macedonia

7. Jugando al Teto

 

Ocho de la mañana, hora de levantar el campamento. Por la noche no ha llovido, luce el sol y todo huele a fresco, a humedad y a aire puro de los Montes Pindo.  En una de mis exploraciones alrededor del campamento encuentro excrementos de oso. No estoy seguro de que haya sido un oso el creador de semejante cagada pero, desde luego ha sido un bicho con culo grande, de eso no hay duda. Podría ser puesto que en la zona habitan osos, lobos, chacal dorado… y todo un elenco de especies emblemáticas. Lo que más me llama la atención son los bosques. Extensiones enormes de frondosas que pasan a estar ocupadas por coníferas en las zonas más altas. Hayas, robles y un sinfín de plantas endémicas que no había visto en mi vida.

Volvemos a intentar ascender la pista forestal con la intención de salir en Mavrovo. En esta ocasión soy yo quien abre la marcha. He salido de avanzadilla para valorar el terreno. El primer kilómetro tiene piso duro y es fácil. Las tormentas de los días pasados no parecen haber afectado demasiado al firme. Cuando comienza la subida más fuerte empiezan a aparecer los primeros surcos y zonas de barro. Un poco más arriba la pista se hace cada vez más difícil para subir con la moto cargada y con neumáticos mixtos. José Luis no será capaz de ascender este tramo con la pesada Varadero. Al menos no sin sufrir alguna caída. Seguiré un poco más por si la cosa mejora un poco más arriba.

Yo estoy acostumbrado al bosque atlántico, a ver hayedos y robledales de superficie considerable, a respirar el silencio del monte y subir con la moto por esta pista, encajonada entre el riachuelo y el valle, no tendría que llamarme demasiado la atención. Pero me la llama.

No sé si es el hecho de estar lejos de casa, haciendo lo que más me gusta que es viajar en moto, la emoción del viaje o detalles como los rayos de sol colándose entre las ramas de los árboles pero lo cierto es que el paisaje me parece maravilloso.

De aquí no paso. La pista es muy estrecha y las dificultades para avanzar cada vez mayores. Miro hacia el fondo del valle, al río cincuenta metros por debajo, y considero que estoy circulando demasiado cerca del borde de la pista. Me vuelvo por donde he venido. No sólo porque no me gustaría tener una caída en estos parajes sino porque José Luis ya se ha caído ayer y esta zona es mucho más complicada. No es justo someterlo a este suplicio solo por capricho.

Vuelvo a pasar por el pueblo y, mientras llegan mis compañeros, que han quedado rezagados, me meto en un bar tienda a comprar pan. Uno de los parroquianos, emigrado, habla inglés y alemán así que todos podemos saciar nuestra curiosidad por el otro. Charla, risas, preguntas… poco a poco voy tomando confianza de modo que, cuando llega el resto de la expedición me encuentran por dentro de la barra del bar simulando que despacho a los clientes y con una amplia sonrisa. Me creo el rey del mambo.

Después de la compra el dueño nos invita a un café turco. El café turco, como su propio nombre indica, viene de Damasco y como los Balcanes estuvieron bajo la dominación del Imperio Otomano pues adoptaron también este brebaje. Se prepara moliendo el café muy fino, tanto que parece harina marrón. Luego se mezcla con agua fría en un recipiente similar a una chocolatera, la eldžezva, después se le añade el azucar si se desea, se calienta hasta hervir y se sirve en tazas pequeñas, como las del expreso. Siempre lo sirven con un vaso de agua del grifo que aprovecho para quitarme de la boca los restos de café molido. Es inevitable que se te queden entre los dientes y la sensación es bastante desagradable.

Ahora viene lo bueno, el chupito de rakia de las diez de la mañana. Nuestro anfitrión ya se ha tomado dos o tres que yo haya visto,  y está muy dicharachero. No necesita insistir mucho, yo soy muy dado a la cata alcohólica, aunque se me hace raro hacerlo a horas tan tempranas.

La rakia es una bebida similar al aguardiente que se obtiene a partir de la destilación de frutas fermentadas. Suele tener cuarenta grados pero el de segunda destilación, el prepečenica, llega hasta los sesenta. Afortunadamente estamos con el primero.

El chigrero se me queda mirando fijamente mientras apuro el primer trago, esperando ver una cara de sorpresa, de dolor… Entorno un poco los ojos y, sin cambiar la expresión le hago un gesto con el pulgar arriba mientras exclamo. ¡cojonudo! Se ríe y me vuelve a llenar el vaso.

Él no habla inglés, ni nosotros macedonio. El emigrado se ha ido y nos quedamos solos en la tienda con el dueño que, por cierto, es un fan irredento de Ferrari y Fernando Alonso. Se alegra mucho de saber que somos de la misma tierra que Fernando Alonso. De Suiza no, de Asturias.

“Jefe, póngame otro chupito de rakia”

José Manuel no es muy dado a beber alcohol y lo ha probado, más por cortesía que por otra cosa. José Luis no pasa del segundo.

Apuro el tercer vaso brindando con mi hermano macedonio, albano, kosovar o lo que sea. Recogemos la compra y salgo entre eructos etílicos.

 

Tetovo. Obviamente me suena a tetas. Su nombre significa “Ciudad de Teto”, un héroe local que, al parecer, limpió la ciudad de serpientes. Soy como un crío, cuando oigo tetas, caca, culo, pedo ya me da la risa y me lo paso bomba con juegos de palabras. Si hay adultos delante que me lo echen en cara, aún mejor. En este caso, como estoy solo dentro del casco y respirando vapores de aguardiente, me río solo. Seguro que cualquier día de estos maduro y pierdo la parte infantil.

