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La ruta de los puticlubs

Irse de puticlubs es una afición muy española. De hecho, el mayor puticlub de Europa está en España, El Paradise de La Jonquera. Cierto es que lo frecuentan ciudadanos de muchas nacionalidades, pero está en España. Los burdeles de más renombre suelen estar siempre en la carretera. Un descanso a media noche, una ración de amor de transacción o un copazo a precio de oro, pueden servir para reafirmar la autoestima de cualquier hombre que se precie de tal (aunque nunca folle gratis). Al estar los burdeles en la carretera y ser esta una página de viajes parecía cuestión de tiempo que nos fuéramos de puticlubs, más que nada por una cuestión cultural.

Para esta peculiar ruta no hacen falta grandes alforjas ni una abultada billetera. Vamos a verla:

Salimos de Oviedo por la antigua N-634 en dirección al Occidente de Asturias, una zona que parece quedar relegada al olvido y el despoblamiento sumida, como está, en el más absoluto ostracismo. Pero no nos liemos con sentimentalismos, que nos vamos de puticlubs y aquí no tienen cabida las ñoñerías de adolescente. Decía, pues, que rodamos hacia el Oeste con la mirada puesta en un horizonte de campos abandonados y hombres octogenarios que ven como la vida… Maldición! Habíamos quedado en que nada de sentimentalismos.

Volvamos a empezar.

Dejamos atrás Oviedo y su pausada vorágine (ya estamos!) y enfilamos nuestro aparato hacia Grao con intención de subir La Cabruñana y parar en el primero de los puticlubs. La Cabruñana es un minipuerto que hace algunos años estaba muy frecuentado por los moteros más racing del centro de Asturias. Desde aquí subían La Espina y bajada hacia Luarca, en vertiginoso descenso, entre curvas húmedas de castaño y abedul. Ahora la carretera ha pasado de moda en favor de otras con mejor asfalto. Nosotros vamos graocon pausa, disfrutando de cada curva lenta y deseando llegar al primero de los putis. La sed aprieta y un «destornillador» a media tarde tiene que entrar como dios. (No se pretende aquí hacer apología del alcohol mientras se conduce, léase como una licencia literaria de mal gusto)

Se llama Tachyra. En Grandas hubo un tostadero de café que venía de Táchira, Venezuela, pero sus importaciones se vieron truncadas por imposición del gobierno chavista y la empresa tuvo que cerrar. No encuentro la relación entre el nombre del establecimiento y Venezuela, a no ser que las putas sean venezolanas. Está cerrado. Quizá hayan tenido problemas con la importación ilegal de mano de obra o algo así. Elucubraciones porque no tengo ni idea. Hay una verja de hierro en la puerta y no parece que haya habido actividad en los últimos años.

Seguimos ascendiendo La Cabruñana en solitario. Desde que se inauguró la autovía A-63 es un gusto hacer este tramo sin tráfico. Antes, en los tiempos de viaje en ALSA y olor a vomitona, esto era un suplicio: una subida tediosa, en caravana detrás de algún camión indolente, y con apenas cien metros para adelantar. Incluso en moto se hacía pesado. Ahora, en cambio, se disfrutan las curvas y se puede rodar de forma pausada por iniciativa propia.Pilotuerto

Hace ya un rato que tomamos la AS-15, el Corredor del Narcea. Otra de las carreteras de moda entre los motoristas de la prisa. Ahora nos están quitando la prisa a todos a base de radar, hasta cinco han llegado a esconderse en este tramo de apenas sesenta kilómetros. A mi no me ha tocado nunca, pero seguro que me tocará pagar, como a todo el mundo. Posamos nuestro pie en en Embalse de Pilotuerto, un apacible rincón en el que se pueden observar aves acuáticas y pájaros de cuidado. El primer puticlub, El Nido de Oro, no es más que cuatro paredes que se vienen abajo. Se quemó en los años ochenta dos veces. Nadie ha sabido decirme el motivo así que, de nuevo, pongo la imaginación a funcionar y pienso en fraudes al seguro, venganzas entre mafiosos y cosas por el estilo. Separado por 10 o 20 metros hay otro club. Este está a pleno rendimiento pero es temprano y aún no se observa actividad. Es una casucha con tejado de uralita y puerta de aluminio. Las sábanas tendidas se secan al sol de la tarde con el marco incomparable del embalse de fondo. Parecen muy limpias y son de color rosa. Supongo que, una vez en la cama el color es lo de menos.

El BambaDejamos atrás el embalse y seguimos circulando paralelos al río Narcea. Los alisos aún son ajenos a la llegada del otoño y lucen un verde intenso que se resiste a cambiar de tono. En Purtiecha tomamos un desvío a la derecha, hacia Onón. Dos kilómetros de carretera rizada y llegamos a otro antro de vicio, El Bamba. La maleza y los castaños lo están cercando por la zona alta y el aparcamiento va menguando, agobiado por hierba alta y zarzas. Las persianas están rotas y la puerta principal, otrora tapiada de ladrillos, ha sido reventada por los cazadores de cobre y plomo hace años. Aparco la moto al lado de la carretera y me interno en el bar. A la derecha, la barra de formica descansa de cervezas y cubalibres bajo la escayola desconchada.. Aquí hace años que ya nadie toma nada. «Follar 10.000. Al kontado». Me lo anuncia una pintada al fondo del bar.

Subo al piso de arriba por una escalera de medio metro de ancho en la que no se pueden cruzar dos personas y, aún menos, subir «de ganchete». En realidad ignoro si está de moda subir «de ganchete» al piso de arriba con una prostituta pero aquí no sería posible. Las puertas de las habitaciones están reventadas y no hay posibilidad de intimidad. Aún quedan algunas perchas espartanas colgadas de las paredes y una ducha llena de mierda y escombro. No hay agua corriente así que el estado de la ducha no tiene demasiada importancia. No hay camas, no hay muebles, no hay enseres… Esto está, definitivamente, abandonado.

