Mes: julio 2016

Glamour de calamares.

Paris Hilton, glamurosa ella y descocada porque puede, presentó en el año 2010 un equipo para el campeonato mundial de motociclismo en la categoría de 125cc. Allí estaban Gadea y Viñales sobre un extravagante Aprilia RSA de 125 decorada en rosa chicle, blanco y azul. Al año siguiente acabó siendo denunciada por uno de los patrocinadores principales pero eso es otra historia. Hoy vamos al detalle.

En la sesión de fotos, la rubia multimillonaria lucía poses, tetas y morritos para la presentación pero, hete aquí que el glamour también se toma descansos y la diva del colorín, apareció posando con un grasiento bocadillo de calamares.

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7 consejos para comprar neumáticos en Internet

Tener un punto minimalista y fijarse en los detalles nimios trae consigo, en ocasiones, recordar los detalles chuschos y feos.

La vStrom, a pesar de ser una gran máquina, tiene el vicio que tienen todas, hay que cambiar los neumáticos cada dos por tres. En el caso que nos ocupa la tarea ha de ser realizada entre los 12.000 y los 15.000 kilómetros, según estemos hablando del neumático delantero o es trasero. Ni me planteo sin son muchos o pocos, es lo que gasta y, después de 172.000 kilómetros, ya le tengo el paso cogido. Puedo considerarme afortunado porque al Padre Manuel no le duran más de 5000 kilómetros en el mismo modelo de moto.

Los neumáticos los compro en cualquier tienda de Internet y se los cambio en casa. Es probable que no ahorre mucho dinero con esto pero el taller de motos más cercano está a más de una hora de camino y además, me gusta hacer estas cosas con mis propias manos. Siguiendo esta premisa me dispuse a realizar una búsqueda por la red de redes a la caza del Metzeler Tourance Next más barato que pudiera encontrar. No tengo preferencias por ninguna web en particular, sé que el precio oscila entre los 80 y los 100€ así que sólo tengo que escoger el establecimiento más barato. En este tipo de búsquedas siempre te encuentras alguno que se descuelga con un 25 o un 30% más caro que el precio habitual, estoy acostumbrado y no me sorprende.

Sin embargo hoy mi búsqueda se topó con un par de casos peculiares. El primero de ellos es neumaticospro.com, una empresa de Lleida que tiene una política un tanto especial: si quieres saber el precio del producto exigen que te registres en su web. Vendría a ser algo así como si en el bar de la esquina te exigieran el carnet de identidad para ponerte una tapa de bravas. Ni qué decir tiene que ni me registré ni me molesté en saber el precio, es una política de ventas que no comparto y que me parece contraproducente.neumaticos_pro

Aunque luego, como tienen otra tienda en ventaneumáticos.com pude averiguar que el precio son 98€

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El segundo caso peculiar es el de neumaticoslider.com que usan como gancho una rebaja descomunal. Esto estaría bien si no fuera porque el precio “normal” del neumático, que como queda antedicho oscila entre los 80 y los 100 € de forma habitual, sube en esta página hasta los 182,71€, un precio, a todas luces, desorbitado a la par que falso. Ese precio, inflado se mire como se mire, aparece tachado para ofrecernos una sustanciosa rebaja del 40% de modo que podemos adquirir el producto por “solo” 111,82€. Este tipo de maniobras no dicen mucho a favor de la empresa.

 

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Esta disparidad me resulta muy esclarecedora. Si además tenemos en cuenta que cualquiera de los precios es superior al más bajo que he encontrado, 91€ con los gastos de envío incluidos, la cosa ya da que pensar.

Para quien pueda sospechar de neumáticos caducados o cosas de esas en las tiendas con precios más bajos, he de decir que en todos estos años comprando ruedas en Internet nunca me han colado una goma pasada de fecha.

¿Por qué os cuento esto? Porque no hay necesidad de pagar 20 o 30€ más por el mismo producto, fabricado en el mismo sitio y con las mismas prestaciones.  Antes de darle al botón de “añadir al carrito” comparad precios, haced un análisis de la página en la que vais a comprar y, como siempre, usad el sentido común.

Consejos para comprar neumáticos on line

  • Asegúrate que la rueda que compras es la que necesitas. Fíjate en los códigos de velocidad, en las medidas, en el dibujo…
  • Comprueba que estás comprando a través de una página segura.
  • Busca, fuera de la página, experiencias de usuarios que hayan hecho algún pedido.
  • Si tienen perfil en las redes sociales, echa un vistazo.
  • Asegúrate que te proporcionan un número de seguimiento del envío y que, desde la página, puedas comprobar el estado del pedido.
  • Comprueba que la empresa tiene un domicilio social y una dirección de contacto.
  • Lee la política de devoluciones.

Crónica de un antiguo incidente

vulcanEn el año 92, lejos aún de esta edad provecta hacia la que avanzo, mi único vehículo era una Kawasaki Vulcan de 500cc. Era mi primera moto y le tenía bastante aprecio, como es natural. Un aciago día del mes de septiembre me desplacé a las fiestas de Pola de Allande, por aquello de comprobar si con la moto podía cosechar algún éxito entre la población de féminas con hombreras y pantalones de tiro alto.

