crash Over 2010

Bocage Bretón

Dejamos el albergue, de nuevo con los trajes de agua puestos mientras una lluvia fina, persistente, se empeña en esconder el paisaje. Acabo de añadir un chupito de aceite al motor y engrasado la cadena a conciencia. Listo para un nuevo día de ruta hasta Caen, lugar que usaremos de base de operaciones en casa de Alice, una chica del Hospitality que nos brinda su casa el tiempo que estimemos oportuno.

Ha dejado de llover y se abren grandes claros que nos muestran, en toda su magnitud, el “bocage” de la campiña bretona. El paisaje está fraccionado en miles de pequeños campos separados por setos naturales, por barreras de árboles y arbustos que le confieren el aspecto de un mosaico en diferentes tonalidades de verde. Ahora la carretera ya no es recta. En lugar de eso subimos y bajamos, flanqueamos colinas de escasa altura que construyen curvas perfectas bajo asfalto impecable. Rodamos por una carretera nueva, con su negro asfalto recién pintado y con una tracción excelente.
Las granjas están diseminadas aquí y allá y, una vez más, todo vuelve a ser perfecto y todo está en su lugar. Disfruto de esta perfección mientras dura pero no puedo evitar el aferrarme un poco a este sentimiento, a esta belleza a este estado de irrealidad tan palpable.

En Dinan el GPS parece empeñado en seguir su propia ruta mientras yo me afano en salir de esta pequeña ciudad. Ya llevamos varias vueltas por diferentes barrios y no parece que encontremos un salida a ninguna parte. En lugar de dejarme guiar por mi instinto, por el sol o, simplemente, preguntar cómo demonios se sale de aquí, sigo obedeciendo ciegamente las instrucciones de la voz femenina que emana del navegador y eso parece no dar resultado. Me doy por vencido, al fin, y me detengo para consultar el mapa y establecer una nueva ruta que nos va llevando por diferentes puertos fluviales, anacronismos para nosotros que nos creímos tan lejos del mar.
Esta carretera solitaria nos lleva, tranquilamente, en dirección norte, entre bosquetes de frondosas y prados de un verde insultantemente hermoso. Pronto salimos de ese lugar tan especial para adentrarnos en la rasa costera.
Hemos llegado al borde del mar y ya vemos en Monte Saint Michael elevándose majestuoso, allí al fondo, destacando entre la bruma marina. He puesto hace rato la cámara de vídeo a grabar por primera vez en el viaje. Ignoro lo que saldrá de ahí y, realmente, no tengo grandes esperanzas de lograr unas buenas tomas. Aún así la llevo conectada.

El Mt. St. Michel es como Santiago de Compostela pero concentrado en un área más pequeña. Miles de turistas abarrotamos todo el espacio disponible y el interior de la muralla está plagado de tiendas, hoteles y restaurantes para que podamos aportar nuestro óbolo.
Unos kilómetros antes de llegar la presencia de decenas de hoteles y casas de alquiler nos dan una idea de lo que nos vamos a encontrar. Conforme nos acercamos la densidad de tiendas y restaurantes va en aumento para llegar al paroxismo en el interior del recinto. Aún así el lugar es impresionante. La imaginación vuela, como no, a tiempos pretéritos, a intentos de conquista de la fortaleza y a noches de asedio en el que la frustración de los atacantes iba en aumento al subir o bajar la marea, dependiendo de si el ataque era desde el mar o desde tierra. La abadía en el lugar más alto, como corresponde a su estátus. El lugar donde moran los dioses, donde se entierran a los santos y donde habitan los que mandan ha de disponer de una situación privilegiada, erigido en custodio de bienes materiales y espirituales.
El calor está aumentando y conforme ascendemos escaleras esquivando a japoneses de ojos rasgados parapetados tras la cámara, como manda el tópico, siento que me sobra la ropa de la moto. No tardo mucho en estar empapado y ni siquiera unos tragos de la bota me refrescan. Las vistas desde aquí arriba son espectaculares. El mar abierto se intuye allí, al fondo, y hacia el interior se extiende la llanura desde donde puedo divisar al enemigo parapetado desde detrás de mi atalaya. Me da igual lo que traigan mientras tenga mi alabarda, mi ballesta y mis cañones para amedrentar a su retaguardia.