En la gasolinera de Tebongo me informan que El Bamba cerró allá por el año 1986. Cuando pregunto por el volumen de negocio, uno de los operarios arquea las cejas y con los ojos entornados resopla rememorando viejos tiempos. «Un ambiente de la hostia!». De bote en bote. En los buenos tiempos de la minería en Cangas del Narcea este era uno de los principales antros de diversión y vicio. Putas, porros, farlopa… Ambiente selecto y sueldos de trescientas o cuatrocientas mil pesetas. Aquellos personajes, la mayoría, ya no son ni una sombra de lo que eran. Igual que el local. Igual que la comarca.

Unos kilómetros más allá, El Búho, antes llamado El Amazonas, un caserío asturiano de toda la vida reconvertido, por segunda vez, en club de alterne. Dispone de hórreo y seto de aligustres para aparcar el vehículo con cierta intimidad. A mi me da un poco de repelús. Me imagino tomando algo dentro del local y pensando en qué opinaría la señora de la casa. Los abuelos ya no estarán pero quizá quede una parte de su espíritu escondido entre las vigas, o en el váter, o debajo del hórreo. No quiero correr riesgos. Seguro que me sienta mal el «destornillador«. Un burdel tiene que tener aspecto de burdel y este parece una casa de labradores pintada de rojo oscuro.

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Con este panorama y ansias de cubalibre de los de toda la vida, abandono el Corredor del Narcea y enfilo la rueda delantera hacia Lugo. Su afamado «Barrio de las Putas» y la N-6 tienen que ser un destino pluscuamperfecto para este tipo de actividades.

 

No habrá Pingüinos 2016

PingüinosMariano Parellada, presidente de Turismoto ha dicho que son conscientes “de los esfuerzos realizados desde el Ayuntamiento para encontrar una sede que nos pudiera satisfacer y convertirse en definitiva” pero que los socios rechazaron las parcelas propuestas. Según la organización ninguna de las parcelas que se propusieron, tanto por parte del Ayuntamiento como por parte de Ecologistas en Acción, reunían las condiciones adecuadas para celebrar el evento.

Así las cosas en 2016 no habrá Concentración Internacional Invernal Pingüinos y las siguientes ediciones también están en el aire. Según Parellada no van a buscar una nueva ubicación para Pingüinos, «ni ahora ni en el futuro»: si el Ayuntamiento encuentra una parcela adecuada se brindan a organizar la concentración en 2017, en caso contrario no organizarán nada.

En su intervención del lunes día 21 de septiembre de 2015 en el Ayuntamiento de Valladolid, Mariano Parellada ha criticado, de forma velada, a Ecologistas en Acción para terminar afirmando «que la solución pasa por desproteger o la permuta de protección de la zona de pinar necesario para la acampada por otra”, aunque ha reconocido que es una opción difícil.

Según palabras del Alcalde de Valladolid, Óscar Puente, desde el Consistorio estarían dispuestos a que la Concentración se celebrase en la parcela del Pinar de Antequera, asumiendo los riesgos de una denuncia por parte de Ecologistas en Ación, riesgos a los que los socios de Turismoto se negaron en redondo.

Pingüinos: o en Valladolid o en ningún lado.

Parellada ha dejado muy claro que la Concentración Internacional Invernal Pingüinos se celebrará, si es que vuelve a organizarse, en Valladolid y ha zanjado cualquier especulación en este sentido:  «Para acallar a todos aquellos que esgrimen argumentaciones contrarias a las expresadas, el Club Turismoto quiere dejar claro que no organizará Pingüinos en otra localidad» 

Fuente: Noticias de Castilla y León, El Norte de Castilla

Reflexiones personales.

Al margen de los daños que se puedan producir o no en el famoso pinar, éste goza de protección ambiental. Las cosas hay que pensarlas antes y si hace más de seis años, con la primera denuncia de Ecologistas en Acción, se hubiese pensado en una ubicación alternativa quizá ahora no estaríamos inmersos en estos lodos. Un juez ha dicho que allí no se puede hacer entonces… ¿a qué viene tanto marear la perdíz con la misma parcela? Han recurrido la decisión y han perdido ¿merece la pena seguir empecinados en celebrar la Concentración en un espacio protegido?

En cuanto a la «desprotección» del pinar no parece que el Ayuntamiento vaya a solicitar que se levante la protección ambiental, no sólo porque sería una medida bastante impopular sino porque Ecologistas en Acción iniciaría una campaña de acoso mediático de gran calibre. Por otra parte, hay que recordar que fue el propio Ayuntamiento quien promovió la protección ambiental de toda la zona por considerar que esta es el «pulmón verde» de Valladolid. Aún más, ¿qué dirían los habitantes de la ciudad a los que ni les gustan las motos, ni ganan nada con el evento?  Me imagino las reacciones al titular: «Se levanta la protección ambiental de una zona para celebrar una concentración de motos»…

Corolario

Turismoto es dueño de Pingüinos y si no quieren sacar la concentración de Valladolid están en su derecho. Si no hay parcela adecuada en la ciudad tendrá que desaparecer la concentración. No hay nada que objetar y nada que añadir.

En kilómetro lanzado

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A Juan le gusta viajar conmigo, de eso no hay duda. A mi me gusta viajar con Juan, de eso no hay duda. Por eso cuando nos vimos acampados, al atardecer, en una cañada real no parecíamos darle demasiada importancia, era una situación cotidiana. Pero el calor de la tarde y el sol cayéndose por el precipicio del horizonte decían lo contrario. El cielo rojo allí al fondo, colándose entre viejos alcornoques parecía susurrar que no estábamos en la cotidianidad mundana. Y bajo ellos, nuestro adusto campamento se empeñaba en insinuar que la languidez de la tarde traía consigo una quietud especial en los aledaños de Monfragüe.

