albania

5. Postcomunismo y Macedonia de Frutas

 

Son las ocho de la mañana. Hace rato que estoy despierto pero me resisto a abandonar el lecho y doy un par de vueltas más dentro del saco de dormir. Por la noche me levanté a mear. Mis pies descalzos avanzaban sobre la hierba mojada y fría. Mientras, un manto de estrellas cubría mi pequeño mundo. Di un respingo de emoción y respiré hondo el aroma de la noche. El silencio, profundo, solo se rompía por el sonido de mi respiración. Extendí los brazos y volví a sentirme afortunado por poder disfrutar de estos pequeños instantes de placer.

Escucho a mis compañeros que comienzan a revolotear alrededor de las tiendas. Cremalleras que se abren, bolsas que crujen y carraspeos mañaneros que anuncian otra hermosa jornada de moto.

Un pastor se acerca a charlar con nosotros movido por la curiosidad pero la conversación es imposible. Su poca pericia a la hora de comunicarse por señas unida a nuestro escaso dominio del albanés hace que nos quedemos un poco cariacontecidos.

Varios rebaños de ovejas cruzan la pradera con paso tranquilo perdiéndose entre los matorrales y las coníferas diseminadas.

He quedado un poco retrasado y, ya en la carretera, entablo conversación gestual con dos hombres que están sentados en el talud. Entre señas y algunas palabras en italiano me cuentan que están esperando al veterinario para que vaya a ver sus ovejas. Aprendo a contar en albanés “tosco” la variedad que se habla en el sur (ñe, de, tre, quater, pes, yast, stat, tet, nant y dieto). Me enseñan a decir “gasolina” (benzin), “vaca” (lou), “oveja” (dele), “gracias” (faleminderet) y a despedirme con un sonoro “miropapsi”.

Charlamos sobre el cambio del euro a lecs, sobre el sueldo de un albanés medio, sobre vigilancia ambiental… Y todo ello mediante señas, unas pocas palabras en común y, sobre todo, buena voluntad y ganas de cháchara. Me hubiese quedado con ellos toda la mañana. Los habría acompañado a ver las ovejas con el veterinario y conocer su pueblo. Pero nada de eso pasó. Mis compañeros estarán echándome de menos en el fondo del valle.

Enfilo de nuevo la carretera y, en pocos minutos, me adelantan varias BMW con matrícula checa. Son las primeras motos gordas que veo por la zona. En el Parque Nacional de Brutrint nos encontramos con un francés que venía en Vstrom. Hombre parco en palabras y viajero solitario. Cerca de Girokaster, un grupo de quince o veinte motos de enduro. A partir de allí solo gente caminando, en burro o en viejos Mercedes, demasiado añosos para estas carreteras. Bueno, y la ZZR de ayer.

Hacía años que no veía recuas de mulas. En Marruecos es fácil ver borriquillos en cualquier parte del país pero mulas ya es más complicado. Ni siquiera en el pueblo donde vivo. Cuando yo era crío había dos en mi calle y casi todos los días las veía pasar camino de la fuente. Pero ahora se hace raro. Sin embargo aquí en Albania parecen tener el criadero asegurado, al menos hasta que la población evolucione hacia un modo de vida más urbano.

En este país casi todo el mundo vive en el campo y se dedica a la agricultura. En las ciudades vive poco más del 30% de la población. Después de la crisis que sobrevino tras la caída del régimen comunista en la que se fueron al garete los sistemas bancarios piramidales y toda la industria pesada, las colectividades agrícolas se vieron literalmente asaltadas por los propios campesinos que “descolectivizaron” todo lo que pudieron, agarraron su propio trozo de terreno y se dedicaron al cultivo de subsistencia en espera de tiempos mejores.

Este es un país históricamente “ajetreado”. Dominado por Bizancio, por los turcos, por los griegos… Otro escenario bélico cuyos últimos coletazos fueron en la Primera Guerra Mundial y luego la invasión de los italianos en la que Mussolini colocó un rey y todo. Mas tarde las revoluciones internas y el acercamiento al Pacto de Varsovia, hasta que a Hoxha le dio por poner a parir a los dirigentes del Kremlim y el país se situó en la órbita del comunismo chino.

