Turquía

El hastío del pescador. TSM 13

Estoy en una de las cubiertas del barco que me lleva desde Patra, en Grecia, a Bari, en Italia. Sobre la mesa una copa de vino que me ha costado 3,80€ y en la cabeza los recuerdos del viaje que que brotan a borbotones en imparable tropel. Se agolpan y desean salir todos a la vez. He de domarlos para que no me atropellen.

Surge ahora con fuerza el día de pesca antes de llegar a la Capadocia.

pesca en Capadocia

Aquellos días aún estaba José Luis con nosotros y nos estaba haciendo la cena mientras Alex y yo intentábamos extraer cualquier cosa del río que no fuesen algas. Dos chavales del pueblo nos indicaron, en los meandros, el mejor lugar para sacar buenos peces. Cuando ya la frustración del pescador inútil llamaba a mi puerta saqué un lucio. O un lucioperca, que no estoy yo muy puesto en peces turcos. Vi la desilusión en los ojos de Alex. Era él quien tenía que haber sacado el primer pez pues suya era la idea de llevar la caña y justo era que se llevara el trofeo. Pero ya se sabe que en esto de la pesca la suerte sonríe al novato y, aunque yo no soy precisamente novato con la caña, creo que hace más de veinte años que no me dedico a ello.

Después de el éxito en la captura creí que era esa hora tonta en que los peces se vuelven locos y muerden el anzuelo impulsados por fuerzas no desentrañadas. Recorrí un tramo de río de forma compulsiva, lanzando varadas de forma constante y sin apenas levantar la vista del agua. Lo único que conseguí fue sacar algas y algún palo enganchado en la cucharilla

Me hizo mucha ilusión el pez pero hubiera preferido que lo sacara Alex.

campamento

Días más tarde, creyéndome aún el Rey de la Aguas Calmas, llegamos al Mediterráneo. En mi interior albergaba la secreta esperanza de sacar otro pez del agua. Ya veía doradas a la sal, sargos a la sidra, virreyes, salmonetes y un sinfín de pecinos y pezones tostándose al calor de nuestra hoguera.

La puntera de mi caña se había roto el día anterior debido a un exceso de amabilidad del empleado de una gasolinera. El hombre, creyendo que la caña se me iba a caer de la moto, le puso un alambre para sujetarla pero, con tal fuerza, que la fibra de vidrio acabó por partirse. Total, que tenía ganas de tocar pero carecía de instrumento.

Cerca de Emderli me compré una caña flamante, cubierta de polvo y por el risible precio de 10€ y con ella me dispuse, en la noche turca, a extraer los exquisitos frutos del mar. Até anzuelo, monté plomos, decenas por lo escaso de su peso, coloqué el aparejo y cebé con un trozo de salchicha para que las doradas creyesen que Neptuno les hacía un regalo. Decidí hacer una lanzada de competición, tan larga que llegase frente a la costa de Chipre.

Voleé la caña hacia atrás y lancé con todas mis fuerzas.

El aparejo cayó a escasos tres metros de mis pies, entre las piedras de la orilla. Los chipriotas no tenían nada que temer, la caña se había roto por la mitad.

De repente me sentí tan ridículo con la caña rota entre mis manos, mirando como un trozo de salchicha se mecía en la espuma de la orilla que decidí abandonar la actividad. Me invadió un cansancio telúrico. Respiré hondo y cerré los ojos.

Alex, ajeno a todos mis desvelos durante la media hora larga que me llevó preparar la caña, insistía en reparar o en pescar sin la puntera, pero para entonces yo ya me sentía tan poco animado y desvalido que ya no me quedaban fuerzas para intentarlo de nuevo.

tienda campaña

Y en la página de Álex tienes su visión del asunto.

 

Obsesión mecánica. TSM 12

En cada uno de mis viajes en moto hay paranoia. En Escocia temía que el aceite volviera a salir por la sirga del velocímetro. En Génova tuve que cambiar el neumático después de sólo 1400 kilómetros de viaje. En Cabo Norte la cadena y el neumático me obsesionaron, no sin razón, durante gran parte de la ruta. En este de Turquía la rueda trasera.

No es algo que yo busque como un atractivo más del viaje, que va. Para eso ya tuve, hace años, un compañero de viaje que deseaba la aventura en forma de problemas mecánicos. Esto mío es algo que surge solo, sin la concurrencia de mi “yo” consciente.

Cada uno de los problemas tiene una explicación sencilla, tan sencilla que ni siquiera me voy a molestar en ponerla por escrito porque es probable que suene a disculpa.

Yo no sé lo que dura una rueda trasera, supongo que dependerá de los kilómetros que le hagas 🙂 No tengo ni idea. En algún momento lo supe, estoy casi seguro, pero ahora no. Cuando veo que está gastada pido una nueva, la cambio y sigo haciendo kilómetros.

Y con este razonamiento salgo de viaje. Miro la rueda, me parece que puede durar cinco o diez mil kilómetros más y me despreocupo. Pero claro, las preocupaciones vienen luego, cuando descubres que quizá no aguante tanto y que cambiar el neumático en Estambul, además de no ser tan sencillo como creías, es mucho más caro. Además tienes que adaptarte a lo que hay, nada de andar exigiendo marcas.

El caso es que una parte de viaje anduve pendiente del desgaste del neumático, con la obsesión constante de que no llegaría al final. ¿Por qué no coloqué una rueda nueva antes de salir? Ya la coloqué: la delantera. La trasera parecía tener el dibujo suficiente como para llegar al culo del mundo. De hecho, aún le queda dibujo para llegar a casa con solvencia. No obstante eso no es óbice para que estuviese mirándola todas las mañanas antes de iniciar la ruta del día. Al menos en esta ocasión me despreocupé de la cadena, que me la mandó Speed Motor de Barcelona unas semanas antes de salir.

A pesar de llevar muchos kilómetros en los últimos años no tengo mucha idea de motos y motores por eso siempre estoy dándole vueltas a lo mismo, que pueda fallar algo. No es que sea el fin del mundo si se produce un colapso en la moto, hoy en día no estás aislado en ninguna parte del mundo, por mucho que algunos moto-aventureros se empeñen en hacernos creer lo contrario. A cualquier sitio llegan las piezas y en cualquier lugar pueden hacerte una reparación de urgencia. Además llevo contratado un seguro de viaje con KmCero que me sacará de cualquier apuro, como ya me han demostrado antes. Pero no me gustaría pasar mis vacaciones varado en cualquier lugar de Turquía esperando la reparación de la moto; mi tiempo de asueto es limitado.

Suzuki vStrom 650 DL

Mi vStrom ya tiene 130.000 kilómetros y ya no me fío tanto de ella como antes. Aún sigue con todo lo que trae de la fábrica, el mismo embrague, el mismo cambio… todo. Lo único que le he cambiado es el amortiguador trasero, más por sentido común que por notar alguna merma y los rodamientos, que se los cambié porque me parecía que ya tocaba. También la leva del embrague, que se cansó de hacer lo mismo tantas veces y dijo basta.

Yo mismo le hago los mantenimientos, los cambios de aceite, de filtros, el cambio de neumáticos… Incluso he construido, junto con el chapista, una máquina de equilibrado. Y creo que todo en la moto está correcto pero como no tengo grandes conocimientos sobre el tema siempre ando sospechando.

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A veces, hablando con “gente de las motos”, me dejan maravillado de todo lo que saben y de la cantidad de conceptos que manejan. Que si lo desmodrónico, que si el SACS, que si paralever, telelever o paralelogramos… Yo que sé. A mi, para ser sincero, me extraña que sepan tanto como dejan ver.

Volviendo al tema que abría esta entrada del blog he de decir que no me agrada estar varios días pendiente de la mecánica o la parte ciclo de la moto. Al final llega a convertirse en una obsesión. Esa incertidumbre de si va a aguantar o no, de si va a fallar algo, además de ser insana creo que refleja algún tipo de complejo o alguna inseguridad, aunque… Eso ya lo sabía. O no? no estoy seguro.

