Mauritania 2009

1. Erotismo en Curva

 

Grandas- Plasencia 570 km


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Erotismo en Curva

 

Como no podía ser de otra manera, al final llegó el día de salir con destino a Mauritania de modo que, un viernes por la tarde, con agradable temperatura, me estaba encaminando hacia la N-VI, dando saltos entre los baches de la carretera de Fonsagrada.

No había nervios, ni dudas, ni esa zozobra tan peculiar que se apodera de uno cuando parte hacia un destino un tanto incierto. A cambio, me inundaba una gran tranquilidad y, como me gusta decir tantas veces, la ruta “fluía” con parsimonia en aquella tarde primaveral.

 

No tardé en llegar a “mi curva”, esa sobre la que escribo en algunas ocasiones. Está en la carretera de Fonsagrada a Lugo y, desde hace mucho tiempo, me tiene hipnotizado. Ese día, con la moto cargada, no tenía muchas esperanzas de negociarla con elegancia pero al llegar y encarar la rueda delantera me acogió con la pasión tierna de una novia primeriza. Con la moto inclinada y rodando con suavidad el tiempo pareció detenerse y el sonido del viento silenciarse. Sentí la caricia de la curva, el tacto aterciopelado de una trazada perfecta y el vello de la nuca y los brazos se me erizó. Creo que, en ese momento, hubiese podido cerrar los ojos y continuar en un bucle infinito. Al igual que cuando comes un bocado delicioso, al encarar la contracurva, exhalé un suspiro acompañado de un “mmmm” que tenía un no se qué de erotismo. Las curvas perfectas existen y esta es la mía, sin lugar a dudas.

 

Había quedado con Molina en las cercanías de Benavente y hacia allí me dirigí entre el escaso tráfico de la N-VI y el frescor de una tarde primaveral. Al llegar a Barcial del Barco, ya metido de lleno en la Ruta de la Plata me detuve a esperar a Molina, que venía con tres cuartos de hora de retraso. Allí, sentado en la terraza de un anodino bar de pueblo, castellano donde los haya, me dediqué a aguantar con estoicismo la vociferante algarabía de los parroquianos que jugaban a subastado. Cuatro jugando y siete mirando se convierten en una tropa lo suficientemente ruidosa para poner nervioso a cualquiera.

Molina hace su aparición, escoltado por dos amigos que nos despiden mientras ponemos rumbo al sur, rumbo a las ignotas tierras mauritanas. Estos días están en plena campaña electoral por allí, y yo espero que no tengamos ningún problema con la convulsa situación política.

La primera parada la hacemos en Guijuelo donde el hermano de Molina corría con la organización del Campeonato de España de Rallye de Tierra. Allí rebasamos los controles de la policía local con nuestras motos como si fuéramos parte de la organización y nos colocamos al lado del podium de salida ante la atónita mirada de los cientos de espectadores. Cuando llegó el hermano de Molina rematamos nuestra actuación sacándonos unas fotos bajo la pancarta de salida mientras el público nos miraba con extrañeza.

Rallye de Guijuelo

Rallye de Guijuelo

Dejamos Guijuelo y el rally y seguimos, siempre en dirección sur, hasta que me percaté de que Molina ya no me seguía. Se había desviado hacia Béjar para repostar. Primeros momentos de duda que enseguida se solucionan con una llamada telefónica.

Van sucediéndose los kilómetros con buen ritmo, incluso cuando me equivoqué y atravesamos Salamanca por el centro de la ciudad. La idea era llegar a Mérida y salir por allí a tomar algo pero, conforme iba cayendo la tarde nuestro objetivo del día iba diluyéndose con la puesta de sol. Habríamos de conformarnos con llegar a Plasencia junto con las primeras gotas de agua del viaje. Yo no llevaba traje de aguas. Me parecía un auténtico despropósito ir hacia el desierto llevando tamaña impedimenta y un contrasentido de mal augurio así que, de milagro llevaba los forros de abrigo de la ropa de cordura.

En Plasencia nos tomamos unos vinos por el centro mientras íbamos conociéndonos un poco más. Hasta la fecha Molina y yo solo nos habíamos visto en dos ocasiones, la primera apenas media hora para corroborar que el proyecto iba en serio y establecer, un poco por alto, la ruta a seguir. Nada más. Creo que ambos sabíamos que no iba a haber problemas entre nosotros en todo el viaje pues congeniamos bien desde el principio y, conforme ibamos avanzando en estos primeros compases, las coincidencias en el carácter y en lo canallas, nos auguraban un buen feeling.

Así las cosas nos fuimos a dormir a un hostal con el enorme deseo de llegar a Marruecos cuanto antes y atravesar luego el Sáhara Occidental en direccion a Mauritania.

14. Tangerine Dream

Cuando me levanté, a primera hora, mis intestinos aún seguían revueltos pero, para mi tranquilidad, lo peor parecía haber pasado. Al menos esa esperanza tenía a esa hora de la mañana…

Contento por abandonar el tugurio que nos había servido de hogar esa noche inicié el día con ánimos renovados aún a pesar de lo precario de mi salud. Como cada día dedicamos un rato a la manutención de las motos, un engrase de cadena y una revisión a fondo de todo lo visible.

En poco tiempo habíamos abandonado las caóticas calles de Meknes y rodábamos en dirección norte, camino de Tánger en lo que iba a ser nuestro último día en Marruecos.

La carretera, con piso irregular y con tramos en mal estado, discurría por paisajes agradables. Jalonaban la vía gran cantidad de olivos, pitas, adelfas… entre curvas suaves y dulces de tomar. Íbamos tranquilos, rodando a baja velocidad y disfrutando de lo que tiene de melancólico terminar el viaje con todas las connotaciones que el regreso conlleva.

A pocos kilómetros de Meknes pasamos por Volúbilis. Era un lugar que me sonaba mucho pero no acababa de saber de qué. Tenía reminiscencias romanas pero yo no terminaba de saber de qué conocía el topónimo. Mientras desayunábamos, un zumo y unas pastas en un restaurante de carretera, se me hizo la luz. En alguna ocasión había leído algo sobre la ciudad romana de Volúbilis, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del norte de África. Por fin la suscripción a National Geografic tenía su aplicación práctica. El restaurante, a pesar de disponer de un vistoso cartel que rezaba “bienvenus aux motards”, no nos hizo ningún descuento así que supuse que los moteros éramos bienvenidos pero no recibíamos ningún trato especial. Es decir, bienvenidos los moteros, los camioneros, los taxistas y todo aquel que traiga algún dirham o cualquier otra remuneración dineraria. Pagamos lo que nos pidió la aburrida chica que se encargaba del local y deshicimos camino para tomar la pista que nos llevaría al yacimiento.

Nada más flanquear la entrada, previo pago de la misma, una horda de guías se nos abalanzó para ofrecernos sus servicios. Con una amplia y displicente sonrisa me los quité de encima a todos menos uno que, por todos los medios, intentaba sacarnos diez o veinte euros por acompañarnos por las más de veinte hectáreas de la ciudad romana. Viendo que no podía hacer nada con nosotros, que éramos gente inculta con escaso interés por la romanización en el magreb, nos dejó por imposibles.

Luego, paseando entre el templo de Juno, el Ágora, los mosaicos, el Ara… sí eché de menos un guía y lo solucioné acercándome a un grupo de turistas italianos con más interés por la cultura que nosotros. También entablé conversación con otro guía que, desocupado, haraganeaba por los alrededores del Templo de Venus tomando el sol que ya comenzaba a tornar un poco más agradable la mañana.

En general las ruinas de la ciudad reflejan un tremendo abandono y no me refiero al sufrido en el siglo VIII sino al escaso interés con que la administración marroquí trata este enclave. Matorrales y malas hierbas se disputan el espacio con mosaicos y viviendas romanas con dispar resultado en la pugna dependiendo del lugar por el que nos deslacemos.

Abandonamos este importante enclave romano y continuamos hacia Chefchaouen a donde, si nos dábamos prisa, podríamos llegar a la hora de comer. Yo tenía interés por enseñarle a Carlos esta curiosa ciudad con sus callejuelas y casas pintadas en blanco y azul que tanto me había gustado en mi anterior visita. Llegamos a Chefchaouen a las tres de la tarde, después de haber disfrutado de un agradable viaje por el Rift, el mayor centro de producción de hachis del mundo. Las montañas nos recibieron con sus mejores galas verdes, ya vestidas de plena primavera desde hacía algunas semanas y, de nuevo, nos vimos envueltos en una fiesta de curvas y paisajes hermosos con tráfico escaso y asfalto en estado más que aceptable, óptimo en algunos tramos.

Tetouan

Paseamos por Chefchaouen y decidimos comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, con vistas a la plaza: Casa Aladín. Yo tenía hambre atrasada a causa de los acontecimientos que se estaban librando en mi interior y deseaba comer algo caliente y que estuviera fuera de toda sospecha. Las tabletas de Fortasec iban haciendo su efecto y ya me sentía con fuerzas para comer cualquier cosa.

Después del buen yantar recorrimos toda la parte alta disfrutando a cada paso de los hermosos rincones de esta pequeña ciudad de cuarenta mil habitantes. Chaouen es, definitivamente un lugar especial y una de las ciudades que más me gusta de todas que he visitado. Es tan distinta a todo lo conocido, tan peculiar, tan… azul.

A media tarde salimos de la ciudad para bajar la cordillera del Rift en dirección a Tánger donde pensábamos hacer noche. La salida de Chefchaouen es una sucesión de curvas con buen firme y limitadas a cuarenta por hora. Ante la ausencia de vehículos y el buen estado de la carretera bajábamos un poco pasados de velocidad y la policía se encargó de afearnos nuestro comportamiento con gestos desde el arcén. De nuevo, dando la nota.

Ya en Tánger nos encontramos, en el paseo marítimo mientras buscábamos un hotel, a un chico que se ofreció a acompañarnos a uno bueno y barato. Así que, una vez más, me vi paseando a otro marroquí sin casco por las calles de una ciudad. Ya había perdido la cuenta de los servicios de transporte realizados. El chico, del que no recuerdo el nombre y al que llamaré, por analogía de sus congéneres, Mohamed, nos dijo que vivía en la calle, que no tenía dónde quedarse. Su aspecto no era el de alguien que viviera en la calle, la verdad, así limpio, peinado y bien vestido según estaba. Nos acompañó al hotel, un edificio recién rehabilitado con habitaciones limpias, modernas y WIFI en el hall.

Mohamed, o como quiera que se llamase nos contó que estaba separado y su mujer estaba en España. Él, expulsado por no tener papeles, se resignaba a quedar en Tánger esperando la oportunidad de hacer no se sabe bien qué y añorando a su hijo de pocos meses. Abocado a vivir en la calle su futuro se vislumbraba cada vez más negro y las posibilidades de volver a España se esfumaban día a día, según sus palabras. La historia de Mohamed resultaba conmovedora y digna de lástima sobre todo cuando te la contaba con la mirada perdida y cara de resignación.

Luego se fue con Carlos en la moto para hablar con la policía del puerto pues mi compañero de viaje aún conservaba alguna esperanza de que alguien encontrase su cámara perdida en el Sáhara y se la entregase a los gendarmes.

Cuando regresaron, Carlos me contó que la policía se le había reído a la cara, literalmente se habían descojonado de risa cuando les sugirió la posibilidad de llamar al puesto de Tan-Tan para preguntar si alguien había encontrado la Canon Eos. Por única respuesta encontró la risotada del gendarme que le decía con sorna, “esto es Marruecos, no Europa”. Se veía venir.

Tánger

Tánger

Tánger

Mohamed le pidió dinero a Carlos mientras yo me acicalaba arriba, en la habitación y como la historia de aquel joven me había conmovido tanto, bajé también a darle algo de dinero, al menos para que pudiera cenar aquella noche. En lugar de insultarlo con una limosna le dije que se viniera con nosotros a cenar que lo invitaba en un buen restaurante occidental que conocía y luego nos tomaríamos unas copas. Ahí le cambió un poco la cara y, deshaciéndose en disculpas, me respondió que no, que no sería bien mirado en ese sitio y que prefería que le diera algo de dinero. Le di sólo tres euros porque Carlos ya le había dado siete en agradecimiento a los servicios prestados, y no le pareció suficiente. Volvió a hablarme de España, de su ex-mujer, de su hijo de meses y… y ya no aguanté más. Por fin desperté de aquella farsa y me di cuenta de que, como la mayoría de los buscavidas de Tánger, cada vez tienen unas mayores dotes para el teatro. Ese tío me estaba tomando el pelo.

Mi cara se tornó seria y supongo que comenzó a reflejar mi ira porque Mohamed, o como quiera que se llamase, no insistió mucho más en sus peticiones y se largó. Yo me quedé en la puerta del hotel con cara de tonto, sintiéndome engañado, una vez más, frustrado y de muy mala leche. Obviamente no por los tres euros que le había dado, que es lo de menos, sino por esa sensación amarga de cuando te sientes estafado.

Salimos a cenar a “El Cárabo”, un restaurante muy “chic” que hay en el paseo de la playa, barato, con buen vino marroquí y mejor comida. Charlamos con el dueño que, además de encargarse de la música en directo desgranando boleros y blues, realizó, en sus tiempos mozos, varios viajes por Europa en una Jawa.

Al salir nos dimos un paseo por la playa, agotando las últimas reservas de licor de marihuana y del polen comprado en Chefchaouen. Un marroquí muy delgado que escupía palabras como si tuviese una AK-47 en la boca, no dio la paliza un rato para vendernos un híbrido entre calzoncillo y traje de baño.

Reflexionamos sobre el viaje que ya tocaba a su fin y nos congratulamos de haber viajado juntos. A pesar de las diferencias de carácter no nos había ido mal del todo. Brindamos una vez más y nos fuimos al hotel.

 

Por la mañana, la ingesta alcohólica de la noche anterior hizo que Carlos, poco acostumbrado a lidiar en estas plazas, se levantase más tarde de lo habitual. Yo ya había empaquetado todo en las maletas y en pocos minutos estuve dispuesto para la marcha.

A las nueve menos cinco decidí no esperar más a mi compañero y nos despedimos porque el barco zarpaba a las nueve y aún tenía que rebasar los controles de pasaporte, billete y papeles varios con la burocracia marroquí. Nos dimos un apretón de manos y nos deseamos buen viaje. Carlos se quedaba amarrando la impedimenta, esta vez sin mi escrutadora mirada de por medio.

No podía permitirme perder este barco porque el siguiente saldría en dos horas y aún me quedaban muchos kilómetros para llegar a casa, más de mil. Por otra parte Carlos se iba a Granada y nuestra ruta no coincidía.

Sentado en el barco volví a tener la sensación de viajar solo y me gustó. Aún quedaban un par de días antes de llegar a casa, pero el viaje ya se había terminado. Solo restaba una parada en Alba de Tormes en un encuentro de “Grandes Viajeros” que organiza Jaime Leonú, uno de los más experimentados viajeros en moto de este país.

Y aún quedaría una multa por rebasar la línea DISCONTINUA en plena campaña de protección al motorista. Cosas veredes…

13. Adiós al Glamour


Ver Marruecos. Etapa 13 en un mapa más grande

A las cinco de la mañana, Mohamed, el camellero, me sacó de mi sueño con un presuroso “¡monsieur, monsieur!… le soleil”. Acurrucado entre las mugrientas mantas con olor a gatuno intenté prestar atención a sus palabras, pero los párpados volvían a caer ignorando donde estaba y a quien me hablaba. Él insistía en que debía levantarme, la salida del sol era casi un hecho y me la iba a perder.