Todo esto reventó el 1997, con la gente harta de experimentos sociales, harta de miseria y con los pocos ahorros que tenían en manos de estafas piramidales institucionalizadas y avaladas por altos funcionarios del gobierno. La emprendieron a hostias, como no podía ser de otro modo entre estos pueblos balcánicos, bravos donde los haya, y no llegaron a la guerra civil gracias a la intervención de la fuerza multinacional de la OTAN.

Mis compañeros, efectivamente, me están esperando en un recodo del valle. Al bajarme de la moto veo que están aparcados a la entrada de un camping. Me sorprende encontrar un establecimiento turístico porque no parece que la zona tenga mucho tirón a pesar de estar en uno de los parajes más hermosos de los Balcanes. Ayer podíamos haber dormido aquí, está a poco más de dos kilómetros de nuestro campamento pero, ¿qué sería entonces de nuestra bucólica hoguera? ¿Que sería de mi paseo descalzo bajo las estrellas? ¿Que sería de mi “solo de gaita” subido en un peñasco? Si, ayer también toqué la gaita, lo admito. Me subí a una piedra detrás de las tiendas de campaña y entoné la Marcha Celta con solemnidad. Supongo que sería por eso que los pastores no se acercaron a curiosear. Una gaita es una gaita y siempre intimida.

A pesar de circular entre bosques de coníferas en las zonas más altas y caducifolias en las laderas, no veo ninguna explotación forestal en condiciones. Alguna pequeña corta pero nada de enormes vías de saca, ni maderistas con camisa a cuadros y barriga prominente manejando carrocetas y autocargadores. Tampoco veo, en las zonas agrícolas, maquinaria digna de tal nombre. Pocos tractores, ninguna segadora y una vieja empacadora que ocupa parte de la carretera. El resto son carros de tracción animal o humana.

Estamos a principios de junio y todo el mundo se afana en las tareas propias de esta época del año en el campo: la siega del heno, el cuidado de la huerta, la escarda de patatas… Pero resulta extraño ver toda esta actividad en ausencia de máquinas. Allí, al fondo, están segando un prado enorme a guadaña. Aquí, cerca de la carretera, los heniles esperan su viaje a los pajares. Todo esto es como transportarse treinta o cuarenta años atrás en el tiempo, a la España de los setenta donde la mano de obra en el campo aún no había perdido su esencia y los trabajos precisaban de muchas personas.

Lo cierto es que asistimos a una estampa que se me antoja hermosa en extremo. Para que esta hermosura no quede desvirtuada hay que hacer el ejercicio mental de olvidarse de que esta gente tiene el nivel de vida más bajo de toda Europa y hay que imaginarse que la calidad de vida no consiste en poder pagar las medicinas de tu hijo o poder desplazarte por una carretera que sea digna de tal nombre. Hay que imaginar un mundo bucólico, idealizado, en el que la tierra de sus frutos sin que haya que arrancárselos, los prados sean verdes todo el año y los habitantes sean felices porque un turista del norte de España viene con su moto a ver la estampa que hacen con sus carros desvencijados y su ausencia de maquinaria.

Una vez que se consigue llegar a ese estado mental, cínico en extremo, puede uno apreciar la hermosura del lugar en toda su magnitud.

La gente nos saluda al pasar y siempre toco la bocina o saludo con la mano. Me encanta esta sensación. Me gusta que me saluden y me gusta saludar. No lo hago por sentirme reverenciado ni mucho menos. Lo hago porque siento una conexión, aunque sea mínima y fugaz, con la gente con la que intercambio estos gestos. Espero que ellos sientan lo mismo. Como siempre, los niños son los que lucen la sonrisa más amplia y sincera. En uno de los pueblos que cruzamos, varios críos nos hacen un pasillo en el medio de la carretera para que pasemos entre ellos. Meto primera y lo cruzo muy despacio, sintiéndome honrado de semejante recibimiento mientras choco mi mano izquierda con sus manos pequeñas. Siento su tacto a través del guante, Veo sus caras felices y me convierto, otra vez, en un niño. Qué jodidos estos enanos!