Frontera turquía

 

Los hipsters por el mundo. TSM 12

Si alguna duda tenía de que los hipsters están llamados a dominar esta década, se disipa cada vez que salgo de casa a recorrer el mundo más inmediato. Me encuentro con ellos en todas partes y cada vez son más. Sus signos identitarios, día a día, más evidentes.

Las mismas barbas, los mismos peinados ultramodernos, la misma ropa, las mismas poses y el mismo postureo. Da igual que esté en Oviedo, en Atenas o en el hotel Hilton de Kudasi, los hipsters lo han tomado como hogar y su homogénea presencia se deja sentir en cada rincón.

Estas modas urbanitas (todas las modas son de ciudad) nacen para diferenciarse del resto, para crear una imagen de calidad, para proyectar hacia los demás una orla de exclusividad. En realidad creo que lo que se persigue con esto de las modas tan visuales es sólo follar pero, sea como fuere, lo que al final consiguen es todo lo contrario de lo que persiguen, que la marca sea tan homogénea que hay que cambiar de tendencia e inventar otra cosa porque ya no hay originalidad. Al menos a alguno le habrá servido para lo que comentaba antes. Es un consuelo.

La mentira de ese cielo tan azul. TSM 11

En la bodega del barco a Atenas.

En la bodega del barco a Atenas.

Hoy ha sido un día de mucho calor. A las seis de la mañana, en Atenas, ya se vivía en el bochorno. Caen los primeros gotarrones mientras nos movemos por una avenida atestada de coches y camiones. Dejar el barco es como un alumbramiento: sales de la confortabilidad del útero de las bodegas y te paren directamente a la crudeza del mundo. Aquí ya no hay defensas que te protejan ni estás aislado de la realidad. Ahora me doy de bruces con una ciudad caliente, con un ambiente que oprime y molesta.

Después de un café y algunas gestiones en internet nos despedimos. Un abrazo sincero, lleno de tristeza por la despedida pero a la vez, cargado de embrieguez por todo lo vivido estos días. En nuestro anterior viaje, el de Cabo Norte, éramos prudentes en extremo el uno con el otro, procurando por todos los medios que todo saliera bien y que no hubiera problemas. En este viaje nos conocemos mejor. Alex sabe de mi vocación parásita y yo de su manía organizativa. Él conoce mi indolencia y yo su capacidad de liderazgo y su carácter manipulador. Podemos anticiparnos a las reacciones del otro y adaptarnos, por eso este viaje ha sido por encima de otras consideraciones, entendimiento. Comprendo que José Luis haya abandonado el proyecto porque seguramente se sintiera desplazado. Lo entiendo y lo disculpo. No sólo fue la discusión en Capadocia; tres éramos multitud.

Compungido por la despedida y por sentir cerca el final del viaje, abandono la ciudad sin mirar atrás. Atenas es una ciudad fea y sucia que muestra sin pudor la decadencia de las ciudades sucias y feas. Salgo por autopistas radiales lleno de tensión, atento a todo lo que se mueve en mi derredor como si todos fuesen enemigos. Me siento vulnerable ente camiones y autobuses con conductores que desprecian el espacio de los demás.

Me dirijo al Canal de Corinto, un lugar que considero especial. Todos tenemos lugares especiales, emblemas que deseamos visitar porque, tal vez, vimos algún día una foto en una revista. Recuerdo perfectamente uno de mis primeros lugares emblemáticos, era una foto enorme del Mont San Michel en un bar de Oviedo. Debía de ser una de las primeras máquinas expendedoras de tabaco  decoradas con una foto. Lo recuerdo con nitidez. Me quedé mirando un rato el istmo de arena que, por aquel entonces, unía la ciudadela con tierra firme. Imaginé batallas, señores del castillo y cientos de aventuras en aquel lugar desconocido. Hasta años después, muchos, no supe ni el nombre ni la ubicación de aquel lugar pero con ocho o nueve años, me prometí a mi mismo que algún día visitaría ese lugar. Y esas promesas infantiles que uno se hace son muy difíciles de esquivar. Da igual que el sitio sea más o menos atractivo: si de pequeño te has comprometido contigo mismo no te quedará más remedio que hacerlo, de lo contrario tendrás el prurito de la frustración instalado en ti para siempre.

Y el Canal de Corinto era una de esa promesas juveniles a las que te sientes atado. Te imaginaste tantas veces allí que es como si lo conocieras desde siempre. Parece tan espectacular en las fotos, sientes tanta necesidad de estar allí… Y por fin estás y el sueño se hace realidad. Y pasa que las cosas casi nunca son como uno se las imagina. Las fantasías, cuando se hacen realidad,  se cubren tanto de ella que quedan desprovistas de parte de su magia, como cuando te explican el truco de cartas o como cuando te dicen que los Reyes son los padres. Quieres seguir manteniendo la misma ilusión pero ahora ya es imposible. Ahora ya has estado allí y la magia se desvanece porque era algo que solo estaba en tu cabeza.

El Canal de Corinto es solo un enorme agujero lleno de turistas como tú, una vez que lo conoces.

canal

“Por ese cielo tan azul que todos vemos, que ni es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza” Creo que nunca nadie describió de forma tan sublime la pérdida de la ilusión. La cruda realidad se da de bruces con la magia y, cuando el humo se disipa y la verdad se abre paso, todo se transmuta.

 

El canal de Korinthos. TSM 10

20140612-133927-49167952.jpgEl Canal de Corinto es una obra que se empezó a gestar en el siglo VII antes de Cristo y que se terminó en el siglo XIX, hacia el año 1893. Yo no llevaba tanto tiempo planeando la visita pero hacía muchos años que deseaba conocerlo. Me parece una obra sensacional, no sólo por lo que tiene de grandiosa sino por el desafío que supone el unir dos mares de forma artificial. El hombre es así, siempre un paso más allá, siempre un nuevo reto, siempre en continuo avance.

Algunas tormentas comenzaron a soltar agua, de forma tímida, nada más salir de Atenas supongo que para darle un poco más de emoción al tráfico infernal de esta ciudad. Será tráfico del averno, no digo que no, pero se autorregula. Hay algo de poético en el caos. Aún diría más, el caos es la perfección absoluta porque todo tiende al desorden. Cómo explicar, de otro modo, que ciudades de cien o doscientos miles de personas puedan organizar la circulación con sus propias normas? En Turquía, ni un solo policía dirigiendo el caos, ni una línea continua sin pisar, ni un solo turco a velocidad prudente. Y sin embargo, funciona. Todo fluye con la pasmosa naturalidad de lo que tiene que ser.

Aquí, en Grecia, fluye de forma similar. Cualquier centímetro cuadrado con asfalto es susceptible de servir para circular así que los arcenes pasan a ser otro carril más. Lo encuentro poco seguro pero muy práctico, la verdad.

El acceso al Canal desde la autopista es muy sencillo, apenas doscientos metros. Me bajo de la moto con parsimonia y procuro retener cada instante. Llevo años queriendo venir aquí así que ahora no es plan de andarse con prisas. Me quedo embobado con un crío que pide dinero a cada persona que pasa, no tendrá más de ocho años. Cuando intento situarme en el medio del puente para tener unas buenas vistas veo que se me han colado tres autocares de turistas.. Ocupan la totalidad del escaso pasillo del puente, entre la carretera y la barandilla. Aún así me meto unos metros hasta que, viendo como se abren paso a codazos y empujones, decido retirarme. Un hombre de considerable barriga empuja a una anciana que intenta hacerle una foto a su nieto. Un poco más allá, una japonesa, parapetada detrás de su cámara, toma fotos con gestos automáticos. Al fondo se oyen los gritos de una excursión de algún colegio.

Por uno de los huecos que quedan entre dos personas, consigo meter la cámara y tomar un par de fotos. A continuación salgo del puente, entre avergonzado y enfadado, decidido a esperar a que todo se despeje.

Yo, que había esperado este momento y me lo imaginaba como algo especial, me veo obligado a posponer mis emociones y aguardar a que esta horda vuelva a subirse al autobús. Ya he dicho en varias ocasiones que no tengo nada en contra del turismo organizado pero esto supera la paciencia de cualquiera. Una masa borreguil que se empuja, que grita, que se abre paso a patadas dentro de su grupo no me merece el más mínimo respeto.

