serbia

10. El Peligroso Veterano de Guerra

 

Ayer fue un día largo de moto. Antes de ponernos en marcha dimos una vuelta por la ciudad de Targu-Jiu. El móvil de José Luis llevaba unos días sin funcionar y, mientras él controlaba las motos me fui de peregrinaje por las tiendas de telefonía. Terminé en un garito especializado en piratear terminales. Una tienda pequeña, instalada en un callejón anodino y feo en la que un joven callado se dedicaba a trastear móviles de marcas variadas. No hubo manera. José Luis seguiría sin móvil.

Después de un rato de moto cruzamos los Cárpatos Meridionales sin hacer demasiadas paradas. Rumania quizá merezca un viaje monográfico en un futuro a medio plazo pero ayer no era más que una etapa de transición antes de entrar de nuevo en Serbia. Aún se me llena la boca de Serbia cada vez que digo Serbia. Aún conservo la amabilidad de Sasha, la de Rade, la de Miki en mi memoria. Serbios. Suena a guerra, a gente dura y sin escrúpulos, a mafia y a peligro. Y sin embargo la Serbia que yo me encontré fue la de gente amable, la de rostros agradables que van y vienen intentando olvidar un pasado reciente de ira y sinrazón. No hay nada como salir de casa y ver las cosas con tus propios u  ojos. Quizá no te de tiempo a tomarle el pulso a una sociedad, seguro, ni a conocer un país en cuatro pinceladas pero, al menos, tendrás tu propia visión antes de hacer un juicio de valor y no te guiarás, únicamente, por las informaciones sesgadas de forma intencionada desde la prensa.

Atravesamos poblachos medio fantasmas, sin apenas movimiento, esquivando, una y otra vez las tormentas que amenazaban con dejar caer el cielo sobre nuestras cabezas. A partir de Deva el tráfico de camiones y autobuses con dirección a Alemania era cada vez más intenso. A cambio la carretera dejó de ser un vial infecto para convertirse en una lengua oscura que serpenteaba entre amplios valles de verde intenso. Desde las butacas de los autobuses los emigrantes rumanos nos miran con cara de aburrimiento. Aún les quedan muchas horas de viaje antes de volver a su destierro en Occidente. Dinero duro.

Atrás quedaron los tramos de obras.

Me acuerdo de Deva, una niña inteligente y vivaracha que, en mi cabeza, me acompaña durante esta parte del viaje.

En una gasolinera solitaria, cerca de la frontera con Hungría, el cielo decidió abrirse dejándose vaciar de contenido. Al fondo de la llanura veíamos caer los rayos y en el suelo un agua espumosa y marronuzca lo iba empapando todo. Después de toda la tarde esquivando las tormentas, por fin una nos había cazado, afortunadamente, a techo. 

Había oído hablar de las rodadas de los camiones marcadas en el asfalto pero no las había visto nunca. Y ayer, justo antes de llegar a Hungría pude comprobar lo desagradables que resultan. Es una sensación extraña. Procuras circular por el centro, justo entre las dos roderas pero, al final, terminas metiéndote en una de ellas y, con la moto tan cargada, da la sensación de que te vas a caer. Acabas por acostumbrarte.

En la aduana otra enorme cola de camiones estaba esperando para formalizar los trámites de paso. Le pregunté a uno de los guardias cuánto tiempo tardaban en pasar la frontera aquellos hombres, (un año?). El guardia, sonriendo, se encogió de hombro e hizo un gesto que denotaba lo poco que le importaban aquellos nimios detalles de su trabajo.

A pocos kilómetros de la frontera paramos en un pueblo muy turístico, ya en el interior de Serbia. Es temporada baja y no se veía mucho movimiento. El autocamp está cerrado y  parecía fenecer bajo una fina lluvia al lado del lago. Al fondo algunos veleros daban la misma impresión de aburrimiento.

