ficción

Para siempre

Llegué a Postojna cubierto de polvo y cansado. Posé el pié el el suelo y di un ligero acelerón en vacío.  La moto rugió con estrépito quedo. A veces es sólo un acto de rebeldía caduca, la rémora del chico malo que nunca fui, el recuerdo de lo que no existió. Todos deberíamos tener el recuerdo de lo que no fuimos, una ligera noción de lo que creíamos ser y que, con el tiempo, descubrimos que no éramos. Todos deberíamos extrañar la vida que no tuvimos, supongo que sólo de ese modo la habremos vivido.

Un acelerón en vacío.

A unos metros la vi. No tendría más de trece o catorce años. Nariz chata y grandes ojos brillantes de lágrimas. Lágrimas que se habían secado en sus mejillas y mirada perdida en ninguna parte, en uno de esos lugares donde los ojos dejan de ver y las miradas se quedan ciegas. Su expresión reflejaba la más absoluta indiferencia por el mundo. Sólo ella, sumergida en un universo paralelo que parecía no comprender.

Quedé paralizado ante su presencia. Era la imagen perfecta de la tristeza, el ejemplo vivo de la melancolía más atroz, el retrato de la desesperanza. La estética de la soledad, la angustia perfecta. Inmediatamente quedé prendado de ella, de su pelo lacio, de sus manos inertes colgando en el extremo de sus brazos muertos, de sus labios indolentes, de su mirada perdida… Deseé bajarme de la moto y estrecharla entre mis brazos ungiendo sus lágrimas con las mías, fundiéndome en su dolor inmenso y aliviando su carga.

Después de unos instantes eternos vi el tanatorio, desdibujado, en un segundo plano. 

¿A quién lloraba? ¿Su padre, su madre, una amiga?

Una mujer de mediana edad la tomó de los hombros y la condujo al interior del edificio pero ella antes de entrar se volvió y su mirada perdida se posó en mi y en la motocicleta. Sálvame, cámbialo todo, suplicaban a gritos sus ojos. 

Rompí a llorar con tanto dolor que sentí que llevaría parte de su carga para siempre. Sólo entonces comprendí que lloraba por mi mismo.

Mi Vuelta al Mundo

Vuelta al mundoMuchos de vosotros ya conocíais este proyecto que se guardaba como oro en paño. No es que fuese un secreto pero sí algo íntimo que no estaba destinado a compartirse en la redes sociales sino a disfrutarlo en solitario o, como mucho, con mi pareja.

Ahora, terminado ya hace algunos meses e inspirado por José María Alguersuari, me decido a compartir con vosotros todos estos meses de experiencias. Han sido cuatro años intensos en los que pasaba el tiempo contando los días que faltaban para volver a tomar el avión.
Pero vais a perdonarme que no os cuente nada del viaje, sólo os brindo un pase de fotos para que dejéis volar la imaginación y os decidáis a dar vuestra propia Vuelta al Mundo. Read More

En moto a los Infiernos VIII

 

Al sonar el timbre Mario levantó la mirada y vio a Déborah asomada en la ventana. Llevaba puesta una camiseta de tirantes ajustada y, por primera vez, reparó en que tenía un cuerpo hermoso. Al darse media vuelta para abrir la puerta, sonreía. No la había visto sonreír hasta entonces. Su cara estaba iluminada como si tras aquella ventana no hubiese una desvencijada calle llena de mierda sino un mirador hacia algún lugar lejano y hermoso. Poco a poco la sonrisa se desvaneció y volvió el gesto frío y adusto que la había acompañado desde que el día anterior le había ofrecido su hospitalidad.

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En Moto a los Infiernos VII

Ya llevaba varias semanas sin hablar con nadie. Al menos sin tener una conversación que fuese más allá de un “lleno, por favor” en las gasolineras y Mario tampoco tenía muchas ganas de charlar con aquella prostituta. No era sólo que no se fiase ni un pelo de ella, era que, con el tiempo, su interés por intercambiar pareceres con los demás había ido disminuyendo de forma notable. Estaba muy agradecido de que lo hubiese acogido en su casa cuando no se sentía con ánimos ni para respirar pero no sentía ninguna necesidad de intimar con aquella chica rubia de aspecto eslavo.

