bosnia

1. Erotismo en Curva

 

Lo que no iba a ser más que un paseo de cinco o seis días por la costa oeste francesa acabó convirtiéndose, no sé muy bien cómo, en un viaje de casi dos semanas a Croacia y Bosnia i Herzegovina.
En esta ocasión viajo con Gelucho, un amigo que acaba de agenciarse una Ducati Multistrada 1000 DS. Va a ser algo así como un reencuentro viajero pues hace muchos años que no rodamos juntos.
A poco más de quince días de la partida estamos preparando todo lo necesario; listado de material, documentación, recorridos… Son esos días previos al viaje en los que uno ya comienza a ver las cosas más claras y a creerse que llega el momento de partir.

El viaje será en la línea acostumbrada: tienda de campaña, saco de dormir y carretera abierta. Si bien hay una especie de recorrido que hemos establecido, (más bien lo hice yo solo), es una línea tan difusa y con tantas alternativas que no sé muy bien dónde acabaremos.
Nuestra intención es salir el día 24 de mayo por la mañana para hacer noche en Francia, en algún punto entre Toulousse y Montpellier, seguir hacia Italia, Eslovenia, Croacia, Montenegro y Bosnia-Herzegovina, para volver a entrar en Eslovenia y regresar al solar patrio.
El grueso de la estancia será en Croacia pero, como digo, está tan poco claro el asunto, que a saber lo que haremos.

Como de costumbre, antes de dormir, escribiré la crónica diaria a modo de "diaro de a bordo" y, dependiendo de la disponibilidad de conexión, iremos publicando en la página.


 


 

Lunes 22 de mayo de 2008

 

Seguimos con el precalentamiento y ya estamos a las puertas, como quien dice. Gelucho está de compras por la capital del Principado haciendo acopio de TODO lo que le falta y yo ya tengo todo listo. Solo falta empaquetar y poner rumbo al este.
Las predicciones meteorológicas son un desastre y se prevee lluvia copiosa por el norte de España y sur de Francia, para el día 24. Para el 25, que ya estaremos por la Costa Azul y norte de Italia, la cosa no mejora y anuncian cielos nubosos, tormentas y vientos del Este de hasta 14 km/h. A la vista de esto los planes iniciales se trastocarán un poco, teniendo que reducir el kilometraje previsto. Quizá tardemos algo más en llegar pero, afortunadamente, vamos sin prisas. 
Como novedad contaros que nos hemos echado un colega en Ljubliana, (Eslovenia) y que seguramente pasaremos a hacerle la visita. Para nosotros es una suerte contar con alguien en la zona porque nuestro dominio del ingles es entre escaso y nulo y de la lengua vernácula ya ni lo menciono.

1. Calentando motores

 
Lo que no iba a ser más que un paseo de cinco o seis días por la costa oeste francesa acabó convirtiéndose, no sé muy bien cómo, en un viaje de casi dos semanas a Croacia y Bosnia i Herzegovina.
En esta ocasión viajo con Gelucho, un amigo que acaba de agenciarse una Ducati Multistrada 1000 DS. Va a ser algo así como un reencuentro viajero pues hace muchos años que no rodamos juntos.
 
 
 
A poco más de quince días de la partida estamos preparando todo lo necesario; listado de material, documentación, recorridos… Son esos días previos al viaje en los que uno ya comienza a ver las cosas más claras y a creerse que llega el momento de partir.

El viaje será en la línea acostumbrada: tienda de campaña, saco de dormir y carretera abierta. Si bien hay una especie de recorrido que hemos establecido, (más bien lo hice yo solo), es una línea tan difusa y con tantas alternativas que no sé muy bien dónde acabaremos.
Nuestra intención es salir el día 24 de mayo por la mañana para hacer noche en Francia, en algún punto entre Toulousse y Montpellier, seguir hacia Italia, Eslovenia, Croacia, Montenegro y Bosnia-Herzegovina, para volver a entrar en Eslovenia y regresar al solar patrio.
El grueso de la estancia será en Croacia pero, como digo, está tan poco claro el asunto, que a saber lo que haremos.

Como de costumbre, antes de dormir, escribiré la crónica diaria a modo de «diaro de a bordo» y, dependiendo de la disponibilidad de conexión, iremos publicando en la página.


 

Lunes 22 de mayo de 2008

 

Seguimos con el precalentamiento y ya estamos a las puertas, como quien dice. Gelucho está de compras por la capital del Principado haciendo acopio de TODO lo que le falta y yo ya tengo todo listo. Solo falta empaquetar y poner rumbo al este.
Las predicciones meteorológicas son un desastre y se prevee lluvia copiosa por el norte de España y sur de Francia, para el día 24. Para el 25, que ya estaremos por la Costa Azul y norte de Italia, la cosa no mejora y anuncian cielos nubosos, tormentas y vientos del Este de hasta 14 km/h. A la vista de esto los planes iniciales se trastocarán un poco, teniendo que reducir el kilometraje previsto. Quizá tardemos algo más en llegar pero, afortunadamente, vamos sin prisas. 
Como novedad contaros que nos hemos echado un colega en Ljubliana, (Eslovenia) y que seguramente pasaremos a hacerle la visita. Para nosotros es una suerte contar con alguien en la zona porque nuestro dominio del ingles es entre escaso y nulo y de la lengua vernácula ya ni lo menciono.

 

2. Grandas – Toulouse. Nos ponemos en marcha

Sábado 24 de junio

Grandas – Toulouse 900 km


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Saliendo de casa

 

Después de varios meses dándole vueltas al asunto del viaje, por fin, a las diez de la mañana del sábado, Gelucho y yo salimos con dirección a Toulouse, con el sol caldeando la mañana y las nubes asomándose, tímidamente, por el este. Llevamos varias semanas de lluvia y para hoy las previsiones amenazan con fuertes aguaceros y posibilidad de inundaciones en el País Vasco con lo que, este sol nos sorprende gratamente porque íbamos preparados para lo peor.

Asciendo el Puerto del Palo abriendo la marcha, como siempre que viajamos juntos y con una extraña sensación de tranquilidad. Todo está bien, en su sitio, la moto revisada al detalle y el equipaje completo y bien colocado. Por lo general, cuando comienzo un viaje siempre tengo una especie de “sensación de olvido”, como si algo se hubiese quedado por ahí en un rincón de casa. Es una impresión un tanto desagradable porque me da la sensación de que es algo importante lo que se queda sin incluir. Sin embargo hoy, nada de eso sucede, al contrario: todo va como la seda.

Dejamos atrás Oviedo, Santander, Bilbao… siempre por la autopista intentando no perder mucho tiempo para llegar a Toulouse a tiempo de montar la tienda de campaña de día. Es una tienda nueva y, aunque no suelen ser difíciles de montar, la primera vez conviene hacerlo con luz por si acaso.

Paramos a comer en una gasolinera cerca de Bilbao donde compruebo, horrorizado, que el neumático trasero se está gastando más rápido de lo que yo había previsto, un hecho que, aunque redundante, no deja de sorprenderme. Una vez más, con solemnidad y resignación, maldigo apretando los dientes y acordándome de todos los que me habían dicho que cambiase el neumático antes de salir de viaje. Por otro lado, para animarme, pienso que mis viajes sin algúna vicisitud con los neumáticos, y ano serían lo mismo.

Como en Génova vamos a hacer una parada para saludar a un conocido de Gelu, del foro de ducatistas, tendré ocasión de cambiar el neumático, pero la duda es en qué estado llegará hasta allí.

Además comprobamos que la Ducati ha vaciado completamente el aceite del Scottoiler que, no solo vale una pasta, sino que no tenemos más. Había salido de casa con el depósito lleno y, supongo que por mala regulación, se ha vaciado en pocos km.

A partir de entonces aminoro un poco la marcha, pero solo cuando me acuerdo de la rueda. Voy un poco preocupado.

Las tormentas no han hecho acto de presencia, pero nos acompañan unos nubarrones negros que no pueden traer nada bueno.