La noche pasó, para desgracia mía, sin pena ni gloria así que, sobre las tres de la mañana, volví a subirme en la moto con serias dudas sobre su poder de atracción para el sexo femenino. Dispuesto a encarar el Puerto del Palo y disfrutar de una noche estrellada, aceleré por la “recta de la gasolinera”, jalonada de coches aparcados a ambos lados. Por aquel entonces las fiestas de los pueblos eran otra cosa y las carreteras de acceso se convertían en un improvidado aparcamiento desde uno o dos kilómetros antes de la verbena, donde cada cual dejaba su vehículo como buenamente podía.

El kilómetro lanzado, iba mascullando para mis adentros y lamentando el nulo número de conquistas que había conseguido en Pola, que ni ataviado con la Garibaldi y mi pose de macho alfa postadolescente había conseguido despertar interés alguno entre las muchas ellas. Mientras iba metiendo marchas elaboraba la estrategia a seguir en las próximas citas festivas y de paso, me preguntaba si no habría sido mejor acudir a las fiestas de Fonsagrada donde la caza de muchachuelas de buen ver siempre había sido más productiva.

Así iba yo, entre compungido y alentado cuando uno de aquellos coches aparcados salió de repente a la calzada, ocupando los dos carriles con intención de dar la vuelta y volver por donde había venido. La rueda trasera de la moto se trabó y comenzó a derrapar mientras la delantera, bloqueada también, iba rebotando sobre el asfalto a causa de la flexión de la horquilla. “Ta-ta-ta-ta…” El tiempo se ralentizó y en la oscuridad de la noche, todo avanzó a cámara lenta. Justo hasta el momento del impacto. En es instante la vida volvió a discurrir a la velocidad a que estaba acostumbrado y a causa de la inercia, y otras fuerzas intervinientes, la moto y yo impactamos contra el coche con una violencia considerable. El tren trasero despegó del suelo casi al mismo tiempo que la rueda delantera hundía la puerta izquierda del vehículo y mi cabeza impactaba con la arista del techo.

Creo que en ese momento todo volvió a ser más lento porque conseguí recomponer mi acorbacia y aterrizar, de pie, encima de la moto. Luego recuerdo destellos microscópicos de luz blanca y una extraña sensación de no saber muy bien dónde estaba: uno de mis pies descansaba sobre el depósito y el otro en el motor bicilíndrico derivado de la GPZ. La moto descansaba, aparentemente ajena a todo aquel despropósito.

Cuando el conductor, un chaval de unos 20 años, consiguió reunir el valor suficiente para salir del coche, lo hizo entre lágrimas adornadas de un llanto nervioso. “Ay Dios, que me mata mi padre, que me mata mi padre…”, balbuceaba. Los otros cuatro ocupantes fueron emergiendo poco a poco, con más miedo que decisión, preguntándose cuánta sangre tendrían que ver. Yo, sentado en la bionda y con la mirada perdida, solo pensaba que volvía a ser un usuario del ALSA.

EPÍLOGO

Después de aquello, cuando quise reclamar al seguro de la parte contraria (la culpa había sido suya), me encontré con que su compañía, Seguros MAS, de Tineo, había quebrado hacía cuatro días y ya no se hacían cargo de ningún siniestro. Después de varios meses, los abogados de mi compañía se olvidaron de  meter el asunto por vía judicial y cuando me quise dar cuenta estaba amenazando a mi propia compañía con llevarlos a juicio por no haberme defendido. Al final conseguí que 160.000 pesetas que abonó mi propia compañía y que acogí como un gran tesoro.

Cine: The Born Losers

exhcheehhxg1idt8fykgLlevaba tiempo deseando ver la película “The Born Losers”, un clásico del cine de pandilleros motociclistas perpetrado en 1967. Lo cierto es que me sentí atraído, casi de forma irremediable, por un soberbio cartel que prometía acción, motos y sexo rancio de los años sesenta pero me encontré con que lo único realmente memorable es el cartel de la peli.

En esta historia de moteros forajidos nos encontramos con una nutrida cantidad de situaciones absurdas y estúpidas que hacen de toda la obra un plato de difícil digestión. Quizá el hecho de que el guión se hubiera escrito quince años antes de rodar el film no ayudara demasiado a poner en su sitio a unos actores acartonados y con diálogos forzados hasta el límite. La historia, para no perdernos en insultos antes de ir al grano, va de una pandilla de motoristas que parecen salidos de un catálogo antiguo del más puro estilo flower power. Violan a tres chicas y de propina, a una universitaria de cara angelical que pasaba por allí, en bikini, a lomos de una moto. Después las presionan para que no testifiquen y blablabla. A todo esto, aparece el héroe, un medio indio vestido de vaquero, que parece que se ha tragado un tenedor y se lía a mamporros, de forma mal hilvanada, para defender a la jovenzuela en edad de merecer. Lenta, absurda e idiotizante, nos hace perder casi dos horas en su visionado y algunos minutos más escribiendo esta crítica. Resulta inexplicable que haya tenido éxito de público esta historieta risible.