Necesito salir de aquí.
Este calor va camino de convertirme en sopa. En la puerta principal veo a varios japoneses con máscara de médico. Me pregunto si serán dentistas o simplemente este adminículo ha pasado a formar parte de la cultura nipona. Sin duda no les van los aires europeos. También pudiera ser que estén acatarrados y que no quieran exportar sus miasmas a Francia, que todo es posible.
De nuevo en marcha, ahora sí, en dirección Caen, al Este. Decidimos abandonar las carreteras secundarias y llegar cuanto antes a Caen donde ya nos esperan nuestras anfitrionas del Hospitality Club.

En la casa nos recibe Camille, una joven sonriente y hermosa que nos trata con amabilidad exquisita mientras nos ayuda a meter nuestro equipaje. Dejamos las maleras y resto de pertrechos en el salón y salimos al jardín a tomar una cerveza con ella y con Flor mientras esperamos a Alice y a la otra Camille. En poco tiempo ya estamos como en casa y el trato entre nosotros es de lo más familiar.
Las chicas viven en una casa curiosa, como un juguete enorme en el que puedes descubrir algo sorprendente en cada rincón. Un maniquí con un pezón remendado con cinta aislante, la bola de discoteca en el techo, muebles de deshecho recuperados y con nueva vida… La casa es un lugar mágico, lleno de vida y de simpatía. Va pasando la tarde entre cervezas y risas mientras nos contamos retazos de nuestras vidas, de nuestros viajes. Preparamos, de forma colectiva, una enorme y deliciosa ensalada. Está realmente buena. Ahora estamos en el salón, seguimos tomando cervezas y contándonos nuestras vidas. Noto que estoy mejorando mucho mi nivel de francés y me encuentro a gusto parloteando con cierta fluidez.

Tout le Monde a la Route

Han pasado cinco horas y ya estoy levantado. Por fin ha dejado de llover y un tímido sol se asoma entre las nubes. Aún sigue sonando el acordeón que no ha dejado de hacerlo en toda la noche. Me pregunto qué clase de energía acompaña al acordeonista que ya ayer tenía una considerable dosis de cerveza.

Los malabaristas del fuego, aún llenos de mugre y oliendo a queroseno, continúan con su ingesta alcohólica y una litrona va pasando de una mano a otra. Nos saludamos efusivamente, como corresponde a su estado etílico y charlamos un rato. Hoy, o mañana, volverán al Pirineo y la semana que viene irán a actuar a París. Luego a Italia, luego a Hungría. Sus maquillajes, ya desvahídos a esta hora de la mañana, no consiguen esconder la cara de cansancio. Otra cerveza, silvuplé.
Aline saca el acordeón, otro la gaita bretona, otro el diatónico, otro el violín, otro la guitarra…cuando nos damos cuenta estamos tomando vino, cerveza y de nuevo, la fiesta.

De mala gana despierto de este nuevo estado de sana holganza y comenzamos a preparar el equipaje. La tienda, los sacos, las colchonetas, los trajes de agua, todo se halla desparramado en el lugar de la acampada.
Nos despedimos de nuestros amigos y volvemos a la carretera después de una noche memorable.