Con la segunda botella de vino nuestro ánimo sufrió una regresión y nos sentimos igual que dos adolescentes recién extirpados de una grey de boy-scouts.  Después, con la psicotropía, cayeron la petaca de whisky y la de ron, y la conversación fue rotando y moviéndose en una espiral cambiante hasta que, rendidos y borrachos, decidimos poner en horizontal nuestro recién adquirido estado de semi-inconsciencia.

campamento

Al día siguiente, con la boca pastosa y eructando ibuprofeno,  negociamos curvas solitarias en la antigua nacional en dirección Sevilla. La carretera me traía recuerdos constantes de los primeros viajes largos por la Vía de la Plata, recuerdos de calor, de vaharadas del humo negro de los camiones, de tráfico intenso y sensación de lejanía. Es curioso como, con el tiempo, los destinos son cada vez más cercanos y lo que antes era un viaje de dos días de moto ahora se puede solventar en unas pocas horas. Las distancias son tan cortas que ya no nos impresiona una «aventura» de alguien que se va a los confines de Mongolia porque ya cualquier lugar nos parece cercano. El mundo se ha empequeñecido de tal modo en los últimos 20 años que da la impresión de que todo está al alcance de la mano; lo único que se necesita es tiempo.

Nosotros teníamos tiempo. Disponíamos de la inmediatez de los próximos instantes y estábamos resueltos a exprimirlos hasta extraer la última gota.

Me quede mirando un accidente  al lado de la carretera. Un coche, con las ruedas hacia el cielo y varios cuerpos tendidos en el suelo tapados con sábanas blancas. Un guardia civil me salió al paso con grandes aspavientos y me dio el alto. Me detuve a dos metros de aquel hombre vociferante. «Seis puntitos», dijo con tono autoritario. «Seis puntitos por no detenerse». Me deshice, humillado, en mil disculpas mientras pensaba que no me había saltado el control, que estaba parado aguantando una bronca considerable. Recuerdo a alguien que contaba que, en uno de estos encuentros con la Guardia Civil, les espetó «o multa o bronca, las dos cosas no»

Seis Puntitos.

Juan me dijo por el intercomunicador que había «sacos de muerto» en el lugar del accidente y se me quedó mal cuerpo durante un buen rato. Hasta que comenzamos a hacer bromas con Seis Puntitos. Tan marcial él y tan autoritario. Seis Puntitos. Durante todo el fin de semana Seis Puntitos consiguió cierto protagonismo.

Seguro que Seis Puntitos no tenía un día tan radiante como el nuestro, con tanta carretera para recorrer y con tantos instantes enormes para exprimirlos uno a uno.

Después de unas cuantas decenas de kilómetros exquisitos y solitarios nos detuvimos en Cancho Roano, un complejo tartésico que Juan quería conocer. Cada vez soy menos dado a este tipo de paradas culturales porque, a pesar de que tengo cierto interés por la Historia, lo único que consigo con estas visitas es tener una visión sesgada y parcial. Además se me suele olvidar todo lo aprendido con tremenda facilidad. Por ejemplo ahora solo recuerdo que el complejo solo tiene de Tartessos los restos de un altar, lo demás es muy posterior, en torno al año 550. a.C. Se trata de una especie de templo en el que se realizaban sacrificios rituales cuyas funciones no parecen estar muy claras. A mi tampoco me quedó muy claro el asunto.

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En Sevilla decidí, ya que comandaba la expedición, tomar la carretera nacional a Utrera y Cádiz pero la animada charla que veníamos menteniendo a través de los intercomunicadores «chinos» me despistó y faltó poco para terminar en Ronda. Todo ello para desesperación de Dani que nos esperaba en el Puerto de Santa María.

Conocí a Dani hace algún tiempo en el Camino de Santiago. Quiero decir que él estaba haciendo el Camino de Santiago y yo estaba en un bar tocando la gaita y tomando vino como si no hubiera un mañana. Venía huyendo de fantasmas del pasado y el vino y la gaita suelen ser un bálsamo recomendado cuando uno trata de enfrentarse a ciertos miedos. El Camino también ayuda, claro.

Dani nos guió hasta la sede el Gibraltar MC, en suelo inglés, volando bajo por la Autovía del Mediterráno.

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A pesar de tener cierta relación afectiva con miembros de algún MC, nunca había estado en ninguna sede oficial. Como mucho, comidas de fraternidad diluidas en alcohol y drogas, nada del otro jueves. Al entrar en la suntuosa sede de los Gibraltar MC me quedé estupefacto. Un edificio enorme, con videovigilancia, con Harleys sacadas de algún catálogo de Arlen Ness y con un ambiente de fraternidad que me entusiasmó desde el primer momento.

Juan andaba un poco con el «pie cambiado» al tener un total desconocimiento de la forma de funcionar de los MC y casi todo le sonaba a chino. Al final de la noche, después de algunos apuntes furtivos, de advertencias y de ilustración, ya importaba poco quién era quién. Otra jornada que finalizaba con terrible ingesta alcohólica y con sustancias cuyo estátus legal en el Reino Unido seguramente será similar al de España. Estábamos en kilómetro lanzado.

Dormir entre Harleys, con olor a aceite y a gasolina, encajado entre carburadores y bloques de motor es un raro placer para un motero, una especie de pernocta en el templo. Ya hace años que dejé de usar motos custom pero aún siento un irresistible atractivo por las horquillas lanzadas y los depósitos de lágrima.

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A las diez y media de la mañana odié con toda mi alma al Búfalo y toda su estampa. Necesitaba unas horas más de sueño y, sobre todo, tiempo. Necesitaba tiempo para mi, para poder abominar en toda su amplitud los tragos largos del día anterior y el resto de cosas malas. Y necesitaba más tiempo para llegar al puerto de Algeciras a la hora convenida. Pero tiempo es lo que no teníamos. Le di una patada a Juan para despertarlo y que cargase con parte de mis culpas y nos pusimos en marcha después de despedirnos de Dany y Shane, que también habían pernoctado en el garaje.

