Mauritania 2009

6. El Frustrante Adios a Mauritania

Etapa 6. Boujdour – Tan-Tan Playa

El Frustrante Adiós a Mauritania

 

 


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Con la llegada del alba la euforia del día anterior fue tornándose más difusa y tomando la docilidad de un colegial el día de su primera comunión. Mis ánimos ya no galopaban, exultantes de júbilo, sino más bien, se habían convertido en un remedo de trote deslavazado. Con nulo éxito intentaba convencer a Molina y a Carlos de que nuestra empresa llegaría a buen puerto, a tenor de las informaciones de última hora que nos había proporcionado el alemán pero ellos, sobre todo Molina que siempre tiene los pies asentados en la tierra de forma firme, no terminaban de creérselo. Quizá Carlos, parco en palabras y enorme en candidez me prestaba más atención y deseaba que todo saliera como yo vaticinaba, pero no había demasiada animosidad en el grupo.

Durante el desayuno en uno de los bares-cafetería-restaurante-terraza-pub de la calle principal me acerqué a telefonear a la embajada de España en Mauritania. Allí nadie contestaba pues aún eran las siete y pico de la mañana y las oficinas estaban cerradas. El mismo resultado con la embajada en Marruecos y otros infructuosos intentos que hice, a excepción del Consulado en Nouadibou donde una agradable voz femenina se adueñaba de un contestador automático dándome un teléfono de emergencias. ¿Y qué era lo nuestro más que una emergencia? Saqué de la cama, sin saberlo, al mismísimo cónsul que, aún con la voz tomada por tan intempestiva hora me informó de la situación de primera mano. La frontera había dejado de dar visados hacía una semana a causa de las elecciones y la situación en el país estaba un tanto revuelta. La solución que me ofrecía era volver a Rabat y sacar el visado en la embajada de Mauritania o, por cien euros, tomar un vuelo en Laayoune hasta Canarias y acudir al consulado. Cualquiera de las dos era, para nosotros, inviable por falta de tiempo. También me dijo que, si no teníamos que ir a nada, solo por turismo, era mejor darse la vuelta porque la situación sociopolítica no era la óptima.

Salí del locutorio cabizbajo pero elaborando planes alternativos para que el viaje no se viese truncado del todo y crucé la calle para darle las noticias a mis compañeros. El alemán había hecho acto de presencia con su Mercedes 190 y seguía con la cantinela de su amigo en la frontera, empeñado en que, esa misma tarde o a más tardar, al día siguiente, volvería a dar visados. Cuando le dije que había hablado con el cónsul y le puse al corriente, su semblante se torno tan meditabundo como el de un alemán elaborando planes alternativos. Al fin, después de un rato dijo: – y para qué queréis ir a Mauritania, allí nada funciona, todo es una mierrrrda, es una caricatura de estado.

Volvimos a retomar la ruta, pero esta vez en sentido contrario, desandando el camino en dirección norte y cada uno con sus pensamientos bajo el casco. Habíamos concluido llegar a Marrakech para, una vez allí, decidir qué hacer con nuestras vidas. Molina me había dicho que regresaría a Asturias puesto que el viaje, tal y como lo habíamos previsto, se había terminado, pero yo albergaba la esperanza de que cambiase de opinión en los siguientes tres días de ruta. Habíamos congeniado muy bien y me dolía perderlo de vista tan pronto.

Yo tenía sentimientos encontrados. Por una parte me sentía frustrado por no haber podido llegar al destino que me había fijado, pero por otra parte el sentido de conservación se imponía ya que todas las llamadas que había hecho, todas las indagaciones, apuntaban a que era más prudente quedarse por Marruecos que internarse en un país en el que su dictador pretendía perpetuase, en contra de la mayoría del pueblo, en el poder a través de unas elecciones amañadas.

Yo abría la marcha, como siempre, pero el ritmo era cada vez más lento. Además de las múltiples paradas tanto para hacer fotos como para cualquier otra chorrada, se sumaba el hecho de que mi moto no iba del todo bien. El ritmo, al igual que mis ánimos, iba decayendo de modo que los camiones que adelantábamos nos rebasaban a los pocos kilómetros dando un bocinazo a modo de saludo. Nosotros respondíamos desde el arcén imaginándonos lo que pensarían los camioneros,- estos guiris están tontos-.

El paisaje se me hacía familiar, no en vano habíamos pasado por allí el día anterior, pero en esta ocasión parecía que ya no tenía nada que ofrecerme. ¿Dónde se habían ido las agradables sensaciones ayer?. ¿A qué lugar habían emigrado los profundos pensamientos que me llenaban de ilusionada emoción?. ¿A dónde el romanticismo de la solitaria llanura? Como a una novia abandonada en el altar, Mauritania nos había dado plantón y mi desconsuelo iba y venía por momentos.

La moto iba cada vez peor con tirones constantes y una, más que evidente, falta de potencia. En los escasos repechos que sucedían a una vaguada que nos acercaba a la playa, yo aceleraba repentinamente para calibrar la respuesta y ésta me dejaba aún más turbado. Había momentos en los que temía que fuese cada vez peor y que me dejase tirado. Molina insistía, en cada parada, en que eso era cosa de la inyección, gasolina sucia o filtro de aire en mal estado. Yo, que no soy muy ducho en temas de mecánica, imploraba a los dioses del desierto, a Allah o a quien quiera que dominase ese mundo yermo por el que circulábamos que me permitiese salir de allí a lomos de mi moto o, por lo menos, acercarme a un lugar civilizado donde poder reparar.

Laayoune, lugar civilizado

Después de comer ya habíamos decidido acampar en un paradisíaco lugar que habíamos visto a la ida, una ensenada con playa, dunas y acantilados, un sitio de ensueño. Allí haríamos una hoguera, montaríamos nuestra tiendas y saciaríamos nuestra sed con un escocés de ciento veinte euros el litro que habíamos reservado para el verdadero desierto, además de licor espirituoso con base herbácea, bota de vino y galletitas de la risa. Todo dispuesto para una fiesta de pijamas a lo Boy-Scoutt que no acababa de llegar porque la tarde se nos iba echando encima y el dichoso lugar no aparecía por ninguna parte.

... van apareciendo los rezagados

Al atardecer la moto seguía fallando, después de más de quinientos kilómetros y yo continuaba con mis pruebas silenciosas. Harto del día de contratiempos y de conducir, embalé la moto hasta su límite que encontré rápidamente a unos ciento sesenta kilómetros por hora. Definitivamente algo no andaba bien en aquel motor. Entre pruebas de acelerones y potencia me fui distanciando, una vez más, de mis compañeros hasta que, hastiado de dunas y llanuras, me recosté sobre una de ellas, en el arcén, a observar como el sol se tomaba su descanso diario en su encuentro con el horizonte. Allí, tumbado sobre la arena dorada, encendí un purito mientras los camiones que había rebasado decenas de veces ese día, volvían a saludarme con un amistoso bocinazo. Yo agitaba la mano y sonreía con desgana. Veinte minutos más tarde llegaron los otros dos. Molina debió ver en mi cara un gesto de hastío y mutuamente nos aseguramos que el lugar de acampada no estaba lejos. En realidad ninguno de los dos teníamos ni idea.

Cuando llegamos al supuesto lugar de acampada éste no ofrecía las condiciones ideales que nosotros recordábamos, simplemente porque lo que buscábamos, hacía dos días que lo habíamos dejado atrás, al norte de Agadir, lejos, muy lejos de donde nos encontrábamos ahora, unos quinientos o seiscientos kilómetros. No hubo broncas, no hubo reproches ni miradas de desaprobación. Simplemente un mohín de resignación y ruta de nuevo en busca de un lugar donde dejarnos caer mientras la noche se cernía sobre nosotros.