Vamos a lo que nos interesa, las motos.

La universitaria buenorra viaja en una Yamaha YDR3 del 66, una bicilindrica que petardea como una Puch Cóndor y que hoy se cotiza a casi 12.000€. Una de las imágenes más icónicas es cuando la joven se ve rodeada de los malos-malotes y, en una toma a ras de suelo, el muslamen de la chavala ocupa el primer plano. El cartel no miente.

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Un par de Harley-Davidson Panhead en manos de los malos. La primera, como no podría ser de otro modo, choperizada y la segunda en forma de trike bastante horrendo pero que tiene su punto. El jefe de la pandilla de los “The Born Losers” también gasta Harley-Davidson, una Sporster XLCH nuevecita, quizá del 67, como la peli.

Como nota curiosa para lo que es una película de pandilleros motoristas, apuntar que sale una Puch Allstate de 250, una de las motos austriacas que se vendió en los EE.UU. y que llegó a ser bastante popular.

Hay más motos, claro, pero entre planos largos e imágenes aceleradas se hace complicado identificar las máquinas. Por otra parte es probable que seguir buceando en los detalles se considere rallano con lo insano.

Pucho Allstate 250

Para terminar, si disponéis de tiempo para perder, aquí os dejo la película completa.

 

 

 

Hoy ya es mañana

Esta mañana salí de Oviedo con todos los ingredientes para tener una ruta en moto perfecta. La temperatura rondaba los 22 o 23 grados y la ciudad, vacía en un domingo veraniego, parecía languidecer con una calma cercana a la santidad. La brisa fresca de las calles desiertas, el tráfico calmo y escaso, y las campanas de la Catedral llamando al recogimiento cristiano antes del vermouth. Beatos sí, pero con concesiones al pecadillo venial.

La moto lleva unos días, perfecta. La cadena bien engrasada, el aceite en su nivel y todo el sistema de amortiguación nuevo del trinque. Ataviado con mi chupicuero de hace 25 años y los pantalones Ugly Bros., parecía un figurín recién extraído de Mad Max. Además, iba revestido de elegancia interior con la camiseta de Viajo en Moto. Ni siquiera haciendo un esfuerzo podía sentirme humilde por lo sublime. Pero algo no encajaba.

Negociar curvas deliciosas por la carretera de Teverga no hacía que me sintiera mejor. Algo estaba fallando y no conseguía identificar la causa. No era algo físico, desde luego; al pastel no le faltaba ni una sola guinda. Yo, que soy de naturaleza optimista y accesible a la felicidad cuando estoy sobre la moto, andaba esta mañana medio perdido, pensando en nubarrones grises cuando lo único que tenía sobre mi cabeza era un cielo límpido y de un azul insultante. Los pensamientos pasaban fugaces y feos sin remedio. La nostalgia volvía a invadirme y mi otro yo, ese que siempre me toca la moral convenciéndome de que cualquier tiempo pasado fue mejor, no cejaba en su empeño de llevarme hacia una deriva triste y deprimente. ¿Qué coño estaba pasando? Intentaba convencerme a mi mismo de lo afortunado que soy: tengo una familia que me quiere, buenos amigos que me aprecian y un trabajo estable y agradable. Entonces, ¿Qué estaba fallando?

Las zonas de sombra, entre los castaños, me recibían como una madre amorosa acoge a un hijo en su seno, el asfalto estaba impecable y con una adherencia óptima y yo, gestionaba cada curva con toda la maestría de que soy capaz. Cada tumbada era una danza etérea y cada vez que el motor subía de vueltas sonaba a música de la buena.

En Teverga, dudando ya si tendría que deshacerme de la moto y buscar algo que llenase de verdad mi vacío, conecté la música. Escogí la playlist “Música para carreteras de montaña con jirones de niebla que se desgajan, perezosos, por las laderas”, a pesar de que la ausencia de niebla era total. Y el mundo interior comenzó a transformarse. Fleet Foxes parecía querer decirme algo y me mostré atento, pero no acabé de pillar el mensaje. Sin embargo cuando sonó Mañana, del grupo sevillano Las Buenas Noches, Rubén Alonso me lo dejó muy claro “hoy ya es mañana”, “hoy es el día que amanece cien veces al día”. De repente se borraron las referencias enfermizas a un pasado tan lejano que parece que nunca ocurrió, me vi envuelto en un presente tangible, tan cercano que, por un momento, el pasado y el futuro se fundieron en una absoluta nada. Volví a la moto, volví al presente más descarnado para ser consciente de mí mismo y de cada instante. No sentía la necesidad de disfrutar de lo que estaba haciendo, ni de tener ninguna sensación en particular cuando acudieron todas en tropel. Y me fundí, una vez más, con la moto y con la carretera, con el paisaje, con cada árbol que arrojaba su sombra a mi paso, con cada roca que refractaba el calor con indolencia. Ahí estaba yo, en un presente que lo ocupaba todo, en un estado de gracia en el que no existían ni futuro ni pasado.