 Llegamos tarde a la recepción pero tuvimos tiempo de abrazar a Fernando. Después de eso me mantuve en un discreto segundo plano durante toda la mañana: el ánimo había quedado diluido en los Seven-up-con-algo-más la noche anterior y ni siquiera El Búfalo iba a poder animarme. Mi presencia allí me parecía un error y lo único que deseaba era meter la cabeza en un cubo de agua fría hasta los límites de la consciencia. O más allá.

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Un ibuprofeno con arginina y un par de horas de siesta en el camping de Conil me hicieron volver a la vida y antes de que pudiera darme cuenta estaba tomando vinos en el Palo Palo (como si no hubiera un mañana, ya se sabe). Después llegó Fernando, e Ismael, Antonio y Charly Sinewan, y Pedro y las chicas pasaban por delante de la terraza con tanto donaire que uno no podía menos que sentirse afortunado de estar allí compartiendo velada y risas.

A las seis o siete de la mañana caí en la cuenta de que se nos había olvidado cenar pero ya era tarde para esos menesteres.

Tres o cuatro horas más tarde rodábamos penosamente en dirección Norte. Nos sumergimos en la autovía como quien se zambulle en un túnel del tiempo y dejamos que los kilómetros se deslizaran bajos las ruedas sin pena ni gloria. los efectos depresivos del alcohol hacían mella en mi ánimo y lo único que deseaba era que el día pasara lo más rápido posible.

Por la tarde mi estado se fue serenando y encendimos los intercomunicadores de nuevo. Todo parecía indicar que me había reconciliado con el mundo, con la moto, con la carretera. Por momentos podía percibir que todo estaba en su sitio. Incluso la tormenta que nos sorprendió antes de llegar a Salamanca parecía estar descargando en el lugar correcto: sobre nuestras cabezas.

A juzgar por su cara suplicante, Juan no parecía estar dispuesto a pasar una noche más durmiendo sobre la colchoneta así que resolvimos dormir en un hotel. Mis preferencias en este sentido son claras: si hay posibilidades de dormir gratis prefiero destinar el presupuesto a otras necesidades pero los dos estábamos cansados después de una noche que se hizo corta.

En Salamanca había fiesta. La gente se paseaba con la sonrisa de un festivo por la tarde y las chicas endomingadas paseaban sus encantos al calor de la tarde. El recepcionista nos dijo que en las casetas de la calle podríamos tomar un vino y el «pincho de feria» por dos euros así que, haciendo de tripas corazón, comenzamos otra jornada vespertina en pos de la exaltación de la amistad. Desfilaron ante nosotros brochetas, secretos a voces, rollitos… todos y cada uno con su correspondiente vino.

Y exaltamos la amistad.

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Tardes parsimoniosas

Una tarde de esas, de cuando el otoño comienza a llamar a la puerta y los días parece que se elongan con pereza hasta lo indecible. Una tarde de curvas lentas y paisajes verdes. Una tarde de atmósfera límpida y discurrir pausado.

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Y curvas que se suceden despacio, como si quisieran prolongar el tiempo hasta casi detenerlo y dejarnos parados en instantes eternos. Allí, al fondo, montañas altísimas que nos empequeñecen cada vez más, dejándonos clavados en estos desfiladeros del Río Trubia. Recuerdo la primera vez que pasé por aquí. Eran mis primeros viajes en moto y me sentía sobrecogido por la voluptuosidad de los montes cargados de hayas, por la carretera que serpenteaba encajonada entre el río y las paredes de caliza inmaculada, por la agradable sensación de juventud y nulas responsabilidades. Hoy, con aquellas sensaciones mucho más apaciguadas, las imágenes pasadas acuden en tropel y, aunque la carretera ya no es la misma ni yo tampoco soy el mismo, me veo asaltado por la nitidez de los recuerdos.

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Ascendemos el Puerto de Ventana entre hayedos mientras el frío va en aumento. Es el preludio del final de verano que, de tan lejano parece una ilusión que se pierde en el tiempo. Ya no queda nada de las olas de calor sucesivas, de las fiestas etílicas y los paisajes cambiantes. Viajes pretéritos que rumbean en la memoria.

Entramos en León, -sin Castilla, claro-, y desde Torrestío la carretera se convierte en una pista de tierra castigada por las últimas tormentas. Elena entra en modo tensión extrema y antes de cada curva le prometo que la cima está a un paso. Y está. La Farrapona nos recibe con una brisa gélida y desagradable, ni siquiera nos bajamos de la moto. A nuestra izquierda la mina de hierro Santa Rita, cuyas heridas en la montaña llevan cicatrizando desde el año 1978.

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Somiedo

Descendemos todo el Valle de Saliencia hasta su confluencia con el río Somiedo con parsimonia. Antes nos detenemos unos instantes en un monumento atípico. Alguna mente preclara decidió, hace unos años, que el Valle de Saliencia no era bastante bello en si mismo y era necesario dotarlo de una escultura moderna. El resultado es algo parecido a un desguace a un costado de la ruta.

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Las hojas amarillas de los cerezos caen con un estrepitoso silencio ante nosotros. El otoño no puede esperar más en la carretera más hermosa del mundo.

 

Ruta hacia el spa

A las puertas del otoño y después de un verano prolífico en viajes y escapadas, llega la vuelta al trabajo, a la rutina y, en muchos casos, al estrés y la depresión post-vacacional. Hay quien sostiene que ésta no existe, que es un estado de ánimo ficticio, una ilusión… Sea como fuere, el que más y el que menos se queda añorando carreteras y paisajes, fiestas veraniegas y un turismo de moto que parecía que no terminaría nunca.

Pero todo llega a su fin para volver a empezar porque todo es cíclico. La vida gira y con cada vuelta que damos llega la renovación que, dicen, no es más que un paso más hacia el centro de uno mismo y hacia la quietud de la fuente.

Dicen.

Claro que si tú eres de los que opina que toda esa filosofía de giros y vueltas es un mareo y lo único que esperas es poder subirte de nuevo a la moto para la siguiente escapada, todo esto te resultará de una vacuidad enorme. Pero no desesperes. Para curar cuerpo y alma haciéndote la espera mucho más llevadera, te propongo una escapada clásica, pero recubierta de modernidad: un tratamiento de spa.

