Transecto Ibérico 2015

Ruta contemplativa por la península Ibérica, con momentos para el vino, suspiros de fiesta y desvaríos solitarios.

La mejor carretera del mundo

La carretera está bacheada pero dispone de un piso bastante aceptable. El truco consiste en ir esquivando las zonas más arrugadas y circular con calma.

Calma.

Es lo único que parece haber en este altiplano portugués, dominado por llanuras de la nada y pueblos en los que no se mueve ni una mosca. Casas de granito de rotunda presencia y bares anodinos con una exigua terraza que siempre luce el toldo rojo de “Cafés Delta”. No busco otra cosa. En realidad no busco nada en concreto, sólo hacer kilómetros sobre la moto y ver pasar el paisaje a ambos lados. Vuelvo a quedarme en estado catatónico mientras el mundo se desplaza a mi alrededor.

Quietud.

Melancólica quietud portuguesa y  silencio quedo, roto tan sólo por el paso fugaz de la moto. Horadamos la tranquilidad provocando remolinos de aburrimiento. A la derecha, bien al Oeste, el sol cae a su encuentro diario con el horizonte. Es lo mismo de siempre pero parece que se quiere esconder con saudade portuguesa, con la majestuosidad que solo tienen las puestas de sol en Portugal. Imaginaciones mías, seguro. Aún está apretando fuerte y no parece que tenga intención alguna en irse a dormir.

Dejo atrás los llanos de Vila Chã y comienzo un descenso pausado entre viñas cultivadas en terraza. Todo el valle parece una enorme escalera de piedra con peldaños rematados en el verde de las vides. Huele a fresco y caldo bordelés. En los postes y vigas que sostienen las viñas se puede apreciar el color azul verdoso del sulfato de cobre. Es el ingrediente básico del caldo bordelés con el que se protegen las plantaciones del ataque de hongos y mildiu.

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Las curvas cerradas se suceden y, sobre la moto, vuelvo a sentirme afortunado por poder disfrutar de todo esto. Todo el valle se me antoja de una belleza sin parangón, antesala, sin duda, de lo que encontraré más abajo. En el artículo que he leído decían que es la mejor carretera para conducir. Que el equilibro entre curvas y rectas, entre aceleración y frenada es perfecto. Lo han calculado un diseñador de circuitos, un físico cuántico y un diseñador de montañas rusas.

Ya me estoy imaginando la carretera, paralela a río Douro y con la entrañable frescura que solo tienen las carreteras de ribera, esas en las que los alisos te arropan con su sombra, las que te acogen como el abrazo cálido de un amigo. Ya me veo con la tienda de campaña, acampado en un idílico rincón al lado de la carretera que los expertos de AVIS consideran como la mejor del mundo. Quizá hasta pueda hacer una pequeña hoguera y quedarme embelesado con el baile de la llamas antes de irme a dormir. Necesito vino. Estoy rodeado de cientos de hectáreas de viñas así que han de tener vino. Ni siquiera necesito que sea bueno, con que me sirva para acompañar un chorizo a la brasa es más que suficiente.

Una señora de proporciones rotundas y amabilidad de igual tamaño me despacha una botella de Douro tinto y regreso a la moto para seguir castañeteando dientes entre el adoquinado de granito.

Pinhao

Unos kilómetros más abajo, cerca de Pinhão ya me asomo al río Douro, estoy cerca de la carretera nacional 222, la exquisita ruta que los expertos recomiendan. Estoy perfecto estado físico y anímico para disfrutar aún más que con esta bajada hermosa que voy dejando atrás. Todos los sentidos alerta, la mente abierta para absorber curvas y paisajes, la sonrisa sigue dibujada en mi rostro… Es la mejor carretera del mundo. Y el mundo es muy grande.

Dejo Pinhão atravesando el Duero por el Puente Eiffel. Este arquitecto del siglo XIX tiene como obra más emblemática la famosa torre Eiffel en París pero también dejó su legado en Portugal. Vivió dos años en Barcelos y construyó el famoso Puente de María Pía de Oporto o el viaducto de Viana do Castelo, entre otras obras.

Ponte Pinhao

Aquí comienza la N-222. Estoy ansioso. El piso no es lo que me esperaba, tiene algo de gravilla en los bordes, pero no está mal. Curva pronunciada de segunda, contracurva y una pequeña recta de cien metros en ligero ascenso. A mi derecha el río y la quietud de un embalse. Sol que se precipita al fondo del valle y un barco turístico que, perezoso, remonta para llegar al embarcadero de Pinhão. Me detengo a hacer unas fotos y fumar un cigarrillo. Mantengo una conversación forzada con una pareja de turistas franceses y vuelvo a la moto con ansia por recorrer el tramo.