Al llegar a Tan-Tan Playa, ya de noche cerrada, buscamos un hotel. Ya nos daba igual si era un tugurio de mala muerte o un resort de lujo con tal de terminar el día. A cambio encontramos un término medio en el camping Sable d´Or donde nos sablearon casi cincuenta euros por cada bungalow. Molina se adueño de uno en exclusiva y Carlos y yo nos acomodamos en el otro. Yo también hubiera agradecido estar solo para meditar en silencio.

En lugar de meditación y silencio nos hicimos un picnic a base de latas de conserva y vino de la bota, regado con el prieto picudo de la bota que mi padre me había preparado. Después de cenar comimos galletitas de la risa de postre, nos bajamos el whisky a pelo y un fumable para ir, con la percepción espacio-temporal bien alterada a pasear a una cercana playa que resultó estar en los confines del Magreb. Carlos, más prudente, se quedó en la cama. Mejor le hubiese resultado venir con nosotros a la vista de lo que le aconteció al día siguiente.

5. Una Vida Recta

 

Tan-Tan – Boujdour. Por fin el Sáhara Occidental

 

 

 

 

 

 

 

Tan-Tan – Boujdour. Por fin el Sáhara occidental

Salimos de Tan-Tan contentos por dejar este agujero que nos inspiraba tan poca confianza. En todo el viaje era la primera vez que un lugar nos parecía aborrecible y tan poco interesante. Seguramente el sitio tiene mucho que ofrecer y rincones con encanto, pero nosotros no fuimos capaces de vislumbrarlos ni de sacarle ningún partido. La suciedad, las caras poco amigables y la decadencia general que se repiraba no contribuía a despertar mi afán investigador.

Una vez más esperamos a que Carlos dispusiera su equipaje sobre la XT y cuando, por fin, todo estuvo en orden iniciamos la marcha, llenos de ilusión, de nuevo rumbo al sur. La etapa del día nos dejaría a una o dos jornadas de la frontera con Mauritania, nuestro ansiado destino, y al fin, entraríamos en el Sáhara mauritano y en Parque Nacional de Arguin. Mi intención, una vez allí, era contactar con los guardaparques para escribir un artículo para la revista Guardabosques.

Carretera del Sáhara

Con los primeros compases comenzaron a sucederse las rectas interminables donde las escasas curvas comenzaban a ser poco más que una mera anécdota. Circulábamos paralelos al mar, como en los últimos cientos de kilómetros pero éste te veía, en ocasiones, como una enorme mancha brumosa y lejana, separada de nosotros por enormes distancias. A veces se acercaba a lamer la carretera pero los violentos acantilados se interponían en su camino. Playas de proporciones homéricas se intercalaban sin que ningún bañista disfrutase de tales extensiones de arena. A pesar de que por la carretera el tráfico de camiones de pescado y Mercedes 190 seguía siendo constante, – aunque no intenso -, la sensación de soledad que le invade a uno al posar la vista sobre el horizonte es atroz. No te sientes aislado porque, como digo, el tráfico es como un goteo, pero la monotonía del paisaje y la soledad a ambos lados de la carretera hacen que te sientas pequeño, desvalido, en soledad aunque viajes con tus compañeros. Rodar en la moto siempre tiene ese punto de intimidad, no truncada por conversaciones ni por el arrullo mortecino de la radio y, qué duda cabe, cuando lo haces por el Sáhara, aunque sea en pleno asfalto, hace que esas sensaciones se magnifiquen y se hagan tan intensas como el increíble lugar por el que circulábamos.

Mucha recta en el Sáhara

En lo alto de los acantilados, despertándose entre la neblina matinal, surgían cabañas de pescadores, en el sentido más literal de la palabra cabaña. Los habitáculos no eran más que míseros cubiles de lata y piedras entre los que destacaban los más “ostentosos” construidos de bloque gris con techumbre de los más variopintos materiales. En nuestra inocencia de occidentales irredentos imaginamos que serían viviendas estacionales en las que los pescadores pasarían el día, la semana o, como mucho la temporada de pesca. La realidad es mucho más cruda y obstinada: los pescadores viven, de forma permanente, en estas chabolas que envidian las de las afueras de cualquier arrabal europeo. Estas gentes viven de lo que pescan y si acaso hay algún excedente venden la mercancía para poder comprar lo que el mar no ofrece. No hay concesiones al romanticismo ni otras consideraciones utópicas, esta gente vive al día en sensu estricto.

El sol iba asomándose tímidamente y con cada nuevo rayo se nos mostraba un trozo más de horizonte que seguía siendo lejano y gigantesco. Dolía la vista de lanzarla a destinos tan lejanos y dolía el alma al verse cada vez más empequeñecida en medio de aquella absurda inmensidad. Solo hay un antídoto para volver a sentirse bien con uno mismo: pensar en el siguiente kilómetro, en el siguiente paso y disfrutar de cada piedra, de cada lengua de mar que se introduce en estas indolentes tierras, insultante, en pos de un trozo más que arrebatar al acantilado.

Luchando contra el tedioso discurrir de la ruta hacíamos breves paradas, tanto para esperar a Carlos como para dejarnos seducir por el paisaje ya teñido de ocre en toda su extensión. El firme de la carretera no dejaba lugar para grandes florituras. Al igual que la estrechez de ésta que nos recordaba sus medidas cada vez que nos cruzábamos con un camión de gran tonelaje en sentido contrario. El rebufo al pasar tan cerca había ocasiones en que te ponía los pelos de punta.

Al llegar a Tah nos dimos de bruces, más bien me dí yo solo porque que, de nuevo volvía a rodar como el Llanero Solitario, con la frontera del Sáhara Occidental. Oficialmente no salíamos de Marruecos pero el bajorrelieve en mármol representando un alambre de espino dejaba ver, muy a las claras, que entrábamos en otra realidad político-social. Resulta curioso que el Reino de Marruecos, empeñado desde la famosa Marcha Verde y el vergonzoso abandono a que España sometió al pueblo saharaui, señale con un alambre de espino, aunque sea iconográfico, una segregación cuando lo que pretenden es anexionar terreno y recursos naturales.

Una vez vuelto a reunir el rebaño reemprendemos la marcha y nos topamos con un nuevo control de la Gendarmería Real. No sería ninguna novedad porque para aquellas alturas del viaje ya habíamos mostrado nuestro pasaporte en infinidad de ocasiones. Lo que hacía a éste distinto de los demás es que, a escasos cincuenta metros, había otro de las mismas características pero comandado por la Defensa Nacional, el ejército, con lo que el trato amable y distendido pasaba a la historia. Caras largas al igual que las armas y pose y maneras de lo militar. Se me pasó por la cabeza, nada más parar, sugerirles un poco de coordinación e intercambio de datos, pero el comandante de puesto me quitó de la cabeza semejante tontería con su insidiosa mirada marcial. Sentado a su lado un cabo, o sargento, vaya usted a saber, se afanaba en escudriñar un ordenador portátil pertrechado detrás de unas Ray-Ban verdes estilo años setenta, a juego con su bigotazo árabe.

A veces en estos controles se daban situaciones la mar de curiosas como cuando, en el interior de una garita, uno de los mandos que tomaba nota de nuestros datos llamó a uno de sus subordinados para que él nos hiciera entrega de los pasaportes. El segundo en el escalafón entró, recogió los pasaportes que le entregaba su jefe y nos los dio sin más. Se ve que hay que repartir el trabajo y que el que manda, manda.

