Mes: octubre 2016

Libro: No le digas a la mama que me he ido a mongolia en moto

Ricardo Fité podría haber escogido un título más corto para el libro pero no sería adecuado. El el título perfecto para esta aventura ditirámbica y chocante que nos lo dice todo desde el principio: “No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto

noledigas¿De qué va? ¿A vosotros qué os parece? Pues de un tipo menudo y con mala leche que se va a participar en el Mongol Rally, una extraña y poco conocida actividad que organiza una ONG para conseguir fondos e invertirlos en proyectos sociales en Mongolia. Pero eso es lo de menos. De hecho Ricardo solo da unas pinceladas que nos puedan acercar al lado solidario del viaje porque ese no es el objetivo principal, es la disculpa. El mejunje del libro está en las peripecias del autor que, bien sea por mala cabeza, por desconocimiento o por testarudez, va arrastrando problemas y achaques durante gran parte del viaje. Y esto nos diverte.

Sí, nos reímos de Ricardo y de las cosas que le pasan. Nos reímos con él y de él con toda la irreverencia posible. A través de las páginas vamos descubriendo a una especie de antihéroe, a veces gruñon y a veces entrañable, que nos guía con voz pausada y tranquila por las estepas rusas, que se equivoca al escoger el sistema de transporte de equipaje, que se angustia por problemas que él mismo causa o que magnifica inconvenientes nimios. Y nos da la risa.

El autor se ríe de si mismo y nos hace reir, alejándose de heroísmos y poses “aventureras”. Con su vieja “dos y medio” procedente de un siniestro, una Yamaha SR, fue capaz de llegar desde Barcelona hasta Mongolia, renqueando y medio muerta sí, pero lo importante no es llegar.

"La ruta pasó por Barcelona, Francia, Suiza, Alemania, República Checa, Polonia, Ucrania, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Kazajistán otra vez, Rusia y finalmente Mongolia. Antes de llegar a Mongolia la moto fue perdiendo las suspensiones y amortiguaciones así que al llegar a Mongolia y sus terribles pistas el chasis se iba partiendo casi a diario y había que parar a soldarlo cada vez. A pesar de los contratiempos de salud, el escaso presupuesto económico y la falta de bagaje en este tipo de viajes sin duda supuso una gran experiencia. "

En esta autoedición, que quizá por serlo no está todo lo cuidada que debiera desde el punto de vista literario, se disfraza de hecho mundano una aventura con mayúsculas, un viaje como los de antes, perlado de peripecias y de situaciones rocambolescas. Una de las más notables jaimitadas, o debería decir “ricardadas”, la encontramos en las primeras páginas, cuando el autor, después de cometer la estupidez de cortar la cadena de transmisión con una radial, va escuchando la voz de su otro yo que le dice con voz lejana “eres muuuuy toooooonto….” Encuentro este pasaje sublime porque resume el espíritu del libro, del viajero y del viaje: la inocencia, la honestidad y la despreocupación inconsciente llena de ilusión y ganas.

Una obra que se lee en un par de tardes y que puede ser una buena opción para iniciarse en la lectura de los libros de viajes en moto de un modo distendido y divertido.

Si quieres comprarlo puedes hacer a través de Amazon.

Nota: Perdonamos las faltas de ortografía y algún que otro error por el buen rato pasado.

Viajo en Moto en directo

Escucha”Viajo en Moto. Primer directo.” en Spreaker.

En esta página somos de naturaleza inquieta y siempre andamos probando cosas. Al podcast le ha tocado salir en directo, por aquello de dinamizar el programa y darle un poco más de vidilla. Y también, no vamos a negarlo, por quitarnos de delante la tediosa tarea de edición.

Seguiremos con los podcast al modo “tradicional”, es decir grabando los audios, editando y subiéndolos luego a las plataformas habituales: iTunes, iVoox, Cadena Motor y demás, pero alternando con directos. En principio serán de 15 minutos hasta que consigamos afanar los dineros para una cuenta premium, pero seguirán con el mismo ritmo desenfadado e informal de siempre. La única diferencia es que ahora podréis comentar en tiempo real, a través del chat de Spreaker, lo que vamos contando.

Para suscribirte al programa y recibir un aviso cada vez que salgamos al aire puedes hacerlo a través de la página de Spreaker.

Ah, y tenemos nuevo estudio!

estudio de Viajo en Moto

Viajo en Moto. Primer directo.

