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El Pequeño Tamborilero

Hace unas semanas fui al entierro de un amigo. En realidad no era el entierro, era una incineración pero aún me cuesta trabajo, supongo que por cuestiones culturales, decir eso de «voy a la incineración de fulanito«. Se murió con 49 años, de una de esas dolencias repentinas que te llevan de un día para otro y que dejan a los deudos cariacontecidos y desolados.

Llegué al tanatorio con el tiempo justo, a toda leche para la despedida final y aparqué la moto en la entrada principal. Me da un poco de vergüenza meterme con la moto hasta el mismísimo meollo, ya sea en un entierro o en una feria pero de tenerla, me resisto a desaprovechar esta supremacía de movilidad. La entrada en escena, aún sin ser espectacular, distrajo a los asistentes a los tres decesos que se celebraban y todos se quedaron mirándome con cara compungida. Me sentí raro. Me quité el casco, la chaqueta, la espaldera, el jersey… Todo con una parsimonia y una pompa muy acorde con los actos que se estaban celebrando. Luego, una vez que dejé de ser el blanco de las miradas y todos volvieron a las tareas del estar, deambulé por el tanatorio en busca de la capilla ardiente de mi amigo. Como no la encontré, me senté fuera, al tibio sol invernal mientras me liaba un cigarrillo. Enseguida decayó el interés por mi persona aunque aún despertaba ciertos recelos y notaba como alguna mirada huidiza me fiscalizaba. O por curiosidad, vaya usted a saber.

Después, una vez terminadas las exequias, los vivos volvimos a nuestros bollos. El mío no era otro que dedicar el resto de la mañana a deambular por carreteras secundarias y a dejarme inundar por la sensación de estar lleno de vida. Subí la Faya de los Lobos, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio. Recuerdo que la última vez que anduve por estos parajes la carretera era una infecta sucesión de baches, simas y barrancos y también recuerdo que juré y perjuré que no volvería jamás por allí hasta que arreglaren semejante caos.

La carretera, reparada con la precariedad que caracteriza a los tiempos de crisis, asciende dura en las primeras rampas y enseguida se asoma uno al Valle del Nalón en una de aquellas curvas empinadas. Desde allí arriba la industrialización del Valle no se aprecia, enmarcado como está en verde invierno y callado todo en el silencio de domingo soleado. Por desgracia, desde el fondo del Valle tampoco se aprecia, sumido todo en decadencia, en reconversión industrial, en desmantelamiento de las minas y en franca huida hacia adelante.

Desde que compré el intercomunicador de los chinos, hace ya dos años, pocas veces viajo sin música. Encuentro más atractivo el paisaje, más evocadoras las montañas y más agradable el sonido de cualquiera de mis playlist que el ruido constante del viento en el caso. Recuerdo la primera vez que viajé con música. Parecía que el paisaje, que me conocía de memoria, mutaba al ponerle la banda sonora. Era como estar asistiendo a tu propio documental, como verlo en una pantalla gigante. Esa sensación que pronto se hizo familiar y mundana, quedó desprovista de toda la teatralidad épica del primer día pero ya no pude prescindir de la música.

Subiendo la Faya estaba sonando alguno de los recios temas de Sons of Anarchy y yo me sentía como un verdadero malo malote. Ensayé una mueca amenazadora y me dispuse a pasar por encima de cualquier viejecita que tuviera la osadía de cruzarse en mi camino. Mientras movía la cabeza arriba y abajo al ritmo de aquel compás metalero, con la mueca de disgusto ancestral y la mirada torva, podría haber liderado a los mismísimos Satanases del Infierno. Pero hete aquí que, por mor de esa habilidad que tiene el Universo para impartir justicia cósmica, cuando terminó el tema que estaba sonando, la misma playlist me devolvió a mi lugar en la Tierra ; inmediatamente y sin previo aviso los primeros acordes de «El Pequeño Tamborilero» de Raphael desdibujaron mi mueca de hombre duro y me inocularon un espíritu navideño que borró la pose de delincuente curtido. Toda la rudeza y el sex-appeal de macho alfa se acababan de ir por el desagüe.
Me sentí tan ridículo como feliz.

