balcanes

12. El Ataque de los Animales Salvajes

 

Lo peor de levantarse con resaca es la tristeza. El mundo se desploma bajo tus pies sin que puedas hacer nada. No hay cosa alguna que te consuele. Todo lo que ayer parecía maravilloso hoy carece de importancia y ha perdido su brillo. Además es una mierda.

A esto hay que sumarle el horrible dolor de cabeza y la dificultad para respirar con normalidad debido a lo mucho que se fumó el día anterior. Así estoy ahora mismo. 

Miro a mi alrededor y estoy en una cuadra. Animalillo.

Haciendo acopio de valor me incorporo y procuro que todos los músculos vuelvan a funcionar de forma correcta. Busco paracetamol para desayunar pero no tengo nada a mano. Joder, que mierda.

Me pica el culo. Y la espalda. Y los brazos. Al examinarme con detenimiento observo que estoy lleno de ronchas. Las miro con interés intentando determinar si las picaduras son de pulga o de chinche. De pulgas, creo. Me rasco con violencia hasta que el dolor sustituye al prurito. Lo dicho. Qué mierda.

Desayuno el bocadillo de jamón de ayer y recojo todos los trastos. Al ponerme el pantalón de cordura noto una sensación desagradable al sentir su tacto húmedo y frío.

 

La moto sigue yendo como una seda. Ruedo despreocupado por el norte de Italia en dirección a Francia. El cielo, poco a poco, comienza a abrir y el mundo es, de nuevo, un lugar agradable y maravilloso para verlo a lomos de una motocicleta. La resaca de esta mañana no es más que un vago recuerdo mientras conduzco en dirección a Génova. En Milán, hace media hora, me equivoqué de salida y estoy yendo por la autopista del oeste. De las dos que hay es la más peligrosa. De hecho creo que es la más peligrosa de todo el país debido al número de accidentes.

Ni siquiera ese presunto peligro me arredra. Hoy será un día de kilómetros, de autopista y de tedio. Pero no importa. No tengo ninguna otra cosa que hacer que no sea estar sobre la moto devorando la carretera.

Las curvas cerradas se suceden. En algunas la velocidad máxima permitida es de ochenta por hora. Ésta es una de las autopistas de los tiempos de Mussolini, el gran follador. Il Duce tuvo un final violento, como sus encendidos discursos. Acribillado a balazos en una carretera comarcal y expuesto a las masas enfervorecidas para público escarnio. Que no como ejemplo porque éstos duran los instantes fugaces en los que la mente humana retiene las lecciones prácticas de Historia. Precisamente estos días los italianos vuelven a tener a Il Cavaliere, su otro Duce, en el disparadero judicial por haberse liado con una menor. Otro gran follador al que el pueblo admira. Da igual que lleves a tu pueblo a la ruina siempre y cuando seas un gran macho alfa que se trinque tías buenas. Seguimos pensando con la polla.

Los quitamiedos son ocres, cubiertos de herrumbre. Pienso que pueden hacer más daño por la infección que por el corte con una de sus aristas. La bajada a Génova es vertiginosa y brutal. Curvas cerradas que se suceden y cada una de ellas con su camión entorpeciendo la trazada. Circulo con precaución pero tranquilo, no hay nada que temer.

 

Hace rato que entré en Francia y estoy parado en un peaje, justo después de pasar las cabinas. En un arranque de intrepidez me acabo de colar otra vez. En esta ocasión ha sido detrás de un autobús checo. Me pegué bien a la parte trasera y allí, camuflado al rebufo pestilente de su tubo de escape, cometí mi ilegalidad. La cosa no salió todo lo bien que  yo esperaba porque el checo salió demasiado lento y la barrera cayó con estrépito sobre mi casco. Luego rebotó en la maleta trasera y por fin, se acomodó en su posición con un sonido seco. En un gesto idiota me rasqué la cabeza como si me hubiera hecho daño. En realidad me rasqué el casco imaginándome lo cómico de la situación. Me detuve  aquí y ahora estoy esperando a ver qué pasa. 

Miro hacia los lados, hacia las cabinas de peaje, al resto de conductores. Pero no ocurre nada. los coches siguen pasando y nadie me hace ningún gesto para que vaya a pagar.

Decido seguir dejando atrás mi pequeña trastada.

Unos kilómetros después del peaje veo unas luces rojas y azules en el espejo retrovisor. Es la policía. Cada vez están más cerca. Ahora los tengo detrás. Sopeso la idea de salir de estampida, sacarles ventaja y meterme en una secundaria. Rápidamente desecho tamaña estupidez. No conseguiría despegarme de ellos y no haría más que empeorar las cosas.

Estoy un poco nervioso.

Señalizo la maniobra y vuelvo al carril derecho. Ahora se pondrán delante de mi y un cartel luminoso me hará señas para que los siga. Joder. El haberme saltado el peaje me va a costar un multa de tamaño europeo. Cuánto me he ahorrado saltándome peajes? Cincuenta euros? Sesenta? Ahora voy a pagar trescientos. O seiscientos. No tengo ni idea.

No se han puesto delante. Se alejan poco a poco, supongo que buscando una salida para trincarme. Los sigo a unos doscientos metros para que no les de tiempo a pararme si se bajan del coche. En la siguiente salida abandonan la autopista dejándome con el corazón a cien y una zozobra que tardaré un rato en olvidar. Me hago la firme promesa de no volver a saltarme un peaje. Al menos en Francia.