Primera emisión en directo de Viajo en Moto. Estamos en modo pruebas.

Rajastán, en tierra de reyes

Taller Royal Enfield

Salir de Delhi fue relativamente sencillo, sobre todo si tenemos en cuenta de que uno de los mecánicos del taller donde habíamos alquilado las motos nos guiaba como parte del servicio contratado. No es que sea muy complicado dejar la ciudad pero se agradece llevar a un nativo que te guíe. Además venía incluido en el trato, como la bendición religiosa o las decenas de papeles que tuvimos que firmar.

Bendición de las Royal Enfield

Lo de la bendición es cosa del señor alquilador, que es muy de protocolos y parafernalias. El día que acordamos el alquiler nos emplazó para el día siguiente temprano, con el objeto de cumplimentar todos los documentos necesarios, revisar las motos y comprobar los repuestos. Por cierto, la ley obliga a las empresas de alquileres de motos a dotarlas de una serie de repuestos que van desde las bujías a los cables freno, pasando por filtros, piñones, discos de embrague, cámaras y todo lo que pueda ser necesario en caso de avería. Lo cierto es que no sabría decir si todo aquel material me daba seguridad o me proporcionaba una intranquilidad nerviosa, al fin y al cabo tanta previsión me inducía a pensar en que la moto se podía romper en cualquier momento.

Repuestos para las Royal Enfield

No escogimos la empresa más barata, ni siquiera la que nos había recomendado Raúl con toda su buena fe; después de haber perdido varias horas desamparados, dando vueltas en el metro, la tarde se nos echó encima y no hubo tiempo para mirar más opciones. Así las cosas no fuimos a otro taller que era el más caro de todos pero que nos ofreció bastante confianza. El dueño es un sij de barba larga y poblada y usa un turbante de esos que parece que comprimen la cabeza hasta constreñir todas las ideas. Habla en un inglés correcto y pausado y desde el primer momento me recordó a mi padre con lo que me ofrecía una confianza extra. Nos explicó, paso a paso y con paciencia infinita, los trámites necesarios y, a pesar de que veníamos de recorrer los Himalayas en moto, nos enumeró los intríngulis del tráfico y la peculiar conducción del país.

Además celebró la bendición de la motos y nos encomendó a algunas deidades del panteón hunduista. Ganesha, el hijo de Shivá y Parvatí, nos proporcionaría buena suerte y eliminaría cualquier obstáculo de nuestro camino y Saraswati nos daría la sabiduría necesaria para llegar a buen puerto. Del resto de invocaciones no conseguí desvelar nada más porque el señor Singh emitía su diatriba en hindi y me resultaba totalmente incomprensible.

Las cinco Royal Enfield sonaban redondas y perfectas y pronto nos vimos saliendo del populoso estado de Haryana para entrar en el Rajastán. El calor sofocante no nos abandonaba pero haber dejado atrás la highway atestada de tráfico e internarnos en la zona rural supuso reencontrarnos con la India más auténtica. El colorido de los saris entre campos de colza y tabaco era para mí un contraste enorme comparado con el luto acostumbrado en las zonas rurales del Norte de España. Siluetas púrpuras, amarillas, naranja chillón, rojo vivo… todo un festival de color en aquellas llanuras cultivadas.

Dromedario en el rajastán

De vez en cuando veíamos un dromedario tirando del carro y yo me maravillaba con sus andares. Los dromedarios indios no son como los del Norte de Africa, desgarbados y famélicos. Aquí tienen un porte y una majestuosidad que les hace destacar como los reyes de los campos. Y los andares. Esos andares elegantes, cargados de importancia y con una marcada indiferencia por todo lo que les rodea, les dan un aire señorial como no tiene ningún otro tipo de ganado. Se saben imponentes y no necesitan más que su rotunda y pausada presencia para enseñorearse de carreteras y caminos. Rajastán significa tierra de reyes y en esta tierra regia no podía haber animales más hermosos y más imponentes que los dromedarios. Así, entre té en las dhabas y frecuentes paradas para refrescarnos o tomar fotos, llegamos a Mandawa al atardecer.

Mandawa

Madawa es una ciudad señorial venida a menos, como toda la comarca. La ciudad de las havelis, los palacios de los comerciantes que se hicieron ricos a mediados del siglo XVIII en plena ruta de la seda. Muchos de estos palacios están en estado de abandono y sus paredes policromadas van perdiendo lustre año tras año. Otros, los más lujosos, se han convertido en hoteles y aún gozan del esplendor de antaño.