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En Moto a los Infiernos VI

Los neumáticos del BMW chirriaron al entrar en Los Invernaderos dejando una nube de polvo marrón tras de si y bolsas de plástico que revoloteaban antes de posarse en los matorrales. Luego aminoró la marcha y recorrió varias calles del mar de plástico con pausa.

 

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En Moto a los Infiernos V

Merche llevaba mucho tiempo dándole vueltas a lo mismo: allí no pintaba nada. Ahora que Mario se había ido ya no tenía nada que hacer, sólo ocupar sitio. Su vida transcurría entre ansiolíticos, Xanax y Diazepam. Si, a lo largo del día, tenía algún momento de claridad mental era para recordar su yo pasado, ese que ya no volvería jamás. Así que reunió todas las pastillas que tenía, las colocó sobre la mesa de la cocina y las miró durante un rato. Poco a poco, las fue empujando a su garganta y, cuando quiso darse cuenta, se había zampado tres o cuatro cajas.

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En Moto hacia los Infiernos IV

Sintió un chorro de agua fría en la cara. Al abrir los ojos la luz del sol le cegaba la vista y alguien volvió a mojarle la cara.
Allí estaba Merche, a su lado, diciéndole que se despertara, que abriese los ojos, que se iba a morir de insolación allí, tirado al sol. Y Mario obedeció y abrió los ojos. Al instante Merche desapareció y quien ocupó su lugar fue una chica que no había visto en la vida. Había llegado la hora de quedar tarumba.

 

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En Moto Hacia los Infiernos III

La carretera era una mierda. A cada lado los matorrales, cubiertos de polvo, eran como una percha para bolsas de plástico, igual de despreciables. Antes solía pensar mucho en las bolsas de plástico y en la isla que se había formado en no sé qué mar a base de residuos flotantes. Que asco, por dios! ¿Cómo el ser humano era capaz de emponzoñar todo lo que tocaba?

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En moto a los Infiernos II.

 

Bar

¿Y ahora qué?– Se preguntaba Mario- 

Ahora nada.

Ahora la soledad y el destierro, el vagar sin rumbo sobre la moto. Qué paradoja de mierda. Él, que toda la vida había querido hacer un viaje sin fin ahora estaba inmerso en uno. Pero claro, las cosas son de otra forma cuando sólo te limitas a imaginarlas. Cuando se convierten en realidad y pasan a ser algo palpable ya no se parecen tanto a lo que habíamos soñado.

Pues eso, menuda mierda.

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En Moto a los Infiernos

Mario, desde crío había tenido una gran afición por las motos. Con catorce o quince años ya tenía su pequeño ciclomotor al que hacía mil y una perrerías. Que si trucar el motor, que si cambiar el escape… No era tanto la necesidad de que corriese más, que también, como el placer que le producía descubrir los insondables misterios de un motor de combustión interna.
Siempre con las manos engrasadas y con su ropa oliendo a gasolina y aceite.
Luego llegaron la madurez, las novias y los viajes en moto. Siempre su vida girando en torno a la moto.

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Motero Hijo de Puta

navajazo

Vengo a disculparme, cariño.

Ya sé que a veces me paso un huevo y la tomo contigo, pero luego me arrepiento y me digo a mi mismo que soy un bruto y que no debería tomarla contigo y que me paso mogollón. Como el otro día, cuando te di la patada. Joder, es que ya sabes que me revienta que me lleven la contraria, que intenten torearme.

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Despedida en un Futuro Incierto

Finales de Marzo de 2058

 

Querida nieta:
Espero que sepas disculparme por no usar el biolog o cualquiera de las herramientas que se han puesto tan de moda en los últimos años. En esta ocasión, llegado ya el ocaso de mi vida, he preferido usar herramientas de antaño, el sempiterno lápiz y el denostado papel que, en cuestión de cuarenta años ha pasado a ser algo anecdótico.

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