Los arrabales de Tetovo no tienen nada de gracioso. En lugar de entrar a la ciudad por la nueva autopista lo hacemos por uno de los barrios del sur. Las mezquitas proliferan por doquier y son, con diferencia, los edificios más cuidados. El resto parece fenecer entre calles polvorientas y descuidadas. Las tiendas muestran su mercancía en el exterior y los comerciantes se afanan en regar la calle para evitar el polvo. Circulamos entre coches destartalados y furgonetas que hace lustros dejaron de ser nuevas. Basura, suciedad y baches.

 

Frontera de Kosovo. Da un poco de “cosa” llegar a la frontera de Kosovo. Esta es de segundo orden, no tiene nada de especial. No hay fuerzas de intervención de la KFOR, ni soldados armados hasta los dientes. Uno de los guardias, mientras esperamos el papeleo, me habla en portugués. Resulta que ha estado emigrado en Suiza, trabajando en la construcción con albañiles portugueses y, mira tu por donde, se le ha pegado el idioma. Yo llevo años avanzando a paso de caracol con el inglés y este guardia fronterizo, tímido y cohibido, aprende portugués en… Suiza! Hay que joderse.

Después de los trámites aduaneros contratamos un seguro de viaje obligatorio para entrar en el país. Tiene una validez de un mes y nos cuesta quince euros.

Kosovo nos recibe con más montañas plagadas de bosques. Me recuerda un poco a Asturias pero más frondoso.

Paramos a comer al lado de una fuente. Sacamos el chorizo, el queso, las conservas… un pic-nic en toda regla. Un enorme todo terreno de la policía de fronteras se detiene a nuestro lado. Se baja un policía panzudo y, cuando creo que va a pedirnos los papeles nos saluda amablemente y echa un trago en la fuente.

Un poco más tarde llega un hombre de mediana edad con su esposa. Conduce una furgoneta pequeña de la que saca una caja de fresas para lavarlas. Hablamos un rato en francés y me cuenta que ha estado trabajando en Francia casi toda su vida. Al enterarse de que vamos hacia Pec nos recomienda hacer la ruta por el sur, por la ciudad de Pizren, atravesando el Parque Nacional de Sharr. Nos regala unas fresas para el postre.

El parque Nacional es una sucesión de curvas hermosas enmarcadas, como no, entre bosques. Me llama la atención que, en cada puente, hay una señal que indica el peso máximo para carros de combate. Definitivamente este es un lugar distinto y extraño.

Kosovo hace diez años estaba dándose de leches. La cosa comenzó cuando el tristemente famoso Milosevic aumentó la presión sobre la mayoría albano-kosovar en lo que, por aquel entonces, era una provincia serbia. Los serbios aquí eran minoría y las tensiones fueron en aumento. La bronca estaba servida. Los albano-kosovares se sublevaron, hubo guerra de guerrillas y los asesinatos masivos por parte del ejército serbio se multiplicaron. ¿cómo terminó todo? Con la intervención de la KFOR, el bombardeo de Belgrado y la retirada de los serbios. Hay quien sostiene que todo fue una capaña de los EE.UU. que necesitaban tener más presencia en la zona y derribar el régimen serbio. Adiestraron a las fuerzas de la guerrilla UÇK e inflaron la cifra de muertos para que hubiera más presión de la comunidad internacional y la CIA anduvo metida de por medio.

En fin, cosas de los Balcanes, de sus líos étnicos y de su carácter guerrero donde los haya.

El Parque Nacional de Sharr ha desaparecido de mi vista, siendo sustituido por una espesa capa de bruma y un chaparrón de gotas gordas como puños. Me gustaría haber visto el pino de Macedonia, la rosa alpina o cualquiera de sus especies vegetales emblemáticas pero, con este día, tendré que conformarme con ver la carretera. Las gafas se me empañan. La pantalla del caso se me empaña. Las botas está llenas de agua y mi desesperación va en aumento. Obligo a mis compañeros a detenerse cada dos por tres porque se me hace imposible continuar la marcha. Odio este casco. No consigo ver nada y, desesperado, abro la pantalla. Las gafas se inundan de agua de lluvia y, de nuevo, tengo que detenerme.

Circulo por la mitad de la carretera, formando una enorme caravana detrás de mí. Esto es una auténtica mierda.

Al llegar a Pizren ha dejado de llover y me detengo en una plaza, al lado de la terraza de una cafetería. Me gustaría tomar algo, conocer la ciudad. La gente nos saluda desde la acera, nos tocan el cláxon, todo son miradas amables. Después de un breve cónclave se decide continuar hacia Pec. No estoy conforme con la decisión pero no digo nada. Si viajase solo, o con mi amigo Gelu, habría parada aquí para quedarnos a dormir. No sé por qué pero el sitio tenía algo que me atraía. Obviamente, a mis compañeros de viaje no les sucede lo mismo o sea que continuamos la marcha. No es que me moleste, al fin y a la postre cuando viajas con más gente todos tenemos que adaptarnos a los demás en mayor o  menor medida. Hasta ahora las cosas con ellos van perfectamente. Hay buena armonía y no hay discusiones entre nosotros. Aún recuerdo las tensiones entre los dos que me acompañaron en mi viaje a Mauritania. No quiero que eso se repita y menos por mi culpa. Lo que pasa es que me quedaré con la duda de si Pizren tenía algo que me estaba llamando. Otra vez será. El viaje continúa y la ciudad seguirá estando aquí para cuando decida visitarla.

En Kosovo la gente, en general, es muy amable. No están acostumbrados al turismo y todo el mundo nos pregunta si necesitamos algo.