Intento rascarme el culo pero las ronchas más violentas y molestas coinciden bajo la protección del pantalón de cordura. A cambio me rasco las del brazo, las del cuello y las de la espalda en un ejercicio de contorsionismo sobre la moto.

Abandono la autopista con la intención de disfrutar de una vida menos estresante y me encuentro circulando entre caravanas eternas. Tráfico lento en dirección a Mónaco y coches de lujo haciendo ostentación de riqueza.

 

 

El Mediterráneo está a mi izquierda, majestuoso y enorme, irradiando paz y meciendo suavemente los yates de los millonarios. Los ricos siempre se mecen suavemente, acunados por los dulces vaivenes del poder. Allí abajo están el palacio de los Grimaldi, el casino de los Grimaldi, los hoteles de los Grimaldi y el pequeño país de los Grimaldi. Y yo estoy aquí arriba, sentado en mi moto, observándolo todo desde la distancia. Dos realidades que corren paralelas  y que nunca confluirán. Pienso en ello un rato mientras el sol de la Costa Azul me acaricia el rostro. Qué dulce vaivén. No hay tanta diferencia entre uno de esos millonarios de allí abajo y yo. Ambos disfrutamos del mismo sol, ambos compartimos el mismo paisaje. Respiramos el mismo aire y, después de muertos, nos convertiremos en lo mismo, polvo cósmico. No somos tan diferentes.

Siendo pragmático pienso que, de ser millonario, probablemente me compraría una moto nueva, dormiría en hoteles de calidad en lugar de cuadras y le dedicaría más tiempo al viaje. Sería igual de intenso? Quién sabe. Probablemente me daría a las drogas, al juego en el casino de los Grimaldi y a joderle la vida a alguien. Mejor seguir siendo un prófugo español.

 

Cannes, la Meca del cine europeo durante los días del Festival es un puro atasco. Gente normal, con trabajos normales y vidas normales que deambula de un lugar a otro con prisa por llegar. No veo aquí ni un ápice de glamour ni nada que me haga pensar que es un lugar especial. Localizo un camping en el GPS a pocos kilómetros de aquí.

Este último tramo esconde calas recoletas y playas coquetuelas que ya han sido colonizadas por el turismo de masas. Son hermosas, si, pero ya han perdido toda su gracia, prostituídas en la vorágine de lo chic. Lucen sus paseos, sus barquichuelas y sus veleros espectaculares como una anciana con minifalda. Es el paraíso del artificio. 

 

El camping está bien. Situado en una zona residencial con los típicos chalets a pie de costa. Desde mi parcela llego a la playa en un minuto. Las vistas del atardecer son hermosas pero esta playa, constreñida entre los muros del camping, quedó reducida a una tira de arena de cinco metros de ancho que le roba el atractivo. Es una playa triste, melancólica que llora, solitaria, añorando un pasado salvaje.

Ceno en el restaurante del camping con vino peleón del Ródano. No está mal. Charlo un rato sobre España con unos parroquianos, sorprendentemente bien informados, y me retiro a la tienda. Agradezco que no toquen el tema del fútbol, es tan recurrente que me resulta vomitivo.

11. Hermosas Camareras Lombardas

 

José Luis ha salido con dirección a Madrid y me quedo solo el Ljubljana, la capital de Eslovenia. No es algo nuevo para mi, ya he viajado solo más veces y  es una sensación placentera. Después de unos días de viaje conjunto, mis compañeros han ido escogiendo otros caminos y ahora agradezco estar solo. Ha sido agradable hacer el viaje juntos, no han surgido problemas y nos hemos entendido a la perfección, volvería a viajar con ellos. Aún así, me congratulo de hacer este último tramo en solitario, a mi aire, disfrutado de la soledad del viajero.

Recuerdo haber dejado los guantes sobre la moto, ayer. Se me olvidaron pero, como este país es muy tranquilo y apenas hay robos, no me preocupé en exceso. Además la moto quedó bien guardada tras la reja con candado en el patio comercial. Pero esta mañana ya han abierto la reja y las tiendas del interior. Y mis guantes no están, me los han robado. y eran buenos. Y llueve. Y me tendré que comprar unos guantes nuevos.

Recorro la ciudad en busca de una tienda de motos y doy con la que acabo de localizar en una rápida incursión en Google. Está en la otra punta de la ciudad. Y esta es una ciudad desparramada.

 

No consigo localizar a Naco así que abandono la ciudad con un puntito de frustración.

 

Ahora estoy en Venecia. He llegado aquí saltándome casi todos los peajes. Uso varias técnicas: si el espacio entre la barrera y el hormigón es suficiente me cuelo por ahí. Si delante llevo un camión, me pego lo suficiente como para pasar, bien pegado a su rebufo, antes de que se cierre la barrera. No tengo remordimientos ni disquisiciones morales por estar robando. Si acaso un poco de nervios por si me pillan y me hacen pagar una multa elevada. Por lo demás tengo poca consideración con las empresas concesionarias de la caras autopistas italianas. En Eslovenia usé la misma técnica a la salida que a la entrada. Hacerme el loco y pasar por delante de las cámaras como si nada.