Poco a poco fue trascurriendo el día y llegamos a Boujdour, una población limpia y cuidada en la que el gobierno invierte dinero para repoblar de marroquíes en detrimento de la población saharaui. La avenida principal disponía de un asfalto impecable, en claro contraste con lo que caracterizaba al resto de la ruta. Mediana ajardinada y líneas nítidas en la carretera nada más traspasar el típico arco que da entrada a cada población de cierta entidad. Allí buscamos en camping y nos instalamos en uno de los bungalows después de un pequeño malentendido con el precio. La barrera idiomática nos supuso pagar 490 dirham por el alojamiento.

 

El chico de la recepción se interesó por nuestro destino y al referirle que íbamos en dirección a Mauritania nos pregunto si disponíamos de visado porque, desde hacía unos días ya no lo daban en la frontera. Nos dijo que los aduaneros mauritanos estaban dándole la vuelta a todas las expediciones y que si no íbamos preparados nos pasaría lo mismo. La situación sociopolítica en Mauritania, con las elecciones a la vuelta de la esquina y el dictador que gobierna presentándose como candidato para dar legitimidad a su reelección, hacía que los ánimos anduviesen muy revueltos. Nosotros no llevábamos el visado porque, efectivamente, hasta hacía poco más de seis días lo daban en la frontera sin ningún problema, esto era así desde hacía más de dos años. Esta información fue un duro varapalo puesto que nuestro destino último era llegar a Mauritania y con estas noticias nuestros planes quedaban truncados.

Cuando referí la información a Carlos y a Molina éstos quedaron cariacontecidos y en su semblante se veía la desazón de un niño al que acaban de quitar su caramelo. Con este panorama y por unanimidad decidimos dar la vuelta pues era del todo inútil seguir dos o tres jornadas hasta la frontera para tener que dar la vuelta y desandar todo el camino aún más desanimados. Molina se quedó en el bungalow, sin ganas de cenar y rumiando, en solitario, su desdicha. A mi, que para quitarme las ganas de cenar hace falta algo más que una noticia de este calibre, me dolía aún más quedarme a apiadarme de mi mismo así que me llevé a Carlos al centro del pueblo y nos dispusimos a dar buena cuenta de uno de los mejores platos de pescado que probé en mi vida. No recuerdo el precio porque en esos días estaba perdiendo ya la costumbre de ir apuntando todos los gastos y alguno, irremediablemente, se escapaba. Lo que sí recuerdo es que me pareció bastante irrisorio.

Al volver al hotel nos encontramos con un alemán que viajaba en un Mercedes 190 para venderlo en Mauritania. Él nos dijo que tenía un amigo en la frontera, un guardia fronterizo y que éste le había dicho que volvían a dar visados desde esa misma tarde. Inmediatamente me invadió un subidón y toda la frustración de esa tarde desapareció como por arte de magia. El vuelo rasante del variopinto equipo continuaría su singladura rumbo sur al día siguiente.

4. A las Puertas del Sáhara

 

Essaouira – Tan-Tan

Lunes, 25 de mayo, 500 ó 600 km.

 


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Paseo en Essaouira

 

 

Por la mañana visitamos Essaouira, la antigua Mogador de los tiempos de las colonias. El día anterior apenas tuvimos tiempo de ver nada: la impresionante puesta de sol y la pizzería en la que cenamos. Nos acostamos temprano porque el sueño nos invadía galopante, pasando factura por los kilómetros del día.

Una vez más nuestra intención de salir temprano y llegar antes de la caída de la tarde a nuestro destino se ve truncada por la pereza mañanera y lo contagiados que estamos del popular dicho marroquí, “prisa mata, amigo”. Así las cosas desayunamos copiosamente en el paseo de pl aplaya donde, por un par de euros por cabeza nos atiborramos de pan con mantequilla y miel, sin olvidarnos, como siempre, del café y el omnipresente zumo de naranja. Adoro el zumo de naranja. A veces bromeo con ello y digo que podría alimentarme a base de zumo de naranja durante semanas enteras, hasta que la vitaminosis me saliera por las orejas. Lo malo es que tengo mucha pereza y por las mañanas no soy capaz de exprimir un par para el desayuno. Aquí, sin embargo, donde me lo sirven con la elegancia de quien sirve a un caballero, libo con delectación y saboreo cada sorbo como si fuera el último. Que Alláh bendiga también al zumo de naranja!

 

Desayuno en Essaouira

 

Mientras desayunamos con la somnolienta mirada puesta en la fortaleza de la isla, el camarero llama nuestra atención con grandes aspavientos: han intentado robarnos algo de las motos. Nos incorporamos de un salto pero ni siquiera llegamos a tiempo de ver a los dos hombres que hurgaban en las alforjas de la moto de Carlos. Después de una primera inspección se dio cuenta de que no le habían robado nada de importancia, solo una bolsa de plástico y la funda de una de las alforjas. Hubo suerte.

Mientras departía con el policía que se personó en menos de tres minutos en el lugar de los hechos y con dos empleados del restaurante pasó ante nosotros un hombre sucio, con el pelo alborotado y la mirada perdida. Caminaba tambaleándose y parecía, a todas luces, que estaba borracho. Al fijarme un poco más en su aspecto reparé en que llevaba el pene asomando por encima de la cremallera bajada. No es que yo sea muy pacato con los asuntos genitales, pero la visión de aquel glande rosado que coronaba su enorme y mugrienta polla, me dejó impactado para lo que restaba de mañana. El hombre se sentó a escasos metros de donde estábamos, se apoyó en la pared y se dispuso a pasar cómodamente lo que restaba de mañana con su miembro al fresco.

Después del sobresalto, (y me refiero al intento de robo), salimos de Essaouira, de nuevo al lado de la costa, bordeando el continente africano por las carreteras locales que discurren pegadas al mar. Durante muchos kilómetros fueron alternándose acantilados y pequeñas playas y gente. Mucha gente. Gente caminando, en burro, en bicicleta… la mayoría hombres jóvenes, desocupados haraganeando y sin mucha intención de hacer nada que no sea charlar y ver pasar la vida, (prisa mata, amigo).

 

 

Y prisa parece ser que era lo que me sobraba a mi porque a no muchos kilómetros de Essaouira, circulando por una solitaria carretera, secundaria donde las haya, me detuvo la policía para informarme de que circulaba a noventa y siete kilómetros por hora, cuando la velocidad permitida era de sesenta. Claro, eso lleva aparejada una multa de cuatrocientos dirham y después de solicitar, con cierta desgana, una absolución parcial por parte de los agentes, tramitaron el boletín de denuncia con el subsiguiente pago por mi parte. En realidad lo único que pensaba era que, de haber sido en España, la cosa sería muy distinta. La policía en Marruecos, al menos todos aquellos con los que me tocó entablar conversación por uno u otro motivo, (y fueron muchísimos, os lo aseguro), es bastante afable con el turista, (aquí debería decir “el viajero” para no ofender a Carlos). Tanto es así que después de tramitar la sanción nos quedamos un rato de cháchara, hablando de Marruecos, de lo divino y lo humano. Para ese momento mi francés ya era de lo más fluido y mi dicción rayana con lo perfecto. Cuando salió a colación la profesión y le dije que yo también era agente de la autoridad se deshizo en disculpas y me dijo que si volvía a tener algún encuentro con la Gendarmería Real, mencionase este hecho: no habría más multas. La que me había puesto ya no la podía quitar porque van numeradas pero entre agentes de la autoridad no nos puteamos. Y yo lo era, tal y como se podía comprobar en mi carné profesional que siempre llevo encima para que me libre de todo mal. A partir de ese momento, con mi recién adquirida inmunidad diplomática, mi conducción se volvió mucho más creativa que la de los marroquíes. La carretera ya no tenía límites para mis andanzas.

