer y nos detenemos en un restaurante con amplia terraza. Muy consciente acudo al tópico y pido una enorme salchicha con chucrut y  una cerveza a juego con el tamaño del frankfurt. Luego otra. El camarero habla español. Parece ser una constante esto de que todo el mundo domine varios idiomas, incluido el español. Me resulta increíble la facilidad con que, de forma continua, nos encontramos con gente que habla el idioma de Cervantes con cierta soltura.
Antes de pasar la frontera con Austria nos detenemos a admirar el paisaje y una furgoneta que viene en sentido contrario atraviesa el carril para advertirnos de la presencia del radar dos kilómeros más adelante. Nos insiste en que tengamos cuidado, que están en una recta camuflados. Nos resulta sorprendente, no ya que alguien nos avisen con ráfaga sobre la presencia de la policía sino que se detengan para avisarnos. Cuando se van nosotros hacemos lo propio y advertimos a una pareja en descapotable que acaban de aparcar a nuestro lado. Es un Mercedes Kompresor que, en comparación con los Bugatti o los Lamborgini que hemos visto se nos antoja de lo más vulgar.
Efectivamente, a dos kilómetros nos encontramos con policías y radar de pistola, como los que se usan en Marruecos. Llevan uniforme marrón y van coronados por una estúpida gorra de plato del mismo color que les resta, según mi parecer, mucha seriedad. Me recuerdan un cuerpo policial de república bananera. Yo abro la marcha y me apuntan con el dispositivo. A pesar de que voy despacio, muy por debajo dellímite, me siento incómodo, no sabría decir si por el hecho de ser apuntado con el aparato o por su inquietante y amenazadora comicidad. No me gusta.

Ascendemos suavemente el Gaichtpass, -atrás, lejos de mi vida, quedan la frontera y el Oberalpass-, para descender de forma vertiginosa el puerto hacia el Lech, un afluente del Rin. Vuelven a hacer su aparición miles de coches pero esta vez en dirección opuesta, ascendiendo el Gaichpass de forma pesada, con lentitud exasperante y exentos de toda gracia en el desplazamiento. Por un instante me apiado de ellos y siento que no puedan subir el puerto en moto. Infelices.
Durantes estas horas sobre la moto he vuelto a reconciliarme con la ruta dejando atrás, por lo menos durante el día de hoy, las extrañas y agridulces sensaciones de ayer. A pesar de rodar a treinta grados de temperatura todo parece discurrir de manera plácida, tranquilamente, sin sobresaltos ni quebraderos. Incluso hoy la chica del GPS parece estar portándose y no nos ha hecho dar vueltas innecesarias. Más bien al contrario, no ha podido escoger mejor ruta.
Otro puerto más, el Ferndpass, disfrutando de estas carreteras anchas y bien cuidadas, tan anchas que incluso da la sensación de que se han equivocado en las medidas, y estamos en la autopista. De aquí a Innsbruck solo restan cuarenta kilómetros y el viaje se torna más aburrido.
Innsbruck es una ciudad tranquila, demasiado incluso para un sábado por la tarde. Los coches parecen haber abandonado el centro y tan sólo se oye el rugido de la Ducati retumbando mientras circulamos entre los raíles del tranvía. Nada. Nadie. Todo está muerto. Algunas pandillas de adolescentes de cabeza menguante, como la mayoría de los adolescentes, charlan en los bancos de un parque resguardados del calor y viendo pasar la tarde con indiferencia. Otros, jóvenes también, salen de un concierto vespertino acompañados de los gritos histéricos de las niñas. Supongo que ha sido bueno.
Damos varias vueltas por la ciudad muerta y recalamos en una terraza al lado del ría que, curiosamente, está a rebosar. Mientras esperamos mesa vemos que una pareja está a punto de levantarse y Gelucho, haciendo alarde de un inglés más que correcto, (inventado pero correcto), les dice: “¿yu-guá?”, intentando preguntar si se van. Ellos, que supongo no entienden bien el inglés inventado, preguntan si somos españoles y luego nos ceden su mesa. Mi compañero insiste en que su inglés, aunque inventado, es más eficaz que el mio. Volvemos a reirnos felices de estar aquí, de tener las motos aparcadas a la vuelta de la esquina y de sentirnos tan libres. Aquí, acunados por el sonido del río bajo la sombra de los arces, nos tomamos un par de cervezas gigantes mientras llega Margy, nuestra anfitriona.