Venecia es… no sabría muy bien como definirla. Se ha escrito tanto sobre esta ciudad que cualquier cosa que yo pueda decir va a quedarse corta. Prefiero no hacer ninguna consideración sobre ella. Los calificativos han de quedarse, por fuerza, cortos. Y yo no he llegado hasta aquí para hacer de guía de turismo.

Al final de la carretera hay una rotonda en la que, a poco mal que aparques te llevan la moto. De aquí en adelante comienzan los canales. Entablo conversación con una pareja de franceses que vienen todos los años a pasar unos días a la ciudad. Viajan en Honda Varadero. Él es un personaje dicharachero que habla por los codos transmitiendo entusiasmo en cada palabra. Ella, más retraída, se mantiene en un discreto segundo plano. No me parece adecuado acompañar a una pareja en su paseo romántico por la ciudad de los canales así que pronto nos separamos y cruzo el primer puente de Venecia. No sé cómo se llama. Tampoco me importa. Siento una sensación especial al hacerlo. Estar en Venecia es, para mi, un acto viajero. Es uno de esos lugares que hay que conocer, un centro mundial de turismo, un "destino en lo universal". Y pasear por sus calles angostas, aspirar los pestilentes efluvios de algún canal o quedarse embobado mirando las góndolas desde el Puente del Rialto es algo tan tópico que incluso pensar en ello emociona. No veo, sin embargo, que sea un lugar tan romántico como dicen las guías de turismo. Es una ciudad hermosa, cargada de historia y peculiar donde las haya. Pero romántica, lo que se dice romántica… pues no acabo de verlo.

Hoy mi almuerzo consiste en una exigua porción de pizza y un vaso de vino. Vuelvo a pasear, a mirar, embobado, las góndolas y las parejas de recién casados. De vez en cuando caen unas gotas  y un viento desapacible agita las aguas del Gran Canal. No tengo ni una mísera guía de viajes y todo lo que sé de esta ciudad es muy poco. Me siento un poco paleto paseando por estas calles llenas de historia y sin un ápice de interés en la misma. Me basta con pasear, con mirar, con posar la vista en cada rincón, aún más curioso que el anterior. He asumido que no voy a conocer esto en unas cuantas horas. Ni en una vida. Así que, el lugar de buscar, frenético, la plaza de San Marcos, el Puente de los Suspiros o el palacio Ducal, me dejo perder por sus callejuelas. Ignoro si son interesantes para el resto de la humanidad o si forman parte de algún recorrido mítico. Me da igual. Arrastro los pies pausadamente por callejones desiertos. Me asomo en callejas que no están invadidas por turistas, intentando olvidar que yo formo parte de esta horda humana. Y recuerdo cuanto odio que un escritor de viajes diga que él no es un turista. Un viajero. No te jode. Creo que Javier Reverte fue el más honesto de todos en este aspecto. Cualquiera que llegue a esta ciudad con ánimo de visitarla es un turista.

Dejo Venecia después de llamar a Elena y contarle dónde estoy. Quizá con ella aquí me asaltase el romanticismo y la ciudad tuviera un aire menos prosaico.

Vuelvo a estar rodando en la autopista, rodeado de coches y camiones y con la vista puesta allá, a lo lejos, donde unas nubes oscuras amenazan con descargar con furia todo su contenido.

Ya estoy cerca de Brescia. Ha sido una tarde aburrida, plagada de camiones y con el único aliciente de saltarse algún que otro peaje. Me estoy aficionando a ser un sinvergüenza.

Hace un rato que he dejado la autopista, sin pagar, y estoy vagando, errante, entre campos de cultivo y ribazos sin nada que ofrecer. Comienzan a caer las primeras gotas y recalo en un bar pequeño de un pueblo pequeño perdido entre campos de cereal, viñas y pequeñas zonas industriales. Me acodo en la barra, después de despojarme del casco, del traje de aguas y  demás adminículos propios de este modo de viajar.. Una pose tantas veces repetida. 

"Un vino rosso, per favore". El italiano es tan fácil. Lo que no sé me lo invento y, para reforzar las afirmaciones junto los dedos de una mano y muevo la muñeca de adelante a atrás. Soy una versión bufa de un mafioso calabrés.

Entablo conversación con los escasos parroquianos: un indio que vende flores y algunos locales que trasiegan cerveza o vino con delectación.

Andrea es un tipo dicharachero. Habla a toda velocidad y sonríe constantemente. Me insiste para que pruebe el vino de la zona, frizzante, bianco,buono. Nos invitamos a unas rondas mientras, afuera, la tormenta arrecia por momentos.

Después de una hora ya sabemos algo más los unos de los otros, incluso que la camarera tiene un rollo con uno de aquí cerca. Es guapa. Con un par de vinos más incluso diría que está buena. Tiene un tatuaje en el cuello que le da un aire atrevido. El pelo corto y unos tejanos ajustados que dejan ver su ombligo. Definitivamente, está buena.

Pregunto a mis nuevos amigos por un lugar tranquilo y seguro para montar la tienda. Sigue lloviendo a mares. Me preguntan si no sería mejor un hotel pero, prefiero la tienda. El presupuesto del viaje está tocando fondo y no quiero sacrificar ni un solo kilómetro del próximo viaje.

