crash Over 2010

Mónica me deja para Siempre

Otra vez sobre la moto con setecientos y pico kilómetros por delante y la sensación certera de que le viaje se ha terminado. Son las ocho de la mañana. Apenas si quedan cuatro cosas que solucionar en Pamplona y, a la hora de la merienda, estaré en casa tomando un café. Cómo se ha liado todo. Parece que llevo media vida fuera y, sin embargo, cuantas cosas buenas han pasado. Las playas de Normandía y las copas de Innsbruck son algo que pertenece a un pasado que ahora se me antoja muy lejano, casi diluido en una nebulosa tan espesa como la niebla de ayer. Los recuerdos se amontonan pero son algo tan poco tangible… Nada hay como el momento presente, como el instante preciso e intenso en el que las cosas suceden. El resto es pura invención, un ejercicio imaginativo de recuerdos maleados destinado a perpetuar sensaciones de las que tan sólo retenemos lo agradable, tendiendo a olvidar la parte más oscura e indeseable de nuestras experiencias. Afortunadamente.
El río Esca discurre a mi lado, paralelo a la carretera en dirección Sur. Baja bravo. A las aguas del deshielo hay que sumarle la caída en estos días del agua que ha provocado las inundaciones. Mientras en España se libraban batallas contra el agua en todo el Norte, nosotros estábamos en el Tirol, inmersos en una ola de calor húngaro que nos dejaba treinta grados de temperatura. La niebla se empeña en acompañarme aunque hoy se mantiene a una distancia prudencial por encima de mi cabeza de modo que no me impide la visión de la carretera. A cambio se me ocultan las zonas altas del valle, los cielos azules recortándose contra la violencia de las cumbres pirenaicas.
No hay ni un acelerón, ni una salida de tono en una curva, ni una inercia. Cada kilómetro es negociado con suavidad exquisita ante al miedo de que la cadena se rompa. Si ayer sus quejidos eran estridentes hoy se empeña en recordarme su suplicio con cada tumbada encogiéndome el corazón más de congoja que de pena, la verdad. Visualizo la cadena rompiéndose y destrozando el motor No estoy seguro de que vaya a llegar a Pamplona. Ayer localizamos un taller de Suzuki a través del hermano de Josean y hoy me dirijo allí para realizar el cambio del kit de arrastre. No los he llamado pero confío en que tengan por costumbre el apiadarse del viajero y no me hagan esperar demasiado. Me pregunto a qué se debe este exceso de confianza al dar por certeras suposiciones que se cumplen tan pocas veces. Ni el francés salió a invitarme a café, ni la lluvia cesó cuando yo lo di por hecho, ni el mundo avanza como yo vaticino.
Dejo atrás los paisajes indómitos y las tradiciones ancestrales del Valle del Roncal y desemboco, a la par que el río, en las anchuras esteparias oscenses, en el pantano de Yesa, rodeado de carrascas, sabinas, bojes y con saucedas en algunos de los entrantes y riachuelos. Creo que es la segunda vez que paso por aquí y algunas de las curvas ya me resultan familiares así como alguna de las vistas.
En Pamplona busco el taller sin la ayuda del GPS y doy varias vueltas por la ciudad hasta que, al cabo de un rato consigo encontrarlo. No tienen kit de transmisión para mi moto y es necesario pedirlo a Irún. Abro mucho los ojos y me quedo sin palabras mirando al dueño del taller. A Irún… El hombre me tranquiliza diciéndome que a las seis o las siete de la tarde lo tendrá aquí así que me hago a la idea de pasar el día en Pamplona y viajar de noche. Es como si los acontecimientos se fuesen encajando como un tetris confabulándose para atraparme e impedir mi llegada a casa. Prefiero borrar de mi mente estos pensamientos que me atenazan y procurar sacarle partido a la situación pero aún no sé como hacerlo.
Mónica me ha dejado para siempre.
La conocí a través de Internet, ella estaba en París y yo en la confortabilidad del salón de mi casa. Luego ambos viajamos juntos por España, Por Europa, por África. Fueron varios años en los que le tomé mucho cariño. Es cierto que a veces me exasperaba con su deje de autoritarismo y su empeño en hacer las cosas a su manera pero su presencia, la mayoría de las veces, me tranquilizaba y me daba seguridad en mi mismo. Ahora, sin escuchar su voz cercana, me siento perdido, sin rumbo, sin saber a dónde encaminar mis pasos o hacia dónde enfilar la rueda delantera.  Y lo peor es que la culpa ha sido solo mía. Algo ha tenido que ver un dependiente del El Corte Inglés, cierto, pero mis actos impulsivos e irresponsables son los culpables de que la haya perdido para siempre. Sé que sin ella ya nada va a ser igual. Sentado a pocos pasos de la moto, mientras escribo estas líneas en mi diario de viaje, la echo de menos y tengo un fuerte sentimiento de pérdida, un remordimiento tenaz que me hace sentir insensato, estúpido, imprudente… Ahora se me vienen a la mente mis enfados con ella, cuando irritado, la ignoraba de forma deliberada maldiciendo su obstinación. Y ahora que ya no la tengo la echo de menos y deseo que vuelva. Pero eso no va a pasar, lo sé.
Cuando el dependiente me preguntó si funcionaba a doce voltios le dije que sí con aplomo y seguridad, a doce voltios. Llegué otra vez a la moto y coloqué el adaptador de alimentación en la toma que se haya escondida debajo del carenado. Pero no. Mónica no funcionaba a doce voltios. Ella era un modelo antiguo de cinco o seis. Tanto tiempo dejándome acompañar por sus instrucciones y ni siquiera tuve la curiosidad de mirar las especificaciones técnicas antes de cambiar la alimentación.
Le doy vueltas al GPS, enchufando y desenchufando el conector sin querer darme cuenta de que Mónica ya ha dado todo lo que tenía que dar, ahora está muerta. Su último estertor fue un amago de encendido en forma de luz brillante, como una estrella que se apaga en una última explosión de luminosidad. Acaricio con la yema de los dedos la pantalla y guardo el navegador en la maleta con tristeza. La sobretensión ha fundido sus circuitos sin darle tiempo a decir “ha llegado a su destino”.
Necesito sustituir a Mónica. Sin ella pierdo el norte y navego sin rumbo. En el Media Markt hay un montón de navegadores, TomTom, Garmin, Magellan… pero ningún MioMap como el que tenía, donde Mónica moraba y del que su voz salía con aquella decisión robótica. Estos son más modernos, con mapas en tres dimensiones y funciones que no usaré nunca. Ninguna de las unidades que hay a la venta me convencen y ninguno de los dependientes parece reparar en mi presencia. Entablo conversación con dos reponedoras sobre temas banales. Ellas no saben resolver mis dudas y no pueden ayudarme a encontrar otra Mónica que  me guíe. Cuando por fin me decido por un modelo, otro MioMap, resulta que es el último que queda, el que está en exposición y no me lo pueden vender. Definitivamente, a la mierda.
Abandono el centro comercial y al llegar a la moto me doy cuenta de que he perdido la llave. Desando mis pasos y rebusco en cada rincón de la moqueta azul de la tienda pero no la encuentro por ningún lado. Voy con la cabeza baja y la espalda ligeramente encorvada, como humillado por las pérdidas recientes y la gente me mira, lo noto. Me apetece decirles que me ayuden a buscar la llave de mi moto, contarles que tengo que continuar mi viaje, que he jodido el GPS, que mi amigo aún está en Italia esperando a ser repatriado, que llevo veinte días dando vueltas por Europa, que me quiero ir a casa. Al momento veo a todos los clientes con la cabeza agachada, horadando con la mirada cada rincón de la moqueta en pos de una llave en la que se puede leer SUZUKI. Obviamente nada de eso ocurre. Como de costumbre todo está en el interior de mi cabeza. De repente recuerdo que, pegado en el interior del carenado, cerca de la toma eléctrica, tengo una llave pegada con cinta americana. Espero que aún esté ahí.
Está.
Vuelvo a Pamplona y me pierdo varias veces en el polígono industrial. Luego lo mismo en la autovía. ¡Qué me está pasando? Es como si, al no disponer del navegador, hubiese perdido todo mi sentido de la orientación. ¿Qué ha pasado con mi proverbial instinto para ubicarme? Creo que en los últimos años he dejado la tarea de guiarme en manos de Mónica y ahora he perdido práctica. Si, seguro que no es más que eso.
En la ciudad me voy a comer con mi amigo Josean a la estación de autobuses. Él también ha bajado del Roncal, a trabajar, y tenemos una hora para comer y volver a despedirnos. Le cuento mis desventuras mañaneras mientras comemos una hamburguesa.
De nuevo a las puertas del taller me dispongo a esperar tres horas hasta que llegue la cadena, al fin y al cabo no se me ocurre nada que hacer en esta primera mitad de la tarde. Me veo incapaz de elaborar planes alternativos así que me tumbo en un banco y, después de escribir un rato en el diario de viaje, me duermo plácidamente.
Por fin estoy de nuevo en ruta con una nueva cadena, tan ancha que parece la transmisión de un barco. Ya he dejado atrás Burgos y cerca de León el cielo comienza a teñirse de negro. Nubes ominosas se ciernen sobre la meseta a mis espaldas mientras el ocaso tiñe de tonos anaranjados el Oeste. Poco a poco el negro va siendo más negro y el naranja refulge con fuerza inusitada. Es una puesta de sol rabiosa en la que el día se resiste a morir a manos de la tormenta. Comienza a llover violentamente mientras el sol se oculta en el horizonte. Dios, que raro es todo esto. Allá, a lo lejos, veo el cielo despejado, el sol que se cae al abismo del horizonte mientras, sobre mi cabeza, negros nubarrones descargan con furia todo su contenido. Jamás he visto algo parecido. Es la puesta de sol más rotunda que haya presenciado nunca. He recorrido media Europa para venir a toparme con esta increíble estampa casi a las puertas de mi casa. Poco a poco la magia que lo inunda todo va remitiendo y las sombras engullen la tierra de Campos. Nada es perenne y también la magia, como un orgasmo, es etérea y fugaz. Me siento tan afortunado de haber presenciado esto. Este sí es el fin de fiesta definitivo, el colofón magnífico a un periplo de veintiún días de peregrinaje hacia el interior de uno mismo. Esta explosión de color, este contraste tan marcado entre el día y la noche ha sido como los fuegos artificiales que marcan el final de una celebración. El vello de los brazos y de la espalda se me eriza y, excitado, siento como algo que no sabría describir se propaga dentro de mi.
Termino el viaje entre las sombras de la noche, tranquilo, descansado, anhelando abrazar a Elena y a Martín.