Valle de Fuensanta, Bimenes.

Valle de Fuensanta, Bimenes.

Explorando los bares lumpen

Tortilla deconstruída

Tortilla deconstruída

Hace unos meses llegó a mis manos, bueno, a mi ordenador, un artículo muy interesante de la revista Atlántica XXI en el que se daba cuenta de los bares lumpen de Oviedo. Se trataba de un recorrido por los bares de barrio,, algunos cutres, otros sucios y todos llenos de singularidad atroz. El escritor Ernesto Colsa los descubrió para nosotros pero eso era insuficiente; se imponía una visita a los lugares de los hechos y poder constatar por nosotros mismos la imparidad de estos establecimientos.

A las 18:20 horas, con la moto aparcada y sin intención de moverla hasta el día siguiente por motivos obvios, me dispuse, junto a Luis Miguel, “Gianola”, a recorrer los antros secundarios de Vetusta, como quien realiza una exploración por terrenos ignotos. Mi amigo venía pertrechado con abundante documentación: plano, artículo, referencias de distancias y una idea clara del recorrido a seguir. Por duplicado, oiga.

Un taxi nos dejó en las inmediaciones de la antigua cárcel, después de haber hablado de coches, de motores eléctricos y de consumos energéticos. Mal comienzo por hablar de coches y aún peor porque el primero de los locales estaba cerrado. No sólo eso, remodelado. Para mi era el signo inequívoco de que la decadencia de lo kich estaba tocando fondo.

Conseguimos sobreponernos gracias a nuestro ánimo encendido y escalamos las calles empinadas hacia el segundo de la lista. Los caminos del Señor son inexcrutables así que, después de tener que volver sobre nuestros pasos, terminamos ante la Iglesia de San Pedro de Los Arcos y admirando los impactos de los obuses de la Guerra Civil. Dicen que están incrustados en sus paredes pero, como era de noche, solo conseguimos ver unas sombras. Actuó de guía un rumano que pedía limosna con mucho desparpajo a la puerta del tempo. No parecía un mal negocio. Lo del rumano, digo.

Impulsados por la sed y, sobre todo, por el ansia viva de comenzar la exploración llegamos al bar La Parroquia que, dada la cercanía con la iglesia, nos pareció un nombre muy adecuado. El dueño del establecimiento nos dedicó una mirada lacónica, por decir algo porque la verdad es que creo que en aquel momento le resultamos transparentes. Dos vinos.

  • Jefe, qué le debo?
  • Uno veinte.

Vale, nada podía salir mal si no caíamos en la tentación de comer pincho. Una tortilla desmembrada agonizaba sobre la barra al lado del recipiente para los papeles. Podría llamarle papelera, pero prefiero lo de recipiente. Lo que por la mañana supongo que sería ketchup untuoso, a las siete de la tarde ya había perdido su frescura y me hizo pensar en una tortilla sangrante, herida por palillos planos.

Al fondo dos televisiones de plasma mostraban un  partido de fútbol y un documental de cocodrilos. Los ojos ya me hacían chiribitas con el primer vino. Destrás de nosotros, en un hueco de difícil clasificación, un monumento a la flor de plástico. Me recordó un cuadro de Van Gogh, Los Girasoles, pero no quise parecer pedante y me abstuve de hacer comentarios. Cuando ya nos íbamos reparé en que el techo parecía haber sido víctima de una explosión piroclástica.

Volvimos calle arriba para adentrarnos en las profundidades del Bar Vinjoy. Los tres parroquianos, el que fumaba y los otros dos, se nos quedaron mirando sin rubor así que poco más pudimos hacer que saludar con un sonoro “buenas tardes” a toda la concurrencia. Dos vinos, por favor.

A la hora de “desbeber” dudé si entrar en el baño de los hombres, de profundo olor a pis, o en el de las mujeres, a todas luces, sin estrenar.

Al fondo del bar, una chica leía en voz alta la prensa del día a una señora mayor y todos estábamos muy atentos. Atropello en el centro. Una lástima, ya le digo. El partido comenzaba y como no nos gusta el fútbol apuramos el vino para irnos. A nuestro lado un parroquiano pestilente atufaba a todos con un nauseabundo olor a sudor. Y no exagero.

