Siempre he tenido cierta querencia a travestirme, a cambiar de piel, a meterme en el papel de personajes variopintos, al disfraz. De crío recuerdo que mis juegos eran serios, como los de todos los críos, y aún lo eran más si iba ataviado con una espada metálica, una pistola de verdad o un cuchillo de monte de proporciones épicas. Siempre fiel a la realidad.

Al crecer no dejé atrás esa afición, se ve que no me caeré de maduro, y amplié a la moto el mundo del disfraz, incorporándola como parte del atrezzo. Así, cada verano, participaba en la fiesta de disfraces del pueblo cosechando grandes éxitos y muchas risas. Policía, bebé con su cuna, buscador de oro… Podía transformarme en lo que me viniera en gana. Pero claro, una cosa es serlo y otra parecerlo. Para ser policía en moto llego tarde y para ser bebé… también. No daría el pego ni saludando a mis pueriles coetáneos con un «hola bebeeeees». Pero para ser buscador de oro uno siempre está a tiempo, sobre todo si vives en una zona en la que hace dos mil años, los romanos subyugaban a las clases más bajas de la población haciéndoles trabajar en cualquiera de las explotaciones auríferas y obras asociadas. Buscador de oro, eso sí que es una transformación posible.

buscador de oro en moto

La primera vez que me hice buscador de oro era solo una pose, un divertimento de verano con el que pasar la noche antes de la vorágine emocionante de las fiestas patronales. Pero ahora era distinto. Estaba organizando una búsqueda del oro real y revestida con la importancia de haberlo anunciado en Facebook y con Jorge, uno de los seguidores acérrimos del podcast, como invitado.

En mi comarca las carreteras no decepcionan y a pesar de haberlas recorrido cientos de veces, sigue siendo un placer tumbar la moto en cada curva, ejecutar una danza perfecta mientras asciendes entre castaños y abedules, dejarte embriagar por el perfume veraniego que inunda cada umbría. Con este panorama, el oro, el tesoro verdadero, ya está encontrado desde hace mucho así que, si la «operación bateo» fallaba y volvíamos con las manos vacías, tendríamos la seguridad de no haber perdido el tiempo.

De pequeño, en los tiempos de inocencia y disfraces, pasaba algunos fines de semana en Tremao, en el concejo de Allande. Tremao está colgado a media ladera, recibiendo el sol de la tarde y mirando siempre al fondo del valle donde el Río del Oro aún piensa que tributar en el Navia es una cosa muy lejana. En aquellos veranos de canícula y juegos serios, José Manuel (que con los años se fue a Cabo Norte en moto cuando casi no iba nadie) nos contaba de un vecino del pueblo que había encontrado una pepita de oro, como un puño, hacía cientos de años. Normal, era el Río del Oro y nuestra imaginación febril nos decía que allí tenía que haber oro por fuerza. Si no… ¿ a santo de qué le iban a llamar el Río del Oro?

Con los años descubrí que, si bien el río quizá no albergase más que truchas de esas que no dan la medida pero que a todos les resultan exquisitas, las minas romanas de la cabecera del valle habían dado nombre al curso. Y si los romanos habían sacado oro, seguro que habían dejado algo para mí.

al oro

Así que, media hora después de aprovisionarnos de vino y viandas, estábamos aparcando las motos al lado de la Capilla da Veiga, cerca del nacimiento. Estaba comenzando el I Campamento del Oro Viajo en Moto, bautizado al más puro estilo boy scout infantil. Con más ilusión que conocimientos nos lanzamos a cribar y batear arena con la esperanza de extraer la cantidad suficiente para pagar una moto nueva, hacer un viaje o salir de pobres, no necesariamente en este orden. Según iba pasando el tiempo las perspectivas se iban volviendo menos exigentes y llegó el momento en que nos conformábamos con extraer algo dorado, cualquier cosa.

bateando oro

Y salió. Con las horas comenzamos a encontrar partículas de oro aunque en cantidades tan ínfimas que el viaje soñado no sería mucho más allá de la puerta de casa. Nos daba igual. La fiebre del oro había hecho mella en nosotros y ya no había forma de curarse.

Después de varias horas de bateo montamos el campamento y, mientras yo atendía el fuego e instalaba la hamaca y la carpa, Jorge dejó el bosque de ribera para aprovisionarnos de más viandas y más vino, que las existencias menguaban de forma alarmante.

Recoger leña, preparar la cena en la hoguera y contar batallitas son de esos placeres que el ser humano disfruta desde que el tiempo es tiempo y, aún en la era de Internet y las telecomunicaciones, en los tiempos en que la caza de Pokemons ya no se hace por pura supervivencia, sigue siendo teniendo el mismo poder atávico que en la prehistoria. El fuego nocturno, el crepitar de la madera ardiendo, el sonido de los grillos, el rumor del río… Nada hay que te ate tanto a tu propia naturaleza como regresar a ella sin las interferencias del mundo exterior. Después de cenar y rellenar los intersticios vitales con licor café, a las dos de la mañana, los «garimpeiros» nos retiramos a descansar.

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Descubrí que dormir en la hamaca es mucho más cómodo de lo que pensaba y tan sólo lleva unos minutos adaptarse a esta peculiar forma de pernocta. Las ventajas a la hora de acampar superan a los inconvenientes y creo que es el sistema idóneo para cierto tipo  de acampadas. La hamaca, comparada en el Decathlon por diez euros, apenas ocupa espacio y la lona, de precio similar, me protegía perfectamente del relente y de la lluvia. El conjunto se completaba con una colchoneta autohinchable para darle un poco de cuerpo al lecho y un saco de dormir de pluma que resultó ser demasiado caliente para las noches de verano. Aunque sean las frescas noches del Norte.

hamaca campamento

Al día siguiente, ante la sospecha de que las reservas auríferas estuvieran agotadas en aquel yacimiento, cambiamos de valle y de río. Escogimos el Río Carondio, aguas abajo de la Fana da Freita, una de las mayores explotaciones romanas de todo el Occidente de Asturias. Aquí los romanos desguazaron media montaña mediante el sistema de ruina montium que consiste en reventar el terreno a base de horadar la montaña e inundar de agua las galerías para que la presión haga el resto.

Dos de los cuatro vecinos de A Pontenova nos advirtieron de que en su río no había oro, mientras nos miraban como quien mira a un par de locos. Se equivocaban. No voy a decir que se pudiera convertir el Carondio en el nuevo McKinnon Creek pero en la segunda batea salió una lasca de tamaño considerable acompañada del grito de «oro, oro!»

Cuando el calor y los tábanos consiguieron horadar nuestra voluntad férreas, cesamos nuestra actividad industrial y volvimos a la carretera, llevando con nosotros el preciado metal.

Hoy somos un poco más ricos. No podemos medir nuestra riqueza en quilates pero hay experiencias que valen su peso en oro.

Oro