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El término “spa”, que parece que suena muy moderno es algo que ya los romanos tenían en alta estima y que en nuestros días resurge con fuerza. Tratamientos relajantes, exfoliación, hidroterapia… es lo que se necesita después de una buena ruta en moto y hará que el tránsito hacia una nueva primavera llena de kilómetros se nos haga más llevadera.

La ruta recomendada para el otoño que se avecina va desde el Embalse de Arcos de la Frontera, en Cádiz, hasta Benalmádena, en Málaga. Son casi 200 kilómetros de curvas y paisajes de ensueño.

Tomaremos la A-372 en dirección a El Bosque y Grazalema, en pleno corazón del Parque Natural de la Sierra de Grazalema. Este es el hogar del pinsapo, una árbol descendiente de los abetos centroeuropeos y que aquí formaban grandes bosques en época glacial. El pinsapar es una población relicta con gran interés botánico y que, aunque no tengas ni idea de árboles, subyuga por su belleza.

Desde la población de El Bosque subimos a Grazalema, considerado el lugar más húmedo de España a causa de la concensación de la humedad que proviene del mar. Aquí, custodiado por el Peñon Grande, nace el río Guadalete que discurre, en dirección Oeste, hacia El Puerto de Santa María.

Nosotros seguiremos en dirección contraria, hacia el Este, para encontrarnos, 30 km más tarde, ya en la provincia de Málaga, con el tajo de Ronda y su Puente Nuevo. El Tajo, con cien metros de profundidad y cincuenta de ancho, es uno de los enclaves más espectaculares de la provincia. Colgado sobre el abismo, fue construido a mediados del siglo XVIII y en su parte central alberga lo que fue la prisión de la villa. Poca gente sabe que esta estampa inconfundible y turística se derrumbó seis años después de su construcción, llevándose consigo la vida de cincuenta personas. Inmediatamente comenzó la nueva obra que resultó ser mucho más duradera.

Dejamos atrás Ronda por la A-397 y encaramos la bajada hacia Marbella y el mar. Esta carretera nos guía por una sucesión de curvas enlazadas entre pinares y valles de gran belleza para depositarnos con suavidad en los llanos de San Pedro de Alcántara. Si antes de zambullirnos en los baños de algas, en el jacuzzi o en la aromaterapia en Benalmádena aún nos queda tiempo, podemos gastarlo en el Frank´s Corner de Marbella, un lugar de culto donde podrás tomarte una copa elegante.

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La mejor carretera del mundo

La carretera está bacheada pero dispone de un piso bastante aceptable. El truco consiste en ir esquivando las zonas más arrugadas y circular con calma.

Calma.

Es lo único que parece haber en este altiplano portugués, dominado por llanuras de la nada y pueblos en los que no se mueve ni una mosca. Casas de granito de rotunda presencia y bares anodinos con una exigua terraza que siempre luce el toldo rojo de “Cafés Delta”. No busco otra cosa. En realidad no busco nada en concreto, sólo hacer kilómetros sobre la moto y ver pasar el paisaje a ambos lados. Vuelvo a quedarme en estado catatónico mientras el mundo se desplaza a mi alrededor.

Quietud.

Melancólica quietud portuguesa y  silencio quedo, roto tan sólo por el paso fugaz de la moto. Horadamos la tranquilidad provocando remolinos de aburrimiento. A la derecha, bien al Oeste, el sol cae a su encuentro diario con el horizonte. Es lo mismo de siempre pero parece que se quiere esconder con saudade portuguesa, con la majestuosidad que solo tienen las puestas de sol en Portugal. Imaginaciones mías, seguro. Aún está apretando fuerte y no parece que tenga intención alguna en irse a dormir.

Dejo atrás los llanos de Vila Chã y comienzo un descenso pausado entre viñas cultivadas en terraza. Todo el valle parece una enorme escalera de piedra con peldaños rematados en el verde de las vides. Huele a fresco y caldo bordelés. En los postes y vigas que sostienen las viñas se puede apreciar el color azul verdoso del sulfato de cobre. Es el ingrediente básico del caldo bordelés con el que se protegen las plantaciones del ataque de hongos y mildiu.

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Las curvas cerradas se suceden y, sobre la moto, vuelvo a sentirme afortunado por poder disfrutar de todo esto. Todo el valle se me antoja de una belleza sin parangón, antesala, sin duda, de lo que encontraré más abajo. En el artículo que he leído decían que es la mejor carretera para conducir. Que el equilibro entre curvas y rectas, entre aceleración y frenada es perfecto. Lo han calculado un diseñador de circuitos, un físico cuántico y un diseñador de montañas rusas.

Ya me estoy imaginando la carretera, paralela a río Douro y con la entrañable frescura que solo tienen las carreteras de ribera, esas en las que los alisos te arropan con su sombra, las que te acogen como el abrazo cálido de un amigo. Ya me veo con la tienda de campaña, acampado en un idílico rincón al lado de la carretera que los expertos de AVIS consideran como la mejor del mundo. Quizá hasta pueda hacer una pequeña hoguera y quedarme embelesado con el baile de la llamas antes de irme a dormir. Necesito vino. Estoy rodeado de cientos de hectáreas de viñas así que han de tener vino. Ni siquiera necesito que sea bueno, con que me sirva para acompañar un chorizo a la brasa es más que suficiente.

Una señora de proporciones rotundas y amabilidad de igual tamaño me despacha una botella de Douro tinto y regreso a la moto para seguir castañeteando dientes entre el adoquinado de granito.

Pinhao

Unos kilómetros más abajo, cerca de Pinhão ya me asomo al río Douro, estoy cerca de la carretera nacional 222, la exquisita ruta que los expertos recomiendan. Estoy perfecto estado físico y anímico para disfrutar aún más que con esta bajada hermosa que voy dejando atrás. Todos los sentidos alerta, la mente abierta para absorber curvas y paisajes, la sonrisa sigue dibujada en mi rostro… Es la mejor carretera del mundo. Y el mundo es muy grande.