La carretera se ensancha y mejora. ya hay arcenes y el asfalto está en buenas condiciones. nada del otro mundo pero en condiciones aceptables, conociendo las carreteras del interior de Portugal. Una recta. Media curva. Otra recta. Una recta larga. Una curva suave… Esto no es lo que yo me imaginaba. Los ojos se me van a derecha e izquierda buscando un lugar en el que poner la tienda. La tarde está cayendo y no veo ningún sitio adecuado. A mi derecha matorrales y el río. A mi izquierda la terrazas de los viñedos y fincas cerradas con vallas metálicas. Todo es demasiado escarpado, demasiado inhóspito o demasiado inadecuado. Empiezo a mirar de soslayo los jardines públicos y los embarcaderos del río pero están demasiado cerca de la carretera.

Decido llegar hasta Peso da Régua, donde finaliza la “mejor carretera del mundo” y buscar allí un lugar de acampada. Mientras, intento disfrutar de la carretera de AVIS, poniendo todos mis pensamientos positivos en primera línea y procurando ser un entendido en diseño de rutas. Nada. No funciona. Esta carretera es una carretera normalita que discurre por un hermoso paisaje, pero nada más. No es, ni de lejos, la mejor carretera del mundo para conducir, al menos desde los criterios subjetivos que yo manejo. Me esfuerzo por desear que sea la mejor, me conmino a buscar encantos que no veo pero no consigo vislumbrar qué es lo que hace a esta carretera superior a las demás. El paisaje es bonito pero no más que la carreterucha de bajada. La banda de rodadura es aceptable pero muy lejos de ser un asfalto prístino y adherente, de esos que  refulgen y en los que parece que la moto se pega al suelo como una lapa.

Desilusionado, llego a Peso da Régua e intento montar la tienda en un espacio para autocaravanas. Enseguida el vigilante me dice que no está permitido.

Avanzo en dirección Sur, si rumbo fijo, sin ayuda de GPS y sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. Carreteras solitarias, pueblos vacíos a media ladera y sensación de desamparo. Tengo que encontrar un sitio para montar el campamento o me veré obligado a buscar una pensión. Y no abundan.

campamento

Siguiendo mi instinto tomo una carretera de cuarto orden y llego a la cabecera de un pequeño valle. Aquí hay huertas, descampados, cultivos en terrazas… Al segundo intento instalo mi campamento entre los saúcos, preguntándome para qué demonios cultivan este arbusto. Recojo leña y, en pocos minutos tengo mi hogar transitorio preparado.

Un hombre se acerca cargando aperos de la huerta. camina con la cabeza baja, mirando el suelo, encerrado en su mundo y esquivando mi presencia. Lo saludo con amabilidad y le pregunto si puedo montar la tienda allí. La pregunta es una perogrullada porque ya está montada y no tengo intención de irme pero, aún así pregunto. Me dice que el dueño no está en el pueblo, que vive fuera y que apenas atiende las fincas. Hay un tono de amargo reproche en su respuesta. Me puedo quedar allí todo el tiempo que quiera. Cuatro, cinco días, lo que necesite.

Creo que me voy a zampar la botella de vino.

Hoguera

En moto y en barco

Hay rutas que, recorridas una y otra vez, se me revelan como idílicas, quizá no tanto por la carretera en si como por todo lo que su paisaje evoca. La ruta que hoy recomiendo es una de esas que he recorrido decenas de veces y que me sigue resultado encantadora.