Son las seis de la tarde y estamos delante de uno de los monasterios más famosos de Kosovo. José Manuel nos ha dicho el nombre pero yo ya no lo recuerdo. Para llegar aquí hemos tenido que pasar por una carretera con grandes bloques de homigón atravesados a modo de "laberinto” para impedir la entrada de vehículos en línea recta. Al fondo, un control de la KFOR con dos soldados italianos de dos metros de altura. Resultan impresionantes con sus armas ultramodernas y su equipo militar. Yo, que ni siquiera he hecho la mili me siento muy acongojado con estas cosas. Están vigilando constantemente los lugares patrimonio de la humanidad. El monasterio ya ha cerrado así que, antes de que anochezca del todo nos iremos a Pec. Mañana será otro día.

Se ha hecho de noche y, a medio kilómetro de la carretera principal puedo ver la enorme iluminaria del cuartel general de la KFOR. No me gusta viajar de noche por lugares que no conozco.

En Pec buscamos un hotel barato para quedarnos a dormir. Conecto la WIFI del iPhone y compruebo, asombrado, que hay muchos lugares de la ciudad con red gratuita. Nuestra búsqueda se prolonga durante más de media hora hasta que, en un aparcamiento se nos acerca un hombre con camisa floreada y bermudas. Nos pregunta si necesitamos algo y le contesto que si, que un hotel bueno, cerca del centro, barato y seguro. Después de pensar un rato saca su móvil y hace unas llamadas. Al momento se presenta un taxi que nos guiará hasta el hotel que nos ha recomendado. Le paga la carrera al taxista y no permite que le demos más que las gracias.

Definitivamente, o este es un país de gente amable o nos estamos encontrando con los habitantes más solícitos.

En el hotel guardamos las motos en la recepción. Solo la BMW y la mía. La Varadero no cabe. Nos duchamos, me conecto a internet para dar el parte de novedades a mi familia y nos vamos a cenar.

El recepcionista del hotel Dona, un chico joven y dispuesto, nos acompaña al restaurante bueno y barato que pedimos, está a un par de manzanas. La comida se pide a la entrada, en una pequeña cocina con un par de planchas y una vitrina que nos separa del cocinero. Llega un taxista dicharachero que nos bombardea a preguntas. Ha estado trabajando muchos años en Alemania y habla alemán, francés, italiano y albanés. De español solo sabe algunas palabras. En italiano nos vamos entendiendo bastante bien. Nos recomienda las especialidades de la casa y nos invita a las ensaladas y a los extras que se salgan del plato básico. En mi plato hay salchichas, chorizo kosovar, pimientos escabechados… todo está delicioso y pagamos catorce euros por los tres platos, cerveza incluida.

Este país ha de merecer otra visita, que duda cabe.

 

6. La Llegada del Gordo

 

Orihd

Macedonia. La reina de los postres. El lago Ohrid, majestuoso, enorme. Cargado de historia y uno de los lagos más antiguos del mundo. Tanto como el Baikal o el Titicaca. Patrimonio de la humanidad desde 1978. Sus aguas son transparentes, tanto que la vista acanza, en algunos puntos, los 22 metros de profundidad. Aunque a veces la eutrofización consigue enturbiarlas.

Esta mañana está tranquilo y reposado bajo una capa de bruma lechosa. A lo lejos, en la orilla Oeste, albania parece quedar sumida en una nebulosa opaca. Quizá sea sólo un reflejo de la realidad. Desde una de las torres del castillo, mientras dejo que mi mirada se pierda en el lago, apoyo los codos en el parapeto y cierro los ojos. Macedonia. La reina de los postres. La cuna de Alejandro Magno. A mi hijo le llevo una camiseta con la imagen del hijo de Filipo, a vre si le pica la curiosidad y le apetece investigar sobre el personaje.

Dejamos las alturas de la fortaleza del siglo X y nos vamos a otro lugar Patrimonio de la Humanidad. José Manuel viene con toda la información en el GPS pero, aunque no fuera así, Antonio, el marido de nuestra posadera, nos instruyó ayer en la historia de toda la comarca.

En poco tiempo hemos ascendido con nuestras motos hasta el monasterio de San Pantaleón, construído por Clemente, un discípulo de San Cirilo. Recuerdo que Cirilo, en la película “Ágora” fue uno de los principales responsables de la muerte de la filósofa Hipatia. Muy santo pero muy cabronazo.

Este edificio, al igual que muchas construcciones religiosas, pasó de ser iglesia a mezquita, de mezquita a iglesia y de ahí a atracción turística del Lago. Aún conserva el halo de espiritualidad que se les presupone a estos lugares a pesar de que somos muchos los turistas que paseamos despreocupados por los jardines y los restos arqueológicos.. En el interior del templo suena música sacra ortodoxa que, junto con el olor a incienso, llama al recogimiento y a la oración. Es una lástima que yo no sea creyente porque en uno de estos lugares que tanto me gusta visitar probablemente encontraría la comunión con el dios al que adorase. Soy muy sentido yo para estas cosas. Muy dado al recogimiento cuando la atmósfera que me envuelve es propicia para ello.

Vuelvo a salir al calor mañanero. Regresamos a las motos. Mi Vstrom está bajo las ramas de un enorme cedro.

Ayer Antonio nos recomendó vívamente que no nos fuésemos de la región sin visitar no se qué iglesia de Struga, que está aquí al lado, a veinte kilómetros. Apenas está indicada pero, según él, con sus indicaciones no podemos perdernos.

Struga, Madedonia

 

Struga es una ciudad pequeña, de casas de planta baja y calles cuadriculadas. Reposa varada en la desembocadura del lago, un estrecho canal por el que el agua se escapa bajo unas compuertas de madera. Comemos uno de los platos más típicos de los Balcanes: el Burek. Es una especie de empanada de hojaldre rellena de carne, de queso feta, de espinacas… Un plato contundente, delicioso y que te quita el hambre para toda la tarde. En Bosnia había algo parecido que recibía el nombre de “chepavi”, un pan abierto relleno de cebolla y salchichas de cordero que nos zampamos en un desayuno épico en la ciudad de Sarajevo. Año 2008. El tiempo pasa a toda velocidad.