Un poco más allá, un crío rubio de unos siete años vuelve del cole con la cartera a cuestas. Al escuchar el ruido de las tres motos se da la vuelta y, sorprendido, se lleva las manos a la cabeza como si no pudiera creerse lo que está viendo. Abre los ojos como platos y nos sigue con la mirada incrédula, llena de emoción. Toco la bocina otra vez y siento el deseo enorme de que exista un hada madrina para poder pedirle que este enano rubio tenga una moto enorme cuando sea mayor. Y que recorra el mundo. Y que vea a críos rubios que lo saludan al lado de la carretera y sienta el deseo de que tengan una moto enorme cuando crezcan. Esa es mi petición al genio de la lámpara, a dios mío o al ente encargado de las peticiones de los humanos.

Todo el país está lleno de búnkeres, especialmente en los márgenes de las carreteras principales. El sistema comunista siempre estaba temiendo una invasión capitalista por parte de sus enemigos sin embargo no supieron darse cuenta de que esa invasión no les llegaría por carretera sino a través de la televisión y de los compatriotas que emigran a zonas más prósperas. Por eso se mantienen regímenes como el de Corea del Norte. De allí no sale nadie y la única tele que pueden ver es la que dice su jefe de estado con pinta de retrasado mental.

Paramos a desayunar en una ciudad pequeña cuyo nombre no recuerdo. Repostamos las motos en una gasolinera infecta, sin asfalto y con pinta de ir a venirse abajo en cualquier momento. Luego vemos que, a menos de cincuenta metros hay una nueva, impoluta. En la terraza de un bar me tomo un vino del país con un kebap. El vino es muy parecido al de la Tierra de Cangas, un vino ácido, fuerte, con sabor a uva y delicioso. Me pido otro. El camarero está encantado de que me guste. Es del que hacen ellos en casa.

Llegamos, por fin., a Korçe. Es una ciudad gris con edificios grises en estado de semirruina, de la más pura tradición comunista, que colonizaron el centro de la población. Aparcamos las motos en la plaza principal y, al momento, nos vemos rodeados por una caterva de críos y adolescentes que comienzan a toquetearlo todo. Mientras me alejo unos metros para preguntar algo toquetean el GPS con una desfachatez increíble. No sé si se debe a la curiosidad innata, a la falta de educación o, simplemente a que son unos protodelincuentes en espera de un descuido para hacerse con un cacharro que vender en el mercado cercano. En cualquier caso, y a falta de mas investigaciones, decidimos que José Luis y José Manuel se quedarán a cargo de la vigilancia de las motos mientras yo me dedico a la exploración de la plaza y el mercado en busca de una pegatina que deje constancia de nuestro paso por Albania.

Hablo en italiano con unos chavales con pinta de poligoneros. Uno de ellos, que trabaja en la construcción y parece el líder del grupo, quiere irse a Ibiza de fiesta. Cuando me dice que el sueldo medio de un obrero albano es de 250 o 300 euros al mes prefiero no decirle que eso es lo que gastará en un día en la isla, a poco que se descuide.

En el mercado recorro los ruinosos puestos en los que la pieza estrella son teléfonos móviles de segunda mano. Repaso con curiosidad los puestos de automoción que disponen de la más variada selección de chatarra que uno pueda imaginarse. Todo está sucio, descuidado y, a pesar de eso, tiene la alegría de un mercadillo en el que se mezclan picaresca, cazadores de gangas y clientes en busca de oportunidades. Yo solo busco una pegatina. Un hombre me guía entre los puestos hasta el de un amigo. Allí, extendidas en la mesa, yacen en un absoluto caos la selección más variopinta de trastos que uno pueda imaginar. Un limpiaparabrisas, una hoz, una caja de tornillos… y un taco de pegatinas ovaladas, con las letras “AL” y la publicidad de un supermercado.

Solo tengo billetes grandes y el hombre que me acompaña no me deja pagar. Que, no, que no, que no, que bajo ningún concepto, que me invita él.

