humor

Con Riders 4. Gran Cagada

Este es el cuarto capítulo de los Con Riders, un grupo de subhéroes que recorre el mundo en moto a la búsqueda de su santo grial particular: El Reponedor. Quizá, si quieres seguir el hilo de esta aventura, te convenga leer las entregas anteriores para saber de qué va el tema.

  1. Los “Con Riders”, héroes mundanos
  2. Con Riders: Moscú

  3. Con Riders. El Encuentro

Con Riders. Gran Cagada

Al final cayeron cuatro martinis en la tarde moscovita y las buenas intenciones se fueron diluyendo en una nebulosa muy agradable. Ahora solo quedaba ir a buscar a Vlad y sacarle la información que necesitábamos para dar con El Reponedor. Faltaban un par de horas para que abriese el garito, La Vaca Borracha, así que decidimos dar un paseo a orillas del río Moskova. El río no es otra cosa que un hediondo canal marronuzco que atraviesa la ciudad de punta a punta y que sirve de almacén temporal a toda la mierda de la ciudad. Supongo que en invierno, congelado, estará mucho más bonito pero no era mi intención permanecer allí tanto tiempo como para poder comprobarlo.

Josu estaba muy alegre, lleno de energía y pletórico de ánimos. Sin duda eran los efectos de los martinis rusos y el recuerdo de su noche loca con la Cholapova. Si es que recordaba algo.

 -Rankxerox– me dijo- hace una tarde cojonuda para salir de vinos. ¿No tendrá vino esta gente?

Mi verdadero nombre no es Rankxerox, claro, es solo mi sobrenombre. Tengo un apodo de fotocopiadora porque mi nombre de verdad es mucho más vulgar. Me llamo Federico, aunque eso poca gente lo sabe. Mi abuelo materno se llamaba Federico y mi madre se llamaba Federica, aunque su nombre artístico era Fedra.  Padre no tuve nunca, que yo sepa. Quiero pensar que nací por generación espontánea en algún cubil de la Barcelona de los años ochenta. La Fedra, mi madre, se ganaba los garbanzos transitando por el lado salvaje de la vida o al menos, era lo que a ella le gustaba decir. La verdad es que era puta en El Raval. Un oficio tan digno como otro cualquiera aunque no exento de los riesgos inherentes a la profesión.

-No conviene que nos liemos mucho, tenemos una tarea importante por delante– contesté intentando darle un aire grave a la cuestión.

Una tarea importante. Eso era. Quizá el tener una meta en la vida nos mantenía serenos la mitad de la jornada. La otra mitad transcurría entre broncas de medio pelo, alcohol, drogas y sexo. No se puede decir que fuésemos muy eficientes pero al menos éramos consecuentes con lo que hacíamos y la parte más canalla de nuestras vidas la llevábamos hasta las últimas consecuencias.

Los vinos rusos no tienen mucha fama pero íbamos a descubrir que algunos blancos son excelentes. En la vinatería, un local de elegancia torpe y demodé, una rubia entrada en carnes y con aire ausente nos recomendó probar el blanco de Crimea.

“Una joven lacrimea
por su dolor constante,
lágrimas de brea,
por su ausente amante”

Pensé en regalarle el poema y rendirme a sus pies deshaciéndome en halagos florales que ahogasen su pena, pero luego pensé que lo único que sentía la dependienta era un profundo odio por su ciudad que le provocaba alergia. En eso nos parecíamos bastante. Moscú me resultaba una ciudad repulsiva y deleznable, una mezcla de favela helada y ciudad cosmopolita con un aire tristón y melancólico que contagiaba a sus habitantes.

El vino resultó ser una mezcla un poco tosca de madeira y sauternes aunque con excelente bouquet. Acabamos tomándonos una botella y comprando otras dos. Josu se llevo una más metida en el interior de su abrigo cuando la rubia de carrillos colorados se volvió para cobrar. Robar no está bien pero lo hacemos siempre que podemos. En nuestro descargo he de decir que lo hacemos por diversión, no por necesidad.

Aparcamos las motos frente al Piane Karova de forma que pudiésemos salir pitando si era necesario.

Al entrar en la Vaca Borracha vimos a Vladimir apostado en la mesa del fondo, camuflado entre volutas de humo y atrincherado tras una botella de vodka. A su lado, resplandeciente como una gema, Irina brillaba con luz propia. Su risa contagiosa inundaba el bar y la alegría de su voz flotaba en el aire viciado. Irina es una de esas chicas de belleza salvaje, de las que no contienen su sensualidad porque apenas si son conscientes de que les precede. Es de esas mujeres por las que un hombre puede llegar a perderlo todo. Pero yo no tenía nada que perder.