Au Revoire la France

Después de haber tomado un frugal y anodino desayuno en el área de servicio me incorporo de nuevo a la autopista. En la incorporación la cadena ha vuelto a dar muestras de agotamiento, emitiendo unos gemidos que me ponen los pelos de punta. Sigo pensando que es imposible que esté en mal estado, ¿cuántos kilómetros llevo con este kit? ¿17.000? Recuerdo haber insistido en el  taller en que colocasen buen material. Con la Teneré ya tuve que cambiar la cadena a mitad del viaje por colocar lo más barato y juré que no me volvería a pasar.
Estoy circulando a 150 km/h en un caudaloso río de camiones entre los que me siento como un barco de papel. Cada rebufo, cada adelantamiento es una tarea molesta y pesada. Adelanto convoyes con las más variadas mercancías una y otra vez y me da la sensación de que no avanzo, como si estuviera metido en un estúpido bucle sin fin. Llevo tantas horas sobre la moto que tengo la sensación de que se me agotan los pensamientos. Me duele el culo y el cuello comienza a cargárseme. Me doy un masaje y siento el tacto frío y sucio del guante en mi cogote. A lo lejos veo el inconfundible cajón azul del radar. Todos los que he visto en este viaje “disparan” de frente, a la cara. Carecen de la ruindad de los que hay en España. No tienen ese componente traidor y cobarde de sacarte una foto por la espalda. Venciendo el natural instinto de conservación acelero y mantengo una velocidad de 155, creo que será suficiente. Cuando estoy a diez o quince metros se dispara el flash. Sonrío para mis adentros y pienso en lo que acabo de hacer como un íntimo acto de venganza hacia todos los cinemómetros que me han “cazado” en estos años. No son muchos, quizá cuatro o cinco pero suficientemente insultantes como para clamar justa venganza. ¿Y ahora qué?, -le digo mentalmente-¿me vas a mandar la foto a casa? No entiendo muy bien este sistema de control de velocidad en el que te sacan la foto “por delante” quedando la matrícula resguardada de la foto indiscreta.
Cerca de Pau salgo de la autopista. Ya no soporto tanto tráfico de camiones y este ruido constante que me vuelve loco. Ahora circulo por una nacional muy tranquila entre las colinas suaves del Pre-Pirineo. La carretera se está estrechando en los últimos kilómetros y estoy pasando por pueblos fantasma en los que apenas si se ve algún signo de actividad. Allí abajo, entre los castaños, sobresale un pequeño “chateau” en lo alto de un promontorio. Un poco más abajo se extiende la llanura de Tarbes y Pau plagada de bosquetes y caseríos dispersos.
Hace unos minutos que el GPS ha dejado de funcionar y me detengo en una granja para intentar una reparación. Corre un viento frío y húmedo en esta especia de altiplanicie en la que me encuentro y me resguardo en un cobertizo. No sé por qué pero albergo la esperanza de que el granjero se asome a la puerta de casa al ver un intruso merodeando por el granero y, conmovido por mi tez aterida y mi cara de hambre, me invite a tomar un café y a comer un pincho de queso con chorizo o, en su defecto, el embutido típico de la zona. Luego charlaremos un rato sobre viajes, sobre la vida en el medio rural francés del Midi Pyréneés y sobre la política social de Sarkozy. Nada de eso ocurre. Ni siquiera soy capaz de reparar la alimentación de GPS así que, frustrado, me subo de nuevo a la moto y me dirijo hacia el norte, guiado por mi instinto, en busca de la autopista. No encuentro a nadie a quien preguntar por la dirección correcta. Al cabo de un rato entre bosques y praderas llego a Pau.
Los McDonalds son un activo fijo en este mundo globalizado. No necesitas saber idiomas, un BigMac es un BigMac aquí y en Kaliningrado. Y el payaso Ronald tiene la misma cara de psicópata pederasta en cualquiera de sus enfermizas versiones. Calculo que serán las cinco de la tarde y una hamburguesa es tan buena opción como otra cualquiera. Cuando estoy inmerso en este tipo de viajes en solitario en los que lo único que hago al cabo del día son kilómetros al tun tun, la alimentación pasa a ser algo secundario, una mera molestia que hay que solventar para no caer en la inanición. Por lo demás, prescindiría de comer perfectamente.
La chica de las hamburguesas muestra una sonrisa forzada que esconde su punto de tristeza. Su coleta cae como una cascada por el cierre de la gorra roja y le da un aire infantil y desenfadado que choca con su mirada aburrida. “Bigmac silteplé”. Y un Big Mac tan aburrido como mi propia presencia yace moribundo en su caja de poliestireno extruído.
Frente al Mac Donalds hay un taller de Ducati y aprovecho para comprar grasa para la cadena e intentar una puesta a punto de la misma por un profesional. Despliego todo mi encanto para que me cuelen la moto cuanto antes hablando mi mejor francés y esmerando la pronunciación al máximo. El dueño me pregunta si soy italiano. Bueno, no me ha cazado. Me dice que hablo muy buen francés y eso me llena de orgullo.
El profesional dice que la cadena está en las últimas, que no tiene solución y que tenga cuidado. Joder,- pienso-, cuando pille a mi mecánico lo mato!.
Vuelve a llover mientras viajo en dirección sur, a la Col de la Pierre de Saint Martin. Pienso en champán malo.
He dejado atrás, hace un rato, el último pueblo grande antes de la frontera, Oloron, un pueblo del que no sabría decir si me gusta o no. Una catedral medio gótica a la que apenas presto atención y un río torrentero en el que se marcan las ondas de la lluvia. Todo es gris y frío.
Más arriba, hacia el puerto, todo es verde y frío. Estoy en plena zona rural y la zona es bonita pero no consigo disfrutar del paisaje. Algunas vacas pastan al lado de la carretera y los pueblos se van espaciando cada vez más. La niebla se empeña en engullir todo cuanto me rodea. Conforme asciendo los prados dejan paso a los bosques de hayas y las curvas se hacen cada vez más cerradas. Algunas vacas bajan hacia el valle guiadas por sus pastores con cara circunspecta. Ocupan toda la carretera.
La cadena emite unos quejidos cada vez más escandalosos y tengo miedo a que se rompa. En cada salida de curva el continuo clac-clac se eleva por encima del ruido del motor, amenazante, reprochándome su sufrimiento. La niebla oculta todo el paisaje y solo veo unos palmos por delante de la rueda delantera. De repente, con la cadena en mal estado, todo lo que bajo otras circunstancias sería maravilloso me resulta aterrador. La posibilidad que quedarme tirado varias horas en una carretera perdida del Pirineo, el frío que me está calando hasta los huesos, el accidente de mi compañero… todo revolotea por mi cabeza con una insistencia mareante. Deseo salir de aquí cuanto antes.
Arriba, en el puerto que separa Francia del Valle del Roncal, la temperatura es de cinco grados y la niebla lo cubre todo con su manto espeso. No hay nada que odie más que viajar con niebla. Ese no saber lo que te rodea o, lo que es peor, no saber dónde estás, me vuelve loco. Siempre necesito saber donde estoy, no perder el norte, por eso le doy tanta importancia a los mapas y me jacto de mi sentido de la orientación. Es importante saber dónde está uno por mucho que no se sepa hacia donde va. Sabiendo el lugar en el que te encuentras siempre tienes la posibilidad de decidir si quieres ir a alguna parte.
Tenía un vecino que se volvía loco con la niebla. Literalmente. Cuando, los cortos días del invierno eran ocupados, sin pudor, por esa horrenda luz que todo lo iguala, se encerraba en su casa, gritaba, aullaba y se imaginaba, quizá con cierta dosis de razón en su locura, que todo estaba en contra suya.
Joder cómo odio la niebla.
Como una barahúnda de seres informes surgen cientos, miles de cabras desplazándose con su trote nervioso. Están apiñadas a las órdenes de un perro pastor y cuando, por fin se retira la niebla después de dos kilómetros siguiéndolas, puedo ver el rebaño en toda su magnitud. Es enorme. Me congratulo de que cabras y ovejas sean animales pacíficos y no engendros mutantes como en la película “Ovejas Asesinas”. No quiero ni pensar en un ataque coordinado de un rebaño de estas proporciones.
Pues ya estoy en España y no siento nada. Quizá sea que no estoy en España-España sino en el Valle del Roncal, patria de abertzales irredentos y forales donde los haya. Ya queda poco. Desciendo cómodamente por la nueva carretera que vertebra el valle y me sorprendo al encontrar un enorme nevero cerca de la estación de esquí. Y aún me sorprende más encontrarme, en plena carretera, con una curva de trescientos sesenta grados. Una curva… redonda, circular… cosas veredes amigo Sancho, cosas veredes.
Volver al Roncal siempre es un placer, independientemente de las circunstancias. Hoy estoy aterido de frío, agotado y deseando detenerme pero al rodar por este valle me inunda de nuevo el placer del viaje, se me llena el pecho de Roncal. Los hayedos, estrenando hojas nuevas y bullendo de vida me saludan desde las laderas del valle. Los buitres se adivinan en los riscos y todo, absolutamente todo, vuelve a ser perfecto.
En Urzainqui en casa de mi amigo Josean, solo pienso un un café bien cargado de coñá y una ducha caliente. Vuelvo a tensar la cadena en un absurdo intento de reparar lo irreparable. Mañana me comparé una nueva.