Arrastrando los pies por la duna más cercana, entre las sombras del amanecer, maldije la hora en que se me ocurrió ir a presenciar la salida del sol en el desierto. Al fin y al cabo este es un hecho cotidiano y ya sé lo que es ver salir el sol en sus variantes más surtidas: noche de copas, noche de incendios, noche romántica, noche de viaje…

Al llegar a lo alto de la más baja de las dunas vi a nuestros compañeros de expedición repartidos entre la arena, encaramados a dunas que se me antojaban enormes a aquella intempestiva hora de la mañana. Ni por asomo se me pasó por la cabeza emular su comportamiento y me mantuve, impasible, a no más de cincuenta metros del campamento mientras el sol hacía su aparición por el sitio contrario donde se había ocultado la noche anterior.

Me senté cerca de Carlos después de saludar con un lacónico gruñido y fijé mi vista en el horizonte. Mientras el sol emergía detrás de la última duna mis tripas comenzaron a emitir breves, pero intensos, rugidos. Era el primer aviso de lo que se avecinaba.

Finalizado el espectáculo, de tonos rosas en pugna con el pardo de la arena, recogimos nuestros pertrechos y volvimos a acomodarnos sobre los dromedarios. Era algo que ninguno de nosotros deseaba pero la alternativa de volver caminando entre la inestable arena pareció no seducirnos a ninguno, amén del efecto “poco aventurero” que habría causado el descabalamiento de alguno de los integrantes de la expedición. Así que, armado de paciencia y compasión hacia mi mismo, me dispuse a darle otro par de horas de suplicio a mis ya depauperadas nalgas. Más que las nalgas molestaba especialmente la región del perineo, esa “tierra de nadie” que hay entre los testículos y el ano y que se veía especialmente martirizada por la terrible combinación de la espina dorsal del camélido y sus cadenciosos andares.

Durante el camino de vuelta mis tripas seguían lanzándome avisos sonoros combinados con generosos retortijones que hacían que, de vez en cuando, tuviera que llevarme la mano al bajo vientre.

Avistamos, al fin, el albergue y en cuanto mis pie tuvieron la fortuna de tocar el suelo sentí un enorme alivio al librarme de la tortura que aquella mala bestia me había inflingido. A paso ligero, sin entretenerme demasiado en dar los parabienes a Mohamed, me dirigí al cuarto de baño de la habitación y allí estuve, sentado en la taza del váter hasta que sentí que todos mis fluidos corporales habían sido evacuados. Recordé el ofrecimiento que los belgas me habían hecho la noche anterior que, alargándome una caja de pastillas me dijeron “ Tu veux? C´est por le malade du voyager”, (quieres, es para la enfermedad del viajero). Mi negativa tenía esa mañana sus consecuencias: malestar general, mareos y una tremenda cagalera que comenzaba a manifestarse de muy malas maneras.

Aún así, eso no me impidió desayunar unos bollos y un zumo de naranja.

Como cada día terminé de montar mi equipaje sobre la moto en pocos minutos y me entretuve mirando a Carlos mientras hacía lo propio. Apoyado en el cofre de la moto no le quitaba ojo y me hacía el enfadado para que se diese más prisa. El sol ya comenzaba a apretar con insistencia y lo mejor sería salir de aquel agujero cuanto antes.

Noté que Carlos se ponía nervioso pero, aún así, no rebajé la presión. Supe que no merecía recibir ese castigo, que no era necesario someterlo a la presión de una mirada acusadora, es un buen hombre, pero quería acelerarlo, quería que abandonase esos hábitos, quería, en fin, lo que es imposible, cambiar a una persona en un par de semanas. Antes de que me diese la risa me volví y dejé que terminase de atar su equipaje en intimidad. Al salir acordamos que, ya que estábamos de vuelta haríamos el camino un poco a nuestro aire. Si nos volvíamos a ver, bien, sino, también. Creo que a los dos nos apetecía volar un poco en solitario.

Antes de llegar a Er Rachidia me detuve en una gasolinera para que Carlos repostara. Me dijo que no necesitaba, que llevaba gasolina suficiente. Arqueé las cejas y volví a concentrarme en mi penoso estado de salud.

Atravesamos los palmerales del Ziz, una extensión enorme de palmeras que se agrupan en las riberas del río Ziz. Dicen que de aquí salen los dátiles con más calidad de Marruecos. Yo no disfrutaba del paisaje, solo pensaba en mis tripas, en el dolor de barriga y en los mareos que, cada cierto tiempo me asaltaban.

Paré a repostar y vi que Carlos seguía ruta así que supuse que aquello sería una especie de despedida. Imaginé que mis desplantes y reproches le habrían hecho mella y me mandaba al cuerno. Ahora volábamos solos.

Otra vez en la ruta adelanté a la XT como una exhalación y me dirigí hacia Meknes, una de las ciudades imperiales, atravesando los más variados paisajes, dentro de la poca variedad que hay en esta parte del país.Fui consciente de atravesar poblaciones en las que debería haber hecho una parada pero mi estado de ánimo me impedía hacer otra cosa que no fuese rodar. Hacer kilómetros de forma continua e intentar olvidar los retortijones que se cernían bajo mi ombligo. Al comenzar a subir las primeras rampas del Atlas ni siquiera los enormes bosques de cedros centenarios o los prados verdes y frescos de las altiplanicies llenaban mi espíritu de modo que no tuve más remedio que detenerme en un apartadero y volver a descargar mi acuoso interior. Al lado de la moto, con un poco de fiebre y tembloroso, extendí la chaqueta y me dispuse a dormir una reparadora siesta, aún a pesar de no haber comido. Me sentía exhausto, incapaz de seguir adelante sin tomar un descanso. Después de varias visitas a la encina del talud mi estado comenzó a mejorar y caí en un profundo sueño mientras algunos coches y camiones pasaban a mi lado.

Pasaron más de dos horas cuando Carlos hizo su aparición. Se había quedado sin gasolina unos treinta o cuarenta kilómetros atrás y tubo que movilizar a medio pueblo, taxista incluído, para conseguirle una garrafa. Me dio un ataque de risa y le dije que, por fin, tenía su aventura de la gasolina para contar a sus nietos. La cosa de la gasolina ya me parecía graciosa por la insistencia.

El creyó que me había enfadado por el asunto de la gasolinera o la tardanza en la partida.

Aún descasamos un rato más porque él también venía un poco tocado de salud ventral. La maldita harira, [sopa marroquí], que habíamos comido en el desierto nos dejó bien jodidos.

Después de un rato conseguimos continuar, juntos de nuevo, con ritmo lento hasta llegar al siguiente bosque de cedros, cerca de Azrou. Allí un par de vendedores pesadísimos intentaban colocarnos cualquier cosa de su mercancía mientras los monos nos observaban con indiferencia. Más abajo, en Azrou, nos detuvimos a tomar algo. Eran las cinco de la tarde y aún no habíamos probado bocado pero ni siquiera las chocolatinas que compramos me apetecían. Más bien al contrario pues tuve que volver a hacer uso del excusado. Para sorpresa mía el váter era tradicional marroquí, es decir, un agujero en el suelo, un grifo para llenar una exigua lata y nada más. Por supuesto ni papel higiénico ni nada similar. Ya se sabe que una vez metido en danza ya no hay marcha atrás de modo que, confundiéndome en los usos con la población local, mantuve mi higiene con los adminículos disponibles lo que me dejó el culo la mar de fresco. Usé la mano impura, por supuesto.

En Meknes, guiados por un aparcacoches que, cosa rara, no nos exigió propina, recalamos en el peor hotel de toda la ciudad y, con diferencia, el peor de cuantos haya pisado en mi vida. La sordidez del cubil, sin menoscabo para los cubiles, ya se presentía en la recepción, un portal descuidado y sucio que era la antesala de lo que encontramos en el segundo piso. Allí puertas y ventanas se repartían por la planta sin concierto aparente y sin que respondiesen, necesariamente, a un orden lógico.

La habitación, con dos camas, una mesa y su correspondiente lavabo, era, por lo menos, segura. O al menos eso podíamos colegir a tenor de los dos pestillos y cerradura de que disponía. Uno, al ver esto, no sabe si sentirse más o menos seguro, la verdad.

La seguridad de las motos, aparcadas a la puerta del chamizo, quedó a cargo del vigilante de la calle, un chico de unos veintipocos con espalda ancha y camiseta negra marcando pectorales. Cierto es que nos cobró más por la vigilancia, unos cinco euros por cada una, más de lo nos cobraban en el hotel por dormir una noche. Estas son las consecuencias que hay que pagar por tener más cariño al vehículo que a la propia integridad.

Medina de Meknes

Recorrimos parte de la medina alumbrados tan solo por la exigua iluminación nocturna y, mientras Carlos compraba algo para cenar en el hotel, yo fui a una barbería a que me afeitaran. Mi estómago y resto de tripaje aún no se habían compuesto y no me veía capaz de meter nada en el cuerpo, aún menos una ensalada o algo ligero como mi compañero sugería.

La barbería, un pequeño habitáculo cerca del hotel, tenía dos viejos sillones cromados, con rejilla y porcelana, tan iguales entre si como los que se podían encontrar en cualquier establecimiento similar en la España de hace treinta o cuarenta años. De nuevo me transporté, mientras negociaba precio marroquí para mi persona, a la barbería de mi pueblo cuando era crío. En aquel entonces no pude disfrutar de los cuidados de Mario el Barbero, por ser yo un púber imberbe, obviamente. En este viaje me estaba resarciendo de aquello y me retrotraía en el tiempo para sentir la navaja subiendo y bajando por mi gaznate.

Mi charla con el barbero hubo de ser truncada de forma abrupta a causa de mis necesidades fisiológicas. Un nuevo ataque de severidad anal acudió raudo y, de nuevo, me vi en el hotelucho en un típico aseo marroquí, solo que este era más pestilente y desconchado que ninguno que hubiera visto en el país.

Antes de acostarme olisqueé las sábanas de la cama como un perro en busca de rastros ajenos a mi humanidad mientras Carlos se partía de risa. Y los encontré en forma de pelos retorcidos y cabellos lacios que, definitivamente, no eran míos: yo aún no había estrenado semejante lecho. Volví a cerrar la cama y me instalé en mi saco de dormir.

Al lado, el palacio de Mohamed VI seguro que ofrecía mejor y más suntuoso hospedaje, al fin y al cabo dice la leyenda que siempre están preparados por si llega el monarca.

Medina de Meknes

Medina de Meknes

12. Escuchando el Silencio

Se dormía poco y mal aquella noche en el albergue. Un calor insoportable se cernía sobre el desierto y el aire acondicionado era un aparato inservible que, puesto a toda potencia, no conseguía más que elevar un poco los decibelios de la habitación. Amparado por la oscuridad me levanté y salí sigiloso mientras Carlos, ajeno al calor y al ruido del acondicionador de aire, dormía a pierna suelta.

Fuera, una ligera brisa atemperaba un poco el ambiente. Sentado en la escalera del albergue encendí uno de mis puritos árabes y aspiré una profunda bocanada. Tosí y, a un metro de distancia se oyé una especie de bufido cansino, un rezongue de alguien que intentaba conciliar el sueño al raso sobre una vieja colchoneta de espuma. Era Abdul que además de dormitar durante el día, dormía profundamente en la noche. A tientas, volví al interior y me mantuve en un duermevela desagradable hasta que salió el sol.

Abdul

Nos levantamos y después de desayunar, (otra vez con zumo de naranja), nos dispusimos a dar una vuelta con las motos por los alrededores de las dunas, circulando por las pistas que hay todo alrededor de los veinticinco kilómetros del erg.

Cuando estábamos sobre la moto, listos para salir, Carlos dijo que tenía que llenar el depósito, que se estaba quedando sin gasolina: le había entrado la reserva durante la noche, poco antes de llegar a Risani. De repente noté que la sangre me hervía. Mis músculos se tensaron y tuve una explosión de ira. Había podido surtir en la gasolinera de Erfouz, pero prefirió esperar a llegar al centro de ninguna parte para repostar. Eso me llenó de rabia y le grité. Él, con tranquilidad, me decía que había visto un cartel al llegar, en una casa particular, donde vendían gasolina. Yo, con elevado tono de voz, le dije que quería andar en moto, que no me apetecía estar al sol, esperando, mientras buscaba la gasolina, al gasolinero y a su puta madre. Acto seguido proferí un sonoro “vete a tomar por el culo, joder!”, arranqué la Vstrom, y tomé la primera pista que se dirigía hacia las dunas.

A poco menos de un kilómetro, sintiéndome ya libre de Carlos y su manía de apurar la gasolina hasta el final del depósito, aún de muy mala leche, entré en la zona de arena. La pista, aunque dura hasta el momento, tenía varias bifurcaciones para llegar al mismo punto y cometí el error de escoger la que tenía la trampa de arena. La moto, a los tres metros de entrar en este blando elemento, se atascó y decidió no seguir adelante. Me bajé de ella y se quedó derecha, tiesa, desafiando la elemental norma que dice que una moto, si no la sujetas, se cae. Yo la miraba como quien mira a una mula tozuda que se niega a dar un solo paso más. La observaba como quien posa su mirada en un ser vivo y, en silencio, suplicaba que no me hiciese eso, que saliera de allí por favor.

El sol caía a plomo, con insistencia desértica y no se veía un alma por los alrededores.

Pensando con frialdad, con la frialdad que el sofocante calor me dejaba, siempre tenía la posibilidad de volver al albergue andando, al fin y al cabo no me separaban de él más de mil quinientos metros, como mucho, pero la sola idea de presentarme desvalido ante Carlos y los dos trabajadores que cuidaban el lugar se me antojaba abominable. Acababa de montarle a mi compañero de viaje una buena bronca y ahora no era el momento de acudir a él en busca de ayuda.

Cuando me encontraba dilucidando mis posibilidades de desatascar la máquina, como surgido de la nada, apareció un chico que saludó con un Bonjour monsierur, la route c´est pour ici, señalando la pista que se bifurcaba. Si coño, ya sé que es por ahí, pero ahora no es el momento de indicarme el camino, pensé yo.

El chico, sin que yo dijera nada, se hincó de rodillas y comenzó a sacar arena con las manos haciendo un carril de salida para la rueda trasera. Yo le ayudé y cuando la moto comenzó, por fin, a moverse marcha atrás llegó Carlos con Abdul a la grupa, con el asunto de la gasolina solucionado gracias a la intervención de su acompañante. Ya se me había pasado el cabreo con él pero aún conservé mi gesto adusto un buen rato, no sé muy bien si para hacer prevalecer mi supremacía o para dejar clara constancia de mi disgusto con su forma de llevar el viaje con respecto a la gasolina.

Nos acercamos a Risani por las pistas, luchando con la toule ondulèe, con las trampas de arena y con las rodadas de los 4×4. Definitivamente no rodaba cómodo en aquel terreno. La Vstrom es demasiado pesada para estos menesteres y aún más circulando con un neumático mixto, cuasi asfáltico. En algún momento parecía que la moto se iba a desarmar y me dolía cada kilómetro que hacíamos. En ese momento decidí no volver a salirme del asfalto con ella.

Guiados por Abdul, llegamos a uno de los complejos hoteleros cercanos con la intención de comprar una botella de vino. pero nos encontramos con la obcecada actitud del camarero que, empeñado en cobrarnos ocho euros al cambio, se empeñaba en ser impermeable a nuestras sanas intenciones de regateo. Sin vino, asfixiados de calor y, en mi caso, con muy pocas ganas de hacer nada que implicase movimiento, volvimos al albergue a esperar la hora de salir, con los camellos, hacia la jaima de las dunas.

En el albergue el fresco no era sino un anhelo y, con cuarenta grados a la sombra, me dediqué a intentar conciliar un sueño que no llegó. Dediqué el resto de la tarde a navegar por Internet y a beber agua como loco en un vano intento de refrescarme con agua templada.

Al atardecer, bajo la sobra de un árbol escuálido, desgrané unas notas en la gaita que, al igual que yo, emitía un quejumbroso sonido acogotada por el calor. Ni el público menudo que se acercó a presenciar el acto musical aguantó más de cinco minutos. Era la hora de no hacer nada.