Hemos salido a cenar al Lowënhaus con Margy y sus amigos. De ahí a los pubs, comenzando por el Litle Rock, a los discobares y a las discotecas donde los exiguos cubatas cuestan siete con cincuenta y duran un suspiro.
Con Margy, Marco,Mario, Jennyfer, Gami… recorremos los más variopintos antros hasta que el sol comienza a desperezarse tras las enormes montañas que guardan la ciudad.
Mañana subiremos el Stelvio, el mítico paso que se nos resistió en nuestro anterior viaje a Bosnia y Montenegro y que, esta vez si, será conquistado. Con estos pensamientos me quedo dormido en un tiempo récord, quizá debido a los minicubatas o a los cannabinoles

El Mundo se Para

Metz es un lugar bonito para visitar y para tomar unas copas, desde luego. El río Mosel, un afluente del Rin, atraviesa la ciudad domesticado en forma de canales e islas, discurriendo plácidamente por el centro de la villa y dándole un aire tan… francés. Una de las iglesias, el templo de Garnison, destaca sobremanera en la Belle Isle, con su torre neogótica elevándose al cielo y llamando la atención, flanqueada de puentes adoquinados y rincones, como se dice ahora, “con encanto”.
No soy yo mucho de monumentos, ni de visitas culturales, ni de museos, ni de otra cosa que no sea hacer kilómetros y kilómetros sin otro cometido que el viaje en si mismo. Sin embargo tengo cierta querencia por catedrales y edificios antiguos, por el medievo, por casas abandonas y fábricas en ruinas. Los primeros por la labor faraónica que supone construir un edificio de esas características, con sus torres graníticas elevándose hacia el Dios que representan, con sus estatuas de piedra como testigos mudos del paso del tiempo en la ciudad, de sus gárgolas, del trabajo preciosista de los canteros. De los segundos, la fábricas abandonadas y la decadencia, porque siempre pienso en lo que fueron, lo que allí se construía, los trabajadores afanados en cualquier tarea. Todo aquel trabajo, todas aquellas ilusiones truncadas por el tiempo y convertidas, ahora, en un edificio mudo con nula actividad fabril. En mis tiempos de estudiante viví en Gijón un par de años y siempre que veo una fábrica abandonada recuerdo el día que piramos clase para ir a explorar la Azucarera de Veriña. Aquella fábrica, abandonada desde que estalló la guerra civil, se me antojaba como el lugar más mágico y enigmático que pudiera haber en toda la ciudad. Recorrimos los túneles de las chimeneas, los laboratorios,los almacenes, abrimos un butrón para pasar a una sala cerrada… una exploración en toda regla que, como no, comenzó entrando por una ventana del segundo piso. Allí encontramos carnets de la CNT, nóminas de los trabajadores, una vieja máquina de escribir Royal, un Alfa Romeo de los años cincuenta, en fin, toda una serie de tesoros que eran dignos de ser conservados. A mis catorce años, creo que me impactó más la visita a aquella fábrica y su recorrido, incluso con riesgo para mi vida en una ocasión, que todo lo que intentaron enseñarme en el instituto. Durante meses no dejé de pensar en aquellos hombres cuyos carnets de sindicalista tenía ahora en mi poder. ¿Los habrían fusilado? ¿Pasarían a algún campo de concentración del los “nacionales”?¿Estarían vivos?  Mi imaginación febril pasaba sobre ellos situándolos en las más variopintas aventuras. Luego pensaba en sus familias, en sus pueblos, en Veriña… Todo para mí eran incógnitas extraídas de una tarde en una fábrica abandonada.
Con los años no he perdido la afición a los edificios abandonados, a entrar en uno de esos santuarios de la decadencia y, en silencio, recorrer cada una de las estancias intentando descubrir qué era lo que acontecía en cada una de ellas.
La carretera, el viaje en moto, te deja mucho tiempo para pensar, para divagar, para hacer proyectos e imaginar o recordar otros viajes.
Rodamos por la Lorena en dirección a Los Vosgos entre curvas suaves y tráfico nulo. De nuevo hemos encontrado una ruta, diseñada cinco minutos antes de la partida, solitaria y muda, que atraviesa pueblos en los que siempre parece ser la hora de la siesta.
Empiezan a aparecer ahora prados, robles, abetos en continua sucesión mientras el calor va en aumento, la temperatura oscila de veinte a treinta grados. Conforme avanzamos hacia el sur y nos internamos en Alsacia, en el corazón de Los Vosgos, el paisaje se torna más agreste y comienzan a aparecer riachuelos que serpentean montaña abajo
Subimos el Col du Donon del que yo no tenía ni idea de su existencia y sobre el que Gelu me ilustra con su erudición sobre el Tour deFrancia. Me gustaría participar en el Tour, subir el Donon, el Tourmalet y todos esos puertos míticos… en moto, claro.
Ya llevamos toda la mañana rodando por carreteras de montaña, por valles, por parajes solitarios dejando tras de nosotros asfalto pisado y siempre preparados para nuevos descubrimientos que nos alegren el ánimo.
Alsacia me parece sorprendente, con una variedad de paisajes enorme. Despoblados valles subalpinos, donde reinan los abetos por encima de los alisos del río, praderas del montaña, cultivo de la vid en los terrenos de menos altitud, hacia el sur, todo separado de la Selva Negra alemana por el Rin.
El calor comienza a hacer estragos en mi ánimo y, ahora que han quedado atrás los bosques de abetos comienzo a estar cada vez más incómodo. La ruta ya no me llena y las contínuas paradas en cada semáforo de los pueblos de Alsacia es un suplicio para mi. No estoy cómodo. Ha desaparecido por completo la sensación de que todo está en su sitio y ni siquiera estas hermosas poblaciones me ensalzan el ánimo. El círculo vuelve a estar abierto y no estaré cómodo hasta que, de nuevo, se cierre.