La tarde estaba resultando muy prometedora: apenas si habíamos comenzado nuestro estudio antropológico y ya habíamos corrido un par de aventuras.

Decidimos desviarnos, un instante, para tomar un vino en el bar de un conocido el Tommy. Dos riojas. Son cuatro euros. Volvamos al lumpen.

IMG_0275El Raymond´s, un poco más allá, es una mezcla, en palabras de Gianola, de puticlub y Vacaciones en el Mar. Lo cierto es que su decoración con pretensiones, estilo años setenta, sus neones verdes y su ambiente en general resultan un tanto opresivos y creo que sería mejor llevar tres o cuatro copas de más para interactuar con corrección en este bar. Dos riojas, cuando puedas. La camarera es atractiva. Está buena, por decirlo en español castizo. Nos deja un cuenco de patatas fritas, los vinos y se va a los suyo. Gianola quería que nos hiciéramos una foto con ella pero me dan bastante corte estas cosas así que nos limitamos a mirarle las tetas desde el fondo. Son cuatro con cuarenta los dos vinos.

El siguiente en la lista era Las Dos Vías pero un cambio de nombre, el «reestiling» y el hecho de estar cerrado frustró nuestros planes.

Antes de seguir con nuestra ruta exploratoria nos detuvimos en la Sidrería Miguel, que conozco a la dueña (a la que, por cierto, no le hizo gracia que entrásemos en su bar cuando supo  nuestra misión). Dos riojas. Allí nos encontramos con Molina un tipo muy agradable,a la par que peculiar, al que conozco de un viaje que hicimos a Mauritania en moto. Hacía tiempo que no nos veíamos así que comenzamos a charlar de motos y viajes de forma compulsiva. Dos somontano. Me dió la impresión de que nuestra exploración se terminaba al llegar a la civilización. Nos habíamos atascado y entre motos, viajes y aventuras variadas parecía que nos íbamos a quedar a vivir allí. Eso no podía ser, teníamos una misión que cumplir. Hey, chaval, pon otros dos.

La Taberna Gallega es uno de esos sitios que andan “así, así” en cuanto a decoración y, si bien no se puede encuadrar en lo lumpen, tampoco le anda muy a la zaga. Señora, una jarra de ribeiro. Entre tentáculos de pulpo “a feira” y orella nos bajamos la jarra de ribeiro y comenzaron las familiaridades con las camareras y el dueño. Gente entrañable y amiga de personas como nosotros.

Estoy medio bolinga.

Aquí se terminan las notas de campo del día de autos pero recuerdo que nos fuimos a las Galerías Pidal para continuar con nuestro periplo barístico y acumulamos otro “fail” porque a esa hora las Galerías estaban cerradas.

Lejos de arredrarnos, este contratiempo nos subió la moral y decidimos que sería bueno seguir con la ruta de vinos otros día porque, así como quien no quiere la cosa, habíamos llegado a la hora de las copas. Yo creo que ya pasaba de la una de la mañana.

El Cubano

El Cubano

Pero mientras nos dirigíamos a la zona de copas en la Calle Mon, aún tuvimos tiempo de aportar un nuevo establecimiento al listado de Ernesto Colsa: El Cubano. La verdad es que no sabemos si se llama así o no pero de lo que no hay duda es de que el dueño es cubano. Gianola y yo, parados frente a la entrada nos miramos y, con un sólo gesto concluimos en que no podíamos dejar pasar la oportunidad. El bar es un antro alargado en el que se despachan hamburguesas hasta altas horas y en el que su dueño, el cubano, despacha improperios a diestro y siniestro, sobre todo si el tema a tratar huele a izquierda política. ¿Nos pone dos auténticos mojitos cubanos?. Un cartel nos conminaba a pedir el “auténtico mojto cubano” así que no quedó más remedio que entrar por el aro. Para entonces ya me creía el rey del mambo así que, cuando una conocida a la que no veía desde hacía seis años me saludó desde el exterior, estuve encantado en desplegar mi verborrea fluída e inteligente. Venía con su marido y se fueron enseguida.

