India 2016

Las carreteras de India

Carretera a Kargil

En poco más de dos horas conduciendo por Cachemira y Jamu ya me creía un indio, al menos en lo tocante al viaje por carretera. La aparente ausencia de normas hacía que la conducción pareciese un “sálvese quien pueda” y en eso soy especialista. Hay, sin embargo, dos normas básicas cuando se conduce una moto por India.

Primera: se conduce por la izquierda.

Segunda: nunca tienes la preferencia.

Estos dos axiomas, que pueden recombinarse con otros, no hay que tomarlos como una verdad absoluta pero conviene tenerlos en cuenta. En cuanto a la segunda norma,las preferencias se establecen según tamaño.

En primer lugar y en la cúspide de la pirámide de la conducción, están los camiones. Conviene no olvidarse de esto porque ellos se saben los reyes de la ruta y aunque suelen ser educados, no tienen demasiados miramientos con vehículos de inferior categoría.

Luego están los diferentes tipos de autobuses, furgonetas y otros destartalados autorrodantes para el transporte de personas. Suelen ser bastante rápidos y ocupan una porción considerable de la calzada.

En tercer lugar en la escala evolutiva figuran los todo terrenos, especialmente los Mahindra pick-up.

Justo por encima de las motos están los taxis, vehículos particulares y turismos en general.

Además hay toda una serie de vehículos encuadrados en categorías particulares que tienen o no preferencia dependiendo de  quien los maneje, me refiero a tuk-tuk´s, tractores, carros de caballo, búfalo o camello y otros engendros mecánicos. Por supuesto, en el escalafón más bajo y despreciable están los peatones a quienes hay que espolear a ritmo de claxon. A decir verdad el claxon es un adminículo indispensable en cualquier tipo de vehículo; conviene usarlo con profusión el mayor número de veces posible durante cualquier trayecto. Se usa al adelantar, para pedir paso, para espantar viandantes y animales, para saludar y en general, para demostrar que estás ahí y tienes la intención de hacer algo. Algo que, sin duda, el conductor que te precede o antecede adivinará.

Carreteras del Himalaya

Las carreteras en la zona norte, en los Himalayas, tienen tráfico escaso pero eso no las hace menos peligrosas. Están sometidas a un estado de obras permanente debido a los innumerables desprendimientos, corrimientos de tierra y avenidas de agua, entre otros devenires. Son una contínua fuente de sorpresas. Podríamos calificar el estado de las carreteras como “la cosa más inesperada del mundo”.

Lo bueno de este estado de cosas es que las carreteras son una inagotable fuente de peripecias, aventuras y situaciones rayanas con lo absurdo. Se suceden sustos y sonrisas de forma constante y uno tiene la sensación de que cualquier vial indio es un ecosistema particular en el que se dan cita lo extraordinario y lo cotidiano. Un día cualquiera, en la carretera de Srinagar a Kyonon, nos encontramos con un tramo en obras. No tendría nada de especial encontrarse en una zona en reparación porque allí los inviernos son muy duros y cualquier carretera está sometida a reparación constante. Lo particular de esta es que tenían que realizar una serie de voladuras. Y allí estaban un par de indios colocando cartuchos de explosivos mientras motos, coches y autobuses de pasajeros pasaban a su lado con indiferencia. ¿Medidas de seguridad? Bueno, se supone que los usuarios ya han visto que la carretera está en obras en su mayor parte así que no hacen falta más avisos. Aquí el conductor viaja por su cuenta y riesgo y cada persona es responsable de sus actos.

Explosivos

Explosivos al lado de la carretera

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Operarios trajinando con la Goma2

En lugares más poblados que las carreteras de los Himalayas la cosa cambia. En el Rajastán, por ejemplo, ya no tienes que estar tan pendiente de los precipicios, los convoyes militares, los camiones y las carreteras destartaladas. Aquí se unen a los placeres cotidianos las vacas, los cebús, los carros de camellos, los búfalos, las personas y en general, todo lo que te puedas imaginar. Has de estar preparado para una conducción creativa y con todos los sentidos atentos a tráfico.

Pero, como siempre, lo más importante es divertirse.