Miré la enorme duna que se levantaba allá al fondo y luego cerré los ojos. Sólo se oía el ulular del viento, abrasador, que movía las palmeras. De vez en cuando el bramido de un dromedario me devolvía a aquella realidad absurda en la que estaba inmerso. La cabeza comenzaba a dolerme por el calor.

Por fin apareció Mohamed con los camellos, un mohamed más en el país de los mohameds,. Sin apenas cruzar palabras nos acomodamos sobre las espartanas sillas camelleras, confeccionadas con mantas dobladas, y nos dispusimos a adentrarnos en las dunas junto con una pareja de belgas. El camellero conducía la caravana con lentitud, buscando los mejores pasos por un camino que tan sólo él parecía ver. Pronto perdimos de vista el albergue y Risani y quedamos rodeados de silencio mientras el sol horadaba una cordillera montañosa en el horizonte.

La precaria silla de mi montura comenzó a hacer mella en mi trasero y a los cuarenta y cinco minutos ya no sabía que posición adoptar, del reducido elenco de posturas que un dromedario puede brindar a su jinete. Me dolía el culo y estaba deseando llegar a la jaima para apearme de aquella maldita bestia.

A cambio de tanto sufrimiento el paisaje que se abría ante mis ojos colmaba mis ansias de emociones. El silencio, tan solo roto por algún insulso comentario de Carlos, lo llenaba todo. Yo intentaba sobreponerme a cada palabra que mis compañeros de viaje proferían, como un graznido sacrílego rasgando tanta paz, cerrando los ojos y el sentido del oído. No llegaba a comprender como podían exhalar siquiera una palabra estando rodeados de tanta belleza.

Mientras subíamos y bajábamos dunas volví a recordar los versos de Argensola, “Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza”. En realidad el cielo ya se estaba tornando rojizo y el rosicler se posicionaba hacia el Este de forma que Argensola se estaba quedando fuera de lugar. No me importaba. Con la punta de mis dedos podía rozar lo hermoso y tan solo eso pertenecía en aquel momento.

Iba en silencio y silenciando mis pensamientos para, desde la nada, sentirlo todo.

Llegamos al campamento situado en una hondonada entre las dunas. Parecía un asentamiento de pordioseros venidos a menos. Las jaimas, pardas y en jirones, se erguían sobre la arena con vergonzosa gallardía a tenor de su estado.

Alrededor de un patio central franqueado por una valla que le daba el aspecto de un rancho en ruinas No me importó en absoluto.

Mohamed nos despachó rápidamente en pos de “le coucher du soleil”, la puesta de sol, después de repartirnos los lugares para dormir. Todos elegimos dormir al raso bajo unas mugrientas mantas que olían a gato. Ascendimos, penosamente y desprovistos de elegancia, las dunas, escogiendo cada uno su lugar para ver la caída del Astro Rey. Los belgas, de complexión atlética, se encaramaron en lo alto de una duna enorme y Carlos y yo nos dirigimos a otra, no menos enorme a unos cientos de metros. Nuestro ascenso fue menos deportivo y cada paso iba precedido de varios resbalones en la superficie arenosa. Una vez arriba no quise estar cerca de mi compañero, necesitaba estar solo y supuse que él también así lo quería.

Carlos sacó el móvil y llamó a su novia. Supongo que lo necesitaba en aquel momento, oír la reconfortante voz de la persona que quieres, pero, en aquel instante, me pareció tan fuera de lugar que deseé que desapareciera la cobertura como por arte de magia.

Cuando el sol no era más que un remedo de la estufa que me había recalentado los circuitos durante la tarde, volvimos al campamento, no sin dificultadas: estuvimos más de veinte minutos dando vueltas intentando encontrar la hondonada donde nos esperaban para cenar. Nos separamos para buscar el camino pero las dichosas jaimas no aparecían. Al fin, cuando ya comenzábamos a desesperarnos oí la voz de Carlos que me llamaba. Había encontrado el objetivo.

Mohamed nos había preparado una harira, una sopa de garbanzos, maíz, lentejas, fideos y otros ingredientes, muy típica de Marruecos. Estaba buena. De segundo, un omnipresente tajine y un té moruno para rematar. A la luz de las velas charlé un buen rato con, Julie y Benjamín, los belgas, y con Mohamed que nos contó cosas de la hamada en los años cuarenta, de la vida en la frontera con Argelia, de las caravanas, de las trampas para las, hoy, extintas gacelas…

En lo alto de una duna volvió a sonar la gaita. Sones melancólicos que, arrastrados por el viento, se alejaban sobre la arena una vez libres de la prisión que los atenazaba. “All rivers are free” me pareció lo más adecuado en aquel paisaje desprovisto de agua.

Todos se fueron a acostar a sus rincones menos Mohamed y yo que nos quedamos un rato en silencio, mirando las estrellas y escuchando el silencio.

11. Gaita Retumbando

Garganta del Dades

Dejamos el Albergue Des Roches por la mañana cuando el calor comienza a apretar. Continuamos el ascenso del valle después de pagar unos exiguos veinte euros por la cena, el alojamiento y el desayuno y después de despedirnos de nuestros anfitriones. Íbamos a subir hasta la cabecera del valle y, desde allí, cruzar por las pistas de montaña hasta la Garganta del Todra disfrutando de los áridos paisajes del Atlas.

La carretera de subida difiere bastante de la que nos había traído hasta la Garganta y el albergue. El piso había empeorado bastante y en algunos lugares el asfalto había desaparecido completamente a causa de los torrentes del deshielo de primavera.

La geología era impresionante, con pasos a media ladera que hacían que se helase la sangre con tan soloel imaginarse una simple salida de pista. A nuestra derecha, al fondo del precipicio, se extendía la línea verde del río con su profusa vegetación en claro contraste con los tonos grises y pardos del resto del valle. Allí abajo, al amparo de una climatología más benigna los huertos y las palmeras formaban una serpiente verdosa que solo se dejaba ver en los meandros más amplios. El resto del recorrido discurría, agazapada, en lo más profundo del cañon.

Circulábamos con cuidado y haciendo frecuentes paradas para sacar algunas fotos. Carlos, aunque no decía nada, estoy seguro que en cada curva, en cada recodo, en cada impresionante plegamiento rocoso, se acordaba de su cámara perdida en el Sáhara. Me apenaba su situación, pero nada podía hacer al respecto.

Al llegar a la zona alta, en el último pueblo cuyo nombre ya no recuerdo, un hombre que estaba sentado en la terraza de un bar, deporte nacional por excelencia este del terracing, nos salió al paso mientras dilucidábamos si estábamos en la pista correcta. Nos preguntó si nos dirigíamos a las montañas y al contarle nuestras intenciones nos dijo que era imposible el paso para nuestras motos, que las pistas estaban destrozadas por las crecidas y que incluso los todo terreno tenían problemas para rebasar los pasos más complicados.

Carlos y nos yo nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué hacer. El hombre, decidido a que no arriesgásemos nuestra integridad por aquellos parajes solicitó el apoyo táctico de un gendarme cubierto de polvo que ratificó su teoría.

Así las cosas no nos quedó más remedio que desandar el camino y regresar a la confortabilidad del asfalto de la carretera principal para llegar al Todra por la nacional.

Llegué solo a la Garganta del Todra, Carlos había quedado unos kilómetros atrás, cosa que no me preocupaba porque, además de llevar gasolina suficiente, el desvío estaba bien señalizado y habíamos quedado en vernos a la entrada de la Garganta.

Lo primero que me encontré fue a un hombre intentando pescar unos pequeños peces de nombre desconocido con una caña rudimentaria, como las que usábamos cuando éramos niños. Entablé conversación con él y me interesé por sus inexistentes capturas. Él, solícito, me prestó su caña y me dediqué durante un rato a la pesca, aprovechando que Carlos aún tardaría en llegar.

Intimando en el Todra

Cuando llegó yo ya había intimado con los vendedores de los puestos y estábamos tocando los tambores beréberes y cantando lo que yo ya calificaba como el himno local: “vamos a la playaaaaaaa…”.

Las enormes pareces de la garganta del Todra, de unos trescientos metros de altura, retumbaron con el sonido de la gaita mientras los acordes de la Marcha Celta inundaban todo el valle. Los chicos que atendían los puestos de venta para turistas, inexistentes aquél día de temporada baja, se fueron acercando con su mirada curiosa y, poco a poco, volví a formar en mi derredor una curiosa clá de variado pelaje. Poco a poco la empatía con aquellas gentes se fue haciendo más y más patente y compartí con ellos lo poco que quedaba en la bota de vino y un licor de marihuana que solo los más osados y curiosos se atrevieron a probar. Agua de fuego con efectos secundarios.

Abdul, le gusta el vino

Abdul, dueño de uno de los puestos de la zona alta, estaba empeñado en alquilarnos su tienda de campaña para pasar la noche y sólo nos cobraría diez euros. También estaba muy interesado en la bota de vino, quería hacer trueque a toda costa. Después de unos tragos ya había rebajado el precio del alquiler a cinco euros y cuando, por fin, accedí a cambiarle el escaso cuarto de litro que quedaba por un turbante, no sólo no nos cobraba nada por dormir sino que nos invitaba a cenar tajine. La tienda en cuestión era poco más que un trapo descolorido plantado entre el pedregal de la orilla, al pie de un cortado vertiginoso.

Después de unas horas abandonamos en Todra al atardecer. En nuestra estancia allí todo el tiempo estuve dudando si quedarnos a dormir en la Garganta o seguir ruta. Al final decidí continuar aunque creo que me faltaron unas horas para salir de allí bien empapado del paisaje y de la gente.

Acerqué a su casa a un tipo muy simpático que había vivido en España los últimos veinte años. Nos contó de su paso por la cárcel de Carabanchel – “como si yo fuese un chorizo, oye!”- Todo había sido una embarullada confusión que me relató de una forma igual de embarullada y no conseguí quedarme sino con el hilo principal de la historia. Ahora había montado un albergue cerca de la Garganta para que su hija pudiera vivir de ello.

Carlos dejó el material escolar que llevaba en una de las escuelas del valle mientras yo lo esperaba en algún lugar en el medio de ninguna parte. No me dijo que iba a hacerlo ese día y me pareció lo correcto. Hay cosas que uno debe hacer solo y Carlos estaba deseando vivir su propia aventura para la que yo, en muchas ocasiones, no era más que un estorbo. Comprendí eso los primeros días, esa necesidad de vivir el viaje, de enfrentarse a las dificultades en solitario y por ese motivo no me preocupaba demasiado cuando nos distanciábamos varias decenas de kilómetros y cada uno viajaba a su aire. De forma tácita se había firmado ese pacto.

El atardecer nos sorprendió en plena ruta y, aprovechando la ventaja que le sacaba a Carlos me iba parando cada pocos kilómetros, no tanto para esperarlo como para disfrutar de las hermosas vistas de la puesta de sol en el desierto.

Al llegar a Erfouz, la puerta de entrada a las dunas de Merzouga, el Erg Chebi, nos encontramos con Mohamed, un berebere de los más pelmas, que nos entretuvo por espacio de una hora y que nos convenció para pasar una noche en una jaima del desierto. El trato era que al llegar a Risani, a sesenta quilómetros de allí, nos subiríamos a los camellos y, en plena noche, nos llevarían a la jaima para ver el amanecer en las dunas. De nuevo embarqué en la Vstrom a un pasajero. Se trataba de Abdul, un menudo personaje de turbante calado y ojos adormilados que infundía tranquilidad con su santa paciencia. Daba la impresión de estar completamente fumado.

Rodamos hasta Risani atravesando la insondable oscuridad de la planicie, cansados y con sueño, con la intranquilidad de rodar de noche en las peculiares carreteras marroquíes. Al llegar al albergue nos encontramos con que el dueño se niega en redondo a llevarnos a las dunas. Ya eran las doce de la noche y su padre, el camellero, hacía poco que había llegado de las dunas y estba durmiendo. Esta falta de seriedad, junto con el cansancio que arrastramos, hizo mella en nuestro ánimo y la discusión comienzó a subir de tono. Nos propusieron quedarnos esa noche y salir al día siguiente, por la tarde, a dormir en el desierto pero era una solución que no nos satisfacía. Al final, por no seguir discutiendo, negociamos quedarnos una noche más a cambio de una rebaja en el precio y, echando mano de mi capacidad para racionalizar y poner paz, nos fuimos a la cama con un regusto un tanto amargo. Mañana será otro día.

10. Lo Rojo

 

Marrakech – Garganta del Dades, 300 o 400 km.

 

 

Me despedí de Hassana con un emotivo abrazo. Estaba impresionado con el valor de esta chica, con su determinación y con su modo de enfrentarse a la vida. En absoluto es una historia única, ni la más dura, ni siquiera la más emotiva, pero me conmovió la forma en que me contó lo de los abusos a menores y ver como languidecían sus ojos al hablarme de la situación de los niños en su país.

En unos instantes ya tenía la moto cargada y lista para comenzar un nuevo día de aventuras. Carlos, como siempre, aún estaba colocando las alforjas y distribuyendo el equipaje. Yo ya me había acostumbrado a esta tardanza. Al principio me resultaba molesto el hecho de que se levantase el último siendo el que más tardaba en preparar todas sus cosas, pero a aquellas alturas del viaje ya me había acostumbrado y consideraba esos diez o quince minutos de retraso como una parte más del viaje. A veces, mientras colocaba todas las cosas en la XT, me quedaba mirándolo para ponerlo un poco nervioso. Solía surtir efecto y cuando lo notaba un poco más azorado rebajaba la presión de la mirada y simulaba que revisaba mi equipaje para que no se sintiera tan cohibido. Yo sabía que era una canallada, pero me resultaba divertido verle nervioso y hacer que se sintiera culpable. Formaba parte del ritual algunas mañanas.

En esta ocasión dejé que colocara todo su equipaje, bolsa de El Corte Inglés incluida, sin la presión añadida de mi presencia y opté por esperarlo a unos cuatrocientos metros, cerca de la central de taxis de Marrakech. Cuando llegó me dijo que todo el mundo en el riad le había exigido propina, el cocinero, la limpiadora y algún sumado más, a excepción de Hassana.

Al salir de la ciudad, cuando ya circulábamos por las grandes avenidas que dan acceso al extrarradio, en uno de los semáforos vimos que se formaba un altercado. Un conductor increpaba a otro con grandes voces y aspavientos, ya apeado del vehículo y con la puerta abierta. De repente, sus gritos comenzaron a dirigirse al cielo y comenzó a hacer genuflexiones como si estuviera rezando. Supongo que ponía a Alá por testigo de lo que allí estaba ocurriendo.

Un poco más adelante un ciclomotor yacía en el suelo y su conductor unos metros más adelante. Se estaba formando un pequeño tumulto. Nosotros, ajenos a esos avatares del tráfico citadino, salimos de la ciudad en dirección a la Garganta del Dades, buscando la carretera de las montañas.

Aún llevábamos el material que tendríamos que haber dejado en alguna escuela mauritana así que decidimos que lo dejaríamos en algún punto de la ruta ese mismo día. Yo estaba empeñado en hacer la donación en una madrassa, (escuela coránica), porque, después de curso de árabe había empatizado con la cultura y religión musulmanas. No soy creyente ni cercano a las religiones. De hecho mi paso por la iglesia católica se redujo a un par de años de monaguillo que servían para obtener pingües beneficios monetarios cada domingo, cuando hacíamos la cuestación y nos quedábamos parte del botín. Éramos como ratas campando a nuestras anchas entre cepos y limosnas. El santo vino también nos atraía más que las pías enseñanzas de los sacerdotes.

Sin embargo lo de hacer la donación en la madrassa tenía su punto de exotismo y, porqué no decirlo, un tanto snob.