Entramos en Francia por Irún y una nueva realidad nos sorprende: llenar el depósito pasa a costar 24 o 25 euros y cada dos por tres nos encontramos con un sangrante peaje. Así van transcurriendo los kilómetros, aburridos y eternos por las rectas y atestadas autopistas francesas. Como por arte de magia vamos esquivando todas las tormentas a nuestro paso, circulando siempre por el único lugar en que no llueve. Es como si la carrtera se empeñase en esquivar los nubarrones y se metiese por las zonas de claros.

Tras un sin fin de peajes caros y engorrosos, – para, quítate el guante, abre cremallera, saca dinero y ticket, recoge cambio, cierra cremallera, porte guate arranca – , llegamos a Toulouse y paramos en un área de servicio. En Francia las áreas son famosas por su cuidado entorno así como por la cantidad de servicios que prestan. Decidimos montar nuestro campamento en uno de los jardines pero, quedaba muy expuesto a las miradas y cambiamos la ubicación por un lagar apartado, debajo de unos robles y que apenas se veía desde la zona de surtidores y cafetería; al fin y al cabo no habíamos pedido permiso para montar la tienda por si nos decín que no estaba permitido.

Acampada en Toulouse

El lugar resultó ser todo un acierto y dormimos plácidamente en la primera noche de nuestro viaje. Nos hace gracia el hecho de haber esquivado el agua durante todo el viaje porque los cielos estaban muy, pero que muy negros.

 

Acampada en Toulouse

3. Toulouse – Génova. La Carrera de Los Autos Locos

Domingo 25 de mayo

Toulouse – Génova , 760 km


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A las siete de la mañana, como si tuviésemos que ir a trabajar, nos levantamos y comenzamos a desmontar el campamento. La noche ha ido bastante bien y no hemos dado demasiadas vueltas.

 

 

 

 

Cuando ya tenemos todo armado y listo para salir la Ducati se niega a arrancar, la batería parece estar muerta del todo. Después de deliberar un rato concluimos que ha de ser a causa de la alarma. Mal comienza la mañana.

Ante la atenta mirada de algunos conductores parados en el área de servicio comienzo a empujar la moto mientras Gelu está a los mandos. Tras cincuenta metros de paseo no parece querer ponerse en marcha y yo ya empiezo a ponerme nervioso. En el segundo intento los dos escapes de la Multistrada comienzan a petardear y, tras un sonido bronco, arranca sin más problemas.

Tras esto nos vamos a repostar y a desayunar y, con la tontería, ya son las diez de la mañana. Salimos de nuevo a la autopista con el traje de aguas puesto porque hoy parece que no vamos a tener la misma suerte que ayer con el clima. Efectivamente, antes de 30 km ya está diluviando.

 

 

 

 

Hoy parece que va a ser otra jornada de autopista de peaje, con el aliciente de rodar sobre lluvia y con la incertidumbre de un neumático trasero en un estado un tanto incierto. Cada vez que paramos en uno de los múltiples peajes que nos encontramos compruebo el estado del dibujo; parece que se gasta más despacio de lo que suponía. Alivio.

A la Multistrada se le enciende, de vez en cuando, un chivato que avisa de fallo en el motor. Ni gelucho ni yo sabemos de qué se trata. Yo porque no tengo ni idea de Ducati y él, porque lleva con ella menos de un mes y no tiene el libro de instrucciones. No me lo dice, pero lo noto preocupado.

En la otra calzada de la autopista vemos muchas motos custom, la mayoría Harley. Es un alivio comprobar que no somos los únicos motoristas que transitan por ahí con la mierda de día que hace. La lluvia no cesa ni un momento y la evacuación de agua en la calzada deja mucho que desear. Concluyo que las autopistas del sur de Francia son una mierda. Y caras.

Cerca de Niza, sobre las cuatro de la tarde deja de llover y me tomo alguna licencia con la velocidad, subiendo el ritmo a unos 140 km/h. Hoy es el Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1 y a esta hora se incorporan a la autopista muchos de los espectadores de la prueba. Algunos en vehículos ciertamente singulares. En un momento dado me doy cuenta de que estoy rodando detrás de un Ferrari y delante de un Maseratti gris metalizado. Les doy paso porque aquí van todos como locos.

Al entrar en Italia, después del peaje nos quitamos el traje de aguas y aprovechamos para sacar unas fotos. Allí parados vemos las salidas de los deportivos en la cabina de peaje. Incluso hacemos una clasificación del macarrismo donde ganan, por goleada, los propietarios de Porsche. Mientras los Ferrari, Bugatti, Hammer, Mercedes y demás lujo incontenible salen como postas pero con elegancia, los Porsche salen al más puro estilo macarra, dándolo todo.

 

 

 

 

Volvemos a las burras y encaramos la autopista hacia Génova, en una especie de carrera de autos locos en la que si te quedas a menos de 150 km/h en el carril izquierdo vas armando tapón. Es algo enloquecedor a la par que estresante. La autopista alterna viaductos y túneles de forma ininterrumpida, con un arcén testimonial, con curvas cerradas y, para colmo, plagada de camiones que te animan con sus rebufo. Nunca, en mi vida, había visto cosa semejante.

Poco a poco, me voy haciendo a la nueva situación y a lo que he decido denominar “conducción creativa”, que es lo que practican los italianos en su país. Ahora ruedo, no más relajado porque es imposible en esta situación, pero sí un poco más en plan “autos locos”, para ser como ellos. Aquí el límite son 130 Km./h pero es como algo testimonial.

Apenas miro el mar, ni los pueblos de la Costa Azul, ni nada que no sea estar con los cinco sentidos puestos en la conducción. En algunos de los túneles voy a 140 o 150 y aún tengo que dejar paso a los que, apurados, se ponen a mi rueda para forzarme a volver al carril derecho. Así circulamos unos 200 km.

Por fin llegamos a Génova donde la cosa, no sólo no mejora, sino que se pone aún más loca. La entrada a la ciudad se realiza en dos carriles entre bloques de pisos y estructuras metálicas. Un extraño lugar gris y sombrío que me recuerda un poco a Mad Max. En el peaje, Gelucho se percata de que ha perdido los dos tickets y el encargado nos señala que el Italia es necesario preservar los tickets durante todo el trayecto

 No te jode con el ingeniero – pienso yo mientras se va formando una enorme cola detrás de nosotros. Algunos tocan el claxon.

 

 

 

 

A la salida esperamos a Renzo, el amigo del foro multistrada italiano que nos va a guiar hasta un albergue que nos ha reservado. Detrás de Renzo callejeamos por Génova y alucinamos con la cantidad de ciclomotores locos que pululan por la ciudad. Se respeta única y exclusivamente el rojo de los semáforos, y no todos. Las líneas continuas no existen, ni las dobles, ni los pasos de peatones… todo parece invisible a los ojos de un ciclomotorista genovés. Esto es un puto caos!

Sin embargo, dentro de ese caos parece haber una cierta armonía y la ciudad fluye en esta tarde de domingo. Subimos al albergue donde nos hacemos un carnet de alberguista internacional y disfrutamos de unas vistas maravillosas de toda la ciudad. Nos duchamos y, abajo otra vez, al centro a cenar.

Callejeamos guiados por nuestro anfitrión y disfrutamos de la buena pasta.

 

 

 

 

 

 

 

Mañana nos iremos de talleres, al de Ducati a mira lo de la batería y el testigo y al mío a cambiar los neumáticos.

4. Génova – Trieste. Italian Banzai

 


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A las ocho de la mañana abrimos la pestaña en la espaciosa habitación del albergue juvenil que nos ha buscado Renzo. Está situado en la parte más alta de la ciudad y desde aquí disfrutamos de unas vistas privilegiadas del puerto, alma mater y corazón vivo de Génova.

Renzo ya está esperándonos en la puerta para llevarnos al taller de Ducati y al “gomista” para cambiar el neumático trasero. La Multi arranca hoy sin demasiados problemas, aunque se hace un poco la remolona, y en poco tiempo estamos intentando no perder la estela de nuestro guía por entre el enloquecido tráfico genovés. Descendemos de la parte alta de la ciudad hasta el nivel del mar entre callejuelas imposibles, con los ciclomotores rebasándonos a derecha e izquierda y siempre atentos a las erráticas maniobras de los automóviles. Hoy es lunes y el tráfico está imposible a esta hora de la mañana, nada que ver con el paseo de ayer por la tarde.