El día no está muy allá para fotos y, a poco que busque en la Red, las encontraré mejores así que hago algunos disparos y me largo sin haberme imbuido del espíritu de la obra y sin que esta me transmita nada de su grandiosidad.

Vuelve a llover, esta vez con fuerza. Regreso a la autopista y enfilo la rueda delantera en dirección a Patra para tomar el ferry a Bari, en Italia.

 

 

Llegó la calma. TSM 9

Esta es la continuación de la crónica conjunta que se no pudimos terminar en Turquía.

Inicia Roberto Naveiras;

Ayer, cuando estábamos escribiendo mano a mano nuestra crónica Especial de Turquía, los acontecimientos se precipitaron de forma vertiginosa, y sin saber muy bien cómo, nos vimos envueltos en una serie de concatenados deberes.

De cómo pasamos de estar centrados en el trabajo de blogueros y tomar “visqui”, que dicen los turcos, en el Hotel Hilton os daremos hoy buena cuenta. I think…

Sigue Alex Mora;

Ese mano a mano en realidad tenía la presión de dos jovenzuelos de cincuenta y cinco largos que no paraban de decir “camon, camon, camon”. Nuestra inquietud, mayúscula, residía en saber dónde nos querían llevar, no estábamos nosotros ni para huertos ni para flores, además, ya habíamos decidido quedarnos en el camping en lugar de salir a marearnos.

Pero claro está, la curiosidad mata al gato, y si yo tengo poca palabra, Roberto menos, o mejor dicho, no nos atamos a nada, ni siquiera a nuestras más profundas convicciones.

Le toca a Roberto;

Y así, con la incertidumbre de una noche turca, seguimos a nuestro anfitrión (Alex os dirá su nombre) por el Ataturk Boulevard hasta meternos en el mismísimo Hotel Hilton. A mí se me escapaba una risa floja, infantil, mirándolo todo con ojos incrédulos y procurando captar cada detalle. Después de sortear con suficiencia al guardia de seguridad y a la recepcionista, atravesamos varios pasillos, una sala de exposiciones y el comedor, donde tuve que reprimir mis deseos de robar una cuchara.

Salimos a una especie de complejo lúdico similar a un pueblo privado y entramos en un pub de lo más “in”. El grupo de jazz electrónico estaba a punto de comenzar el concierto y nosotros a punto de abrir la caja de los truenos.

En el Hayal Kahvesi de Kusadasi

En el Hayal Kahvesi de Kusadasi

Turno para Alex;

Impronunciable, pero creo recodar algo escrito como Snjan. Allí estaban el propietario del camping, su amigo y la mujer. Sentados en taburetes delante de la última barra de ese lujoso pub, con sus “visquis” en la mano y un pica-pica a base de pepino, manzana, olivas y lo que quedaba de nuestro queso de oveja, queso que le habíamos regalado anteriormente con un unísono “Beeeeeee”. – ¿Un visqui?. Me preguntó. – Te vas a arrepentir. Respondí.

Pasaban las medias escuchando a un Turco hablando inglés, algo bucólico por culpa del alcohol, por lo que tuve que recurrir a mi amplia sonrisa y a un “I know” repetitivo hasta la saciedad. Roberto, consciente de la situación, bailaba a lo loco, a lo loco, a lo loco se vive mejor… Y acabamos la noche hablando un inglés perfecto, los milagros del “visqui”.

Roberto wrote:

Cruzamos el Helesponto como hoplitas, nos enriquecimos durante el viaje y, al final, sucumbimos a los cantos de sirena. Para eso siempre estamos preparados. ¿Pero, qué ocurrió antes de eso? Podría contar de carreteras increíbles, de” muthesem yol”, como reza el eslogan de nuestro viaje, de calores infernales y de gente amable. Pero no es eso lo que quiero contar ahora, en este texto conjunto a modo de resumen. La sinopsis de un viaje ha de comenzar por los que lo forman, por los compañeros de singladura. Las cosas que pasaron, las situaciones vividas en la segunda parte de viaje no podrían haber sido las mismas viajando tres. Entre dos todo fluye de forma más natural y, estos últimos días han sido de puro fluir. Viajar con Alex ha sido una experiencia divertida, placentera y, sobre todo, compartida.

Playa volcánica en Turquía

Playa volcánica en Turquía

Alex pone en situación;

Ahora, sentados en sillas baratas de plástico negro, en la cubierta ocho de un ferry donde los marineros visten chalecos del betis y empujan carros oficiosos uno piensa en todo lo vivido estos últimos días. Mis pies, descalzos, reposan en la repisa, base de un cristal que a modo de televisión me muestra la espuma que rota por el barco. El fondo, negro como el hollín, me muestra las tímidas luces de Khios desvaneciéndose poco a poco en la oscuridad. En la mesa, tabaco, tarjetas, llaveros, discos duros y vino tinto, dos botellas. Sí, es que jode mucho beberse una entera y no tener para el culin.

Hace escasos minutos, mientras escribía Roberto, recordaba las caras de una quincena de niños cuando paré frente a ellos. Roberto se había desviado de la carretera y había entrado en un pueblo de la Anatolia profunda en busca de la cueva perdida, José Luís le fue detrás. Corrieron hacia mí, treparon un muro y se plantaron a mi vera antes de que pudiera sacarme el casco. Las manos al pan, como al acelerador, brummm, brummmm, brummmmmmmmm. ¡No te pases enano! ¡Arrea¡ De los quince críos, como en cualquier pandilla o grupo social, más o menos adulto menos que más infantil, había dos avispados. Dos hombrecitos bajitos, como rezaba Serrat, eso me lleva a pensar en los mios.

A esos había que controlarlos de cerca, menudo peligro, se metían por encima y por debajo de uno…

Al rato de estar con ellos, aparecieron Roberto y José Luis de su particular búsquedas del santo grial, lo que pasó después, fue uno de los momentos más mágicos de este viaje a mi modo ver.

en el Ferry

Your turn Roberto.

Of course, my friend, allí donde hay una gaita siempre habrá, por lo menos, barullo. Y eso es lo que montamos en aquel pueblo en unos minutos. Barullo, alegría, fiesta. Una gaita desafinada, cuatro payasadas y ganas de reír. Tocar para aquellos mocosos que no habían visto una gaita en su vida, para los vecinos del pueblo que, poco a poco se fueron acercando, para los coches que paraban a grabarnos… fue, como dices, uno de los momentos mágicos del viaje.

Y sigo yo porque Roberto se ha perdido… Alex;

Mientras Roberto hacia de las suyas me apresuraba a tirar fotos y grabar videos, era mi primera vez en todo eso. Cuatro lecturas de fotografía me valieron para centrarme en las caras, en los rostros, en el momento, y veremos que sale de todo ello. Seguramente, en este viaje, veréis pocas fotos de nosotros posando ya que lo que realmente interesa precisamente no somos nosotros, sino lo que vemos o sentimos.

De la nada apareció un hombre mayor con rostro serio, en un primer momento pensaba que recriminaba a los chavales semejante jolgorio y alboroto, pero no, vino directo a darnos la mano. Yo fui el último en el encuentro, me la cogió fuerte, muy fuerte y cuando quise soltarme era presa de su intención. Ese hombre empezó a hablar en Turco, supongo. Mantenía los ojos cerrados mientras yo lo miraba entre asombrado y asustado, que decía aquel viejo. Me pregunto en Turco y por señas de dónde veníamos y a dónde íbamos, respondí como pude para finalizar entendiendo que nos estaba bendiciendo y pidiendo la protección de Alá para que nuestro viaje fuera placentero.

No es que sea yo devoto de religiones, pero sentí muy interiormente los cinco minutos de vida que aquel hombre perdió con nosotros para darnos su bendición sin recibir nada a cambio. Qué fácil es hablar del mundo de forma abstracta, general, sin concretar o determinar que hacemos en él o qué queremos del mismo.