Por el camino de vuelta charlamos sobre Albania y le hago notar la cantidad de Mercedes que hay en la ciudad. Me responde que sí, que ahora hay muchos Mercedes y que el país se está levantando. Que hace once años, con el comunismo, todo el mundo iba en bicicleta. Lo cierto es que los Mercedes son material de desecho de Alemania, vehículos que tendrían que haber sido reciclados hace años. Aunque, a decir verdad, qué mejor modo de reciclar un vehículo que prolongar su vida útil durante años. Lo malo es que aquí corren el riesgo de convertirse en la chatarrería de Alemania, al igual que África se ha convertido en la chatarrería de Europa. Cosas del capitalismo. La mierda de los ricos se la han de tragar los pobres.

Salimos de Korçe en dirección a Pogradec, a orillas del Lago Ohrid para entrar en Macedonia. Estos días, cuando me preguntaban “ ¿a dónde vas de viaje este año? Yo siempre respondía “A Macedonia” y sin esperar respuesta añadía “sí, donde la fruta”. Me gusta ir a un país con nombre de postre.

Al llegar al lago nos detenemos a comer en un pequeño restaurante al lado de la playa. Es un sitio bonito, limpio y con un jardín-terraza en el que sacamos nuestras viandas con permiso del camarero. La playa es una tira de arena de poco más de cinco metros donde las botellas y los plásticos se mezclan con las algas y todo signo de actividad ha desaparecido.

En menos de diez minutos estamos en la frontera. Se me pasa por la cabeza una frase genial para describir el país: “En Albania hay una o ninguna buena carretera”. Es una de esas idioteces que te parecen muy graciosas cuando las piensas pero luego, conforme pasa el tiempo, van perdiendo la gracia. Otra de las reflexiones que me quedan de Albania es que aún le queda mucho camino por recorrer para poder considerarse “europeo”. Toda la zona de la costa Sur está en obras, hay basura por todas partes, las infraestructuras viarias son una mierda pero, cuando terminen, va a ser increíble. Me alegro de haberlo atravesado ahora, con malas carreteras y sin turistas que, como yo, desean llegar a todos los rincones.

En la frontera conocemos a unos músicos que viajan en transporte público. Hasta aquí han venido en taxi y, de esta frontera en medio de la nada, tomarán otro hasta Ohrid. Son dos costarricenses y una pareja de suizos. Uno de los costarricenses es ciego y se maneja con una soltura que me deja sorprendido. Es el primer ciego que conozco. Comenzamos a charlar sobre viajes, sobre motos, sobre política… Los aduaneros, hartos de nuestra presencia en el exterior de sus instalaciones nos dicen, de malos modos, que no podemos permanecer allí. Es, poco más o menos, como si nos expulsaran de Albania. Ya habíamos sellado nuestros pasaportes y teníamos que irnos.

La carretera en Macedonia está impecable. Notamos un cambio brutal. Infraestructuras hoteleras, muelles deportivos, chalets adosados, apartamentos… que poco que ver con los vecinos albanos. Aquí todo está cuidado y han tenido la precaución de no crecer de forma descontrolada como en la costa española. Todo es más armónico y agradable a la vista.

Nos detenemos en el Monasterio de St. Naum, un santón ortodoxo del siglo VIII. No sé gran cosa de la vida del santo. Me imagino que, como la mayoría de los santos, se habrán dedicado a hacer el bien, a meditar y a rezar porque la humanidad sea más buena y los hombres se amen unos a otros. Nada nuevo. Aquí conocemos a una pareja, él macedonio y ella ecuatoriana que se han casado recientemente. El chico habla español bastante bien y ella, supongo que también pero no ha dicho ni una sola palabra. En él se ve que se alegra de hablar con unos motoristas extranjeros y de practicar su español fuera del ámbito familiar.