 

taller Ducati

 

Cuando llegamos al taller Ducati, Angelo, el mecánico más prestigioso de la Liguria, se pone manos a la obra y comienza a trabajar sobre la Multistrada. Conecta un ordenador y rápidamente concluye que la batería está moribunda, al límite de su vida útil: no aguanta la carga. Me voy con Renzo a la tienda de al lado y nos traemos una nueva batería.

Aprovechando que un virtuoso ducatista está toqueteando la máquina, para más disfrute, Gelucho decide cambiar el pistón de embrague por uno más “performance” y, lo que es más importante, de un tacto más adaptado a los parámetros humanos porque el original es un suplicio de dureza. Mientras tanto nosotros decidimos amenizarle la mañana a Angelo y sacamos las gaitas para tocar unas piezas. Al momento comienzan a salir los trabajadores de los talleres cercanos que se quedan un poco flipados con los moteros españoles. También se nos acerca una señora que nos pregunta porqué ella no es capaz de tocar una gaita que se compró en Escocia en un viaje reciente. Le decimos que “questo é molto dificile” e intentamos, inútilmente, darle unas nociones.

Mientras tanto Angelo ha descubierto, mediante el ordenador, que la moto necesita un reglaje de válvulas porque no es capaz de regular el caudal y que la moto vaya fina. Se va a probarla y corrobora que necesita algunos ajustes, pero no podrá hacerlos porque la cosa lleva tiempo.

Así las cosas hemos pasado unas dos horas y media en el taller, nos ha cobrado una miseria por la mano de obra y ahora nos disponemos a ir a cambiar mi neumático. Un tío muy majo este Angelo.

Franco ya está esperando con la goma preparada de modo que no tengo más que meter la moto y esperar un rato.

 

cambiando neumatico en la V-strom

 

 

neumatico nuevo

 

 

 

Nos despedimos de Renzo dándole las gracias por todo lo que ha hecho por nosotros y enfilamos la carretera que nos ha recomendado, la S-45 a Piacenzza, que atraviesa los Appenino Settentrionale por el Passo Della Scoffera.

 

s-45 a Piacenza

 

 

 

Se trata de una carretera revirada, con buenas rampas y con piso aceptable, al menos en algunos tramos. Los paisajes por aquí son realmente bellos, con laderas cubiertas de espesos bosques de castaño, robles, hayas, fresnos…

 

S- 45 a Piacenza

 

Carretera S-45 a Piacenza

 

 

Después de atravesar los Apeninos salimos a Bobbio y de ahí, a través de rectas interminables en las que la línea continua estaba de adorno, nos incorporamos a la autopista cerca de Cremona para seguir en dirección a Venecia y Trieste. Durante el trayecto nos hemos acomodado perfectamente a la “conducción creativa” de los italianos y ya no respetamos ni límites de velocidad, ni líneas continuas ni ninguna otra cosa que los aborígenes no respeten. Podemos decir que estamos completamente integrados en el medio social.

A partir de Brescia, siempre por autostrade, el tráfico comienza a ponerse imposible; tres carriles atestados de camiones y coches circulando a toda leche como si el mundo se fuera a acabar en unas horas. La A4 es una de las principales vías de comunicación del norte de Italia. Por ella circula todo el tráfico pesado procedente de Eslovenia, Hungría o Rumanía con destino al norte de Italia y sur de Francia, (o España). Me imagino las autopistas como las grandes arterias que recorren Europa transportando bienes de consumo, dando vida a ciudades y pueblos. También reflexiono un poco sobre la responsabilidad del mantenimiento de estas vías que, mientras circulo por ellas, creo que deberían ser de titularidad supranacional, de la Unión Europea o algo así. Son muchos kilómetros cada día y da tiempo a darle muchas vueltas al coco.

Cerca de Trieste, en el desvío a Gorizia, yo me he adelantado un poco porque voy distraído observando los distintos tipos de camiones y su procedencia. Gelucho viene bastante atrás porque en el desvío reduzco la marcha y no aparece. Preocupado, me detengo en una de las áreas SOS y espero a que llegue. Los minutos van transcurriendo y comienzo a estar realmente preocupado porque ya ha pasado demasiado tiempo, ha tenido que pasarle algo. Al poco rato me llama y me dice que tiene avería, que la moto se le ha parado en plena autopista mientras adelantaba camiones y ha tenido que detenerse en el arcén, con el consiguiente susto. La moto arranca, pero cuando mete primera para salir se le cala, tiene toda la pinta de un problema eléctrico.

Mientras me cuenta todo esto me voy repasando mentalmente los pasos a seguir: la llamada a la asistencia, localización de grúa, localización de un taller en Trieste, posibilidad de hotel… en fin, un mapa mental de la incidencia para solventarla lo antes posible. Se ve que estoy preparado psicológicamente para estas contingencias.

Sin que yo sepa muy bien como consigue llegar a una de las salidas en un pueblo que no sabe como se llama. Como yo soy el que lleva el mapa a partir de sus indicaciones deduzco que se trata de San Giorgio di Nogaro, un poblacho a unos quince o veinte kilómetros de donde me encuentro.

Salgo de la autopista y después de dar vueltas por la zona y practicar mi impoluto italiano con los locales, (io no sonno di qua), llego al peaje donde me espera Gelucho.

 

 No te lo vas a creer tio! – me dice – Llamé a Renzo y me dice que es de la pata de cabra, que a veces falla el sensor. Si le doy varias veces funciona correctamente.

 Putas Ducati – pienso en silencio

 

Gelu sigue preocupado por el asunto del piloto que se enciende lo que, unido al problema con la pata de cabra hace que nos pongamos en contacto, otra vez, con Renzo para pedirle la dirección del taller Ducati en Trieste. Nos resignamos a perder la mañana, de nuevo, en talleres italianos.

Después de unas risas y, por supuesto, unas críticas por mi parte a la italiana, (que se prolongarían muuuucho tiempo), continuamos viaje por carreteras secundarias en busca de un lugar donde acampar.

 

 

 

 

 

 

Así es como llegamos a Papariano donde, detrás de la casa del párroco, Don Gigi, encontramos un lugar perfecto para montar la tienda. Supusimos que Don Gigi estaba dando una extremaunción o algo similar porque tardó mucho en llegar a casa con lo cual no pudimos pedirle permiso para acampar. Eso sí, antes nos informamos si era un pater enrrollao.

Campamento cerca de Trieste

5. Trieste – Lagos Plivice. Estamos en Croacia

Día 26 de mayo

Trieste – Plitvička Jezera 400 km

 


 

 

 

 

Ha transcurrido poco tiempo desde la salida del sol y estoy fuera de la tienda de campaña, en calzoncillos, descalzo sobre la hierba mojada por el rocío y dispuesto a disfrutar de otro día de kilómetros y moto. Los planes para hoy son parar en el taller de Ducati en Trieste y continuar hacia el sur, en dirección a Croacia.

En poco tiempo ya estamos en marcha, circulando por la carretera nacional hacia Trieste, con mucho tráfico y atravesando poblaciones. El sol aprieta a esta hora de la mañana ya va sobrando el forro de la chaqueta. Paramos a repostar a los pocos kilómetros de la salida y Gelucho decide que la moto va bastante bien y que no es necesario parar en el taller puesto que el problema más grave es la pata de cabra y eso no es nada. Así pues, con la mañana ganada, dejamos atrás Trieste por la circunvalación y, sin saber muy bien como, pierdo a mi compañero en una zona de obras y tráfico lento. Lo que ocurrió en realidad es que Gelucho me perdió de vista en un cruce y decidió parar en espera de acontecimientos. A poco más de cien metros de ese cruce, en la misma carretera yo estaba parado esperándolo. Le envié un mensaje al móvil y quedamos en vernos unos kilómetros más adelante, en Kozina, ya en territorio Esloveno. Lluego, como yo sabía por dónde tenía que venir, nos encontramos justo en la frontera de los dos países.