 

Puertas del Sáhara

 

Con esta nueva ventaja sobre mis compañeros cada vez se abría una distancia más grande entre Molina y yo con respecto a Carlos. Molina no disponía de carta blanca pero no parecía importarle demasiado, sobre todo habida cuenta del exiguo importe de las multas en comparación a lo que estamos acostumbrados. Pasamos por mercados al aire libre en los que los abigarrados puestos estaban atestados de frutas y verduras y por los que, de nuevo, se podían ver los más variopintos medios de trasporte, tanto de tracción animal como humana. Impresionante.

Poco a poco la costa se aleja de nosotros pero aún seguimos presintiendo su influjo tierra adentro. Detrás de las montañas de escasa altitud que se elevan a nuestra derecha está el océano. Casi sin darnos cuenta el paisaje se va tornando más árido y la presencia del árbol del argán se hace más notable. El aceite de argán es usado como alimento y como medicina y se pueden encontrar vendedores por la carretera ofreciendo su producto.

Antes de llegar a Tiznit esperamos a Carlos durante un buen rato. La XT es la más lenta de las tres motos, sobre todo desde que el respeto por los límites de velocidad por mi parte y por la de Molina se ha relajado bastante. Yo comprendía perfectamente la situación de Carlos, con una moto monocilíndrica con más de cien mil kilómetros y las limitaciones que ellos conlleva y el que no quisiera castigar la mecánica en exceso, pero ello no era óbice para no dar rienda suelta a nuestro ritmo alegre. La solución era esperarlo cada ciertos kilómetros y seguir ruta. A Carlos tampoco parecía importarle demasiado pues viajando en la cola tenía carta blanca para hacer sus paradas a sacar fotos y a tener un poco más de autonomía. Lo que no comprendía en aquel momento era su empeño por apurar el depósito al máximo y su obstinación por cargar con una lata de gasolina vacía durante todo el viaje. Coño!,- pensaba yo,- si tu moto tiene autonomía limitada llena la lata y así nunca te quedarás tirado. Por otra parte me parecía un despropósito cargar con un bidón de plástico durante miles de kilómetros y no sacarle provecho cuando cargar con uno o dos litros no supone nada. Así se lo hice saber y surgió el primer encontronazo del viaje. Pareció no gustarle demasiado mi reproche y se puso a la defensiva aduciendo que yo también llevaba mi bidón vació. Claro, mi moto tiene casi cuatrocientos kilómetros de autonomía en situación propicia y unos trescientos cincuenta normalmente. Decidí no seguir ahondando en el tema y olvidarme de la gasolina de Carlos. También es cierto que tomé la decisión de no mover ni una pestaña si en algún momento se quedaba sin combustible. No haría ni un solo kilómetro para ayudarle.

 

Descansando cerca de Agadir

 

En Tiznit paramos a llenar los depósitos y el encargado de la gasolinera entabló conversación conmigo. Yo estaba charlando con el mozo de mangueras sobre la pegatina de la moto, “pongo mi confianza en Alá”. El me decía lo bueno que era llevar eso y me mostraba su respeto por ello cuando llegó el encargado, un joven que por su barba y aspecto general parecía un estudiante del Corán, un “talibb”. Se dirigió a mi con cara seria preguntándome el porqué de llevar eso y si conocía el significado. Yo, un poco mosqueado tanto por el aspecto de mi interlocutor, tan parecido a los fanáticos que la tele nos muestra, como por el contenido de la conversación en la que se denotaba un tono de reproche más que de curiosidad o respeto. Cuando le dije que había hecho un curso de introducción a la cultura árabe y al Islam y le demostré mi interés por el orbe árabe parecía ir relajando las facciones poco a poco y fuimos entrando en una charla más distendida sobre religión, política y relaciones humanas. Al final nos dimos un sincero apretón de manos y me deseó buen viaje. Era la primera vez que hablaba con un musulmán de verdadera ortodoxia y me quedé con ganas de seguir charlando con él a pesar de la seriedad que destilaba un rostro tan joven. Calculo que tendría alrededor de veinticinco años, pero su serenidad y sus razonamientos eran los de alguien mucho mayor.

Salimos zumbando de Tiznit y Carlos volvió a quedarse atrás porque yo iba imponiendo un rito bastante rápido. Molina se veía obligado a retorcer el acelerador para darme caza entre las enormes caravanas de coches que encontramos a la salida de la ciudad. Poco a poco me fui distanciando y me encontré rodando solo en las enormes rectas que precedían a la entrada en al Sáhara Occidental. Me detuve a tomar un té en medio de ninguna parte, un anodino pueblo en el que la única noticia del día era mi llegada a la que, por otra parte, nadie prestó atención. Durante media hora aproximadamente me dediqué a tomar el delicioso té verde con delectación y a despejar mi cabeza de zumbido constante del viento en el casco. Al fin llegó Molina y, después de un refresco, nos dispusimos a continuar viaje. Para entonces nuestra motos estaban rodeadas de críos que nos pedían una moneda y se arremolinaban alrededor de las motos con mirada curiosa. Entonces pasó algo mágico. La rata de peluche, Señorita Rattenmeyer, que habita en mi moto salió al exterior y comenzó a hablar con los niños, en francés, y a decir chorradas. Les contó que vivía en la moto y que viajaba mucho allí metida desde hacía años. Mientras ella les contaba cosas y les hacía preguntas ellos miraban a mi boca porque, aún sabiendo que era yo el que hablaba, debían corroborarlo. Continué haciendo de ventrilocuo un rato más en, cuando quise darme cuenta, varios adultos se habían sumado a mi público infantil sonriendo con tanta inocencia y ternura como los niños. Un placer enorme me recorrió el cuerpo mientras se me erizaba el pelo de la nuca.

Cuando retomamos de nuevo la ruta en el interior de mi casto una sonrisa bobalicona e infantil se dibujaba iluminando las enormes llanuras camino de Tan-Tan.

Después de pasar Guelim vimos una enorme depresión rodeada de montañas. Toda aquella enormidad estaba cultivada de trigo y algunas cosechadoras, muy pocas para lo que aquella superficie ofrecía, se afanaban en su trabajo. Sin embargo era un cultivo no uniforme. En medio del trigal surgían matas de arbustos, zonas de marjales, algunos árboles dispersos… un lugar extraño.

El cielo seguí nublado y la temperatura era cada vez más baja, unos quince gradas, algo que chocaba radicalmente con la imagen que yo tenía de estos lugares predesérticos. Y pensar que mi máxima preocupación era el calor! Aún no había quitado los forros del pantalón y la chaqueta y estabamos pasando el paralelo 28.

Comenzamos a parar en los primeros controles de policía, algo que se haría habitual en nuestra estancia en el Sáhara Occidental. Al nerviosismo del primer control sucedió el tedio de otra parada y otra y otra… y así hasta el hastío. Yo llevaba la ficha con mis datos, al igual que Molina y la gestión resultaba rápida, pero Calos había obviado mi recomendación de llevar todos los datos preparados y los gendarmes realizaban todo el trámite a mano. El dato que más parecía importarles era la profesión, algo que nos causaba hilaridad y extrañeza por igual.

 

 

Comenzaron a aparecer, allá a lo lejos, los primeros dromedarios y el viento de costado también hizo su aparición. Sin ningún obstáculo que impidiera su avance castigaba nuestra marcha y, en algún momento, nos daba algún que otro susto, sobre todo a la hora de rebasar o cruzarse con alguno de los miles de camiones de medio tonelaje que circulan por la carretera del Sáhara. Estos camiones, de transporte de pescado mayoritariamente, se paraban en algunos puntos concretos a vaciar el agua procedente del hielo que se iba derritiendo en el interior del frigorífico. En estos lugares el hedor era insoportable, una peste a pescado podrido que parecía estar fuera de lugar. En realidad no era tan fuera de lugar pues el mar tan solo se haya a veinte o cuarenta kilómetros hacia el oeste, aunque no podamos verlo.