En una de las casitas cercanas al lago oí risas y decidí preguntar por un buen lugar para montar la tienda. Me atendió Nicoleta, una mujer rubia de formas rotundas. Nicoleta adora todo lo que tenga motor. Su hermano fue campeón de motocross en Rumanía y su marido se dedica a restaurar Renault 4L, un vehículo por el que toda la familia siente una gran afectividad.

Con su ciclomotor nos guía hasta la casa de un vecino que alquilaba su jardín para instalar tiendas y caravanas. Es un lugar hermoso. A nuestra derecha emergen, por encima de la tapia del vecino, dos cerezos imponentes teñidos de rojo por los frutos. Un poco más allá, el huerto. Y aquí, a nuestro lado, un árbol de ramas generosas bajo las que instalar la tienda de campaña. El día finalizaba y habíamos encontrado un remedo de hogar. Sencillo y acogedor.

Dos vecinos aparecen trayendo del brazo a un tercero. No hay saludo ni sonrisas. El prisionero tiene la mirada perdida y un punto de arrepentimiento en sus ojos. De vergüenza, quizá. Se trata, según nos informa Nicoleta, del hermano de nuestro anfitrión que trae una borrachera de dimensiones épicas. Bajo la mirada reprobatoria de su hermano es llevado al interior de la casa. No hay ni una palabra más alta que otra, se ve que no es la primera vez que ocurre. Pero aquella mirada… Se me habrían helado los huesos si este veterano de la guerra de los Balcanes me mira de aquel modo.

Aún no habíamos terminado de montar las tiendas cuando el cielo decidió que era hora de volver a vaciar todo su contenido líquido sobre los seres humanos. Y esta vez quiso hacerlo con toda su furia. En cuestión de minutos todo estaba empapado.

Un rayo cayó a menos de cincuenta metros de la tienda y decidimos dejarlo todo y guarecernos en el trastero de la casa.

Al llegar la calma el olor a humedad y a limpieza pura lo inundó todo. Nos cepillamos una botella de vino rumano y la paz llegó, un día más, a mi cabeza.

 

Hoy el día amanece despejado, con un cielo límpido y claro. Como un cuervo me dedico a engullir cerezas furtivamente mirando hacia todos lados por miedo a que el veterano de la Guerra de los Balcanes me vea. No sería capaz de sostenerle la mirada. Acerco una rama y tomo un puñado. Luego otra. Y otra. Le estoy dejando pelada de frutos la zona baja de árbol. Cuando aparece el enjuto propietario a cobrar los cinco euros que pactamos ayer me pregunta si he probado las cerezas. Le digo que si, que he comido algunas. Se ríe y contesta que coma las que quiera, que están muy buenas.

Salimos en dirección a Osijek por la nacional. Hay poblaciones hermosas, con casitas de planta baja, alineadas a cinco metros a cada lado de la carretera. Parecen lugares idílicos en los que todo el mundo vive feliz. Todo destila sencillez y tranquilidad. En Subotica es día de mercado y se ve mucha actividad, ordenada y tranquila, en las calles principales. Frutas, verduras, carros de cuatro ruedas tirados por un caballo… Mi fantasía de estar en un lugar idílico se va acrecentando por momentos y solo veo lo que mi mente febril me permite. Todo está tan… en su sitio. Da la impresión de que sólo nosotros somos la nota discordante en esta comarca de Hobbits hacendosos. El verde de la campiña, los árboles que bordean la carretera, las casas y granjas de planta baja, la mayúscula tranquilidad de esta mañana de junio… Qué lejos está todo lo que me preocupa.

José Luis tiene que cambiar las pastillas de freno de su Varadero así que en Osijek buscaremos un taller de Honda para comprarlas.

El calor va en aumento, presagiando otra tormenta para esta tarde.