Conduciendo en Rajastán

Te daba una hostia…

Old Delhi

Doblar una esquina en las calles de Delhi es la antesala de cualquier sorpresa, es la puerta a un universo distinto al conocido, un mundo que solo resulta irreal a los ojos de los que vivimos en occidente. Es una realidad palpable y pesada en la que viven millones de seres humanos, tantos que son mayoría.

Una vaca, un perro dormitando, un vendedor de cualquier cosa, un sikj de turbante impecable, un buscavidas… No resulta sencillo buscarse la vida en esta ciudad enorme cuando los recursos de que dispones son escasos y miles de personas se los disputan. Clasificar la basura separando la comida entre un olor nauseabundo o intentar sacarle unas rupias a un turista incauto puede ser una opción tan buena como otra cualquiera cuando todo tu capital es menos que nada.

Cuando, al doblar una esquina entre un río de gente, me encontré con el vendedor ambulante, me fundí contra una de las columnas del soportal para franquearle el paso. Era un hombre pequeño y sudoroso, empapado en una pátina pegajosa con más solera que la mía. Llevaba sobre la cabeza una bandeja enorme con algún tipo de chuchería que no logré identificar, sobre hojas de periódico. Colgando del brazo, un taburete metálico que, supongo, sería el soporte de su precario tenderete. Caminaba con prisa y con la mirada ida que confiere la premura por vivir. Josín, que abría la marcha de nuestro pequeño grupo de turistas desenfadados, consiguió esquivarlo a duras penas y yo, que marchaba tras él, confié en que el estar pegado a la columna sería suficiente para no desequilibrar al pequeño empresario. Me resultó sorprendente que el hombre se abalanzase sobre mi. Así, si más, como quien se tira, en su desesperación, a las vías del tren. El taburete metálico rozó mi brazo con fuerza y la bandeja salió disparada de su cabeza para caer con estrépito en el mugriento suelo de Delhi. Vi como las hojas de periódico tapizaban la calle mezclándose con la basura y los lapos rojos del paan, un preparado psicoactivo muy popular a base de betel, nuez de areca y tabaco.

Después del tropezón, que no tenía nada de fortuíto, el hombrecillo intentó pararnos pero a un español no se le puede enseñar picaresca así que continuamos nuestro paseo.

“No, no, no” decía con cara de enfado. Luego balbució algo en un inglés macarrónico que no conseguí entender pero capté el mensaje: “me has tirado la bandeja y me la tienes que pagar”. De pronto la discusión comenzó a subir de tono mientras los viandantes observaban, curiosos, las evoluciones de un pequeño vendedor y varios turistas de considerable tamaño y cara de mala leche. A decir verdad el pequeño vendedor le echó arredros al asunto porque, exceptuando mi estatura contenida, tanto Ricard, como Daniel o Miguel, son personajes de envergadura. Josín no es que sea muy grande pero su espalda y sus brazos aconsejan no buscarse problemas con él.

En un momento dado me agarró el brazo  con la intención de impedirme avanzar y, en mi inglés más perfecto, me salió un “don´t touch me, me cago en tu puta madre!” Mientras me zafaba de su débil presa.

Nuestras amenazas de llamar a la policía no parecían surtir efecto así que, seguimos caminando mientras yo iba rezongando imprecaciones y Josín imponía la calma. Nos metimos en un kebap, seguidos de cerca por nuestro perseguidor y los camareros lo sacaron con modos expeditivos. Aún volvió a entrar una vez más en busca de su compensación económica al cabo de un rato pero, supongo que sopesó sus posibilidades y al final, desistió de una empresa que al único sitio que lo iba a llevar era a obtener un par de sopapos.

Suelo ser bastante respetuoso con todo el mundo perdiendo incluso mis derechos aunque la razón me asista, pero que me intenten estafar de una manera tan burda es superior a mis fuerzas. Comprendo que sacarle los cuartos al turista forma parte de la picaresca en cualquier parte del mundo, que la vida es muy dura para mucha gente y que puede hasta resultar lícito quitarle al que tiene más. Hasta disculpo su comportamiento pero pocas veces he sentido unas ganas tan grandes de soltar un par de hostias.