Atravesamos los bosques del sur de Eslovenia por una carretera secundaria circulando por una zona de ensueño. Las casas, el paisaje, el cielo, todo es un entorno idílico. Unos cincuenta kilómetros más adelante cambiamos de país y, a la vez, salimos de la Unión Europea. En la frontera croata un seco policía fronterizo nos sella el pasaporte y nos pide la documentación de la moto y la carta verde. Ya estamos fuera de nuestra Europa de los 27. Al fin, después de tantas horas mirando mapas y rutas estoy donde quería estar y, ciertamente, esto no se parece a nada a un mapa, está mucho más vivo.

 

 

 

 

 

Nos vamos acercando A Rijeka y, de paso, a la afamada costa croata, según he leído en decenas de ocasiones, una de las costas más bellas del mundo. Espero que cumpla las expectativas.

Después de pasar Rijeka la carretera discurre paralela a la línea de costa, muy cerca del agua. A nuestra izquierda imponentes moles de caliza blanca se yerguen majestuosas, a la derecha el agua de color verde azulado, aquí turquesa y allí azul intenso. Hay un poco de bruma y la visibilidad hacia las cercanas islas no es demasiado buena. Aún así, la costa es todo un espectáculo.

 

 

Como para romper la magia, en algún momento de la travesía, Gelucho se da cuenta de que ha perdido uno de los tornillos que sujeta la pata de cabra. No hay peligro de perderla, pero la estabilidad de la máquina en parado no es que quede comprometida, es que es imposible. La pata ya no cumple su función en estado normal a sea que con este problema, aún peor. Hay que buscar, (otra vez), un taller o una ferretería.

 

 

Estamos viajando hacia el sur, camino de Senj donde nos desviaremos en dirección este hacia el Parque Nacional de Plitvička Jezera. En carretera adelantamos a dos Yamaha de rueda gorda y, al acercarme, me percato de que son españoles. Les hago una pitada y unos aspavientos porque son los primeros motoristas de nuestro país que nos encontramos en el viaje.

Unos diez kilómetros más adelante, coincidimos en un apartadero al borde de la carretera. Los moteros son Vero y Gorka, que se han tomado un año sabático y se dirigen a Grecia para luego subir hasta Cabo Norte. Viajan en Yamaha TW 200 cc. Una moto de proporciones comedidas, la única que se ajusta a la contenida estatura de Vero.

Su historia es curiosa y llena de aventura. Han estado trabajando duro para poder tomarse un año de descanso y dedicar parte de él a viajar en moto. No puedo evitarlo y, a pesar de que yo también estoy viajando en moto, me corroe la envidia.

 

 

Quedamos en vernos en Senj o en el Parque Nacional porque nosotros viajamos más deprisa y nos despedimos. Ya no volveríamos a vernos en todo el viaje y fue una lástima porque son de esas personas con las que sientes un vínculo, con los que congenias a primera vista. Cuando vuelvan habrá que hacerles una visita para escuchar historias moteras.

Llegamos a Senj y lo primero es buscar la ferretería o el taller. Gorka nos ha dicho como se dice tornillo en inglés, pero ya se nos ha olvidado así que preguntamos, directamente, por un taller. Escuchamos las indicaciones en italiano de un parroquiano para llegar al taller pero, entre que su italiano es más bien escaso y nuestro inglés raquítico, nuestro interlocutor opta por interrumpir su descanso, coger su coche y guiarnos por todo el pueblo hasta llegar al taller Karamba, donde, caramba!, nos recibió una chica con el short más mini que se pueda imaginar. En realidad no nos recibió ella, pero yo al mecánico no le presté mucha atención.

 

 

Allí aprendimos una de las palabras que más usamos en hrvatski, el idioma de Croacia, netreva, que significa no hace falta o nada. No es que resultase muy útil la palabreja, pero tenía, en nuestros labios, una resonancia especial que nos daba un aire croata muy vacilón.

El mecánico colocó un tornillo procedente de un siniestro y no nos cobró nada. Gelu dejó una generosa propina y luego nos fuimos al super a celebrar nuestro paso por un nuevo taller.

Después de comer ya enfilamos hacia el interior por la solitaria carretera 23, en pronunciado ascenso por Senjska Draga para superar la escarpada cordillera que discurre el paralelo a la costa. La carretera es, por tramos, entre regular y mala, alternando zonas de obras que la hacen aún más interesante. Pasamos por zonas en las que quedan vestigios de la guerra: zonas despobladas y casas tiroteadas. Es nuestro primer contacto con los restos de la barbarie y la sinrazón, pero no serán los últimos, aún nos quedarían por ver zonas más sobrecogedoras en este viaje.

Al llegar a Otočac, una población grande, vemos que uno de los edificios notables del centro del pueblo está totalmente ametrallado, las cosas debieron ser duras por aquí. Nos desviamos por otra carretera infecta, la 52, que está, en su mayor parte, en obras. Esta es una zona medio despoblada en la que la mayoría de los moradores fueron desplazados o asesinados durante la guerra. Se ven granjas abandonadas aquí y allá y, en general, muy poca gente. Las zonas de prados se alternan con bosques de hayas y todo me recuerda a Asturias, con la infinita variedad de verdes. Supongo que en verano este verdor dará paso a tonos más amarillentos, pero en estas fechas todo está precioso. La temperatura, unos 25 grados, no es la peor para ir en moto.

Por estas rutas apartadas de todo tengo una extraña sensación de paz y ruedo disfrutando de cada curva, de cada recodo incluso de cada bache. La Vstrom va como una seda, sin mostrar ni un solo signo de fatiga, encarando la ruta con maestría y abriendo camino a los “intrépidos exploradores”.

 

 

Nos incorporamos a la E-71, una carretera nacional amplia y con buen piso que nos lleva al Parque Nacional. Al llegar descubrimos que acaban de cerrar la admisión de público hace diez minutos. Dudamos un rato que hacer, si acercarnos a Bihac en Bosnia, que está a treinta kilómetros o buscar un camping por la zona. La posibilidad de acampada libre las desechamos porque estamos en el interior de un parque nacional y, además de no ser correcto, no queremos arriesgarnos a una multa.

Así es como llegamos al Camping Korana, a unos quince kilómetros del parque. A pesar de ser temporada baja el camping no es barato, unos 20 € entre los dos. A cambio tenemos buenas instalaciones y la posibilidad de darnos una ducha y lavar la ropa, que ya va siendo hora de hacer limpieza en las maletas. El camping no está parcelado y es realmente bonito con multitud de zonas arboladas, colinas, hondonadas… de forma que te da la impresión de estar en pleno bosque. Cierto es que nuestra ubicación distaba mucho de ser el paisaje bucólico que era cuando llegamos.

 

 

Después de cenar, ya al oscurecer, nos tomamos unos vinos en el bar, aderezados con una “galleta maría” y, entre las risotadas más enormes de todo el viaje, nos fuimos a la tienda donde seguimos descojonándonos de risa un buen rato. Mi joint ayudaba a ello.

6. Plitvicka – Brela. El Recuerdo de la Ignominia

 


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Temprano, como está siendo la tónica general de este viaje, emprendemos la marcha con dirección al parque nacional. Yo voy en pantalón corto los doce kilómetros para no hacer el recorrido por el parque vestido con la ropa de moto. Gelu decide vestirse de “romano” y realizar de esta guisa la visita al parque.

 

Hemos escogido una de las rutas cortas, de unas dos horas de duración para llegar a Split con algo de tiempo. El Parque es una de las atracciones turísticas más importantes del interior de Croacia pero a estas horas de la mañana aún está medio vacío. Nos compramos unas galletas y unos yogures después de haber adquirido las entradas y nos disponemos a realizar la visita. Nadie nos ha pedido la entrada en ninguna parte, pero estoy seguro que si decidimos ahorrarnos los quince euros por cabeza nos la hubiesen pedido. La primera parte del recorrido la hacemos en “trennino”, un tren de dos vagones arrastrado por un camión Mercedes. Al llegar arriba comenzamos el descenso por las diferentes pasarelas y senderos que nos llevarán al punto de inicio.