Todos los Alpes

Dedico un buen rato a repasar todos los rincones de la habitación para no olvidar nada. Me molesta mucho olvidarme cosas en los hoteles. A veces no es tanto por la pérdida en si misma como por dejar un trozo de intimidad tirada en cualquier parte. Una última ojeada en el baño y un último vistazo a la terraza donde, definitivamente, me despido del campanario que me acompañó cada mañana. No echaré de menos su sonido pero sí la vista que me regalaba al levantarme.
Son las siete y media y estoy sentado sobre la moto con el traje de aguas puesto. Arranco y escucho durante unos instantes el suave ronroneo del motor. Dejo que se caliente y cierro los ojos henchido de felicidad. Intento retener esta sensación para siempre. Los guantes gruesos sobre mis manos, el sentir el asiento bajo mi culo, la ténue vibración… Acelero un poco y suelto. La cara se me ilumina en una sonrisa malévola. Meto la primera marcha y comenzamos a rodar por el empedrado mojado. Allá voy.
En poco más de 15 km ya estoy en Suiza. No noto mucha diferencia en el cambio de país. La frontera, a la entrada de un pueblo, está vacía. Un policía metido en lo que parece una cabina de peaje apenas levanta la vista para verme pasar.
Las curvas se suceden desde hace rato y unos kilómetros atrás comenzó a llover. Ahora estoy en el Parque Nacional Svizzer donde las praderas alpinas se hayan profusamente salpicadas de abetos de todos los tamaños. Surgen entre la niebla como fantasmagóricas figuras que se asoman a saludarme. Apenas hay tráfico durante kilómetros y me siento solo, perdido en la inmensidad de los Alpes. Tan pronto estoy en la cima de un collado como en un profundo valle donde las montañas parecen aún más majestuosas.
Llegando a Davos las montañas, los abetos y el enorme lago forman una alianza que supone una pesadilla para cualquiera que intente describir tanta belleza. Las casitas de madera lamen las aguas con sus pequeños embarcaderos. Los hoteles “con encanto” acercan sus terrazas al lago y los prados se sumergen en sus orillas llenas de quietud. Una pequeña enormidad se instala allá donde dejo caer la mirada. Todo es tan bello, tan perfecto que ni siquiera me atrevo a detenerme para no caer en la tentación de pensar que esto existe realmente.
Dejo Davos atrás por carreteras nuevas e impecables, trazadas por ingenieros de lo imposble y llego a una zona industrial, gris y aburrida, que domina el fondo de uno de estos valles. He de desviar la mirada hacia lo alto de las montañas para no ver que incluso en la pulcra y ordenada Suiza hay que pagar el tributo al progreso en forma de mierda.
Asciendo en Oberalppass entre la lluvia y la niebla, salpicado por el barro de los camiones que trabajan en las obras de la carretera. Cada ciertos kilómetros hay paso alternativo a causa de las obras y aprovecho para adelantar a todo el mundo. Me acabo de llevar un bolardo por delante.

Oberalppass

Oberalppass

Oberalppass

Aquí arriba está frío, unos cinco grados. El lago está parcialmente helado y el agua del deshielo se empeña en ocuparlo todo. Con las manos congeladas lio un cigarrillo y dejo que el frío me golpee la cara. Un autobús de jubilados aparca al lado de la moto y todos se bajan con un controlado estruendo. Las excursiones de jubilados son iguales en todos los países con muy pocos matices. Señoras que dan grititos histéricos, abuelos que ya están de vuelta de todo y que les importa un carajo a dónde les lleven con tal de que los saquen de su tedio… El día no parece muy propicio para quedarse a admirar el paisaje y entran en tropel a la cafetería a hacer pis. Apuro el cigarrillo y vuelvo a la moto. Realmente hace frío. Supongo que será una idiotez mía pero me da la impresión de que hace más frío parado que en la moto.
En la bajada hay buen piso, espero que las obras hayan quedado definitivamente atrás. A mi derecha un tren de cremallera asciende a plomo por la ladera. Está diseñado de un modo extraño, se me antoja un tren bastante raro, como si una desproporción que no alcanzara a comprender lo dominase.
Y ahí delante tengo el Furkapass, otro de los míticos puertos suizos. Encaro las primeras rampas con nulo tráfico y enseguida vuelven a acompañarme la niebla y la lluvia. La carretera se va estrechando por momentos y la gravilla y los baches se hacen patentes. Estoy arriba del todo, dominando el Furkapass pero no veo absolutamente nada. El frío y la niebla se han enseñoreado en estos paisajes y yo estoy aquí solo, en lo que me parece el centro de ninguna parte. Me siento frustrado y helado a partes iguales.
La carretera serpentea hacia abajo entre las laderas peladas de piedra gris. Las torrenteras acumulan enormes bloques pétreos y las cascadas acentúan la sensación de paisaje en blanco y negro. Aquí no hay abetos, ni praderas, ni otra cosa que no sea piedra y desolación que asoma sin pudor entre los jirones de niebla que se atreven a independizarse de su matriz. La nieve, sucia, bordea la carretera y le da a todo un aspecto muerto. Conforme desciendo la vegetación hace acto de presencia, en forma de matorrales achaparrados primero y con algunos abetos aburridos más abajo.
Me encuentro con el desvío a Grimselpass, otro de los míticos. Está cerca pero yo ya no tengo ánimos para seguir subiendo puertos como si quisiera batir algún tipo de récord y no ver absolutamente nada. Supongo que tendré que volver  en otra ocasión porque hoy no es el día para admirar montañas.
De nuevo me veo inmerso en un nuevo valle de origen glaciar, hermoso, abierto, con casas de madera que se asoman en los bosques tímidamente, como si les diera miedo  dejarse ver por el viajero. Surgen aquí y allá, solitarias o formando grupos, con sus paredes de troncos viejos, camufladas entre los océanos de abetos. Es la típica estampa suiza que se repite hasta la saciedad y que no me canso de mirar y admirar. El verde, en su más rotunda expresión, se muestra sin pudor alguno pintándolo todo y haciendo que me pregunte de dónde coño sale tanta belleza. Todo esto es como una inmensa sinfonía en el que no hay una nota discordante. Los leñeros bajo las casas tienen los troncos para la chimenea cortados al mismo tamaño y no encuentro uno que sobresalga más que el resto. Las flores de las ventanas están situadas a una equidistancia perfecta, la hierba no se atreve a crecer más de lo debido para no desagradar…
Tan solo la cadena de mi moto osa importunar la perfección con un insistente y desagradable sonido que se repite en cada curva. Clac, clac, clac.

Hórreo

Me detengo en una de las aldeas, al lado de un hórreo que me recuerda mucho a los de mi tierra. Aquí son más grandes y con tejado a dos aguas pero con los mismos “pegollos” que separan la estructura del suelo y la aislan de la humedad. Enormes palafitos en los que, tranquilamente, se podría hacer una vivienda. Las paredes son de troncos, engarzados y ennegrecidos por el paso de los años. En una de las casas veo la bandera de España. Me acerco a curiosear con la esperanza de que un compatriota me invite a un café. Incluso me dejaría invitar a comer de buena gana puesto que son las cinco de la tarde y desde las siete de la mañana no he probado bocado. Pero no ocurre nada de esto. Las calles del pueblo parecen desiertas y no se ve a nadie.
He quitado las maletas y estoy tumbado bajo la moto, llenándome las manos de grasa e intentando dar la tensión adecuada a la cadena. No hay manera. En parte del recorrido está con la tensión buena y en la vuelta siguiente demasiado tensada. Intentaré llegar a una solución de compromiso. Lo cierto es que este kit de arrastre tiene unos 15.000 km. , no me parece que le haya llegado el momento de dar problemas.