Llegamos a Colmar, una ciudad de tinte medieval con clara influencia alemana donde el calor me golpea con irreverencia. Paseamos por las calles, buscando siempre la sombra y admirando las casas con entramado de madera, las flores de las ventanas, las calles empedradas. Todo aquí parece el escenario de una película del Renacimiento y nos vemos transportados a pleno siglo XV.
Un músico, probablemente rumano o húngaro, toca el acordeón en la plaza de la catedral mientras nosotros, en silencio, apuramos el último trago de una Leffe templada que hace un momento estaba bien fría. Turismo organizado pasa delante de nuestra terraza, pertrechados detrás de sus cámaras fotográficas y hordas de ciudadanos orientales, presumiblemente japoneses, lo miran todo detrás de sus ojos rasgados que parecen no querer perder detalle. A mi hoy se me escapan los detalles. Hace demasiado calor para que mi reblandecido cerebro pueda retener algo más que el sabor de la cerveza fría bajando por el gaznate.
Son las cinco de la tarde y nos resguardamos del sol en un solitario Dönner Kebab sin aire acondicionado. A los dos nos encanta la “hamburguesa turca” con su carne cortada en láminas y ese ligero toque picante. Creo que podríamos alimentarnos de esto durante todo el viaje.

Casi sin darnos cuenta entramos en Alemania después de atravesar el Rin. Es un río enorme. Qué coño enorme, es gigante. A mí, que estoy acostumbrado a riachuelos y a regatos de poca categoría y gran encanto, estas masas fluviales me parecen de proporciones homéricas. Y seguramente no sea para tanto. Esto es el Alto Rin y el río no es más que un remedo de lo que será unos cuantos cientos de kilómetros más abajo. Pero aquí, atravesando estos dos puentes, viendo las exclusas, los canales, los desvíos…todo me parece de una complejidad sin igual, un lugar donde la mano del hombre ha domesticado al río privándolo de su natural discurrir y él se ha dejado modificar mansamente, siguiendo su curso con naturalidad y sabiendo que nada dura eternamente. Hay tiempo de volver a horadar un nuevo cauce. ¿Dónde guardarías una gota de agua para que se mantuviera incólume por los siglos de los siglos? Pues eso, el círculo se cierra y el agua regresará por cualquier medio a su depósito natural.
De nuevo me voy perdiendo en disquisiciones, en conjeturas, en meditaciones con mayor o menor sentido a lomos de la V-.Strom y de nuevo vuelven las cosas a su lugar natural. Otra vez vuelve a estar todo en su sitio, la ruta cobra sentido y lo que estoy haciendo es más real que cualquier otra cosa.
La moto se detiene ahora, se para, se queda quieta, como suspendida en lo etéreo y el mundo se sigue moviendo bajo las ruedas. Es una sensación real. Estamos parados y sin embargo ahora es la ruta la que se mueve bajo nosotros. Ya nada existe. Estoy solo. No hay compañero de ruta, no hay adelantamiento de camiones. La máquina y yo estamos quietos y el mundo que nos circunda va yéndose hacia atrás. No escucho el viento en el casco, ni el motor de la moto, todo es silencio durante unos instantes. Aún me queda un ápice de consciencia para saber que esta situación es irreal, que estoy en una autopista alemana en el carril izquierdo y que voy adelantando a varios camiones sin embargo es una sensación que se queda muy atrás, como en un segundo plano, rezagada con los TIR a los que adelanto.
Respiro profundamente y, como en un pestañeo, el mundo vuelve a ser lo que era y la moto y yo volvemos a movernos en la carretera. Dios que hermoso ha sido todo esto. Que paz al sentirse quieto mientras el mundo entero sigue moviéndose desplazándose por la carretera como en un videojuego antiguo.
Los alemanes conducen deprisa, muy deprisa. Circulamos ahora por una de esas míticas autopistas sin límite de velocidad a ciento sesenta o ciento setenta por hora y nos adelantan coches de alta gama cada dos por tres. Como experiencia no está mal pero vuelvo a mis confortables ciento cuarenta mientras el sol cae a nuestras espaldas. Al norte la Selva Negra.
Nos desviamos hacia Konstanz con idea de acampar en un solitario paraje al lado del lago del mismo nombre pero parece que aquí no va a ser tan fácil acampar furtivamente en una recoleta cala fluvial. El paisaje está muy humanizado y proliferan los camping, los puertos deportivos y las carreteras con lo que, volvemos a la autopista en busca de un área de descanso con gasolinera y duchas.
La tarde va tocando a su fin y el área se hace de rogar con que, en una salida solitaria dejamos la autopista y nos internamos en una carretera de segundo orden, entre campos de nabos y maíz. Gelucho acaba de tomar un sendero a un prado, no me parece buena idea pero le sigo, no conviene irse de exploración trail en solitario. Después de atravesar el prado aparecemos en otro mayor con un enorme manzano que, solitario en medio de la hierba recién segada, nos da la bienvenida y nos invita a plantar nuestra tienda bajo sus ramas. No podemos declinar la invitación. Este lugar nos estaba esperando desde que salimos de España hace ya más de una semana.