 

Este parque, de 33.000 has., está poblado en casi toda su superficie por bosques. Hayas, fresnos, abetos confieren a este espacio una magia difícil de describir. Pero la joya de la corona y parte visitable son los lagos, un mosaico de 16 que se comunican entre si mediante cascadas, al estar todos a diferentes alturas. En total 92 cascadas de gran belleza te van dejando atónito durante la mayor parte de recorrido.

A las diez de la mañana el sol aprieta fuerte pero Gelu aguanta estoicamente con la ropa de moto, como si el calor no fuera con él. Algunos visitantes se quedan mirándolo como a un bicho raro. No me extraña.

Al final del recorrido cruzamos el último de los lagos en un barco eléctrico y ascendemos, pesadamente hasta el punto de partida, por una enorme escalera que nos quita el resuello. Allí están nuestras motos, la mía al sol, esperando para encarar otro día de ruta croata. Me hubiese gustado quedarme algunas horas más en el parque, perderme por la frondosidad de estos bosques, no en vano declarado Patrimonio de la Humanidad en 1970, pero este viaje es cosa de dos y a Gelu el medio natural no le va tanto como a mi. Me acuerdo de Elena, mi mujer y pienso en lo mucho que habría disfrutado en este paraje sobrecogedor. Le envío un sms.

 

 

Me pongo los trastos y, como cada día, me acomodo en la Vstrom que me recibe como una madre a su hijo. Aquí sentado, con carretera abierta, con algunos miles de kilómetros por delante y en “terra incognita” vuelvo a sentir ese escalofrío placentero que, de vez en cuando, me recorre la espalda. Estoy en plena forma y deseando devorar kilómetros por carreteras desconocidas. La libertad tiene que ser algo muy parecido a esta sensación.

Para hoy la previsión es llegar a Split y una vez allí ya se verá. Viajamos con rumbo aproximado, sin hacer ruta precisa y abiertos a los cambios por lo tanto tampoco sabemos dónde vamos a dormir esta noche.

A la salida del parque, ya en carretera, me detengo en el borde para sacar una foto a la señal de “peligro osos cruzando”, que se me antojó de un exotismo al que no me pude sustraer. Justo en ese momento, y salen en la foto, la policía croata hace acto de presencia, deteniéndose justo frente a nosotros, en el otro carril, vociferando improperios en su incomprensible lengua. En menos de diez segundos estaba sobre la moto, ya arrancada, gritándole a Gelu que arrancase y pidiendo disculpas a los policías con cara de turista idiota. Allí se quedaron, en medio de la carretera montándonos la bronca, mientras perdíamos el culo a toda leche lejos de los servidores de la ley. Luego yo me sentía avergonzado por hacer las mismas gilipolleces que hacen los turistas en mi país, deteniéndose en cualquier sitio, entorpeciendo en tráfico y, en general, tocando los huevos a los habitantes locales.

 

Después del incidente continuamos ruta atravesando la Krajina y vemos cada vez más casas abandonadas y acribilladas a balazos. No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que en esta zona la guerra ha sido más dura que en otras partes del país. Ya han pasado quince años, pero el pulso del horror aún se hace palpable a atravesar estos pueblos medio fantasmas. En 1991 Krajina, que formaba parte de Croacia pero con mucha población serbia, no aceptó la independencia de Croacia y proclamaron la República Serbia de Krajina, con apoyo del ejército de la, todavía no extinta, Yugoslavia.

El recién creado ejército de la Krajina, Српска Војска Крајине/Srpska Vojska Krajin, junto con la policía secreta serbia practicaron la limpieza étnica y la expulsión de croatas de forma masiva, incluso después de ser desmantelada la república y reincorporada a Croacia porque se quedaron enquistados en las estructuras de poder. El resultado de estas acciones es lo que vemos nosotros ahora: casas arrasadas, tierras de labor en las que nadie cultiva, granjas cubiertas de maleza… monumentos destinados a perpetuar la ignominia de los asesinos.

 

Me siento raro paseando por aquí, como si hubiera algo impúdico e inmoral en mi visita. Mientras fotografío las casas donde hace unos años vivían familias normales, como la mía, me siento sucio. Deseo salir de aquí cuanto antes.

A la entrada de un pueblo un cartel nos advierte para que no nos salgamos de la carretera: es zona de minas.

 

Vamos por la carretera 25, una vía de tercer orden en la que parece que somos los únicos usuarios. Durante toda la ruta vamos viendo placas conmemorativas, tumbas, lápidas a ambos lados de la carretera como constante recordatorio de la barbarie. En un collado nos detenemos en uno de estos lugares donde una humilde lápida recuerda los nombres de dos soldados checos que formaban parte del contingente de las Naciones Unidas. Pienso que han venido a morir lejos de su casa.

 

La carretera es retorcida y estrecha y el piso es bastante deslizante. Toda esta zona interior no tiene nada que envidiar, desde el punto de vista paisajístico, a la costa. Nosotros, que somos de interior y de campo para más señas, nos sentimos mucho más identificados con este paisaje que, poco a poco, conforme nos acercamos a la costa, va cambiando y tornándose más mediterráneo. Pasamos la antigua frontera del imperio austrohúngaro y avistamos, de nuevo, la costa dálmata llegando, en poco tiempo a Karlobag. Aquí comimos a base de burek y fruta, después de lo cual hubo una siesta importante en una plaza con buena sombra.

 

En algún punto antes de Zadar nos incorporamos a la autopista para llegar temprano a Split, nuestro destino en el día de hoy. Este tramo se me hace aburrido, realmente tedioso circulando por estas rectas interminables con tráfico nulo. Después de poco más de hora y media llegamos a Split donde a punto estoy de sufrir un accidente al comerme una mediana. Después de un par de vueltas por la ciudad, mucho más grande de lo que yo me imaginaba, el GPS demostró su utilidad guiándonos por la urbe. El aparato, comprado de segunda mano en una web francesa, ha resultado ser mucho más útil de lo que yo creía. Lo he crackeado y me bajo mapas del Emule con lo que tengo cartografía de toda Europa a precio de saldo. Además es bastante rápido recalculando recorridos.

Split es, por encima de otras consideraciones, el Palacio de Diocleciano, un entramado de calles y casas construidas en el interior de la fortaleza del César, fundiéndose como una amalgama de piedras. Aquí recalaron, huyendo de guerras y pillaje, gentes del norte que se instalaron en el interior de la fortaleza, ya abandonada en aquel entonces. Aparcamos las motos en una zona reservada para ellas a la misma puerta del Palacio y nos adentramos en los sótanos, convertidos ahora en una zona comercial en la que decenas de tiendas ofrecen recuerdos a los turistas. Nos compramos una pegatina para la moto.

 

 

 

 

Después de callejear sin rumbo encontramos un cíber y allí les escribo un correo a Elena y a Martín, que a sus nueve años se maneja con el correo electrónico con más soltura que nadie. Admiramos las distintas plazas, los palacios, las calles de esta curiosa ciudad y al fin llega la hora de mostrar nuestro arte en territorio croata. Nos instalamos en el paseo del puerto que a estas horas bulle de paseantes y turisteo en general. Con cierta timidez comenzamos a desgranar las primeras notas del “Romance de Santa Clara”, el “Pasodoble da Fonsagrada” o la “Muñeira de Grandas” y al mismo tiempo la gorra que he dejado tirada en el suelo comienza a llenarse de kunas, la moneda oficial de Croacia.

Nuestro amigo Mario, (http://www.sobrecroacia.com), nos había dicho que los croatas gustan de este tipo de música, pero no me imaginaba que nos iban a llenar la gorra de dinero tan rápidamente.