Vlad dio un salto al vernos y esbozó una mueca que se parecía a una sonrisa sincera. Abriendo mucho los brazos atravesó el bar a grandes zancadas y me envolvió en un abrazo que me supo a mafia italiana. Mis nudillos seguían crispados sobre la navaja en el interior del bolsillo del astracán, a la espera de una orden del subconsciente.

¿Donde os habíais metido?– preguntó. Llevo todo el día preocupado por vosotros. Dejé a uno de los chicos enfrente de casa de Irina para que no os pasara nada pero alguien le ha hecho una cara nueva esta mañana. Mantuve un prudente silencio.

Vlad sacó unos cuantos billetes del bolso diciendo “Toma tío, te he cogido estos billetes por la mañana para salir a comprar el desayuno. Mi cartera estaba en el sidecar de la Ural”.  Josu carraspeaba nervioso.

¿Qué pasó? Cuando cuando llegué ya os habíais ido…- Vlady arqueaba las cejas esperando una respuesta.

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Con Riders 3. El Encuentro

Cuando desperté ya era media mañana y el dolor de cabeza aún no me había abandonado. Josu intentaba mover las carnes de Cholapova, o como quiera que se llamase aquella hembra peluda, para extraer sus pantalones vaqueros, prisioneros y agonizantes bajo toda aquella humanidad. Siempre quedo admirado de la capacidad de Josu para tirarse a cualquier ser humano que se le ponga por delante. En Magalluf se lo había montado con un inglés borracho, poco más que un adolescente imberbe lleno de granos y en La Catedral del Techno terminó con una pedorra de sombrero tejano.

-Josu, ¿has visto a Irina?– No se por qué pregunté por Irina en lugar de averiguar el paradero de Vladimir que, a esas horas aún no había dado señales de vida.

Se me quedó mirando con aire ausente. Tenemos que irnos– le dije.

Hacía varias horas que no veía a mi moto y me estaba causando cierta inquietud. Si a eso sumamos que la cabeza me estaba matando, lo único que deseaba era volver a subirme a la vieja BMW y salir a las gélidas calles a rumiar mi desgracia.  Cholapova estaba como muerta, totalmente ida. Es probable que la noche anterior se pasara con la coca, el speed o lo que fuera que Vladimir ponía sobre la mesa cada diez minutos. No podía recordarlo bien, las lagunas mentales parecían inundarlo todo. De lo que sí estaba seguro era de tener algún billete en la cartera el día anterior y al abrirla vi que no quedaba ninguno.

Maldita puta Irina y maldita comadreja Vladimira- pensé. Habíamos caído como dos pardillos. A Josu también le habían robado los pocos euros que tenía. Por fortuna, yo había escondido mis reservas en el forro del abrigo de astracán y no tendríamos que volver andando al hotel.

Fue un alivio abandonar la escalera y salir al frescor hiriente de Moscú. El aire helado laceraba las aletillas de mi nariz pero, a cambio, me llenaba de vida y regresaban a mi las ganas de seguir con la búsqueda. Tendríamos que localizar a Vadimir y apretarle las tuercas hasta que nos diera una muestra del brebaje. En aquel momento solo me apetecía sacarle los ojos con un tenedor y colgar a su abuela por los pulgares pero seguro que, llegado el momento, me ablandaría y como mucho, sería sopapeado hasta el mismísimo hastío.

Al final de la calle el Lada negro seguía aparcado en el mismo sitio. Estaba casi seguro de que dentro me encontraría con el tipo de anoche, el que nos miraba obsesivamente en el bar. ¿Cómo se llamaba aquel bar? ¿Makriova?¿Panisova? Joder! Todo termina en “ova” en Rusia. Era importante recordarlo porque esta noche sería nuestra misión estrella. Sin plan B. Sin objetivos que nos despistasen de la ruta principal. había que procurar mantenerse serenos hasta encontrar a Vladimir y arrancarle algo de información.

“Piane Karova”. El bar era el Piane Karova, La Vaca Borracha. Recordaba haber brindado varias veces por el “piano karova” con grandes aspavientos mientras Josu reía mis gracias como loco. El Piane Karova estaba situado en un callejón cerca del Río Moskova, en el distrito Yakimanka. la información llegó a mi de sopetón, como se se hubiese abierto alguna trampilla oculta en la parte trasera de mi cerebro. Yakimanka, hay que joderse con esta gente…

Me acerqué al Lada negro y el conductor abrió la ventanilla con cara dubitativa. Sus labios se separaron para decir algo pero le encajé un derechazo en los morros que se acopló muy bien. Se ve que no era la primera vez que le daban un sopapo. Intentó meter su mano derecha en el bolsillo del abrigo pero se quedó medio enganchado en el cinturón de seguridad y aproveché para golpearlo nuevamente. Y otra vez. Y otra. Y seguí dándole hasta que dejé de sentir los nudillos. Josu me apartó de un empujón y abrió la puerta del coche.