En el taller, después de varias gestiones telefónicas en mi inglés surrealista, nos atiende el dueño en persona. No tiene ni idea de lo que hace. Cuando llegamos, después de una cerveza, ha metido la moto dentro y tiene la rueda trasera desarmada. Nosotros sólo queríamos comprar las pastillas y largarnos pero las barreras idiomáticas nos han jugado una mala pasada. Dice que él no es mecánico, que es piloto. Ha corrido en Daytona y ha sido varias veces campeón en Croacia. Lo que quieras chico, pero para instalar las pastillas traseras no es necesario desmontar la rueda. A cambio le regala a José Luis una maleta idéntica a la suya, una Givi que puede desarmar para extraer la cerradura que estropeó contra un bolardo en el puerto de Barcelona.

El experimento con los frenos se salda con una factura de setenta y cinco euros, un precio a todas luces exagerado, incluso para el tratamiento de "urgente" que el dueño del taller le dio a nuestro caso. Me prometo escribir a mis colegas del motoclub de Osijek, a quienes conocí hace unos años en una concentración de motos a pocos kilómetros de aquí, para contarles el caso.

Entramos en la autopista y los kilómetros se suceden, aburridos, hasta Eslovenia. Hemos bordeado Zagreb y ahora estoy plantado delante de otro aduanero que me mira con indiferencia. Le resulta chocante que la moto, siendo tan nueva, tenga 77.000 kilómetros. Cosas de la carretera, le digo.

Hay algunos carteles que indican algo de un ticket. Supongo que será el peaje pero no veo caseta alguna. Lo que sí veo son cámaras que leen la matrícula. Supongo que a la salida harán el cálculo.

No han transcurrido muchos kilómetros desde que entramos en Eslovenia y la temperatura baja de forma drástica. El atardecer trae nubes oscuras y el paisaje se va tornando cada vez más grisáceo.

Pasamos otro peaje y tampoco se recoge ticket en ninguna parte. Otra cámara vuelve a leer la matrícula.

Ya solo faltan cincuenta kilómetros para llegar a Ljubljana, la capital de Eslovenia. Comienza a llover. Cuatro gotas bien gordas seguidas de un diluvio universal. La pantalla del casco se empaña y reduzco la velocidad. Sigo con visibilidad nula, al igual que hace unos días en Kosovo. Comienzo a desesperarme y a entrar en pánico. Los coches y camiones me adelantan sin piedad dejando una estela de agua sucia que me cubre por completo. Abro totalmente la pantalla del caso y siento como las gotas de lluvia golpean con violencia mi cara. Ahora tengo las gafas cubiertas de agua y tampoco veo nada. Me quito las gafas y las guardo en el bolso de la cazadora. Ahora las gotas me golpean directamente los ojos y mi desesperación va en aumento. Joder, estoy a punto de entrar en histerismo. Con los ojos entrecerrados acierto a ver una salida iluminada. Pongo el intermitente y me detengo en la gasolinera. Estoy de mala leche, mojado y con hambre. Odio la moto. La odio con toda mi alma.

Después de secarme la cara, limpiar las gafas y la pantalla del casco, vuelvo a ver la vida más nítida y regresa el amor por mi vehículo de dos ruedas. Una chocolatina me ayuda  a tomar energías renovadas para cubrir los veinte o treinta kilómetros que faltan hasta la ciudad.

Tomamos la segunda salida y busco con la mirada la cabina de peaje. No hay. Nos estamos colando. Ruego envíen el importe de la sanción a mi dirección postal en España.

Buscamos un hostel a través del iPhone, usando la wifi de un bar. Me envían la foto de mi sobrino. acaba de nacer hace un par de horas. El rostro se me ilumina y me invade una felicidad pueril. Es un pequeñajo sano y hermoso.

Después de instalados en el hostel las motos quedan en unos soportales de tiendas, una especie de centro comercial en miniatura. Cuando salimos han cerrado el acceso con una reja y candado. Las motos están seguras.

Damos varias vueltas por la ciudad buscando algún restaurante barato pero ya poco queda abierto a esta hora. desde la acera de enfrente dos tíos nos dicen algo que no entiendo. Unos metros después consigo descifrar lo que decía: "you need help?" De nuevo amabilidad y ayuda en cualquier esquina. Es lo que siempre encuentro.