Las carreteras rectas fueron quedando atrás y, poco a poco, nos vimos envueltos en una vorágine de curvas: estábamos entrando en el Atlas Medio. Rodábamos tranquilos, con mi Vstrom abriendo la marcha y con constantes paradas para sacar fotos y admirar el paisaje. El fondo verde de los valles contrastaba con las laderas, peladas de vegetación de un color ocre intenso. La carretera, con mal piso y curvas endemoniadas en algunos tramos, estaba bordeada de infinidad de adelfas, cedros, pinos… toda una ensoñación para los sentidos que volvía a emocionarme y hacerme sentir tan afortunado por tener el privilegio de estar allí. El corazón no me cabía en el pecho y, una vez más, acudió a mí esa sobreexcitación infantil que sobreviene cuando tus sentidos se saturan. Marruecos, Marruecos. El nombre del país se repetía en mi cabeza constantemente, como un mantra, mientras las flores de las adelfas se desplazaban a mi lado a un ritmo vertiginoso, al menos para una planta.

carretera al Col du Tichka

Carlos con la Yamaha XT

Descanso

En un restaurante al aire libre nos detuvimos a tomar un zumo de naranja. Lo paladeé con fruición dejando que su sabor permaneciese en la boca un rato. Cerré los ojos y permanecimos en un silencio, tan solo roto por el mínimo ulular de una suave brisa que recorría el valle reconfortándonos.

Las curvas se fueron haciendo cada vez más pendientes mientras ascendíamos el Col du Tichka, a dos mil trescientos metros de altitud. Allí el paisaje cambió de forma drástica y los colores rojizos de las montañas dieron paso a un gris amenazante, de rocas ardientes y torrentes pétreos. Ni un árbol, ni una flor, ni un signo de vida. Tan solo piedras grisáceas que otorgaban al paisaje un cierto halo de irrealidad.

Col du Tichka

Al bajar el puerto de nuevo las montañas volvieron a sus tonos ocres y cálidos como acogiéndonos a un mundo de barro y óxido que ya nos era familiar. Los pueblos, camuflados del mismo tono que la montaña, sólo se adivinaban por algunos árboles mortecinos que aportaban una nota de color a la monotonía cromática del paisaje. Allí, en uno de esos pueblos decidí que era buen sitio para dejar mi material, pero al ser domingo la escuela estaba cerrada y para llegar a la mezquita en busca de la madrassa y del imán, se abría ante nosotros un camino pedregoso, con una bajada pronunciada. Nos resultó imposible llegar. Volvimos sobre nuestras rodadas sorteando las piedras y, de nuevo en la carretera decidimos seguir en busca de una conclusión de objetivos menos dramática.

Pueblo Ocre

Un poco más abajo una totémica torre de adobe me llamó la atención y detuve la moto para sacar unas fotos. Se trataba de una kasbah, una especie de castillo destinado a proteger la cosecha de las inclemencias y de los ataques de los bandidos. No tardó en aparecer un joven ofreciéndonos sus servicios como guía lo que motivó, de nuevo, mi animadversión a los óbolos a cambio de un mínimo servicio, la mayoría de las veces, no solicitado. Al igual que J. Buscemi en “Reservoir Dogs”, yo no creo en las propinas.

kasbah en Ighrem

Interior de la Kasbah

Nos dejamos convencer y nos abrieron el edificio para visitarlo. Bajo la luz ambarina que se colaba en el patio nos explicaron que en el edificio se reunían los hombres para solucionar conflictos, para el reparto del grano y para cualquier decisión que implicase, de forma asamblearia, a todo el pueblo. Después, a la salida, la señora que se encargaba de la kasbah en representación de la cooperativa, pretendía cobrarnos dos o tres euros por la visista. De nuevo volvía a sentirme estafado y así se lo hice saber mientras ella miraba con desdén los diez dirham que había depositado en su mano.

El chico me guió, a petición mía, hasta la madrassa donde estudiaba su hermano pequeño. Allí, comimos con los obreros que construían la torre de la mezquita, un tajine de cordero entre sacos de cemento, piedras y polvo, y allí dejé mi carga de camisetas y bolígrafos a los jóvenes estudiantes. Y allí se escucharon, una vez más, los sones de la gaita bajo la curiosa mirada de los niños, la sonrisa complaciente de los hombres y la total indiferencia de las mujeres que se afanaban, en la casa de al lado, en preparar la lana para un telar de bajo lizo.

Carlos no estuvo de acuerdo en dejar en aquel lugar su material, prefería hacerlo en una escuela laica y yo respeté su decisión sin hacer ningún comentario.

Niños de la Madrassa

gaitero en la madrassa

calles de Ighrem

Volví a la carretera por los polvorientos caminos de Ighrem Nougdal con una extraña sensación de egoísmo. Lo fútil de mi gesto sólo había supuesto quitarme un peso de encima y mi conciencia seguía en el mismo estado que antes de hacer la donación.

Largas rectas se abrieron ante nosotros y el calor, sofocante hasta entonces, comenzó a tornarse insoportable. Para aquel entonces ya había prescindido de los forros de la cazadora de cordura y del pantalón, pero, aún así, el bochorno de Ouarzazate se me había colado hasta dentro del alma. Íbamos camino de la Garganta del Dades.

Ouarzazate

El paisaje era monótono, dominado siempre por la omnipresencia de las piedras, de lo recto, de lo marrón, del calor… A veces pasábamos por algún oasis, palmerales enormes donde la temperatura descendía y la sombra nos devolvía la presencia de ánimo. Pasamos por los estudios de cine de Ouarzazate, pero el calor de la tarde hizo que ni siquiera nos planteáramos una visita de cortesía prosiguiendo nuestro camino hacia el Dades.

Nos internamos en la vega del río y descubrimos un vergel jalonado de caprichosa orogénesis que dio lugar a formaciones rocosas de belleza sin parangón. Los Dedos del Dios, unas formaciones falangiformes de arenisca rojiza, junto con plegamientos de impresionante perfección, enmarcaban los omnipresentes huertos, primorosamente trabajados, y daban al valle unas ínfulas paradisíacas. Alguna kasbah se asomaba encima de los promontorios rojos y todo parecía estar colocado allí para el disfrute del viajero.

Dades

Dedos del Gigante

Vimos muchas mujeres y niñas cargando enormes fardos de hierba o de ramas de chopo, niños en bicicleta y hombres haraganeando por doquier. La quietud del domingo no es para disfrute de las féminas en este país.

El valle comenzó a ser cada vez más estrecho y una sucesión de curvas imposibles se nos presentó en lo más estrecho. A media ladera, ascendiendo penosamente, un chico de unos veintipocos años nos hizo señas para que le lleváramos. Sin saber porqué me detuve para que se acomodara en el asiento trasero de mi moto.

Cuando llegamos a la zona alta, en una parada para sacar fotos, el joven de labio leporino, Yusef, nos dijo que él tenía un hotel donde podríamos quedarnos. Yo, miré a Carlos y, entre chanzas les dije “ tú un hohtel?… andayá!”. La verdad es que se hacía difícil creer que aquel chico desgarbado, con vaqueros raídos y una enorme mata de pelo alborotado coronando su cabeza, pudiera ser propietario de algo más que su propia existencia, si es que eso era posible. Aún así lo llevamos a su casa que resultó ser un hotel que regentaba junto con sus cinco hermanos. Allí cenamos y tocamos la gaita con los tambores bereberes y allí aprendí una hermosa canción que habla de la soledad del desierto, de la arena y de las estrellas.

“… aquí no hay playa, pero hay arena… y las estrellas…”

 

 

Estábamos en el desfiladero de Imdiacem donde la noche había apagado los sonidos y tan solo escuchabas el quejumbroso cántico de Yusef abriéndose paso por el valle y llenando de magia cada rincón del Dades.

Unos veinte coches de la policía bajaron de la zona alta del valle con sus temibles destellos azules como santa compaña fantasmagórica en alevosa nocturnidad. Ibrahim, el hermano de Yusef, nos contó que había disturbios en las montañas a causa de los pastos del ganado. El día anterior el saldo había sido de cincuenta heridos en los enfrentamientos. Las cosas se estaban poniendo difíciles entre los pastores nómadas y los diferentes grupos étnicos.

Cenamos a la luz de las velas, charlamos, fumamos y nos sentimos felices de estar viajando.

Al día siguiente intentaríamos ascender a las pistas de montaña desde la “Kasbah des Roches”, el albergue de Yusef y sus hermanos. Me quedé un poco intranquilo con lo de los disturbios.

9. Dos Pardillos en la Medina

La noche anterior, justo antes de irse a la cama, Molina me había dicho que se iba, que volvía a España y aprovecharía para realizar unas visitas por el Andalucía. No necesité preguntarle más para saber que se trataba de una cortesía que implicaba al sexo femenino. La verdad es que me entristeció un poco su partida porque en todo momento sentí que conectamos correctamente y que estábamos en una órbita muy parecida. Con Carlos no tenía esa sintonía tan clara, aún a pesar de llevarnos bastante bien en lo que iba de viaje.

De modo que aquel domingo, cuando nos levantamos, Jose ya se había ido en dirección norte. Supusimos que volvería a parar en Kenitra para quedar con Zacariah para aprovechar sus últimos días en Marruecos.

Después de desayunar copiosamente, con el omnipresente zumo de naranja incluido, Carlos y yo esperamos durante un buen rato a Mohamed, el guía que habíamos contratado el día anterior para conocer la Medina y lo más importante de la ciudad. Llegó casi una más tarde de lo previsto, cuando el sol ya comenzaba a apretar e inmediatamente realizamos la inmersión en las callejuelas del barrio, solitarias en la mañana del domingo. La primera visita fue al mercado del barrio, un sinfín de callejuelas laberínticas repletas de gente que contrastaban con la tranquilidad de las calles más alejadas del centro. El guía nos llevó a una tienducha “de confianza” donde podríamos comprar sin temor a ser engañados. Tanto Carlos como yo teníamos bastante claro que no íbamos a comprar nada que no nos apeteciera o cualquier cosa que nos pareciera cara y en la tienda no hicimos ningún gasto con la consiguiente mala cara del tendero. Es increíble como esta gente intenta vender por todos los medios. Primero te invitan al té, luego se desviven enseñándote todos los productos, en este caso, farmacopea, hierbas y todo tipo de remedios caseros. Salimos de allí y continuamos nuestro periplo por el laberinto de la medina para dirigirnos, tras Mohamed, a los mercados bereber y tuareg. Yo ya no me creía nada a estas alturas del viaje y aunque no lo mostrase abiertamente, era bastante escéptico con la ruta turística.

Llegamos al mercado bereber y allí, por fortuna, no había ningún turista. En cambio nos encontramos con una frenética actividad fabril y cientos de personas que compraban y vendían cosas de lo más variopinto. Primero una especie de rastro donde la chatarra y lo inservible se amontonaba en inverosímiles puestos. Luego nos internamos entre carpinterías y tallistas de madera en las que niños de apenas doce años se afanaban en construir puertas o lijar mesas de muy bella factura. Lo cierto es que se respiraba autenticidad y actividad sin fin, en cada esquina descubríamos un nuevo taller, una nueva factoría de apenas unos metros cuadrados poblada por tres o cuatro operarios que se afanaban en la construcción de cualquier cosa. De allí a la zona de los alfareros con los cacharros de barro secándose al sol antes de pasar al horno a cocerse.

Mohamed caminaba deprisa, desenvolviéndose con soltura por aquel maremagnum de callejuelas cubiertas, esquivando paquetes, cajas de carón, maderas, cacharros… y nosotros a la zaga, intentando no perderlo de vista y sorprendiéndonos en cada rincón con una nueva cosa absurda o un oficio sorprendente.

Poco a poco aparecimos en el lugar donde los tuareg tienen su zona en el mercado. Una cuadra miserable a la entrada se nos presentó como el lugar donde las caravanas del desierto dejaban a los camellos y las mercancías, aún a pesar de que muchas de ellas vienen, en realidad, del desierto de China, Taiwán o cualquier otro lugar desde el que se exportan los productos de ínfima calidad y bajo precio. En aquel miserable patio, un burro hocicaba con aburrimiento en un montón de basura en busca de un brizna de hierba. Mientras, dos estúpidos turistas españoles nos quedábamos mirando con cara de circunstancias la patética estampa.

– Caravanas…- pensé con vehemencia mientras nos alejábamos de allí para ver el telar de las alfombras-. … caravanas

Manejaba el telar un hombre callado y distante, inmerso en su trabajo y que apenas nos prestó atención mientras hacía bailar la lanzadera en una esquina en penumbra. Es algo curioso que, mientras en España las labores de hilatura fueron tradicionalmente una tarea femenina, en Marruecos son los hombres los que se ocupan de ello.

En la habitación contigua, una especia de almacén lleno de alfombras, un bereber muy majo nos invitó a tomar el té advirtiéndonos, eso sí, que no teníamos ninguna obligación de compra. Como para expresar con un gesto justo lo contrario de lo que nos acababa de decir, comenzó a sacar alfombras de diversos colores y tamaños, insistiendo constantemente para que le dijéramos cual nos gustaba y cual no. Yo le insistí que eran todas muy bonitas y que no tenía, en absoluto, ni la más mínima intención de comprar una alfombra. En los ojos de Carlos pareció vislumbrar un atisbo de consumismo y se dedicó en cuerpo y alma a la tarea de engatusar a mi compañero. Después de muchos “jalí”, (me gusta), y “barak”, (no me gusta), Carlos ya estaba perdido y en pleno trámite de compra. Nunca había visto a nadie liar a un cliente y meterlo en una compra de una forma tan subrepticia. Genial el modo que tiene de vender esta gente; cuando te quieres dar cuenta ya estás cerrando el trato sin saber muy bien como has caído en la redes de este tejido.

Carlos se llevó una alfombra muy bonita de fibra vegetal que, aunque nos pareciera imposible, cabía en un minúsculo paquete que no entorpecía demasiado la colocación del equipaje.

Después de aquello salimos de nuevo a una plaza amplia, a la puerta de la entrada en el mercado y Mohamed exigió sus emolumentos. Extrañados porque aún no nos había enseñado la zona de los curtidores, los plateros, los del repujado…, le preguntamos si volvería con nosotros por la tarde y nos dijo que sí, que tenía que solucionar unos asuntos, pero que después de comer volvería a pasar por el hotel a recogernos. Le soltamos cien dirham cada uno y nos quedamos circunspectos en medio de la plaza, a dos kilómetros del hotel y con dudas sobre cómo llegar. Nos resultaba inevitable recordar que la noche anterior habíamos dado varias vueltas perdidos por la medina hasta que unos chavales nos guiaron al hotel para luego exigir una onerosa propina. En poco tiempo descubrimos que Marrakech es un lugar en el que nadie regala nada, nadie da puntada sin hilo y las propinas son exigidas sin el menor pudor. ¡Qué contraste con el sur del país o con el Sahara Occidental, donde la amabilidad brota de forma espontánea sin que haya de mediar el dinero de por medio!.

Volvimos al rihad donde nos alojábamos sin perdernos, desandando el camino andado y sin aventurarnos en exploraciones osadas. De allí nuevos paseos por la medina y una pizza en unos de los establecimientos más famosos de la zona, Les Bouganvilles, donde una pizza insulsa y deslavazada bajó por nuestros gaznates mientras decenas de franceses alborotaban a nuestro alrededor.

Carlos regresó al hotel al noble ejercicio de la siesta y yo me metí en una barbería a que me afeitaran. El día anterior ya había apalabrado el precio del afeitado, previo regateo de treinta a veinte dirham, el importe que pagan los locales por un servicio de este tipo. Me senté en la silla de barbero intentando quedar imbuido de todas las sensaciones que me transmitía el local; el olor a masaje, a espuma, a jabón… Entre tanto un chico joven me embadurnaba la cara de blanco mientras yo me dejaba manipular con docilidad. Ni siquiera el filo de la navaja subiendo por mi gaznate me sacó de aquel estado de karma en el que, voluntariamente inducido, me hallaba inmerso. Mientras el chico manipulaba la navaja por mis pómulos cerré los ojos y me alegré de estar sentado en el sillón de aquella barbería.