Andrea llama a su amigo que vive aquí cerca, en una casa de campo, con cuadra y un voladizo bajo el que puedo montar la tienda a techo. No está mal.

Al llegar a la casa de Omar nos recibe su madre. Está un poco nerviosa. Ha hablado con su hermana y ésta le ha dicho que tenga cuidado no vaya a albergar a un “prófugo español”. Nunca se me había ocurrido pensar en mi mismo como un prófugo. Me he imaginado como pirata, como astronauta, como asesino en serie, como ladrón, como rey, como vagabundo… pero nunca como un prófugo. Le digo que soy del Corpo Forestale dello Stato en España y le enseño el carnet que me acredita como agente de la autoridad a servicio del Gobierno. Desde que me abrió alguna puerta en Marruecos siempre lo llevo conmigo. Al fin y al cabo a la mayoría de las personas les da mucha tranquilidad saber que están ante un miembro de la administración de un estado y a mi me gusta contar que soy guarda forestal. La gente te ve como un romántico con suerte. 

Parece que mis explicaciones surten el efecto deseado y éstas, unidas a un intento de parecer un romántico con suerte, hacen que consiga acampar en el interior de la cuadra. Aquí no necesito montar la tienda, así que le digo que dormiré en el suelo. Ella se azora aún más, muerta de vergüenza. No puedo dormir en el suelo. Eso no entra dentro de su idea de hospitalidad.

Comprendo perfectamente lo que siente. Por una parte le doy miedo, soy un desconocido al que va a albergar en su casa, en el centro de Italia, donde la hospitalidad rural pasó a un tercer plano hace decenios. Por otra parte es de noche y ya me ha dicho que puedo dormir en su cuadra. Pero claro, tener a un hombre civilizado, educado y sin “mala pinta”, durmiendo en el suelo que, hasta hace un par de años, pisaban sus vacas, tampoco es muy hospitalario. Al final llegamos a una solución de compromiso: me baja una hamaca de playa, unas sábanas y unas mantas. Eso es más que suficiente para mi y ambos salvamos las circunstancias. En realidad a mi ya me habría salvado con el tendejón.

Omar acaba de llegar. Es un tipo alto, ancho de espalda y con aire de bonachón. Andrea ya me había advertido de su forma de hablar. No hay quien entienda ni una palabra. Habla en lombardo, un dialecto del norte de Italia emparentado con el francés y que, pronunciado a la endiablada velocidad con que habla Omar, suena en mis oídos como una sucesión de frases monocordes e inconexas. Intenta hacer un esfuerzo para hablar en italiano pero, en cuanto consigue mi atención, vuelve a dirigirse a mi en esa enrevesada lengua. Andrea hace de traductor. Toda esta situación me parece de lo más cómico. 

Me bajan un bocadillo de jamón y una botella de agua. Dentro de media hora nos vamos de fiesta con Alexandro, otro de los colegas del bar, a Bagnolo.

 

Estoy tomando vino frizzante en el bar del padre de un jugador del Brescia. Parece ser que es muy famoso pero no consigo recordar su nombre. Lo más importante, según mis interlocutores, es que está saliendo con Miss Brescia. ¿O es Miss Italia? No sé, creo que el vino me está obnubilando la mente.

Cambiamos de garito pero esta vez voy con Alexandro en su Audi TT de doscientos caballos. Duechento? No, duechento e due. Esos dos caballos son los que le dan la potencia. Sin esos apenas si se mueve. Nos partimos de risa un rato.

Ahora recalamos en otro bar de otro pueblo al que no sabría llegar en esta noche en la que todas las carreteras parecen iguales. Otra hermosa camarera, otros cuantos vinos y otras cuantas risas. Omar se nos escapa unos instantes y, cuando ya nos vamos a ir lo encontramos a la vuelta de la esquina pegándose el lote con la camarera. Me pareció ver cierta tensión sexual no resuelta entre ellos dos. De nuevo risas.

Entramos en un bar de copas enorme, El Forajido. Es el lugar de ocio más popular de la zona. Futbolín, pizzas, cerveza a raudales… Un enorme tipo con la cabeza rapada me dice, entre risas que se llama Franco, como nuestro dictador. Ha pasado algunas temporadas en Ibiza y ahora trabaja aquí encargándose de la seguridad. Se ve que tiene tablas para el mundo de la noche.

Me acuesto en mi improvisada suite rodeado de trastos, polvo y comida de gatos. Dejo la ropa tirada sobre la alfombra. Creo que son las tres de la mañana. Mañana tendré resaca. Lo veo venir.

10. El Peligroso Veterano de Guerra

 

Ayer fue un día largo de moto. Antes de ponernos en marcha dimos una vuelta por la ciudad de Targu-Jiu. El móvil de José Luis llevaba unos días sin funcionar y, mientras él controlaba las motos me fui de peregrinaje por las tiendas de telefonía. Terminé en un garito especializado en piratear terminales. Una tienda pequeña, instalada en un callejón anodino y feo en la que un joven callado se dedicaba a trastear móviles de marcas variadas. No hubo manera. José Luis seguiría sin móvil.