En Ohrid vamos directos a un albergue que José Manuel trae en el GPS. Jose ha metido una cantidad de datos increíble en el aparato. Desde los lugares que son patrimonio de la humanidad hasta los albergues más pintureros. Vamos a quedarnos un par de días en la ciudad y decidimos dejar la tienda de campaña y la vida montuna por una cama con sábanas y ducha con agua caliente. Anastasia es una mujer enérgica que enseguida nos despacha. Nos enseña las habitaciones, la sala de estar, las vistas y no nos da mucha opción. Nos quedamos aunque en realidad no es un albergue sino una casa particular en la que se alquilan habitaciones. Bueno, también sirve.

Antonio, el marido de Anastasia es un enamorado de su tierra. Nos hace un recorrido fotográfico por todas y cada una de las atracciones culturales de los alrededores del lago. Cuando precisa de algún dato más en profundidad acude a Wikipedia pero, por lo general, su cabeza bulle con datos históricos de toda la zona. Iglesias, monasterios y capillas (que parece ser era una afición extendida esto de la religión) se suceden en la pantalla del ordenador durante una hora y media. Lo cierto es que Antonio parece un profesor de historia aunque en realidad sea electricista. Ni por asomo vamos a visitar todos estos lugares pero resulta muy interesante escucharlo. Por otra parte su inglés es de un nivel envidiable. Al menos por mi.

Salimos a tomar algo y nos encontramos con los músicos de la frontera. Buena charla y buen vino macedonio.

Mañana será otro día.

4. Carreteras Infectas y Deconstrucción

 

Sólo han pasado dos horas y José Luis me saca de mi viaje onírico para decirme que desembarcaremos en pocos minutos, hemos llegado a Ingoumenitsa.

Ahora son las tres de la mañana y estamos en Grecia, transitando en moto por un barrio desierto, sin saber muy bien qué hacer. Recalamos en un pequeño parque con tres bancos y nos echamos a dormir un rato. Los mosquitos no tardan en revolotear junto a mi oreja y comienzo a ponerme histérico. Me tapo con la lona de la tienda de campaña tan solo para descubrir que el remedio es aún peor puesto que ahora me muero de calor. Además los mosquitos consiguen colarse dentro y picarme en el cuello. Vuelvo a levantarme y me dedico a la exploración de los alrededores.

A mi derecha, al fondo de la calle, una chica saca a su perrito a pasear. Chándal gris ajustado que marca sus glúteos y perrito blanco y curioso. Se desata en ladridos hacia mis compañeros hasta que la chica lo reprende. En un inglés muy básico nos explica que no estamos en un buen sitio para dormir. Justo enfrente, en lo que yo creía un colegio, las autoridades griegas alojan a los inmigrantes ilegales pendientes de deportación. Paskistaníes, árabes, etíopes… negros. Todos los días tienen bronca y la semana pasada hubo un par de apuñalamientos.

Cuatro y media de la mañana.

Las montañas del fondo comienzan a recortarse con las primeras luces del amanecer. Tengo sueño y estoy cansado pero, a la vez, estoy deseando ponerme en marcha.

La chica del perro vuelve a salir de casa. Se ha quitado el chándal y luce una falda corta con zapatos de tacón a juego. Se ha peinado la melena rubia y, en la penumbra surge como una ninfa del amanecer. Su madre es la dueña del quiosco de al lado y, aunque no tiene problemas con los inmigrantes, siempre está pendiente por lo que pueda pasar. Me sonríe una vez más y me desea buen viaje. Se aleja taconeando por la acera, con paso firme y seguro, dando la espalda al amanecer que enmarca su silueta.

Ya es de día. Son las cinco de la mañana joder! Vámonos.

Un insulso café con remojando unos, no menos insulsos, bizcochos que hemos comprado a la salida de la ciudad. Estamos en un pueblo cercano a la frontera con Albania, son las siete de la mañana y aquí todo el mundo está n marcha. Aunque todo el mundo sean los cuatro gatos que habitan en este poblacho.

La carretera es sinuosa y rizada. Discurre entre campos de naranjos y huertas carentes de actividad a esta hora temprana. Hace frío y deseo salir pronto e Grecia. De vez en cuando un enorme socavón o una verruga de alquitrán me da un sobresalto.