Tocar en lo más alto


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En Leh el aire tiene un olor raro, como a nada. Siempre había leído eso del “aire enrarecido” pero no fue hasta llegar a los 3400 metros de altitud cuando comprendí la expresión en toda su magnitud. En toda su cansada magnitud. Ya habíamos tomado nuestra dosis diaria de Diamox pero el “mal de altura” comenzaba a hacer sus efectos. Conozco personas que tienen el mal de altura de forma permanente,  ese mal de los que se creen grandes, de los que se creen eternos y destinados a perdurar en nuestras frágiles memorias, pero es otro mal del que hablo. Este te deja abatido, cansado, sin energía. El cuerpo siente que se está muriendo y te prepara para que lo hagas de forma digna, es decir, muriéndote bien muerto. He de decir que no me tocó lo peor, a Alex su médico alemán, aprendiz con Menguele supongo, le recetó un medicamento distinto y su estancia por las alturas fue un suplicio. Tuvo sin embargo, a pesar de sus múltiples males, fuerza suficiente para ayudar a los más desfavorecidos del valle. Siempre te llegan lecciones de quien menos te lo esperas.
Leh es un híbrido entre poblachón polvoriento y ciudad destartalada. Uno no sabe si está a medio construir o si la han dejado así, en precario, por si algún día había dinero para asfaltar, soterrar cables o solventar cualquiera de las múltiples carencias en materia de la “cosa pública”. En realidad no echaba nada de menos pero me faltaba todo.
Las mañanas me las pasaba bastante activo, con ganas de moverme y con cierto ímpetu pero al caer la tarde el mundo se me venía encima como un barro pegajoso que te impide avanzar. “Es el periodo de aclimatación a la altitud”, me decían. Pero yo sentía algo muy distinto. Notaba como la fuerza me abandonaba, como me fatigaba al subir escaleras y como, al fin, mi cuerpo decidía disociarse de mis pensamientos y abandonarme a una, más que segura, muerte atroz y espantosa. A esto había que sumar las pesadillas, las taquicardias y los dolores de cabeza. Mi hora no podía estar muy lejana.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo a base de Diamox e ibuprofeno y la energía regresaba a mi por oleadas. Pero no olas de esas violentas y enormes, que va. Eran más bien olas que rompen en una playa plana, que llegan a la orilla con la timidez de quien suplica un amor con un hilillo de voz. “Quiéreme, quiéreme-. Le decía yo a mi cuerpo. Y él respondía con una risa de niña tonta dándome un poco más de cuerda. Cómo llegué a odiar esa sensación. Las dos, la de la adolescente del “solo un poquito” y la de mi cuerpo comportándose como una otaku de risita histérica.
Las Royal Enfield formaban parte de la cura. Y de la locura. Conducir entre piedras, baches, vacas y cascotes mantenían mis sentidos en prealerta. La conducción de los indios en alarma. Y la conjunción de todo ello en alarma extrema. Y cuando uno cree acostumbrarse a todo… se acostumbra a todo. Me inundó una falsa confianza y creí que algún gen indio me había sido conferido por la gracia de Krisna. Bastaron, sin embargo, un par de sustos para volver a la realidad y darme cuenta de que me llevan años luz de experiencia. Los indios son buenos conductores. Pueden ser suicidas, alocados, imprudentes o despreciar tu vida pero tienen unos reflejos de leopardo de las nieves.