Hoy no estamos para grandes trotes as íque decidimos quedarnos a dormir en Pontivy, a menos de doscientos kilómetros, después de haber visitado Carnac y sus alineamientos megalíticos. El sol de la mañana ha dado paso a un día plomizo y soso que se complementa con largas caravanas domingueras. Ayer nos dijo el tendero que el domingo "tout le monde a la maison" pero parece que a estos miles que hoy han salido con el coche la regla no se les puede aplicar. Me pregunto a dónde van o de dónde vienen todas estas personas usando las mismas carreteras secundarias que nosotros creíamos solitarias. De nuevo, nada que juzgar. Allá cada cual con su paciencia. Superamos las caravanas con facilidad aprovechando semáforos, entradas en pueblos o, simplemente el parón en una de las cientos de miles de rotondas que existen en el país galo.
Dejamos atrás los megalitos, muy poco concurridos este domingo a causa del tiempo desapacible y continuamos hacia el norte, en dirección al albergue de Pontivy donde, después de cenar nuestro primer dönner kebab del viaje y tras un corto paseo, nos vamos a la cama a recuperar horas de sueño. Hago mi primera conexión a internet solo para constatar que el mundo sigue su curso sin nuestra presencia. Los problemas que quedaron atrás siguen en el mismo punto donde los dejamos. Esta es una huida de ida y vuelta que servirá para limpiar la mente por unos días. ¿Es suficiente?. No lo sé, pero sí necesaria.

Duchas de Agua Sucia

Hoy es sábado. Salimos de nuevo a la autopista y en menos de quince minutos estamos en Francia. Creo que es la cuarta o quinta vez que cruzo esta frontera. En el peaje policías españoles y franceses custodian no se sabe muy bien qué, cada uno a su lado del redil. Las fronteras están trazadas para separar, para defender la integridad propia y la superioridad que sentimos los humanos con respecto al grupo de pobladores vecinos. Lo nuestro, lo de mi país, es lo mejor y debe ser defendido de el de “afuera” con líneas imaginarias y alambradas reales. Si, bueno, ya sé que no es un planteamiento muy original y seguro que es en extremo demagógico pero es lo que hay. No por demagógico deja de ser menos real.