Me recortó los pelillos de la nariz, el descendiente vello del cuello y, como colofón recibí una dosis de gomina para marcarme un serio peinado al estilo marroquí. Salí a la calle con mi nueva cara, suave como el culo de un bebé y callejeé en solitario por la ciudad vieja, tranquilo, relajado y dejándome llenar de todas esas emociones que se magnifican cuando viajas.

Carlos seguía durmiendo la siesta así que me dediqué a tocar la gaita en la puerta del hotel durante un rato hasta que uno de los críos que pululaban por allí me ordenó, tajante, dejar de hacer ruido porque era la hora del rezo. Su mirada parecía no dar crédito a lo que estaba sucediendo: un guiri de mierda con la música a tope mientras todos los vecinos estaban en la mezquita en la primera oración de la tarde, algo que incluso los descreídos respetan. El resto de críos, sin embargo, parecían pasar bastante de la mezquita, del rezo, y del guiri de la gaita, sumidos como estaban en la partida de cartas.

Avergonzado volví al Rihad El Ghali y aparque la gaita hasta que los dioses me fueran más propicios.

Con uno de los chicos de la puerta me fui a comprar tabaco y al regresar me di cuenta de que me habían vendido uno de los paquetes… vacío. Regresé con el chico y buscar mi expoliado paquete de puritos marroquíes y en segundo intento ya solo me faltaba la mitad del paquete. Vuelta al estanco y, tras unos segundos con la cara de perro, apareció un paquete totalmente lleno , con su precinto y todo.

Mohamed seguía sin aparecer y decidimos darlo por perdido, al igual que nuestro dinero. En el viaje no era la primera vez que me sentía engañado y, aunque sólo fuese por una cantidad tan nímia como euros, bastó para predisponerme contra Mohamed y todos los falsos guías para los restos. Desde ese momento rechazamos, de forma sistemática, cualquier servicio guiado despachando a los voluntarios con mayor o menor vehemencia dependiendo de la ocasión.

Dedicamos el resto de la tarde al mantenimiento de las motos y, para probar que todo estaba bien mantenido decidí darme una vuelta por las callejuelas. Me dio tiempo a recorrer cuatro de las más estrechas justo antes de entrar en un callejón sin salida y tener que efectuar varias maniobras para conseguir dar la vuelta, todo bajo la atenta mirada de las vecinas que no daban crédito ante la estupidez del motorista extranjero.

Vuelta la oveja al redil y la moto a su natural habitáculo en el portal del rihad. De nuevo vuelvo a sentirme como un estúpido por segunda vez en el día. Para compensar juego un rato con los críos, haciendo juegos de manos y algunos trucos con monedas. Uno de ellos me miraba como si yo fuera su héroe con su sonrisa iluminándole la cara cada vez que yo hacía una chorrada.

 

Molina nos llamó para decir que ya había embarcado en Tánger. Qué pájaro, oiga.

 

Hassana, la gobernanta del hotel nos contó cosas de su pasado mientras nos tomábamos un té. Sus años en Francia y en España, donde un granadino la dejó embarazada después de un año de noviazgo y se largó en cuanto olió la palabra padre sin volver a dar señales de vida, su vuelta a Marruecos, marcada como madre soltera y su lucha por erradicar los abusos a menores en su país donde los niños son como un a pléyade omnipresente a los que nadie presta atención. Ahora tiene una ONG con otras cinco chicas y todas las propinas del hotel y de la cafetería que regenta en la zona moderna las dedica a la organización.

Volvimos a Jma El F´na a cenar en uno de los restaurantes al aire libre de la plaza. Disfrutamos de la cena y nos reímos con ganas cuando enseñamos nuevas palabras en español al camarero. “Que pasa julay1” nos decía cada dos por tres demostrándonos lo buen alumno que era. Le dejamos claro que podía ser una palabra simpática pero que era mejor no abusar de la expresión por que no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor. Después de la cena decidí, no sin pensarlo durante un buen rato, “echar una gaitada” en el centro de la plaza donde músicos y virtuosos de extraños instrumentos se abigarraban en el centro, justo la zona más oscura. Allí, tímidamente arranqué los primeros sones de la Muñeira de Grandas, un poco alejado de los artistas locales, mientras Carlos me sacaba fotos. En pocos minutos se comenzó a formar un corro a nuestro alrededor y uno de los músicos, el que estaba más cerca y tocaba un violín árabe, se acercó, me tomó del brazo y me arrastró a su corro para no perder la clientela. Formamos y dueto en el que el sonido de la gaita se elevaba por encima de cualquier otro, ahogando al violinista que seguía sonriendo mientras su colega pasaba la bandeja al término de cada tema con gran profusión de monedas. Cuando terminó mi actuación el simpático mozo de la bandeja petitoria me la acercó insistentemente, instándome a depositar un óbolo en forma de euro a lo que, obviamente, me negué en redondo. Sin embargo su insistencia comenzaba a tornarse un tanto incómoda y deposité sonoramente 5 dirham, unos tres o cuatro céntimos de euro al cambio. Jamás, en ninguno de mis viajes tocando la gaita, con mayor o menor destreza, me habían sugerido que tenía que pagar por tocar. Me pareció una jugada sucia y una total falta de tacto por parte del músico y de su adjunto. Una mujer de Zaragoza, vestida al estilo marroquí lo echó a cajas destempladas en un, supongo, perfecto árabe y nos advirtió de lo que ya sabíamos: en esta ciudad hay mucho caradura.

Retomamos el camino a El Ghali, gaita en ristre, por las calles oscuras y con un ambiente macarrilla. En cada esquina me ofrecían “chocolate”, “polen” y “porros”, no necesariamente en este orden pero siempre antepuestos a la palabra “amigo”. Tres veces me pararon para preguntarme sobre el extraño aparato que se erguía sobre mi hombro para retomar, pendulante, la búsqueda de la verticalidad en pos del suelo. Con la gaita así colgada debía de ofrecer una estampa muy peculiar porque las preguntas se sucedían hasta que conseguían escuchar el sonido de semejante instrumento. De ese modo conseguí sonoros aplausos y agradecimiento a partes iguales. Lo que yo creía un instrumento popular y conocido en el mundo entero, aunque solo fuese por las películas de escoceses y de policías de ascendencia irlandesa muertos en acto de servicio, resultó ser sólo un tópico.

En el hotel nos encontramos con dos franceses que habían llegado el día anterior. Se estaban dando una cena romántica en el patio con dos putas que, supongo, les habría conseguido Hassana. Después subieron a las habitaciones a tomarse unas botellas de champagne y rematar la noche. Se respiraba un ambiente muy liberal allí, muy intimo. Creo que era el lugar ideal para aventuras extramatrimoniales como la de aquellos dos.

Me senté en uno de los divanes y me fumé un porro mientras me acordaba de lo bien que iba a estar mi primo Berto sentado en el diván, flipando con todo aquello, con aquel patio, con el agua, con la tranquilidad…

Ese día los Aitona Demons tocaban en el hotel La Marquesita, en San Martín de Oscos

8. La Mirada Triste


Ver Marruecos. Etapa 8 en un mapa

De nuevo un copioso desayuno, esta vez en Agadir, sitio distinto pero el mismo zumo de naranja delicioso. Supongo que ya habré mencionado alguna vez, en esta crónica, la devoción que le profeso al zumo de naranja y la profusión de establecimientos que lo sirven en este país a precio irrisorio. Las motos habían quedado a buen recaudo en el almacén de hotel. Es lo bueno que tiene viajar en moto por Marruecos, te facilitan guardar el vehículo en cualquier sitio y, aunque sepas que no va a pasar nada, siempre te quedas más tranquilo con la montura alejada de miradas indiscretas.

Agadir

Anciana en Agadir

Visitamos la mítica playa de Agadir que, a decir verdad, no difiere mucho de cualquier playa de cualquier otro lugar de mundo; tiendas, cafeterías, restaurantes, paseo playero… todo occidentalizado para hacer las delicias de veraneantes y turistas al uso. En aquel momento pensé que no sería un mal lugar para salir a tomar unas copas por la noche.

 

En el Zoco de Agadir

Zoco de Agadir

Cuando llegamos al zoco aparcamos las motos delante de una de las puertas de entrada, a escasos veinte metros, donde destacaban como gemas en medio de la arena, situadas las tres entre un mar de ciclomotores dispuestos en dos o tres líneas. Allí uno de los vigilantes de chaleco fluorescente se ofreció a guardarnos los cascos, cazadoras y demás indumentaria propia del motorista, junto con las motos. También, de forma inevitable, se nos pegó un guía al que parecieron no importarle mis amenazas de no pagarle ni un duro por no necesitar de sus servicios. La verdad es que me hubiese gustado darle una hostia, o mejor aún, que se la diese Molina que está más ducho en esas lides, por pesado y mentecato, pero me abstuve siquiera de hacer un comentario, decidido, desde luego, a no soltar ni un solo dirham a semejante elemento. Nos guió, con evidente desgana y prisa, por las callejas del zoco, un mísero muestrario de los más diversos cachivaches “made in China” para llevarnos luego, como no, a la tienda de su amigo, hermano, tío o pariente en sentido genérico donde quisieron engañar a Carlos, (otra vez), con el aceite de argán que llevaba buscando desde hacía una semana. A mi ya me rechinaba el puñetero aceite y las lamentaciones de Carlos por no haberlo comprado a los vendedores ambulantes que nos habíamos encontrado por la carretera hacía varios días, pero también me causaba cierta hilaridad el asunto. Al hombre se lo habían encargado y no quería regresar a casa si él pero, conforme pasaban los días, yo ya estaba viendo que iba a terminar comprándolo en Tánger al doble de precio que se lo estaban ofreciendo aquí. En cualquier caso hacía días que me había olvidado de su gesta para con el preciado líquido. Por si esto no fuera poco en la tienda nos sirvieron el peor té de todos cuantos tomé en Marruecos y el Sáhara y, a buen seguro, fueron muchos litros. Creo que, junto con el zumo de naranja, son los dos líquidos que más aprecié en todo el viaje. Ni siquiera el agua en mitad del desierto me sabía tan bien como un buen baso de té moruno bien caliente.

 

Seguimos por el zoco guiados por aquel personaje que nos iba informando sobre los pormenores de la vida citadina. Tres millones de personas conviven en Agadir que es una ciudad bastante ajetreada, aún diría que caótica en alguno de sus barrios. Al fin, por la zona de obras, abandonamos aquella especie de polideportivo gigante que es el zoco por la misma puerta que habíamos entrado y regresamos a las motos que, tal y como era previsible, se hallaban en perfecto estado, con nuestro vigilante particular a no más de cinco metros de las mismas. Llegado el momento de las propinas, quiero decir, de la despedida, nuestro preciado guía exigió sus emolumentos a cada uno de nosotros. Carlos y Molina soltaron algunas monedas. Yo, fiel a mi promesa de dar solo cuando lo estime oportuno, no aflojé ni una perra gorda al pseudo guía, a pesar de su inquisidora mirada, faltaría más. Y es que, si hay algo que me revienta es que me insistan con algún servicio cuando ya hhe dicho, por activa y por pasiva, que no lo deseo.

Miestras bordeábamos la muralla de la medina el cielo seguía nublado y comenzó a chispear tímidamente. Bien pensé en aquel momento que llovería todo el día porque se estaba poniendo muy feo, pero, en cuanto comenzamos a ascender el “Pequeño Atlas” la temperatura subió, de forma brusca, unos diez grados y el sol salió con insistencia infernal. Hicieron su aparición montañas de cierta entidad, algo a lo que ya no estábamos acostumbrados, y desfiladeros rodeados de colinas de un intenso color rojizo. Entre los tonos ocres destacaba la vegetación verde oscuro y las curvas se sucedían constantemente en un ascenso de varios kilómetros. El tráfico, en su mayoría compuesto por camiones Mitsubishi se hacía más tedioso y lento conforme ascendíamos y, de nuevo, como si me saltara un resorte, comencé con mi conducción creativa, dándole una nueva interpretación a cada señal de tráfico, a cada línea continua o a cada límite de velocidad. Otra vez Molina a la zaga, sin querer quedarse rezagado y Carlos, más temeroso o más cauto, varios kilómetros por detrás mientras nuestro vertiginoso ascenso no tenía fin. Detrás de cada camión, entre adelantamiento y adelantamiento, me iba fijando en los intermitentes de los camiones y en sus luces de freno, todo un ejercicio de imaginación kitch. Cada intermitente tiene ocho luces de color amarillo independientes que, de forma alterna y de cuatro en cuatro se van encendiendo. Si, por casualidad, el conductor acciona el freno se ilumina, justo debajo de los intermitentes, otro juego de cuatro o seis luces dejando atrás en iluminaria y destellos al más pintiparado de los tuneros al uso. Todo un despliegue de incandescencia que, unido a los vivos colores con que pintan estos camiones forman un cuadro de lo más chocante. Alguno de ellos, cargado hasta límites absurdos parecía querer desafiar las más elementales leyes de la física cargando con lo más granado del mercado estatal. Fardos, productos de la huerta, muebles, marterialde desecho, ganado con su pastor… todo es susceptible de ser transportado de un lugar a otro en este país en el que todo el mundo parece tener algo para vender.

Nos detenemos a tomar algo en una gasolinera bajo un sol de justicia y vemos que Carlos pasa sin detenerse,como una vieja locomotora va poco a poco, sin prisa, pero sin pausa. Nos había visto pero sabía que lo íbamos a adelantar en pocos kilómetros.

Paramos a comer en uno de los numerosos restaurantes que hay en la ruta y en el que las condiciones higiénicas parecían algo más aceptables. Una mujer con su hija pequeña a la espalda estaba pidiendo en la entrada. La niña tenía la mirada perdida y sus ojos negros una profundidad insondable llena de candor. Sin embargo no había en su rostro ni un atisbo de sonrisa, solo la mirada triste y el hastío que me pareció ver en ella. Su madre me pidió una moneda y me debatí entre dar limosna a alguien que usa a sus hijos para mendigar o ofrecerle un óbolo fomentando así que dicha práctica fuese rentable. Al final opté por lo último y me encaminé a la terraza del restaurante con el corazón endurecido.

Mientras comíamos se acercó un niño que ofrecía sus servicios como limpiabotas. No tenía más de diez años, la edad de mi hijo Martín e, inevitablemente me inundó una pena terrible. Deseé tener un dios al que rezarle, uno al que poder escupir directamente a la cara para reprocharle tales injusticias. Un dios al que abofetear por permitir que niños, tan guapos, tan listos, tan sanos como mi hijo o como cualquier otro se vean obligados a mendigar por un mendrugo.

Molina dejó medio tajine de pollo sin terminar que quedó en la mesa, entre los dos, mientras una viejita raída lo miraba con ojos hambrientos. En árabe nos preguntó si lo íbamos a terminar y, en vista que habíamos dado por concluida nuestra tarea se lo llevó a la mesa de al lado y comenzó a comerlo con fruición bajo los reproches amables del camarero. Ella sonreía y hacía caso omiso mientras comía con las manos el pollo con verduras, aún caliente. Nada más terminar se lavó los dientes en la fuente de la entrada.

Salimos de nuevo al sol para encontrarnos con la ruta pero en lugar de eso nos encontramos, de nuevo, con la madre con la niña a sus espaldas. Se acercaron a la moto y, otra vez, volvió a pedirme una moneda. Hice caso omiso e intenté arrancar, con muecas y carantoñas, una sonrisa a la niña que me miraba con cara indolente, sin gestos, sin interés, como quien mira al horizonte en un día nublado. Al fin, saqué de una de las maletas un arpa de boca y comencé a tocar. La cría, inmediatamente, abrió los ojos que se iluminaron mirándome y esbozó la sonrisa más hermosa que haya visto en mi vida. Mi viaje podría justificarse sobradamente con aquel atisbo de efímera felicidad de una hija de los desheredados de la tierra. Acaricié su mejilla y le dí varias monedas que su madre agradeció. A ella también la había gustado la música y me dio su bendición. Con ella viajo.