Mañana José Luis se irá hacia Madrid y yo me quedaré intentando localizar a Naco, un español que conocimos Gelucho y yo en nuestro primer viaje a los Balcanes. Le he enviado un par de correos y no tardará en contestar. Al menos eso espero. Tengo ganas de verle.

 
 
NOTA: este artículo ha sido escrito, integramente con un iPhone y un teclado inalámbrico mediante la aplicación Pages.

9. Café Helado con Sasha

 

Tengo las manos llenas de grasa. El sol calienta la calle en este hermoso domingo serbio. Las herramientas de la moto yacen desparramadas por el suelo y algún curioso se acerca a ver qué pasa. Estoy cambiando las pastillas de freno mientras José Luis se dedica al mantenimiento de la Varadero. Al final es él quien realiza la tarea.

Miki, el padre de Marion, ha madrugado y su tarea esta mañana, ha sido limpiar las motos. Le pareció que no era seguro viajar con los intermitentes llenos de polvo y que las placas de  matrícula debían de estar impecables. Así que cogió un trapo y le sacó brillo a las dos máquinas mientras estaban en la recepción del hostel.

Le pregunto a Miki dónde puedo comprar una pegatina de Sebia para colocar en la maleta de la moto y, al momento, estamos caminando hacia el mercado. Este "rastro" es un sitio enorme. Está situado al lado de la muralla de Nis, en una explanada gigante en la que se vende de todo. Lo primero que me encuentro son decenas de coches de segunda mano en lo que parece un concesionario multimarca bestial. Los coches están en buen estado, limpios y relucientes, con los capós abiertos para mostrar sus motores impecables. Un poco más allá la maquinaria agrícola y luego los puestos de ferretería y repuestos en general. Allá, al fondo, están las verduras, la fruta y la alimentación.

Miki se va moviendo con soltura y con paso endemoniado, a pesar de tener piernas cortas. Va saludando a unos y otros y correteando por entre las mercancías como un gnomo del bosque.

Compro algunas menudencias, entre ellas una mochila del ejército serbio por dos euros.

Al volver al hostel José Luis aún está preparando el equipaje y poniendo a punto la moto. En un rato estaremos de nuevo en marcha.

Salimos de la ciudad natal del Emperador Constantino en dirección Norte, por una carretera nacional solitaria y tranquila. El sol aprieta. Este es otro hermoso día para dedicarse a viajar en moto. Ante mi, cientos, miles de kilómetros para ser recorridos. Solo hay que fijar la vista en el horizonte y dirigirse a ese punto. No hay plan, No hay hoja de ruta. Puedo ir al sitio que me apetezca. Al Norte, al Sur…. Qué más da!

A cada lado de la carretera se extienden colinas cubiertas de pastos. La vegetación arbórea es escasa y rala. Pastizales enormes y pueblos muy separados.

En Negotín dejamos la carretera nacional con la intención de refrescarnos un poco. En un supermercado compramos cerveza, pan y algo de comida.

Sentado a la puerta del establecimiento, disfrutando de una buena sombra y una buena cerveza, me entretengo viendo pasar los escasos vehículos que circulan por este arrabal del extrarradio. Una street figther, probablemente una Kawasaki de 750 pasa un par de veces. Luego una Suzuki roja.

Un hombre, de unos cuarenta años, me saca de mi soporífera y calurosa mañana para invitarnos a su casa a tomar una cerveza y lavarnos un poco.  Al principio me hago un poco de rogar pero lo cierto es que me apetece ir a su casa. Normalmente estas muestras de hospitalidad siempre dan lugar a historietas divertidas, entrañables o, cuando menos, dan para conocer gente interesante.