Una moto acaba de detenerse a mi lado. Es una naked que viene cargada con tienda de campaña y alforjas, inmediatamente me identifico con su propietario. Es un francés de Marsella que viaja camino de casa. Charlamos un rato mientras empaquetamos nuestros trajes de agua, dando así por concluida la jornada de lluvia. Es más una declaración de intenciones o un deseo que una decisión fundamentada en algo tangible. Cierto es que hace rato que ha dejado de llover y el sol se asoma de vez en cuando pero la previsión meteorológica es de agua para todo el día. Compartimos tabaco de liar e impresiones de la ruta. Él ha venido ayer por Grimselpass y está impresionado por el paisaje.
Circulo por una impecable autopista suiza mietras pienso que no tengo la pegatina que me autoriza a circular por ella, me imagino que la multa será cuantiosa.
De camino a la frontera asciendo otro puerto que atraviesa el mazizo del Mont Blanc por la Alta Saboya. La bajada, entre árboles y curvas me interna en Francia sin que haya sido consciente del paso por la frontera.
Ahora estoy en una extraña autovía en dirección a no sé muy bien dónde. La chica del GPS recalcula la dirección constantemente o sea que, probablemente, me haya equivocado de carretera. Circulo por una carretera de doble carril desdoblada. Es decir, una nacional llena de curvas a la que han añadido otros dos carriles en sentido contrario al otro lado del río. Es una sensación extraña tomar una curva ciega por la izquierda, aún sabiedo que no viene nadie de frente uno tiene la impresión de peligro. Al llegar a Chamonix entro en una autopista normal y aburrida. Digo adios definitavamente a los Alpes, a las montañas enormes, a las curvas de vértigo, a los precipicios insondables y al verdadero viaje. Esto se ha terminado.
Poco antes de llegar a Grenoble el cielo se rompe en mil pedazos dejando caer sobre la tierra todo su contenido. Gotas de agua del tamaño de puños se estrellan contra el asfalto con inusitada violencia. En pocos minutos el agua lo cubre todo y reduzco la velocidad a ochenta por hora. Toda la autopista parece un gran charco.
En Valence aún sigue lloviendo un poco y decido parar a dormir. Está anocheciendo y estoy cansado. Llevo poco más de setecientos kilómetros pero me da la impresión de haber hecho el doble. La lluvia, la niebla, los puertos, han hecho que condujese extremando la atención y estoy derrotado. En la salida de la autopista hay un hotel Ibis. En alguna parte he leído que son baratos así que decido regalarme una noche con ducha y cama blanda. Antes de entrar en la recepción miro la lista de precios y veo que la noche son 78 euros. Demasiado para mi presupuesto. Adios al Ibis.
Me detengo en un área de descanso y monto la tienda bajo la lluvia. La meteorología me da una tregua mientras ceno un bocadillo y, antes de que comience a llover de nuevo, me meto en el saco. A poco más de diez metros una bomba de agua arranca cada cinco minutos con un golpe metálico, como un sartenazo. Cada vez que estoy a punto de dormirme el golpe del metal contra metal me saca de mi sopor y me desespera. Poco a poco voy cayendo, agotado, en los brazos de Morfeo hasta que, a las cinco de la mañana, otro diluvio golpea la tienda de campaña con insistencia. A las seis y media estoy levantando el campamento.

Despedida y Cierre

Las cervezas de ayer han causado estragos en mi organismo de modo que esta mañana vuelvo a encontrarme correteando hacia el baño cada dos por tres. Mientras observo con la mirada perdida la pared alicatada me digo a mi mismo que algún día tengo que aprender a controlarme porque los efectos secundarios son muy indeseables.
De nuevo en el hospital a Gelucho acaban de decirle que están preparando todo para enviarlo a casa mañana. Está exultante. Su mejora hoy se hace más evidente que nunca. Además no será necesario que viaje en camilla, podrá ir sentado lo cual facilita mucho todo el asunto del traslado. Aún le cuesta mucho trabajo moverse y sus paseos por el pasilllo son lentos y pesados. Arrastra los pies tristemente de un lado a otro y sus energías yacen desparramadas en la carretera de Pratto dello Stelvio pero, poco a poco, el ánimo va llenándolo de nuevo, especialmente con la noticia de hoy.
Frente al hotel hay una tienda de material de montaña y allí compro una mochila de las baratas para que Gelu lleve el queso que he comprado y algo de ropa. Era algo en lo que no habíamos pensado: su equipaje está en las maletas de la moto y éstas no están para realizar viaje alguno. Luego vuelvo a coger la moto y me voy al taller a buscarle ropa para el viaje.
El día es frío y húmedo, la niebla se ha apoderado de las zonas altas del valle. Bajo este manto gris todo pierde parte de su encanto y lo que antes era bello y espectacular está ahora cubierto de un manto de cotidianeidad grisácea. Me hago a la idea de que mañana viajaré bajo la lluvia todo el día. No me importa. Lo único que deseo es volver a la carretera y sentirme liberado. Lo cierto es que siento como una dicotomía dentro de mi. Por una parte estoy deseando marcharme, salir pitando. Por otra me apena irme de Schlanders/Silandro. Depués de todos estos días aquí he conocido a mucha gente y he conectado muy bien con algunas personas. Beni, Manuel, Doris, Christian, Alan, el viejo Walder… a pesar de las barreras idiomáticas me lo he pasado bien con ellos y me duele decirles adios. Hoy, charlando con Beni en el gardenbiere, le conté que ayer había estado en el bar chill-out. Él me decía que era un sitio especial donde se encontraba muy a gusto y que allí nunca llegan los turistas porque está un poco apartado y es difícil de encontrar. “Pero tú ya no eres un turista” – me espetó. Fue el mejor halago que me hicieron en todo el viaje. Creo que podría vivir en este valle sin problema alguno, siempre y cuando consiguiera ubicarme lejos del campanario, claro.
Vuelvo al hospital y me encuentro con que los del seguro no han preparado el viaje de mañana a causa de no se sabe que inciertos protocolos.  Gelu quizá tenga que salir el jueves. Yo no puedo esperar más y saldré mañana de todos modos. A pesar de las ganas que tengo de ver a mi hijo y a mi mujer me apena que el final del viaje esté tan cerca. A las ocho de la mañana pondré rumbo a Suiza y en tres días habré cubierto los 2400 km que me separan de casa. Como tantas veces pienso en el mundo como una carretera sin fin y en mi vida como una road movie en sesión contínua. No me queda nada, poco más de 2000 km. No es mucho pero quizá más de lo que muchos motoristas frustrados hagan en sus viajes más largos, quizá deba sentirme afortunado.
Dedico parte de la tarde a intentar dejar la cadena en un punto óptimo de tensión pero no hay manera. Más o menos queda lista para viajar mañana.
En el Rosa de Oro ceno penne a la calabressa y me acuesto temprano.

Tarde de Chill Out

A las siete de la mañana las campanas de la iglesia vuelven a despertarme sobresaltado. En esta ocasión despachan con cinco minutos de compromiso pero son suficientes para que me desplace por la moqueta maldiciendo a la cristiandad.

He comprado unos quesos típicos para que se lleve a España. En el hospital se lo llevan para la radiografía diaria. Le van a freir los sesos. Está peor del hombro y los dolores son cada vez más fuertes. El drenaje parece que funciona bien y quie el pulmón se ha vaciado de líquido. Cuando llega el doctor Stecher, impecable como siempre, con ese aire tan dinámico y tan dulce a la vez, nos trae noticias nuevas: el drenaje va a ser retirado porque ya ha cumplido su función y preparará todo el asunto del traslado para el miércoles. Esto nos anima un poco pero sin crear demasiadas espectativas porque el traslado previsto para el viernes anterior fue anulado, lo mismo que el que pensábamos que se realizaría hoy.
En el Gardenbiere del hotel, la terracita de las cervezas donde todo está preparado para ver los partidos del mundial de fútbol, conozco a Doris, una chica pelirroja y delgada que se sale bastante de los cánones estéticos que se llevan en el valle. Su pelo revuelto y sus pantalones hippies no son la tónica general por estos lares. Lleva diez años viviendo en Irlanda donde tiene una tienda de restauración de muebles. Charlamos un buen rato alrededor de unas cervezas y nos liamos varios cigarrillos. Quedamos para tomar algo más esta noche con Alan, su novio.
Le dedico un poco de tiempo a la moto. Engrasado de cadena, revisión de niveles y un poco de atención generalizada. Detrás hay aparcada una BMW enorme, una LT tipo barco a la que no tarda en acercarse un no menos enorme ciudadano alemán. En mi inglés precario me intereso por la máquina. Craso error porque el hombre se empeña en demostrarme lo bien que suena el equipo de música con Wagner a todo trapo y lo increíblemente barata que le ha salido, apenas 18.000 euros. Cuando se tranquiliza un poco hablamos de la ruta y de viajes pero como mi inglés es bastante rudimentario decide volver al partido de Ghana o de vaya usted a saber sónde.
Yo estoy sentado en lo que se me antoja como una estampa típica de motorista y moto. Con las piernas abiertas y mi culo en el suelo engraso la cadena y repaso tensiones, que no anda muy fina, mientras una enorme cerveza reposa a mi lado. Con unas manchas más de grasa en la cara sería perfecto.
Doris y Alan, un músico cubano afincado en Irlanda, hacen su aparición. Alan es difícil que le caiga mal a alguien como yo, estamos cortados por patrones muy similares. Toca la percusión en un grupo de música afro-cubana en Irlanda y vive de ello. Los temas de conversación se van sucediendo entre cerveza y cerveza hasta que, al final, recalamos en el garito más encantador de Silandro. Un chiringuito chill-out situado en la parte baja del pueblo, al lado de los descampados y no muy lejos del hospital. Ambiente oscuro, velas, cojines y, cómo no, copas.
A la una y media de la mañana nos retiramos a dormir, desde las ocho de la tarde dedicados a la ingesta alcohólica es suficiente.