Dejo Pinhão atravesando el Duero por el Puente Eiffel. Este arquitecto del siglo XIX tiene como obra más emblemática la famosa torre Eiffel en París pero también dejó su legado en Portugal. Vivió dos años en Barcelos y construyó el famoso Puente de María Pía de Oporto o el viaducto de Viana do Castelo, entre otras obras.

Ponte Pinhao

Aquí comienza la N-222. Estoy ansioso. El piso no es lo que me esperaba, tiene algo de gravilla en los bordes, pero no está mal. Curva pronunciada de segunda, contracurva y una pequeña recta de cien metros en ligero ascenso. A mi derecha el río y la quietud de un embalse. Sol que se precipita al fondo del valle y un barco turístico que, perezoso, remonta para llegar al embarcadero de Pinhão. Me detengo a hacer unas fotos y fumar un cigarrillo. Mantengo una conversación forzada con una pareja de turistas franceses y vuelvo a la moto con ansia por recorrer el tramo.

La carretera se ensancha y mejora. ya hay arcenes y el asfalto está en buenas condiciones. nada del otro mundo pero en condiciones aceptables, conociendo las carreteras del interior de Portugal. Una recta. Media curva. Otra recta. Una recta larga. Una curva suave… Esto no es lo que yo me imaginaba. Los ojos se me van a derecha e izquierda buscando un lugar en el que poner la tienda. La tarde está cayendo y no veo ningún sitio adecuado. A mi derecha matorrales y el río. A mi izquierda la terrazas de los viñedos y fincas cerradas con vallas metálicas. Todo es demasiado escarpado, demasiado inhóspito o demasiado inadecuado. Empiezo a mirar de soslayo los jardines públicos y los embarcaderos del río pero están demasiado cerca de la carretera.

Decido llegar hasta Peso da Régua, donde finaliza la «mejor carretera del mundo» y buscar allí un lugar de acampada. Mientras, intento disfrutar de la carretera de AVIS, poniendo todos mis pensamientos positivos en primera línea y procurando ser un entendido en diseño de rutas. Nada. No funciona. Esta carretera es una carretera normalita que discurre por un hermoso paisaje, pero nada más. No es, ni de lejos, la mejor carretera del mundo para conducir, al menos desde los criterios subjetivos que yo manejo. Me esfuerzo por desear que sea la mejor, me conmino a buscar encantos que no veo pero no consigo vislumbrar qué es lo que hace a esta carretera superior a las demás. El paisaje es bonito pero no más que la carreterucha de bajada. La banda de rodadura es aceptable pero muy lejos de ser un asfalto prístino y adherente, de esos que  refulgen y en los que parece que la moto se pega al suelo como una lapa.

Desilusionado, llego a Peso da Régua e intento montar la tienda en un espacio para autocaravanas. Enseguida el vigilante me dice que no está permitido.

Avanzo en dirección Sur, si rumbo fijo, sin ayuda de GPS y sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. Carreteras solitarias, pueblos vacíos a media ladera y sensación de desamparo. Tengo que encontrar un sitio para montar el campamento o me veré obligado a buscar una pensión. Y no abundan.

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Siguiendo mi instinto tomo una carretera de cuarto orden y llego a la cabecera de un pequeño valle. Aquí hay huertas, descampados, cultivos en terrazas… Al segundo intento instalo mi campamento entre los saúcos, preguntándome para qué demonios cultivan este arbusto. Recojo leña y, en pocos minutos tengo mi hogar transitorio preparado.

Un hombre se acerca cargando aperos de la huerta. camina con la cabeza baja, mirando el suelo, encerrado en su mundo y esquivando mi presencia. Lo saludo con amabilidad y le pregunto si puedo montar la tienda allí. La pregunta es una perogrullada porque ya está montada y no tengo intención de irme pero, aún así pregunto. Me dice que el dueño no está en el pueblo, que vive fuera y que apenas atiende las fincas. Hay un tono de amargo reproche en su respuesta. Me puedo quedar allí todo el tiempo que quiera. Cuatro, cinco días, lo que necesite.

Creo que me voy a zampar la botella de vino.

Hoguera

En moto y en barco

Hay rutas que, recorridas una y otra vez, se me revelan como idílicas, quizá no tanto por la carretera en si como por todo lo que su paisaje evoca. La ruta que hoy recomiendo es una de esas que he recorrido decenas de veces y que me sigue resultado encantadora.

A Lanzada

Viajaremos desde cualquier punto del Occidente de Asturias (Los Oscos, Grandas, Pesoz, Allande…) hasta O Grove, en Pontevedra. Es un trayecto variado en el que los cambios de paisaje y orografía, a pesar de ser a veces muy sutiles, no pasan desapercibidos. Para empezar tenemos paso obligado por la carretera LU-530, una auténtica ensalada de curvas en los poco más de 50 km. que nos separan de la A-6. Si lanzamos la vista hacia el Sur, al fondo podemos ver toda la Serra dos Ancares, enmarcando el horizonte y acotando nuestro microcosmos. Podemos optar por desayunar una tapa de “pulpo a feira” en A Fonsagrada o dejarlo para más adelante y picar algo en la zona de vinos de Lugo. Muralla romana, catedral o las tabernas de la calle Rúa Nova en la ciudad más barata de España, deberían ser motivo suficiente para realizar una parada.
A partir de Lugo ya dejamos atrás la montaña y entramos de lleno en el mosaico de la Galicia Central, una sucesión de bosquetes de castaño, roble y pino salpicados de terrenos de labor y prados. Tomamos la N-547 hasta Guntín y aquí nos desviamos hacia la N-630, una carretera amplia y solitaria que invita a ser recorrida con parsimonia, aspirando las fragancias del heno curándose al sol y de los castaños en flor.
Las poblaciones más pequeñas, de apenas cinco o diez casas, parecen estar suspendidas en un espacio atemporal, con sus viviendas monolíticas de granito oscuro, casi siempre rodeadas de robles y con nula actividad humana a la vista. Por el contrario, las poblaciones más grandes se abren a la carretera general mostrando el más puro feismo gallego: construcciones sosas, casi todas ellas, que llevan el marchamo del desarrollo de los años ochenta. Aún así, merece la pena obviar el mal gusto de las cabeceras de comarca y quedarse con la pureza estética de lo recoleto, con la belleza sutil de los cientos de rincones que salpican esta ruta.