Havelis de Mandawa

De vinos por la India

Cuando alguien viaja a un país con un nivel de desarrollo “inferior” al suyo le asaltan preocupaciones de todo tipo. Que si las vacunas, que si la seguridad, que si la comida… Mi preocupación era el vino.

Con una búsqueda somera por la red no conseguía despejar mis dudas sobre si podría encontrar buen vino en India. Ni siquiera si lo encontraría malo que, en último caso, también sirve. Ni los experimentados viajeros podían solventar mis dudas al respecto. No acierto a entender por qué en las crónicas de viaje estos detalles tan importantes pasan desapercibidos o, directamente, quedan obviados mientras otro tipo de cosas absurdas, como el estado de las carreteras o la descripción de monumentos, están eficientemente glosados.

Para alguien que, como yo, tiene prohibida la cerveza por prescripción facultativa, es importante tener asegurada la ingesta semanal de alcohol de baja graduación, so pena de sufrir algún tipo de colapso en el organismo.

Así las cosas me fui a India sin información al respecto, con la terrible inquietud de saber si encontraría o no buenos caldos en el país asiático. Nada sobre calidades o precios y lo que era aún más inquietante, nada sobre variedades, retrogustos, palatizaciónes y cuerpo en boca. ¿Encontraría sabores redondos? ¿Notas de frutos rojos del bosque? ¿Sabores afrutados y aromas a madera? ¿Regalices y cerezas? ¡Que zozobra enorme presentarme con aquel nivel de ignorancia ante un viaje de esa magnitud!

Por fortuna, todas las dudas quedaron disipadas el segundo día en Delhi a golpe de rupia y con resultado de resaca: había vino de varios precios y calidades.

Vodka

Malo-malote con una botella de vodka a 5000 metros.

India lleva unos 20 años produciendo vino, una nimiedad si se compara con los miles de años que la humanidad lleva perfeccionando y consumiendo los más variados mejunjes elaborados a partir de las uvas. Su clima caluroso y húmedo no hacen de esta nación el mejor lugar para la viticultura y si a esto unimos el escaso apego de esta gente por el alcohol se comprende que no hayan tenido demasiadas inquietudes en este sentido. Pero la iluminación llega en cualquier momento y aunque sea de modo tardío, India se ha incorporado al mercado de los vinos para regocijo de los discípulos de Baco.

Sula es una de las bodegas pioneras pero mi primera cata corrió a cargo de Fratelli. Trece grados de alcohol por menos de diez euros al cambio, en una de las terrazas más chic de la ciudad. Fratelli Merlot, variedad Classic, es un vino rotundo, con aromas de ciruela y matices de chocolate negro que el camarero, de discreción proverbial y andares sinuosos, vertía en la copa cada dos por tres. Al fondo, iluminadas por la luz tenue del local, la mirada se perdía de forma irremediable entre las curvas voluptuosas de las camareras cristianas. Las chicas cristianas en India tienen fama de ser más casquivanas que las hindúes y de moral más laxa que por estas latitudes ibéricas. La visión de las minifaldas negras enmarcando glúteos y mostrando la rotundidad del muslamen desviaban la atención de los taninos y los matices terrosos del Fratelli. Las miradas huidizas de aquellos ojos rasgados tampoco ayudaban a concentrar la mente en la agradable acidez del caldo y uno andaba pensando en las notas de ciruelas maduras mientras una sonrisa tímida se empeñaba en ahondar en la tarea de despistar de lo importante, la cata de las variedades merlot y cabernet.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Unos días más tarde le llegó la hora al Sula. A pesar de ser un vino de más calidad no fue el que más me gustó, síntoma inequívoco de que no tengo mucha idea del asunto. Aquí nos movíamos en unos seis o siete euros por unidad, si bien las botellas eran de medio litro con lo cual los aromas de pimienta negra y las notas de ciruela madura comenzaban a salirse de presupuesto. Además el personal de servicio en el restaurante era pródigo en bigotazos y no había rastro alguno de minifaldas ajustadas o de moral cristiana, con lo que la cata resultó bastante más anodina de lo esperado.

El Cabernet Shiraz de Sula es, según los señores de bigote, el mejor vino de calidad media que se puede encontrar en los restaurantes de India. Me refiero, por supuesto, a los restaurantes dignos de llevar ese nombre antepuesto a la denominación del local en cuestión.