Ahora sí, dábamos por finiquitada la primera jornada exploratoria y, el próximo día, ya con experiencia de descubridores intrépidos, podríamos seguir la tarea con solvencia.

Ahora, a las copas.

Justo antes de que cerrase El Cainzo, conseguimos colarnos bajo la persiana y disfrutar de la buena compañía de Luis y su mujer. Después de esto, obligado por Gianola, entramos en el Diario Roma, encontramos a más amigos y ya no me acuerdo del resto.

Continuará…

Plaga de gatitos

gatitosAsumiendo que la culpa es mía y de nadie más, según me han hecho ver algunos lectores, paso a relatar otro acontecimiento gatuno de hace dos o tres semanas. Lo cierto es que había pasado por alto el asunto pero, vista la concatenación de sucesos en estos últimos días, creo que todo en el Cosmos ocurre por algo. O que no hay dos sin tres, vaya.

Pues sucedió que, hace unas dos semanas, entré en el garaje/bajo de mi oficina y, cuando rebuscaba en una estantería algunos útiles propios de mi trabajo, escuché un ruido, como de ser vivo, en una de las cajas del estante superior. Movido por la curiosidad científica, zarandeé un poco la caja para ver qué reacciones se producían y, oh sorpresa, salió un gato miniaturizado. Y luego otro. Y un tercero.

Continuando con mi labor investigadora observé que una hembra de lo que parecía ser Felis silvestris catus o gato doméstico había alumbrado a un mínimo de tres ejemplares dentro de una caja de cartón.

Se da la circunstancia de que en esa misma estantería estaba mi casco, guantes, espaldera y múltiples protecciones para el uso de la moto de campo. Sin necesidad de analizar la gran masa de pelos que había repartidos por la zona y por mis útiles de trabajo, pude colegir que, efectivamente, aquello era un hogar gatuno.

Ahora yo me pregunto, queridos amantes de los gatos, ¿debo criar y mantener a la prole felina que anida entre las coderas y el casco o, por el contrario, procedo a desalojar la fauna provisto de escoba y manguera?

No es necesario que contesten, era una pregunta retórica.

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Animadversión a los gatos

Cagada en Dainese

Has visto un lindo gatito?

Cagada en Dainese

Los asiduos a esta página recordaréis los episodios desagradables que ocurrieron, hace algún tiempo, con un gato que había en mi casa. El animal se meó en la moto, en los guantes, en la impresora, en el teclado, en el ordenador… Un marrano donde los haya, vamos. Recordaréis que perseguí al gato con ánimo enervado pero no lo encontré y tuve que cargar con la culpa de su desaparición.

Después de aquello cambiamos de casa y nos vinimos a vivir al centro del culo del mundo donde, suponía, los gatos estarían más civilizados por aquello de ser capitalinos.

Y fue cuando aconteció, la semana pasada, “El Caso del Robo del Queso del Roncal», que resultó bastante desagradable y de mucha caradura por parte del felino. Los que me conocéis sabéis que no soy vengativo ni violento. Ni siquiera cuando me enfado se me nota así que decidí olvidar el asunto del queso y el gato y seguir a lo mío, en plan felino.

Pero está visto que si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos así que hoy, mientras tendía la ropa en uno de los múltiples habitáculos de esta casa enorme en la que vivimos, lancé un vistazo de soslayo a mi vieja cazadora Dainese, regalo de Gelucho y que aún está en buen uso. Ya vi que tenía algunos pelos de gato repartidos por su superficie. Demasiados para mi gusto. Luego, cuando la colgué para cepillarla y ponerla de nuevo en orden observé una enorme cagada de minino, de color marrón y reseca.

Ahora no sé muy bien qué hacer, si matar al gato entre enormes sufrimientos o darle el resto del queso para que se lo termine.

Amantes de los gatos que campáis por Internet, ¿debería, tal y como me dicta la conciencia, finiquitar al gato después de caparlo o directamente lo erradico con un bate de béisbol que guardaba para otra cosa?

Gracias por vuestros consejos.