Ascendí el puerto de San Lorenzo despacio, dejándome impregnar de los olores y del frescor, ¿qué más podía hacer? Impermanencia y pemanencia en la nada, suspendido en una solución extraña que hacía tiempo que no saboreaba. Mente serena y quietud en movimiento.

Y así anduve toda la tarde, parándome aquí y allá, tomando cafés y escuchándome decir, absolutamente convencido, que todo estaba bien, que todo está donde tiene que estar porque en este presente tan vívido, no hay otra realidad posible.

Cerca de casa, bajando el Puerto del Palo, desde donde puede verse media inmensidad y la mitad del infinito, no pude reprimirme y me puse de pie en la moto. Solté las manos y abrí los brazos hasta que me dolían las axilas. Y me llené. No sabría decir de qué, pero me llené. El mundo entero penetró en mí mientras aspiraba el olor a polen de castaño y una extraña plenitud me engrandecía conforme me hacía pequeño.

Allá lejos, al fondo, una capa de niebla cubría las montañas cercanas a la costa y ocultaba la Sierra de La Bobia. La realidad se adaptaba a mi playlist.

Puerto San Lorenzo

Aprenda a cambiar los muelles de la horquilla de la moto

Como ya sabéis, y si no os lo digo yo, la empresa de amortiguadores Hagon, a través de su importador en España, colabora con esta página y con el podcast. Tanto es así que me han enviado, además del amortiguador para la vStrom, los muelles y el aceite para la horquilla de la Suzuki. El amortiguador lo cambié hace unas semanas y publiqué el correspondiente artículo a modo de tutorial. Este trabajo es una tarea sencilla, a poco acostumbrado que estés a aflojar y apretar tornillos. El cambio de los muelles, el aceite y los retenes ya es otra cosa.

No es que sea difícil pero resulta bastante más latoso y es una tarea un poco más delicada. Poco más. Pasaré a explicaros, paso a paso, como llevé a cabo la operación.

Después del unboxing y colocar la pegatina de Hagon en el armario me quedé mirando los muelles y la moto de forma alternativa, como quien no sabe muy bien por dónde empezar. Por fortuna me había empapado de videotutoriales sobre el trabajo a llevar a cabo así que, más o menos, conocía los pasos a seguir. La cosa es más sencilla de lo que parece pero, como se verá, hay algunas cosas que conviene no olvidar.

Vamos al lío.

Lo primero desarmar el tren delantero. Soltar pinzas de freno, quitar la rueda, el guardabarros, soltar los latiguillos, el reenvío del velocímetro… Más o menos todo lo soltable.

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Una vez que se está seguro de que las barras van a salir de su ubicación soltamos los tornillos que las unen a la tija. No creo que esto precise de mucha explicación pero, por si acaso, veamos la foto:

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Al aflojar el último tornillo hay que tener la precaución de sujetar la barra para que no se nos deslice hasta el suelo mientras cerramos los ojos al oír el sonido del impacto.

Una vez que tenemos las barras fuera nos damos cuenta de que el tornillo superior no se afloja tan fácil así que, con paciencia, volvemos a colocarlas en su sitio bien seguras y aflojamos un poco los tapones de las barras. Ya de paso, aprovechamos para aflojar el tornillo que le da precarga al muelle, así éste no saltará por los aires cuando saquemos el tapón.

La moto, sin el tren delantero, ofrece un lamentable aspecto de desamparo, como de desnudez extrema. Hay que procurar no recrearse en esta imagen y centrarse en el trabajo.

 

cambio muelles horquilla

Una vez que hemos sacado las barras, las hemos vuelto a meter, hemos aflojado los tapones y el tornillo de la precarga estamos listos para vaciar el aceite. Esto es una operación que pringa bastante el espacio de trabajo así que procurad ser cuidadosos o tener a mano una bolsa de serrín.

barra horquilla

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tapón horquilla

Obsérvese que la herramienta usada para tal menester es la que Suzuki (a quien Dios guarde muchos años) provee con sus motos. No es, ni de lejos, lo más adecuado para trabajar en la moto pero peor sería tener que usar herramientas de los chinos.

Sin más dilación ya, sacamos el tapón, el casquillo espaciador, la arandela si la hubiere, el muelle y procedemos al vaciado del aceite. Observaremos, espantados, que sale de un color oscuro y desagradable que nos hace pensar si no somos un tanto descuidados con el mantenimiento de la moto. Salpicamos un poco el suelo.

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cambio muelles horquilla

Ahora que tenemos las manos pringadas de aceite y nuestro taller ha perdido la pátina de impolutez que nos tenía tan orgullosos, tenemos que sacar el tubo del interior de la botella. Para eso, en la parte inferior de esta última, hay un tornillo allen que aflojaremos. Ahora seguro que no “rueda” pero cuando haya que volver a montarlo, como no tenemos herramienta especializada para sujetarlo por el interior de la botella, ya veremos cómo nos arreglamos. Dios proveerá.