Un hombre joven, con la cara ensangrentada se desplomó sobre la nieve sucia. No tendría más de treinta años, aunque es difícil de precisar porque una mezcla de sangre y moco comenzaba a desdibujarle el rostro.

¿Qué cojones quieres?– le grite. ¿Quién te envía? Intentó balbucir algo en ruso así que le di una patada en costado para animarlo a hablar en inglés o en cualquier otro idioma que no incluyense algo terminado en “ova” cada dos por tres.

Cuando le puse el filo de la navaja bien cerca de su oreja se animó a hablar con más claridad pero sin abandonar el ruso. Me pareció entender algo de Karova y Vladimir. Todo indicaba que tendríamos que volver al distrito Yakimanka.

La cabeza parecía estallarme y punzadas de dolor me recorrían la mano de forma insistente. Tendría que haberle dado con una piedra en la cara en lugar de haber usado el puño. Nunca me acostumbraré a este mundo violento.

El taxista, un dicharachero rubicundo, nos contó que su abuelo había luchado con el glorioso ejército rojo en el Frente de Karelia y que era un héroe. Pero ahora ya no hay sitio para los héroes en la Rusia postcomunista. Ahora solo hay sitio para la mafia y la violencia. Ahora impera el poder del dinero y los antiguos valores ya no sirven para vivir. Ni siquiera para reconfortarse en los momentos de flaqueza. había vivido con su mujer en Kazajistán un montón de años pero la fábrica en la que trabajaba había cerrado después de la descomposición de la URRS y había terminado de taxista en Moscú. !Vaya por Dios! Nos había tocado el único ruso dicharachero de este agujero inmundo. Al menos todo lo dicharachero que puede ser un ruso sereno.

Me gustaría visitar España algún día– señaló con aire melancólico.

En España ya tenemos demasiados rusos– contesté.

Se produjo un silencio pastoso que consiguió serenar mi cabeza.

Después de una ducha con agua templada nos dejamos caer en la cama y caímos en una especie de suspensión temporal hasta las cuatro de la tarde. Necesitábamos salir a comer algo. Tan solo esperaba poder encontrar un sitio elegante donde me sirvieran un Martini antes de la ensaladilla.

Con Riders 2: Moscú

¿No sabes quienes son Los Con Riders? El grupo motero más irreverente y políticamente incorrecto del orbe, los único borrachos con las ideas claras. Entre sus muchas aventuras hoy os presentamos su viaje a Moscú a donde llegaron desde Bulgaria con la intención de obtener el secreto de El Reponedor.¿ Conseguirán encontrar su Santo Grial? ¿Les darán, como siempre, unos buenos sopapos? No te pierdas las aventuras de los Con Riders, esos hijos de puta entrañables.

Con Riders. Moscú.

Vladimir se estaba poniendo muy pesado con que probara su moto. Aquella Ural que se caía a pedazos no me ofrecía ninguna confianza, ni siquiera envalentonado como estaba, después de varios vasos de vodka. Además estaba el asunto del frío. En Moscú había 25º bajo cero aquella tarde y pasearme en moto entre la mezcla de nieve y mierda no me resultaba muy apetecible. Josu llamó al camarero que se parapetaba tras una cortina de humo de tabaco.
Tovarich! Cabrón soplapollas, deja de hurgarte los mocos y trae otra botella- gritó en español. El camarero surcó la niebla de decenas de cigarrillos baratos y la dejó sobre la mesa con un gruñido indescifrable. Josu sonrió con aires de triunfo.
Los Con Riders habíamos llegado a Moscú en pleno mes de marzo buscando alguna pista sobre El Reponedor. Jano, el camello que habíamos conocido en la boda búlgara, nos habló de Vladimir y de su pócima secreta para superar la resaca. Nos había dicho que la abuela de Vladimir, una vieja medio judía de no sé qué clan de siberianos, la elaboraba siguiendo una receta que se pasaba de madres a hijas. Me recordó algo que había leído sobre La Diosa, una teoría que afirma que Dios es una mujer. Menuda chorrada. Estoy de acuerdo en que hay mujeres que son como diosas pero de ahí a elevarlas a la categoría divina dista un abismo. Aunque… pensándolo bien, en la boda búlgara había una cría que tenía todos los visos de ser divina. Antes de caer fulminado por la rakia inmunda que nos sirvió Jano me parecía la mujer más hermosa que había visto nunca. Menudo brejaje la rakia! Eructas ciruela aguardentosa durante dos días. Eso sí, proporciona un pelotazo rápido que te pone en órbita
Pero el bueno de Vlad no parecía muy dispuesto a sacar el tema de la receta de la abuela.