 

Marrakech, la mítica y mágica ciudad nos recibió con el tráfico más caótico que haya visto nunca. No es una ciudad apta para principiantes y aún menos si, como nosotros, el viajero se equivoca y penetra a la ciudad por la carretera nacional en lugar de hacerlo por la autopista. Recorrimos varios kilómetros por suburbios, decenas diría yo, antes de llegar al centro donde el tráfico parece ordenarse un poco no sé si debido a la presencia de los gendarmes o a una eficiente regulación de los semáforos. El caso es que, aún sin llegar a ser óptima la circulación parece ser más segura por las anchas avenidas.

En un semáforo nos detenemos detrás de un BMW Z3 descapotable ocupado por dos tremendas señoritas que quiaban el hipo. Molina, consciente de ello y siempre dispuesto al galanteo con cualquier dama de buen ver, se acercó por un costado y ellas comenzaron a cuchichear y a reirse mientras nos miraban de reojo. Jose, siempre a la que salta, se acercó en el siguiente semáforo para entablar conversación pero ellas no hablaban español,, solo francés y árabe. Ellas seguían con el coqueteo y nosotros sin adelantar para cercarlas en cada semáforo hasta que, al llegar a una rotonda dudamos si seguirlas o continuar nuestra ruta hacia la medina. Grave error que casi nos cuesta un accidente porque, a mitad del giro dejamos a las chicas que corrieran solas y decidí seguir recto. Los coches que me precedían tuvieron que frenar bruscamente y los bocinazos no se hicieron esperar. !No se puede ser tan galante hombre!

En uno de los semáforos nos aborda un tipo con un ciclomotor que se ofrece a guiarnos hasta un hotel barato en el centro de la medina, a trescientos metros de la mítica plaza de Djma El Fna, el lugar más emblemático de Marrakech donde se dan cita músicos, encantadores de serpientes, aguadores… La verdad es que parecía una oferta irresistible, por setecientos euros la habitación no se podía dejar pasar la oportunidad así que allí seguimos a nuestro improvisado anfitrión por toda la ciudad hasta entrar a la medina, la ciudad antigua. Para nosotros fue toda una experiencia circular por aquellas callejuelas esquivando gente, ciclomotores, bicicletas, carros… y todo entre las estrechas calles de la medina. En cualquier país occidental todo esto sería una zona peatonal en la que no se podría circular sino por unas pocas calles, pero allí, todo era distinto. Mi voluminosa Vstrom se desenvolvía a duraas penas entre los puestos de verduras y talleres variados mientras echaba el pié a tierra cada dos por tres. Fue una experiencia inolvidable sobre todo por haber salido indemne.

En el rihad, que así se llaman estos hoteles de la medina, resultó ser un hotel de lujo, un perfecto picadero para economías pudientes de casados en viajes de negocios y, claro, no resultaba tan atractivo de precio como nos lo había pintado el mohamed de turno que rápidamente se escabulló después de exigir propina y dejándonos varados en medio de aquel laberíntico caos. Después de negociar en varios idiomas con la chica del rihad conseguimos un precio de 48 euros por persona, y día, desayuno incluido lo cual, aún pareciéndome una barbaridad, no lo era tanto a la vista de las instalaciones. Alrededor de un patio central se situaban las seis únicas habitaciones de que disponía, muy de estilo árabe y lujosas como pocas veces he visto. No es que esto sirva de indicativo, teniendo en cuenta mi forma de viajar, pero en verdad todo aquello era un lujo muy fuera de mi alcance de no ser por estar en Marruecos. En el patio central una fuente de mármol rompía el silencio con el chapotear del agua y daba a toda la estancia un halo mágico, como de mil y una noches. Nos instalamos cómodamente después de contratar a un guía que al día siguiente, sábado, nos llevaría por toda la medina a ver los lugares más importantes.

 

Al caer la noche nos fuimos, por entre las callejuelas y guiados por el cocinero del rihad, hasta la plaza de Djma El Fna para comprobar la certeza de las maravillas que allí se ofrecen. Antes de entrar en la enorme plaza, creo recordar que son cuarenta y ocho mil metros cuadrados, me detuve unos instantes para saborear aquel momento, para retener en la memoria la noche en la que, por primera vez, puse mis inquietos pies en la plaza más famosa de todo el Magreb. Así, con paso firme y trascendental, entré a la plaza que resultó ser mucho menos mágica y más turística de lo que me imaginaba. En fin, uno no está solo en el mundo y los lugares adquieren fama, básicamente, por el turismo. Paseamos al amparo de la noche mientras algunos ojos nos seguían con la mirada y algunas piernas lo hacían con los pies. Yo los había visto hacía rato, pero no había dicho nada por no importunar a mis compañeros. Molina, siempre ojo avizor y con el muelle cargado nos puso sobre aviso ante la presencia de los que parecían carteristas.

Nos dimos un par de vueltas, cenamos en uno de los numerosos restaurantes al aire libre del centro de la plaza, y volvimos al hotel a descansar. Una vez allí, con Molina y Carlos ya en la cama, entablo conversación con Hassana, la gobernanta y con el cocinero, del cual no recuerdo el nombre. Nos intercambiamos psicotrópía, probando ellos el cannábico superskunk europeo y yo el polen autóctono para, sin saber cómo, terminar tocando la gaita con un tremendo colocazo en la cocina del hotel. Se ve que la ginebra a pelo también influyó en el resultado final de la mediore interpretación.

7. Bajón y Pérdida

Tan-Tan Playa – Agadir, 400 ó 500 km

Bajón y Pérdida
 

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Suzuki Vstrom en el Sáhara
 
Resacoso y resignado me levanté con la esperanza de que la moto fuese mejor que el día anterior. Los tirones que daba a la llegada a Tan-Tan Playa me hacían pensar en una avería en los inyectores, más que un simple problema de higiene básica. El paseo por el pueblo, solitario en la noche, no me había dado buenas sensaciones y, a pesar del intento de ahogar las penas entre spicotropía y alcohol del día anterior, no conseguía quitarme de la cabeza los tirones del motor y la falta de potencia.
Desayunamos en el camping zumo de naranja y tostadas mientras charlábamos con dos saharauis que habíamos conocido la noche anterior y que nos contaron un poco más de la realidad del Sáhara occidental. Una realidad más profunda de lo que se ve a simple vista y que nos daba una idea de la situación social de este país. Hablamos de los yacimientos de fosfatos, de las explotaciones mineras, de los bancos de pesca… todo dominado por la monarquía alahuí y por las empresas de capital marroquí. Entre tanto, el pueblo saharaui está condenado a la emigración o a malvivir en los campos de refugiados de Argelia, olvidado por la comunidad internacional, víctima de las vanas promesas y las mentiras de la Unión Europea. A pesar de que yo sólo tenía seis años cuando la famosa marcha verde no puedo dejar de sentirme avergonzado por el olvido con el que España castigó a esta antigua provincia. Los sucesivos gobiernos de Suárez, González, Aznar y Zapatero han engañado de forma sucesiva a los saharauis en clara connivencia con el gobierno de Hassan II y ahora con el de Mohamed VI. Colegueo de mandatarios, amistad fraterna entre reyes y, mientras tanto, millones de refugiados despojados de su tierra, de su país. Es el sino de los pueblos del desierto que, aunque vivan pacíficamente, arrancando su sustento en estas tierras de extremos, siempre habrá alguien que desee lo que ellos tienen.
 
Molina y yo montamos el equipaje en un pis-pas y Carlos, como siempre, un poco más rezagado, aún estaba asegurando las alforjas cuando nuestro motores se pusieron en marcha. A última hora decidió que quería acercarse a la playa a sacar unas fotos pero nosotros se lo desaconsejamos porque estaba bastante lejos. Había que transitar por una zona de dunas, luego pasar otra de piedras y, al final recorrer un tramo largo de arena para llegar a la playa. En total casi kilómetro y medio. Se quedó dudando un rato y, mientras tanto, nosotros nos pusimos en marcha con la promesa de detenernos en Tan-Tan, a veinticinco kilómetros, para repostar y realizar la limpieza de filtro en la Vstrom.
Llegamos a Tan-Tan y en la gasolinera me dispuse a hacer de mecánico para intentar solucionar los problemas que había arrastrado todo el día anterior. Allí, extraje el depósito bajo la atenta mirada de los empleados de la gasolinera que no perdían detalle de las evoluciones de los dos guiris. Para acceder al filtro hay que quitar embellecedores, asiento y depósito por lo que la maniobra me llevó un buen rato. Al quitar el depósito y moverlo me di cuenta de que apenas si quedaba un cuarto de litro de gasolina en el interior. La tarea se desarrollaba de forma relajada, charlando un poco con todo aquel que se acercase a darnos conversación. Un portugués que trabajaba en el puerto se quejaba de lo sucio que estaba Marruecos y de lo mucho que necesitaba ir a Portugal cada ciertos meses para “desintoxicarse” de tanta mierda y tanto caos. Uno de los chicos de la gasolinera me prestó una llave y aflojó algunos tornillos. Cuando llegamos al motor ya no quiso seguir, supongo que por prudencia. En cualquier caso se mostró muy amable y me limpió el filtro con aire a presión cuando lo extraje.
Carlos seguía sin aparecer.
Volví a montar el depósito y dejar la moto como estaba pero la tozudez de los plásticos hizo que la cinta americana sustituyese algunos de los “clips” con que originariamente iban montados. La chapuza se imponía ya que soy el maestro de lo “provisional-definitivo”, que diría mi amigo Gelucho. Llené el depósito hasta la mitad y añadí un bote de Winns para limpiar inyectores. Luego me di una vuelta por el pueblo y regresé a la gasolinera para terminar el llenado y ver si Carlos aparecía para continuar la ruta. La moto seguía igual que antes, si acaso una pequeña mejoría casi inapreciable en mi estado de paranoia.
A las dos horas Carlos llegó con malas noticias. Había perdido su cámara fotográfica de mil ochocientos euros, más que el valor de su moto. En su indecisión a la hora de ir a la playa había dejado la mochila de la cámara sobre el asiento de la moto y, en algún punto de los veinticinco kilómetros que nos separaban de la costa ésta se había caído. Había regresado al camping, preguntado en recepción, a un pordiosero al que no quise darle monedas, al vigilante… con infructuosos resultados. En el control policial que habíamos pasado los policías le indicaron que, al pasar por allí, llevaba la mochila sobre una de las alforjas, un tanto ladeada. Luego, en la carretera mientras la escudriñaba buscando un bulto azul, uno de los camiones de pescado que estaba detenido en el arcén le había hecho señas, pero él, obnubilado por la perdida, siguió su incansable búsqueda. Más adelante te daría cuenta de que, probablemente, el conductor había visto la mochila y la había recogido, pero en ese momento ni se le ocurrió. La prisa mata, amigo.
Sentados en la terraza del hotel Sable d´Or, del mismo propietario que el camping de Tantan Playa, conocimos a Ibrahim que se prestó ayudar a Carlos en lo que hiciera falta para recuperar la cámara. También nos presentó al alcalde del pueblo, casualmente dueño del hotel. Ibrahim trabaja de camarero en Barcelona, en las Ramblas. Nos dijo algo que me llegó al alma: se sentía español, llevaba muchos años trabajando en España y sentía a los españoles como sus hermanos. No podía ver que alguno de sus compatriotas españoles estuvieran pasando un mal momento y no poder ayudarles. !Que lección de solidaridad seguramente no correspondida en su país de acogida¡
Juntos se fueron a recorrer las tres o cuatro comisarías de la ciudad para poner al corriente a la policía. Molina y yo nos quedamos en la terraza del hotel, en mi caso preguntándome si tendría que haber ido con Carlos. A decir verdad él venía buscando aventuras y cosas que contar al regreso así que creí oportuno dejar que realizara las gestiones él solo. En realidad no estaba solo pues Ibrahim lo acompañaba en todo momento e incluso lo invitó al taxi.
Carlos estaba abatido y se resistía a abandonar Tan-Tan, pero llegó un momento en que poco más podía hacer para recuperar su cámara así que nos dispusimos a emprender la marcha a media mañana, de nuevo en dirección norte. Yo me sentía totalmente frustrado, tanto por la pérdida de Carlos como por los problemas que la moto estaba teniendo, todo ello sumado al varapalo que supuso nno poder llegar a Mauritania. Busqué un locutorio y llamé a Elena, mi esposa. Sabía que ella no podía solucionar nada de loo que me estaba ocurriendo, pero necesitaba oír su reconfortante voz y sentirla cerca. Le conté un poco por encima las últimas noticias, intentando no dar demasiados detalles para no preocuparla. Después de todo la moto aún no me había dejado tirado.
 
 
En Guelim nos detenemos a comer. Cuando aparco la moto, vigilada por un guardián de los muchos que abundan en Marruecos, le grito a Molina que aparque junto a las nuestras, a la sombra – Jose, ven pacá!- y una voz me responde desde el interior de un garaje, “ata la jaca Paca !”. Me hizo mucha gracia porque resultaba como una voz de ultratumba escondida tras el portón de madera. El sol aprieta cada vez más y parece que habíamos dejado atrás, definitivamente, el tiempo nublado de los últimos días. Pero a Molina eso parecía no importarle. Llevaba quejándose de frío desde que salimos de España, como si tuviese el termostato corporal dañado, así que se colocó, mientras comíamos el postre en la terraza, a pleno sol, a unos treinta y cinco grados de temperatura, causando la hilaridad del resto de comensales. Él, ajeno a todo, parecía un lagarto sesteando encima de un pedrusco.
Volvimos a comer pescado a la parrilla, delicioso y a un precio económico, tal y como había sido durante los últimos días.
Volvemos a la ruta y mi moto comienza a ir mejor, los tirones son más espaciados y parece que tiene más potencia; la preocupación se disipa un poco. Aún seguimos desandando camino, pero será el último día ya que al llegar a Agadir nos desviaremos hacia Marrakech y entraremos en carreteras para nosotros ignotas y desconocidas. Pero antes aún habíamos de pasearnos por Agadir y alojarnos en el hotel Solman, de tres estrellas donde, por siete euros por cabeza, estuvimos como reyes y pasearnos por sus famosas playas.
Al día siguiente nos esperarían vertiginosas curvas, tráfico loco y calor en las tierras rojas.
 

6. El Frustrante Adios a Mauritania

Etapa 6. Boujdour – Tan-Tan Playa

El Frustrante Adiós a Mauritania

 

 


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Con la llegada del alba la euforia del día anterior fue tornándose más difusa y tomando la docilidad de un colegial el día de su primera comunión. Mis ánimos ya no galopaban, exultantes de júbilo, sino más bien, se habían convertido en un remedo de trote deslavazado. Con nulo éxito intentaba convencer a Molina y a Carlos de que nuestra empresa llegaría a buen puerto, a tenor de las informaciones de última hora que nos había proporcionado el alemán pero ellos, sobre todo Molina que siempre tiene los pies asentados en la tierra de forma firme, no terminaban de creérselo. Quizá Carlos, parco en palabras y enorme en candidez me prestaba más atención y deseaba que todo saliera como yo vaticinaba, pero no había demasiada animosidad en el grupo.

Durante el desayuno en uno de los bares-cafetería-restaurante-terraza-pub de la calle principal me acerqué a telefonear a la embajada de España en Mauritania. Allí nadie contestaba pues aún eran las siete y pico de la mañana y las oficinas estaban cerradas. El mismo resultado con la embajada en Marruecos y otros infructuosos intentos que hice, a excepción del Consulado en Nouadibou donde una agradable voz femenina se adueñaba de un contestador automático dándome un teléfono de emergencias. ¿Y qué era lo nuestro más que una emergencia? Saqué de la cama, sin saberlo, al mismísimo cónsul que, aún con la voz tomada por tan intempestiva hora me informó de la situación de primera mano. La frontera había dejado de dar visados hacía una semana a causa de las elecciones y la situación en el país estaba un tanto revuelta. La solución que me ofrecía era volver a Rabat y sacar el visado en la embajada de Mauritania o, por cien euros, tomar un vuelo en Laayoune hasta Canarias y acudir al consulado. Cualquiera de las dos era, para nosotros, inviable por falta de tiempo. También me dijo que, si no teníamos que ir a nada, solo por turismo, era mejor darse la vuelta porque la situación sociopolítica no era la óptima.