EDITO: Que me dicen los expertos en asuntos gatuno que no, que no es una cagada, que son vómitos. Esto me reconforta enormemente y siento que mi odio al gato se diluye. Gato, si lees esto ven, que no te voy a hacer nada…

Cazadora Dainese

Esto es lo que dejó el gato.

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y esto son pelos de gato en mi Dainese.

Has visto un lindo gatito?

Muchos ya conocéis de mi animadversión a los gatos por aquello de haberse meado en la moto y otras afrentas. Yo, que soy una persona positiva y poco dada al rencor, procuro olvidar estos desplantes y ataques porque sé que los mininos no tienen mala fe. Ellos van a lo suyo, a su bola y yo debería de hacer lo mismo.

Intentando hacer precisamente eso, ir a mi bola y no meterme con nadie, me embarqué en un viaje en moto con dos buenos amigos, Juan y Fran. Nos liamos la manta a la cabeza y, con más ganas que planes, salimos en dirección Este. Pasamos por Bilbao, nos acontecieron cosas sorprendentes en Pamplona y por fin, recalamos en el Valle del Roncal.

Un paraíso para la moto, oiga. Y para el resto de sentidos, si los hubiere. Curvas que se suceden hasta la saciedad, valles intrincados perdidos entre hayas y pináceas, moradores recios de recias convicciones a los que no conquistas a primera vista… Y queso. Famoso y exquisito queso del Roncal cuyo sabor te atrapa para siempre.

Claro, me compré un queso para traer a casa. Siempre lo hago. Y siempre se agradece en casa. Unas chistorras, un queso, una botella (o una caja) de patxarán… Viandas frugales para nuestra frugal existencia que, de cuando en cuando, van llegando al hogar.

Me gusta ver el queso ahí, en la repisa del armario de la cocina. Da olor y da gusto verlo. Y comerlo.

Pues ayer, mientras llevaba a nuestra perra guardiana al veterinario, un gato se coló de forma subrepticia en la cocina y se zampó medio queso. No hizo falta una labor de investigación muy exhaustiva para conocer al culpable, sus uñas marcadas en la corteza lo delataban.

Hoy, lleno de amor por los gatitos, ando por el huerto y el ala menos noble de la casa en busca de uno de estos amiguitos para preguntarle si se quiere terminar el queso, que, si eso, ya le traigo pan. Pan, pan.

Queso

Este es el queso del Roncal

Y esta es Nila, la perra guardiana.

Y esta es Nila, la perra guardiana.

Y este soy yo después de haber visto el queso:

 

Quién inventó el saco de dormir?

Henry Russel KilloughHace unos días publicaban en Facebook los amigos de Libros de Viajes Interfolio la foto de un explorador descansando en un primitivo saco de dormir. Se trataba de Henry Russell Killough, un acaudalado inversor que se dedicó, entre otras cosas, a escalar el Pirineo de forma casi compulsiva. Tal era su afición por las montañas que hizo de ellas su hogar transitorio mediante la excavación de cuevas que luego acondicionó para sus exploraciones.

La visión de este hombre metido en un rudimentario saco de dormir despertó mi curiosidad y me lancé a la red, dónde si no, a buscar los orígenes de este adminículo tan viajero. Lo que creí iba a ser una búsqueda rápida que satisficiera mi curiosidad se convirtió en una ardua tarea de la que no hay un claro vencedor. A cambio, me llegaron conocimientos históricos mucho más interesantes.

Andaba intentando corroborar que fue Robert Louis Stevenson, en el transcurso de sus incursiones por los Alpes en el año 1878, el que inventó el saco de dormir pero sólo conseguí averiguar que había diseñado uno impermeable y forrado de lana de oveja.

Un poco más tarde vino a mi pantalla Francis Fox Tuckett, un cuáquero inglés, montañero insigne que ya en 1861 probó un prototipo de saco creado con un tejido tipo manta y caucho por debajo para aislar del suelo y disponer de mayor confortabilidad.