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Como se ve, las barras llevan por dentro un montón de chismes y tendremos que fijarnos bien en la posición en la que están para procurar volver a poner todo en su sitio. Especialmente un separador de aluminio de unos cuatro o cinco centímetros que no sale en la foto porque estaba encima del banco de trabajo.

Luego hay que quitar el guardapolvos de goma y el retenedor de clip que sujeta el retén. Esto suena así un poco raro, pero se quita haciendo palanca con un destornillador y un poco de maña.
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Ya casi está. Para sacar la barra que, recordemos, ya no está unida a la botella, metemos el eje por el agujero de la segunda y lo sujetamos con ambos pies. Luego tiramos hacia arriba con fuerza y saldrá el retén con la barra. Notaremos que unas gotas de aceite nos han vuelto a manchar el pantalón y los zapatos.

cambio muelles horquilla

Para el observador avezado no habrán pasado inadvertidas las manchas de aceite que jalonan el suelo: no hay que preocuparse, es normal.

Ahora hay que poner un retén nuevo. Lo míos han venido de alguna tienda de Internet así que desempaqueto todo comprobando, con cierto regocijo, que la medida es la correcta. Como se dice ahora, “soy un crack”. Volvemos a montar todo en orden inverso y, una vez que la barra está atornillada a la botella con su correspondiente tornillo allen, introducimos el anillo redondo que llamamos retén por la parte superior. Hay que procurar que no se atraviese y que entre en su sitio de forma correcta. Como, de nuevo, no tenemos herramienta especializada, nos fabricamos una con un tubo de PVC que habrá sobrado de alguna obra de fontanería casera.

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Una vez que hemos construido el útil, lo introducimos por la parte superior y golpeamos con suave contundencia hasta que el retén se acomoda perfectamente en el espacio destinado para tal fin en la botella de la horquilla. Quizá con una foto se entienda mejor:

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El retén estará, presumiblemente, en su sitio así que solo nos resta volver a poner el clip y el guardapolvos, que luego se nos olvida.

La cosa está cerca.

Medimos la cantidad de aceite que nos indica el libro de taller, 0,514 litros en el caso de la vStrom y, si disponemos de embudo, rellenamos la barra. Ahora, con un movimiento que denominaremos de forma técnica como “arriba y abajo”, sacamos todo el aire que se haya quedado en el fondo del conjunto. Esta operación de meter y sacar evoca, de forma subrepticia, actividades que hoy no toca comentar pero que nunca está de más recordar.

Cuando nuestro instinto mecánico nos dice que ya no queda más aire, medimos la distancia que hay desde el borde de la barra hasta la superficie de aceite contenida en su interior: 143 mm., creo recordar. Rellenamos o vaciamos, según convenga, hasta que la medida se ajuste a lo especificado por los sacrosantos ingenieros de Hamamatsu y metemos el muelle en su sitio. Es importante usar el muelle nuevo para esta operación. El muelle de Hagon ha sido escogido teniendo en cuenta mi peso, el tipo de conducción y el hecho de viajar bastante cargado habitualmente. De todo eso se han encargado los de Hagon.

Cerramos en conjunto con el tapón y colocamos la barra en la moto.

Finalizada la primera parte repetiremos todos los pasos con la barra y la botella que hemos dejado tirada en el suelo y con la que hemos tropezado varias veces.

Bien, ya tenemos las dos barras colocadas, solo queda terminar de montar todo y poner la rueda. Esto es, como se puede ver, pan comido. Aún son las doce de la noche y ya está casi todo listo. Dirigimos nuestra mirada felina hacia el banco de trabajo y vemos que reposa, con una languidez tangible, el separador de aluminio de cuatro o cinco centímetros que ya mencionamos con anterioridad y calificamos como pieza importante. Nos rascamos la cabeza mientras pensamos “no me lo puedo creer”. Tomamos la pieza entre los dedos y la miramos durante unos instantes con ojos incrédulos.

Tomamos aire.

Retiramos la primera barra que ya estaba colocada en las tijas, quitamos el tapón, sacamos el separador, la arandela y el muelle. Vaciamos el aceite en un recipiente limpio y un chorro sale disparado como por ensalmo. Apretamos los dientes mientras repetimos entre dientes, “no me lo puedo creer”. Sacamos el guardapolvos, el clip, el retén, soltamos la barra, juramos en arameo y separamos el conjunto.

Colocamos en su sitio la pieza que se nos había olvidado sobre el banco de trabajo. El resto de operaciones colegirá el avispado lector que vienen siendo, más o menos, como la primera vez.

De nuevo, tomamos aire con la mirada entornada preguntándonos qué hados cachondos guían nuestras acciones.