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Después de habernos dejado impresionar en la Comarca del Ulloa, con sus pazos y su tranquilo encanto, llegamos a Caldas de Reis. Aquí comienza O Vale do Salnés, tierra de Albariño, de eucaliptos y otrora, del narcotráfico y el contrabando de tabaco. Peregrinos del Camino de Santiago Portugués se confunden con turistas y compradores en los lunes de mercado. Nuestra ruta se cruza con la N-550, la vía como mayor tráfico de todo España y es a partir de este punto donde comenzaremos a encontrar más afluencia de vehículos en estos días de verano.
Sin dejar la N-630 llegamos a la Ría de Arousa. A los habitantes de Vilagarcía de Arousa en algún tiempo se les llamó “ingleses”, de hecho tienen su cementerio inglés. Esto era debido a las numerosas paradas de la Royal Navy en su puerto lo que hizo necesario construir un cementerio para que los marineros que morían allí no fuesen enterrados en un camposanto católico. Esto de la muerte siempre preocupa más a los vivos que a los finados, es natural.
Ahora, en dirección Sur, nos las arreglamos para ir sorteando el tráfico intenso de camiones, turistas y vehículos de reparto. A nuestra derecha, hacia el Oeste, las bateas de la ría nos recuerdan que estamos en punto neurálgico de la cría de mejillón a nivel mundial, con toda una actividad fabril y cultural que pivota en torno a este molusco.
En O Grove escogimos para pernoctar un alojamiento un tanto atípico: un barco. El Hidria Segundo es el único barco que vapor que queda en España y está rehabilitado como barco museo y “hostel” si es que la palabra se ajusta a este peculiar establecimiento.

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Cruzar la pasarela que conduce al barco es como traspasar el umbral a tiempos pretéritos, no en vano estamos en un barco de vapor. Allí Sesé nos recibió a Elena y a mi con la energía inusitada que siempre parece acompañarla. Nos acomodamos en las literas y recorrimos las cubiertas de madera admirando el enorme trabajo de restauración llevado a cabo.

Las visitas que se pueden realizar desde aquí y los atractivos que ofrece la zona son de sobra conocidos. Visitar Illa de A Toxa, comer un plato de mejillones con albariño o reunir el valor suficiente para zambullirse en la Praia da Lanzada, son actividades que uno debería probar en la primera visita. Para la siguiente, ya expertos geógrafos de esta peculiar península, nos lanzaremos a la conquista del resto de rías Baixas pero dejando algo en el tintero para regresar por tercera vez.

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Primavera en moto

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Lo admito, ya casi había perdido la esperanza de que llegara. Creo que, incluso, llegué a sentir cierta desesperación por su falta de puntualidad. La necesitaba tanto. Quizá no fuera sólo su presencia, el modo en que me hace ver las cosas, la energía que me inunda cuando llega… O sí, no lo sé. El caso es que ahora, circulando por la AS-14 veo que ha llegado con todo su esplendor. Comenzó con unas inflorescencias tímidas que se asomaban con cautela. Luego siguió la floración del brezo y ahora la primavera ha llegado con toda su fuerza, estrenando verdes e inundándolo todo de energía y de ánimo renovado.

Llueve.

Tiene que llover, es la primavera. Y es abril. Y yo voy fluyendo sobre la moto, acomodando cada pensamiento, cada recuerdo en su estantería correspondiente. Siento como se me quita el polvo, siento como me limpio por dentro fluyendo entre la lluvia. A veces pienso en la soledad de mi casco que, conforme voy avanzando, los pensamientos viejos salen por la parte de atrás de mi cabeza y entran los nuevos con cada kilómetro. El aire frío arrastra casi todas las angustias que, pegajosas, se aferran al interior de la cabeza. Salen por la parte posterior y sólo queda un leve poso en suspensión que me sirve para conformar una nueva visión. Es el cosmos mínimo, el microuniverso del interior del casco.

Y pienso.

Y pienso en el acto de pensar. El el proceso mismo del pensamiento mientras me pregunto, “¿en qué piensas?” y me respondo que en el acto mismo de pensar y todo se convierte en un bucle pernicioso, en un mantra enfermizo en el que me recreo porque sé que puedo eliminarlo de un plumazo porque estoy sobre la moto. Y sobre la moto soy omnipotente y tan yo mismo que la distancia entre todos mis “yos” se acorta de tal manera que todos confluyen en un mismo ser.

Y ahí estamos todos, la turbamulta en silencio, tan uno solo con la primavera, con la carretera, con la moto… Pensando en pensar.

¿Cuantas veces habré recorrido esta carretera de vuelta a casa? ¿Cuantas veces habré quedado extasiado con el verdor tierno de los abedules, con la hierba fresca y húmeda, con la niebla que, perezosa, se desgaja a media ladera entre brezos en flor y retamas blancas?

Todas las necesarias.

Y ahora, al parar aquí y escuchar este silencio tan quedo sólo puedo cerrar los ojos y asentir en sincera reverencia, aspirar el aroma de esta primavera que no iba a llegar nunca y que ahora explota con violenta belleza.

El eco de una chova resuena el el valle, está volando hacia un cortado de rocas. Sentado sobre la moto escucho otra vez los sonidos de la nada, la lluvia golpeando en el casco, la niebla que susurra. Engranaré la primera y seguiré negociando las curvas de la primavera, siguiendo una ruta hacia ninguna parte en pos de nada que no sean efímeras emociones. Enormes, por lo mínimas.

