Historias invernales

Hablar de viajes en invierno cuando está comenzando el verano es un poco inusual pero en esta página somos así, inusuales y minimalistas.

Hace unos años, un día invernal de esos en los que apetece quedarse en casa al lado de la chimenea o la cocina de carbón, llegó a mi casa un motorista con una BMW RT. Nos habíamos conocido hacía unos meses en el Encuentro de Grandes Viajeros en Alba de Tormes cuando yo volvía del Sáhara. Lois, que así se llamaba, había salido de casa hacía un par de semanas, recorriendo los Alpes italianos y franceses. En esa época hay muchos puertos cerrados de modo que le resultó imposible subir el mítico Stelvio, el Furkkapass y otros de similares características. A cambio pudo conocer algunas estaciones de esquí y pasar unos días de relax por la región Alpina.

Me llamó la atención su equipación que me pareció muy poco adecuada para rodar en invierno, sobre todo en condiciones tan duras como las que se dan en los Alpes en enero, con temperaturas bajo cero, nieve en las zonas altas y mucha lluvia en los valles. Traía pantalón de cuero y chaqueta a juego que recordaba la estética café racer de los años setenta. Lois me aseguró que aquella ropa la había comprado en Alemania hacía un montón de años y que era totalmente impermeable, cosa que no terminé de creerme del todo. Estoy acostumbrado a rodar muchas horas en agua y a bregar con chaquetas que son impermeables unos meses, con pantalones que acumulan agua en la entrepierna y con la incomodidad de sentir como la humedad se cuela hasta por los rincones más ínitimos, así que todo esto de la “ropa de cuero totalmente impermeable” me suena un poco a chufla. Sobre todo si no lleva membranas tipo GoreTex como era el caso.

Lo que sí llamó mi atención eran las plantillas que traía. Mi problema con los pies fríos es algo que llegó a obsesionarme en alguno de los viajes y a punto estuve de mandar todo al garete por llevar los pies congelados así que todo lo que sirva para calentar los pies llama mi atención. Lois traía unas plantillas que funcionaban con batería lo cual ya era toda una novedad. Luego me enteré de que eran muy populares entre los motoristas del Norte de Europa, entre esquiadores y cazadores. Eran unas tope de gama y como tal, su precio era bastante elevado para mi economía así que tuve que desecharlas y conformarme con otros inventos menos sofisticados y, por supuesto, menos efectivos.

De entre todos los adminículos para evitar el frío en los pies los más efectivos fueron unas plantillas de fabricación casera que comercializaba un chaval de Madrid. Tenían muy buena pinta, bien terminadas y con conexiones a la batería que parecían seguras. El día que llegaron a mi buzón, nada más desempaquetarlas, arranqué la moto y las enchufé a la toma de los guantes calefactables. Al momento comencé a sentir un calorcillo en los pies muy confortable. Supe que aquello iba a ser el invento definitivo. Por poco más de 10€ me había agenciado unas plantillas que superaban las de Lois con creces. Y las suyas le habían salido, con las baterías y todo por cerca de 300€.

No tenía cara para tanta sonrisa.

Pero en poco menos de un minuto comencé a sentir una sensación un tanto desagradable a causa del calor y unos segundos más tarde, ya borrada la sonrisa, intentaba quitarme las botas a toda prisa para evitar que se convirtieran en un horno crematorio. Con las prisas, sentado en el suelo y soltando nudos a toda velocidad, no me percaté de que podría haber apagado la moto y cortar el flujo de electricidad así que a punto estuve de terminar con muñones negruzcos en lugar de pies.

Volví a usar los Chauferettes en las siguientes salidas o a pasar frío en los pies, dependiendo de la ocasión, pero decidí que era mejor eso que tener que caminar con las rodillas.

A todo esto, después de aquel viaje Lois vendió la BMW porque no la podía mantener y se compró una bicicleta con la que se largó a recorrer Europa al siguiente invierno. Supongo que no llevaría el traje de cuero.

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