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No era mi primera vez con una Enfield. Esta dama antigua y yo ya habíamos tenido un primer contacto, unos preliminares que presagiaban buen entendimiento. Es una moto suave, sin reacciones bruscas porque sus poco más de 34 cv no dan para grandes dispendios. Es la potencia justa para poder conservar el resto de la máquina sin comprometer ni al chasis ni al freno de tambor.
Había días en que me sentía un pionero en ella, un émulo de Albert Tichy recorriendo los Himalayas. Él lo hizo sobre una Puch fabricada en Austria en los años treinta y yo lo hacía sobre una moto autóctona y emblemática, toda una señora Royal Enfield. Tenología inglesa del siglo pasado al servicio de la India moderna del siglo XXI. Sin apenas cambios, sin perder un ápice de autenticidad, sin haber dejado su espíritu vendido y con el orgullo que confiere ser una de las marcas más antiguas del mundo.
De camino al gompa (monasterio budista) de Stakna comencé a sopesar la idea de adquirir una de estas motos cuando la vStrom diga que no puede más. Una verde militar, con dos asientos independientes y un empaque digno de un sargento ghurka.
De todas las motos escogí la más ajada, la que tenía el tanque abollado y el depósito del líquido de frenos rascado. El patito feo resultó ser una de las motos más ruidosas. Su motor monocilíndrico atronaba cada vez que retenía y los acelerones resonaban por todo el valle de Lamayuri.
De Lamayuri bajamos por la carretera vieja, un vial retorcido por el que ya nadie transita. Y desde allí vi el mundo. Una porción de mundo enorme y montañosa por la que serpenteaba una carreterilla estrecha e insignificante. Los tonos ocres y pardos lo dominan todo en los inhóspitos Himalayas. Son montañas que se desmoronan, que se hacen cada vez más pequeñas a fuerza de erosión y a causa del tesón cierto de la eternidad. Nada queda, nada permanece. Ni siquiera aquellas moles pétreas están destinadas a mantenerse incólumes. Y a la vez, todo permanece. Es la rueda de la vida, la rueda del tiempo y el ciclo sempiterno de lo que sucede una y otra vez. Caerán estas montañas para colmatar valles y mares pero vendrán otras a ocupar su lugar.
Me sentí pequeño e insignificante mirando aquellas montañas gigantescas. Es probable que no necesitase venir hasta el valle de Ladak, ni a Cachemira para meditar sobre la insignificancia del ser humano y la pequeñez de cada cosa que nos ocupa pero supongo que cualquier sitio es bueno para llenarse de absurdos pensamientos de elevada pretensión.

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El mal de altura no era más que un recuerdo lejano de una vida pasada, síntomas arriconados en una estantería que ya no significaban lo mismo que unos días atrás. Ahora estaba pletórico, lleno de ganas y con las energías intactas para encarar el ascenso al puerto de montaña más alto del mundo. La carretera comienza retorcida y con asfalto malo, lo cual había dejado de ser una novedad a aquellas alturas del viaje, y los últimos ocho kilómetros son de tierra y piedras, de baches y prominencias, de polvo y de cansancio. El aire es cada vez más liviano y los movimientos se hacen más lentos y pesados. Se descoordina el habla y pensamiento por momentos y la falta de oxígeno produce un efecto mareante. Aún así saqué la gaita e intenté tocar una muñeira. O lo que saliera. El resultado fue desastroso, tanto desde el punto de vista artístico como desde cualquier otro. El instrumento creaba expectación así que varios indios se disponían a grabar con sus teléfonos móviles. Hinché el fuelle y… no salió nada. Ni una nota identificable, ni un aullido quejumbroso, nada. Ante la posibilidad de que, a pesar de haber creado tanta expectación, aquello no sonase, comencé a ponerme un poco nervioso. Segundo intento. Ahora sí. Un aullido infernal seguido de varias notas exentas de musicalidad se arrastraron por la carretera de piedras y tierra, arrojándose, avergonzadas, por el precipicio insondable de la ignomina. Ya no podía parar. Tenía que salir algo identificable como fuera. No soy un buen gaitero ni lo seré nunca, lo tengo asumido, pero soy capaz de tocar la Muñeira de Grandas de modo tal que cualquiera que conozca la melodía la pueda identificar. Mis desesperados intentos por hacer una representación digna se toparon con la tozudez sólida de la presión atmosférica y la falta de oxígeno. De aquello no se podía sacar nada.
Cuando el público asistente comenzó a hacer mutis por el foro (no silbaron porque les faltaba el aire) comprendí que aquel patético espectáculo no debía continuar así que desmonté la gaita, la guardé en su funda y me fundí con los presentes en un desesperado intento por pasar desapercibido. Aún así, pocos gaiteros han llegado tan alto tocando la gaita.