Al fondo de la barra una figura vestida de negro no perdía detalle. Recuerdo que se me pasó por la cabeza que se tratase de un Sin Rider pero la posibilidad parecía muy remota. Los rigores climáticos de Bielorusia y las lluvias polacas los hubieran amedrentado. Seguro. Si algo tienen los Sin Riders es un pánico atávico al mal tiempo.

Vladimir seguía trasegando vodka con una facilidad pasmosa y fumando de forma compulsiva, parecía un saco sin fondo. De cuando en cuando se iba al baño y volvía frotándose la nariz de forma ostentosa. Estaba claro que pretendía que le preguntásemos si tenía algo para pasarnos, pero nosotros estábamos allí en una misión y teníamos que mantenernos serenos. Al menos hasta un punto razonable. Aún teníamos que intimar más con Vlady para que nos contase el secreto de su abuela de forma voluntaria o tendríamos que pasar al plan B. Y nuestro planes B casi nunca funcionan del modo en que han sido planeados. Supongo que por eso se llaman planes B, de burrada.

Con la tercera botella Vladimir dijo que teníamos que ir a ver a unas amigas suyas que vivían por allí cerca. Si algo he aprendido en estos años de correrías es que cuando un ruso borracho te dice que algo está cerca puedes tener por seguro que está en el quinto coño. Y este no era la excepción. Josu se acomodó en el asiento trasero de la Ural y yo me acurruqué, como un húsar beodo, en el sidecar. Las botas militares se me quedaban pegadas al suelo del cajón pero preferí no investigar al respecto por miedo a que un ataque de vómito echase a perder mi abrigo de astracán. O de visón, vaya usted a saber. La ushanka, ese gorro peludo, me protegía la cabeza, pero tenía la nariz congelada. Definitivamente, Rusia es un país de mierda. Volamos por las calles heladas del sur de la ciudad y llegamos a un destartalado edificio de viviendas. La decadencia y el decrépito hacía muchos años que se habían aposentado en todo el barrio y hablar de decadencia es darle demasiada elegancia al conjunto.
Un Lada negro aparcó al final de la calle.

Una bombilla titilante alumbraba la escalera y todo olía a orines y vómito. Las amigas de Vlad resultaron ser unas rusas muy cachondas y dadas al vodka barato pero no conseguí averiguar si eran putas o funcionarias del Krelim. La verdad es que, cuando desperté, Irina dormía a mi lado con sus perfectos pezones apuntando al cielo donde, sin lugar a dudas, tiene que ser La Diosa. Me dolía la cabeza de un modo atroz y el puto Vlady no estaba allí para proporcionarme su brebaje mágico. Besé a Irina en el cuello y comprendí que sería una estupidez intentar levantarme. Josu dormía en el sofá, boca a bajo, con unas bragas blancas en la cabeza y un charco de vómito a sus pies.

Abracé la cintura de Irina y me quedé dormido.

Con Riders 1. Héroes mundanos

Los Con Riders

Animados por el gremio de los bodegueros y patrocinados por el holding de los fabricantes y expendedores de alcohol, os presentamos a Los Con Riders, un grupo de amigos unidos por el insano vicio de la ingesta alcohólica masiva y la drogadicción sin límites. Como adultos formados en la literatura clásica y admiradores de Baudelaire, Van Gogh y otros artistas borrachines, nos embarcamos en este proyecto ilusinante que no tiende a otra cosa que nuestra propia autodestrucción. Pero, ¿qué humano no tiende a su propia destrucción con el paso del tiempo? Todos terminamos en el mismo lugar: la fosa común de las vanidades, el boquete último de todos los egos, el nicho de todos los anhelos. Bajo esta premisa nosotros hemos decidido tomar las riendas de nuestras vidas y escoger nuestro propio modo de finiquitar la relación con el mundo.

Somos superhéroes de lo baboso y magnates del vicio. Transitamos por la línea temporal que nos ha tocado vivir con el objetivo de viajar en moto por todos los rincones de la Tierra catando los espirituosos más delicados, las pócimas más infectas y los combinados más glamurosos. A nada que lleve alcohol le hacemos ascos. Los bares son nuestros templos y cada barman nuestro guía espiritual que nos impele en pos del objetivo último.

Fomentamos el consumo irresponsable e ingente, y preparamos nuestras rutas en función de caprichos estéticos que tienen que ver con discopubs y bares de mala muerte. Organizamos tertulias irreverentes en torno a las copas, vemos el mundo y las relaciones humanas bajo la lente deformante de nuestra visión ampliada por el trago largo. Sí, somos Los Con Riders, los abyectos jinetes del apocalipsis, los mangantes elípticos, los despreocupados indecentes. Y arrasamos. Las cicatrices que portamos así lo atestiguan, al igual que nuestras motos, otrora resplandecientes y hoy reflejo de nuestra filosofía.