Sasha, que así se llama el hombre, vive en una casa de dos pisos con jardín y garaje. A la entrada hay una mesa redonda y una sombrilla y allí nos sentamos a charlar un rato con Rade, el propietario de la street figther, con Nikola, su hijo, con Studenka… En un primer momento nos costaba comunicarnos; nuestro inglés sigue siendo tan básico… Es en estos momentos cuando me da rabia no haberme molestado un poco más con este idioma. Lo poco que se lo fui aprendiendo en internet, en un curso de iniciación y en la música. Es decir, resulta bastante deficiente para tener una conversación profunda. A pesar de ello somos capaces de hablar de motos, de trabajo, de política, de los militares…  

Sasha es ingeniero y preside el club náutico. Rade también es ingeniero y trabaja en la presa hidroeléctrica que hay a pocos kilómetros.

Después de un café helado y algunas cervezas ya me siento como en casa. Es gente agradable con la que estoy a gusto y con la que "conecto" en poco tiempo. A veces, cuando viajas, los sentimientos están más despiertos, más a flor de piel. No te entretienes  en artificios ni en estúpidos disimulos. El tiempo es limitado, tu viaje debe continuar y el deseo de conocer a alguien o simplemente, cuando se produce esta conexión de la que hablo, hace que te muestres más franco, más directo, más tú mismo.

Antes de irnos tocaré un poco la gaita. Me apetece. Los tengo a todos expectantes mientras monto las diferentes piezas. Tercia, copa, puntero… todo va encajando y el sonido atronador y agudo se arrastra por las calles, mezclándose con el calor melífluo de media mañana. Otra más.

Finalizo el concierto entre risas y aplausos. Nos despedimos de ellos con un fuerte abrazo y con el deseo, sincero, de volver a vernos algún día. Sé que Sasha siente lo mismo.

La ruta sigue, los paisajes van cambiando y los kilómetros se van sucediendo. Me encanta hacer esto. No hay nada más placentero que esta sensación. Estoy en Serbia, camino de Rumanía, muy cerca ya de la frontera pero, podría dar la vuelta y volver a Macedonia. O continuar por Serbia hasta… Hasta donde me de la gana. La moto responde perfectamente y mis ganas de viajar siguen intactas. Esto es vida!

La frontera con Rumanía está situada en una presa hidroeléctrica de proporciones considerables. Como en casi todas las fronteras hay una cola de camiones pero lo de esta  ya es para tomar en consideración. Los camioneros, pacientes, esperan fumando en el arcén. Los coches están en otra cola, mucho más corta. 

Una vez superado el trámite burocrático de entrar otra vez a la Unión Europea continuamos ruta por Rumanía en dirección a Targu Jiu, la ciudad de Andrea.

Targu-Jiu, en domingo, es una ciudad aburrida. No hay mucho que hacer ni mucho que ver. Todo tiene un aire anodino y gris.

 

Hemos quedado con Andrea en una plaza con aire moderno por la que pasean parejas y jubilados. Tráfico escaso, muchos establecimientos de cambio de divisas y entidades bancarias.

Andrea, a través del marido de su prima, nos busca un hotel en las afueras, al lado del mercado mayorista de fruta por 12 € cada uno. Conexión a internet y todo nuevo e impecable. No me he fijado en las estrellas pero seguro que tiene dos o tres.

Después de un par de horas de red me desplomo en la cama. 

9. Sarajevo – Nasice. La Gran Tumbada

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A fuerza de madrugar todos los días el cuerpo se acostumbra y hoy no es ninguna excepción. Mientras Gelu duerme yo preparo todo mi equipaje y bajo a la recepción a conectarme a Internet y bajar el correo.

Vistas desde el hostal

La Bella Durmiente

Cuando la Bella Durmiente hace acto de presencia nos vamos a desayunar un par de burek para salir con energía de nuevo hacia Croacia. El burek son una especie de salchichas de cordero fritas metidas en un trozo de pan parecido a la masa de la pizza y servido con abundante cebolla cruda. Quizá un alimento un poco fuerte para el desayuno, pero delicioso.