Pero la historia definitiva vino de la mano de una hija de Erik El Rojo, la sin par Freydis Eiriksdottr. La chica, una vikinga rubicunda que destacó por su salvajismo y su intrepidez, se casó con Thorfinn, un hombre rico y algo pacato. Juntos, en  el año 1004, se embarcaron en una de esas aventuras de conquista y rapiña. Después de un duro viaje de tormentas y estrecheces, desde Groenlandia llegaron a Vinlandia (América del Norte) e intentaron comerciar con los nativos. Entre los alimentos que llevaban los vikingos figuraban los lácteos, imagino que yogures, quesos y leche pero quiso la mala suerte que la intolerancia a la lactosa hiciera creer a los aborígenes que aquellos rudos viajeros los querían envenenar. Los primitivos americanos, despechados y con ánimo de venganza, cargaron contra los vikingos en brutal ataque y éstos, en clara inferioridad numérica, se subieron a las naves y zarparon, pies para qué os quiero. Pero Freydis, embarazada y más lenta que sus compañeros de expedición, no llegó a tiempo. Sola en la playa, llena de amargura, miraba como las naves se alejaban surcando el Atlántico. Llena de ira, tomó una espada que los vikingos habían perdido en su huida, dio media vuelta y, con los pechos al descubierto emitió un sonido tan gutural y tan brutal que los indígenas quedaron paralizados por el terror y no se atrevieron a atacarla.

Sobrevivió con su hijo Snorri durante un año hasta que, su marido y el resto de aguerridos vikingos volvieron a buscarla.

En la travesía de vuelta una de las naves zozobró a causa de la tormenta y las dos tripulaciones tuvieron que hacinarse en un solo barco. Cuando los alimentos comenzaron a escasear las condiciones de convivencia se resintieron y Freydis, que ya había tomado el mando de facto, ordenó asesinar a la tripulación del segundo barco. Solo sobrevivieron cinco mujeres porque el código de honor vikingo les impedía matar a sus mujeres si estaban desarmadas. Esto no pareció contentar a Freydis que, con su hacha, degolló personalmente a las cinco chicas.

A pesar del fracaso de esta primera expedición Freydis y su marido consiguieron embaucar a dos hermanos finlandeses, Finnbogi y Helgi, para partir de nuevo hacia el Este. De los dos barcos, consiguieron hacerse con el más grande y, en lugar de embarcar a 30 tripulantes, metieron a 35. Esto trajo los primeros roces y rencillas pero ahora la que llevaba las riendas de la expedición conjunta era la propia Freyddis y no había quien le tosiera.

Al desembarcar montaron dos campamentos separados porque, ya durante el viaje, las broncas habían sido continuas. A pesar de que estaban en el mismo bando, a Freydis, no le gustaba que le tocaran las narices así que, ni corta ni perezosa, ordenó a su marido y a sus hombres que eliminasen a la tripulación del segundo barco. Usó para convencerlos, como no, malas artes y mentiras, diciendo que la habían atacado y otras falacias por el estilo. De nuevo, toda una tripulación fue pasada a cuchillo menos las mujeres, por aquello del honor vikingo y todo eso. Pero allí estaba nuestra Freyddis para llenar ese vacío legal y darle movimiento a su hacha.

Thorfinn y Freydis regresaron a Groenlandia y ante el temor de enfrentarse al destierro por haberse cargado a dos tripulaciones enteras que, para más inri eran de su mismo bando, les hicieron jurar a sus hombres, bajo amenaza de muerte, que mantendrían la boca cerrada. Sus hombres sabían que la hija de Erik El Rojo no vacilaría ni un instante en cumplir su parte.

Sin embargo, ya se sabe como son estas cosas de asesinatos y secretos, así que los rumores se extendieron por toda Groenlandia hasta llegar al que mandaba por allí, su hermanastro Leif Eriksson. Éste torturó a tres de los tripulantes hasta que admitieron la verdad. Aún así decidió correr un tupido velo y olvidar el asunto para no tener que castigar a su propia hermana.

Y… ¿a qué viene esto? Pues Freydis, entre hachazo y hachazo, ideó una especie de saco de dormir fabricado con la vela de repuesto de uno de los barcos que, curiosamente, se parecía bastante al de Robert L. Stevenson ya que, al igual que el suyo, ambos estaban impermeabilizados por fuera y forrados por dentro.