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Algunas concentraciones invernales emblemáticas

Concentracion PingüinosDespués de haberse anulado la concentración Pingüinos 2015 muchos aficionados nos quedamos  cariacontecidos y con un sentimiento de falta. Probablemente Pingüinos no sea la mejor, ni la más auténtica, ni la más emblemática pero es, sin lugar a dudas, toda una institución dentro de las concentraciones de motos invernales. Sin embargo no se termina aquí el mundo ni vamos a hacer un drama porque el año que viene volverá con más fuerza y porque, además de Pingüinos, hay otras concentraciones muy interesantes.

Antes de salir a rodar en pleno invierno es necesario tener la moto en condiciones óptimas para poder encarar la carretera con seguridad. En época invernal, más que en cualquier otra, hay que tener un buen seguro de moto, con una buena asistencia, tipo La Mutua, por ejemplo, y que nos saque de cualquier percance con premura. Con la máquina, lo mismo. Neumáticos con dibujo en buen estado, niveles de aceite y refrigerante en su sitio y batería sin mácula, son algunas de las cosas que has de tener en cuenta antes de salir a la ruta. Recuerda que no es lo mismo viajar en pleno verano, con temperaturas agradables, que hacerlo en invierno, con carreteras heladas, con posibilidad de nieve (véase Motauros este año) y con menos horas de luz.

Puede que no sea mala idea hacerse con unas manoplas que, si bien no aportarán nada bueno estéticamente a nuestra moto, sí que notaremos una diferencia muy grande a la hora de rodar con frío. Por supuesto, puños calefactables, ropa térmica y otros adminículos enchufables de los que ya hemos hablado alguna vez en esta página, son más que recomendables.

Una vez que tenemos nuestra moto en orden y nuestro cuerpo debidamente equipado podemos plantearnos acudir a cualquier concentración invernal o ruta aventurera con plenas garantías de éxito.

Para los que no le tenéis miedo a los rigores invernales, aquí os proponemos algunas de las concentraciones invernales con más solera en España.

Enero:

 Concentración Motorista invernal Pingüinos, (Valladolid)

Este año, como decía al principio, nos hemos quedado sin Pingüinos pero seguro que en 2016 volverán con más fuerza que nunca y con un emplazamiento que no suponga ningún problema. Es la mayor concentración de España y la única superviviente de las tres grandes concentraciones que había en este país junto con Santiago de Compostela y Marbella.

Concentración motorista internacional de invierno Motauros, Tordesillas, (Valladolid)

Motauros, con inscripciones que rondan las 10.000 personas, es otra de las grandes concentraciones. Al igual que Pingüinos, su estratégica situación en el centro de la Pénínsula hace que sea uno de los destinos invernales más apetecibles. Buenos conciertos y mucho para ver el fin de semana de la concentración en la población de Tordesillas.

Concentración invernal motociclista Bullas (Murcia)

Ya son 30 los años que se viene realizando esta concentración de motos en la población de Bullas. Murcia es un destino ideal en invierno puesto que es fácil que las temperaturas sean mucho más soportables que en cualquier otro lugar de España.

 Reunión libre Estrella de Javalambre, Manzanera, (Teruel)

El Motoclub Zona Estival de Salóu se esfuerza por ofrecer una reunión invernal auténtica donde lo que prima, por encima de todo, es el compañerismo y el espíritu libre de la reunión. El desafío de esta concentración consiste en subir cada año hasta la cota de nieve para recoger la Estrella, emulando a la Stella Alpina. Quizá sea una de las reuniones más auténticas que quedan en España.

Febrero:

Jabalistreffen, Anzánigo, (Huesca)

En el Camping de Anánigo llevan ya 25 años organizando esta mítica reunión que juega, a nadie se le escapa, con el nombre de Elefantentreffen. Es una de esas concentraciones que cuenta con abonados fijos, tanto es así que es necesario reservar con bastante antelación si no quieres quedarte sin sitio en este enclave del Pirineo.

Concentración Invernal Villa de Rota, Rota, (Cádiz)

El Motoclub de Rota ya nos avisa en su página que en la concentración están prohibidos los caballitos y los cortes de encendido. Seguramente este no sea el motivo principal para visitar Rota pero es toda una declaración de intenciones por parte de la organización que puede ayudar a que nos decidamos por rodar en dirección Sur.

Reunión invernal motociclista Riberas del Voltoya, Juarros de Voltoya (Segovia)

Persiguen, en palabras del Motoclub El Foro, recuperar el espíritu que imperaba en las concentraciones de los años 70 y 80. Y eso sólo se puede conseguir en una concentración invernal que no esté masificada: la inscripción está limitada a 200 personas.

Marzo:

Concentración motociclísta Fallas Benicarló, Peñíscola, (Castellón)

En Peñíscola tienes la opción de alojarte en un hotel con otros 200 moteros o pernoctar al modo tradicional invernal: en tienda de campaña. En el Gran Hotel Peñíscola dispones de todas las comodidades para disfrutar de la concentración a «otro nivel».

Concentración Mototurística Ruta N-634, Mondoñedo, (Lugo)

Los gallegos también llevan unos cuantos años (26) organizando «la invernal de Galicia». Es fácil que en Mondoñedo te toque rodar en agua algún kilómetro aunque las temperaturas suelen ser bastante benignas. Desde la capital de A Mariña Central puedes conocer carreteras recónditas que no te van a defraudar y, si hay suerte, tropezarte con alguna «meiga».

Diciembre:

Reunión Invernal de Arguis

Esta es la reunión más antigua de España y está organizada por el Motoclub Monrepós. Reunión donde todo se comparte, con un ambiente muy especial, exponente de un espíritu y modo de entender el motociclismo que no ha variado en sus más de 40 años de existencia. El formato de la reunión le ha conferido un gran prestigio que ha traspasado fronteras.