A Lanzada

Viajaremos desde cualquier punto del Occidente de Asturias (Los Oscos, Grandas, Pesoz, Allande…) hasta O Grove, en Pontevedra. Es un trayecto variado en el que los cambios de paisaje y orografía, a pesar de ser a veces muy sutiles, no pasan desapercibidos. Para empezar tenemos paso obligado por la carretera LU-530, una auténtica ensalada de curvas en los poco más de 50 km. que nos separan de la A-6. Si lanzamos la vista hacia el Sur, al fondo podemos ver toda la Serra dos Ancares, enmarcando el horizonte y acotando nuestro microcosmos. Podemos optar por desayunar una tapa de “pulpo a feira” en A Fonsagrada o dejarlo para más adelante y picar algo en la zona de vinos de Lugo. Muralla romana, catedral o las tabernas de la calle Rúa Nova en la ciudad más barata de España, deberían ser motivo suficiente para realizar una parada.
A partir de Lugo ya dejamos atrás la montaña y entramos de lleno en el mosaico de la Galicia Central, una sucesión de bosquetes de castaño, roble y pino salpicados de terrenos de labor y prados. Tomamos la N-547 hasta Guntín y aquí nos desviamos hacia la N-630, una carretera amplia y solitaria que invita a ser recorrida con parsimonia, aspirando las fragancias del heno curándose al sol y de los castaños en flor.
Las poblaciones más pequeñas, de apenas cinco o diez casas, parecen estar suspendidas en un espacio atemporal, con sus viviendas monolíticas de granito oscuro, casi siempre rodeadas de robles y con nula actividad humana a la vista. Por el contrario, las poblaciones más grandes se abren a la carretera general mostrando el más puro feismo gallego: construcciones sosas, casi todas ellas, que llevan el marchamo del desarrollo de los años ochenta. Aún así, merece la pena obviar el mal gusto de las cabeceras de comarca y quedarse con la pureza estética de lo recoleto, con la belleza sutil de los cientos de rincones que salpican esta ruta.

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Después de habernos dejado impresionar en la Comarca del Ulloa, con sus pazos y su tranquilo encanto, llegamos a Caldas de Reis. Aquí comienza O Vale do Salnés, tierra de Albariño, de eucaliptos y otrora, del narcotráfico y el contrabando de tabaco. Peregrinos del Camino de Santiago Portugués se confunden con turistas y compradores en los lunes de mercado. Nuestra ruta se cruza con la N-550, la vía como mayor tráfico de todo España y es a partir de este punto donde comenzaremos a encontrar más afluencia de vehículos en estos días de verano.
Sin dejar la N-630 llegamos a la Ría de Arousa. A los habitantes de Vilagarcía de Arousa en algún tiempo se les llamó “ingleses”, de hecho tienen su cementerio inglés. Esto era debido a las numerosas paradas de la Royal Navy en su puerto lo que hizo necesario construir un cementerio para que los marineros que morían allí no fuesen enterrados en un camposanto católico. Esto de la muerte siempre preocupa más a los vivos que a los finados, es natural.
Ahora, en dirección Sur, nos las arreglamos para ir sorteando el tráfico intenso de camiones, turistas y vehículos de reparto. A nuestra derecha, hacia el Oeste, las bateas de la ría nos recuerdan que estamos en punto neurálgico de la cría de mejillón a nivel mundial, con toda una actividad fabril y cultural que pivota en torno a este molusco.
En O Grove escogimos para pernoctar un alojamiento un tanto atípico: un barco. El Hidria Segundo es el único barco que vapor que queda en España y está rehabilitado como barco museo y “hostel” si es que la palabra se ajusta a este peculiar establecimiento.

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Cruzar la pasarela que conduce al barco es como traspasar el umbral a tiempos pretéritos, no en vano estamos en un barco de vapor. Allí Sesé nos recibió a Elena y a mi con la energía inusitada que siempre parece acompañarla. Nos acomodamos en las literas y recorrimos las cubiertas de madera admirando el enorme trabajo de restauración llevado a cabo.

Las visitas que se pueden realizar desde aquí y los atractivos que ofrece la zona son de sobra conocidos. Visitar Illa de A Toxa, comer un plato de mejillones con albariño o reunir el valor suficiente para zambullirse en la Praia da Lanzada, son actividades que uno debería probar en la primera visita. Para la siguiente, ya expertos geógrafos de esta peculiar península, nos lanzaremos a la conquista del resto de rías Baixas pero dejando algo en el tintero para regresar por tercera vez.

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Guardarse la chorra después de hacer pis

Su bigote se movía arriba y abajo escupiendo palabras a borbotones, como si una premura atávica lo estviera impulsando a hablar de forma constante. Yo no apartaba la vista de sus ojos, escuchando con distraída atención todo lo que me contaba, corroborando con la mirada la importancia de las historietas que me estaba relatando. Música alta, empujones, olor a sudores rancios y falta de oxígeno debido a un calor asfixiante.Pero antes de estar apostado frente a La Pulga, entre el barullo de las fiestas de San Fermín, escuchando la incontrolable verborrea de aquel hombre de mediana edad, ya había desmoronado los planes de viaje que me habían llevado hasta allí.