A veces vivimos en nuestro pedacito de tierra sin dejar que nadie entre o salga de él, si pensar que hay miles, millones de pedacitos de tierra por ahí deseosos de conocer.

Roberto te lo paso.;

Voy, que me pierdo.

Y muy mágicos, también, los momentos “intercomunicador”. Ese descubrir que viajar en moto, un vehículo tan individualista, puede ser compartido con inmediatez. Cierto es que pierdes una parte de la esencia de los kilómetros en la soledad del interior del casco pero ese sacrificio supone el intercambio de emociones al instante. ¿O, qué si no, fue lo que pasó al llegar al barrio alto de aquel pueblo en Capadocia? ¿Esos gritos de admiración al sentirnos verdaderos exploradores y llegar a donde ningún turista llega? ¿O admirar lo curvilíneo de la feminidad al pasar por cualquiera de las enormes ciudades que atravesamos?

Una lástima que algún tipo de sortilegio afectase al buen funcionamiento de los Midland durante una parte del viaje.

Ahora, llenos de mugre y con barba de tres días, recordar nuestros campamentos en lugares recónditos y hermosos hace que cualquier incomodidad del viaje la veamos como algo maravilloso.

Alex va para allá…

Es posible que no entendáis algunas de las cosas aquí expuestas, pero para ello, tenemos más de trescientos videos y miles de fotografías que durante los próximos días iremos aportando. En nuestro ego, el de escribir, el de transmitiros emociones y vivencias mundanas reside el afán de comunicar. Mi cabeza, especialmente activa para lo que quiere da por finalizado un viaje, la Trail Süleyman El Magnífico. Un viaje donde la sociedad, simbiosis o parasitismo entre Roberto y yo ha rozado la perfección. Malditas cabezas cuales hace unas horas mientras cenaban ya indagaban en la próxima motoaventura so pena de nuestras señoras cuando lo lean. Atrás quedan muchos meses de preparación, de motomadriles, de duchas, de cenas, comidas, y Turcas. Cabe pasar página de lo vivido para dar entrada a lo que viene, mañana sin ir más lejos llegaremos a Pireus, colgaremos esta entrada y separaremos nuestra aventura hasta nueva orden. Roberto andará por Italia con destino al hogar, yo, con algo más de días me perderé por los Balcanes buscando esos pedacitos de tierra que me han de aportar algo en mi vida, sea una sonrisa, una mano, o una bendición.

Larga es esta entrada pues ninguno de los dos, en el fondo, quiere finalizar…

¡Arrea Roberto!

Vivo sin vivir en mí y ya no puedo with my body, nen.

Como resumen final, ahora sí, solo me resta decir que aún no hemos terminado este viaje y ya estamos pensando en el siguiente. ¿Black Sea, no?

Alex:

Jurjurjur… My friend, before va Pingüinos y una “calçotada” en Asturias que traerá cola…

D’ont worry, be happy. Menda.

En comunión. TSM 8.

Esto es lo que escribimos, Alex y yo anoche, justo antes de irnos de fiesta al hotel Hilton, en Kusadasi.

Brothers and Sisters!!! Queréis más sobre nuestro viaje, lo sabemos, y en nuestro perdido ego os lo vamos a dar. Esta entrada será un toma y daca entre Alex Mora y Roberto Naveiras. Colgará en los dos blogs, hermanada como racimos de uva. Queréis la verdad, queréis que no seamos falsos, queréis que os demos nuestra impresión de Turquía, de los Turcos y de las Turcas. Aquí empieza esta historia…

Por Roberto Naveiras;

A la limón, pues no me pides poco, majo.Sólo tengo para esta gente impresiones pobres y parciales, emociones malamente explicables y el deseo de que vengan. De que vengan y que conozcan, como nosotros, la Turquía más amable y más hermosa que cabía en mi cabeza. ¿De verdad crees que seremos capaces de transmitir todo eso?

Continua Alex Mora;

Creo que a nuestra manera llevaramos días escribiéndolo, desde los tes calientes que nos han ofrecido hiciera frío o calor, cabe decir que con calor no saben tan bien, hasta los bollos que nos han dado cuando no teníamos hambre. Nos han transmitido emociones impagables mocosos de siete años y nos han acompañado a pescar adolescentes con ganas de conocer, las mismas, que a ti y a mi y a tantos otros nos llevan a viajar a lo de desconocido para conocerlo. Cuantas veces habremos oído en este viaje… ¿How are yo?

Ahora mismo, sentados en la recepción de un camping con un Turco que bebe y nos explica sus experiencias deberás librarte de el para escribir unas palabras…

Roberto wrote:

where do you come? Menuda pregunta hacen cuando uno no sabe muy bien a dónde va y de dónde viene, coño! Quizá la curiosidad que toda esta gente demuestra por saber un poco más de lo nuestro, de dónde venimos y qué hacemos en la vida, sea lo que nos impele a saber, también, un poco más de ellos y a inmiscuirnos un rato en sus vidas. Qué fácil resulta, lo he dicho varias veces, conectar de forma intensa y sincera, cuando estás de paso. Qué sé yo, puede ser que las relaciones humanas sean más sinceras y mejores cuando sabes que solo tienes unos pocos minutos, unas pocas horas para mostrar lo mejor de ti mismo.

Alex va a por ello;

Lo sentimos, una vez más, la hospitalidad de este país nos obliga a dejaros por una causa justa, el Turco, Sngaz, el hombre que nos acompaña desde que hemos llegado a Kusadasi nos obliga a acompañarlo… Quiere presentarnos a unos amigos. Hasta mañana habibis.

Regalar la absolución. TSM 7

Esta mañana me levanté con una sensación extraña. José Luis ha decidido continuar el viaje en solitario y yo, por mi inacción, me siento un poco culpable. Se que esta comezón no durará mucho porque soy condescendiente conmigo mismo hasta lo absurdo, como todo el mundo, imagino. Eso de flagelarse y hacer mortificación está bien durante un rato, pero hay que quererse. Si acaso, propósito de enmienda si la cosa nos ha salido rana. Para acrecentar el daño está sonando una melancólica música búlgara en la playlist que no contribuye en nada a que se me levante el ánimo.

Cómo se ha llegado a esta situación es fácil de entender pero no tan sencillo de explicar. Ayer, después de un día de ruta increíble por la Capadocia, después de disfrutar lo indecible con situaciones entrañables y con otras hilarantes, saltó la chispa entre Alex y José Luis. Hubo bronca, muy civilizada y sin una voz más alta que otra, pero llegó a donde yo me temía desde hacía días: en trío se ha roto y quedamos sólo dos. Estas cosas se van viendo venir desde tiempo atrás, quizá desde antes de que los dos implicados se percataran de que iban a tener incompatibilidad de caracteres. Y lo vi desde antes de salir de viaje. ¿Pude haber hecho algo? Quizá replantear el viaje, hacer descartes u optar por una vía nueva pero ni tenía tiempo, ni ganas. Por otra parte ya somos mayores para saber dónde nos metemos y a qué nos arriesgamos.

Entre Alex y José Luis las cosas no marchaban y desde hace unos días iban a peor. Si el primero dice blanco, el segundo lo ve negro. Desde el principio José Luis parecía ir a remolque, como un convidado de piedra en una fiesta en la que, la complicidad entre Alex y yo era más que evidente. No sólo el hecho de haber preparado todo el viaje juntos, sin el concurso de José Luis, sino las toneladas de ilusión que volcamos en el proyecto hacían que él se quedara un poco al margen. Fue elección suya. En todo momento preparar los detalles del viaje y todo lo que conlleva estuvo abierto a su participación, pero hasta las últimas semanas no se involucró en el proyecto. Llegué a pensar que no vendría.