Volando al Himalaya

imageDespués de dormir cuatro horas j llegó la hora de volar desde Delhi a Leh y comenzar la ruta organizada por los Himalayas. Viajamos con Rakatanga, la empresa de Raúl Sanz. A Raúl lo conocí hace unos años en una charla en Asturias. Me gustó su desparpajo desenfadado y su forma de contar el tour que organizaba por India. Luego vinieron varias entrevistas para el podcast, charlas con algunas personas que habían viajado con el y al final llegamos a la conclusión de que nos caíamos bien.
Llegar a subirse en un avión en el aeropuerto internacional de Delhi puede resultar un poco pesado para algunas personas. Yo soy una de ellas. Soldados armados a la puerta te piden el pasaporte para acceder a las instalaciones pero conviene no guardarlo en un lugar poco accesible porque habrá que mostrarlo algunas veces más. Luego vinieron los cacheos, no tan superficiales como sería deseable, y el registro de pertenencias. A mi me quitaron tres mecheros, olisquearon mi tabaco y examinaron con detenimiento mis cachivaches electrónicos que no son más que un móvil, un teclado, un cargador y un power bank de los chinos que cumple con su función a duras penas. Cuando por fin me vi libre de militares, policías de aduanas, policías de la sagrada nación y demás personas uniformadas pertenecientes a la sacrosanta casta armada, me dormí sobrevolando los Himalayas, vencido por el sueño, el cansancio y las experiencias adquiridas, que iban pesando y llenado huecos en las estanterías de mi cabeza. Sí, organizo mis recuerdos en estanterías desde hace años, es la única forma de tener cada cosa en su sitio y conservar una cierta estanqueidad moral. Lo que en una balda es perfectamente legal puede que no lo sea en la de arriba y, por contra, lo que en la de abajo es moralmente aceptable puede que sea una abominación cuatro o cinco pasillos más allá. De este modo puedo sobrevivir a mis contradicciones. El secreto son los compartimentos estancos. Al fondo de todas las estanterías hay una luz muy brillante que arroja sombras inciertas a este lado pero casi nunca me acerco a ella. Lo malo es que va creciendo cada vez más y temo que un día lo inunde todo con su blancura que por ser tan blanca no se distingue de la oscuridad. Porque para que haya luz tiene que haber oscuridad y viceversa, la una no puede existir sin la otra, como mis estanterías estancas.

 

Boda en Delhi

imageCargados de emoción y descubriendo este nuevo mundo que se abría para nosotros nos internamos en el Barrio Circular, unas cuantas calles que se disponen en círculos concéntricos. Mientras decidíamos si comer un kebap, una hamburguesa o la picante comida india, nuestra particular singladura recaló en un restaurante bastante pijo. Nos recibieron varios camereros, maitres y operarios pulcramente uniformados que, en vista de que nuestra intención era dedicarnos al aperitivo, nos encaminaron al bar del segundo piso. Allí, a las tres de la tarde, sin comer y con ansia de llenar nuestras almas con experiencias nuevas, nos dedicamos a bailar con la estridente música electrónica y a tomar cerveza. Yo me decanté por una sangría, con la esperanza de no tener que abonar una cantidad astronómica por un vino caliente y mediocre. Soporto bien el vino malo, no le hago ascos a los diversos derivados alcohólicos de la uva, -exceptuando la abominación del vino francés con sabor a naranja, habría que colgar de los pulgares a quien ideó semejante brebaje- pero un vino malo y caliente es más de lo que mis delicadas papilas pueden soportar como primera opción. La sangría resultó una delicatessen de factura exquisita, mucho mejor que la que ofrecen en muchos chiringuitos playeros del solar patrio. No llegamos a hacernos una foto con el novio porque el tiempo se nos iba de las manos y la situación podía correr el mismo riesgo.