Están locos estos cristianos

 

A las ocho de la mañana comienzan a sonar las campanas de la iglesia que tengo al lado. De su afilado campanario salen unas notas agudas y desagradables que se extienden por el valle como una maldición. Durante diez minutos maldigo al campanero y a toda su estampa así como el pésimo gusto del constructor de semejante instrumento de tortura. Al final el estruendo hiestérico es sustituído por otro un poco más grave y este por otro aún más y esta abominable sinfonía se repitió durante media hora con sus campanas en tono decreciente. Aproximadamente en el minuto veinte de concierto no pude más y me levanté refunfuñando y reprochando el poco respeto de estos cristianos por el descanso ajeno. ¿No les ha dicho nada su profeta al respecto?. ¿Acaso son necesarios treinta minutos de estruendo para llamar a los fieles al rezo?. ¿Dónde han dejado el recogimiento?. Abogo por la fe silente y el agnosticismo respetuoso. Lo que hasta entonces era un lugar hermoso para vivir se convirtió, de repente, en un abominable infierno donde la tortura se practicaba sin piedad los domingos por la mañana. Por sorpresa los valles perdieron su encanto y la hermosura de los afilados campanarios pasó a ser una aguja afilada que laceraba la existencia. Malditos cristianos.
Por fin ha pasado el concierto campanil y la tranquilidad inunda de nuevo el valle. Mientras escribo mi diario sentado en un banco del parque pasa ante mi el que, supongo, es el monje campanero.
– Buon giorno, fratello-, le espeto mientras oculto, cínico, lo que en realidad pienso de él a la vez que descubro la cabeza caballerosamente.
En el hospital Valeria me explica que hoy es un día de “grande fiesta” en honor a la Virgen María de no sé qué. Habrá una procesión muy vistosa y fuocco en el monte, unas hogueras que pueden verse por todo el valle y que simbolizan algo de lo que no me entero muy bien. Además es el día de los secesionistas pro-austríacos y las calles están engalanadas con el rojo y blanco de la bandera de Austria. De todas las personas con las que hablo no hay nadie que se sienta italiano. Tampoco austríacos. Lo que sí tienen claro es la defensa de sus tradiciones y de su particular idiosincrasia, lengua incluída. Más cercanos a Austria por cultura, por idioma y por el nivel de vida, no quieren saber nada de italia, aunque todos hablan italiano como segundo idioma con más o menos soltura, como el caso de Edmund.
A Pedrossi, el vecino de cama, ya lo han dado de alta esta mañana. Ahora hay un magrebí que tuvo un accidente en el mismo lugar que Gelucho, en la gasolinera de Pratto dello Stelvio. No solo en el mismo sitio sino de la misma forma, un coche que giraba a la izquierda para entrar en la gasolinera y que no vio a pobre africano que circulaba tranquilamente por su carril. A mi me parece sorprendente.
Mi compinche hoy ha pasado mala noche, según él la peor de su vida, con grandes dolores y sin ningún remedio eficaz. El médico nos dice que tiene que quedarse cuatro o cinco días más. Para nosostros, que esperábamos salir el martes, esto es un enorme jarro de agua fría. A la vista de estos nuevos datos decido regresar el miércoles. No puedo esperar al fin de semana para saber si le dan o no el alta para su traslado y exponerme a llegar a casa el miércoles o jueves de la semana siguiente. No me agrada la idea de dejarlo aquí solo pero no puedo seguir aquí más tiempo. He agotado los días de vacaciones y estoy “de prestado”. La previsión era que le darían el alta el lunes pero la cosa se alarga más de lo previsto.

Sonno in stato di ebrezza

Hoy me levando a las ocho y cuarto, media hora más tarde de lo habitual. Se ve que la cerveza de ayer causó el efecto deseado y alguno más de indescriptible sensación esta mañana.
En el hospital sigue sin haber novedades, lo normal para un sábado por la mañana. Lo más destacables es que vuelvo a ver a Valeria, la enfermera que nos atendió el primer día y que tan bien nos había caído. Bromeamos un rato y le ofrezco un viaje a España en moto. Afortunadamente prefiere el avión.
Sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí ahora me encuentro tomando cerveza como un poseso en compañía de Walder, un sastre jubilado famoso en Silandro por pasar gran parte del día en lo que educadamente llaman, “stato de ebrezza”, es decir borracho o “ubriacco”. Es un hombre cariñoso y alegre. Cada dos por tres me da un abrazo de oso mientras se dirige a mi en una mezcla de italiano y alemán que me deja la cara a cuadros. Parece no importarle demasiado. Cuando me habla en alemán, en tedesco puro, parece que me está riñendo por algo que yo haya hecho o dicho. Sonrío con franqueza y Manuel, el camarero, dispone una nueva ronda de cerveza frente a nosotros.
A las cuatro de la tarde, abandono el bar y me voy a dormir la siesta. El resto del día transcurre, de nuevo, entre el hospital y el hotel.

Born to be Wild

A las cinco de la mañana me despierto con una tremenda cagalera y me paso el resto de la noche correteando hacia el baño.
El hecho de que amanezca a una hora tan estúpida como las cuatro y media de la mañana ha cambiado mis hábitos matutinos, de natural poco madrugadores. A las siete ya estoy integrado, casi con pleno derecho, entre el resto de la humanidad, habiendo quedado atrás la vida onírica y recoletamente ínitima de las sábanas.
En el hospital el paciente está en su sesión diaria de radiografías. Afortunadamente no lo dejarán calvo. Ha venido a vernos un monje muy simpático que nos habla de sus tiempos jóvenes en Roma con dos “hermanos” españoles, uno valenciano y el otro vasco. Eran momentos de lucha por las libertades, de plantar las semillas para que los jóvenes de ahora recojan el fruto y sigan luchando. Seguramente hace unos años despreciaría la visita del religioso y, probablemente, abandonaría la habitación con un mohín de desaprobación pero ahora, no sé si por la edad provecta hacia a la que, inexorablemente avanzo, o por tener una anchura de miras más amplia, no solo soporto su presencia sino que la disfruto. Desde que tengo el certificado de excluido de la iglesia católica, en forma de carta del obispado en que se me reconoce mi apostasía, todo lo que huele a bondad espiritual me parece digno de respeto y admiración. Sobre todo si huele a santidad sincera, claro. Sigo sin admirar a las hordas de cristianos que, a pesar de serlo, hacen caso omiso de su religión y toman de ella únicamente aquello que les interesa, creando un Dios y una religión a su medida, despreciando a los demás y prostituyendo las enseñanzas de su profeta. Sigo abominando a los fanáticos que corrompen el humanismo del hombre. Pero respeto y siento verdadera devoción por aquellos que siguen las enseñanzas de sus profetas y que vien con devoción el respeto religioso hacia los demás.
Le traigo un regalo de cumpleaños a Gelu. Es un pin plateado del Valle de Schalanders con un edelweiss, la flor de los Alpes. Queda muy agradecido pero su cumpleaños es mañana.
Desde la ventana de la habitación observo los cientos de golondrinas que tienen sus nidos en la fachada del hospital. Los han colocado en la parte superior del hueco de cada ventana, inaccesibles y resguardados de los elementos. Sus vuelos frenéticos, con acrobacias imposibles, le dan un toque especial a toda la fachada. Hay cientos de ellas. Desde la ventana admiro lo que promete ser otro día de cielos abiertos y calurosos. Probablemente sea el último porque la predicción meteorológica anuncia lluvias copiosas en el norte de Italia. De repente, mientras poso mi mirada perdida en lo alto de las montañas sinto unos enormes deseos de salir de nuevo a la carretera y atravesar otros paisajes, de correr nuevas aventuras cotidianas. Prefiero, eso sí, que sean más mundanas y con menos sobresaltos. Ya no necesito elevadas dosis de adrenalina después de esta semana aciaga.

Hoy he salido del hotel en chanclas. Ya no me queda ropa limpia. Ni calcetines, ni calzoncillos, ni camisetas… creo que ha llegado el momento de hacer la colada. Lavaré mi ropa delicada a mano en el bidet del baño de mi habitación. La otra también.
Mientras tomo una cerveza y navego por internet en la terraza de la calle me entero de que esta noche hay un concierto de rock a pocos metros de donde me encuentro ahora. Toca un grupo local llamado Shocking Minds y celebran, creo entender, algo así como el final de las clases. Será una buena oportunidad para salir de la rutina.

Al ritmo de los Who, de AC/DC o de Steppengwolf voy trasegando cervezas y sacando alguna foto. En el descanso charlo un rato con el cantante y le cuento nuestra aventura en su pueblo. Me dedican una versión muy buena del “Born to be wild”. Al término de la actuación conozco a Bruno, uno de los “gruppies”. Lleva dos años estudiando español y, la verdad, no ha perdido el tiempo. Tiene una conversación fluída y un amplio vocabulario. Se va a ir a Uruguay dentro de unos días.Me voy a la cama un poco pedo

Preparando un Venezziano

Son las ocho y media de la mañana y estoy en el hospital. No hay novedades. El postrado lleva cinco días sin cagar. Me imagino que hacer de vientre tumbado ya es una cosa difícil “per se” pero si, además, tienes dolores cada vez que intentas moverte la cosa puede llegar a ser bastante complicada. A la una de la tarde se lo llevan al baño en una silla de ruedas. Se marea un poco pero es capaz de mantenerse en pie perfectamente. Para mi supone un alivio verlo erguido aunque se le vean aún más moratones en la espalda y las piernas. Después de tantos días en la cama, en postura horizontal, verlo incorporado es como si la recuperación hubiera avanzado de forma ostensible.
El omóplato le duele menos y no se queja de la espalda al ponerse de pie. Vuelvo al hotel y me tomo un Martini mientras me conecto a Internet en la terraza del bar. Creo que quiero volver a Silandro.