Cierto, con las indicaciones de Antonio no nos podíamos perder. También cierto que hubiésemos llegado sin indicaciones; el truco consiste en seguir la carretera, rodeando el lago, hasta que ésta se termina. El lugar es un tanto anodino. Un embarcadero solitario, de nueva factura, un hotel de varias estrellas, un aparcamiento desierto y tres motoristas que se miran con cara de escepticismo.

Descubro que a ninguno de los tres nos apetecía mucho venir a este lugar pero “como-no-podíamos-perderlo” pues aquí estamos. Para entrar a la iglesia en cuestión, que está excavada en la piedra, hay que pasar por el interior de un museo que no alberga ninguna pieza. Es un edificio anexo al hotel en el que se respira un incómodo silencio.

El interior de la iglesia, excavada, en parte, en un saliente de la roca es fresco y me da la impresión de que el aire es extremadamente seco.

Es un sitio extraño.

 

A media tarde salimos en dirección al Parque Nacional de Mavrovo, en el norte del país. Nuestra intención es continuar hacia Kosovo cruzando la frontera en Tetovo. A pocos kilómetros de Struga José Manuel comanda la expedición. Me gusta circular detrás de su moto. La velocidad es siempre correcta y prudente. Lo cierto es que en la mayor parte del viaje es él quien abre la marcha. Vamos guiándonos por su GPS y visitando los puntos de interés que tiene señalados. En esta ocasión perseguimos una cascada situada a poca distancia de nuestra ruta. Tomamos el desvío y llegamos a un pueblo grande, Labunishta. Es empinado y circulamos con precaución por sus callejuelas atestadas de gente. Todo el mundo nos mira. Pero no es la mirada de curiosidad a la que estoy acostumbrado cuando viajo en moto por lugares con poco turismo. Aquí las miradas denotan cierta sorpresa, desagrado. Un hombre, sentado a la puerta de un bar, se levanta a nuestro paso y nos sigue con los ojos mientras estamos en su campo de visión. Lo estoy viendo por el espejo. Me pregunto qué está pasando aquí.

Cientos de cables eléctricos pasan de un lado a otro de la calle, entre casas de dos alturas de ladrillo sin enfoscar. Todo el barrio da la sensación de estar a medio hacer, como si las obras se hubieran parado hace tiempo.  La mayoría de la población es musulmana. Esto parece un gueto. Hasta ahora la religión mayoritaria me dio la impresión de que era ortodoxa pero, según nos acercamos al norte, va cambiando. Ya hemos visto algunas mezquitas y mujeres con hiyab. Esta es la región de los refugiados albanos, de los que entraron en el país durante la guerra de Kosovo en 1999. Recuerdo que aquello tenía tintes de una crisis humanitaria con casi 400.000 albano-kosovares pasando la frontera en muy pocos días. Esto de los Balcanes si que es una macedonia de culturas, etnias y mala leche.

Vemos muchos carteles de un político gordo y con cara de corrupto.

Seguimos avanzando y cada vez hay más gente. Casi todos nos miran extrañados. A estas alturas ya nos hemos dado cuenta de que estamos llevando la dirección incorrecta, que por aquí no se va a ninguna cascada. Si acaso a que nos casquen.

Frente a nosotros aparece una multitud que grita y nos hace señas braceando agitados. Son casi todos chicos jóvenes que portan banderas y pancartas que no me entretengo en leer. El griterío va en aumento, a la par que mi nerviosismo. Me tranquilizo al ver a uno de ellos con una camiseta que pone “security”. Éste, con grandes aspavientos nos indica que nos desviemos a la derecha. Nos libramos del vocerío de los manifestantes y aparecemos ante una mezquita.

Estoy deseando salir de esta ratonera. No tengo ni idea de lo que ocurre pero por las miradas y las actitudes puedo ver que no somos bien recibidos. José Manuel le pregunta a un policía municipal por la ubicación de nuestra cascada que, a decir verdad, ya me importa bien poco.

Bajamos a la parte baja de Labunishta, evitando esta vez las callejuelas de la subida y salimos de nuevo a campo abierto. Nos cruzamos con una caravana de coches que hacen sonar el cláxon como histéricos. Van a toda leche y abre la marcha un Mercedes negro, de alta gama, con luces rojas y azules de policía camufladas en la parrilla. Supongo que el gordo con pinta de corrupto vendrá instalado en su interior, escoltado por acólitos portadores de banderas.

 La cascada

La carretera es ahora amplia y con buenas curvas. Discurre a orillas del pantano de Globochica que se encajona entre montañas de poca altura. En la otra orilla se adivinan varias casitas escondidas entre la frondosa vegetación. Parecen querer quedar disimuladas entre los árboles, escondiendo el mismo secreto de su existencia paradisíaca. Nos paramos en un apartadero, al lado mismo del agua. Dos pescadores están recogiendo los bártulos y colocándolos en el interior de un diminuto FIAT 600. Haciendo gala de mi sentido del humor les pregunto si tienen licencia de pesca. La respuesta es un titubeante “si” seguido de la indiferencia más absoluta. Intento seguir la conversación preguntando sobre el modo de obtener las licencias de pesca, si hay mucha abundancia de peces… Los dos hombres se suben en el coche y me dejan con la palabra en la boca. Se ve que no ha sido una buena jornada de pesca. Añado que me sentí un poco cretino.