Ya ha caído la noche y tenemos que ir pensando en buscar cobijo para dormir. No sabemos si el Split hay albergue porque, como decía Gelu en tonillo quedón “ALGUIEN perdió el mapa de los albergues en la autopista”, (como si yo necesitase algo de eso). Salimos de la ciudad en busca de un camping o, en su defecto, un lugar discreto para montar la tienda de campaña. Decidimos conducir de noche y acercarnos un poco a Brela donde se encuentra la playa de Punta Rata, considerada por la revista Forbes como la mejor del mundo y a solo cincuenta kilómetros de distancia. Por el camino vemos muchos sobes, (alojamientos de particulares), y hoteles, pero ningún camping. Tengo la playa marcada en el GPS y al llegar a Brela me dirijo hacia ese punto con la vana esperanza de encontrar una esquina donde montar el campamento. En lugar de eso damos vueltas y más vueltas por un pueblo escarpado, con calles de pendiente imposible, sin un alma por la calle y sin ningún acceso a la vista para llegar a la playa. Dos o tres veces fuimos a parar al mismo lugar, un callejón sin salida a media ladera desde el que se veía el Adriático pero ningún acceso al mar. Desde una de las ventanas un vecino nos mira como a sospechosos apostado detrás de la cortina A las doce de la noche, cansados por un día de viaje, decidimos olvidarnos de Punta Rata y seguir buscando un camping. En Brela nos indican uno a diez kilómetros y cuando, después de varias vueltas llegamos allí, había cerrado la recepción minutos antes. Allí no quedaba nadie. Yo hubiese montado la tienda, como si nada y, al día siguiente solucionar el asunto con los del camping, pero Gelucho, con su proverbial prudencia, descartó la opción de forma automática. En lugar de eso nos internamos por una infecta pista forestal en la oscura noche croata buscando donde caernos muertos. El monte, bastante pendiente, resultó estar lleno de rocas y pinos y, al poco rato, estábamos de nuevo en la carretera, buscando un hotel.

Deshaciendo el camino andado recalamos de nuevo en Brela y, mientras yo vigilaba las motos, Gelu fue a buscar un sobe o una pensión de mala muerte. Yo me entretuve con la bota de vino rebosante de buen caldo dálmata y al rato llegó Gelu con un ser vestido con chanclas y bermudas y, todo hay que decirlo, con evidentes síntomas de embriguez. Resulta que el interfecto nos alquilaba una habitación en casa de su abuela al módico precio de 300 kunas. Al fin, después de varias horas de búsqueda, íbamos a alojarnos decentemente. Se fueron a ver la habitación y al regreso, Davor, que así se llamaba nuestro anfitrión, nos llevó hasta el bar para gastar en bebida lo que le habíamos pagado.

Mi name is Davor, – me dijo, – but my nickname is “Galinas” – y acto seguido se puso a cacarear para asegurarse de que habíamos entendido bien su apodo. Cuando lo oímos reír comprendimos perfectamente el porque de su sobrenombre.

Al entrar en el bar Davor alzó en su mano las 300 kunas y dijo algo en croata que podría ser interpretado como “barra libre que pagan los guiris” porque la totalidad de los parroquianos se descojonaba de risa. Gelu y yo salimos a tomar la cerveza lejos de aquellas risotadas, al menos para no estar presentes mientras se reían con estruendo. Me sentí totalmente ridículo y si no fuera porque el joven croata tenía nuestro dinero hubiese optado por largarme a toda leche y dormir en una acera. Detrás de nosotros vino Davor con más cerveza y sus colegas. Empezamos a charlar en inglés y, poco a poco, nosotros también comenzamos a reírnos y a disfrutar con nuestros nuevos colegas. Nano, nieto de italiano y yo, nos contamos media vida el uno al otro y al final, después de huna hora de charla y cerveza, fuimos a llevar las motos a casa de la abuela. Para llegar decidimos hacer una carrera de motos en la zona peatonal, con la particularidad de que a esas horas, si arrancábamos el motor sería un “big disaster” y a Davor su abuela le cortaría la cabeza. Ya era suficiente el hecho de haberlo mandado a pintar la barca y que que lo único que había hecho fuese el comprar la brocha por la tarde. Aún la tenía en el bolso. Así las cosas, ellos empujaban las motos mientras nosotros conducíamos. Yo animaba a Nano al que oía resoplar mientras empujaba como loco. Davor empujaba la Ducati pero, como su sentido de la verticalidad era más precario, mi Vstrom ya le sacaba un cuerpo de ventaja. Obviamente Nano y yo ganamos la carrera.

Después un poco más de charla, un mucho de vino y el último joint del viaje me llevó en volandas a la cama. Davor nos devolvió cien kunas porque, según Nano, era un “croatian cavalieri”.

Mañana a Dubrovnik por la costa pero antes veremos la famosa Punta Rata.

7. Brela – Dubrovnik. Motero a la Parrilla

Dia 28 de mayo

Brela – Dubrovnik


 

 

 

Hoy no hemos madrugado, menos mal. Me levanto con un poco de resaca, con la “cinta amarilla alrededor del viejo roble”, como diría mi amigo Juan. De Davor aún no sabemos nada, tampoco de Nino. Supongo que no les veremos el pelo más.

Después de cargar los trastos en las motos admiramos la bahía de Brela, el paseo marítimo y preguntamos, como no, por dónde se accede a la playa de Punta Rata. Ya me estoy cansando un poco de la puñetera playa y, después de dar unas vueltas por el pueblo buscando el acceso volvemos a encontrarnos en el mismo punto que ayer: lejos de la playa y sin encontrar el acceso. Al fin, justo tres minutos antes de darme por vencido y mandar la playa al carajo, un orondo alemán con la camiseta manchada de grasa y otros restos alimenticios, nos indica la entrada y, oh milagro, llegamos a la Playa de Punta Rata, como he dicho anteriormente considerada por la revista Forbes, la mejor playa del mundo.

 

Claro, con semejantes expectativas uno se espera una especie de orgasmo al llegar al destino pero, en lugar de eso, nos encontramos con una playa bonita. Ni la mejor del mundo, ni espectacular ni nada que se le parezca. Una playa bonita y punto. En cinco minutos despachamos la visita y rápidamente pusimos rumbo a Dubrovnik,la Perla del Adriático, esperando no sufrir otra desilusión.

 

La carretera discurre paralela a la costa en todo su recorrido y cuanto más al sur, más sube la temperatura. La cadena montañosa que tenemos a nuestra izquierda ha pasado del blanco nuclear de la zona norte a una caliza gris plomo en esta comarca. El atractivo de la costa se torna un tanto monótono. Los árboles han desaparecido casi por completo, dando paso a una vegetación más mediterránea que en el norte, sobresaliendo, únicamente, la presencia de los cipreses que forman unos bosquetes un tanto extraños.

El calor sigue apretando y, mientras negocio curvas y más curvas ya me va sobrando ropa. En una de las paradas que hacemos, muy cerca de la desembocadura del río Neretva, me quito la chaqueta y me quedo solo con la camiseta. El sol aprieta de lo lindo y tengo miedo a quemarme, pero no me importa porque en cuanto la temperatura pasa de treinta grados me pongo un poco histérico.

Voy sacando fotos desde la moto, sin detenerme y sabiendo que Gelu se pone nervioso cuando hago esto. El estuario del Neretva es una zona eminentemente agrícola que poco o nada tiene que ver con el resto de la costa. Cientos de terrenos de labor de pequeño tamaño se organizan entre canales de regadío como un tablero de damas sobresaliendo, de vez en cuando, frutales y algunos galpones. Atravesando el paisaje semilacustre, la vía del tren vertebrando el terreno. A partir de aquí nos alejamos de la costa unos kilómetros y remontamos en Neretva por su margen derecha mientras observamos las casas alineadas en la otra orilla. De vez en cuando un embarcadero que aún se ve en uso.

A ambos lados de la carretera los lugareños han dispuesto sus paradas de frutas y licores pero, con este calor, la verdad es que no apetece mucho realizar ninguna compra.

Me he quemado los brazos, era de esperar.

En Opuzen volvemos a tomar dirección sur y de nuevo regresamos a la costa, en mi caso con la esperanza de que la brisa marina me refrescase un poco. Nada de eso ocurre y sigo cocinándome en mi salsa. Llegamos a la frontera con Bosnia y Herzegovina, una franja de unos diez kilómetros que da salida al mar a este país. Allí nos miran el pasaporte sin gran interés y nos preguntan si salimos de nuevo a Croacia o si nos quedamos en Bosnia. Como salimos no hay más preguntas y continuamos viaje. Los croatas ni se molestan en pararnos.