De nuevo en el hospital, dejo la fruta en la ventana y me siento a lo pies de la cama. A Gelu le acaban de comunicar que ninguna de sus lesiones precisa operación. Definitivamente. Respiramos aliviados.
A las seis de la tarde traen, como cada día, la cena y, por fin, puede comer sentado a pesar de los dolores. Lleva todo el día sin calmantes porque alguien se olvidó de colocarlos en el gotero.
Hoy tampoco le han quitado el drenaje con lo cual ya resulta imposible salir antes del lunes. Vista la previsión de lluvias para el fin de semana en el sur de Francia casi prefiero salir de lunes, la verdad.
A las ocho de la tarde salgo del hospital esperando encontrarme, después del bofetón caluroso del porche acristalado, el día agobiante que nos acompañó toda la jornada. En lugar de eso un aroma a hierba recién segada inunda todo el valle de Venosta reconfortando el espíritu. Aspiro grandes bocanadas de aire y me dejo seducir por el encanto del día que finaliza. En las laderas de enfrente los aspersores riegan frenéticamente los manzanos, algunos prados están en plena henificación, los tractores se oyen cerca del río… la vida fluye por aquí, puedo palparlo, saborearlo, percibirlo incluso con los ojos cerrados.
En este valle la gente se casa joven. Con veintipocos años ya tienen su primer hijo según me cuenta Christian, uno de los camareros del hotel. Dice que la gente no disfruta de la vida y que solo piensan en familia, trabajo y cerveza, supongo que en este orden. Él, que con veintitrés hace menos de una semana que llegó de un viaje de siete meses por Australia, tiene una visión muy distinta de lo que ha de ser la vida. Me dice también que el ambiente festivo comienza en verano y que la tranquila vida primaveral se trastoca un poco en estos tres meses.

Voy mejorando mi nivel de italiano y ya soy capaz de mantener conversaciones, más o menos largas, con los locales. Me saludo con los habituales y estoy comenzando a formar parte del paisanaje de la villa.
Ayer ví un entierro. Abría la marcha fúnebre una cruz y un pendón de tela de forma triangular que pendía de un palo. Detrás, con semblante circunspecto y acomodado a las circunstancias, una caterva de señoras que rezaban el rosario precedían al féretro, color crema, que se desplazaba sobre una especie de plataforma con ruedas. Era guiado por cuatro hombres que lo empujaban con solemnidad, dos a cada costado. Detrás tres curas que eran seguidos de cerca por el resto del cortejo fúnebre. Ni fu, ni fa. Los entierros son entierros y yo, como todos, mostré mi respeto guardando silencio. A decir verdad eso no era mucha novedad en mí durante estos días en que este puñetero dialecto del alemán me impide relacionarme como yo quisiera.
Por la noche Beni me enseña a preparar un Veneziano: vino seco, Aperol y agua con gas.

Del Stelvio al Cielo

Ayer decidí subir el Stelvio a pesar de que trae malos recuerdos. Lo haré, no sólo por mi que llevo más de diez años soñando con ello, cuando en una revista de motos leí el viaje de alguien que había estado por ahí arriba. También por mi compañero de ruta.
El día amanece con niebla en las cumbres y no parece que vaya a haber muy buenas vistas desde el puerto. Me da igual.
Antes de salir pas opor el hospital a ver que tal ha pasado la noche el convaleciente. Como era dee sperar no hay novedades. El asunto se está convirtiendo y algo rutinario y desesperante. Nunca hay novedades, nunca pasa nada. Estamos deseando que el drenaje deje de fluir y poder volver a casa pero esto es el cuento de nunca acabar. Día tras día siempre es lo mismo. “Domani vidiamo”, “quatre o cinque giorno”, “tutto va bene”… pero aquí seguimos varados sin posibilidad de ir a ninguna parte. Cuando el pulmón deje de estar encharcado podrán embarcarlo “sullo aéreo”, en el avión, y yo dirigirme al norte, a Suiza, Lyon, Pamplona y mi casa.
En la habitación, mientras le cuento a Gelu mi intención de ir a Bormio y Stelvio entra un chico joven con una caja de bombones. Su cara está compungida y avanza con timidez hacia la cama. “Edmund”, – le digo. “come stai?”. – mientras le extiendo la mano con una sonrisa.
Edmund era quien conducía el Fiat que arrolló a Gelucho. Está nervioso y su expresión denota abatimiento y miedo a partes iguales. Se deshace en disculpas en un, para nosotros, incomprensible tedesco mezclado con un italiano bastante rudimentario. Charlamos sobre su trabajo y sobre lo mucho que sintió haber causado el accidente.
Luego, mientras preparan la habitación, Edmund y yo salimos a la calle donde me cuenta sus desgracias de los últimos meses. Su novia, embarazada, ha tenido un aborto hace unas semanas y lo han dejado después de un montón de años de relación. Lleva tres días sin dormir a causa del accidente. Ha llamado al hospital varias vece spero no quisieron darle información así que, se armó de valor, y vino a ver cómo estaba el enfermo.
De vuelta en la habitación recibe una especie de absolución, de perdón fraterno por parte del herido y se va entre disculpas y palabras de agradecimiento. Parece una buena persona, Edmundo.1
Ahora estoy, de nuevo, sobre la moto. Vuelvo a pasar por quinta o sexta vez por el punto exacto del accidente, ya me lo conozco de memoria y creo que tardaré tiempo en olvidar el lugar. Asciendo lentamente y vuelvo a superar los “tornanti” más endemoniados. Hoy ya se ve un poco de tráfico, alguna moto solitaria y un par de deportivos de pequeño tamaño. La niebla se deshace en jirones, dejándose descolgar mansamente entre los bosques de abeto y, más arriba, en las laderas peladas y cubiertas de nieve, pueden verse grandes claros. Hoy no hay marmotas fijando su curiosa mirada en mi.

Subiendo al Stelvio

Aparco la moto debajo del cartel de Bormio, al lado de otras cuatro motos con matrícula española. Creí que iba a ser el primer español en pisar el Stelvio en el año 2010 pero no, he sido el quinto. El puerto abrió ayer por la tarde y hoy ya está a rebosar de motos. Compro algunas pegatinas en los puestos de souvenirs a precios de infarto, saco unas fotos y me dejo inundar por el placer de estar aquí arriba. Es como un estúpido sueño cumplido, una obsesión mantenida en el tiempo que ahora se va para dejar paso a otro estúpido proyecto, a otra estúpida obsesión. Al menos esta no me ha desilusionado, estoy donde tengo que estar.

Stelvio

Y tres veces he tenido que intentarlo para llegar hasta aquí. ¿Acaso era algo tan difícil? Me invade una cierta zozobra. Hay una persona que me acompañó en los dos primeros intentos y que ahora yace en una cama del hospital de Silandro. ¿Acaso es una víctima de mis obsesiones? No puedo evitar sentir, de nuevo, un sentimiento de culpabilidad. Es inevitable preguntarse, ¿y si yo no hubiera…?.
Me voy al Umbrailpass que separa Italia de Suiza. La frontera está vacía y corre un viento frío. Comienzan a caer las primeras gotas. Al entrar en el país helvético la carretera mejora, el asfalto es nuevo y no se ve ni un solo bache. Estoy en el culo del mundo alpino e, incluso aquí, el orden cuadriculado de los suizos se ve en detalles mínimos. Una papelera enorme en cada apartadero con sus correspondientes apartados para separación de residuos, una valla de madera primorosamente colocada… De repente se termina el asfalto y entro en una pista de tierra. Ni un solo bache. En mi país hay carreteras que envidiarían esta pista.

Delante de mi tres motos austríacas se afanan en la bajada. Volvemos al asfalto y la custom se queda atrás. Nosotros tres seguimos hacia abajo en dirección al fondo del valle devorando curvas de pendiente imposible.
El viaje se termina y vuelvo al hospital donde permanezco tres horas. Me conozco cada escalón, cada pasillo, cada sonrisa amable de las enfermeras, cada mirada indiferente del ordenanza. Todo es tan familiar y tan malditamente cercano…
A las cuatro de la tarde recibo una llamada de la asistencia médica en España. Me dan una previsión de alta para el viernes y repatriación en 24 o 48 horas. Parece que las cosas se van aclarando y que la maquinaria herrumbrosa de la vitalidad parada vuelve a ponerse en marcha pesadamente.
Una brisa caliente recorre todo el valle de Venosta creando un ambiente opresivo. En las calles peatonales de Silandro veo muchas chicas jóvenes paseando a sus hijos en cochecitos de bebé. La proporción de mujeres con respecto a los hombres es de tres a uno por lo menos. Decenas de niños en bicicleta pasan ante mi mientras apuiro una cerveza Forst en la terraza de un bar. Sus risas resuenan entre las callejuelas a la par que la barriga oronda de un alemán llega de hacer trekking. Este es un bonito lugar para descansar y olvidarse de todo, perdido en un hermoso valle alpino del norte de Italia. Cada minuto tengo presente a mi amigo, tumbado en la cama con los ojos fijos en el techo de la habitación y furtivas miradas a las cumbres nevadas de su derecha. El tempo transcurre despacio, como la arena de la playa escurriéndose entre los dedos de las manos. Necesito volver a la carretera.
Esta mañana tuve un conato de discusión telefónica con Elena a causa de la moto. Comprendo perfectamente su angustia por mis escapadas, su preocupación cada vez que emprendo un viaje pero hace años que, para mi, viajar en moto es algo más que un placer, es una necesidad imperiosa de la que no consigo desengancharme. Intuyo que esto va a traer problemas de convivencia.