Continuamos en dirección Norte, hacia el cielo encapotado y gris. La carretera avanza hacia un valle más abierto y más poblado. Otro embalse. Volvemos a parar al lado de unos chicos que están pescando unos metros más abajo. Vuelvo, como un idiota, a hacer la misma broma de la licencia de pesca, añadiendo esta vez que soy el guarda del río. Me contestan que allí no hace falta licencia, que ellos no la necesitan. Además de castigarme con su indiferencia me dicen algo más en un idioma que no comprendo pero que interpreto a la perfección: “vete a tomar por el culo”. Desde la posición de dominio en la que me encuentro, treinta metros por encima del agua, en la carretera y con la moto arrancada no me importa hacer caso omiso a las advertencias de mis compañeros de viaje sobre el peligro de vacilar a los chavales. Además, me han vacilado ellos a mi. De nuevo vuelvo a sentirme un poco cretino.

Comienzan a caer las primeras gotas y, pocos minutos, la carretera se convierte en un pequeño riachuelo al llegar a las inmediaciones de la presa.

Nos cruzamos con un grupo de seis motos con matrícula alemana. La primera lleva matrícula macedonia. Es un guía y su expedición. Siento un poco de envidia porque es un trabajo que me gustaría desarrollar. Mucho más que el mío. Seguro. Y eso que el mío no es malo: puedo volar en avioneta, trabajar con un 4×4 o con una Suzuki DRZ 400S. Pero trabajar sobre la moto siempre tiene que ser la pera. Cuando me cruzo con la policía de tráfico también pienso que es un trabajo que podría adaptarse a mis necesidades. Todo el día en la moto y sin problemas con el costo de los repuestos o la gasolina. Ésta ocupación lleva como contraprestación que hay que ejercer labores coercitivas sobre tus conciudadanos pero no todo va a ser miel sobre hojuelas.

Precisamente, hace poco, hablando sobre esto de ser policía de tráfico, alguien que tiene un conocido Guardia Civil me comentaba que es un coñazo. Que hay días que solo hacen un tramo de autopista de unos pocos kilómetros una y otra vez. Y así ocho horas. Prefiero ser guía.

Estoy abriendo la marcha. Me encanta mirar atrás y ver a mis compañeros de viaje siguiéndome con sus motos. Me siento como un líder. Es como una pequeña sensación de poder, como si una parte de su destino estuviera en sus manos. Y haciendo caso omiso de esa responsabilidad tomo la carretera equivocada y obligo a mis seguidores a hacer veinte kilómetros en dirección opuesta. Se ve que no tengo alma de jefe.

 

El día va escampando, a pesar de que ha caído un chaparrón de considerables dimensiones, nunca llueve que no pare. Ni siquiera esta vez.

 

 

Entramos en el Parque Nacional de Mavrovo bajo una llovizna fría y desagradable. Mi intención es llegar a la población de Mavrovo, donde está situada la oficina del Parque y acampar en el cámping. Antes pasaremos a ver otra de las joyas patrimonio de la humanidad, el Monasterio de San Juan Bigorski, en Deba.

Al llegar al monasterio aparcamos nuestras motos a la entrada, al lado de varios coches. Inmediatamente, un vigilante de seguridad nos intercepta y, de malos modos, nos expulsa del recinto porque allí no se puede aparcar. Quedamos fuera, mirándonos y sin saber muy bien qué hacer. La tarde está cayendo y aún no tenemos muy claro dónde vamos a quedarnos a dormir. A José Manuel le apetece hacer algunas pistas aunque yo tengo mis reservas porque estamos en un parque nacional y seguramente esté prohibido acampar en cualquier parte. De hecho hemos visto algunos carteles que lo prohíben.

Consultando el mapa y el GPS decidimos hacer una pista de la parte alta del parque que, en uno de los tramos se sale de terreno protegido y podremos acampar. Sigo sin estar muy convencido pero no es cuestión de seguir con el cónclave porque quedan pocas horas de luz.

Dejamos el monasterio sin dedicarle ni una mirada más. Seguramente alberga tesoros de valor incontestable (en este caso reliquias de la Vera Cruz y trozos de algunos santos), pero lo cierto es que se ha hecho bastante tarde y a ninguno nos apetece seguir imbuyéndonos de cultura.

Nos encaminamos hacia Lazaropole, en el interior del parque y sólo a treinta y cuatro kilómetros de nuestra posición. Pensado así, en kilómetros, no parece muy lejos pero, una vez en marcha, con la lluvia acompañándonos otra vez y ascendiendo a lo alto de la montaña por una carretera estrecha y retorcida, la cosa tiene otra pinta. Cuando, por fin, ascendemos a los 1350 metros arribamos a la población que, a estas horas de la tarde, parece desierta. Tomamos la pista de tierra que, a causa de la lluvia está llena de barr y de charcos. Abre la marcha la BMW de José Manuel. Yo voy detrás, a buen paso, esquivando baches e intentando que la moto no me domine. Me acuerdo de la DRZ y lo bueno que sería tenerla ahora para volar sobre esta pista. A unos dos kilómetros de la población me detengo porque he perdido de vista la Varadero de José Luis. Apago el motor y enciendo un cigarro. José Luis se ha caído. Seguro. Si tarda otros cinco minutos más iré a buscarlo. José Manuel ha dado la vuelta y está a mi lado esperando.

Efectivamente, se ha caído. Lo vemos aparecer de pie sobre los estribos y no tarda en llegar a nuestro lado. De nuevo, cónclave. Decidimos montar las tiendas allí mismo, al lado de una fuente y con un círculo de piedras con restos de una hoguera. No somos los primero y seguramente tampoco los últimos.

Hace frío, no más de nueve grados. Mientras mis compañeros montas sus tiendas enciendo un fuego. Me cuesta hacer que arranque. Lleva todo el día lloviendo y todo está mojado. Cena de campaña alrededor del fuego y todo el mundo a la cama. Hoy ha sido un día muy largo. Aún así, me quedo un rato alimentado la hoguera. Me fumo un canuto y me regodeo en la idea de estar en Macedonia, en el monte, sentado al lado de una hoguera fumándome un canuto. Cuando salgo del bucle me voy a la cama y me duermo enseguida. Esto es vida!