En Manali, guiados por el consejo experto de una chica que aún sabía menos de vinos que nosotros, decidimos probar el Madera. un vino rústico elaborados con diferentes variedades del país y relativamente barato. El camarero, de profuso bigote e ignorancia plena en materia de vinos, se lamentó con indolencia por no disponer de Madera y nos sirvió, en lo que en España sería la hora de los vinos, Port Wine 1000, de bodegas Sula. Port Wine resultó ser una mala imitación de un oporto adecuado para el postre. Es sensiblemente más barato que cualquier vino de oporto y también que el Sula o el Fratelli pero no es muy adecuado para el chateo. Proviene de la zona de Goa, de influencia portuguesa, pero su elaboración no está bajo los estándares del oporto y entre otras cosas, la ruptura de la fermentación no tiene por qué hacerse con brandy. Esto, unido al empleo de variedades de uva locales hacen que su precio no sea muy elevado.

Catorce grados de alcohol en forma de oporto barato que no me satisfizo en absoluto.

En líneas generales India no es el país adecuado para salir de vinos, básicamente porque no hay bares, por lo menos del estilo de lo que aquí conocemos por bares. Te puedes poner tibio de vino, de cerveza o de cubatas, no hay problema, aunque si sales de las ciudades grandes va a ser más difícil encontrar alcohol, llegando incluso en caso de que quieran cobrarte dos mil rupias por una botella de vino peleón. Y 27€ por un vino indio es, a todas luces, excesivo.

Caso aparte merece el whisky de India que, por herencia inglesa, es de calidad y con precio contenido. No merece la pena pedir importación porque el del país es bueno.

Para comprar alcohol fuera de restaurantes hay, sobre todo en sitios turísticos, licorerías con gran variedad de alcoholes, locales y de importación. Vinos de cereza, de ciruela, sidra y alcoholes de alta graduación se pueden comprar sin problemas pero los precios no son, en general, baratos.

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No esperes encontrar vino en restaurantes como este.

Hermanar en Manali

Manali

El día de Ganesha, hijo de Shiva, nos pilló en Manali. La jornada anterior habíamos recorrido unos cuantos puertos y el último, el que nos abrió la puerta a un nuevo mundo espectacular, nos vomitó en un valle verde y cerrado. Volver a ver la vegetación, disfrutar de la exuberancia de la fronda y sumergirse bajo la línea donde ya crecen las plantas es reconciliarse con la Tierra. Después de tantos días recorriendo los Himalayas sin más signos de vida vegetal que algunos arbustos dispersos por debajo de los 4000 metros, descender entre cedros y planifolias, entre tierras de cultivo y praderas subalpinas, te reconforta y te hace sentir bien.

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Bajar el puerto de Rohtang Pass con sus cientos de curvas y con sus atascos cerca de la cumbre fue para mí algo espectacular, el colofón perfecto al viaje que había organizado Rakatanga. Nos cruzábamos con los camiones que ascendían pesadamente, con una parsimonia exasperante, mientras a escasos metros de la pueda delantera de las Royal Enfield se abría el abismo. Allí abajo, muy al fondo, veía curvas y más curvas en un monumento sempiterno a todas las carreteras del mundo. Y abrimos gas. Y disfruté en la bajada como no lo había hecho en todo el viaje. Y todo era perfecto y todo el Universo en su Grandiosidad estaba colocado en un orden sublime porque yo era un pequeño ser que ocupaba su lugar exacto en el momento preciso. Abrí la mente y grité de emoción mientras escuchaba a Josín gritar tan lleno de todo como yo mismo. Nos mirábamos y sonreíamos en una mueca enorme y llena de plenitud. Estábamos en estado de gracia, como tantas otras veces durante este viaje. Qué emocionante resulta ser consciente de ello y sentir la fortuna de sentirse afortunado. Procuro huir de tópicos cuando hablo de viajes en moto pero, en ocasiones, los tópicos entran en mí al galope, en un tropel desordenado de me embota y me pone los pelos de punta. Qué coño, -me digo- para eso viajo. Quizá no recuerde nombres de lugares, ni museos, ni monumentos, o puede que las ciudades se hallen descolocadas en mi mapa mental… pero me quedan las sensaciones vividas a flor de piel, el recuerdo nítido de las emociones, las marcas indelebles de los olores, el detalle de lo irrelevante. No necesito más que bajar Rohtang Pass a velocidad absurda, posar la mirada en unos trapos de colores colgados en lo alto de un monte o escuchar a Kroke en cualquier carretera secundaria de los Ancares. Poco importa el lugar o el medio de locomoción, siempre hay algo que te llena cuando consigues vaciarte.