En la frontera, solitaria, el trámite es rápido y enseguida nos despachan con aire aburrido. Somos los únicos viajeros que hay a la vista.

Aquí se hace muy patente que hemos cambiado de país y que estamos fuera de la Unión Europea. Aún está a la vista el edificio de la aduana albana y todo se ve viejo, abandonado. En el margen derecho un hombre de mirada perdida vende  chucherías, refrescos y objetos de difícil clasificación desde una furgoneta. A su lado, sentados en sillas de plástico, dos parroquianos se dedican a ver pasar la vida en medio de ninguna parte. Testigos mudos, la colinas peladas, amarillentas y pedregosas en las que malflorecen algunos arbustos.

Para mi sorpresa la carretera es buena, impecable. Una lámina de negro asfalto serpentea entre las colinas abrasadas por el sol y sobre ella, la moto y yo comenzamos los primeros pasos de una danza que me gustaría eterna. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda.

Que hermoso baile y que hermosa sintonía. Las líneas de la carretera destacan con un blanco inmaculado y la adherencia es perfecta en esta recién estrenada carretera.

Siento que aquí es donde comienza verdaderamente el viaje. Aquí, en Albania, lejos de casa y con los prejuicios y las ideas preconcebidas bien lejos de mi cabeza. Aquí, con la mente abierta y dispuesto a aceptar las cosas según vayan surgiendo. Con en ánimo encendido y deseoso de conocer gentes y paisajes. Disfrutando de esta sensación de avidez extrema que me empuja constantemente a emprender el vuelo hacia destinos de los que apenas se nada. El pecho henchido de nuevos aires y el depósito lleno. Nada se le puede comparar. Nada hay tan sublime como el comienzo de un viaje y ahora, en este preciso instante es cuando comienza.

De forma súbita la carretera pasa a ser un infecto vial y de este estado de ruina al estado de obras. Gravilla, grava y gravillón se alternan entre tapas de alcantarilla que sobresalen treinta centímetros. El primer pueblo emerge en un ancho valle de entre la espesura polvorienta. A mi derecha unos obreros se afanan en la construcción de una zanja a la antigua usanza: pico y pala. No hay aquí grandes concesiones a la mecanización de la obra pública y la mayoría de los trabajos se hacen a mano.

Nos dirigimos al parque Nacional de Butrint, otro lugar patrimonio de la Humanidad elegido por José Manuel. En su GPS lleva todo un elenco de emplazamientos para visitar y, gustoso, me dejo guiar por él. En esta ocasión no me he documentado apenas sobre el viaje, consciente de que está sujeto a muchos cambios de rumbo. Siguiendo las indicaciones de un lugareño con el que nos comunicamos por señas, nos adentramos en un camino de tierra que pronto pierde este honesto nombre para convertirse en un camino de baches con tramos de barro durante dos o tres kilómetros. Pura vida con el culo apretado.

Butrint es un lugar impresionante. Dominando el lago de agua salobre se haya el resumen de todas las grandes civilizaciones del Mediterráneo.

Cruzamos el canal al lado de una de las fortalezas venecianas en una barcaza destartalada y pagamos precio de turistas, un euro al cambio.

 

 

Las ruinas están repartidas sobre un promontorio desde el que se domina toda la comarca. Allá, al fondo, fundido con una bruma harinosa, el Mar Adriático y a mis pies los canales de riego y las tierras de labor ocupando una llanura ondulada en la que no se ve un alma. Duarante una hora paseo en solitario entre los restos de civilizaciones pretéritas.

 

 

Continuamos viaje en dirección Norte por carreteras muy malas donde, de nuevo, se alternan tramos en obras con otros sin reparar. No sabría decir cual de ellos es peor. El calor es sofocante, rondando los 30º y una luz blanquecina que se refleja en una geología caliza, lo inunda todo. Pasamos por pueblos anodinos en lo que la basura se ha enseñoreado y campa a sus anchas. Contenedores volcados que nadie se ocupa de recoger y toneladas de escombros en los descampados afean el paisaje, ya de por si no demasiado atractivo. Es como una pausada urgencia, una premura perentoria por adecentar el país que no termina de salir bien.