Ahora que no sobra ninguna pieza ponemos la barra en su sitio y volvemos a colocar las pinzas de freno, fijamos los latiguillos y nos disponemos a ubicar el guardabarros en el lugar que le corresponde. Con gran sorpresa por nuestra parte vemos que la barra derecha está a la izquierda y por fuerza, viceversa, la de la izquierda a la derecha. Procedemos a quitar las pinzas de freno, a soltar los latiguillos y a extraer todo el conjunto de amortiguación trasera mientras recitamos el manido y resignado “no me lo puedo creer” una vez más. Colocamos todo correctamente y nos hacemos conscientes de nuestro sino.

Aún es la una y media de la mañana así que tenemos tiempo de espolvorear serrín por la zona de trabajo y confiar en que, por un principio simple de capilaridad, mañana esté todo de nuevo, impoluto.

La tarea se da por terminada a la 1:45h.

Campamento del Oro Viajo en Moto

Siempre he tenido cierta querencia a travestirme, a cambiar de piel, a meterme en el papel de personajes variopintos, al disfraz. De crío recuerdo que mis juegos eran serios, como los de todos los críos, y aún lo eran más si iba ataviado con una espada metálica, una pistola de verdad o un cuchillo de monte de proporciones épicas. Siempre fiel a la realidad.

Al crecer no dejé atrás esa afición, se ve que no me caeré de maduro, y amplié a la moto el mundo del disfraz, incorporándola como parte del atrezzo. Así, cada verano, participaba en la fiesta de disfraces del pueblo cosechando grandes éxitos y muchas risas. Policía, bebé con su cuna, buscador de oro… Podía transformarme en lo que me viniera en gana. Pero claro, una cosa es serlo y otra parecerlo. Para ser policía en moto llego tarde y para ser bebé… también. No daría el pego ni saludando a mis pueriles coetáneos con un “hola bebeeeees”. Pero para ser buscador de oro uno siempre está a tiempo, sobre todo si vives en una zona en la que hace dos mil años, los romanos subyugaban a las clases más bajas de la población haciéndoles trabajar en cualquiera de las explotaciones auríferas y obras asociadas. Buscador de oro, eso sí que es una transformación posible.

buscador de oro en moto

La primera vez que me hice buscador de oro era solo una pose, un divertimento de verano con el que pasar la noche antes de la vorágine emocionante de las fiestas patronales. Pero ahora era distinto. Estaba organizando una búsqueda del oro real y revestida con la importancia de haberlo anunciado en Facebook y con Jorge, uno de los seguidores acérrimos del podcast, como invitado.

En mi comarca las carreteras no decepcionan y a pesar de haberlas recorrido cientos de veces, sigue siendo un placer tumbar la moto en cada curva, ejecutar una danza perfecta mientras asciendes entre castaños y abedules, dejarte embriagar por el perfume veraniego que inunda cada umbría. Con este panorama, el oro, el tesoro verdadero, ya está encontrado desde hace mucho así que, si la “operación bateo” fallaba y volvíamos con las manos vacías, tendríamos la seguridad de no haber perdido el tiempo.

De pequeño, en los tiempos de inocencia y disfraces, pasaba algunos fines de semana en Tremao, en el concejo de Allande. Tremao está colgado a media ladera, recibiendo el sol de la tarde y mirando siempre al fondo del valle donde el Río del Oro aún piensa que tributar en el Navia es una cosa muy lejana. En aquellos veranos de canícula y juegos serios, José Manuel (que con los años se fue a Cabo Norte en moto cuando casi no iba nadie) nos contaba de un vecino del pueblo que había encontrado una pepita de oro, como un puño, hacía cientos de años. Normal, era el Río del Oro y nuestra imaginación febril nos decía que allí tenía que haber oro por fuerza. Si no… ¿ a santo de qué le iban a llamar el Río del Oro?

Con los años descubrí que, si bien el río quizá no albergase más que truchas de esas que no dan la medida pero que a todos les resultan exquisitas, las minas romanas de la cabecera del valle habían dado nombre al curso. Y si los romanos habían sacado oro, seguro que habían dejado algo para mí.

al oro

Así que, media hora después de aprovisionarnos de vino y viandas, estábamos aparcando las motos al lado de la Capilla da Veiga, cerca del nacimiento. Estaba comenzando el I Campamento del Oro Viajo en Moto, bautizado al más puro estilo boy scout infantil. Con más ilusión que conocimientos nos lanzamos a cribar y batear arena con la esperanza de extraer la cantidad suficiente para pagar una moto nueva, hacer un viaje o salir de pobres, no necesariamente en este orden. Según iba pasando el tiempo las perspectivas se iban volviendo menos exigentes y llegó el momento en que nos conformábamos con extraer algo dorado, cualquier cosa.

bateando oro

Y salió. Con las horas comenzamos a encontrar partículas de oro aunque en cantidades tan ínfimas que el viaje soñado no sería mucho más allá de la puerta de casa. Nos daba igual. La fiebre del oro había hecho mella en nosotros y ya no había forma de curarse.

Después de varias horas de bateo montamos el campamento y, mientras yo atendía el fuego e instalaba la hamaca y la carpa, Jorge dejó el bosque de ribera para aprovisionarnos de más viandas y más vino, que las existencias menguaban de forma alarmante.