No sé si fue ese quedarse en un segundo plano lo que propició la ruptura. Lo vi venir y no hice nada. Vuelvo a preguntarme, ¿debería haber hecho algo? No lo creo. Para mi también hubo reproches, censurarme comportamientos y detalles que no vienen al caso pero que no me gustaron. José Luis decidió seguir el viaje en solitario y es algo que respeto. Como he dicho en otras ocasiones, cada uno viaja solo por la vida y a veces, cuando confluyen los astros, cuando hay una simbiosis perfecta o cuando lo sentimos muy dentro, nos juntamos con otras personas para compartir una porción de nuestra vida. Yo lo hice con Elena y ella conmigo. Se alinearon los astros, nos acoplamos en simbiosis y decidimos seguir el viaje de la vida juntos. Lo hice con Alex, por simbiosis (y a veces parasitismo) y con otras muchas personas. No hablo de darse a los demás como una monja, hablo de compartir la parte de tu vida que se corresponde al viaje en común con generosidad, sabiendo ceder y primando, por encima de comportamientos egoístas, el bien común. Así se puede llegar lejos. Al menos unos días.

Pero ahora la música búlgara ya no suena en mi cabeza, ahora la carretera se abre ante mi como una singladura desconocida así que, poco a poco, me voy perdonando y dando la absolución en el mismo sacramento. Me voy despidiendo de estas extrañas formaciones rocosas con la mirada y acaricio el viento fresco de la mañana. Nuevo día de ruta, nuevas experiencias y otra jornada de renovación.

En una gasolinera de la autopista, en dirección a Mersin, me quedo mirando a los ojos de una mujer con la que me cruzo y nos dedicamos una leve sonrisa. Es una cosa de esas que pasa de vez en cuando. Te cruzas con alguien, os miráis a los ojos y surge un lazo, un nexo de unión que no se sabe muy bien de dónde proviene. A mi me pasa muy a menudo. Conexiones, empatías, amistades a primera vista.

La mujer lleva chador y vestido largo tan típico de las musulmanas. Viaja con su marido y su hija en un coche destartalado y viejo. Mientras me pongo el caso y los guantes vuelvo a mirarla y de nuevo, nos decimos algo con los ojos. No se trata de atracción sexual, ni de amor a primera vista ni de ninguna de esas zarandajas de romanticismo adolescente. Es la mirada de la amabilidad, de la comprensión del “sé quién eres aunque no te conozca”. Y yo también supe quien era ella, y de su amor por su hija y su marido, y de su regreso a Adana después de visitar a sus padres en uno de los pueblos de estas montañas que parecen austríacas. Y así, tan sencillo como dedicar una sonrisa y una mirada, saltó una chispa que prendió en mi ánimo.

Antes de iniciar la marcha la mujer se acercó y, de nuevo con una sonrisa franca y amable, me regaló dos bollos, uno para Alex que ya estaba más adelantado, y otro para mi. No cruzamos ni una sola palabra. Con este regalo me doy por absuelto y vuelvo a estar en comunión con la inmediatez de lo que me rodea.

El resto de la mañana nuestra vida transcurre en la autopista, una infraestructura de impecable factura y tres carriles en cada sentido. La temperatura va subiendo hasta los veinte grados y, conforme nos vamos acercando a la costa, siento que mi ánimo se enciende. Los pensamientos grises de la mañana, en sentimiento de culpabilidad, van dando paso al estado de euforia que conozco tan bien. Viajar así, en comunión con el mundo, es una situación extraña. Quizá el cuerpo segregue más dopamina o la mente ande todo el día flipando. Como cuando fumas un porro de buena marihuana, que ves el mundo y por extensión, el universo, con una clarividencia tan evidente que te extrañas de no haberlo sabido todo antes. Es magnífica esa sensación. Saberlo todo. Llegar al conocimiento pleno con un simple canuto. O tres, da igual. Pues cuando viajas, lo mismo. Llega un momento en que lo entiendes todo. Por ejemplo hoy, sin ir más lejos, decidí que nunca más iba a viajar en moto. Si, como usted lo lee. Ni un viaje más allá del Bar Jaime o La Reigada. Cuando uno llega a comprender la esencia de lo que le rodea ya todo se le parece tanto que no desea seguir viajando, termina la búsqueda. Por fortuna uno no permanece demasiado tiempo en este Nirvana y, cuando regresas a la vida real, ya casi todo estará olvidado así que tendré que seguir buscando y viajando, sobre todo porque el viaje no lo hacen los paisajes sino las personas.

Y ahora, aquí sentado, consciente de mi presencia y degustando cada instante, apurando cada segundo hasta convertirlos en eternos, apuro la botella de vino de la Anatolia Central, en Asia y miro a mi izquierda para ver qué me ofrece el mar.

Seguro que la crónica de Alex es más precisa que esta.

Tašuco Bosaç

Reflexionando

La zona oscura del barrio de Gálata. TSM 6

Días de mucho, vísperas de nada. Ahora me da un poco de vergüenza recordar la fiesta de ayer, la sesión “karaoke” con los chicos del grupo y todo aquello pero lo cierto es que lo pasamos muy bien. Para otros la salsa de un viaje quizá resida en conocer lugares emblemáticos, empaparse de cultura, visitar museos, conocer civilizaciones antiguas… No voy a decir que todo eso me de igual, pero no son los motivos principales por lo que viajo. Yo busco conocer gente, obtener otros puntos de vista, tomarle el pulso al mundo viviéndolo de primera mano. Y contar historias. Ir allí, llenarme de anécdotas, de casos curiosos, de emociones y luego volver y contárselas a todo aquel que las quiera escuchar. No soy un gran escritor, lástima, sin embargo el placer de ser un contador de historias está por encima del sentido del pudor. Pero, por encima de todo, lo que busco cuando viajo es diversión, esparcimiento y cambios. Montar en moto, disfrutar de la carretera y aprovechar hasta el último minuto de cada día en hacer lo que me apetece, aunque eso sea nada.

puerta mezquita

Ayer el objetivo se cumplió con creces, aunque aquello haya traído estos efectos secundarios indeseados. Pero bajo nuestros pies se extiende Estambul y eso, como intuimos ayer, no debe de ser moco de pavo. Salimos a la caza de sensaciones, a la búsqueda del paisaje humano, mirándolo todo con ojos curiosos.
La Basílica Cisterna está llena de agua. Y de turistas. Me hermano con los turistas y, juntos, avanzamos en penosa marcha entre las columnas de mármol. Casi todos, menos unos pocos, somos japoneses. Yo, como me acabo de hermanar con todos también soy un poco japonés y saco mi cámara para fotografiar cada rincón. Cada escondite exclusivo, que sólo yo soy capaz de ver, ya se ha fotografiado hasta la saciedad por la horda que llegamos todos los días pero es inevitable sentirse un fotografo inusual. Soy incapaz de tirar una foto buena al basal más famoso pero no me importa. Si quiero una buena foto de la cabeza de Medusa la puedo buscar en internet, hay miles. Me conformo con verla o con introducir el pulgar, como otros tantos miles de personas, en el encaje de una columna para hacer una giro completo a la mano.

cisterna

Me gustan los japoneses porque siempre sonríen. Los turcos son más serios. Con ese bigotazo poblado que les da ese aire circunspecto que parece que van a proferir un par de amenazas a la mínima, aunque son gente amable y encantadora. Serviciales, agradables y siempre dispuestos a ayudarte en lo que necesites, incluso si no se lo pides. Los japoneses, por el contrario, siempre sonríen pero son indolentes, como cualquier europeo, pero, por lo menos, sonríen.
En la Mezquita Azul, que tardamos en enterarnos de que era aquella enorme mole elegante y apachorrada que preside la zona, hay una cola tan enorme que nos disuade de hacerlo. Lo cierto es que a mi cualquier cola me disuade. Si todo el mundo tiene tanto interés en visitar algo como para aguantar una hora de cola será porque es tan común y tan manido que se convierte en vulgar. Y por nada del mundo quisiera yo contribuir a convertir en vulgar estos retazos de historia humana. Me conformo con mirar el exterior y, extrapolando, hacerme una idea de lo que puede haber en el interior. Y si no, seguro que en internet hay fotos muy buenas.
Llueve y, por la calle, vendedores ambulantes hacen negocio con los paraguas. Es muy gracioso escucharlos decir, a toda velocidad, “umbrella, umbrella, umbrella…”. umbrella es una palabra graciosa de por sí y, dicha a toda velocidad y repetida, se convierte en hilarante. Casi tanto como escuchar a los que intentan venderte un paseo en barco por el Bósforo decir “Bosphor, Bosphor, Bosphor…” Alex y yo repetimos con insistencia infantil cualquiera de las dos palabras en el momento adecuado y terminamos riéndonos.