Entramos en la ciudad de Sarande a comprar una cincha para la maleta de José Luis. Un borriquillo suelto, en los arrabales de la población, busca pasto en la terraza de un bar que a estas horas está cerrado. No puedo reprimir una sonrisa.

Mientras espero a los expedicionarios consumistas se me acerca un tipo que habla italiano y departimos durante un rato. Es un hombre dicharachero  deseoso de una buena charleta. No sabría decir cual de nosotros dos es la horma y cual el zapato. A nuestro alrededor revolotea un hombrecillo menudo que no deja de mirar las motos con curiosidad mientras engulle pan tostado. Me ofrece la bolsa sin decir ni una palabra y cojo una tostada. Tiene una mirada despreocupada, infantil y, de vez en cuando, pregunta algo con voz tranquila.

Las voces de una señora reclamando su presencia sacan a mi interlocutor de su momento de asueto. Es el propietario de una pequeña droguería y se ve que, de vez en cuando, le gusta abandonar el trabajo para departir con cualquiera que pase. Por señas nos indica que no nos vayamos, que vuelve enseguida.

A pocos metros los escombros de una obra se desparraman sobre la acera sin que parezca molestar a los viandantes que esquivan el obstáculo y siguen su camino.

Al salir de la ciudad, en apenas un kilómetro, llegamos al mayor caos vial que pudiera imaginarme. Tramos de carretera destrozados por el agua, zonas de obras sin una sola señal, polvo… La carretera se ha convertido, por arte de magia, en un camino de cabras por el que circulan carros, autobuses pestilentes y Mercedes de los años ochenta.

Dejamos atrás la zona costera y comenzamos el ascenso de un puerto de montaña con carretera retorcida. Las curvas se suceden y la carretera, como acomodándose a los caprichos del paisaje, se ensancha o se estrecha, caprichosa y bacheada hasta el absurdo.

Se suceden los kilómetros y se acrecienta en mi la idea de que este país está a medio construir. O a medio destruir, no sabría decirlo con exactitud.

Por todas partes nos encontramos con cabras y ovejas de pequeño porte y, en  algunos montes, la ausencia de matorral a causa de su actividad se hace patente.

Nos detenemos a comer en un pequeño santuario al lado de la carretera. Se trata de una iglesia con jardines descuidados a la que se accede a través de un puente. Una hornacina con la santa, de construcción reciente, se encuentra a la entrada de éste y, allí sentado, un cabrero de mirada perdida nos observa con indiferencia a nuestra llegada.

Algunos coches pasan despacio al lado de nuestras motos y saludan con el claxon. Otros se detienen.

Extrañado ante semejante comportamiento le pregunto al cabrero, por señas, si nos saludan a nosotros. Él me contesta con una sonrisa que no, que saludan a la Virgen para que les de protección en su viaje. Yo también sonrío por mi estupidez.

En Gjirokaster paramos a ver el castillo que domina la población desde lo alto de un promontorio. Ascendemos por calles empedradas de una pendiente imposible. Desde aquí arriba domino todo el valle, con la ciudad extendiéndose a mis pies. Todo tiene un aire gris, apagado. Le falta el brillo de una ciudad bulliciosa. Todo tiene un aire adusto y aburrido.

José Luis y José Manuel están en el interior del castillo viendo el museo del ejército. Yo me he quedado fuera controlando las motos y consultando el mapa. Lo cierto es que no me apetece demasiado ver un museo del ejercito.

Esta ciudad goza de cierta fama porque aquí nacieron algunos de los personajes más relevantes de la vida cultural y política albanesa. El escritor Ismail Kadare o el lider comunista Hoxha vieron la primera luz en este poblachón de 23.000 habitantes. Este lugar, o al menos el centro, está declarado patrimonio de la humanidad por ser uno de los enclaves otomanos mejor conservados. Está denominada como Ciudad-Museo. Lo cierto es que yo, sin jactarme de mi incultura, no he visto que el sitio sea para tanto. A cambio, me como un helado de chocolate que me despacha una oronda quiosquera.