Después de un rato de moto cruzamos los Cárpatos Meridionales sin hacer demasiadas paradas. Rumania quizá merezca un viaje monográfico en un futuro a medio plazo pero ayer no era más que una etapa de transición antes de entrar de nuevo en Serbia. Aún se me llena la boca de Serbia cada vez que digo Serbia. Aún conservo la amabilidad de Sasha, la de Rade, la de Miki en mi memoria. Serbios. Suena a guerra, a gente dura y sin escrúpulos, a mafia y a peligro. Y sin embargo la Serbia que yo me encontré fue la de gente amable, la de rostros agradables que van y vienen intentando olvidar un pasado reciente de ira y sinrazón. No hay nada como salir de casa y ver las cosas con tus propios u  ojos. Quizá no te de tiempo a tomarle el pulso a una sociedad, seguro, ni a conocer un país en cuatro pinceladas pero, al menos, tendrás tu propia visión antes de hacer un juicio de valor y no te guiarás, únicamente, por las informaciones sesgadas de forma intencionada desde la prensa.

Atravesamos poblachos medio fantasmas, sin apenas movimiento, esquivando, una y otra vez las tormentas que amenazaban con dejar caer el cielo sobre nuestras cabezas. A partir de Deva el tráfico de camiones y autobuses con dirección a Alemania era cada vez más intenso. A cambio la carretera dejó de ser un vial infecto para convertirse en una lengua oscura que serpenteaba entre amplios valles de verde intenso. Desde las butacas de los autobuses los emigrantes rumanos nos miran con cara de aburrimiento. Aún les quedan muchas horas de viaje antes de volver a su destierro en Occidente. Dinero duro.

Atrás quedaron los tramos de obras.

Me acuerdo de Deva, una niña inteligente y vivaracha que, en mi cabeza, me acompaña durante esta parte del viaje.

En una gasolinera solitaria, cerca de la frontera con Hungría, el cielo decidió abrirse dejándose vaciar de contenido. Al fondo de la llanura veíamos caer los rayos y en el suelo un agua espumosa y marronuzca lo iba empapando todo. Después de toda la tarde esquivando las tormentas, por fin una nos había cazado, afortunadamente, a techo. 

Había oído hablar de las rodadas de los camiones marcadas en el asfalto pero no las había visto nunca. Y ayer, justo antes de llegar a Hungría pude comprobar lo desagradables que resultan. Es una sensación extraña. Procuras circular por el centro, justo entre las dos roderas pero, al final, terminas metiéndote en una de ellas y, con la moto tan cargada, da la sensación de que te vas a caer. Acabas por acostumbrarte.

En la aduana otra enorme cola de camiones estaba esperando para formalizar los trámites de paso. Le pregunté a uno de los guardias cuánto tiempo tardaban en pasar la frontera aquellos hombres, (un año?). El guardia, sonriendo, se encogió de hombro e hizo un gesto que denotaba lo poco que le importaban aquellos nimios detalles de su trabajo.

A pocos kilómetros de la frontera paramos en un pueblo muy turístico, ya en el interior de Serbia. Es temporada baja y no se veía mucho movimiento. El autocamp está cerrado y  parecía fenecer bajo una fina lluvia al lado del lago. Al fondo algunos veleros daban la misma impresión de aburrimiento.

En una de las casitas cercanas al lago oí risas y decidí preguntar por un buen lugar para montar la tienda. Me atendió Nicoleta, una mujer rubia de formas rotundas. Nicoleta adora todo lo que tenga motor. Su hermano fue campeón de motocross en Rumanía y su marido se dedica a restaurar Renault 4L, un vehículo por el que toda la familia siente una gran afectividad.

Con su ciclomotor nos guía hasta la casa de un vecino que alquilaba su jardín para instalar tiendas y caravanas. Es un lugar hermoso. A nuestra derecha emergen, por encima de la tapia del vecino, dos cerezos imponentes teñidos de rojo por los frutos. Un poco más allá, el huerto. Y aquí, a nuestro lado, un árbol de ramas generosas bajo las que instalar la tienda de campaña. El día finalizaba y habíamos encontrado un remedo de hogar. Sencillo y acogedor.

Dos vecinos aparecen trayendo del brazo a un tercero. No hay saludo ni sonrisas. El prisionero tiene la mirada perdida y un punto de arrepentimiento en sus ojos. De vergüenza, quizá. Se trata, según nos informa Nicoleta, del hermano de nuestro anfitrión que trae una borrachera de dimensiones épicas. Bajo la mirada reprobatoria de su hermano es llevado al interior de la casa. No hay ni una palabra más alta que otra, se ve que no es la primera vez que ocurre. Pero aquella mirada… Se me habrían helado los huesos si este veterano de la guerra de los Balcanes me mira de aquel modo.

Aún no habíamos terminado de montar las tiendas cuando el cielo decidió que era hora de volver a vaciar todo su contenido líquido sobre los seres humanos. Y esta vez quiso hacerlo con toda su furia. En cuestión de minutos todo estaba empapado.

Un rayo cayó a menos de cincuenta metros de la tienda y decidimos dejarlo todo y guarecernos en el trastero de la casa.

Al llegar la calma el olor a humedad y a limpieza pura lo inundó todo. Nos cepillamos una botella de vino rumano y la paz llegó, un día más, a mi cabeza.

