Manali

El día de Ganesha, hijo de Shiva, nos pilló en Manali. La jornada anterior habíamos recorrido unos cuantos puertos y el último, el que nos abrió la puerta a un nuevo mundo espectacular, nos vomitó en un valle verde y cerrado. Volver a ver la vegetación, disfrutar de la exuberancia de la fronda y sumergirse bajo la línea donde ya crecen las plantas es reconciliarse con la Tierra. Después de tantos días recorriendo los Himalayas sin más signos de vida vegetal que algunos arbustos dispersos por debajo de los 4000 metros, descender entre cedros y planifolias, entre tierras de cultivo y praderas subalpinas, te reconforta y te hace sentir bien.

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Bajar el puerto de Rohtang Pass con sus cientos de curvas y con sus atascos cerca de la cumbre fue para mí algo espectacular, el colofón perfecto al viaje que había organizado Rakatanga. Nos cruzábamos con los camiones que ascendían pesadamente, con una parsimonia exasperante, mientras a escasos metros de la pueda delantera de las Royal Enfield se abría el abismo. Allí abajo, muy al fondo, veía curvas y más curvas en un monumento sempiterno a todas las carreteras del mundo. Y abrimos gas. Y disfruté en la bajada como no lo había hecho en todo el viaje. Y todo era perfecto y todo el Universo en su Grandiosidad estaba colocado en un orden sublime porque yo era un pequeño ser que ocupaba su lugar exacto en el momento preciso. Abrí la mente y grité de emoción mientras escuchaba a Josín gritar tan lleno de todo como yo mismo. Nos mirábamos y sonreíamos en una mueca enorme y llena de plenitud. Estábamos en estado de gracia, como tantas otras veces durante este viaje. Qué emocionante resulta ser consciente de ello y sentir la fortuna de sentirse afortunado. Procuro huir de tópicos cuando hablo de viajes en moto pero, en ocasiones, los tópicos entran en mí al galope, en un tropel desordenado de me embota y me pone los pelos de punta. Qué coño, -me digo- para eso viajo. Quizá no recuerde nombres de lugares, ni museos, ni monumentos, o puede que las ciudades se hallen descolocadas en mi mapa mental… pero me quedan las sensaciones vividas a flor de piel, el recuerdo nítido de las emociones, las marcas indelebles de los olores, el detalle de lo irrelevante. No necesito más que bajar Rohtang Pass a velocidad absurda, posar la mirada en unos trapos de colores colgados en lo alto de un monte o escuchar a Kroke en cualquier carretera secundaria de los Ancares. Poco importa el lugar o el medio de locomoción, siempre hay algo que te llena cuando consigues vaciarte.

El día de Ganesha me encontró en la calle. Mis compañeros estaban dedicados a otros quehaceres tan mundanos como los míos y yo estaba solo en la calle. Cuando llegó la procesión de Ganesha, con su ritmo de tambores y su colorido, me uní a ellos. Todo el mundo sonreía mientras bailaban y se lanzaban polvo de colores. Malva, amarillo, rojo… todo se mezclaba con sudor y con fervor religioso en una orgía de cantos y bailes. Recorrí un trecho con ellos y me hice devoto fiel del hijo de Shivá, el dios con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, el desafortunado hijo  que perdió la cabeza humana a manos de su padre. De nuevo volvía a flotar y cada vez la India penetraba más dentro de mi.

Cuando me reencontré con Josín y el resto decidimos hacernos un tatuaje. No era algo premeditado sino que fue surgiendo de forma natural. Dani quería hacerse un «tatu» y los demás nos vimos envueltos por la emoción del viaje y la vorágine de los acontecimientos. Alguna vez había sopesado la idea de tatuarme pero siempre lo fui posponiendo y al final, desechando. Sin embargo aquel día, terminado con éxito nuestro periplo por la Cordillera del Himalaya, me pareció el momento idóneo para grabar sobre mi piel un recuerdo imperecedero.

En el taller de Voodoo Tattoo, mientras el artista se fumaba un porro entre tatuaje y tatuaje, pasamos una de las tardes más divertidas y absurdas de nuestra vida. Todo era tan surrealista que parecía cargar con la pátina de lo cotidiano. Incluso después, cuando el tatuador, musulmán y aficionado al opio, llevaba unos cuantos canutos en el pecho y terminó su trabajo, no salíamos de nuestro asombro: lo extraordinario ocurre todos los días en India.

Y así, con los tatuajes que nos hermanaban de por vida sin haberlo premeditado, nos despertamos al día siguiente mirándonos las muñecas y dispuestos a continuar sumergidos en aquel sueño.

Aún quedaban muchos días en el Rajastán y en Delhi, el diamante más bruto y el almacén de lo extraordinario.

Camino a Manali