Recoger leña, preparar la cena en la hoguera y contar batallitas son de esos placeres que el ser humano disfruta desde que el tiempo es tiempo y, aún en la era de Internet y las telecomunicaciones, en los tiempos en que la caza de Pokemons ya no se hace por pura supervivencia, sigue siendo teniendo el mismo poder atávico que en la prehistoria. El fuego nocturno, el crepitar de la madera ardiendo, el sonido de los grillos, el rumor del río… Nada hay que te ate tanto a tu propia naturaleza como regresar a ella sin las interferencias del mundo exterior. Después de cenar y rellenar los intersticios vitales con licor café, a las dos de la mañana, los “garimpeiros” nos retiramos a descansar.

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Descubrí que dormir en la hamaca es mucho más cómodo de lo que pensaba y tan sólo lleva unos minutos adaptarse a esta peculiar forma de pernocta. Las ventajas a la hora de acampar superan a los inconvenientes y creo que es el sistema idóneo para cierto tipo  de acampadas. La hamaca, comparada en el Decathlon por diez euros, apenas ocupa espacio y la lona, de precio similar, me protegía perfectamente del relente y de la lluvia. El conjunto se completaba con una colchoneta autohinchable para darle un poco de cuerpo al lecho y un saco de dormir de pluma que resultó ser demasiado caliente para las noches de verano. Aunque sean las frescas noches del Norte.

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Al día siguiente, ante la sospecha de que las reservas auríferas estuvieran agotadas en aquel yacimiento, cambiamos de valle y de río. Escogimos el Río Carondio, aguas abajo de la Fana da Freita, una de las mayores explotaciones romanas de todo el Occidente de Asturias. Aquí los romanos desguazaron media montaña mediante el sistema de ruina montium que consiste en reventar el terreno a base de horadar la montaña e inundar de agua las galerías para que la presión haga el resto.

Dos de los cuatro vecinos de A Pontenova nos advirtieron de que en su río no había oro, mientras nos miraban como quien mira a un par de locos. Se equivocaban. No voy a decir que se pudiera convertir el Carondio en el nuevo McKinnon Creek pero en la segunda batea salió una lasca de tamaño considerable acompañada del grito de “oro, oro!”

Cuando el calor y los tábanos consiguieron horadar nuestra voluntad férreas, cesamos nuestra actividad industrial y volvimos a la carretera, llevando con nosotros el preciado metal.

Hoy somos un poco más ricos. No podemos medir nuestra riqueza en quilates pero hay experiencias que valen su peso en oro.

Oro

Piratas de la ruta

Frontera turquíaInternet es el pozo sin fondo de la información pero, al igual que en la vida física y real, se dan cita los comportamientos más abyectos y la picaresca extiende sus redes para atrapar a los incautos.

Rabilando por las páginas “de motos” me encuentro con una “empresa” que ofrece viajes en moto por Turquía, ente otros lugares. Buena cosa, me digo, es un país que merece la pena visitar y en el que, a pesar de los últimos acontecimientos políticos, sigue teniendo los mismos atractivos turísticos y una gran seguridad para los viajeros. Buceando en la página en cuestión intenté buscar, lo primero, el precio. No hay información, si quieres saber lo que cuesta una semana haciendo trail en Turquía tienes que preguntarles. Mala política es esta, me dije: si quieres vender algo es mejor que no escondas el precio.
Probé con la zona y sí, hay un esquema exiguo sobre la ruta a seguir (que puede ser modificada en función de las condiciones meteorológicas) en el que no se dan demasiados detalles. Para obtener más información siempre nos remiten al formulario de contacto. De nuevo secretitos e información oculta, mal asunto.

Siguiendo con la investigación, porque a esas alturas ya podría calificarlo así, intenté averiguar algo sobre la empresa que organiza los viajes. Ni un NIF, ni una dirección física, ni un solo responsable con nombre y apellidos. Todo lo que llegué a encontrar es un número de teléfono móvil sin una persona de contacto. Al hacer una búsqueda sobre ese número de teléfono no sale vinculado a ninguna empresa ni a ninguna actividad en concreto. Callejón sin salida.

“A los términos legales”, pensé, aquí siempre sale el nombre de la empresa responsable, la dirección postal, la inscripción en el registro mercantil y los juzgados a los que te remiten en caso de litigio. Sorpresa, no había nada de eso. A cambio me encontré con una larga lista de situaciones de las que la “empresa” no se hacía responsable. Cosas como, por ejemplo, que no te devolverán la fianza de la moto alquilada si la rompes y el “guía” considera que has hecho un mal uso de ella. Queda a su único criterio.

Resumiendo, en caso de tener algún percance de cualquier tipo no hay a quien pedir explicaciones y si la cosa es grave, el cliente se verá sometido a una serie de reclamaciones legales que harán que no olvide nunca su viaje a Turquía. Todos conocemos casos de grandes empresas de viajes que han dejado tirados a sus clientes y los problemas que han tenido para recuperar su dinero. Si esto pasa con operadores de renombre, ¿qué podemos esperarnos de alguien que ni siquiera tiene un domicilio social?