Mientras el resto de España boqueaba con la ola de calor correspondiente, en el Norte, ajeno como de costumbre a los devenires meteorológicos, teníamos el tiempo óptimo para salir en moto. Y un tiempo óptimo, llueva o nieve, es algo que no se puede desaprovechar así que, un sábado cualquiera en una carretera cualquiera, me disponía a viajar hasta Donostia para hacer dinero a espuertas. Quizá sea un poco exagerado esto del dinero a espuertas pero, mientras sonaba Kasabian dentro del casco, me imaginaba a mí mismo contando billetes a la par que desplegaba mi vena artística en la Playa de La Concha.
Hace tiempo me dediqué a “esto de la artesanía” tallando piedra en ferias y mercados. De la noche a la mañana las musas decidieron abandonarme, supongo que aburridas de verme hacer siempre lo mismo, y decidí dedicar mis horas de creatividad a tareas más mundanas como escribir un blog o cosas de parecida factura y nula retribución económica. Sin embargo, con esto de la crisis, me pareció buena idea retomar mi vena artística y qué mejor lugar para ello que una ciudad donde la actividad económica se mueve en rápidos en lugar de hacerlo por tranquilos meandros.
Cargué las maletas de piedras y con tan absurda carga me subí a la moto decidido a cubrir los setecientos y pico kilómetros que me separaban del dinero. No puede evitar pensar en la cara que pondría la policía si les daba por registrar mi equipaje o, al igual que cuando éste consistía en un saco de mierda, qué pasaría si tenía un accidente. Últimamente parece que tengo parada fija en el absurdo.
Aún no había recorrido doscientos kilómetros y ya me di cuenta de que la rueda trasera no iba a aguantar todo el viaje. Estas cosas ya ni me preocupan, es mi sino. He cambiado neumáticos en Génova, en Sevilla, en Tromsø, en Chaves y en lugares en los que ni me acuerdo, casi siempre por esa pequeña falta de previsión que de contínuo me asiste. Llamé a mi amigo Juanto en Castro Urdiales pero mis esperanzas de encontrar un taller abierto un sábado por la tarde eran nulas. Aún así podía cambiar mis planes de montar el puesto en Donosti y hacerlo en Castro, que también tiene su fujo de turistas bilbaínos y su buena dosis de euros.
No pasó nada de eso.
En el siguiente fotograma me encontré a las cinco de la mañana bailando reggaetón frente a las txosnas del puerto de Castro, levantado las manos, llegando bien arriba y con la rodilla flexionada a la altura del esternón, con un suag de difícil descripción. Creo recordar que unas chicas jóvenes me miraban pero no estoy seguro de si querían ligar o la imagen de un motero con tal ritmo les resultaba tan hipnótica que no podían apartar la vista. Pienso que ambas cosas.
El plan B, elaborado con primorosa exactitud entre baile y baile, también se vino abajo al despertarme con una tremenda resaca que me impedía realizar movimientos fluidos. No se por qué cuando me cambio de los vinos a las copas sin solución de continuidad me parece tan buena idea; al día siguiente caigo en la cuenta de que es un error que se repite con demasiada frecuencia. Y evitar la cena también.
De nuevo las musas me habían abandonado antes, incluso, de hacerme la visita de modo que tampoco pude hacer disfrutar a los viandantes con el primoroso arte de tallar piedras. A cambio, las deidades del tiempo atmosférico decidieron dejar al resto del país sumido en una tremenda ola de calor y a mi regalarme un día plomizo, de lluvia persistente y niebla en los altos del Puerto de Las Muñecas.
No es buena mezcla andar con las ruedas lisas y la carretera mojada así que, cargado con las piedras, la resaca y una cierta sensación de desamparo, salí en dirección a Pamplona por ver si mente y cuerpo se atemperaban con el asunto del Chupinazo y esas cosas típicas de los Sanfermines.
Pero cuando uno no anda fino es proclive a saltarse los desvíos así que cuando quise darme cuenta estaba subiendo el Puerto de Urkiola, trazando sus hermosas curvas sin demasiada convicción y deseando que el sol se asomara por entre las copas de las hayas y los abetos. El olor a humedad, a umbría y a acículas de pseudotsugas no conseguía animarme como tampoco lo había hecho la hamburguesa pastosa del McDonalds de Durango.
Pero Pamplona tiene su chupinazo, su almuerzo, su pléyade de borrachuzos impenitentes y su gran variedad de psicotropía así que, como quien no quiere la cosa, cuando quise darme cuenta, un señor de bigote me contaba las aventuras de un camarero de su pueblo, el que un día atendió a unos turistas con la chorra fuera porque no se había acordado de guardarla cuando fue a hacer pis.