Pero, como todo superhéroe que se precie de tal, tenemos nuestros archienemigos. Si Mazinger Z tenía al Doctor Infierno, Comando G tenía a Zoltar o Heidi y Clara tenían a la Señorita Rottenmeier, nosotros tenemos a Los Sin Riders, un grupo de renegados que llama cerveza a la cerveza sin alcohol y que se alimentan de Mixta y Shandy. Patrocinados por la rama antialcohólica del gremio de los cerveceros con el espúreo fin de vender “cerveza con”, recorren el mundo glosando las excelencias de estar sereno. Parapetados tras la mentira y el engaño intentan convencer a la humanidad de las bondades de ese brebaje abominable que llaman “cerveza sin”.

En las cruentas gestas en las que dirimimos nuestras diferencias siempre tenemos las de perder porque nuestro equilibrio es, por lo general, precario. Mientras que sus apolíneas figuras, modeladas por horas de gimnasio y años de vida sana, nos observan con aires de superioridad desde sus relucientes motos custom, nosotros brindamos por una victoria que se nos escapa de las manos una y otra vez. Pero en la derrota está la victoria. Si algo hemos aprendido en nuestras largas jornadas de bares y botellones, es que la dignidad es solo un retorcido reflejo del ego y que los perdedores tenemos el poderoso don de la luz grotesca. Irradiamos la ternura podrida de los parias y somos la fuerza del mañana.

Un mañana sin resaca porque nuestro objetivo final es llegar a la borrachera plena, al balbuceo inconexo que exprese la verdad última. Para eso hemos puesto nuestra energía errante al servicio de la búsqueda de nuestro Santo Grial: un medicamento que elimine los efectos de la resaca y, con ello, todos los males que aquejan a la humanidad. Lo llamamos El Reponedor. Sabemos que El Reponedor existe, que ha sido buscado con ahínco a través de la historia de la Humanidad pero su secreto está celosamente guardado en algún recóndito lugar de la Tierra. Lo hemos buscado en Moscú, en La Catedral del Techno, en Magalluf, en una boda búlgara… Pero el resultado es siempre el mismo: dolor de cabeza, vómitos y dificultades cognoscitivas. Las fuerzas que protegen al Reponedor son poderosas y nosotros pocos y obnubilados.

Los Sin Riders saben que, de conseguir nuestro objetivo, esto significaría su fin y por ello se enfrentan a nosotros con denuedo, ayudados por el Eje del Mal. Pero nuestra determinación es grande y no cejaremos nunca en el empeño de llegar al… REPONEDOR SAGRADO!

!BRINDEMOS POR ELLO!

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De cómo acabé pasando por el hospital

Yo soy muy de campo, muy de pueblo. En las ciudades me manejo bien porque circulo en moto pero mi medio natural, desde luego, no es ese. Me sumerjo en el metro mirándolo todo con el miedo del que transita por una selva ignota y en una calle peatonal llena de gente ando como con aires despistados, extrañado de no saludar a cada persona con la que me cruzo. Nunca me arriesgo a cruzar un paso de peatones con el semáforo en rojo y me quedo parado en el borde de la acera mientras veo a jubilados y amas de casa pasar fulgurantes a mi lado.

Yo no. Yo soy un paleto indefenso si no voy en moto. Y esa indefensión se agrava si tengo que usar el transporte público. Desconozco el itinerario de las líneas, ignoro el precio y, por supuesto, no tengo ni idea de las correspondencias con otras líneas ni se en qué parada tengo que bajarme. Al conductor le doy los buenos días y poco más, porque un cartel bien visible me prohíbe dirigirle la palabra.

Pero hace unos días, en Oviedo, que es una ciudad pequeña y manejable, tuve que hablar con el conductor de bus urbano. Tenía que cruzar toda la ciudad que, aún siendo pequeña, es bastante grande para atravesarla andando de punta a punta, así que le pregunté si su autobús pasaba cerca de la dirección a la que me dirigía, en el otro extremo de la metrópoli. Me dijo que quizá sería mejor tomar el siguiente pero, después de pensar un rato con aire circunspecto, su cabeza hizo un rápido mapa mental y me dijo que no me preocupase, que él me avisaría del sitio idóneo para cambiar de bus. Eran las 14:30 h.