estambulitas

José Luis se ha ido de compras y nosotros dos quedamos paseando por el Puente Gálata. Y nos lían. Nosotros, idiotas grandes viajeros que hemos recorrido mundos reales e imaginarios, acabamos sentados en uno de los restaurantes del Puente y pagando una buena suma por el pescado. Tenían una curiosa forma de convencer a los clientes mediante el paseo de un carrito con peces de todo tipo para que pudiésemos ver su frescura. Incluso llegaron a pesar una dorada para saber cuánto tendríamos que pagar por comérnosla. Al final se salía de presupuesto y escogimos otra cosa pero la dorada, al igual que todos sus compañeros de vehículo, siguieron exhibiéndose de forma impúdica durante toda la tarde, mostrando sus agallas de color rojo vivo y sus ojos inertes a turistas de ojos rasgados y colombianas de culo prominente.
Al pasar el Puente Gálata se sale del Cuerno de Oro y se entra en otro de los barrios europeos de Estambul. Al entrar, uno tiene la impresión de haber traspasado las puertas que conducen a otra dimensión. Los comercios, agrupados por gremios, se reparten por las calles de forma tal que parece que los habitantes de esta ciudad no tengan otra cosa que hacer que comprar. Entramos, por curiosidad más que por azar, en el primero de ellos, el de las ferreterías especializadas. Los talleres de fabricación de arandelas, de muelles y de chismes variados que no sabría calificar se apiñan en edificios de dos plantas que dan a un patio central. Aquí no hay turistas. Por no haber no hay ni clientes, sólo perros callejeros y gatos, la fauna omnipresente de Estambul.

talleres

Paseando entre los talleres, mirando a los ojos de los operarios, aspirando el olor de la soldadura eléctrica y de hierro esmerilado me transporto al taller de mi padre en los ochenta. El mismo aroma, el mismo color opaco en las paredes, el mismo polvo de metal esparcido por doquier… Aquí una curvadora de tubos, allí un taladro de columna que bien podría tener capiteles jónicos por su avejentado aspecto, a lo lejos un esmeril que no deja de cantar su grimoso gemido… un maremagnum caótico que esconde el orden perfecto. Como el taller de mi padre.
La tarde languidece y nuestros pies se arrastran por la ciudad ya sin ganas de seguir viendo y conociendo. Cenamos en un kebab y dimos por finalizado un día que, junto con el de ayer, hizo que me enamorase de esta ciudad.