Salí del locutorio cabizbajo pero elaborando planes alternativos para que el viaje no se viese truncado del todo y crucé la calle para darle las noticias a mis compañeros. El alemán había hecho acto de presencia con su Mercedes 190 y seguía con la cantinela de su amigo en la frontera, empeñado en que, esa misma tarde o a más tardar, al día siguiente, volvería a dar visados. Cuando le dije que había hablado con el cónsul y le puse al corriente, su semblante se torno tan meditabundo como el de un alemán elaborando planes alternativos. Al fin, después de un rato dijo: – y para qué queréis ir a Mauritania, allí nada funciona, todo es una mierrrrda, es una caricatura de estado.

Volvimos a retomar la ruta, pero esta vez en sentido contrario, desandando el camino en dirección norte y cada uno con sus pensamientos bajo el casco. Habíamos concluido llegar a Marrakech para, una vez allí, decidir qué hacer con nuestras vidas. Molina me había dicho que regresaría a Asturias puesto que el viaje, tal y como lo habíamos previsto, se había terminado, pero yo albergaba la esperanza de que cambiase de opinión en los siguientes tres días de ruta. Habíamos congeniado muy bien y me dolía perderlo de vista tan pronto.

Yo tenía sentimientos encontrados. Por una parte me sentía frustrado por no haber podido llegar al destino que me había fijado, pero por otra parte el sentido de conservación se imponía ya que todas las llamadas que había hecho, todas las indagaciones, apuntaban a que era más prudente quedarse por Marruecos que internarse en un país en el que su dictador pretendía perpetuase, en contra de la mayoría del pueblo, en el poder a través de unas elecciones amañadas.

Yo abría la marcha, como siempre, pero el ritmo era cada vez más lento. Además de las múltiples paradas tanto para hacer fotos como para cualquier otra chorrada, se sumaba el hecho de que mi moto no iba del todo bien. El ritmo, al igual que mis ánimos, iba decayendo de modo que los camiones que adelantábamos nos rebasaban a los pocos kilómetros dando un bocinazo a modo de saludo. Nosotros respondíamos desde el arcén imaginándonos lo que pensarían los camioneros,- estos guiris están tontos-.

El paisaje se me hacía familiar, no en vano habíamos pasado por allí el día anterior, pero en esta ocasión parecía que ya no tenía nada que ofrecerme. ¿Dónde se habían ido las agradables sensaciones ayer?. ¿A qué lugar habían emigrado los profundos pensamientos que me llenaban de ilusionada emoción?. ¿A dónde el romanticismo de la solitaria llanura? Como a una novia abandonada en el altar, Mauritania nos había dado plantón y mi desconsuelo iba y venía por momentos.

La moto iba cada vez peor con tirones constantes y una, más que evidente, falta de potencia. En los escasos repechos que sucedían a una vaguada que nos acercaba a la playa, yo aceleraba repentinamente para calibrar la respuesta y ésta me dejaba aún más turbado. Había momentos en los que temía que fuese cada vez peor y que me dejase tirado. Molina insistía, en cada parada, en que eso era cosa de la inyección, gasolina sucia o filtro de aire en mal estado. Yo, que no soy muy ducho en temas de mecánica, imploraba a los dioses del desierto, a Allah o a quien quiera que dominase ese mundo yermo por el que circulábamos que me permitiese salir de allí a lomos de mi moto o, por lo menos, acercarme a un lugar civilizado donde poder reparar.

Laayoune, lugar civilizado

Después de comer ya habíamos decidido acampar en un paradisíaco lugar que habíamos visto a la ida, una ensenada con playa, dunas y acantilados, un sitio de ensueño. Allí haríamos una hoguera, montaríamos nuestra tiendas y saciaríamos nuestra sed con un escocés de ciento veinte euros el litro que habíamos reservado para el verdadero desierto, además de licor espirituoso con base herbácea, bota de vino y galletitas de la risa. Todo dispuesto para una fiesta de pijamas a lo Boy-Scoutt que no acababa de llegar porque la tarde se nos iba echando encima y el dichoso lugar no aparecía por ninguna parte.

... van apareciendo los rezagados

Al atardecer la moto seguía fallando, después de más de quinientos kilómetros y yo continuaba con mis pruebas silenciosas. Harto del día de contratiempos y de conducir, embalé la moto hasta su límite que encontré rápidamente a unos ciento sesenta kilómetros por hora. Definitivamente algo no andaba bien en aquel motor. Entre pruebas de acelerones y potencia me fui distanciando, una vez más, de mis compañeros hasta que, hastiado de dunas y llanuras, me recosté sobre una de ellas, en el arcén, a observar como el sol se tomaba su descanso diario en su encuentro con el horizonte. Allí, tumbado sobre la arena dorada, encendí un purito mientras los camiones que había rebasado decenas de veces ese día, volvían a saludarme con un amistoso bocinazo. Yo agitaba la mano y sonreía con desgana. Veinte minutos más tarde llegaron los otros dos. Molina debió ver en mi cara un gesto de hastío y mutuamente nos aseguramos que el lugar de acampada no estaba lejos. En realidad ninguno de los dos teníamos ni idea.

Cuando llegamos al supuesto lugar de acampada éste no ofrecía las condiciones ideales que nosotros recordábamos, simplemente porque lo que buscábamos, hacía dos días que lo habíamos dejado atrás, al norte de Agadir, lejos, muy lejos de donde nos encontrábamos ahora, unos quinientos o seiscientos kilómetros. No hubo broncas, no hubo reproches ni miradas de desaprobación. Simplemente un mohín de resignación y ruta de nuevo en busca de un lugar donde dejarnos caer mientras la noche se cernía sobre nosotros.

Al llegar a Tan-Tan Playa, ya de noche cerrada, buscamos un hotel. Ya nos daba igual si era un tugurio de mala muerte o un resort de lujo con tal de terminar el día. A cambio encontramos un término medio en el camping Sable d´Or donde nos sablearon casi cincuenta euros por cada bungalow. Molina se adueño de uno en exclusiva y Carlos y yo nos acomodamos en el otro. Yo también hubiera agradecido estar solo para meditar en silencio.

En lugar de meditación y silencio nos hicimos un picnic a base de latas de conserva y vino de la bota, regado con el prieto picudo de la bota que mi padre me había preparado. Después de cenar comimos galletitas de la risa de postre, nos bajamos el whisky a pelo y un fumable para ir, con la percepción espacio-temporal bien alterada a pasear a una cercana playa que resultó estar en los confines del Magreb. Carlos, más prudente, se quedó en la cama. Mejor le hubiese resultado venir con nosotros a la vista de lo que le aconteció al día siguiente.

5. Una Vida Recta

 

Tan-Tan – Boujdour. Por fin el Sáhara Occidental

 

 

 

 

 

 

 

Tan-Tan – Boujdour. Por fin el Sáhara occidental

Salimos de Tan-Tan contentos por dejar este agujero que nos inspiraba tan poca confianza. En todo el viaje era la primera vez que un lugar nos parecía aborrecible y tan poco interesante. Seguramente el sitio tiene mucho que ofrecer y rincones con encanto, pero nosotros no fuimos capaces de vislumbrarlos ni de sacarle ningún partido. La suciedad, las caras poco amigables y la decadencia general que se repiraba no contribuía a despertar mi afán investigador.

Una vez más esperamos a que Carlos dispusiera su equipaje sobre la XT y cuando, por fin, todo estuvo en orden iniciamos la marcha, llenos de ilusión, de nuevo rumbo al sur. La etapa del día nos dejaría a una o dos jornadas de la frontera con Mauritania, nuestro ansiado destino, y al fin, entraríamos en el Sáhara mauritano y en Parque Nacional de Arguin. Mi intención, una vez allí, era contactar con los guardaparques para escribir un artículo para la revista Guardabosques.

Carretera del Sáhara

Con los primeros compases comenzaron a sucederse las rectas interminables donde las escasas curvas comenzaban a ser poco más que una mera anécdota. Circulábamos paralelos al mar, como en los últimos cientos de kilómetros pero éste te veía, en ocasiones, como una enorme mancha brumosa y lejana, separada de nosotros por enormes distancias. A veces se acercaba a lamer la carretera pero los violentos acantilados se interponían en su camino. Playas de proporciones homéricas se intercalaban sin que ningún bañista disfrutase de tales extensiones de arena. A pesar de que por la carretera el tráfico de camiones de pescado y Mercedes 190 seguía siendo constante, – aunque no intenso -, la sensación de soledad que le invade a uno al posar la vista sobre el horizonte es atroz. No te sientes aislado porque, como digo, el tráfico es como un goteo, pero la monotonía del paisaje y la soledad a ambos lados de la carretera hacen que te sientas pequeño, desvalido, en soledad aunque viajes con tus compañeros. Rodar en la moto siempre tiene ese punto de intimidad, no truncada por conversaciones ni por el arrullo mortecino de la radio y, qué duda cabe, cuando lo haces por el Sáhara, aunque sea en pleno asfalto, hace que esas sensaciones se magnifiquen y se hagan tan intensas como el increíble lugar por el que circulábamos.

Mucha recta en el Sáhara

En lo alto de los acantilados, despertándose entre la neblina matinal, surgían cabañas de pescadores, en el sentido más literal de la palabra cabaña. Los habitáculos no eran más que míseros cubiles de lata y piedras entre los que destacaban los más “ostentosos” construidos de bloque gris con techumbre de los más variopintos materiales. En nuestra inocencia de occidentales irredentos imaginamos que serían viviendas estacionales en las que los pescadores pasarían el día, la semana o, como mucho la temporada de pesca. La realidad es mucho más cruda y obstinada: los pescadores viven, de forma permanente, en estas chabolas que envidian las de las afueras de cualquier arrabal europeo. Estas gentes viven de lo que pescan y si acaso hay algún excedente venden la mercancía para poder comprar lo que el mar no ofrece. No hay concesiones al romanticismo ni otras consideraciones utópicas, esta gente vive al día en sensu estricto.

El sol iba asomándose tímidamente y con cada nuevo rayo se nos mostraba un trozo más de horizonte que seguía siendo lejano y gigantesco. Dolía la vista de lanzarla a destinos tan lejanos y dolía el alma al verse cada vez más empequeñecida en medio de aquella absurda inmensidad. Solo hay un antídoto para volver a sentirse bien con uno mismo: pensar en el siguiente kilómetro, en el siguiente paso y disfrutar de cada piedra, de cada lengua de mar que se introduce en estas indolentes tierras, insultante, en pos de un trozo más que arrebatar al acantilado.

Luchando contra el tedioso discurrir de la ruta hacíamos breves paradas, tanto para esperar a Carlos como para dejarnos seducir por el paisaje ya teñido de ocre en toda su extensión. El firme de la carretera no dejaba lugar para grandes florituras. Al igual que la estrechez de ésta que nos recordaba sus medidas cada vez que nos cruzábamos con un camión de gran tonelaje en sentido contrario. El rebufo al pasar tan cerca había ocasiones en que te ponía los pelos de punta.

Al llegar a Tah nos dimos de bruces, más bien me dí yo solo porque que, de nuevo volvía a rodar como el Llanero Solitario, con la frontera del Sáhara Occidental. Oficialmente no salíamos de Marruecos pero el bajorrelieve en mármol representando un alambre de espino dejaba ver, muy a las claras, que entrábamos en otra realidad político-social. Resulta curioso que el Reino de Marruecos, empeñado desde la famosa Marcha Verde y el vergonzoso abandono a que España sometió al pueblo saharaui, señale con un alambre de espino, aunque sea iconográfico, una segregación cuando lo que pretenden es anexionar terreno y recursos naturales.

Una vez vuelto a reunir el rebaño reemprendemos la marcha y nos topamos con un nuevo control de la Gendarmería Real. No sería ninguna novedad porque para aquellas alturas del viaje ya habíamos mostrado nuestro pasaporte en infinidad de ocasiones. Lo que hacía a éste distinto de los demás es que, a escasos cincuenta metros, había otro de las mismas características pero comandado por la Defensa Nacional, el ejército, con lo que el trato amable y distendido pasaba a la historia. Caras largas al igual que las armas y pose y maneras de lo militar. Se me pasó por la cabeza, nada más parar, sugerirles un poco de coordinación e intercambio de datos, pero el comandante de puesto me quitó de la cabeza semejante tontería con su insidiosa mirada marcial. Sentado a su lado un cabo, o sargento, vaya usted a saber, se afanaba en escudriñar un ordenador portátil pertrechado detrás de unas Ray-Ban verdes estilo años setenta, a juego con su bigotazo árabe.

A veces en estos controles se daban situaciones la mar de curiosas como cuando, en el interior de una garita, uno de los mandos que tomaba nota de nuestros datos llamó a uno de sus subordinados para que él nos hiciera entrega de los pasaportes. El segundo en el escalafón entró, recogió los pasaportes que le entregaba su jefe y nos los dio sin más. Se ve que hay que repartir el trabajo y que el que manda, manda.

Poco a poco fue trascurriendo el día y llegamos a Boujdour, una población limpia y cuidada en la que el gobierno invierte dinero para repoblar de marroquíes en detrimento de la población saharaui. La avenida principal disponía de un asfalto impecable, en claro contraste con lo que caracterizaba al resto de la ruta. Mediana ajardinada y líneas nítidas en la carretera nada más traspasar el típico arco que da entrada a cada población de cierta entidad. Allí buscamos en camping y nos instalamos en uno de los bungalows después de un pequeño malentendido con el precio. La barrera idiomática nos supuso pagar 490 dirham por el alojamiento.

 

El chico de la recepción se interesó por nuestro destino y al referirle que íbamos en dirección a Mauritania nos pregunto si disponíamos de visado porque, desde hacía unos días ya no lo daban en la frontera. Nos dijo que los aduaneros mauritanos estaban dándole la vuelta a todas las expediciones y que si no íbamos preparados nos pasaría lo mismo. La situación sociopolítica en Mauritania, con las elecciones a la vuelta de la esquina y el dictador que gobierna presentándose como candidato para dar legitimidad a su reelección, hacía que los ánimos anduviesen muy revueltos. Nosotros no llevábamos el visado porque, efectivamente, hasta hacía poco más de seis días lo daban en la frontera sin ningún problema, esto era así desde hacía más de dos años. Esta información fue un duro varapalo puesto que nuestro destino último era llegar a Mauritania y con estas noticias nuestros planes quedaban truncados.

Cuando referí la información a Carlos y a Molina éstos quedaron cariacontecidos y en su semblante se veía la desazón de un niño al que acaban de quitar su caramelo. Con este panorama y por unanimidad decidimos dar la vuelta pues era del todo inútil seguir dos o tres jornadas hasta la frontera para tener que dar la vuelta y desandar todo el camino aún más desanimados. Molina se quedó en el bungalow, sin ganas de cenar y rumiando, en solitario, su desdicha. A mi, que para quitarme las ganas de cenar hace falta algo más que una noticia de este calibre, me dolía aún más quedarme a apiadarme de mi mismo así que me llevé a Carlos al centro del pueblo y nos dispusimos a dar buena cuenta de uno de los mejores platos de pescado que probé en mi vida. No recuerdo el precio porque en esos días estaba perdiendo ya la costumbre de ir apuntando todos los gastos y alguno, irremediablemente, se escapaba. Lo que sí recuerdo es que me pareció bastante irrisorio.