Me quedé de pié en mitad del pasillo y alternaba la observación de chavaletes y “señoras que” con fugaces miradas suplicantes al conductor. Las paradas se fueron sucediendo y el ajetreo de los semáforos ya me estaba mareando. Cuando vi que el bus se desviaba hacia el Oeste fruncí el ceño mentalmente y comencé a inquietarme porque yo iba hacia el Norte. En las ciudades siempre me oriento por los puntos cardinales, igual que en la carretera o en el monte, cosas de la deformación profesional y del amor que le profeso a los mapas. Así que, cuando volvió a girar en dirección Este pensé que el hombre me estaba tomando el pelo. Acabábamos de llegar al Hospital del Naranco, en las faldas del monte del mismo nombre. ¿Qué coño estaba haciendo yo allí si mi destino estaba en Avenida de Torrelavega, justo en dirección contraria?

Dos o tres paradas más allá el conductor se dirigió a mí diciendo “señor, señor! bájese en esta parada y coja el F1“. Con mi paraguas colgado en el antebrazo me quedé esperando al F1 bajo la marquesina mientras una fina lluvia remojaba las calles de Vestusta. El paraguas no lo enseñaba mucho porque acababa de robarlo en un paragüero ajeno y estaba bastante ajado, una cosa muy poco elegante para una ciudad como Oviedo. Lo del penoso estado del paraguas, digo.

Cuando llegó el F1 volví a pagar 1,20€ y a recorrer las calles en sentido contrario. El bus se desvió hacia el Sur, alejándome aún más de mi destino y dejándome con cara de circunstancias. Sentía como todos me miraban, riéndose para sus adentros porque estaba recorriendo la zona alta de la ciudad, tropezándome con cada farola y rebotando como un “coche de choque”. Estaba siendo, sin lugar a dudas, la diana de las puyas y burlas de todos los usuarios de autobús urbano del centro de Asturias. Como pude mantuve mi dignidad, incluso cuando volví a pasar por la primera parada y cuando vi el edificio del que acababa de salir 45 minutos antes. Ahora sí. Desde aquí todo sería cuesta abajo, sobre todo porque estábamos en la parte más alta de la ciudad.

Después de cientos de miles de semáforos y millardos de marquesinas perladas de lluvia, en el centro de la ciudad decidí bajarme y continuar a pié. Eran las 15:30 h. y temía fenecer de inanición atrapado en mi particular Día de la Marmota en el interior del bus. Con la cabeza alta para ocultar mi maltrecho orgullo, abrí mi paraguas robado y recorrí en trecho que faltaba bajo el molesto sonido de la tela avergonzada de su precario estado. Deseé, como nunca, poder acariciar el depósito de mi moto, escuchar el sonido redondo de su motor, mirar al cielo y ver como las gotas de lluvia golpeaban con violencia la pantalla de casco. Pero era un peatón.

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Por mi gran culpa

La culpa es solo tuya, la culpa es solo tuya. Ahora trata de perdonarte“. Lo repetía como un mantra insistente en el interior de mi cabeza. No era cuestión de complejas elucubraciones intelectuales lo que me estaba causando problemas sino principios de acción y reacción. Cuando te enamoras, cuando odias a alguien o cuando emites un juicio de valor entran en juego las complejas elucubraciones a las que hago referencia unidas a arrebatos más viscerales. Pero si el problema viene dado por dejadez, por no haber realizado acciones más o menos automatizadas que no requieren de gran carga intelectual, podemos hablar abiertamente, de culpa.

Y la culpa era mía.

El sentimiento de culpabilidad no ayuda gran cosa. Hay un dicho popular en esta zona que  es muy ilustrativo “dende que tira-lo peido nun sirve apreta-lo cú” (desde que tiras el pedo no sirve apretar el culo). Y en esas estaba yo, viniendo con Elena de la Concentración Invernal de Eskimós por la A-66, apretando el culo y culpándome hasta el desprecio, por no haber revisado la moto más a fondo antes de salir de viaje. Tareas casi automatizadas que no requieren más que de la voluntad de hacerlas, principios de acción y reacción.
Aún quedaban 400 km. para llegar a casa y la moto no pasaba de 120 km/h. Lo primero que pensé es que tenía que haber cambiado, meses atrás, las bujías y el filtro de aire sin embargo, a pesar de la falta de potencia, el motor sonaba redondo hasta medio régimen, que de ahí no pasaba. Luego se me ocurrió pensar en el cable del acelerador, que aún es el original o en problemas mecánicos de elevado rango. Reacción por inacción.

Mientras se sucedían los posibles actos de contrición y flagelaciones de indulto que podía aplicarme (alternados, eso sí, con el firme propósito de perdonarme a mí mismo), retorcía el acelerador con rabia, intentando descargar la culpa sobre la propia moto, sobre sus decenas de miles de kilómetros y sobre su, más que evidente, ausencia de fiabilidad. Elena, pasajera silente, se mantenía en prudente inactividad, incluso cuando la velocidad bajó a noventa por hora. Muy de agradecer porque, cuando uno se siente culpable no viene bien que nadie meta el dedo en la llaga.