El día de Ganesha me encontró en la calle. Mis compañeros estaban dedicados a otros quehaceres tan mundanos como los míos y yo estaba solo en la calle. Cuando llegó la procesión de Ganesha, con su ritmo de tambores y su colorido, me uní a ellos. Todo el mundo sonreía mientras bailaban y se lanzaban polvo de colores. Malva, amarillo, rojo… todo se mezclaba con sudor y con fervor religioso en una orgía de cantos y bailes. Recorrí un trecho con ellos y me hice devoto fiel del hijo de Shivá, el dios con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, el desafortunado hijo  que perdió la cabeza humana a manos de su padre. De nuevo volvía a flotar y cada vez la India penetraba más dentro de mi.

Cuando me reencontré con Josín y el resto decidimos hacernos un tatuaje. No era algo premeditado sino que fue surgiendo de forma natural. Dani quería hacerse un “tatu” y los demás nos vimos envueltos por la emoción del viaje y la vorágine de los acontecimientos. Alguna vez había sopesado la idea de tatuarme pero siempre lo fui posponiendo y al final, desechando. Sin embargo aquel día, terminado con éxito nuestro periplo por la Cordillera del Himalaya, me pareció el momento idóneo para grabar sobre mi piel un recuerdo imperecedero.

En el taller de Voodoo Tattoo, mientras el artista se fumaba un porro entre tatuaje y tatuaje, pasamos una de las tardes más divertidas y absurdas de nuestra vida. Todo era tan surrealista que parecía cargar con la pátina de lo cotidiano. Incluso después, cuando el tatuador, musulmán y aficionado al opio, llevaba unos cuantos canutos en el pecho y terminó su trabajo, no salíamos de nuestro asombro: lo extraordinario ocurre todos los días en India.

Y así, con los tatuajes que nos hermanaban de por vida sin haberlo premeditado, nos despertamos al día siguiente mirándonos las muñecas y dispuestos a continuar sumergidos en aquel sueño.

Aún quedaban muchos días en el Rajastán y en Delhi, el diamante más bruto y el almacén de lo extraordinario.

Camino a Manali

El amor correspondido

Royal EnfieldViajar en Royal Enfield me transportaba a los libros que había leído de los pioneros de los viajes en moto. Me imaginaba cómo sería recorrer estas montañas feroces a lomos de una moto en los años 30, como había hecho el austríaco Herbert Tichy y otros muchos que se embarcaron a recorrer Asia en moto. Y también me acordaba de los modernos aventureros profesionales y sus aventuras infladas. ¿Dónde estaba lo épico de mi viaje comparado con la aventura de vivir de aquellos desgraciados que tapaban baches? Pero eso es harina de otro costal, que los mitos son etéreos y lo etéreo se diluye y desaparece.

Mi Enfield era la más macarra de todas, la que hacía más ruido y la que más petardeaba. Era mi moto ideal. Alguna herida de guerra en el depósito, cierta dosis de 14463192_10207759781366615_630579705116674834_ndignidad antigua y aunque me avergüence escribirlo, creo que tenía alma. Todas las mañanas, nada más levantarme, le daba un beso en el faro. O un abrazo. Me relacionaba con ella como si verdaderamente pudiera entenderme, como si hubiera una conexión real entre nosotros. Bien sabía que no hay nada de eso, que sólo es una máquina y yo un idiota enamorado de las motos, pero no me importaba. Ese ritual matinal me comprometía con ella para no dejarla ir por un abismo insondable o para no estamparla contra un camión profusamente decorado. A la vez era un compromiso conmigo mismo, una firme promesa de regresar entero y no tener que visitar un hospital indio.

Ella parecía responder a mis carantoñas y solícita, me dejaba derrapar en cada curva terrera, me sacaba de las trampas de arena con consistencia del talco o me permitía vadear arroyos sin más daño que una fría y húmeda sensación en la pantorrilla que me duraba unos kilómetros. Una joya, mi Enfield. Me gustaría llevármela conmigo, hurgar en su motor, cambiarle piezas, hablarle en las noches de invierno y recordar juntos su vida en India. Pero nada de eso era posible. El nuestro era un amor pasajero y pronto habría de irse con otro.