Con la caída del sol por detrás de la ciudad llegamos a la puerta de Tan-Tan donde otro control policial nos pide los mismos datos que en los anteriores. Allí preguntamos por un hotel económico y nos envían al Texas, otro sórdido agujero de los muchos que se pueden encontrar en Marruecos. El dueño, un anciano que se resiste a mostrar signos de decrepitud, nos contó de sus cuitas en la Guerra Civil por «donde los vascos», lugar en que perdieron la vida sus quince compañeros. Por circunstancias que no vienen al caso Molina tenbía un video de Franco en el móvil. Se trataba de uno de esos de coña en el que le imitan la voz y lo ponen a decir sandeces. El hombre, del cual no recuerdo el nombre pero supongo que Mohamed, al ver el vídeo le faltó tiempo para llamar a sus convecinos y enseñarles al Caudillo mientras besaba una moneda con su efigie. Un cuadro oiga.

Carlos aún no había hecho acto de presencia. En realidad hacía varias horas que no sabíamos nada de él. Cuando por fin apareció, casi una hora más tarde, nos contó que había comprado tabaco porque, a pesar de que no fuma, le habían dicho en Gouelim que con él se podía pagar gasolina y favores al sur de Tarfaya y que allí estaba muy caro. A mi me sonó a chufla y a estafa total pero nos quedaba la duda.

Una vez instalados nos dimos una vuelta por Tan-Tan lugar al que denominamos como el peor agujero en el culo del mundo. Comimos tajine y pollo asado en un “restaurante” de los pocos que quedaban abiertos, un lugar infecto donde los haya donde te quedabas pegado al mugriento hule que cubría la mesa. El camarero, muy alejado de la proverbial amabilidad de los árabes, arrojó las patatas fritas y el pollo sobre la bandeja usando sus garras a modo de pinzas y Molina, tendente él al escrúpulo y a la salmonera, decidió no cenar nada esa noche. Allí mismo, en el incomparable marco del restaurante más cutre de Marruecos, en el agujero inmundo que nos pareció Tan-Tan surgió la primera discusión subida de tono entre nosotros y, de nuevo, a causa de la gasolina de la XT. Volví a comentar el asunto de la garrafa y el empeño de Carlos en apurar la situación y surgieron tensiones porque él contaba con nosotros para solventar el asunto si se quedaba sin combustible sin tener en cuenta qu, en ocasiones circulabamos cincuenta o cien kilómetros por delante.

Terminada la cena y calmados los ánimos pagamos los 120 dirham de la cuenta y paseamos por la ciudad. En la noche las miradas torvas se sucedían por parte de los habitantes y en algunos lugares nos sentíamos un tanto desasosegados. Parecía como si la amabilidad que hasta ahora había caracterizado a todo el mundo hubiese desaparecido de repente. Con este panorama volvimos al Texas a descansar para continuar, al día siguiente, siempre en dirección sur.

3. Una Experiencia Religiosa


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No todas son putas

 

Bien de mañana salimos de Plasencia, con el suelo húmedo y temiéndonos lo peor, sobre todo en mi caso por haber dejado en casa en traje de aguas. Sin embargo no tardó en abrir el día y volvía a rodar bajo un cielo primaveral, con temperatura agradable y a un buen ritmo. En pocas horas estábamos ya en la autopista de peaje de Sevilla a Jerez, circulando entre pinos y adelfas y recordando el reventón del neumático de la Teneré en 2006, durante mi frustrado viaje a Marruecos. Aún pude identificar el lugar exacto de la autopista en el que pasé unas horas esperando la llegada de la grúa.

Nos detuvimos a comer un anodino sándwich en una, no menos anodina gasolinera, y a llamar al tercer integrante del grupo, Carlos, que había salido desde Madrid el día anterior para hacer noche en Granada. Me cuenta que se ha caído en una rotonda y que se le ha roto la palanca de cambio pero que, afortunadamente, llevaba repuesto. (?). Colgué el teléfono y apreté los labios en una mueca de preocupación. Esto empezaba mal.

Yo mismo

 

Una vez en el puerto de Tarifa sacamos los billetes y nos dispusimos a esperar a Carlos que llegó al poco rato. Debíamos darnos prisa porque el barco salía en quince o veinte minutos y si lo perdíamos tendríamos que esperar dos horas más. Carlos aún tuvo que sacar dinero en el cajero y nos alcanzó en la cola de la aduana. Allí, parados esperando a que la policía controlase toda la documentación de los vehículos que nos precedían, nos informó un operario de que el coche que teníamos delante era robado y que acababan de meter a los dos ocupantes en el calabozo. Lo habían sustraído en Algeciras y se disponían a introducirlo, de forma ilegal, en Marruecos. Uno de los policías nos comentaba que la gente se queja cuando comprueban los números de chasis y la documentación… en el caso del dueño del Fiat robado seguro que agradeció eternamente ese celo profesional.

 

En el barco hacemos cola para sellar los pasaportes y se nos cuela un grupo de trece turcos a los que miro con desprecio por su caradura. El calor era insoportable y la ropa de la moto contribuía a crear más incomodidad. Por fin nos sentamos en la cabina de proa y disfrutamos de nuestra llegada a África, primera visita a este continente para mis dos acompañantes.

 

Al bajar del barco enfilé rápidamente hacia las cabinas de la policía y, por el rabillo del ojo, vi que la moto de Carlos parecía tener algún problema, como si se negase a arrancar. Molina y yo nos pusimos los primeros de la cola, guiados por un personaje con chaleco fluorescente y una identificación colgándole del cuello. Recogió nuestra documentación de la moto, pasaportes y se metió en una de las cabinas de la aduana. Mientras, Carlos seguía sin aparecer y Molina se acercó a ver que pasaba a la par que yo me quedaba al cuidado de las motos. La XT de Carlos se negaba a arrancar, tal y como había anunciado con tosidos en la bodega del ferry.

En la bodega del ferry

 

El hombre del chaleco fluorescente llegó con nuestros papeles y formularios ya cubiertos y exigiendo una propina. La primera “primada” no se hizo esperar a nuestra llegada Reino Alauí. Yo sabía de estos buscavidas, pero no me imaginé que se presentaran ante uno con su identificación oficial y su apariencia de personal de la “organización”. En realidad sí son de la organización pues forman parte del enrevesado entramado burocrático que existe en Marruecos, mundo de propinas y de compraventa de favores. Le soltamos unos euros y esperamos la llegada de Carlos mientras hacíamos cambio de moneda a la salida del recinto aduanero.

 

Carlos se lió con los buscavidas y le tomaron el pelo, sacándole diez euros antes de conseguir la documentación pertinente. Cuando por fin apareció, con cara exhausta, nos dijo que la moto no tenía ningún problema, se había quedado sin gasolina y no había abierto el grifo de la reserva. Este fue el primero de los “incidentes” de Carlos con la gasolina.