Y así, buscando al inventor del saco de dormir, no pude llegar a nada concluyente pero, a cambio, descubrí la Saga de los Groenlandeses y la Saga de Erik El Rojo que resultan mucho más interesantes.

Un hombre suplica ayuda vestido de dos formas. El resultado es desolador.

Esto es un blog de viajes en moto, lo sé, pero acabo de tropezarme con este vídeo que nos muestra, muy a las claras, la naturaleza humana.

Un joven suplica ayuda en plena calle, tirado en el suelo. La primera vez lo hace vestido con vaqueros y parece un vagabundo. La segunda de traje y corbata, como un profesional de éxito.

Este experimento social se llevó a cabo en Francia, en dos escenarios idénticos y con el mismo tipo; los resultados, impactantes.

Y mañana, serás eterno.

Mañana escribiré sobre eso que pasa cuando sales de una curva y, por sorpresa, encuentras un paisaje de ensueño, tanto que no puedes creer que la belleza sea tan simple. Y te apetece bajarte de la moto. Y aspirar el aire fresco de la primavera en el norte, ese aire que, de tan puro, sabe y alimenta. Y quieres llenarte de todo eso que estás viendo.Y tocarlo todo con tus manos para tener una verdad certera y grande, una verdad de la buena, de las que ya no quedan.

Pero no lo haces porque de algún modo sabes que, cuando poses el pie en el asfalto, lo fugaz será permanente y que todo lo que permanece acaba cubierto de vulgaridad. Así que de lo que ves, tomas lo que puedes, atragantándote como un animal hambriento.  Y sigues haciendo kilómetros con el único objetivo de volver a sentir que, por un instante, estuviste tan lleno de fugacidad que eras eterno. Después comprendes que ya no podrás parar porque te has convertido en un adicto a esa eternidad fugaz, a esos instantes larguísimos que apenas si duran una vida.

Pero será mañana, o el otro mañana, o el mañana siguiente…

Para siempre

Llegué a Postojna cubierto de polvo y cansado. Posé el pié el el suelo y di un ligero acelerón en vacío.  La moto rugió con estrépito quedo. A veces es sólo un acto de rebeldía caduca, la rémora del chico malo que nunca fui, el recuerdo de lo que no existió. Todos deberíamos tener el recuerdo de lo que no fuimos, una ligera noción de lo que creíamos ser y que, con el tiempo, descubrimos que no éramos. Todos deberíamos extrañar la vida que no tuvimos, supongo que sólo de ese modo la habremos vivido.

Un acelerón en vacío.

A unos metros la vi. No tendría más de trece o catorce años. Nariz chata y grandes ojos brillantes de lágrimas. Lágrimas que se habían secado en sus mejillas y mirada perdida en ninguna parte, en uno de esos lugares donde los ojos dejan de ver y las miradas se quedan ciegas. Su expresión reflejaba la más absoluta indiferencia por el mundo. Sólo ella, sumergida en un universo paralelo que parecía no comprender.

Quedé paralizado ante su presencia. Era la imagen perfecta de la tristeza, el ejemplo vivo de la melancolía más atroz, el retrato de la desesperanza. La estética de la soledad, la angustia perfecta. Inmediatamente quedé prendado de ella, de su pelo lacio, de sus manos inertes colgando en el extremo de sus brazos muertos, de sus labios indolentes, de su mirada perdida… Deseé bajarme de la moto y estrecharla entre mis brazos ungiendo sus lágrimas con las mías, fundiéndome en su dolor inmenso y aliviando su carga.

Después de unos instantes eternos vi el tanatorio, desdibujado, en un segundo plano. 

¿A quién lloraba? ¿Su padre, su madre, una amiga?

Una mujer de mediana edad la tomó de los hombros y la condujo al interior del edificio pero ella antes de entrar se volvió y su mirada perdida se posó en mi y en la motocicleta. Sálvame, cámbialo todo, suplicaban a gritos sus ojos. 

Rompí a llorar con tanto dolor que sentí que llevaría parte de su carga para siempre. Sólo entonces comprendí que lloraba por mi mismo.