Comprendí que aquello no iría a mejor y al llegar a Astorga decidí claudicar, abandonar la autovía y prepararme para que mis manos llegasen al punto de congelación mientras repasaba todo lo repasable en la moto. En la primera rotonda, al cortar gas, la solución llegó sola como llegan los milagros, que casi siempre acontecen de forma inesperada: el puño del gas, con el calor de los calefactables, se había despegado y solo disponía de un tercio de su recorrido normal. En esta posición llegaba al tope de aceleración porque el cable electrico le impedía seguir girando. Es decir, cuando creía que llevaba la moto a tope aún le quedaba más de la mitad del recorrido real al puño.

Sin detener la moto giré el acelerador a su posición original y todo volvió a la normalidad. Regresamos a la autovía, siguió lloviendo y nevando, y los pies decidieron vivir al margen de mi cuerpo, con temperatura de piedra hasta llegar a casa, pero no hubo más contratiempos.

¿Que lección aprendí de todo esto? Tres para ser exactos: que no es necesario revisar la moto, que las cosas se solucionan solas y que no debo de lacerarme con sentimientos de culpa.

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Mapamundi para viajeros de verdad

Seguro que tienes un amiguete que no deja de recordarte la cantidad de países que ha visitado. Él parece haber estado en todos los lugares en los que merece la pena estar y tú ya empiezas a estar un poco harto de sus alardes. Lo tienes de amigo en Facebook y, cuando alguna de las amistades que tenéis en común sube una foto de cualquier lugar, le falta tiempo para hacer recomendaciones de ese sitio. Porque, por supuesto, él ya ha estado allí.

Todos conocemos a alguien con esas características y lo queremos igual. Como también queremos a aquellos que sólo han hecho un viaje en su vida y nos lo cuentan, como un mantra sagrado, una y otra vez. Sale en cada cena, en cada interminable jornada de vinos, en cada telediario, cada vez que alguien zapea y sale el canal Viajar, allí está él para recordarnos las bondades de ESE sitio. Nos conocemos la orografía de SU viaje como la palma de la mano.

Pues para ellos, un regalo especial: un mapamundi en el que “rascar” los países que se han visitado. Por si no conoces el concepto “Scratch Map”, se trata de un mapamundi en el que originalmente todos los continentes son del mismo color, y al rascar con una moneda, aparece cada país de un color diferente. De este modo el pelma de los mil viajes estará eternamente agradecido por brindarle la oportunidad de enseñar a todo el mundo, de un plumazo, su extenso bagaje viajero y el pelma de un solo viaje, se animará a conocer otros lugares del mundo para poder”rascar” más países.

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La agenda y diario de viaje Travelogue

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Accesorios para moteros ilegales

¿Quien de vosotros, moteros malotes, no ha tenido que llevar algo escondido en la moto? Que si unas drogas, que si un paquete sospechoso, que si unos títulos de propiedad comprometedores… La empresa Convict Custom Cycles ha venido a solucionar estos pequeños inconvenientes que tiene el transportar algo de forma disimulada, alejado de miradas indiscretas de agentes de la autoridad o amigos de lo ajeno. Se dedican a fabricar reposapiés con compartimento secreto para que podáis hacer de “mulas”, portar joyas robadas o vuestras armas en caso de que os hayan retirado la licencia.

De momento solo hay compartimentos secretos para custom y grandes cruiser, probablemente por estar influenciados por la iconografía de series como Sons of Anarchy pero si tenéis que hacer algún trabajito comprometido bien podéis acoplar este gadget a cualquier moto.

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Y si le quieres dar un toque de elegancia a lo Tarantino puedes incluir estar hermosas espuelas fabricadas por la misma empresa.

 

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Es probable que, aún siendo un malo malote, seas temeroso de Dios y de la Guardia Civil así que te recomiendo que, en el interior del compartimento secreto, lleves estas bujías con truco en las que podrás portar sustancias cuya tenencia podría comprometerte. Puedes conseguirlas en Zamnesia por 2,75 €. No te arriesgues.

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Tu seguridad, lo primero

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Como cuerpo frágil y material sensible que eres, te presentamos el traje de burbujas de plástico. No sólo protegerás tu integridad física sino que tendrás un excelente aislante para esos días de invierno en los que salir en moto es un acto de fe.

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No te dejes engañar porque lo haya encontrado en stupid.com, como ves resulta un invento bien útil. Y elegante, claro.

Multado un conductor por morderse las uñas

Multa por morderse las uñas

Un conductor ha sido multado con ochenta euros por morderse las uñas mientras conducía en el área metropolitana de Salamanca, dentro del término municipal de Carbajosa de la Sagrada.