5. Postcomunismo y Macedonia de Frutas

 

Son las ocho de la mañana. Hace rato que estoy despierto pero me resisto a abandonar el lecho y doy un par de vueltas más dentro del saco de dormir. Por la noche me levanté a mear. Mis pies descalzos avanzaban sobre la hierba mojada y fría. Mientras, un manto de estrellas cubría mi pequeño mundo. Di un respingo de emoción y respiré hondo el aroma de la noche. El silencio, profundo, solo se rompía por el sonido de mi respiración. Extendí los brazos y volví a sentirme afortunado por poder disfrutar de estos pequeños instantes de placer.

Escucho a mis compañeros que comienzan a revolotear alrededor de las tiendas. Cremalleras que se abren, bolsas que crujen y carraspeos mañaneros que anuncian otra hermosa jornada de moto.

Un pastor se acerca a charlar con nosotros movido por la curiosidad pero la conversación es imposible. Su poca pericia a la hora de comunicarse por señas unida a nuestro escaso dominio del albanés hace que nos quedemos un poco cariacontecidos.

Varios rebaños de ovejas cruzan la pradera con paso tranquilo perdiéndose entre los matorrales y las coníferas diseminadas.

He quedado un poco retrasado y, ya en la carretera, entablo conversación gestual con dos hombres que están sentados en el talud. Entre señas y algunas palabras en italiano me cuentan que están esperando al veterinario para que vaya a ver sus ovejas. Aprendo a contar en albanés “tosco” la variedad que se habla en el sur (ñe, de, tre, quater, pes, yast, stat, tet, nant y dieto). Me enseñan a decir “gasolina” (benzin), “vaca” (lou), “oveja” (dele), “gracias” (faleminderet) y a despedirme con un sonoro “miropapsi”.

Charlamos sobre el cambio del euro a lecs, sobre el sueldo de un albanés medio, sobre vigilancia ambiental… Y todo ello mediante señas, unas pocas palabras en común y, sobre todo, buena voluntad y ganas de cháchara. Me hubiese quedado con ellos toda la mañana. Los habría acompañado a ver las ovejas con el veterinario y conocer su pueblo. Pero nada de eso pasó. Mis compañeros estarán echándome de menos en el fondo del valle.

Enfilo de nuevo la carretera y, en pocos minutos, me adelantan varias BMW con matrícula checa. Son las primeras motos gordas que veo por la zona. En el Parque Nacional de Brutrint nos encontramos con un francés que venía en Vstrom. Hombre parco en palabras y viajero solitario. Cerca de Girokaster, un grupo de quince o veinte motos de enduro. A partir de allí solo gente caminando, en burro o en viejos Mercedes, demasiado añosos para estas carreteras. Bueno, y la ZZR de ayer.

Hacía años que no veía recuas de mulas. En Marruecos es fácil ver borriquillos en cualquier parte del país pero mulas ya es más complicado. Ni siquiera en el pueblo donde vivo. Cuando yo era crío había dos en mi calle y casi todos los días las veía pasar camino de la fuente. Pero ahora se hace raro. Sin embargo aquí en Albania parecen tener el criadero asegurado, al menos hasta que la población evolucione hacia un modo de vida más urbano.

En este país casi todo el mundo vive en el campo y se dedica a la agricultura. En las ciudades vive poco más del 30% de la población. Después de la crisis que sobrevino tras la caída del régimen comunista en la que se fueron al garete los sistemas bancarios piramidales y toda la industria pesada, las colectividades agrícolas se vieron literalmente asaltadas por los propios campesinos que “descolectivizaron” todo lo que pudieron, agarraron su propio trozo de terreno y se dedicaron al cultivo de subsistencia en espera de tiempos mejores.

Este es un país históricamente “ajetreado”. Dominado por Bizancio, por los turcos, por los griegos… Otro escenario bélico cuyos últimos coletazos fueron en la Primera Guerra Mundial y luego la invasión de los italianos en la que Mussolini colocó un rey y todo. Mas tarde las revoluciones internas y el acercamiento al Pacto de Varsovia, hasta que a Hoxha le dio por poner a parir a los dirigentes del Kremlim y el país se situó en la órbita del comunismo chino.

Todo esto reventó el 1997, con la gente harta de experimentos sociales, harta de miseria y con los pocos ahorros que tenían en manos de estafas piramidales institucionalizadas y avaladas por altos funcionarios del gobierno. La emprendieron a hostias, como no podía ser de otro modo entre estos pueblos balcánicos, bravos donde los haya, y no llegaron a la guerra civil gracias a la intervención de la fuerza multinacional de la OTAN.

Mis compañeros, efectivamente, me están esperando en un recodo del valle. Al bajarme de la moto veo que están aparcados a la entrada de un camping. Me sorprende encontrar un establecimiento turístico porque no parece que la zona tenga mucho tirón a pesar de estar en uno de los parajes más hermosos de los Balcanes. Ayer podíamos haber dormido aquí, está a poco más de dos kilómetros de nuestro campamento pero, ¿qué sería entonces de nuestra bucólica hoguera? ¿Que sería de mi paseo descalzo bajo las estrellas? ¿Que sería de mi “solo de gaita” subido en un peñasco? Si, ayer también toqué la gaita, lo admito. Me subí a una piedra detrás de las tiendas de campaña y entoné la Marcha Celta con solemnidad. Supongo que sería por eso que los pastores no se acercaron a curiosear. Una gaita es una gaita y siempre intimida.

A pesar de circular entre bosques de coníferas en las zonas más altas y caducifolias en las laderas, no veo ninguna explotación forestal en condiciones. Alguna pequeña corta pero nada de enormes vías de saca, ni maderistas con camisa a cuadros y barriga prominente manejando carrocetas y autocargadores. Tampoco veo, en las zonas agrícolas, maquinaria digna de tal nombre. Pocos tractores, ninguna segadora y una vieja empacadora que ocupa parte de la carretera. El resto son carros de tracción animal o humana.