Tomamos la ruta norte, en dirección Burdeos y la autopista sigue siendo igual de monótona que hace unas horas. Kilómetros de pinares en Las Landas dan paso a kilómetros de extensiones agrícolas un poco más al norte, sin que nada llame especialmente mi atención.
De vez en cuando algún cartel nos avisa de la presencia de un radar pero como todos están situados para sacar la foto de frente no les prestamos demasiada atención. En el carril contrario vemos que hay algunos controles con trípode y esos sí sacan la foto a la parte trasera de los vehículos.
Una moto sale como una exhalación en una de las incorporaciones y yo acelero para ir a rueda durante algunos kilómetros. Al acercarme, me doy cuenta de que se trata de la policía, que le está ordenando a un vehículo salir dela autopista en la siguiente incorporación. Allí, en el control, varios ciudadanos están siendo registrados en ropa interior. Resulta un poco chocante que el en país de la liberté te pongan casi en pelotas en el medio de la autopista, la verdad. Pero yo no he venido aquí a juzgar, solo a hacer kilómetros y a disfrutar de un viaje. Dejemos los juicios de valor y sigamos adelante.
Cerca de Burdeos comienza a llover. Primero es una lluvia tímida, unas gotas que no se atreven a llegar al suelo por pura cobardía. Unos kilómetros más adelante, ya con el traje de aguas puesto, las gotas han ganado confianza y, solidarias, golpean con violencia la pantalla del casco. Cuanto más avanzamos hacia el norte más negro se ve el cielo y, si alguna tenue esperanza teníamos de que dejase de llover, ésta ya se ha disipado hace rato.
El paisaje sigue siendo monótono, llano hasta donde la vista alcanza y verde intenso. Intento masajearme el cuello de vez en cuando pero las molestias no remiten.
Ahora la lluvia ha arreciado y hay momentos en los que la visión es muy escasa. Reduzco la velocidad de la marcha y disfruto yendo detrás de los camiones unos metros. Es como sumergirse en una ducha de agua sucia. El rebufo de cataratas y el nauseabundo olor del escape no me molestan lo más mínimo. Estoy en mi viaje y disfruto. Esto es ir en moto. Es un día perfecto para viajar, tan perfecto como cualquier otro. Me asalta esa sensación conocida de que todo está en su sitio y una enorme tranquilidad me invade, incluso en este día de mierda.
Ahora estamos en un área de servicio cerca de Sarzeau, nuestro destino en el día de hoy. Un francés me dice que no es gran día para ir en moto, justo lo contrario de lo que yo pienso. Le respondo que todos los días son perfectos para ir en moto, hoy especialmente. “Y cuando hace sol?” – pregunta divertido. Eso ya debe de ser la leche!
Sarzeau es un pueblo grande pero tranquilo como cualquier pueblo francés un sábado por la tarde. Ni frío ni calor. Llueve pero con menos intensidad que en las horas anteriores.
Preguntamos a un tendero por la Fest Noz a la que nos dirigimos y nos encamina hacia la Granja Beauvue, justo al lado del Chateau de Sucinio, un castillo enorme con su foso de agua y todo.
Llegamos justo a tiempo, la fiesta está empezando y un grupo de tragafuegos y malabaristas realiza sus evoluciones en el interior de la carpa. Al fijarme con atención descubro que la carpa no es tal sino un pajar enorme decorado para la ocasión. Un bar y un puesto de reparto de comida biológica, asícomo unos centenares de mesas corridas con sus bancos completan el cuadro.
Llamo a Aline y a Guillame, a los que conocí a través del Hospitality Club. Ellos son los que, semanas atrás, me hablaron de esta fiesta típica bretona y los que nos metieron el gusanillo de probar esta versión del mundo folk.
Lo que más nos sorprende, sin lugar a dudas, es el baile. Todos y cada uno de ellos son en círculo, con más o menos variaciones para bailar en pareja pero siempre formando un círculo, bien sea cogidos por los meñiques, la mano o del brazo.Todos bailan. Niños, abuelos, mujeres con culos prominentes, chicas hermosas con rastas, jóvenes con pinta de surferos… todo parece estar imbuido de un aura de complicidad que envuelve hasta el último rincón.
Yo estoy exhausto al segundo baile. La última melodía ha sido una pieza rápida en la que el cambio de pareja llegó a marearme. Me quedo a un lado un rato observando como la magia de la música bretona consigue unir a personajes tan dispares bajo una causa: el baile comunitario hasta bien entrada la madrugada.
Parecen ser capaces de bailar cualquier melodía. Las lentas tienen sus bailes tipo vals y las más rápidas se siguen, en circulo, con un enloquecido movimiento de piernas y hombros.
Así, entre cervezas, licores de enorme capacidad espirituosa y música, intento enhebrar, una vez que ha finalizado la música “oficial” en el escenario, un par de muñeiras con la gaita pero salgo perdedor de una lucha de egos con un saxofonista realmente virtuoso, así que, recojo en petate mientras la fiesta continúa.
Está amaneciendo y aún no tenemos dónde dormir. Confiábamos en que el dueño de la granja nos permitiese usar un pajar aledaño pero somos unos cuantos los que anhelamos ese hotel y no se le ve muy dispuesto. En realidad nada dispuesto. La verdad es que yo tampoco alojaría a unos cuantos borrachos, fumadores y cargados de ánimo, en el almiar donde almaceno la comida de mis vacas. Si las tuviera. De nuevo, nada que reprochar. Hemos venido porque nos ha dado la gana y por nuestros propios medios así que, ni reproches, ni exigencias.
A las cinco y media de la madrugada, con la luz del alba asomando por el Este, nuestra tienda está montada con una más que digna apariencia y nos retiramos para intentar dormir un rato, a pesar del barullo musical que reina a unos escasos cincuenta metros.
Mientras escucho un acordeón diatónico el sueño me va venciendo y los pensamientos, cada vez más errabundos, se hacen difusos y desaparecen
.