 

1 El día que esto se publica le arrancaría los ojos a Edmundo y le rellenaría las cuencas con hormigón, pero eso es otra historia.

En Vía Muerta

 

Hoy es martes, es el tercer día que vamos a pasar en Silandro. Alrededor de las cinco de la mañana abrí los ojos y el rosicler del amanecer comenzaba a inundarlo todo.

En el hospital a Gelu le han dicho que no podrá salir hasta el sábado o el lunes. Esto es una nueva modificación de planes y supone quedarse toda la semana aquí. Los plazos se van alargando y no me queda más remedio que hacerme a la idea que la cosa va para largo. Ha pasado mejor la noche y los dolores van remitiendo poco a poco. También le comentaron que la lesión en la espalda es en la "cresta". Los médicos de aquí han enviado el informe a un cirujano de Bolzano que, parece ser es un especialista de renombre, para tener una segunda opinión. Él tampoco ve necesaria la intervención quirúrgica.
Sentado a los pies de la cama le leo al paciente varios capítulos del libro "Sin Fronteras" de Gustavo Cuervo. Gustavo es un viajero incansable que ha recorrido medio mundo en moto y que ha publicado su libro en Interfolio, la editorial de un conocido común del mundo de las motos. Ni siquiera me planteo si ésta es la lectura más apropiada para alguien que acaba de subrir un tremendo accidente de moto. Quizá, en mi subconsciente, esté preparando mentalmente a mi amigo para el siguiente viaje. Sea como fuere, bien sea por egoísmo o por el bien del paciente, la lectura de "Sin fronteras" me parece de lo más adecuado.
No deja de sorprenderme la entereza de mi amigo. Hace ya muchos años que lo conozco y sé que es un tipo duro y con paciencia, con una serenidad de ánimo difícilmente quebrantable. Ni siquiera cuando le dijeron que tenía dos vértebras rotas mostró signos de flaqueza. Puede que en su interior estuviera tan acongojado como yo pero en ningún momento pareció asustado. Parece aplicar la máxima de que si los problemas tienen solución no hay de qué preocuparse y si no la tienen, preocuparse no sirve de nada. Yo procuro no hablarle de repatriación ni de la vuelta a casa, tan sólo poner de manifiesto los progresos que vamos obteniendo y las mejoras visibles desde el primer día. Y él sigue postrado en la cama, inmóvil, con la mirada inexpresiva clavada en el techo, horadado de tanta observación.

Ayer me llamaron los de Km Cero. El mecánico de aquí les dijo que la Multistrada era una Ducati, una moto histórica. Visto lo visto, y a pesar de que la culpa del accidente la tuvo el conductor del coche, yo la calificaría como una moto histérica. El bueno de Herbert, ¿Cómo se le habrá ocurrido decir que la Multi es histórica?. Él habla un italiano horrible pero aún debe de sentir cierto afecto por las máquinas italianas. Ayer ya le noté cierto grado de pasión cuando dijo, con voz solemne, "questo e una Ducati". Su pasión por los motores se hace bien patente con una mirada al taller. Todo está colocado en su sitio, todo es pulcro y ordenado. Hay cierta querencia en el taller a lo clásico y un marcado gusto por lo viejo. A la puerta un Fiat Cinquecento de los años 60 está siendo mimado por Herbert y en el interior, en una de las salas, reposan un Lotus Esprit y un Porche 911 cabrio. Otros dos mecánicos trabajan en silencio en los bajos de vehículos más mundanos.
Sea como fuere en el seguro han debido tomar las palabras de Herbert como literales y me acaban de comunicar que el traslado se realizará lo más pronto posible.
La niebla lleva toda la mañana instalada en los Alpes del Val Venosta impidiéndome ver las cumbre nevadas e impregnando la atmósfera de una cierta melancolía. En el día de hoy todo parece recobrar un cierto equilibrio, aunque probablemente todo estuviera equilibrado y era yo el que no estaba bien. Se me ha pasado la sensación de angustia de estos días y el sentimiento de culpabilidad me abandona. Comienzo a ver esta situación como algo normal y a aceptarla sin negaciones. Los paseos al hospital, las caras amables de las enfermeras, mi compañero inmóvil en la cama, el regreso al hotel por las calles de las tiendas… todo comienza a formar parte de una rutina cálida y cotidiana que me da seguridad.
Escribo sentado en el aparcamiento del hospital, sentado en el bordillo, con la rueda de una BMW R1150 RT a la altura de mi cara. Es una hermosa vacaburra teutona de la que me gustaría ser propietario.  El neumático delantero está a punto de enseñar su alma de alambre y pienso en el poco respeto que tiene el dueño por su moto. Se le ha caído una vez y muestra algunos desperfectos sin importancia en la maleta. Qué cojonudo sería volver con esta moto a España. Este rincón, en el que fumo de forma compulsiva, se está convirtiendo en mi oficina al aire libre. Desde aquí veo el estilizado campanario de la iglesia en el que, cada dos por tres, suena el tañido horario que se extiende por el valle inundándolo todo y añadiendo sus notas de normalidad melancólica.
Otro día se acumula sobre el anterior.

El Quid de la Gestión

 

Amanece a las cinco de la mañana. Una hora absurda para que el sol haga su aparición en el microuniverso en el que vivo. Esta noche ha llovido. A las ocho me doy una ducha y, después de desayunar en el hotel, salgo hacia el hospital deseando que una mejoría milagrosa que los médicos no son capaces de explicar ni comprender, que un error inexplicable de interpretación le de la vuelta a la situación en la que estamos. No va a ocurrir eso, claro que no.
El doctor Stecher me dice que en tres o cuatro días le retirarán el drenaje y podrá ser repatriado a España en avión. "Lui e bravo", me dice. Si, ya sé que es valiente. No ha salido de su boca ni un solo gemido, ni un quejido lastimero pidiendo que la humanidad se apiade de él. No es alguien a quien le guste pedir y aún menos, suplicar. Ayer, cuando estábamos en urgencias, ni siquiera parpadeó cuando le comunicaron que tenía una lesión "delicada" en la espalda. Fue un día de altibajos, ayer. Primero el Dr. Stecher nos dijo que en un par de días podría irse a casa en avión. La cosa no parecía tan grave. Luego, cuando apareció en neumotórax, rectificó y nos comunicó que habría de quedarse en observación un tiempo, hasta que el pulmón drenara porque no podía subirse en un avión en esas condiciones. Mal asunto. Al final de la tarde, ante mi insistencia por obtener plazos, me despachó con un lacónico "entre cuatro días y una semana". "Dobiamo spetare". (debemos esperar).

Hospita

Hoy Stecher nos anima la mañana con un plazo de tres o cuatro días. El pulmón está drenando muy bien y no augura problemas. Ellos se encargarán de preparar al paciente para el traslado y de comunicar a la compañía de seguros los requsitos para el traslado. Antes de iniciar el viaje contratamos la asistencia con KMCero, la compañía que MediaBike, un grupo de profesionales relacionados con el sector motociclista, puso en marcha en el año 2002. Ayer, cuando hablé con ellos, todo fueron facilidades y palabras amables. Acostumbrados, como estamos, a que la asistencia telefónica de las operadoras de telefonía sea fría y deficiente, para mi fue una agradable sorpresa encontrarme con una voz cercana, aunque estuviera a tres mil kilómetros de distancia.
A Gelucho se lo llevan a hacer unas placas y aprovecho para ir al taller a ver la moto y concretar su repatriación y a los carabinieri para obtener todos los datos posibles sobre el siniestro.
Voy conduciendo con extrema prudencia. en realidad voy acojonado. Me imagino que, por una cuestión de estadística simple, las probabilidades de que yo tenga también un accidente son de lo más escaso. Aún así voy agarrotado, con el miedo en el cuerpo, sin soltura.

Ducati Multistrada crash

Herbert, el mecánico, dice que en una o dos semanas se llevarán la moto a España. Ningún problema en ese sentido. Pasará un perito de la compañía en Italia y ordenarán el traslado porque la reparación, según él, es inferior al valor venial de la moto. Me cuesta bastante entenderme con Herbert. Habla italiano pero con un marcado acento tedesco, ese alemán tan particular de esta zona de Italia. La moto reposa en el sótano, en silencio, aparcada en una esquina. El manillar está doblado hacia atrás, como los cuernos de una cabra. Ha perdido los dos puños y el metal luce una desnudez pudorosa. La cúpula se descuelga, flácida, hacia un lateral, mirando al suelo humillada. El resto de la moto tiene algunos arañazos y dos de las maletas están rotas pero no parece sufrir daños graves. Aún así se la ve tan avergonzada. Parece sumida en un estado de catarsis.
En el puesto de los carabinieri, donde ayer presenté los papeles de la moto y de Gelu, está cerrado. Es una casa de una sola planta, un chalet más del vecindario con pocos signos externos de que eso sea una comisaría de policía. Un cartel me advierte de que estoy en zona militar y que está prohibido el paso. Abro la verja de madera y llamo a la puerta. Aquí no hay nadie. En el jardín yacen, desparramados sobre la hierba, un triciclo y varios juguetes. La imagen jocosa de los carabinieri decomisando el triciclo pasa fugaz por mi cabezal. La bandera italiana fenece en lo alto del mástil en esta mañana sofocante y calma.
Paso, por segunda vez en el día de hoy, por el lugar del accidente. Me detengo a sacar unas fotos y a imaginarme cómo ha sido la sucesión de acontecimientos. Aún se puede ver la frenada, las marcas rojas del arrastrón de la Ducati… El resto está impoluto. Si no fuera por estos pequeños detalles podría decirse que aquí no ha pasado nada. Un trozo de plástico de la maleta me mira desconsolado camuflado entre las hierbas del arcén. Con mirada lacónica le digo que su destino ha sufrido variaciones y que sus viajes, a partir de ahora, ya no serán en moto. La situación me recuerda a la película "Amanece, que no es poco", en la escena en que un agricultor habla, como cada tarde, con su calabaza.