Estamos a principios de junio y todo el mundo se afana en las tareas propias de esta época del año en el campo: la siega del heno, el cuidado de la huerta, la escarda de patatas… Pero resulta extraño ver toda esta actividad en ausencia de máquinas. Allí, al fondo, están segando un prado enorme a guadaña. Aquí, cerca de la carretera, los heniles esperan su viaje a los pajares. Todo esto es como transportarse treinta o cuarenta años atrás en el tiempo, a la España de los setenta donde la mano de obra en el campo aún no había perdido su esencia y los trabajos precisaban de muchas personas.

Lo cierto es que asistimos a una estampa que se me antoja hermosa en extremo. Para que esta hermosura no quede desvirtuada hay que hacer el ejercicio mental de olvidarse de que esta gente tiene el nivel de vida más bajo de toda Europa y hay que imaginarse que la calidad de vida no consiste en poder pagar las medicinas de tu hijo o poder desplazarte por una carretera que sea digna de tal nombre. Hay que imaginar un mundo bucólico, idealizado, en el que la tierra de sus frutos sin que haya que arrancárselos, los prados sean verdes todo el año y los habitantes sean felices porque un turista del norte de España viene con su moto a ver la estampa que hacen con sus carros desvencijados y su ausencia de maquinaria.

Una vez que se consigue llegar a ese estado mental, cínico en extremo, puede uno apreciar la hermosura del lugar en toda su magnitud.

La gente nos saluda al pasar y siempre toco la bocina o saludo con la mano. Me encanta esta sensación. Me gusta que me saluden y me gusta saludar. No lo hago por sentirme reverenciado ni mucho menos. Lo hago porque siento una conexión, aunque sea mínima y fugaz, con la gente con la que intercambio estos gestos. Espero que ellos sientan lo mismo. Como siempre, los niños son los que lucen la sonrisa más amplia y sincera. En uno de los pueblos que cruzamos, varios críos nos hacen un pasillo en el medio de la carretera para que pasemos entre ellos. Meto primera y lo cruzo muy despacio, sintiéndome honrado de semejante recibimiento mientras choco mi mano izquierda con sus manos pequeñas. Siento su tacto a través del guante, Veo sus caras felices y me convierto, otra vez, en un niño. Qué jodidos estos enanos!

Un poco más allá, un crío rubio de unos siete años vuelve del cole con la cartera a cuestas. Al escuchar el ruido de las tres motos se da la vuelta y, sorprendido, se lleva las manos a la cabeza como si no pudiera creerse lo que está viendo. Abre los ojos como platos y nos sigue con la mirada incrédula, llena de emoción. Toco la bocina otra vez y siento el deseo enorme de que exista un hada madrina para poder pedirle que este enano rubio tenga una moto enorme cuando sea mayor. Y que recorra el mundo. Y que vea a críos rubios que lo saludan al lado de la carretera y sienta el deseo de que tengan una moto enorme cuando crezcan. Esa es mi petición al genio de la lámpara, a dios mío o al ente encargado de las peticiones de los humanos.

Todo el país está lleno de búnkeres, especialmente en los márgenes de las carreteras principales. El sistema comunista siempre estaba temiendo una invasión capitalista por parte de sus enemigos sin embargo no supieron darse cuenta de que esa invasión no les llegaría por carretera sino a través de la televisión y de los compatriotas que emigran a zonas más prósperas. Por eso se mantienen regímenes como el de Corea del Norte. De allí no sale nadie y la única tele que pueden ver es la que dice su jefe de estado con pinta de retrasado mental.

Paramos a desayunar en una ciudad pequeña cuyo nombre no recuerdo. Repostamos las motos en una gasolinera infecta, sin asfalto y con pinta de ir a venirse abajo en cualquier momento. Luego vemos que, a menos de cincuenta metros hay una nueva, impoluta. En la terraza de un bar me tomo un vino del país con un kebap. El vino es muy parecido al de la Tierra de Cangas, un vino ácido, fuerte, con sabor a uva y delicioso. Me pido otro. El camarero está encantado de que me guste. Es del que hacen ellos en casa.

Llegamos, por fin., a Korçe. Es una ciudad gris con edificios grises en estado de semirruina, de la más pura tradición comunista, que colonizaron el centro de la población. Aparcamos las motos en la plaza principal y, al momento, nos vemos rodeados por una caterva de críos y adolescentes que comienzan a toquetearlo todo. Mientras me alejo unos metros para preguntar algo toquetean el GPS con una desfachatez increíble. No sé si se debe a la curiosidad innata, a la falta de educación o, simplemente a que son unos protodelincuentes en espera de un descuido para hacerse con un cacharro que vender en el mercado cercano. En cualquier caso, y a falta de mas investigaciones, decidimos que José Luis y José Manuel se quedarán a cargo de la vigilancia de las motos mientras yo me dedico a la exploración de la plaza y el mercado en busca de una pegatina que deje constancia de nuestro paso por Albania.

Hablo en italiano con unos chavales con pinta de poligoneros. Uno de ellos, que trabaja en la construcción y parece el líder del grupo, quiere irse a Ibiza de fiesta. Cuando me dice que el sueldo medio de un obrero albano es de 250 o 300 euros al mes prefiero no decirle que eso es lo que gastará en un día en la isla, a poco que se descuide.