Volvemos a entrar en Croacia y, a las tres de la tarde, ya esatmos en una terraza de Dubrovnik, justo en la zona más céntrica y al lado mismo de la entrada a la zona amurallada. Nada más bajarnos de las motos nos asaltó una rubiaza de mediana edad para ofrecernos cama cosa que, después del correspondiente intercambio de chanzas entre Gelu y yo, rechazamos amablemente. Para cuando nos quitamos el casco y los guantes ya habíamos rechazado tres ofertas de sobe, a trescientas kunas.

 

 

Nos zampamos una pizza en la terracita y luego nos fuimos a que la amable chica de la oficina de turismo nos indicase mal la dirección del albergue. En lugar de mandarnos al Youth Hostel nos envió a un instituto de educación secundaria. Regresamos de nuevo a la oficina de información , a través de Internet, localizamos la dirección correcta.

Después de instalados en el albergue, duchados y aseados, cogemos las motos, ya sin maletas y bajamos al centro, como dice el tango, “… y te vas pal centro, de rompedor”.

Manejar la moto sin el peso añadido del equipaje se convierte en el recordatorio de una experiencia olvidada. Que placer, parece como si lleváramos un ciclomotor.

Al atardecer, con temperatura agradable, recorrimos la Perla del Adriático, topicazo que lees y escuchas en todas partes y que se ajusta, a la perfección, a la belleza que guarda esta ciudad. La Placa, o calle principal con su suelo de mármol, las casas, perfectamente alineadas, las tiendas, las callejuelas, todo está revestido de un encanto que te engancha a primera vista.

Después de callejear llegó la hora del arte y desenfundamos gaitas en el centro mismo del turisteo. Con los primeros compases de la Muñeira de Tormaleo se nos acercó un vecino de Oviedo, luego unos de Pontevedra, de Madrid, de… parecía que estábamos en la Gran Vía madrileña. Las kunas iban cayendo en la gorra, si bien de forma más exigua que en Split. Allí, los lugareños eran los que más colaboraban con la causa, aquí, ante la ausencia de aborígenes, los turistas aflojaban la mosca con más reticencias. Aún así, lo nuestro no era sacar pasta, ya habíamos ahorrado durante el año para este viaje; estábamos allí para mostrar nuestro folklore y pasarlo bien.

Al terminar conocimos a una adolescente croata que balbuceaba un poco de español y nos reímos un rato de ella mientras ella hacía lo propio. Luego, después de cenar y tomar varios litros de cerveza coincidimos con unos chicos españoles que estaban de Erasmus en Italia. Ya no nos separaríamos hasta las cuatro de la mañana en que nos retiramos a descansar.

Mañana a Montenegro y Sarajevo.

 

 

 

 

 

 

8-. Dubrovnik – Sarajevo. Los Ojos Como Platos

 


Ver mapa más grande

 

 

 

Cuando salimos de Dubrovnik tengo un poco de resaca y voy pensando en que hubiera sido mejor seguir con los chicos de Erasmus de excursión a las islas. Otra vez será.

El calor ya aprieta a las once de la mañana y hay poco tráfico en la E-65 hacia Montenegro. Es una carretera amplia, con piso aceptable y buenas vistas hacia el Adriático, a nuestra derecha. A la izquierda las estribaciones de los Alpes Dináricos que mueren en la costa de forma abrupta, dejando escaso margen para el asentamiento humano. Es una paisaje marcadamente mediterráneo, con vegetación de bajo porte y esos bosquetes de cipreses que tanto me llaman la atención.

 

Bosque mediterráneo

 

Enseguida nos desviamos hacia el norte para entrar en Bosnia y de ahí pasar a Montenegro por carreteras secundarias. La carretera asciende ahora de forma suave por un valle arrasado por el fuego. Estamos muy cerca de la frontera y cada vez vemos más cruces y placas funerarias en los márgenes. Es como un recordatorio constante de lo que aquí ocurrió, como si se quisiera dejar constancia fehaciente de aquella guerra brutal que descarnó los Balcanes.

 

 

A media ascensión, el puesto fronterizo bosniaco consiste en dos casetas de obra amarillas habitadas por cuatro policías con cara de pocos amigos. Dos de ellos salen a recibirnos y con una, más que evidente desgana, nos piden los pasaportes. No hay preguntas, no hay amigable charleta, no hay colegueo. Después de un rato al sol nos sellan los papeles y entramos sin problemas en Bosna i Herzegovina. A partir de aquí las señales de la guerra son aún más evidentes que en Croacia: viviendas acribilladas, edificios inconclusos con marcas de mortero, parapetos.

 

Frontera Bosnia

 

Vamos derivando ligeramente hacia el este, siguiendo las indicaciones del GPS y disfrutando de los solitarios paisajes por planicies donde los únicos vestigios de vida superior son algunos zorros atropellados en la carretera. Cerca de la fontera con Montenegro la carretera desaparece del GPS y vuelvo a tirar del mapa en papel. Aún a pesar de reconocer las ventajas de la navegación por satélite ésta nunca tendrá el encanto de lo “artesano”, el enorme placer de mirar el mapa, trazar rutas, viajar con la imaginación, antes que con los pies al punto de destino. El vial se va estrechando y el piso es cada vez más irregular, llegando, por momentos, a ser una auténtica mierda.

La frontera con Montenegro, ubicada, como muchas de las que hemos cruzado, en mitad de la nada, se encuentra en medio de una cuesta y tiene poca actividad. Dos camiones, cargados de carbón hasta rebosar, (en sentido literal), esperan pacientemente que los aduaneros les sellen los papeles.

Un tractor pasa, lacónico, por el puesto fronterizo

La fronteriza, (dicho con acritud), policía montenegrina tiene, como casi toda por estos lares, una actitud poco amigable: caras largas y modales toscos. He dicho todos? No, uno de ellos, que se distingue de los demás por llevar camisa blanca en lugar de azul, se queda mirando las motos mientras come un helado de cucurucho de forma distraida.

 

 Great machine – dice mientras le da otra lametada al helado

 Oh, yes, is good -, respondo con mi flamante inglés de calle.

 Not bring you a girl?- ,(No traes a una mujer contigo), mientras señalaba el asiento de la moto.

 

Yo, extrañado, creí no haber entendido bien la pregunta pero el policía me saca de dudas escenificando, con grandes aspavientos, el gesto del folleteo: brazos adelante y atrás y balanceo de cadera.

 Coño, pienso-, nos ha tocado el “puntabrava” de la frontera.

 

Le río la gracia y le pregunto si no hay mujeres hermosas en Montenegro para esos menesteres a lo que me responde, con gesto hosco, que no, que son todas muy feas.

Allí lo dejamos con su helado y sus parcos compañeros y nos encaminamos a lo que va a ser el punto de retorno de nuestro viaje, la inflexión, la ciudad de Niksic. ¿Porqué este punto? Pues porque en algún sitio hay que dar la vuelta y volver a casa.

Aquí la carretera es, con mucho, la peor que hayamos pisado en todo el viaje. No solo es estrecha, tanto que no se cruzarían dos coches, sino que está bacheada hasta lo irreal y, en las curvas, los bordes de desmoronan dejando aflorar las piedras del relleno. Palabras como banda de rodadura pierden aquí todo su sentido. Aflojamos la marcha y nos adaptamos, como podemos, a esta infecta vía mientras se suceden curvas y más curvas entre matorrales y bosques de roble melojo, de no más de tres metros de altura.

No hay nadie.

Pasamos kilómetros y kilómetros sin un solo pueblo hasta que, en la zona donde la carretera está más destrozada vemos al camión de “obras públicas”. Por la ventanilla del conductor asoman unos pies en clara indicación de la hora de la siesta. Como es de suponer las obras avanzan despacio.