Montar una página web en la que te eriges como “organizador de viajes” es muy sencillo y hay quien no se resiste a lanzarse a una miniaventura empresarial por ver si cuela. Ejemplos como este que me he encontrado los hay a patadas y hay que ser muy cuidadoso a la hora de poner nuestra confianza y nuestro dinero en manos de terceros.

Las administraciones públicas deberían controlar a estos piratas que se mueven en el límite de lo legal, revendedores, muchas veces, de los viajes de empresas de terceros países y con nula responsabilidad en caso de reclamación.

Si estás pensando en contratar un viaje, antes de adelantar el dinero de la reserva, comprueba que los promotores, además de cobrar, te cuiden y te den garantías.

Cinco consejos para evitar el fraude en viajes organizados.

  1. Comprueba que la empresa con la que vas a contratar los servicios es legal y está dada de alta en el registro mercantil.
  2. Busca información en foros y redes sociales sobre personas que hayan viajado con ellos.
  3. No te fíes de ofertas anormalmente baratas.
  4. Exige un contrato y lee toda la letra pequeña. Guarda copia.
  5. Compara precios con otras agencias.

Y, por encima de todo, usa tu sentido común.

 

Buscar alojamiento para el grupo

Como sabréis los lectores habituales de esta página soy un fan irredento de los viajes “low cost”, de la tienda de campaña y el vivir a salto de mata en viajes más o menos largos. Cuando viajo solo casi nunca reservo hoteles y me voy arreglando como puedo. Pero no siempre se viaja solo. A veces viajamos como los grandes herbívoros de las sabanas, en plan gregario y formando un nutrido grupo en carretera.

Recuerdo que, allá por el año 92 o 93, en uno de esos viajes integrados por una docena de motos y otros tantos motoristas, nos íbamos a ver el Gran Premio de Jerez y había que alquilar un sitio que diera cobijo a tanta gente. Para encontrar un apartamento o una casa en alquiler a más de mil kilómetros de distancia era necesario hacer un montón de llamadas, molestar a unos cuantos contactos y conseguir hacer la reserva con la antelación suficiente como para no encontrarnos con todo ocupado, cosa bastante habitual cuando se celebra un Gran Premio. Después de varias gestiones “al más alto nivel” conseguimos una casa en el medio del campo, con cuatro o cinco habitaciones, camas por doquier, compartida con otro grupo de moteros y relativamente limpia, dadas las circunstancias. Todo un palacio decadente decorado al más puro estilo setentero además de ilegal y caro.

A día de hoy, cuando uno cuenta todas estas cuitas y desvelos, resulta un tanto anacrónico, no en vano estamos en la era de Internet donde la información fluye como un torrente y cualquier necesidad tiene su cumplida solución en la red de redes.

Ahora disponemos de multitud de buscadores de establecimientos hoteleros para encontrar el que más se adapte a nuestras necesidades y son usados por cientos de miles de personas en todo el mundo. Lo que quizá no sea tan conocido son los buscadores de casas y apartamentos, que pueden ser la opción más adecuada para un viaje en grupo.

Turismo rural en LeónEn ocasiones, en una quedada o como en nuestro épico viaje a las carreras, necesitamos alojamiento para una decena o más de personas. En estos casos puede resultar más práctico y divertido estar todos juntos que repartidos por varios hoteles en la ciudad. Las “casas de aldea”, “casas rurales” y otros establecimientos hoteleros del ramo son, desde hace años, un opción de alojamiento que tiene cada vez más adeptos, sea cual sea el método de transporte elegido. También entre los moteros. La prueba de ello son la cantidad de viajeros “profesionales” que colaboran con diferentes cadenas de turismo rural.

Para encontrar, no solo el que mejor se adapte a nuestras necesidades sino el que más se acomode a nuestro presupuesto, podemos usar buscadores como hundredrooms.com que, además de localizar apartamentos y casas, hace un comparativo con todas las ofertas de su base de datos y nos ofrece la opción más barata.

El procedimiento de búsqueda es sencillo, no hay más que ingresar el lugar donde se busca alojamiento y las fechas de entrada y salida para que el sistema nos devuelva un listado con los apartamentos y casas disponibles. Las diferencias de precio en zonas donde no hay mucha competencia no son demasiado grandes sin embargo he hecho búsquedas en ciudades como Sevilla y, en un primer vistazo, he encontrado desfases de precios que superan los 50 €, una cantidad nada despreciable.

El modo de trabajo de Hundreedrooms es, una vez que nos da el listado y escogemos nuestra opción, desviar la petición al operador y allí es donde se efectúa la reserva. Por ejemplo, he visto que no es lo mismo reservar con Airbnb que con Tripadvisor, Booking o Wimdu ya que, como comento, hay diferencias más que evidentes entre cada operador y no hay ninguno que podamos calificar de “más barato” sino que hay que comparar cada establecimiento. Por cierto, no sabía que existieran tantos operadores para hotelería, no es de extrañar que sean necesarios comparadores como este.

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