 

Mientras esperábamos a la entrada del puerto intenté obtener algunos datos de un señor mayor que barría con desgana la puerta pero Molina y yo concluimos en que el pobre hombre era mudo pues solo contestaba con muecas a los interrogantes que yo le planteaba en francés. Sin embargo, cuando vio la pegatina del depósito en árabe, “pongo mi confianza en Alá”, comenzó a hablar en árabe, a llevarse la mano al pecho y a mirarme con cara de bondad como si yo fuera un santo varón. La verdad es que me sentí reconfortado y me alegré de llevar la pegatina. El motivo de haberla echo no era disfrutar de los parabienes marroquíes sino llevar una muestra visible de respeto hacia la cultura islámica y la religión musulmana. Sentía la necesidad de comunicarme con ellos y decirles que simpatizo con su modo de ver la vida y que no pienso que todos los musulmanes sean talibanes, que no temo su forma de ver el mundo.

 

Nos internamos en Tánger y en su caótico tráfico y, después de preguntar a la policía y a varios transeúntes tomamos la salida hacia Casablanca. Mi intención era hacer algunos kilómetros en el norte de Marruecos, en dirección sur, antes de la caída de la tarde. Aún no sabíamos dónde íbamos a dormir.

La autopista de peaje, a pesar de tener buen piso y no demasiado tráfico, es un tanto peculiar. Por el arcén había gente paseando, de camino hacia alguna parte. Otros dormitaban a la sombra de los árboles dentro de la zona de seguridad, una vez rebasada la valla que la delimita, (rota en muchos puntos) y algunos animales, burros principalmente, pastaban tranquilamente indiferentes a nuestro paso. Familias enteras cruzaban caminando, primero hasta la mediana y luego la calzada del sentido contrario, con una naturalidad pasmosa. Agazapados entre las adelfas y la retama, los gendarmes esperaban con sus radares portátiles a que algún incauto superase el límite de velocidad, establecido en 120 km/h para esta vía.

La verdad es que resulta toda una experiencia circular por las autopistas en Marruecos, todo un ejercicio de concentración para estar atento a la conducción y no dejarte embelesar por todo aquello que ocurre a tu alrededor. Todo ello sin olvidar que en cualquier momento puede saltar a la calzada cualquier persona, animal o cosa.

Circulamos a 130 o 140 entre campos verdes y sembrados donde la maquinaria es escasa y el trabajo se desarrolla, en su mayor parte, a base de tracción animal o humana. Decenas, cientos de burros transportan cargas de lo más variopinto y toda la zona aledaña a la autopista bulle de actividad. Hay gente en todas partes.

 

Al llegar al peaje en Kenitra Carlos entabla conversación con un marroquí afincado en España que conduce un BMW 540 de línea musculosa al igual que su dueño. Se nos presenta como Zacky, (Zacariah), y nos recomienda dormir en Kenitra donde podremos dejar las motos en su garaje. Kenitra, (Al-Qunayra), una ciudad de unos cuatrocientos mil habitantes y a la que me habían recomendado no ir por ser demasiado peligrosa.

Salimos de la autopista detrás del BMW de Zacky y pronto nos internamos en Kenitra, de nuevo entro los que he dado en llamar la “conducción creativa” de los marroquíes, con maniobras prohibidas, nulo respeto por la línea continua y, en general, desprecio por cualquier vehículo que sea más pequeño que el que ellos conducen. Atravesamos la ciudad siguiendo a nuestro guía, pendientes de todo lo que se movía a nuestro alrededor, que no era poco, y pronto llegamos al barrio bien donde vivía Zack. Antes había parado varias veces a saludar a policías, paseantes y gentes de variado pelaje, estrechándoles la mano desde el coche como un político repartiendo cortesías. Frente a su casa nos tomamos un té en la terraza de una cafetería y charlamos durante un buen rato.

 

Con Zacky tomando té

A pesar de las reticencias de Molina, Zacky nos invitó a quedarnos en su casa, ofreciéndonos el salón y la comida casera de su madre. Yo, que no pierdo oportunidad de empatizar con los aborígenes, estaba encantado. Para ese momento, nuestro anfitrión ya nos había enseñado los cuarenta mil euros que llevaba escondidos en la cintura, en bolsas de plástico, y el aparato eléctrico de defensa personal de novecientos mil voltios. En ese momento dudé un poco de dónde nos estábamos metiendo, la verdad.

 

Fátima, la madre de Zacariah, nos recibió con la proverbial hospitalidad marroquí, al igual que su hermana, que vive en los Emiratos Árabes y estaba de vacaciones en Kenitra. El piso es impresionante, con un salón inmenso donde nos acomodamos mientras Fátima preparaba la cena. Después de una ducha, mucha charla y distensión, estábamos como en casa. El padre de Zack, Abbdeluader, (o algo así), es el imán de la mezquita y no habla demasiado. Antes de eso fue piloto de avión, supongo que andar por las alturas te coloca más cerca de dios.

 

En el salón de casa de Zack

Cenamos copiosamente y salimos de copas. Molina, que es un dandy, salió de punta en blanco, dispuesto a cualquier menester que se presentase en cuanto a deporte nocturno, al igual que Zacky, un fanático de la ropa de marca de imposible adquisición para una economía familiar al uso. Carlos y yo, retraídos en cuestión de modas, parecíamos los criados, sobre todo yo, con mis sandalias y camiseta de turista del montón. Aun así, me dejaron entrar en la primera de las discotecas a la que acudimos, al filo de la media noche.

Al llegar a la “disco”, una sala de fiestas oscura y un tanto venida a menos, Zack pidió una botella de Chivas Regal que nos íbamos cepillando poco a poco. Tocaba música árabe un grupo local que, de cuando en cuando, le pasaba el micrófono a nuestro anfitrión en un improvisado karaoke y que, todo hay que decirlo, cantaba con gran talento. Cada vez que le pasaban el micro, al terminar, le soltaba algunos billetes al cantante de forma disimulada. Yo estaba alucinando con todo y no perdía detalle.

La mayoría de la población discotequera estaba compuesta por hombres de variadas edades, algunos con pintorescos bigotes y otros con chulescas poses, como corresponde a cualquier antro de este tipo. Las chicas, que también las había y algunas bastante apetecibles, no eran todas putas, según nos indicó Zack, pero sí la mayoría de ellas.

Salí a la pista a bailar con la chavalería, moviendo los hombros muy al estilo marroquí, sin duda obnubilado por la copiosa ingesta de güisqui y la atronante música electrónica árabe, por cierto, mucho más escuchable que el chunda-chunda de los tuneros de por aquí. Cuando nos bajamos la botella, yo ya había estado por los baños esnifando taba, (rape), con un tipo al que no conocía de nada, salimos hacia otra discoteca, aunque en realidad creíamos que ya nos íbamos a casa.

Por el camino, en el BMW con música electrónica a tope y las ventanillas bajadas, superábamos ampliamente los niveles de alcohol en sangre permitidos en España y, por supuesto, la velocidad máxima por las calles de Kenitra. En un cruce la policía se nos quedó mirando y Zack sacó su repertorio de saludos y mano al pecho como quien se dirige a los colegas a la salida de una “rave”. Los gendarmes devolvieron el saludo, sonrieron, intercambiaron charleta y nosotros seguimos nuestro camino con cara de flipados, (en mi caso el flipe no era solo por la situación).