Royal Enfield

Recuerdo, cuando bajábamos el puerto de Wari-La, que comenzó a fallar, a toser y a querer detenerse. Fue en uno de aquellos atajos locos que evitan una larga curva de herradura. Hay muchos de esos atajos en las carreteras de montaña de la cordillera. Los conductores deciden que hacer un kilómetro de más es todo un dispendio y deciden cortar las curvas monte a través. Supongo que es el espíritu heredado de las caravanas. La moto terminó por pararse justo en una zona de obras. Allí, mientras esperaba al resto del grupo, accedí al filtro de aire, lo sacudí un poco y lo cambié de posición. Ella dio un respingo.

Volvió a ponerse en marcha y, alegre, siguió trotando entre piedras y baches hasta nuestro destino.

Podcast. Haciendo en indio en India

Después de un mes en India volvemos a la carga con un nuevo programa cargado de música hindi y de experiencias peculiares. Dirige el cotarro en este programa 57, Olga Ferro, motera y apasionada de los viajes, en ausencia del conductor habitual del programa que, junto al resto de viajomotistas, pasa a formar parte del elenco de entrevistados.
De la mano de India en Moto recorremos los Himalayas, subimos al puerto de montaña más alto del mundo y nos internamos en los calores tórridos del Rajastán en septiembre para traeros los olores, los sabores y los sonidos estridentes de la vida en Delhi.
De fondo, música hindi y lo más granado de Bollywood.

Haciendo el indio en India

Después de un mes en India volvemos a la carga con un nuevo programa cargado de música hindi y de experiencias peculiares. Dirige el cotarro Olga Ferro, motera y apasionada de los viajes, en ausencia del conductor habitual del programa que, junto al resto de viajomotistas, pasa a formar parte del elenco de entrevistados.
De la Mano de India en Moto recorremos los Himalayas, subimos al puerto de montaña más alto del mundo y nos internamos en los calores tórridos del Rajastán en septiembre para traeros los olores, los sabores y los sonidos estridentes de la vida en Delhi.
De fondo, música hindi y lo más granado de Bollywood.

De casta les viene

carretera indiaMe gustaba tomar en té en las dhabas. Son una especie de restaurante-tienda montados en una carpa circular en la que se da cita toda la fauna de la carretera. Allí parábamos motoristas, camioneros, pastores, obreros de la carretera… Esos momentos de descanso eran un impasse idóneo para sentir el pulso de las rutas del Himalaya. Sentarse a tomar el té preparado con parsimonia, comentar las últimas hazañas entre bache y bache o asombrarnos en conjunto con las impresiones del penúltimo precipicio, suponían uno de los mejores momentos del día.

Siempre reparábamos en las hordas de trabajadores que se afanaban en las tareas de mantenimiento de la carretera. Todos ellos pertenecían a las castas más bajas de la India, al último escalafón social. Gentes oscuras, niños casi hombres, vestidos con harapos y trabajando en condiciones precarias. En cada unidad de obra, una tajea, un puente o una cuneta, decenas de personas se arremolinaban para sacar el tajo adelante. Tengo que reconocer que no se veía una actividad frenética pero allí todo se hacía a mano. Herramientas manuales y ausencia total de maquinaria en un país con más de mil millones de personas y en el que la mano de obra es abundante y barata. Resultaba sobrecogedor ver a cientos de obreros construir una carretera de forma artesanal, era como si el tiempo se hubiera detenido. Los barriles de alquitrán se calentaban en una hoguera, las cunetas y tajeas se abrían a pico y pala y los encofrados se montaban con precariedad parsimoniosa. Todo bajo la mirada atenta de algún encargado cargado de uniforme y bajo un sol que abrasa pero no calienta; trabajar cerca del trono de los dioses es una osadía peligrosa.

En una ocasión, después de bajar uno de aquellos eternos puertos de más de 4000 metros, la carretera volvía a estar en obras. Polvo, piedras, camiones… A un costado, sentados en el suelo, más de cien de aquellos hombres negros partían roca caliza hasta dejarla en porciones cúbicas de unos diez centímetros. Era la base de la carretera sobre la que luego se extendería una capa de tierra y sobre ella, la banda de rodadura. Resultaba impresionante verlos allí sentados, abriendo piedras con un martillo y colocándolas primorosamente en una lengua pétrea que se extendía durante varios kilómetros.