El barrio de las motos

Emerger del lecho con dosis elevada de resaca es un acto de fe se mire como se mire. Quizá, hacerlo en una ciudad como Delhi, tenga un plus de penitencia.
Raúl, que es quien organizaba nuestro viaje con indiaenmoto.com conoce todo esto como la palma de la mano y sin duda alguna, sabe moverse con soltura por estos barrios. Esa mañana íbamos a visitar Karol Bag, el “barrio de las motos”, un apelativo que sin duda alguna se quedaba corto porque aquello era como la ciudad del motor en versión india.
imageMoverse por callejuelas estrechas atestadas de Royal Enfield, de motos chinas o de otras de inclasificable factura, tiene algo especial. El olor a curry, a cúrcuma y a mugre quedaba eclipsado por el de la gasolina y el aceite viejo. Los talleres, en su mayoría, son habitáculos diminutos bañados por la penumbra. Algunos, bastantes, tienen la pátina grasienta y oscura que los identifica como reductos de autenticidad. Y en todos hay, por lo menos, media docena de operarios afanados en reparar motos con medios bastante precarios. Es un monumento a lo pragmático y al sacar el máximo partido a cada componente. Me quedé un rato observando el cambio de rodamientos en una Enfield y me alegré de que no fuese mía: martillo y punzón con un estrépito que helaría los huesos a un mecánico de BMW. Pero todo vuelve a funcionar y este país atestado de gente, fluye como la vida misma.
Al volver a Paharganj, volvimos a recorrer sus calles llenas de actividad, pasando inadvertidos a la mayoría de sus habitantes. Había leído en varias ocasiones que los indios son verdaderamente pesados y curiosos, que no te los quitas de encima y que resultan muy molestos. No encontré nada de eso. A cambio me resultaron, en general, muy solícitos y sonrientes. Resultaron un poco más insistentes los cambistas y los vendedores de hachis y marihuana que, curiosamente, también se suponía que era muy difícil de conseguir en India.
Inciso para canallas
No entiendo muy bien esa manía que tienen algunos bloggers de esconder cierto tipo de información que puede resultar políticamente incorrecta. En una ciudad como Delih puedes conseguir todo lo que te propongas. A mi me ofrecieron hachis y marihuana a las primeras de cambio (que rechacé con la amabilidad que me caracteriza) pero también es sencillo tomarse unos copazos aunque, según lo que prefieras, puede estar mejor o peor preparado. Por ejemplo, mis vodka con naranja tenían un sabor extraño, quizá porque el Kas no se lleva por estos lares, hasta que conseguí que me los preparasen con zumo natural. Luego me pasé al wisky con Sprite y la cosa mejoró ostensiblemente.
Si llevas suficientes rupias en el bolso estoy seguro de que puedes conseguir todo lo que necesites sin grandes esfuerzos.
Fin del inciso

Por la tarde el calor no disminuía y salir a la calle suponía un baño de sudor. No nos importaba. Estábamos sumidos en un mundo nuevo, en una cultura que nos era extraña y emocionante a partes iguales.

Sueños en Delhi

Llegar a Delih es una colección de tópicos. Una vaharada de calor húmedo, un mezcla de turbantes, pañuelos y saris, unos olores extrañamente inusuales que se te meten hasta lo más hondo y que no te abandonan hasta el día que dejas la ciudad.Todo allí me fascinaba, incluso el caos del tráfico loco que, regido por algún extraño designio, llega a autorregularse de un modo bastante eficaz. Hay accidentes, claro. De hecho India es el segundo país del mundo en accidentes de tráfico. Por fortuna para los estadísticos de estado un gran número de incidentes no se contabilizan y la cosa se solventa entre los particulares, sin la mediación de un seguro que, a la hora de la verdad, no sirve para nada.

Josín, Dani, Ricard, Miguel, Raúl y yo, nos alojábamos en el India Internacional, un hotel de bajo precio y bastante aceptable para los estándares de calidad que se manejan en el barrio de Paharganj. Llegamos alrededor de las doce de la noche, después de haber conocido la conducción nocturna por la ciudad que, en teoría, resulta más tranquila. A esas horas Pahargang duerme. Y no es una figura retórica, el barrio duerme de forma literal. Los más afortunados en su cama de hotel o en su casa con techo de chapa. Los que cargan con el peso de pertenecer a una casta inferior lo hacen donde pueden y a tenor de a despreocupación con la que descansan, parece que cualquier sitio es bueno: el tuk-tuk que se pone a funcionar al amanecer, el ricksaw de tracción humana, el puesto de venta de chucherías, la panadería al aire libre… Todo está lleno de gente dormitando bajo un calor húmedo que embota los sentidos y un olor que los agudiza. Un grupo de perros husmea entre la basura, una vaca pasa despreocupada y unos ladridos se oyen al fondo de la calle. En esta oscuridad mortecina todo tiene cabida y todos pasamos desapercibidos. Menos a los ojos de Krishna, que se empeña en que unos pasen más desapercibidos que otros y sean nadie entre los millones de nadie del mundo. La frase “vivir en la calle” toma un nuevo significado y desde luego, se aleja mucho de lo que nos decía mi madre cuando estábamos todo el santo día relacionándonos con nuestros semejantes en la rue. Aquí, vivir en la calle tiene un sentido atroz por lo real, una dimensión que no admite demasiados matices: trabajas en la calle, comes en la calle, vives en la calle.