 

 

Hasta ahora la carretera ha sido mala a tramos. Ahora se ha convertido en infernal. Vuelven las zonas de obras, paradas, que se alternan con tramos en lamentable estado. De vez en cuando un enorme socavón amenaza con tragar una de las motos para no dejarle salir jamás del interior de su sima. Entramos en una zona de montaña donde la conducción se ralentiza hasta límites tediosos. Tiento, cuidado y, sobre todo, instinto de conservación. Lo cierto es que se me hace difícil describir este tipo de viales que, a pesar de comunicar capitales de provincia presentan un estado rallano con lo absurdo. ¿No querías aventura? Pues aquí tienes una buena ración en forma de slalom. La espalda comienza a dar síntomas de cansancio y sufro algunas molestias a causa de los baches.

Viajamos por un largo valle y la carretera, aunque parecía imposible, empeora.

Y otro valle. y otro. Y otro… Me pregunto si realmente nos dirigimos a alguna parte. 

En Kosine, o quizá en algún otro pueblo de nombre exótico, le pregunto a un orondo camarero la distancia a la ciudad de Korçe, o Korcha, como él lo pronunciaba. Me indica que 134 kilómetros, es decir, tres horas. Para asegurarme, vuelvo a repetir la pregunta y, efectivamente, son tres horas.

Después de unos kilómetros mi extrañeza se disipa y comprendo perfectamente el motivo de que se tarden más de tres horas para cubrir 130 km. Estamos haciendo una media de treinta kilómetros por hora, como mucho.

En Leskovik nos convertimos en la atracción de la tarde. Decenas de chavales y adultos desocupados se agolpan en derredor de las motos. Los crío, con sonrisa nerviosa, van en busca de sus amigos para que puedan ver las tres enormes motos que, cargadas de bultos, han parado hoy en su pueblo. No me siento cómodo con esta situación. No tengo miedo a que me roben nada. Tiene que ver, más bien, con la ostentación de pasear con mi moto por el país más pobre de Europa mientras sus habitantes me miran con envidia.

A nuestro lado pasa una vieja Kawasaki ZZR sin matrícula y detrás un camión ruso que, renqueante, deja una nube de humo negro a su paso.

Comienza a llover en una de las zonas altas, después de pasar Leskovik. Es una tormenta seria que arrecia por momentos. En poco tiempo circulamos con una cortina de agua que nos impide disfrutar de los hermosos paisajes que se intuyen más allá de la enorme ducha que estamos recibiendo. La pantalla del casco se empaña y comienzo a desesperarme. Las curvas se siguen sucediendo y la tarde está llegando a su fin.

Casi no recuerdo los lugares por los que hemos pasado y los nombres de pueblos y ciudades se me agolpan en la cabeza, entremezclándose y formando un maremagnum toponímico que me embota.

Cuando deja de llover nos encontramos aún en la zona alta de la sierra. Jirones de nubes se desgajan de los picachos más altos y, entre los abetos el vapor se eleva con una elegancia sublime.

Nos adentramos con las motos en una pradera de la planicie y el silencio lo inunda todo. Allá, a lo lejos, un rebaño de cabras atraviesa los prados naturales seguido por un pastor. Qué quietud. Que paz real se respira después de la tormenta. El aroma a pino y a humedad, el sonido de una brisa suave que mece los árboles, el verdor intenso… Todo me predispone a tener un instante de felicidad etérea y fugaz. Me alejo de mis compañeros para recoger leña mientras ellos montan el campamento. Desearía estar solo ahora mismo.

La Vstrom hunde su pata de cabra en el prado húmedo y se va al suelo. Se cae despacio, a cámara lenta mientras yo la observo indiferente. Parece como si quisiera tumbarse a descansar después de tantas horas de viaje. ¿Doce horas? ¿Trece horas? Ya ni lo recuerdo.

Un pastor se nos acerca pero, en el último momento decido mantenerse a cierta distancia.

Alrededor de la hoguera cenamos y charlamos mientras me termino la botella de Azpilicueta.