Piedras, polvo y sol. Piedras, polvo y frío. Polvo depositándose sobre su piel y sobre los andrajos que vestían. Mientras dura la obra algunos viven en tiendas de campaña de plástico y lona al pie mismo de la carretera. Y nadie protesta porque el sistema de castas les marca el camino del que no han de separarse. Si aspiran a tener una vida mejor en la siguiente reencarnación tendrán que seguir el dharma en la presente y realizar con diligencia los trabajos que les corresponden, karma, por su situación social.

El sistema de castas está muy ligado al hinduismo y arrastra una historia de más de 2500 años. Ningún individuo puede aspirar a ascender en las castas en toda su vida y solo mediante la reencarnación puede aspirar a algo mejor. La casta dictamina qué trabajos se pueden desarrollar, con quien pueden casarse y a qué puede aspirar un individuo. Es una organización social que instauraron los invasores arios de los pueblos del Norte cuyo objetivo principal era subyugar a la población indígena, más oscura y considerada por ellos como subhumanos.

Pero aún hay cosas peores que pertenecer a una casta inferior y es no tener ninguna casta a la que pertenecer. Los “sin casta”, los dalit y los adivasi están en un lugar tan bajo en la escala social que los individuos de las castas más altas evitaban siquiera pisar su sombra. Pero nunca falta un roto para un descosido y los intocables aún tienen por debajo a los invisibles, que tienen prohibido que los demás los vean y solo pueden salir de noche.

castas

Pensaba mucho en mi padre durante las horas de ruta en la moto. Seguro que le habría gustado ver todo esto pero tendrá que conformarse con verlo a través de mis ojos porque no me lo imagino paseando sus barbas de santón por esta tierra de santones, de lamas y tibetanos. A la gente elevada como él les viene bien un paseo por las alturas. Aquí se respira un aire enrarecido, sí, pero también se le toma el pulso a una sociedad a la que sólo vemos en los documentales y que nos parece muy lejana. Y es tan cercana, tan dolorosamente palpable.

Josín, Ricard, Miguel y yo entramos en una dhaba de Keylong. Era un lugar oscuro que olía a gas-oil y a dulces desde la calle principal. Hacía siglos que no veíamos una Mirinda. En un rincón dos mujerucas con sari estaban atentas a la telenovela y, con la mirada puesta en la vida que pasaba ante sus ojos, un hombre de tez oscura sumergía fritangas en un aceite de olor dulzón. Al fondo la mugre perecía fagocitada por una penumbra salvadora.

Mirinda

Keylong está en la carretera Manali a Leh, considerada una de las más peligrosas del mundo. No diré yo que no sea peligrosa, que lo es, pero viajando en moto los peligros se diluyen y todo se torna familiar e inofensivo. Los precipicios son menos profundos, aunque se vea al fondo un camión en pedazos y las curvas ciegas tienen más visibilidad si vas  lomos de una Royal Enfield. Allí no hay quitamiedos ni barreras que te defiendan de la reencarnación pero si ocupas tu mente en el miedo a la caída no avanzas. Algunos se caen pero siempre son los otros. Es la certeza que nos mantiene aferrados a la vida hasta que, por imperativo vital, Vishnú nos pone delante un buen abismo insondable para procurarnos una buena reencarnación. Yo, que desde hace años vivo convencido de mi propia omnipotencia, ni me preocupo por estas cosas: no corro riesgos que no merezcan la pena y no me rasco las manos cuando me pican por la adrenalina. Y si me caigo, reboto, me sacudo el polvo y observo los daños con la sutil indiferencia de quien se sabe indemne.

En Keylong la vida discurría plácida, sin más sobresaltos que un partido de criquet a media tarde o un té en la calle comercial. Ni siquiera una vaca indiferente asomada en la terraza de un tercer piso entraba a formar parte de lo inaudito, son animales tan sagrados que pasean su parsimonia en los lugares más insospechados. En el centro del pueblo, Kelang Wazir, una deidad local de aspecto plasticoso cuya vida y milagros desconozco por completo.