En el mercado recorro los ruinosos puestos en los que la pieza estrella son teléfonos móviles de segunda mano. Repaso con curiosidad los puestos de automoción que disponen de la más variada selección de chatarra que uno pueda imaginarse. Todo está sucio, descuidado y, a pesar de eso, tiene la alegría de un mercadillo en el que se mezclan picaresca, cazadores de gangas y clientes en busca de oportunidades. Yo solo busco una pegatina. Un hombre me guía entre los puestos hasta el de un amigo. Allí, extendidas en la mesa, yacen en un absoluto caos la selección más variopinta de trastos que uno pueda imaginar. Un limpiaparabrisas, una hoz, una caja de tornillos… y un taco de pegatinas ovaladas, con las letras “AL” y la publicidad de un supermercado.

Solo tengo billetes grandes y el hombre que me acompaña no me deja pagar. Que, no, que no, que no, que bajo ningún concepto, que me invita él.

Por el camino de vuelta charlamos sobre Albania y le hago notar la cantidad de Mercedes que hay en la ciudad. Me responde que sí, que ahora hay muchos Mercedes y que el país se está levantando. Que hace once años, con el comunismo, todo el mundo iba en bicicleta. Lo cierto es que los Mercedes son material de desecho de Alemania, vehículos que tendrían que haber sido reciclados hace años. Aunque, a decir verdad, qué mejor modo de reciclar un vehículo que prolongar su vida útil durante años. Lo malo es que aquí corren el riesgo de convertirse en la chatarrería de Alemania, al igual que África se ha convertido en la chatarrería de Europa. Cosas del capitalismo. La mierda de los ricos se la han de tragar los pobres.

Salimos de Korçe en dirección a Pogradec, a orillas del Lago Ohrid para entrar en Macedonia. Estos días, cuando me preguntaban “ ¿a dónde vas de viaje este año? Yo siempre respondía “A Macedonia” y sin esperar respuesta añadía “sí, donde la fruta”. Me gusta ir a un país con nombre de postre.

Al llegar al lago nos detenemos a comer en un pequeño restaurante al lado de la playa. Es un sitio bonito, limpio y con un jardín-terraza en el que sacamos nuestras viandas con permiso del camarero. La playa es una tira de arena de poco más de cinco metros donde las botellas y los plásticos se mezclan con las algas y todo signo de actividad ha desaparecido.

En menos de diez minutos estamos en la frontera. Se me pasa por la cabeza una frase genial para describir el país: “En Albania hay una o ninguna buena carretera”. Es una de esas idioteces que te parecen muy graciosas cuando las piensas pero luego, conforme pasa el tiempo, van perdiendo la gracia. Otra de las reflexiones que me quedan de Albania es que aún le queda mucho camino por recorrer para poder considerarse “europeo”. Toda la zona de la costa Sur está en obras, hay basura por todas partes, las infraestructuras viarias son una mierda pero, cuando terminen, va a ser increíble. Me alegro de haberlo atravesado ahora, con malas carreteras y sin turistas que, como yo, desean llegar a todos los rincones.

En la frontera conocemos a unos músicos que viajan en transporte público. Hasta aquí han venido en taxi y, de esta frontera en medio de la nada, tomarán otro hasta Ohrid. Son dos costarricenses y una pareja de suizos. Uno de los costarricenses es ciego y se maneja con una soltura que me deja sorprendido. Es el primer ciego que conozco. Comenzamos a charlar sobre viajes, sobre motos, sobre política… Los aduaneros, hartos de nuestra presencia en el exterior de sus instalaciones nos dicen, de malos modos, que no podemos permanecer allí. Es, poco más o menos, como si nos expulsaran de Albania. Ya habíamos sellado nuestros pasaportes y teníamos que irnos.

La carretera en Macedonia está impecable. Notamos un cambio brutal. Infraestructuras hoteleras, muelles deportivos, chalets adosados, apartamentos… que poco que ver con los vecinos albanos. Aquí todo está cuidado y han tenido la precaución de no crecer de forma descontrolada como en la costa española. Todo es más armónico y agradable a la vista.

Nos detenemos en el Monasterio de St. Naum, un santón ortodoxo del siglo VIII. No sé gran cosa de la vida del santo. Me imagino que, como la mayoría de los santos, se habrán dedicado a hacer el bien, a meditar y a rezar porque la humanidad sea más buena y los hombres se amen unos a otros. Nada nuevo. Aquí conocemos a una pareja, él macedonio y ella ecuatoriana que se han casado recientemente. El chico habla español bastante bien y ella, supongo que también pero no ha dicho ni una sola palabra. En él se ve que se alegra de hablar con unos motoristas extranjeros y de practicar su español fuera del ámbito familiar.

En Ohrid vamos directos a un albergue que José Manuel trae en el GPS. Jose ha metido una cantidad de datos increíble en el aparato. Desde los lugares que son patrimonio de la humanidad hasta los albergues más pintureros. Vamos a quedarnos un par de días en la ciudad y decidimos dejar la tienda de campaña y la vida montuna por una cama con sábanas y ducha con agua caliente. Anastasia es una mujer enérgica que enseguida nos despacha. Nos enseña las habitaciones, la sala de estar, las vistas y no nos da mucha opción. Nos quedamos aunque en realidad no es un albergue sino una casa particular en la que se alquilan habitaciones. Bueno, también sirve.

Antonio, el marido de Anastasia es un enamorado de su tierra. Nos hace un recorrido fotográfico por todas y cada una de las atracciones culturales de los alrededores del lago. Cuando precisa de algún dato más en profundidad acude a Wikipedia pero, por lo general, su cabeza bulle con datos históricos de toda la zona. Iglesias, monasterios y capillas (que parece ser era una afición extendida esto de la religión) se suceden en la pantalla del ordenador durante una hora y media. Lo cierto es que Antonio parece un profesor de historia aunque en realidad sea electricista. Ni por asomo vamos a visitar todos estos lugares pero resulta muy interesante escucharlo. Por otra parte su inglés es de un nivel envidiable. Al menos por mi.

Salimos a tomar algo y nos encontramos con los músicos de la frontera. Buena charla y buen vino macedonio.

Mañana será otro día.