Comiendo burek

Pateamos la zona céntrica de la ciudad, el barrio turco medieval, donde se hayan las tiendas de los artesanos agrupadas por gremios. Hojalateros, joyeros, ceramistas, plateros… todos distribuidos por calles en este exclusivo centro comercial. Allí hicimos algunas compras y me dejé seducir por las mezquitas y las calles adoquinadas. Solo en Sarajevo puedes encontrar, a tiro de piedra, una mezquita, una sinagoga y una iglesia coexistiendo de forma pacífica.

Mezquita e Iglesia en Sarajevo

Por aquí todo está restaurado o reconstruido de modo que ya no quedan señales de la guerra. Desde el año 96 se han afanado en volver a poner en pie todo lo que fue destruido en la guerra de los Balcanes de modo que solo hay señales de ésta en algunos edificios del centro y en la zona del aeropuerto, un barrio periférico mucho más pobre que el resto de la ciudad.

Ayer, mientras buscábamos afanosamente un albergue económico, el GPS nos guió por la zona alta de la ciudad, ofreciéndonos un tour de lujo por los barrios más altos en las laderas de las montañas que rodean Sarajevo. Recorrimos la Snipper Alley, la famosa Avenida de los Francoritadores donde los serbios aterraban a la población apostados en los edificios altos disparando a todo lo que se movía.

Hoy nos encontramos con una especie de tienda-museo en la que puedes comprar objetos de la guerra, desde un subfusil artesano hasta una bandera de la cruz roja. Me pareció un lugar terriblemente obsceno y, mientras observaba aquella colección de objetos creados para matar, volví a sentirme como unos días atrás en Croacia, una especie de pérfido voyeur que convierte la desgracia en algo lúdico. Salí de la tienda con un escalofrío y volvimos a sumergirnos en la acogedora marea de turistas que comenzaban a tomar el barrio turco. ¿He dicho comenzaban? No sé por que extraña razón me excluyo de este apelativo cuando lo único que me diferencia de esta masa son el casco y las botas.

Barrio Turco. Sarajevo

Barrio Turco. Sarajevo

Barrio Turco. Sarajevo

Las motos han quedado en el callejón de acceso al Youth Hostel, vigiladas por el recepcionista y hacia allí nos encaminamos para proseguir viaje con destino incierto. La idea es continuar en dirección norte, hacia Croacia de nuevo y luego a Eslovenia, pero la ruta aún está por decidir.

Cuando nos damos cuenta estamos en las afueras de Sarajevo, dejando atrás el impresionante cementerio con sus miles de cruces blancas. No será el último respingo pero sí el más extraordinario por todo lo que representa este lugar. Vamos por una de las salidas secundarias, con mucho tráfico y mal piso, sorteando, con bastante soltura, baches, furgonetas y camiones destartalados. Destacando sobre unos verdes prados emerge una mezquita de cristal, blanca y azul, de inmaculada perfección, como si Alá en persona acabara de darle lustre. El dinero procedente del petróleo saudí llega a raudales para mezquitas y madrasas, pero el resto de infraestructuras parece que no son de tanta necesidad: lo primordial es alimentar el espíritu que este país ya dispone de sus 50 kilómetros de autovía, todo un lujo.

Cementerio Musulmán

Van sucediéndose cementerios musulmanes, con sus monolitos blancos en cada pueblo y algunos, muy pequeños y aislados, asociados, seguramente a la guerra. Me resulta imposible sustraerme a la idea de la muerte y voy meditando sobre ello la mayor parte del trayecto. Esta zona no tiene demasiado atractivo hasta la zona de Zenica. A partir de aquí el paisaje cambia, se diversifica y vuelven los bosques frondosos, los prados, las casitas… La gente se afana en recoger la hierba, henificando como hace veinte años en Asturias, sin maquinaria, a fuerza de tracción humana. La siega a guadaña, el secado, el almiar con su palo central… unas tareas que para mi tienen una fuerza plástica indescriptible aunque, a buen seguro, los participantes en la misma no sean de igual opinión. Desde mi posición privilegiada sobre la moto voy disfrutando de estas tareas ancestrales y pienso que sería bonito detenernos a echar una mano. Si estuviera viajando en solitario no lo hubiese dudado.