Ya habían quedado atrás los grandes puertos, los ascensos a más de 5000 metros por carreteras retorcidas sin asfaltar y los fríos de la cordillera. Aún se veían glaciares, cumbres nevadas o montañas peladas que me empequeñecían por su enormidad, pero la vegetación volvía a aparecer con timidez y el fondo del valle se tapizaba de verde. De nuevo volvíamos a ver trabajos en el campo y gente afanada en la cosecha de septiembre. Ahora teníamos Manali a 130 kilómetros y yo estaba deseando sumergirme, de nuevo, en un clima más benigno.

tareas agrícolas

Las carreteras de India

Carretera a Kargil

En poco más de dos horas conduciendo por Cachemira y Jamu ya me creía un indio, al menos en lo tocante al viaje por carretera. La aparente ausencia de normas hacía que la conducción pareciese un “sálvese quien pueda” y en eso soy especialista. Hay, sin embargo, dos normas básicas cuando se conduce una moto por India.

Primera: se conduce por la izquierda.

Segunda: nunca tienes la preferencia.

Estos dos axiomas, que pueden recombinarse con otros, no hay que tomarlos como una verdad absoluta pero conviene tenerlos en cuenta. En cuanto a la segunda norma,las preferencias se establecen según tamaño.

En primer lugar y en la cúspide de la pirámide de la conducción, están los camiones. Conviene no olvidarse de esto porque ellos se saben los reyes de la ruta y aunque suelen ser educados, no tienen demasiados miramientos con vehículos de inferior categoría.

Luego están los diferentes tipos de autobuses, furgonetas y otros destartalados autorrodantes para el transporte de personas. Suelen ser bastante rápidos y ocupan una porción considerable de la calzada.

En tercer lugar en la escala evolutiva figuran los todo terrenos, especialmente los Mahindra pick-up.

Justo por encima de las motos están los taxis, vehículos particulares y turismos en general.

Además hay toda una serie de vehículos encuadrados en categorías particulares que tienen o no preferencia dependiendo de  quien los maneje, me refiero a tuk-tuk´s, tractores, carros de caballo, búfalo o camello y otros engendros mecánicos. Por supuesto, en el escalafón más bajo y despreciable están los peatones a quienes hay que espolear a ritmo de claxon. A decir verdad el claxon es un adminículo indispensable en cualquier tipo de vehículo; conviene usarlo con profusión el mayor número de veces posible durante cualquier trayecto. Se usa al adelantar, para pedir paso, para espantar viandantes y animales, para saludar y en general, para demostrar que estás ahí y tienes la intención de hacer algo. Algo que, sin duda, el conductor que te precede o antecede adivinará.

Carreteras del Himalaya

Las carreteras en la zona norte, en los Himalayas, tienen tráfico escaso pero eso no las hace menos peligrosas. Están sometidas a un estado de obras permanente debido a los innumerables desprendimientos, corrimientos de tierra y avenidas de agua, entre otros devenires. Son una contínua fuente de sorpresas. Podríamos calificar el estado de las carreteras como “la cosa más inesperada del mundo”.

Lo bueno de este estado de cosas es que las carreteras son una inagotable fuente de peripecias, aventuras y situaciones rayanas con lo absurdo. Se suceden sustos y sonrisas de forma constante y uno tiene la sensación de que cualquier vial indio es un ecosistema particular en el que se dan cita lo extraordinario y lo cotidiano. Un día cualquiera, en la carretera de Srinagar a Kyonon, nos encontramos con un tramo en obras. No tendría nada de especial encontrarse en una zona en reparación porque allí los inviernos son muy duros y cualquier carretera está sometida a reparación constante. Lo particular de esta es que tenían que realizar una serie de voladuras. Y allí estaban un par de indios colocando cartuchos de explosivos mientras motos, coches y autobuses de pasajeros pasaban a su lado con indiferencia. ¿Medidas de seguridad? Bueno, se supone que los usuarios ya han visto que la carretera está en obras en su mayor parte así que no hacen falta más avisos. Aquí el conductor viaja por su cuenta y riesgo y cada persona es responsable de sus actos.

Explosivos

Explosivos al lado de la carretera

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Operarios trajinando con la Goma2

En lugares más poblados que las carreteras de los Himalayas la cosa cambia. En el Rajastán, por ejemplo, ya no tienes que estar tan pendiente de los precipicios, los convoyes militares, los camiones y las carreteras destartaladas. Aquí se unen a los placeres cotidianos las vacas, los cebús, los carros de camellos, los búfalos, las personas y en general, todo lo que te puedas imaginar. Has de estar preparado para una conducción creativa y con todos los sentidos atentos a tráfico.

Pero, como siempre, lo más importante es divertirse.

Conduciendo en Rajastán