Viajando por la Tarde

No me gusta viajar después de comer.Suele entrarme ese sopor digestivo que le impide a uno concentrarse en lo que está haciendo y el único deseo que subyace es el de echarse una siesta. Sin embargo hoy no nos queda otro remedio. Hasta ayer estuvimos dudando sobre la fecha de salida a causa de compromisos adquiridos a última hora.

 

 

Son las tres de la tarde de un día cualquiera de junio, el sol brilla sobre nuestras cabezas y nos disponemos a emprender la marcha camino de Francia y algún otro lugar más. La hoja de ruta es un tanto difusa, como impregnada de una nebulosa que nos impide ver bien el destino último. No tenemos preferencias ni objetivos claros, exceptuando las playas del Desembarco de Normandía, un capricho de mi compañero Gelucho, que vamos a hacer realidad. A partir de este punto todo son incógnitas: Ámsterdam, Hamburgo, los Alpes… poco importa el destino viajando en buena compañía y con la tranquilidad que impone el no saber a dónde vas.

Tomamos la carretera de Oviedo, mil veces transitada, mil veces estudiada cada curva, cada recodo, cada falso llano subiendo el puerto, y mil veces divertida para recorrerla en moto.

A tan sólo dos kilómetros de casa sobreviene la primera parada: Gelu ha olvidado el dinero en casa. Pacientemente me quito los guantes y el casco y me sitúo a la sombra a esperar a que vuelva. En otras circunstancias seguramente este primer contratiempo me hubiera soliviantado, deseoso como estaba de emprender la marcha y salir de España cuanto antes, pero hoy no. Hoy estoy tan feliz de emprender esta ruta incierta que no hay nada que pueda quebrar mi ánimo, ni siquiera una lumbalgia sobrevenida esta mañana a causa un esfuerzo realizado ayer.
Según van pasando los kilómetros noto algo raro, no voy cómodo. La postura es la de siempre, el manillar a la misma altura, el asiento en su sitio… sin embargo, algo no marcha. Se me va cargando el cuello poco a poco y estoy incómodo. Normalmente suelo pasar varias horas conduciendo en la misma posición pero hoy la cosa no cuaja. Cambio la postura de forma constante y no consigo acomodarme a la máquina. A partir de Oviedo, a tan sólo ciento cincuenta kilómetros de la salida ya estoy cansado y cuando llegamos a Bilbao, a pesar de haber realizado el último tramo por autopista la lumbalgia y el cuello me molestan de forma ostensible.

Al llegar a Irún ya está anocheciendo y decidimos meternos en una área de servicio que encontramos, la primera. Es una de esas áreas enormes, con restaurante, autoservicio, aparcamiento para cientos de camiones y unos precios que me parecen desorbitados. Montamos la tienda de campaña lejos de miradas indiscretas, detrás de una construcción que se nos antoja perfecta.

 

Gelucho viene cargando con un lacón cocido, una hogaza de pan casero y doce litros de vino, además de otras viandas de menos empaque así que, con cuatro palets de obra, monto un mesa improvisada y con un tronco seco, un banco perfecto para sentarse y proceder a la opípara cena.

El lugar elegido parece no ser tan perfecto como creíamos puesto que la construcción que tan estratégicamente nos ocultaba ,resultó ser la depuradora de aguas residuales del complejo que, de vez en cuando, emanaba algunos efluvios. Aún así ya es tarde para desmontar nuestro hogar transitorio así que confiamos en que la meteorología no varíe la dirección del viento para situarnos a sotavento.
Después de cenar, con la barriga llena de vino y lacón nos vamos a la cama ente risas, con la ilusión del primer día de viaje ya agotada pero con la certeza de que mañana será otro día grande de moto y carretera.

Mientras me duermo confío en que ladureza del suelo sea un bálsamo para mi maltrecha espalda.