A la hora de comer nos detenemos en un bar de carretera de los muchos que hemos visto en este país. La chica que nos atiendo no habla inglés que es el idioma que estamos empezando a manejar con comedida soltura, de modo que, por señas, le indicamos que nos ponga de comer sin importar el qué. Ella, en bosnio o en serbio, a saber, nos insiste para que escojamos plato de una carta que se nos antoja ininteligible. Nos reímos un rato y al final nos trae lo que le parece, una especie de carne estofada con salsa que está bastante buena junto con una ensalada.

De repente un estruendo nos saca de nuestra placentera conversación: la Ducati Multistrada acaba de tumbarse en pos de una horizontalidad que en ella resulta antinatural. Ante una situación de estas, cuando se le cae la moto a un amigo, uno no sabe si reír o si llorar, que decía Sabina, así que opto por mantener un piadoso silencio mientras ayudo a Gelu a poner la máquina en pie con resignada consternación. Los daños no han sido muy cuantiosos: el espejo colgando con su intermitente integrado así como unas preciosas rayas en el carenado recién pintado. Cuando la cosa se tranquiliza me atrevo a hacer unas chanzas sobre la querencia de esta moto a “tumbar” y le comento al sufrido propietario lo bien que habría estado sacar unas fotos para la página

– Si, no te jode, si la moto fuera tuya también sacaba yo unas fotos –

Multistrada rota

La reparación con cinta amercicana resulta tarea imposible así que se opta por desmontar el espejo y guardarlo para mejor ocasión.

Mientras se realizaba el parte de daños y la ulterior reparación frustrada encontré un casquillo de pistola, una 9 mm. creo, y me lo guardé como recuerdo. Por lo que se ve el que tuvo, retuvo.

Mientras comemos pasa un convoy militar.

casquillo pistola

Entramos en la República Srpska, los serbios de Bosnia y las señales de la guerra vuelven a ser más visibles conforme nos vamos acercando a la frontera norte con Croacia. En lugar de continuar por la E73, el GPS se empeña por meternos por carreteras secundarias hacia Slavonski Brod, ya en territorio croata. Aquí no solo no hay turistas sino que el tráfico local es entre escaso y nulo. Resulta un poco turbador rodar por estas carreteras desiertas, plagadas de pueblos abandonados, con fincas de labor cubiertas de matorral y sin un alma alrededor.

Ya en el paso fronterizo, me equivoco y me meto en la zona reservada a camiones con la consiguiente bronca de uno de los subhumanos que atiende la frontera, siempre duchos en el innoble arte de humillar a los seres superiores. A Gelucho un guardia con cara de niño, calculo que no tiene más de veinte años, le hace quitar una de las maletas y la revisa en busca de tabaco o alcohol mientras que mi bota de vino pasa desapercibida.

Volvemos a estar en Croacia, hogar dulce hogar, con la vana esperanza de encontrar, de nuevo, mujeres tan hermosas como las de Split pero en lugar de eso seguimos haciendo kilómetros hacia el norte en busca de un lugar donde pasar la noche. Así es como, después de atravesar una extensa zona agrícola, salpicada de colinas y bosques, llegamos a Nasice donde la gran cantidad de motos que hay en el pueblo nos hace detenernos a tomar algo.

Por el camino ya nos habían adelantado algunos R quemados, a velocidad absurda con lo cual dedujimos que se cocía fiesta motera por los alrededores.

Efectivamente, unos nativos nos indican el lugar de la fiesta que resulta ser una concentración en toda regla y en un marco incomparable. Nada más hacer acto de presencia ya damos un poco la nota, sobre todo Gelu que entró en el “banker” y casi se queda a vivir allí:

Allí, ya acampados al lado del lago abrimos la lata de chorizos caseros que Pepe nos ha donado para la ocasión y, después de una galleta de postre, nos disponemos a disfrutar de una concentración motera a la antigua usanza.

A las tres de la mañana, colocados como perros, nos vamos a dormir que mañana nos vamos a Hungría.