Al volver al hotel nos encontramos con un alemán que viajaba en un Mercedes 190 para venderlo en Mauritania. Él nos dijo que tenía un amigo en la frontera, un guardia fronterizo y que éste le había dicho que volvían a dar visados desde esa misma tarde. Inmediatamente me invadió un subidón y toda la frustración de esa tarde desapareció como por arte de magia. El vuelo rasante del variopinto equipo continuaría su singladura rumbo sur al día siguiente.

4. A las Puertas del Sáhara

 

Essaouira – Tan-Tan

Lunes, 25 de mayo, 500 ó 600 km.

 


Ver Marruecos. Etapa 4 en un mapa más grande

 

 

Paseo en Essaouira

 

 

Por la mañana visitamos Essaouira, la antigua Mogador de los tiempos de las colonias. El día anterior apenas tuvimos tiempo de ver nada: la impresionante puesta de sol y la pizzería en la que cenamos. Nos acostamos temprano porque el sueño nos invadía galopante, pasando factura por los kilómetros del día.

Una vez más nuestra intención de salir temprano y llegar antes de la caída de la tarde a nuestro destino se ve truncada por la pereza mañanera y lo contagiados que estamos del popular dicho marroquí, “prisa mata, amigo”. Así las cosas desayunamos copiosamente en el paseo de pl aplaya donde, por un par de euros por cabeza nos atiborramos de pan con mantequilla y miel, sin olvidarnos, como siempre, del café y el omnipresente zumo de naranja. Adoro el zumo de naranja. A veces bromeo con ello y digo que podría alimentarme a base de zumo de naranja durante semanas enteras, hasta que la vitaminosis me saliera por las orejas. Lo malo es que tengo mucha pereza y por las mañanas no soy capaz de exprimir un par para el desayuno. Aquí, sin embargo, donde me lo sirven con la elegancia de quien sirve a un caballero, libo con delectación y saboreo cada sorbo como si fuera el último. Que Alláh bendiga también al zumo de naranja!

 

Desayuno en Essaouira

 

Mientras desayunamos con la somnolienta mirada puesta en la fortaleza de la isla, el camarero llama nuestra atención con grandes aspavientos: han intentado robarnos algo de las motos. Nos incorporamos de un salto pero ni siquiera llegamos a tiempo de ver a los dos hombres que hurgaban en las alforjas de la moto de Carlos. Después de una primera inspección se dio cuenta de que no le habían robado nada de importancia, solo una bolsa de plástico y la funda de una de las alforjas. Hubo suerte.

Mientras departía con el policía que se personó en menos de tres minutos en el lugar de los hechos y con dos empleados del restaurante pasó ante nosotros un hombre sucio, con el pelo alborotado y la mirada perdida. Caminaba tambaleándose y parecía, a todas luces, que estaba borracho. Al fijarme un poco más en su aspecto reparé en que llevaba el pene asomando por encima de la cremallera bajada. No es que yo sea muy pacato con los asuntos genitales, pero la visión de aquel glande rosado que coronaba su enorme y mugrienta polla, me dejó impactado para lo que restaba de mañana. El hombre se sentó a escasos metros de donde estábamos, se apoyó en la pared y se dispuso a pasar cómodamente lo que restaba de mañana con su miembro al fresco.

Después del sobresalto, (y me refiero al intento de robo), salimos de Essaouira, de nuevo al lado de la costa, bordeando el continente africano por las carreteras locales que discurren pegadas al mar. Durante muchos kilómetros fueron alternándose acantilados y pequeñas playas y gente. Mucha gente. Gente caminando, en burro, en bicicleta… la mayoría hombres jóvenes, desocupados haraganeando y sin mucha intención de hacer nada que no sea charlar y ver pasar la vida, (prisa mata, amigo).

 

 

Y prisa parece ser que era lo que me sobraba a mi porque a no muchos kilómetros de Essaouira, circulando por una solitaria carretera, secundaria donde las haya, me detuvo la policía para informarme de que circulaba a noventa y siete kilómetros por hora, cuando la velocidad permitida era de sesenta. Claro, eso lleva aparejada una multa de cuatrocientos dirham y después de solicitar, con cierta desgana, una absolución parcial por parte de los agentes, tramitaron el boletín de denuncia con el subsiguiente pago por mi parte. En realidad lo único que pensaba era que, de haber sido en España, la cosa sería muy distinta. La policía en Marruecos, al menos todos aquellos con los que me tocó entablar conversación por uno u otro motivo, (y fueron muchísimos, os lo aseguro), es bastante afable con el turista, (aquí debería decir “el viajero” para no ofender a Carlos). Tanto es así que después de tramitar la sanción nos quedamos un rato de cháchara, hablando de Marruecos, de lo divino y lo humano. Para ese momento mi francés ya era de lo más fluido y mi dicción rayana con lo perfecto. Cuando salió a colación la profesión y le dije que yo también era agente de la autoridad se deshizo en disculpas y me dijo que si volvía a tener algún encuentro con la Gendarmería Real, mencionase este hecho: no habría más multas. La que me había puesto ya no la podía quitar porque van numeradas pero entre agentes de la autoridad no nos puteamos. Y yo lo era, tal y como se podía comprobar en mi carné profesional que siempre llevo encima para que me libre de todo mal. A partir de ese momento, con mi recién adquirida inmunidad diplomática, mi conducción se volvió mucho más creativa que la de los marroquíes. La carretera ya no tenía límites para mis andanzas.

 

Puertas del Sáhara

 

Con esta nueva ventaja sobre mis compañeros cada vez se abría una distancia más grande entre Molina y yo con respecto a Carlos. Molina no disponía de carta blanca pero no parecía importarle demasiado, sobre todo habida cuenta del exiguo importe de las multas en comparación a lo que estamos acostumbrados. Pasamos por mercados al aire libre en los que los abigarrados puestos estaban atestados de frutas y verduras y por los que, de nuevo, se podían ver los más variopintos medios de trasporte, tanto de tracción animal como humana. Impresionante.

Poco a poco la costa se aleja de nosotros pero aún seguimos presintiendo su influjo tierra adentro. Detrás de las montañas de escasa altitud que se elevan a nuestra derecha está el océano. Casi sin darnos cuenta el paisaje se va tornando más árido y la presencia del árbol del argán se hace más notable. El aceite de argán es usado como alimento y como medicina y se pueden encontrar vendedores por la carretera ofreciendo su producto.

Antes de llegar a Tiznit esperamos a Carlos durante un buen rato. La XT es la más lenta de las tres motos, sobre todo desde que el respeto por los límites de velocidad por mi parte y por la de Molina se ha relajado bastante. Yo comprendía perfectamente la situación de Carlos, con una moto monocilíndrica con más de cien mil kilómetros y las limitaciones que ellos conlleva y el que no quisiera castigar la mecánica en exceso, pero ello no era óbice para no dar rienda suelta a nuestro ritmo alegre. La solución era esperarlo cada ciertos kilómetros y seguir ruta. A Carlos tampoco parecía importarle demasiado pues viajando en la cola tenía carta blanca para hacer sus paradas a sacar fotos y a tener un poco más de autonomía. Lo que no comprendía en aquel momento era su empeño por apurar el depósito al máximo y su obstinación por cargar con una lata de gasolina vacía durante todo el viaje. Coño!,- pensaba yo,- si tu moto tiene autonomía limitada llena la lata y así nunca te quedarás tirado. Por otra parte me parecía un despropósito cargar con un bidón de plástico durante miles de kilómetros y no sacarle provecho cuando cargar con uno o dos litros no supone nada. Así se lo hice saber y surgió el primer encontronazo del viaje. Pareció no gustarle demasiado mi reproche y se puso a la defensiva aduciendo que yo también llevaba mi bidón vació. Claro, mi moto tiene casi cuatrocientos kilómetros de autonomía en situación propicia y unos trescientos cincuenta normalmente. Decidí no seguir ahondando en el tema y olvidarme de la gasolina de Carlos. También es cierto que tomé la decisión de no mover ni una pestaña si en algún momento se quedaba sin combustible. No haría ni un solo kilómetro para ayudarle.

 

Descansando cerca de Agadir

 

En Tiznit paramos a llenar los depósitos y el encargado de la gasolinera entabló conversación conmigo. Yo estaba charlando con el mozo de mangueras sobre la pegatina de la moto, “pongo mi confianza en Alá”. El me decía lo bueno que era llevar eso y me mostraba su respeto por ello cuando llegó el encargado, un joven que por su barba y aspecto general parecía un estudiante del Corán, un “talibb”. Se dirigió a mi con cara seria preguntándome el porqué de llevar eso y si conocía el significado. Yo, un poco mosqueado tanto por el aspecto de mi interlocutor, tan parecido a los fanáticos que la tele nos muestra, como por el contenido de la conversación en la que se denotaba un tono de reproche más que de curiosidad o respeto. Cuando le dije que había hecho un curso de introducción a la cultura árabe y al Islam y le demostré mi interés por el orbe árabe parecía ir relajando las facciones poco a poco y fuimos entrando en una charla más distendida sobre religión, política y relaciones humanas. Al final nos dimos un sincero apretón de manos y me deseó buen viaje. Era la primera vez que hablaba con un musulmán de verdadera ortodoxia y me quedé con ganas de seguir charlando con él a pesar de la seriedad que destilaba un rostro tan joven. Calculo que tendría alrededor de veinticinco años, pero su serenidad y sus razonamientos eran los de alguien mucho mayor.

Salimos zumbando de Tiznit y Carlos volvió a quedarse atrás porque yo iba imponiendo un rito bastante rápido. Molina se veía obligado a retorcer el acelerador para darme caza entre las enormes caravanas de coches que encontramos a la salida de la ciudad. Poco a poco me fui distanciando y me encontré rodando solo en las enormes rectas que precedían a la entrada en al Sáhara Occidental. Me detuve a tomar un té en medio de ninguna parte, un anodino pueblo en el que la única noticia del día era mi llegada a la que, por otra parte, nadie prestó atención. Durante media hora aproximadamente me dediqué a tomar el delicioso té verde con delectación y a despejar mi cabeza de zumbido constante del viento en el casco. Al fin llegó Molina y, después de un refresco, nos dispusimos a continuar viaje. Para entonces nuestra motos estaban rodeadas de críos que nos pedían una moneda y se arremolinaban alrededor de las motos con mirada curiosa. Entonces pasó algo mágico. La rata de peluche, Señorita Rattenmeyer, que habita en mi moto salió al exterior y comenzó a hablar con los niños, en francés, y a decir chorradas. Les contó que vivía en la moto y que viajaba mucho allí metida desde hacía años. Mientras ella les contaba cosas y les hacía preguntas ellos miraban a mi boca porque, aún sabiendo que era yo el que hablaba, debían corroborarlo. Continué haciendo de ventrilocuo un rato más en, cuando quise darme cuenta, varios adultos se habían sumado a mi público infantil sonriendo con tanta inocencia y ternura como los niños. Un placer enorme me recorrió el cuerpo mientras se me erizaba el pelo de la nuca.

Cuando retomamos de nuevo la ruta en el interior de mi casto una sonrisa bobalicona e infantil se dibujaba iluminando las enormes llanuras camino de Tan-Tan.

Después de pasar Guelim vimos una enorme depresión rodeada de montañas. Toda aquella enormidad estaba cultivada de trigo y algunas cosechadoras, muy pocas para lo que aquella superficie ofrecía, se afanaban en su trabajo. Sin embargo era un cultivo no uniforme. En medio del trigal surgían matas de arbustos, zonas de marjales, algunos árboles dispersos… un lugar extraño.

El cielo seguí nublado y la temperatura era cada vez más baja, unos quince gradas, algo que chocaba radicalmente con la imagen que yo tenía de estos lugares predesérticos. Y pensar que mi máxima preocupación era el calor! Aún no había quitado los forros del pantalón y la chaqueta y estabamos pasando el paralelo 28.

Comenzamos a parar en los primeros controles de policía, algo que se haría habitual en nuestra estancia en el Sáhara Occidental. Al nerviosismo del primer control sucedió el tedio de otra parada y otra y otra… y así hasta el hastío. Yo llevaba la ficha con mis datos, al igual que Molina y la gestión resultaba rápida, pero Calos había obviado mi recomendación de llevar todos los datos preparados y los gendarmes realizaban todo el trámite a mano. El dato que más parecía importarles era la profesión, algo que nos causaba hilaridad y extrañeza por igual.

 

 

Comenzaron a aparecer, allá a lo lejos, los primeros dromedarios y el viento de costado también hizo su aparición. Sin ningún obstáculo que impidiera su avance castigaba nuestra marcha y, en algún momento, nos daba algún que otro susto, sobre todo a la hora de rebasar o cruzarse con alguno de los miles de camiones de medio tonelaje que circulan por la carretera del Sáhara. Estos camiones, de transporte de pescado mayoritariamente, se paraban en algunos puntos concretos a vaciar el agua procedente del hielo que se iba derritiendo en el interior del frigorífico. En estos lugares el hedor era insoportable, una peste a pescado podrido que parecía estar fuera de lugar. En realidad no era tan fuera de lugar pues el mar tan solo se haya a veinte o cuarenta kilómetros hacia el oeste, aunque no podamos verlo.

Con la caída del sol por detrás de la ciudad llegamos a la puerta de Tan-Tan donde otro control policial nos pide los mismos datos que en los anteriores. Allí preguntamos por un hotel económico y nos envían al Texas, otro sórdido agujero de los muchos que se pueden encontrar en Marruecos. El dueño, un anciano que se resiste a mostrar signos de decrepitud, nos contó de sus cuitas en la Guerra Civil por “donde los vascos”, lugar en que perdieron la vida sus quince compañeros. Por circunstancias que no vienen al caso Molina tenbía un video de Franco en el móvil. Se trataba de uno de esos de coña en el que le imitan la voz y lo ponen a decir sandeces. El hombre, del cual no recuerdo el nombre pero supongo que Mohamed, al ver el vídeo le faltó tiempo para llamar a sus convecinos y enseñarles al Caudillo mientras besaba una moneda con su efigie. Un cuadro oiga.

Carlos aún no había hecho acto de presencia. En realidad hacía varias horas que no sabíamos nada de él. Cuando por fin apareció, casi una hora más tarde, nos contó que había comprado tabaco porque, a pesar de que no fuma, le habían dicho en Gouelim que con él se podía pagar gasolina y favores al sur de Tarfaya y que allí estaba muy caro. A mi me sonó a chufla y a estafa total pero nos quedaba la duda.

Una vez instalados nos dimos una vuelta por Tan-Tan lugar al que denominamos como el peor agujero en el culo del mundo. Comimos tajine y pollo asado en un “restaurante” de los pocos que quedaban abiertos, un lugar infecto donde los haya donde te quedabas pegado al mugriento hule que cubría la mesa. El camarero, muy alejado de la proverbial amabilidad de los árabes, arrojó las patatas fritas y el pollo sobre la bandeja usando sus garras a modo de pinzas y Molina, tendente él al escrúpulo y a la salmonera, decidió no cenar nada esa noche. Allí mismo, en el incomparable marco del restaurante más cutre de Marruecos, en el agujero inmundo que nos pareció Tan-Tan surgió la primera discusión subida de tono entre nosotros y, de nuevo, a causa de la gasolina de la XT. Volví a comentar el asunto de la garrafa y el empeño de Carlos en apurar la situación y surgieron tensiones porque él contaba con nosotros para solventar el asunto si se quedaba sin combustible sin tener en cuenta qu, en ocasiones circulabamos cincuenta o cien kilómetros por delante.

Terminada la cena y calmados los ánimos pagamos los 120 dirham de la cuenta y paseamos por la ciudad. En la noche las miradas torvas se sucedían por parte de los habitantes y en algunos lugares nos sentíamos un tanto desasosegados. Parecía como si la amabilidad que hasta ahora había caracterizado a todo el mundo hubiese desaparecido de repente. Con este panorama volvimos al Texas a descansar para continuar, al día siguiente, siempre en dirección sur.