 

Hoy el día amanece despejado, con un cielo límpido y claro. Como un cuervo me dedico a engullir cerezas furtivamente mirando hacia todos lados por miedo a que el veterano de la Guerra de los Balcanes me vea. No sería capaz de sostenerle la mirada. Acerco una rama y tomo un puñado. Luego otra. Y otra. Le estoy dejando pelada de frutos la zona baja de árbol. Cuando aparece el enjuto propietario a cobrar los cinco euros que pactamos ayer me pregunta si he probado las cerezas. Le digo que si, que he comido algunas. Se ríe y contesta que coma las que quiera, que están muy buenas.

Salimos en dirección a Osijek por la nacional. Hay poblaciones hermosas, con casitas de planta baja, alineadas a cinco metros a cada lado de la carretera. Parecen lugares idílicos en los que todo el mundo vive feliz. Todo destila sencillez y tranquilidad. En Subotica es día de mercado y se ve mucha actividad, ordenada y tranquila, en las calles principales. Frutas, verduras, carros de cuatro ruedas tirados por un caballo… Mi fantasía de estar en un lugar idílico se va acrecentando por momentos y solo veo lo que mi mente febril me permite. Todo está tan… en su sitio. Da la impresión de que sólo nosotros somos la nota discordante en esta comarca de Hobbits hacendosos. El verde de la campiña, los árboles que bordean la carretera, las casas y granjas de planta baja, la mayúscula tranquilidad de esta mañana de junio… Qué lejos está todo lo que me preocupa.

José Luis tiene que cambiar las pastillas de freno de su Varadero así que en Osijek buscaremos un taller de Honda para comprarlas.

El calor va en aumento, presagiando otra tormenta para esta tarde.

En el taller, después de varias gestiones telefónicas en mi inglés surrealista, nos atiende el dueño en persona. No tiene ni idea de lo que hace. Cuando llegamos, después de una cerveza, ha metido la moto dentro y tiene la rueda trasera desarmada. Nosotros sólo queríamos comprar las pastillas y largarnos pero las barreras idiomáticas nos han jugado una mala pasada. Dice que él no es mecánico, que es piloto. Ha corrido en Daytona y ha sido varias veces campeón en Croacia. Lo que quieras chico, pero para instalar las pastillas traseras no es necesario desmontar la rueda. A cambio le regala a José Luis una maleta idéntica a la suya, una Givi que puede desarmar para extraer la cerradura que estropeó contra un bolardo en el puerto de Barcelona.

El experimento con los frenos se salda con una factura de setenta y cinco euros, un precio a todas luces exagerado, incluso para el tratamiento de "urgente" que el dueño del taller le dio a nuestro caso. Me prometo escribir a mis colegas del motoclub de Osijek, a quienes conocí hace unos años en una concentración de motos a pocos kilómetros de aquí, para contarles el caso.

Entramos en la autopista y los kilómetros se suceden, aburridos, hasta Eslovenia. Hemos bordeado Zagreb y ahora estoy plantado delante de otro aduanero que me mira con indiferencia. Le resulta chocante que la moto, siendo tan nueva, tenga 77.000 kilómetros. Cosas de la carretera, le digo.

Hay algunos carteles que indican algo de un ticket. Supongo que será el peaje pero no veo caseta alguna. Lo que sí veo son cámaras que leen la matrícula. Supongo que a la salida harán el cálculo.

No han transcurrido muchos kilómetros desde que entramos en Eslovenia y la temperatura baja de forma drástica. El atardecer trae nubes oscuras y el paisaje se va tornando cada vez más grisáceo.

Pasamos otro peaje y tampoco se recoge ticket en ninguna parte. Otra cámara vuelve a leer la matrícula.

Ya solo faltan cincuenta kilómetros para llegar a Ljubljana, la capital de Eslovenia. Comienza a llover. Cuatro gotas bien gordas seguidas de un diluvio universal. La pantalla del casco se empaña y reduzco la velocidad. Sigo con visibilidad nula, al igual que hace unos días en Kosovo. Comienzo a desesperarme y a entrar en pánico. Los coches y camiones me adelantan sin piedad dejando una estela de agua sucia que me cubre por completo. Abro totalmente la pantalla del caso y siento como las gotas de lluvia golpean con violencia mi cara. Ahora tengo las gafas cubiertas de agua y tampoco veo nada. Me quito las gafas y las guardo en el bolso de la cazadora. Ahora las gotas me golpean directamente los ojos y mi desesperación va en aumento. Joder, estoy a punto de entrar en histerismo. Con los ojos entrecerrados acierto a ver una salida iluminada. Pongo el intermitente y me detengo en la gasolinera. Estoy de mala leche, mojado y con hambre. Odio la moto. La odio con toda mi alma.

Después de secarme la cara, limpiar las gafas y la pantalla del casco, vuelvo a ver la vida más nítida y regresa el amor por mi vehículo de dos ruedas. Una chocolatina me ayuda  a tomar energías renovadas para cubrir los veinte o treinta kilómetros que faltan hasta la ciudad.

Tomamos la segunda salida y busco con la mirada la cabina de peaje. No hay. Nos estamos colando. Ruego envíen el importe de la sanción a mi dirección postal en España.

Buscamos un hostel a través del iPhone, usando la wifi de un bar. Me envían la foto de mi sobrino. acaba de nacer hace un par de horas. El rostro se me ilumina y me invade una felicidad pueril. Es un pequeñajo sano y hermoso.