Poco a poco vamos confluyendo en carreteras de más entidad, como si navegásemos por arroyos tributarios de desembocan un gran río principal al que aún no hemos llegado. Ahora la carretera es ancha y con buen piso y podemos circular a velocidades elevadas en algunos tramos. En una curva me encuentro con un rebaño de vacas, pero como en mi tierra eso es habitual no le doy mayor importancia. Gelucho, que venía más retrasado, se pega el gran susto porque las cornudas en su ramoneo por la cuneta, ya habían invadido casi toda la calzada. Luego comentaríamos lo desagradable que podía haber sido tener un accidente con una vaca en Montenegro, culo del mundo conocido.

 

Slansko Jezero

 

Desde un alto ya vislumbramos Niksic al pie del lago Slansko Jezero, una ciudad de la que nada sabemos y en la que solo pararemos a comer.

Niksic es una ciudad sucia, fea, sin gracia, en la que no vimos naa que nos llamara la atención. A primera vista parece la capital de una zona minera donde los márgenes de la carretera delatan su actividad extractiva por lonegros. Entre los coches pequeños y baja cilindrada, de vez en cuando destacaba, como un diamante en un lodazal un Hammer o un Porche, algo tan fuera de lugar que no pasa desapercibido. Luego, buscando información en internet comprobé que esta ciudad es el refugio de la toda mafia montenegrina.

En el centro, antes siquiera de poner un pié en el suelo un policía ya me había llamado la atención, con silbato y todo, al creer que me iba a meter en zona peatonal. Yo, que solo quebranto la ley cuando es necesario.

Compramos viandas en un super de barrio que nos costaron menos de tres euros y nos dimos un banquete de mortadela, queso y yogurt al lado de un salón de juegos. La chica de las tragaperras, la única que me sonrió en este extraño país, se desvivía por entenderme cuando le decía que quería comprar una pegatina de Montenegro para la maleta de la moto. Creo que si pasáramos allí la tarde acabaría enseñándonos la zona de marcha. Y eso que marcha, lo que se dice marcha, no había mucha, pero los bares proliferaban por doquier. En la enorme plaza del centro, presidida por una estatua ecuestre, había un más que aceptable censo de hosteleros, cosa que, como muchos sabéis, me agrada sobremanera.

 

Plaza de Niksic

 

En esta ciudad tan poco acogedora nos encontramos con una pareja de valencianos que viajaban en furgoneta y que, al igual que nosotros, estaban un poco descolocados en esta ciudad medio fantasma. Charlamos un rato de aficiones comunes, (naturaleza, submarinismo, viajes), y nos despedimos.

Fiándones de nuevo del GPS salimos de la ciudad dando algunos tumbos y, como no, preguntando a los parroquianos, dirigiéndonos por la E762 hacia el norte para volver a entrar a Bosnia por la región de Pluzine donde se encuentra el cañón del río Tara, que atraviesa el Parque Nacional de Durmitor. Este cañon creo recordar que es uno de los mayores de Europa y ofrece imágenes realmente sobrecogedoras.

 

Región de Pluzine

 

Región de Pluzine

 

Nada más pasar el puente sobre el pantano que ha anegado gran parte del cañón, yo que como siempre voy abriendo la marcha, me introduzco en el primero de los muchos túneles de esta carretera. Es como entrar en una bocamina oscura, con mal piso, con goteras y piedras en le medio de la vía donde la negrura absorbe todo el haz de luz de la moto y me veo ciego, circulando casi a tientas en un medio hostil.

 

Túneles

 

Cañón del Río Tara

 

 

 

 

 

Salgo del túnel aliviado y antes de que pueda reponerme de la experiencia desagradable estoy inmerso en otro aún más largo. Y otro. Y otro. Y muchos más hasta que el valle en U se va abriendo y dejando paso zonas menos escarpadas con laderas cubiertas de robles. Otro vertiginoso descenso y nos topamos, de golpe, con la frontera bosnia.

Estamos sobre un puente militar con suelo de madera y nos detenemos antes de pasar al otro lado. Hemos dejado el puesto de los montenegrinos un kilómetro más arriba y ahora, al otro lado del río, está la frontera de los bosnios. A nuestra derecha un puente de piedra bombardeado, es el que suple ahora esta construcción de los militares de la Unión Europea. De nuevo pasaportes, de nuevo caras de culo por doquier y de nuevo carreteras infectas de tres metros de ancho donde l arecta más larga es de diez metros. A cambio el paisaje hace que de un respingo de felicidad y se me erice el vello de la nuca.

Recuerdo el tango de Carlos Montero que ponía música al soneto de Argensola:

 

Por que ese cielo que todos vemos ni es cuelo, ni es azul

¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!

 

Pero la belleza aquí sí es real, palpable y te rodea por doquier. Tal y como diría Amanda, la hija de mi amigo Josean “es tan verdad que parece mentira”. Con cierto desprecio me acuerdo del eslogan turístico en mi tierra natal: “Asturias, Paraíso natural” y en la soledad acogedora del interior de mi casco grito ¡ja!. Este país, devastado por una guerra de variados intereses, (como todas), con el ochenta por ciento de su territorio cubierto de bosques es el paraíso natural que no encontraremos, ni de lejos, en ningún lugar de España ni de la europa occidental. Ya veremos lo que tardamos en joderlo.

Bosques, valles, ríos, lagos, bosques, valles, bosques se suceden sin solución de continuidad. En una fuente hablo con unos lugareños que me dicen que vienen a coger agua siempre allí porque es la mejor de la comarca. Bebo con fruicción intentando que mi cuerpo y mi espíritu se impregnen hasta lo indecible de la esencia de esta tierra. Quiero, vanamente, entrar en comunión con estos lugares indómitos y empaparme de ellos aún a sabiendas de que soy ave de paso y que tan solo conseguiré, como mucho, aplacar mi sed física.

Cada kilómetro recorrido forma parte de un rosario de afirmaciones mentales. Volveré. Estoy totalmente seguro de que volveré a Bosnia, A Dubrovnik a Split. No sé ni cuando ni como, pero volveré.

En un alto, a unos cuarenta o cincuenta kilómetros de Sarajevo, volvemos a encontrar señales de peligro por minas. Esta vez están en un bosque intrincado, cerca del collado donde nos hemos detenido. Ante nosotros una casa acribillada a balazos y con agujeros de mortero. En silencio nos acercamos y observamos sobrecogidos supongo que por la cabeza de Gelu pasarían las mismas cosas que pro la mía pero no decimos nada. El desfile de atrocidades que acontecieron aquí te asalta constantemente.

Al llegar a Sarajevo entramos por la zona del aeropuerto, escenario mítico del conflicto bélico y único puente de la ciudad sitiada con el exterior. Los edificios conservan aún todas la smarcas de la guerra y, aunque vive gente dentro, las fachadas parece que han sido tiroteadas hace poco. Siento una sensación extraña. Hasta ahora, cuando leía sobre conflictos armados o cuando mi abuelo me contaba cosas de la guerra, (pocas, no le gustaba hablar de ello), era como algo muy lejano, como una historia legendaria. Sin embargo esta guerra la he visto en la tele, la he leído en la prensa y ahora estoy aquí, en el escenario imaginándome como fue y siento miedo. Pueblos como el mío, ciudades como las que conozco paisajes que me son familiares enzarzados en una cruzada de muerte y destrucción es… aterrador.

El interior de la ciudad está muy reconstruido pero aún quedan vestigios en muchos lugares. Perdemos más de una hora buscando la oficina de turismo que nos indique dónde está el albergue, todo ello para descubrir que está cerrada. Perdemos otra hora buscando un cibercafé y otra más intentando porner laas ideas en orden. Enviamos varios sms a modo de sos y Elena, mi mujer, con su eficiencia acostumbrada, nos envía la dirección del hostal más barato de Sarajevo, tal y como le hemos pedido.

En el Youth Hostel disponemos de acceso a internet por menos de un euro y estmos en pleno centro histórico, al lado mismo de las mezquitas, de la zona musulmana y de la zona más turística y comercial.

Nos paseamos por la zona y enseguida nos acostamos. Mañana más.

 

Mezquita en Sarajevo

 

Paseando en Sarajevo

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