En la nueva discoteca nos presentó al dueño y al negrazo que hacía de guardia de seguridad en la puerta, un enorme gigante de dos por dos, con la cabeza afeitada y unos brazos más anchos que mis piernas. Dentro pedimos otra botella de Chivas y nos sentamos en una mesa. Zack seguía saludando y dando besos, (entre ellos se dan cuatro), presentándonos gente y cantando con el micro de vez en cuando, mientras repartía billetes. Era como estar con el dueño de la ciudad. Todo el mundo lo conocía, todo el mundo se acercaba a saludarlo y todas las chicas revoloteaban a su alrededor como moscas en la miel. Alguna de ellas te quitaba el hipo con su sola presencia. Yo no me fijaba en si eran putas o no, la verdad es que la mayoría de la población femenina de la disco era como salida de la tele: cuerpos de escándalo, minifaldas de impresión y ropa ajustada por doquier. Uno ya no tiene edad para estas impresiones fuertes y, en un momento dado, casi me da un pasmo cuando una de ellas, una de las amigas de Zack, comenzó a bailar con los movimientos más sensuales que un cuerpo femenino pueda desplegar. Sus nalgas se movían como electrificadas por una energía invisible y su vestido de rayas, ya corto de por si, aún subía de vez en cuando para mostrar, como en descuidos, el nacimiento de un glúteo que se adivinaba perverso. Me estaba poniendo malo y bajé a la pista a bailar, casualmente justo al lado de otra diosa de la belleza que, subida a no sé donde, sonreía y acaparaba miradas. Supongo que no todas son putas pero tampoco voy a investigar.

Yo, a esas alturas, tenía una mamada considerable, el Chivas entraba con facilidad y cuando quise darme cuenta estaba sentado en el coche, al lado de la amiga de Zack del vestido de rayas, intentando distraer mi mente con cualquier otra cosa que no fuesen sus muslos al lado de los míos. Estoicismo.

Llegamos a casa y Zacariah nos dejó en la puerta, largándose con la chica a un chalet de la playa. Antes de acostarnos aún tuve tiempo de ponerme histérico creyendo haber perdido los seis mil dirham que había cambiado esa mañana hasta que me di cuanta que estaban en la maleta de la moto.

Cuando me acosté el mundo daba vueltas y no precisamente en sentido literario. Eran las seis y media de la mañana marroquí.

2. No Todas son Putas


Ver Marruecos 2 en un mapa más grande

 

 

No todas son putas

 

Bien de mañana salimos de Plasencia, con el suelo húmedo y temiéndonos lo peor, sobre todo en mi caso por haber dejado en casa en traje de aguas. Sin embargo no tardó en abrir el día y volvía a rodar bajo un cielo primaveral, con temperatura agradable y a un buen ritmo. En pocas horas estábamos ya en la autopista de peaje de Sevilla a Jerez, circulando entre pinos y adelfas y recordando el reventón del neumático de la Teneré en 2006, durante mi frustrado viaje a Marruecos. Aún pude identificar el lugar exacto de la autopista en el que pasé unas horas esperando la llegada de la grúa.

Nos detuvimos a comer un anodino sándwich en una, no menos anodina gasolinera, y a llamar al tercer integrante del grupo, Carlos, que había salido desde Madrid el día anterior para hacer noche en Granada. Me cuenta que se ha caído en una rotonda y que se le ha roto la palanca de cambio pero que, afortunadamente, llevaba repuesto. (?). Colgué el teléfono y apreté los labios en una mueca de preocupación. Esto empezaba mal.

Yo mismo

 

Una vez en el puerto de Tarifa sacamos los billetes y nos dispusimos a esperar a Carlos que llegó al poco rato. Debíamos darnos prisa porque el barco salía en quince o veinte minutos y si lo perdíamos tendríamos que esperar dos horas más. Carlos aún tuvo que sacar dinero en el cajero y nos alcanzó en la cola de la aduana. Allí, parados esperando a que la policía controlase toda la documentación de los vehículos que nos precedían, nos informó un operario de que el coche que teníamos delante era robado y que acababan de meter a los dos ocupantes en el calabozo. Lo habían sustraído en Algeciras y se disponían a introducirlo, de forma ilegal, en Marruecos. Uno de los policías nos comentaba que la gente se queja cuando comprueban los números de chasis y la documentación… en el caso del dueño del Fiat robado seguro que agradeció eternamente ese celo profesional.

 

En el barco hacemos cola para sellar los pasaportes y se nos cuela un grupo de trece turcos a los que miro con desprecio por su caradura. El calor era insoportable y la ropa de la moto contribuía a crear más incomodidad. Por fin nos sentamos en la cabina de proa y disfrutamos de nuestra llegada a África, primera visita a este continente para mis dos acompañantes.

 

Al bajar del barco enfilé rápidamente hacia las cabinas de la policía y, por el rabillo del ojo, vi que la moto de Carlos parecía tener algún problema, como si se negase a arrancar. Molina y yo nos pusimos los primeros de la cola, guiados por un personaje con chaleco fluorescente y una identificación colgándole del cuello. Recogió nuestra documentación de la moto, pasaportes y se metió en una de las cabinas de la aduana. Mientras, Carlos seguía sin aparecer y Molina se acercó a ver que pasaba a la par que yo me quedaba al cuidado de las motos. La XT de Carlos se negaba a arrancar, tal y como había anunciado con tosidos en la bodega del ferry.

En la bodega del ferry

 

El hombre del chaleco fluorescente llegó con nuestros papeles y formularios ya cubiertos y exigiendo una propina. La primera “primada” no se hizo esperar a nuestra llegada Reino Alauí. Yo sabía de estos buscavidas, pero no me imaginé que se presentaran ante uno con su identificación oficial y su apariencia de personal de la “organización”. En realidad sí son de la organización pues forman parte del enrevesado entramado burocrático que existe en Marruecos, mundo de propinas y de compraventa de favores. Le soltamos unos euros y esperamos la llegada de Carlos mientras hacíamos cambio de moneda a la salida del recinto aduanero.

 

Carlos se lió con los buscavidas y le tomaron el pelo, sacándole diez euros antes de conseguir la documentación pertinente. Cuando por fin apareció, con cara exhausta, nos dijo que la moto no tenía ningún problema, se había quedado sin gasolina y no había abierto el grifo de la reserva. Este fue el primero de los “incidentes” de Carlos con la gasolina.

 

Mientras esperábamos a la entrada del puerto intenté obtener algunos datos de un señor mayor que barría con desgana la puerta pero Molina y yo concluimos en que el pobre hombre era mudo pues solo contestaba con muecas a los interrogantes que yo le planteaba en francés. Sin embargo, cuando vio la pegatina del depósito en árabe, “pongo mi confianza en Alá”, comenzó a hablar en árabe, a llevarse la mano al pecho y a mirarme con cara de bondad como si yo fuera un santo varón. La verdad es que me sentí reconfortado y me alegré de llevar la pegatina. El motivo de haberla echo no era disfrutar de los parabienes marroquíes sino llevar una muestra visible de respeto hacia la cultura islámica y la religión musulmana. Sentía la necesidad de comunicarme con ellos y decirles que simpatizo con su modo de ver la vida y que no pienso que todos los musulmanes sean talibanes, que no temo su forma de ver el mundo.

 

Nos internamos en Tánger y en su caótico tráfico y, después de preguntar a la policía y a varios transeúntes tomamos la salida hacia Casablanca. Mi intención era hacer algunos kilómetros en el norte de Marruecos, en dirección sur, antes de la caída de la tarde. Aún no sabíamos dónde íbamos a dormir.

La autopista de peaje, a pesar de tener buen piso y no demasiado tráfico, es un tanto peculiar. Por el arcén había gente paseando, de camino hacia alguna parte. Otros dormitaban a la sombra de los árboles dentro de la zona de seguridad, una vez rebasada la valla que la delimita, (rota en muchos puntos) y algunos animales, burros principalmente, pastaban tranquilamente indiferentes a nuestro paso. Familias enteras cruzaban caminando, primero hasta la mediana y luego la calzada del sentido contrario, con una naturalidad pasmosa. Agazapados entre las adelfas y la retama, los gendarmes esperaban con sus radares portátiles a que algún incauto superase el límite de velocidad, establecido en 120 km/h para esta vía.