Después de instalados en el hostel las motos quedan en unos soportales de tiendas, una especie de centro comercial en miniatura. Cuando salimos han cerrado el acceso con una reja y candado. Las motos están seguras.

Damos varias vueltas por la ciudad buscando algún restaurante barato pero ya poco queda abierto a esta hora. desde la acera de enfrente dos tíos nos dicen algo que no entiendo. Unos metros después consigo descifrar lo que decía: "you need help?" De nuevo amabilidad y ayuda en cualquier esquina. Es lo que siempre encuentro.

Mañana José Luis se irá hacia Madrid y yo me quedaré intentando localizar a Naco, un español que conocimos Gelucho y yo en nuestro primer viaje a los Balcanes. Le he enviado un par de correos y no tardará en contestar. Al menos eso espero. Tengo ganas de verle.

 
 
NOTA: este artículo ha sido escrito, integramente con un iPhone y un teclado inalámbrico mediante la aplicación Pages.

9. Café Helado con Sasha

 

Tengo las manos llenas de grasa. El sol calienta la calle en este hermoso domingo serbio. Las herramientas de la moto yacen desparramadas por el suelo y algún curioso se acerca a ver qué pasa. Estoy cambiando las pastillas de freno mientras José Luis se dedica al mantenimiento de la Varadero. Al final es él quien realiza la tarea.

Miki, el padre de Marion, ha madrugado y su tarea esta mañana, ha sido limpiar las motos. Le pareció que no era seguro viajar con los intermitentes llenos de polvo y que las placas de  matrícula debían de estar impecables. Así que cogió un trapo y le sacó brillo a las dos máquinas mientras estaban en la recepción del hostel.

Le pregunto a Miki dónde puedo comprar una pegatina de Sebia para colocar en la maleta de la moto y, al momento, estamos caminando hacia el mercado. Este "rastro" es un sitio enorme. Está situado al lado de la muralla de Nis, en una explanada gigante en la que se vende de todo. Lo primero que me encuentro son decenas de coches de segunda mano en lo que parece un concesionario multimarca bestial. Los coches están en buen estado, limpios y relucientes, con los capós abiertos para mostrar sus motores impecables. Un poco más allá la maquinaria agrícola y luego los puestos de ferretería y repuestos en general. Allá, al fondo, están las verduras, la fruta y la alimentación.

Miki se va moviendo con soltura y con paso endemoniado, a pesar de tener piernas cortas. Va saludando a unos y otros y correteando por entre las mercancías como un gnomo del bosque.

Compro algunas menudencias, entre ellas una mochila del ejército serbio por dos euros.

Al volver al hostel José Luis aún está preparando el equipaje y poniendo a punto la moto. En un rato estaremos de nuevo en marcha.

Salimos de la ciudad natal del Emperador Constantino en dirección Norte, por una carretera nacional solitaria y tranquila. El sol aprieta. Este es otro hermoso día para dedicarse a viajar en moto. Ante mi, cientos, miles de kilómetros para ser recorridos. Solo hay que fijar la vista en el horizonte y dirigirse a ese punto. No hay plan, No hay hoja de ruta. Puedo ir al sitio que me apetezca. Al Norte, al Sur…. Qué más da!

A cada lado de la carretera se extienden colinas cubiertas de pastos. La vegetación arbórea es escasa y rala. Pastizales enormes y pueblos muy separados.

En Negotín dejamos la carretera nacional con la intención de refrescarnos un poco. En un supermercado compramos cerveza, pan y algo de comida.

Sentado a la puerta del establecimiento, disfrutando de una buena sombra y una buena cerveza, me entretengo viendo pasar los escasos vehículos que circulan por este arrabal del extrarradio. Una street figther, probablemente una Kawasaki de 750 pasa un par de veces. Luego una Suzuki roja.

Un hombre, de unos cuarenta años, me saca de mi soporífera y calurosa mañana para invitarnos a su casa a tomar una cerveza y lavarnos un poco.  Al principio me hago un poco de rogar pero lo cierto es que me apetece ir a su casa. Normalmente estas muestras de hospitalidad siempre dan lugar a historietas divertidas, entrañables o, cuando menos, dan para conocer gente interesante.

Sasha, que así se llama el hombre, vive en una casa de dos pisos con jardín y garaje. A la entrada hay una mesa redonda y una sombrilla y allí nos sentamos a charlar un rato con Rade, el propietario de la street figther, con Nikola, su hijo, con Studenka… En un primer momento nos costaba comunicarnos; nuestro inglés sigue siendo tan básico… Es en estos momentos cuando me da rabia no haberme molestado un poco más con este idioma. Lo poco que se lo fui aprendiendo en internet, en un curso de iniciación y en la música. Es decir, resulta bastante deficiente para tener una conversación profunda. A pesar de ello somos capaces de hablar de motos, de trabajo, de política, de los militares…  

Sasha es ingeniero y preside el club náutico. Rade también es ingeniero y trabaja en la presa hidroeléctrica que hay a pocos kilómetros.