La luz de la mañana no pilló desprevenidos a los cuerpos de color bronce, que duermen un sueño cargado de ligereza. Otro día de acarrear personas de un lado a otro, de vender chucherías o de hacer vaya usted a saber qué para poder sobrevivir.

para nosotros, ávidos de vida nueva y con buenas rupias en el bolsillo, el día se presentaba lleno de sorpresas porque India entera es una sorpresa a los ojos del que la mira por primera vez. Tanto que aprender, tanto que aprehender, tantas historias en cada paso, no pueden sino emocionar y embotarte los sentidos hasta no saber si estás soñando o si todas esas personas con las que te cruzas, pertenecéis al mismo planeta, pisáis el mismo suelo y estáis hechos de la misma materia. Quiero tocarlos, olerlos, escuchar sus historias, saber qué piensan, conocer en qué se van a reencarnar, averiguar a qué dios le rezan… Necesito saberlo. Necesito emborracharme de esta multiculturalidad descarnada que me tiene asombrado.

Al final de la noche, en un bar chic de la ciudad, conseguí el objetivo, pero solo a medias.

La venganza de Vishnú

Me paso la mayor parte del año sin incidencias de salud reseñables. Quizá algún que otro malestar los sábados por la mañana debido a excesos imprescindibles la noche del viernes pero, en general, nada que no se cure con un poco de automisericordia e ibuprofeno. Ni me siento orgulloso ni dejo de estarlo, son cosas de la vida esto de los malestares pasajeros y cosas del carácter, esto de tropezar una y otra vez en la misma piedra. Así que, hace unos días, cuando me vi poniendo vacunas en en centro médico, me parecía estar asistiendo a una ceremonia dawut, a algún tipo de ritual mágico antes de un viaje iniciático. Allí estaba yo, con los ojos entrecerrados y ánimo nervioso, esperando a que Encarna, la ATS, me administrase una punzada cercana a lo letal que me llenaría de dolor y angustia. No hubo nada de eso. Un par de pinchazos muy soportables y me convertí en inmune a las fiebres tifoideas, a la hepatitis A y, de propina, a la B.

Salí de la consulta con una gran sensación de omnipotencia, superior a cualquier mal y dispuesto a pasearme por India ajeno a cualquier enfermedad, virus, bacteria o miasma conocida. Entre eso y el estado de calma general en que me encuentro en las últimas semanas, parecía que el orbe entero estaba a mi disposición. Pero cómo pueden cambiar las cosas en apenas unas horas… De ser el rey del mambo y estar preparando el equipaje para un mes en la India, he pasado a perder el favor de los dioses y, a menos de 24 horas de salir, los males me acogotan en conjunto.

Ayer, martes de gaita y desenfreno, hubo excesos, como siempre. Hoy me duele la cabeza. Eso no sería nada si no fuera porque además tengo un espantoso dolor de garganta y en coalición perniciosa, una crisis hemorroidal que me impide el normal desarrollo de la vida. ¿Cómo- inquiero- voy a hacer mañana 500 km en moto hasta el aeropuerto de Bilbao? ¿Tendré que ir sentado de lado?

El día antes de partir en busca de la espiritualidad al país de la espiritualidad, Vishnú se ceba en lo más pudendo de mí regalándome incomodidades inconfesables y molestias vergonzantes.

En otro orden de cosas, el equipaje está casi listo: cuatro camisetas, dos pantalones, unas chanclas y una rebequita por si refresca. En el apartado tecnológico, el smartphone, la cámara de fotos y un teclado inalámbrico. Eso es todo. Ni GPS, ni GoPro, ni laptop, ni cacharrería variopinta. Vamos, que no me da ni para hacer un artículo tipo “las cosas imprescindibles que llevamos los viajeros-de-la-hostia”

India, aunque sea con paso renqueante y alma de dubitativo sedente, allá voy!

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