Istanbul, not Constantinopla. TSM 5

Nico ronca a pesar de que nosotros tres llevamos un rato dando vueltas por la habitación. Carraspeos, toses, bolsas de plástico que se arrugan, grifos que se abren… Pero nada parece afectarle. Viene de Georgia y tiene la intención de dirigirse al Norte, hacia Bulgaria. Viaja solo y sin prisa. En Georgia él y su compañero de viaje separaron sus caminos. Esto es otra de las cosas buenas que tiene la moto: te cansas de tu compañero de viaje, o descubrís que una semana de viaje en común es una eternidad y cada uno decid si se va por su lado sin necesidad siquiera de hacer partijas. Un hombre, una moto, como en el albor de los tiempos. A mi, la libertad que me da no estar atado a un coche compartido es lo que me permite viajar con gente casi desconocida. Cuando surge algún roce sólo tengo que recordar que viajamos juntos por voluntad propia y por pura diversión. Si uno de estos dos parámetros falla, no hay más que retrasar o adelantar la partida y, en un instante, el viaje en grupo pasará a ser un viaje en solitario.
En el caos de las circunvalaciones y radiales de Thesalónica me salto la salida y me quedo solo. Viaje solitario. O no tanto porque, a pesar de haber dejado a Nico viajando solo, me lo encuentro en la autopista. Al igual que yo, ha debido equivocarse. Nos saludamos, sonreímos y volvemos a separarnos un par de kilómetros después.
Encuentro a mis compañeros de viaje a la salida de un peaje. Los peajes en Grecia son omnipresentes. Algunos tan poco elegantes como para estar en tramos de autopista de poco más de diez kilómetros pero, al menos, son baratos, oscilan entre los 1,4 y 1,7€ para las motos. Aún así no contrarresta el elevado precio de la gasolina.
La frontera es muy pesada. Primero en control de pasaportes en el lado griego, un trámite que ocupa menos tiempo que lo que se tarda en bajarse de la moto, quitarse lo guantes, acercarse a la ventanilla, enseñar el pasaporte y volver a realizar los mismos pasos en secuencia invertida. Después vienen las tres paradas en las correspondientes ventanillas del lado turco. Ventanilla uno para la documentación personal, visado y pasaporte. La segunda para el vehículo, con carta verde y permiso de circulación. El guardia fronterizo comprobó la existencia de una grave inconveniencia en el permiso de mi moto: la fecha de matriculación y la de expedición del permiso no coincidían y se empeñó en que tenía que explicarle eso. Como yo sé poco inglés y en las fronteras aún menos, me cerré en banda diciendo que no le entendía y saqué a relucir la variada colección de muecas de extrañeza. “Pues no se, agente, será normal, eso siempre estuvo así…” Después de un breve tira y afloja, sacó a relucir, de su variado repertorio de muecas, la de fastidio mezclado con resignación y me devolvió los papeles.
Cuando ya me creí pisando suelo turco con todos los avales y en estricto cumplimiento de la legalidad internacional, aún hay otra ventanilla en la que te llaman por tu nombre. Roberto- dijo el policía- Si, yo mismo. Después giró la cabeza dándome paso. Hubiera estado bien un “Bienvenido a Turquía” pero no hubo tal.
Al cruzar el puente sobre el Evros Potamos, que debe de ser uno de los más grandes de Grecia, sentí esa emoción única que se tiene al llegar a un lugar por primera vez, a un lugar que tienes idealizado. Es como ir a la discoteca a los catorce. Qué emocionantes aventuras se correrán detrás de los cortinajes, en la oscuridad donde reina el funky? Pues en el puente, lo mismo. Me repantingo en la moto y cruzo el puente, ahora sí, ya estoy dentro.
Y tan dentro que, después de parar a comer nuestro primer plato de cordero por seis euros el menú, me veo en el arcén parado la policía por motivos que desconocemos. Es probable que nos haya cazado el radar. Nada me preocupa, Nico nos ha dicho que en Turquía les han ordenado no cobrar las multas a los extranjeros porque parece ser que el dinero no llegaba a las arcas públicas. Me imagino que será una leyenda urbana. Pero en efecto, miran las matrículas de las motos y al ver que son españolas nos ordenan continuar.
Entrar en Estambul fue muy diferente a lo que yo imaginaba. Nos habían hablado de caravanas de cuarenta kilómetros y de tráfico en modo superlento pero por la autopista todos parecíamos participar en una carrera de los autos locos. Camiones que adelantan sin rubor, coches a ciento cincuenta, picnic en la mediana… Loco, muy loco todo esto.
Tenemos un hostel en el centro de la zona turística, en El Cuerno de Oro, es un sitio estratégico para conocer un poco el barrio. Soy consciente de que sólo estaremos un día y medio en la ciudad así que ni siquiera me planteo recorrer monumentos y sitios emblemáticos. A veces solo vamos a lugares emblemáticos por contarlo luego. O por no quedar como “desviajados” y parecer que no somos ciudadanos del mundo. Nos metemos en la catedral, en el museo de tal o de cual y no entendemos nada. Recorremos las instalaciones como un pato en un garaje pero con gesto grave y circunspecto, alabamos la maestría de tal o cual cosa que, igual ni es de alabar y, al final, cuando por fin surge la conversación adecuada soltamos, ah, si, ahí estuve yo en tal Emerger de la panza del barco en Ingoumenitsa y pisar Grecia de nuevo es igual de especial que la primera vez. Y al igual que entonces me da la impresión de estar ya lejos de casa, por lo tanto, llega una nueva etapa en el viaje.
La autopista es igual que todas las autopistas: aburrida y monótona. Ya tengo ganas de llegar a Meteora, uno de los lugares que deseo visitar en este viaje. He visto los monasterios decenas de veces en fotos. He recorrido sus calles gracias a Google. El sitio parece que ya me pertenece un poco.
Alex, que comanda el grupo guiándonos con el GPS, me dice que sería mejor salir de la autopista y tomar una de las secundarias. Lo cierto es que llevo un rato mirando las carreteras que pasan por debajo de los enormes viaductos. Me lo dice a través del intercomunicador. Llevamos usándolo toda la mañana y he de reconocer que es una forma distinta de viajar en moto. Si descubrir la música dentro del casco fue toda una experiencia de la que ya no puedo prescindir, el viajar comentando cosas con tu compañero de viaje es algo igual de novedoso. El intercomunicador, un Midlan BT2x, funciona muy bien en distancias no superiores a los doscientos metros. Hacemos bromas, nos avisamos de cualquier pedrusco, de los baches, de la rubia con pamela en un coche de los setenta… No es algo que vaya a convertir en imprescindible en cada uno de mis viajes pero su utilidad se hizo evidente. Claro que por la tarde el micrófono de mi casco dejó de emitir sin que sepa el motivo; la diversión tecnológica quedó truncada.
El escoger en Metsovo la vieja carretera nacional para llegar a Meteora resultó ser un acierto. Comenzaron a sucederse curvas y contracurvas que discurrían por valles poblados de pinos,hayas, robles… Lo que imaginaba sería un páramo en el norte de Grecia, es todo lo contrario. Y los hayedos? Cómo es que hay hayedos por aquí?
Son los alrededores del Parque Nacional Pindo.
Poco a poco. Dejamos atrás los valles cerrados en los que apenas si había poblaciones. Ahora estamos en terreno más abierto, con vegetación de escaso porte y con predominio de los colores ocres y amarillos. Es como si hubiésemos pasado de la primavera exuberante a los rigores veraniegos. Aunque la temperatura sigue siendo baja.
Sin que medie presentación, por innecesaria, vemos al fondo las enormes moles de Meteora. Según los antiguos cristianos estas montañas fueron enviadas por el Cielo para permitir a los griegos retirarse y rezar. Según los geólogos se originaron al hundirse, por efecto de la erosión y los terremotos, los terrenos aluviales de un antiguo y gigantesco río. Allá cada cual con sus creencias, no seré yo quien les lleve la contraria a unos u otros. El caso es que al acercarse y tocar una de estas montañas hay cantos rodados por todas partes. Quizá en el Cielo como en la Tierra construyan igual.
José Luis y Alex se quedan abajo y yo subo escaleras hasta uno de los monasterios. No sé su nombre, ni siquiera me he molestado en leerlo. A veces soy así, descuidado. Creo que ya estoy acumulando demasiados datos en mi cabeza y, como hay muchos que no consigo borrar, no me atrevo a seguir introduciendo conocimientos porque, seguro, han de desplazar otros. Que si la cabeza es finita en su volumen, por fuerza han de ser restringidos los datos que caben dentro. Pues eso, que no sé dónde estoy con más detalle que “en un monasterio de Meteora”.
Abajo huertos y jardines cuidados de forma primorosa. Arriba, en el monasterio, mareas de turistas que abarrotamos escaleras, tienda, miradores y cualquier rincón susceptible de ser fotografiado. Italianos, ingleses y, superándonos a todos en número y en la tarea de documentar el viaje, japoneses. O chinos, vaya usted a saber.
A cualquiera de nosotros, turistas, nos gustaría ver el monasterio en solitario, en petit comité con la familia o amigos. Pero no hay monasterios suficientes subidos encima de piedras enormes para que cada uno pueda ver el suyo en recoleto y sincero rezo. Por otra parte, si hubiera tantos como para que fuesen algo común, perderían su atractivo y nadie haría un viaje para visitarlos. Y tampoco rezar en uno de ellos te haría sentirte especial y más cerca de Dios. Las cosas especiales lo son por su rareza, por su escasez y porque tienen el poder de hacerte sentir especial, diferente y escaso. Supongo que por esa manía que tenemos los humanos de sentirnos especiales, únicos, transcendentes… Sin darnos cuenta de que, mirados en general, como especie, somos tan parecidos que da pánico.
Seguimos diciendo chorradas por el intercomunicador y riéndonos a carcajadas. Está habiendo mucha risa en este viaje. Cada noche terminamos envueltos en risas y chistes, en anécdotas y planes de viaje.
Hemos dejado atrás Tríkala, Lárisa y ahora estamos en la costa. Vamos en dirección Thesalónica a un camping donde nos ha invitado Nico. Los kilómetros se me están haciendo cada vez más pesados y ya tengo ganas de llegar. Alex, guiado por la aplicación del móvil, nos mete por el medio de Thesalónica. Es un caos de tráfico y tardamos mucho en cruzar la ciudad pero, a cambio, conocemos el paseo marítimo, la zona de playa, la fortaleza… Perderse así de vez en cuando, debería ser obligatorio.
La vida lleva un rato desdibujándoseme, se esconde detrás de una nebulosa. Todo está oscuro, es de noche. Estoy tumbado en una de las hamacas cerca de camping y veo a Alex cebar el anzuelo de su caña con queso. Me ha parecido escucharle decir que el queso es un excelente cebo para peces. Él sabrá que es de Salou y yo de tierra adentro. Si los peces del Mar Egeo son quesívoros es algo que ignoro plenamente. Tengo una botella de wisky barato en la mano derecha y en la izquierda la gaita. Un poco más allá Nico y José Luis hablan de política. Acabo de tocar una habanera y una muñeira que, además de sonar mal, estaban fuera de lugar. Creo que es hora de irse a la cama.
o cual meritorio edificio. aún así, nada mas ponernos en marcha visitamos la Mezquita Azul.
Después de opípara, turística y generosa cena turca, regada con un par de botellas de vino, salimos a sobrecenar la noche turca. Pero, como siempre, estos asuntos nocturnos de cómo uno termina cantando con un grupo de rock la Malagueña Salerosa (hasta el mismísimo Elpidio Ramírez hubiera quedado prendado de mi interpretación al igual que los entendidos espectadores), o como Ibrahim acaba hablando catalán son difíciles de describir así que… Lo dejaremos para un especial del podcast, que alguna cosa habremos grabado. Creo.

TSM 4. Muñeiras del Mar Egeo

Emerger de la panza del barco en Ingoumenitsa y pisar Grecia de nuevo es igual de especial que la primera vez. Y al igual que entonces me da la impresión de estar ya lejos de casa, por lo tanto, llega una nueva etapa en el viaje.
La autopista es igual que todas las autopistas: aburrida y monótona. Ya tengo ganas de llegar a Meteora, uno de los lugares que deseo visitar en este viaje. He visto los monasterios decenas de veces en fotos. He recorrido sus calles gracias a Google. El sitio parece que ya me pertenece un poco.
Alex, que comanda el grupo guiándonos con el GPS, me dice que sería mejor salir de la autopista y tomar una de las secundarias. Lo cierto es que llevo un rato mirando las carreteras que pasan por debajo de los enormes viaductos. Me lo dice a través del intercomunicador. Llevamos usándolo toda la mañana y he de reconocer que es una forma distinta de viajar en moto. Si descubrir la música dentro del casco fue toda una experiencia de la que ya no puedo prescindir, el viajar comentando cosas con tu compañero de viaje es algo igual de novedoso. El intercomunicador, un Midlan BT2x, funciona muy bien en distancias no superiores a los doscientos metros. Hacemos bromas, nos avisamos de cualquier pedrusco, de los baches, de la rubia con pamela en un coche de los setenta… No es algo que vaya a convertir en imprescindible en cada uno de mis viajes pero su utilidad se hizo evidente. Claro que por la tarde el micrófono de mi casco dejó de emitir sin que sepa el motivo; la diversión tecnológica quedó truncada.