La verdad es que resulta toda una experiencia circular por las autopistas en Marruecos, todo un ejercicio de concentración para estar atento a la conducción y no dejarte embelesar por todo aquello que ocurre a tu alrededor. Todo ello sin olvidar que en cualquier momento puede saltar a la calzada cualquier persona, animal o cosa.

Circulamos a 130 o 140 entre campos verdes y sembrados donde la maquinaria es escasa y el trabajo se desarrolla, en su mayor parte, a base de tracción animal o humana. Decenas, cientos de burros transportan cargas de lo más variopinto y toda la zona aledaña a la autopista bulle de actividad. Hay gente en todas partes.

 

Al llegar al peaje en Kenitra Carlos entabla conversación con un marroquí afincado en España que conduce un BMW 540 de línea musculosa al igual que su dueño. Se nos presenta como Zacky, (Zacariah), y nos recomienda dormir en Kenitra donde podremos dejar las motos en su garaje. Kenitra, (Al-Qunayra), una ciudad de unos cuatrocientos mil habitantes y a la que me habían recomendado no ir por ser demasiado peligrosa.

Salimos de la autopista detrás del BMW de Zacky y pronto nos internamos en Kenitra, de nuevo entro los que he dado en llamar la “conducción creativa” de los marroquíes, con maniobras prohibidas, nulo respeto por la línea continua y, en general, desprecio por cualquier vehículo que sea más pequeño que el que ellos conducen. Atravesamos la ciudad siguiendo a nuestro guía, pendientes de todo lo que se movía a nuestro alrededor, que no era poco, y pronto llegamos al barrio bien donde vivía Zack. Antes había parado varias veces a saludar a policías, paseantes y gentes de variado pelaje, estrechándoles la mano desde el coche como un político repartiendo cortesías. Frente a su casa nos tomamos un té en la terraza de una cafetería y charlamos durante un buen rato.

 

Con Zacky tomando té

A pesar de las reticencias de Molina, Zacky nos invitó a quedarnos en su casa, ofreciéndonos el salón y la comida casera de su madre. Yo, que no pierdo oportunidad de empatizar con los aborígenes, estaba encantado. Para ese momento, nuestro anfitrión ya nos había enseñado los cuarenta mil euros que llevaba escondidos en la cintura, en bolsas de plástico, y el aparato eléctrico de defensa personal de novecientos mil voltios. En ese momento dudé un poco de dónde nos estábamos metiendo, la verdad.

 

Fátima, la madre de Zacariah, nos recibió con la proverbial hospitalidad marroquí, al igual que su hermana, que vive en los Emiratos Árabes y estaba de vacaciones en Kenitra. El piso es impresionante, con un salón inmenso donde nos acomodamos mientras Fátima preparaba la cena. Después de una ducha, mucha charla y distensión, estábamos como en casa. El padre de Zack, Abbdeluader, (o algo así), es el imán de la mezquita y no habla demasiado. Antes de eso fue piloto de avión, supongo que andar por las alturas te coloca más cerca de dios.

 

En el salón de casa de Zack

Cenamos copiosamente y salimos de copas. Molina, que es un dandy, salió de punta en blanco, dispuesto a cualquier menester que se presentase en cuanto a deporte nocturno, al igual que Zacky, un fanático de la ropa de marca de imposible adquisición para una economía familiar al uso. Carlos y yo, retraídos en cuestión de modas, parecíamos los criados, sobre todo yo, con mis sandalias y camiseta de turista del montón. Aun así, me dejaron entrar en la primera de las discotecas a la que acudimos, al filo de la media noche.

Al llegar a la “disco”, una sala de fiestas oscura y un tanto venida a menos, Zack pidió una botella de Chivas Regal que nos íbamos cepillando poco a poco. Tocaba música árabe un grupo local que, de cuando en cuando, le pasaba el micrófono a nuestro anfitrión en un improvisado karaoke y que, todo hay que decirlo, cantaba con gran talento. Cada vez que le pasaban el micro, al terminar, le soltaba algunos billetes al cantante de forma disimulada. Yo estaba alucinando con todo y no perdía detalle.

La mayoría de la población discotequera estaba compuesta por hombres de variadas edades, algunos con pintorescos bigotes y otros con chulescas poses, como corresponde a cualquier antro de este tipo. Las chicas, que también las había y algunas bastante apetecibles, no eran todas putas, según nos indicó Zack, pero sí la mayoría de ellas.

Salí a la pista a bailar con la chavalería, moviendo los hombros muy al estilo marroquí, sin duda obnubilado por la copiosa ingesta de güisqui y la atronante música electrónica árabe, por cierto, mucho más escuchable que el chunda-chunda de los tuneros de por aquí. Cuando nos bajamos la botella, yo ya había estado por los baños esnifando taba, (rape), con un tipo al que no conocía de nada, salimos hacia otra discoteca, aunque en realidad creíamos que ya nos íbamos a casa.

Por el camino, en el BMW con música electrónica a tope y las ventanillas bajadas, superábamos ampliamente los niveles de alcohol en sangre permitidos en España y, por supuesto, la velocidad máxima por las calles de Kenitra. En un cruce la policía se nos quedó mirando y Zack sacó su repertorio de saludos y mano al pecho como quien se dirige a los colegas a la salida de una “rave”. Los gendarmes devolvieron el saludo, sonrieron, intercambiaron charleta y nosotros seguimos nuestro camino con cara de flipados, (en mi caso el flipe no era solo por la situación).

En la nueva discoteca nos presentó al dueño y al negrazo que hacía de guardia de seguridad en la puerta, un enorme gigante de dos por dos, con la cabeza afeitada y unos brazos más anchos que mis piernas. Dentro pedimos otra botella de Chivas y nos sentamos en una mesa. Zack seguía saludando y dando besos, (entre ellos se dan cuatro), presentándonos gente y cantando con el micro de vez en cuando, mientras repartía billetes. Era como estar con el dueño de la ciudad. Todo el mundo lo conocía, todo el mundo se acercaba a saludarlo y todas las chicas revoloteaban a su alrededor como moscas en la miel. Alguna de ellas te quitaba el hipo con su sola presencia. Yo no me fijaba en si eran putas o no, la verdad es que la mayoría de la población femenina de la disco era como salida de la tele: cuerpos de escándalo, minifaldas de impresión y ropa ajustada por doquier. Uno ya no tiene edad para estas impresiones fuertes y, en un momento dado, casi me da un pasmo cuando una de ellas, una de las amigas de Zack, comenzó a bailar con los movimientos más sensuales que un cuerpo femenino pueda desplegar. Sus nalgas se movían como electrificadas por una energía invisible y su vestido de rayas, ya corto de por si, aún subía de vez en cuando para mostrar, como en descuidos, el nacimiento de un glúteo que se adivinaba perverso. Me estaba poniendo malo y bajé a la pista a bailar, casualmente justo al lado de otra diosa de la belleza que, subida a no sé donde, sonreía y acaparaba miradas. Supongo que no todas son putas pero tampoco voy a investigar.

Yo, a esas alturas, tenía una mamada considerable, el Chivas entraba con facilidad y cuando quise darme cuenta estaba sentado en el coche, al lado de la amiga de Zack del vestido de rayas, intentando distraer mi mente con cualquier otra cosa que no fuesen sus muslos al lado de los míos. Estoicismo.

Llegamos a casa y Zacariah nos dejó en la puerta, largándose con la chica a un chalet de la playa. Antes de acostarnos aún tuve tiempo de ponerme histérico creyendo haber perdido los seis mil dirham que había cambiado esa mañana hasta que me di cuanta que estaban en la maleta de la moto.

Cuando me acosté el mundo daba vueltas y no precisamente en sentido literario. Eran las seis y media de la mañana marroquí.