 

Prato dello Stelvio

Me subo de nuevo a la moto y salgo en dirección a Males, la capital del valle donde está la central de los carabinieri.  Dada nuestra situación reparo en que Males es un nombre muy apropiado.
El jefe de los carabinieri hoy tiene un aspecto menos desenfadado que ayer. Luce uno de esos ridículos uniformes que parecen heredados directamente de los tiempos de Mussolini. A juzgar por los dibujos que adornan su despacho veo que tiene ciertas inquietudes artísticas. Los cuadros son variaciones monótonas sobre temas policiales. Es un hombre de su familia y de la policía que, probablemente, se pase las tardes del sábado haciendo barbacoa o paseando en bici. Es muy amable y enseguida comienza a prepararme un informe con los datos del propietario del coche y el lugar del accidente. No me podrá dar el atestado porque es material oficial que se irá a Bolzano y de aquí a Milán, a la embajada. Con el exiguo informe en la mano me acomodo, de nuevo, en la moto y regreso al hospital.

Hospedale di Silandro

Aquí no hay variaciones, todo está tal y como lo dejé hace unas horas. Las enfermeras pululan sonrientes y los pocos internos arrastran sus pies pesadamente por el pasillo. Es curiosa la escasez de enfermeros que hay. a decir verdad no he visto ninguno. Los únicos hombres que hay en plantilla son los médicos, algún que otro residente barbilampiño y los fornidos celadores, que igual podrían ser monitores de esquí que descargadores de muelle. El hospital es tranquilo y moderno. No es que me encuentre a gusto aquí pero, dentro de lo malo, creo que en este aspecto hemos tenido suerte. Beni, el encargado del hotel me ha dicho varias veces que es el mejor hospital de todo el valle, que aquí hay dinero y no se ha escatimado en medios. Es un consuelo.
Antes de venir al hospital, en la habitación del hotel, escribí un par de postales, una a mi fan número uno, Vanesa, que no se pierde ninguna de mis aventuras motociclísticas y la otra a la dueña de nuestro bar de cabecera donde cada martes hacemos el ensayo gaitero. Era un vano intento de regresar a una realidad alternativa, lejos de Silandro y de las elucubraciones que por aquí nos ocupan. De vez en cuando me refugio en mi cuaderno de viaje, una triste bitácora estos días, en el que voy escribiendo ideas, pensamientos, reflexiones. Y en el que dejo constancia de este sentimiento de culpabilidad que me invade, una culpabilidad opresiva que me corroe y me acompaña constantemente. En este buble en el que, poco a poco, me voy hundiendo, pienso en Martín, mi hijo, y en las ganas que tengo de verlo. Me gustaría abrazarlo, achucharlo, mientras él, como siempre, rehuye los mimos porque ya es un preadolescente de once años que aún no se entera de que está estrenando el mundo. Y en Elena y lo mucho que le gustaría este hermoso valle de Silandro. Escribo en el aparcamiento del hospital, sentado en un bordillo a la sombra, junto a mi moto. De nuevo me asalta la angustia, la zozobra impertinente de la incertidumbre y, otra vez, las lágrimas vuelven a resbalar por mi mejilla.

El valle de Males-Silandro es un lugar bien hermoso. Una enorme llanura rodeada de montañas, nevadas en sus cumbres, donde todo está limpio y cuidado. Estamos a menos de veinticinco kilómetros de la frontera con Suiza. La tarde discurre pesada, calurosa. Para escapar de este tedio, mentalmente, voy elaborando mi ruta de escape, la vía de regreso para cuando llegue la hora de despertar de esta pesadilla. Pienso en Suiza por el Norte, en Milán por el Sur, en hacer más puertos de montaña. Poco a poco se va apagando la sensación de estar en el culo del mundo.

Hospital de Silandro

Me paso la tarde en la habitación del hospital. Un nuevo doctor, más joven que Stecher y con menos carga diplomática me lleva a una sala de reuniones para explicarme con claridad las lesiones de mi compañero. Supongo que pensarán que soy muy pesado pero siento una imperiosa necesidad de preguntar constantemente a los médicos el estado y alcance de las lesiones. No me preocupan las costillas, la escápula, el drenaje y todo el estropicio en que se ha convertido su cuerpo. Mi interés se centra en las vértebras. En la sala, frente a un esqueleto de plástico, me va señalando las partes dañadas y yo, como un alumno aplicado mantengo un silencio grave mientras me desgrana los detalles de cada lesión. Su voz suena hueca, vacía y distante, como quien recita de memoria una cantinela bien aprendida. Aún así es parco en detalles. Probablemente una o dos costillas rotas, no ha visto la radiografía, la escápula fracturada y la quinta y séptima vértebras rotas y aplastadas. Trago saliva y contengo la respiración. La lesión "non e piu grave" puesto que no afecta a la médula. La rotura es en la espina del hueso, por encima del foramen vertebral y el pedículo. Exalo una bocanada de aire que sale en forma de suspiro de alivio. El pulmón también va mejor y en cuatro o cinco días podrá ser trasladado a España. Esto de los plazos me está matando. Hemos pasado de los "dos o tres días" de ayer por la mañana a los "tres o cuatro" y ahora vamos por los "cuatro o cinco". Patientia hermana nostra, que diría el pirata de los cómics de Axterix.

Hospedale di Silandro

Son las cinco y pico de la tarde y me voy a comer. No es que tenga mucho apetito pero supongo que necesitaré alimentarme un poco para sobrevivir en el valle. Ayer me mantuve con el desayuno como única ingesta del día hasta las doce de la noche en que comí un sándwich de tamaño ridículo.  Los restaurantes están cerrados, no abren hasta la hora de la cena, las seis de la tarde. Disponen de un horario al que no sé si podría acostumbrarme. Amanece a las cinco de la mañana, a las seis y media o siete ya hay movimiento, se come a las doce y a las seis o las siete de la tarde se cena. ¿Qué podría yo hacer, en circuntacias normales, hasta la una de la mañana que me acuesto todos los días?. Mondo Dificile,  Tonino Carotone dixit.
Me interno en una librería para comprar un diccionario de italiano-español pero todo lo que tienen está en tedesco. El librero, un ajado talibán de lo alemán con cara de página amarillenta se encarga de instruirme cuando pregunto si el tedesco es un dialecto del alemán. No, es alemán puro. No me pasa desapercibido como pronuncia la palabra "puro" remarcada en tono y entonación. Alemán puro. Esas palabras de reminiscencia aria revolotean en mi cabeza durante un rato. Pido disculpas por mi ignorancia y salgo de la librería con las manos vacías.
Prego, tagliollini colorata e una birra Torst -. La camarera luce una falda ajustada, negra, y en su interior se adivinan unas curvas sugerentes. Cuando se inclina sobre la mesa para servirme la pasta reparo en que la camisa esconde, de mala gana, unos pechos generosos que miran al cielo. Tiene una belleza sutil, casi tímida. No sé si estoy almorzando o cenando porque son las seis de la tarde y es mi segunda comida del día. El desayuno, aunque copioso, es un hecho histórico que mi estómago apenas recuerda. Tengo que organizarme un poco con esto de las comidas porque estoy totalmente descocado.
Vuelvo al hotel con la mirada perdida y con los pechos de la camarera en el recuerdo. Era rubia.

Hotel en Silandro

Beni, el encargado del hotel es un chico joven y jovial. Tiene una mezcla de seriedad italo-austríaca con el desenfado brasileño. No me cuenta gran cosa de sus estancias en Brasil, sólo que va una vez al año y que hay una mujer de por medio. Admiro el plan. Charlamos un poco sobre la idiosincrasia de la zona, de esas peculiaridades que hacen que no se sientan ni italianos ni austríacos. Como mucho, un poco austriacos y siempre con recelo de todo lo italiano. Me recuerdan un poco mi tierra, a caballo entre Asturias y Galicia donde, aún siendo asturianos hablamos gallego y nuestra cultura es más cercana a lo gallego que a lo asturiano. Volvemos a lo de siempre, el asunto de las fronteras trazadas en un despacho, a conveniencia de los señores, dueños de tierras y hombres sin importar las isoglosas y las peculiaridades culturales. Tuvieron, dice Beni, un grupo que ellos llamaban "activistas" y los italianos "terroristas". Se trataba del Comité para la Liberación del Sudtirol, (BAS), que pasó de atentado contra edificios públicos a acciones más duras que terminaron con la vida de 21 personas. Esta región, ligada a Austria antes de la Primera Guerra Mundial, se vió envuelta en un baile de nacionalidades, pasando de Austria a Italia después de la PGM, de ahí al Tercer Reich, después a Italia, con gran represión fascista y, por fin, en 1972, le fue concedida una amplia autonomía con poder legislativo que es única en Italia. ETA también tuvo sus relaciones con el BAS pero, según Beni, la cosa no terminó de cuajar. Tampoco con el IRA. A día de hoy, tener aquí el domicilio aquí supone un estatus especial y una garantía de buen nivel de vida.
Después de esta lección de historia me retiro a mis aposentos.