Cosas imprescindibles para un viaje en moto

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De vez en cuando aparece por ahí la típica lista de las cosas que hay que llevar para un viaje en moto. Recomendaciones sobre los adminículos a portar en unas vacaciones de tres o cuatro semanas. Cuando empecé a viajar también era muy aficionado a confeccionar listas, a elaborar interminables hojas de cálculo con varias secciones en las que iba anotando todo aquello que iba a necesitar durante mi viaje de “aventuras”. Dividía las necesidades de equipo en varios bloques y así me encontraba con el apartado de mecánica, con el de camping, avituallamiento, ropa de moto, ropa de calle y algunos más, procurando que no quedase nada al azar. Y solía salir con el pack completo.

Luego, con los años, me fui dando cuenta de que más de la mitad de las cosas que llevaba no eran necesarias y que iba cargando con un sinfín de trastos que para lo único que servían era para ocupar sitio en las maletas. En ocasiones llegué a sentirme ridículo por contar en el equipaje con cosas como el reenvío del velocímetro, una palanca de freno, unos prismáticos de 600€ o dos cámaras de repuesto. Esto para un viaje por Europa, nada de exóticos destinos en el culo del mundo.

Ahora, con más kilómetros y, casi me atrevo a decir con más experiencia, mi equipaje es mucho más frugal. Me he dado cuenta de que puedes conseguir cualquier cosa en cualquier sitio y, en contra de lo que yo pensaba, sin arruinarte. Aquí he de hacer un inciso y mencionar que en países como Noruega hay cosas que te pueden trastocar el presupuesto del viaje, como por ejemplo cambiar un neumático en Tromso y pagarlo como si llevase incrustaciones de platino y oro. En cualquier país habrá repuestos para tu moto, material de camping y, en general, cualquier cosa que necesites para sobrevivir con más o menos dignidad.

Cierto es que mis viajes son cada vez más espartanos y que no necesito de gran infraestructura. De llevar un ordenador portátil, con su cargador, conversor, cable y disco duro externo, pasé a la tableta, un iPad de segunda generación, y de ahí al smartphone con teclado externo como toda concesión al mundo informático. El móvil me sirve tanto para conectarme a internet, como para videoconferenciar con la familia o para usarlo como navegador GPS. Del maremagnum de cables, cargadores, baterías y cacharros con puerto USB he pasado a la nada mas absoluta lo cual me aporta una sensación liberadora. Minimalismo.

En asunto de camping la cosa se reduce a tres objetos básicos, a saber: tienda de campaña, saco de dormir y colchoneta auto-hinchable. Se complementa con una linterna de led y así finaliza la impedimenta de campamento. ¿Necesito una banqueta plegable, una mesilla auxiliar o un porta rollos para el papel higiénico? La respuesta es rotundamente no. Y lo mismo sirve para el apartado mecánico, los mapas o cualquier otra cosa: moderación.

Con la ropa “de calle”, siendo yo un tipo elegante y lleno de vanidad como “Ramón el Vanidoso“, al principio llevaba mis galas más exquisitas: vaqueros de corte moderno, camisetas con mensaje pinturero y sombrero de aventuras pero, conforme fui adquiriendo experiencia en esto de los viajes, fueron quedando en casa las galas de figurín y me quedé con lo imprescindible. Por supuesto, el sombrero de aventuras figura entre las prendas imprescindibles casi al mismo nivel que los calcetines de calaveras; hay cosas de que las que un overlandete no puede prescindir. Bueno, llevo algo de ropa de calle, pero siempre vuelvo con alguna que no he usado, aún estoy depurando el sistema. Por cierto, nada de llevar ropa vieja para ir deshaciéndome de ella por el camino: un turislander que se precie puede ir sucio o desaliñado pero no con ropa de tirar.

El fabuloso sombrero de aventuras

El fabuloso sombrero de aventuras

De herramienta ando también escaso porque sólo llevo la que venía con la moto y alguna Allen de esas del” todo a cien”. ¿Para qué llevar más? ¿Acaso voy a ponerme a desarmar media moto en los Cárpatos? Pues seguro que no, primero porque no sabría hacer más que cosas básicas y segundo, porque para eso pago una asistencia de viaje extra que, espero, me sacará de cualquier atolladero.

Llevo siempre, sin embargo, un camping gas y comida porque no hay mayor placer que, después de montar el campamento, prepararse una buena sopa, un arroz o cualquier otra cosa que alimente cuerpo y alma.