MetsovoMetsovo

El escoger en Metsovo la vieja carretera nacional para llegar a Meteora resultó ser un acierto. Comenzaron a sucederse curvas y contracurvas que discurrían por valles poblados de pinos,hayas, robles… Lo que imaginaba sería un páramo en el norte de Grecia, es todo lo contrario. Y los hayedos? Cómo es que hay hayedos por aquí?
Son los alrededores del Parque Nacional Pindo.

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Poco a poco. Dejamos atrás los valles cerrados en los que apenas si había poblaciones. Ahora estamos en terreno más abierto, con vegetación de escaso porte y con predominio de los colores ocres y amarillos. Es como si hubiésemos pasado de la primavera exuberante a los rigores veraniegos. Aunque la temperatura sigue siendo baja.
Sin que medie presentación, por innecesaria, vemos al fondo las enormes moles de Meteora. Según los antiguos cristianos estas montañas fueron enviadas por el Cielo para permitir a los griegos retirarse y rezar. Según los geólogos se originaron al hundirse, por efecto de la erosión y los terremotos, los terrenos aluviales de un antiguo y gigantesco río. Allá cada cual con sus creencias, no seré yo quien les lleve la contraria a unos u otros. El caso es que al acercarse y tocar una de estas montañas hay cantos rodados por todas partes. Quizá en el Cielo como en la Tierra construyan igual.

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José Luis y Alex se quedan abajo y yo subo escaleras hasta uno de los monasterios. No sé su nombre, ni siquiera me he molestado en leerlo. A veces soy así, descuidado. Creo que ya estoy acumulando demasiados datos en mi cabeza y, como hay muchos que no consigo borrar, no me atrevo a seguir introduciendo conocimientos porque, seguro, han de desplazar otros. Que si la cabeza es finita en su volumen, por fuerza han de ser restringidos los datos que caben dentro. Pues eso, que no sé dónde estoy con más detalle que “en un monasterio de Meteora”.
Abajo huertos y jardines cuidados de forma primorosa. Arriba, en el monasterio, mareas de turistas que abarrotamos escaleras, tienda, miradores y cualquier rincón susceptible de ser fotografiado. Italianos, ingleses y, superándonos a todos en número y en la tarea de documentar el viaje, japoneses. O chinos, vaya usted a saber.
A cualquiera de nosotros, turistas, nos gustaría ver el monasterio en solitario, en petit comité con la familia o amigos. Pero no hay monasterios suficientes subidos encima de piedras enormes para que cada uno pueda ver el suyo en recoleto y sincero rezo. Por otra parte, si hubiera tantos como para que fuesen algo común, perderían su atractivo y nadie haría un viaje para visitarlos. Y tampoco rezar en uno de ellos te haría sentirte especial y más cerca de Dios. Las cosas especiales lo son por su rareza, por su escasez y porque tienen el poder de hacerte sentir especial, diferente y escaso. Supongo que por esa manía que tenemos los humanos de sentirnos especiales, únicos, transcendentes… Sin darnos cuenta de que, mirados en general, como especie, somos tan parecidos que da pánico.
Seguimos diciendo chorradas por el intercomunicador y riéndonos a carcajadas. Está habiendo mucha risa en este viaje. Cada noche terminamos envueltos en risas y chistes, en anécdotas y planes de viaje.

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Hemos dejado atrás Tríkala, Lárisa y ahora estamos en la costa. Vamos en dirección Thesalónica a un camping donde nos ha invitado Nico. Los kilómetros se me están haciendo cada vez más pesados y ya tengo ganas de llegar. Alex, guiado por la aplicación del móvil, nos mete por el medio de Thesalónica. Es un caos de tráfico y tardamos mucho en cruzar la ciudad pero, a cambio, conocemos el paseo marítimo, la zona de playa, la fortaleza… Perderse así de vez en cuando, debería ser obligatorio.
La vida lleva un rato desdibujándoseme, se esconde detrás de una nebulosa. Todo está oscuro, es de noche. Estoy tumbado en una de las hamacas cerca de camping y veo a Alex cebar el anzuelo de su caña con queso. Me ha parecido escucharle decir que el queso es un excelente cebo para peces. Él sabrá que es de Salou y yo de tierra adentro. Si los peces del Mar Egeo son quesívoros es algo que ignoro plenamente. Tengo una botella de wisky barato en la mano derecha y en la izquierda la gaita. Un poco más allá Nico y José Luis hablan de política. Acabo de tocar una habanera y una muñeira que, además de sonar mal, estaban fuera de lugar. Creo que es hora de irse a la cama.

TSM 3. El bucle del Día de la Marmota

 Los carraspeos y toses de Alex me sacan de un sueño extraño, algo de policías municipales, motos y huidas. Son las seis de la mañana y hace frío. El olivar en el que esta os acampados parece haber perdido parte de la magia de ayer noche. Aún es bonito, tranquilo y recoleto pero ayer tenía un punto de misterio envuelto en oscuridad.
Alrededor de las siete de la mañana ya estamos en marcha con la intención de llegar temprano a Ancona. Allí tomaremos otro ferry que nos llevará a Ingoumenitsa. Hemos decidido realizar esta primera parte del viaje en barco para evitar las autopistas del Sur de Francia y Norte de Italia. La Costa Azul es mejor pasearla por carreteras secundarias pegadas a la costa, cruzarse con descapotables de los años setenta guiados por rubias con pamela y aspirar el aroma cálido de los viñedos al atardecer. Ir por la autopista, asomándose a viaductos insondables después de cada túnel, adelantar camiones y mirar con ojos golositos las carreterillas que discurren bajo uno, es una tortura evitable. Además el barco brinda infinitas oportunidades de exploración. Ayer fue la ternura de una pareja de novios y la sonrisa dulce de una camarera. Hoy puede ser cualquier cosa.
La carretera hasta Ancona discurre por paisajes hermosos. Primero colinas que parecen dibujadas por un niño; pequeños olivares tazados con tiralíneas, fortalezas en promontorios, montañas de escasa entidad cubiertas de robles… Son las estribaciones de los Montes Apeninos, el hogar de Marco y Amedio. La carretera es una delicia a pesar de lo fresco de esta mañana de junio y a pesar del tráfico intenso. Y loco. Cada uno parece seguir sus propias reglas con escaso respeto hacia las más elementales normas de circulación. Es lo que di en llamar en otras ocasiones, “la conducción creativa”. Al principio respetábamos las líneas continuas y las dobles continuas. Después sólo las dobles. A las dos horas parecíamos conductores italianos “cum laude”.
Ancona es una ciudad un tanto anodina pero muy hermosa desde el mar. En la popa del barco, con José Luis, vemos como se aleja recortada en la colina. Desde aquí parece una ciudad de inspiración griega.
Volvemos a instalarnos en la sala de butacas, al fondo. Aquí ha tenido que haber carreras para ocupar los mejores sitios porque ya no quedan rincones buenos en los que estirar el saco. Ya nos arreglaremos.
Volvemos a dar buena cuenta de los embutidos patrios, del queso, del chosco… De la bota. Y medio bolinga vuelvo a meterme otra siesta como la de ayer, de reglamento.
En una de las cafeterías del barco, a la par que escribo, me quedo embelesado mirando al horizonte. Me gustan estos viajes en barco. A mi lado un griego repasa las cuentas de su “contador de bolas” Y arriba, en cubierta, un grupo de rollizas estudiantes inglesas se ríe con estrépito para llamar la atención del pasaje. Hormonas en ebullición y el relajo de un viaje de estudios, la mezcla perfecta para ser la estrella del YouTube entre el público del instituto.
El barco es idéntico al de ayer. Tengo la impresión de estar en “El día de la Marmota”. Vuelve a repetirse el mismo presente y volvemos a tener la misma rutina de ayer. ¿Estamos en un bucle?
No lo creo. Las diferencias son algo más que sutiles; la cara de vacación se ha sustituído, en gran medida, por cara de trabajo. Mujeres con chador, hombres con la coronilla tapada, bigotes turcos… No es el mismo presente. Los rostros y la cultura van mutando.