Mil veces os avisaron las madres de que ese feo vicio de morderse las uñas resulta desagradable y pernicioso… pero ha tenido que ser la propia Guardia Civil la que os convenza. Loado sea, una y mil veces, el Benemérito Cuerpo!

Como siempre hay algún incrédulo os dejo el enlace a la noticia en El Ideal

Un asunto de mierda

El miedo es uno de los frenos más poderosos para el hombre. Miedo a perder, miedo al fracaso, miedo al ridículo...

Hoy, por mor de la burocracia de la hacienda pública, he tenido que hacer un viaje relámpago a Oviedo. El viaje de ida fue con ritmo alegre, trazando curvas con una precisión quirúrgica e intentando sustraerme al hecho de que iba con los guantes de verano y el termómetro no subía de los 11 o 12 grados. Ciento cincuenta kilómetros de agresividad inocente. La cosa se despachó rápido en la capital y en cuestión de tres cuartos de hora volvía a estar en la carretera para desandar el camino.

Al pasar por Grao paré a comprar cebollino para plantar en el huerto y disponer, dentro de unas semanas, de la selva más desastrosa de toda la vecindad. Como parece ser que el tiempo de plantar cebollas ya pasó hace dos o tres semanas, no tenían. Pero en el segundo almacén que visité se me ocurrió que no podía irme con las manos vacías así que compré un saco de abono al que denominaremos “mierda de oveja”

El hombre que regentaba el establecimiento, de origen búlgaro o rumano, se refirió al producto como “cuchu* de oveja” en un asturiano con inapreciable acento de Este de Europa que se me antojó divino por lo exótico. Cargó el saco en el asiento trasero de la moto y lo amarró con una cuerda de plástico que se avergonzaba de su propia debilidad. Así, con esta carga peculiar, volví a la carretera, le di volumen a la música búlgara que iba escuchando (repare el lector en la graciosa coincidencia) y me dispuse a rodar los ciento y pico kilómetros que quedaban, con sus curvas y sus puertos de por medio.

Pero como dije al principio, el miedo es un freno poderoso y a mi me atenazó con un levísimo abrazo. Comencé a imaginarme un accidente en el que la moto, con sus maletas y sus pegatinas de decenas de países, con su aire de aventurera del montón, yacía en el suelo después de un arrastrón. Yo, probablemente malherido pero con la consciencia intacta, la miraba desde el suelo mientras viandantes y conductores se arremolinaban en derredor nuestro. Y desde allí, desde esa posición decúbito sedente, observaba la carretera sembrada de estiércol de oveja. El saco, avergonzado, se descolgaba por un lado de la moto intentando desembarazarse de la cuerda verde que aun lo mantenía en un precario equilibrio sobre la máquina. Por un enorme agujero desarramaba su impúdico contenido como una cascada silente y un olor a ovino, dulzón, lo inundaba todo. Los presentes nos miraban a mi y a la mierda de oveja de forma alternativa y, de reojo, lanzaban miradas furtivas hacia la moto intentando comprender qué tipo de viajero porta como equipaje un saco de mierda.

Con este horrendo panorama en la cabeza y por miedo al ridículo, aminoré la marcha mientras el saco se mantenía en prudente silencio acomodado de forma precaria en el asiento de atrás.

saco

*Estiércol en asturiano

Inventos para músicos motoristas

La moto. La música. ¿Quién no se deja seducir por una buena música que evoque un viaje épico por carretera? ¿Acaso podemos sustraernos a los Steppenwolf rasgando las cuerdas de la guitarra en Born to be wild?

La música y los viajes por carretera parecen ser don conceptos que pueden llegar a estar indisolublemente unidos, como El Gordo y El Flaco, como Daoiz y Velarde o como Ortega y Gasset. Pero ¿qué ocurre si lo que nos gusta es tocar un instrumento y queremos llevarlo de viaje? A menos que hayamos escogido el virtuosismo de la flauta dulce, la harmónica o el triángulo, por poner algunos ejemplos, nos resultará difícil cargar el las maletas con el piano de cola o el arpa de Harpo.

Tranquilos. Empresas como Voyage Air solucionan tus problemas de “movilidad con instrumento” al inventar la guitarra plegable, un chisme maravilloso con el que podrás azafranar a tus compañeros de viaje en interminables noches de campamento a la luz de la luna y el calor del fuego.

Pero si lo tuyo es el piano y no pedes prescindir de él en tus escapadas motorísticas también te ofrecemos una solución práctica para que no tengas que cargar con un remolque sin homologar: el teclado enrollable, a la venta en Amazon

piano plegable

Que el ritmo no pare.