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Creo que antes de empezar a empaquetar chismes sobre la moto hay que preguntarse cuántas veces se va a usar cada uno de esos objetos. Si la respuesta es una o dos veces seguro que merece la pena preguntarse si es necesario cargar con ello.

¿Qué es lo único imprescindible para un viaje en moto?

Justo lo que estás pensando: La moto y dinero para gasolina.

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Daños en el amor propio

Hace unos días bromeaba jugando con la posibilidad de tener un accidente en moto. No era más que una boutade en la que reflexionaba sobre la vergüenza, el orgullo y las apariencias. Lo que no sabía mientras escribía aquello era lo cerca que estaba de acariciar una experiencia similar a lo que contaba.

Y resulta chocante porque, al igual que una premonición, mi accidente real sucedió a escasos 500 metros del lugar que yo había imaginado para la entrada Un asunto de mierda.

Venía muerto de sueño, quizá por haber dormido poco la noche anterior, por acumular más de 3500 km en los últimos días o, quien sabe, si por la copa de un vino malísimo que había tomado en Arriondas. Sin embargo antes de dar con mis huesos en la Tierra venía embebido en omnipotencia. Era como si los estertores de mi última juventud se resistieran a abandonar mi cuerpo. Muy “pro” que dicen ahora los modernos posturistas. A decir verdad venía haciéndome el chulo, para qué vamos a disfrazar de modernez lo que no son más que reminiscencias infantiloides. Cualquiera que me viese pasar apenas notaría diferencia alguna entre la chulería de ese día o la actitud humilde de cualquier otra fecha pero si el espectador pudiese atisbar entre mis estanterías cerebrales las vería brillantes, llenas de luz y purpurina. Pasillos enteros malgastando energía y al fondo, una bola brillante emanando purísimo blanco, de ese tan cegador que lo intuyes pero no lo miras directamente. Brillo interior de los que están pagados de sí mismos.

Y claro, tanta luz y tanta actividad intracraneal me ponen, a veces, al borde de lo fantasma.

Así venía yo, adelantando coches con alma de piloto, perdonando vidas al resto de la humanidad y con la mirada torva de los curtidos vaqueros de más allá del Río Grande. Creo que incluso podría enzarzarme en una alocada competición por la N-634 con cualquier sujeto de mediana edad, de pelo ondulado y engominado, de gintonic con pepino y profesión liberal.

Al salir de la autovía, más allá de Grao, todas esas ínfulas de triunfador magnánimo se habían ido diluyendo y tan solo quedaba el poso de un vino malo, la esencia de un viaje largo y, por encima de todo, un sueño que me consumía. Y ganas de hacer pis.
Al salir a la carretera nacional, después de la rotonda, ya navegaba medio ingrávido en la nebulosa de mi propio sopor y no quedaba nada de la actitud chulesca de los kilómetros anteriores. Más bien sentía una enorme compasión por mí mismo, por mi estado de agotamiento físico y mental. Cuando vi el apartadero bajé un par de marchas y encaré el arcén para detenerme a aliviar cuerpo y mente. Pero cuando cuerpo y mente no andan muy finos falla la sincronización así que la rueda delantera quedó clavada, resbaló sobre la gravilla y de pronto, me vi en el suelo mientras en el interior del casco seguía sonando una estridente música balcánica.

De pronto la nube de humo que me hacía ver el mundo a través de un cristal esmerilado se disipó de golpe y los aires de perdonavidas que me inundaban apenas una hora antes, acudieron a mi en tropel. Me levanté, me rasqué la rodilla con ademán despreocupado y miré alrededor para ver si alguien me había visto caer. No había nadie. Ni un coche, ni un espectador, ni una vaca. Después de apagar la música y quitarme el casco, levanté la moto con un pesado esfuerzo y con cara de resignación abnegada, comprobé los daños. En el fondo sabía que no le había pasado nada a la moto pero cuando vi el carenado rayado, la maleta que había vuelto a dejar a la luz un agujero de otra caída en Noruega y la defensa erosionada, me inundó una sensación certera que daba cuenta de mi idiotez. Tomé una amplia bocanada de aire e intenté arrancar. No hubo respuesta del motor. A cambio un silencio solo roto por la corriente del río se expandió como una mancha de aceite.

Lié un cigarrillo, hice pis en los arbustos y me quedé mirando la moto mientras me rascaba la cabeza con aire ausente. No me había visto nadie pero esto no dejaba de ser un Asunto de Mierda.

Derrape de la vStrom

La Ruta