Después de un café helado y algunas cervezas ya me siento como en casa. Es gente agradable con la que estoy a gusto y con la que "conecto" en poco tiempo. A veces, cuando viajas, los sentimientos están más despiertos, más a flor de piel. No te entretienes  en artificios ni en estúpidos disimulos. El tiempo es limitado, tu viaje debe continuar y el deseo de conocer a alguien o simplemente, cuando se produce esta conexión de la que hablo, hace que te muestres más franco, más directo, más tú mismo.

Antes de irnos tocaré un poco la gaita. Me apetece. Los tengo a todos expectantes mientras monto las diferentes piezas. Tercia, copa, puntero… todo va encajando y el sonido atronador y agudo se arrastra por las calles, mezclándose con el calor melífluo de media mañana. Otra más.

Finalizo el concierto entre risas y aplausos. Nos despedimos de ellos con un fuerte abrazo y con el deseo, sincero, de volver a vernos algún día. Sé que Sasha siente lo mismo.

La ruta sigue, los paisajes van cambiando y los kilómetros se van sucediendo. Me encanta hacer esto. No hay nada más placentero que esta sensación. Estoy en Serbia, camino de Rumanía, muy cerca ya de la frontera pero, podría dar la vuelta y volver a Macedonia. O continuar por Serbia hasta… Hasta donde me de la gana. La moto responde perfectamente y mis ganas de viajar siguen intactas. Esto es vida!

La frontera con Rumanía está situada en una presa hidroeléctrica de proporciones considerables. Como en casi todas las fronteras hay una cola de camiones pero lo de esta  ya es para tomar en consideración. Los camioneros, pacientes, esperan fumando en el arcén. Los coches están en otra cola, mucho más corta. 

Una vez superado el trámite burocrático de entrar otra vez a la Unión Europea continuamos ruta por Rumanía en dirección a Targu Jiu, la ciudad de Andrea.

Targu-Jiu, en domingo, es una ciudad aburrida. No hay mucho que hacer ni mucho que ver. Todo tiene un aire anodino y gris.

 

Hemos quedado con Andrea en una plaza con aire moderno por la que pasean parejas y jubilados. Tráfico escaso, muchos establecimientos de cambio de divisas y entidades bancarias.

Andrea, a través del marido de su prima, nos busca un hotel en las afueras, al lado del mercado mayorista de fruta por 12 € cada uno. Conexión a internet y todo nuevo e impecable. No me he fijado en las estrellas pero seguro que tiene dos o tres.

Después de un par de horas de red me desplomo en la cama. 

8. La Monja Sexy

 

A las nueve de la mañana ya es hora de ponerse en marcha. Hoy nos dirigimos al monasterio del Patriarcado de Pec , cuartel general de los obispos ortodoxos en el Siglo XI. 

Este sitio está considerado como la cuna de la cultura serbia y siempre tuvieron este lugar como el origen de su civilización. Aquí estaba el máximo dirigente del patriarcado ortodoxo hasta el año mil setecientos y pico. Y aquí está toda la historia del pueblo serbio. Por este motivo, cuando Kosovo declaró su independencia de forma unilateral, en Serbia consideraron que era una afrenta, no solo a su integridad nacional, sino también a su identidad como pueblo. Les arrancaban el núcleo de su génesis.

Para entrar al recinto los soldados de la KFOR nos proveen de un pase. Me gustaría sacar una foto a los solados, posar con ellos y hacerles mil preguntas pero son más cuadriculados que cualquier policía que haya conocido, incluida la croata. No hay manera de sacarles conversación, más allá del nombre de las armas que portan y de la advertencia, muy seria, de que está prohibido sacar fotos al material o personal militar. Como aún conservo parte de mi espíritu rebelde les saco unas cuantas cuando no están mirando, simulando preparar la cámara. Las fotos son tan malas que no me merece arriesgarme a una bronca de estos brutos. Los dos qu están hoy de "puertas" son checos y su presencia impone tanto como la de los dos italianos de ayer.

En el interior del templo la monja que lo custodia nos advierte de la prohibición de sacar fotos. Que manía, oiga! Ya veo que el motivo no es otro que vender las postales que ellos tienen en una mesa dentro de la iglesia. Ya me resulta bastante familiar esto de los mercaderes en el interior de los templos, es una imagen que se repite entre los cristianos con bastante asiduidad.

La monja es una mujer alta, espigada, totalmente vestida de negro y con el aire adusto , producto, sin duda, de una vida dedicada al rezo y al ascetismo. Su facciones duras le dan un aire de "madame" del sado. Bajo el hábito se le adivinan una caderas suntuosas y unas piernas firmes que soportan el conjunto. Tiene un no sé qué sexy que me hace pensar en cosas que seguramente sean pecado a sus ojos y a los de Dios.

José Luis, haciendo caso omiso de las advertencias de la monja, dispara varias veces. Con flash. Yo también disparo una vez pero sin flash. Justo cuando el eco del obturador ya no resuena en el silencio del edificio aparece tras de mi la monja afeándome el comportamiento. Me disculpo y la visita continúa. José Luis, en la sala contigua, vuelve a disparar con flash. Entonces la monja comienza a soltar improperios, con una voz firme pero suave, en un idioma que no comprendo. No me hace falta conocer su idioma, entiendo lo que dice perfectamente. Acto seguido apaga todas las luces y nos deja a oscuras para terminar la visita. Nos ha estado bien empleado. Recorremos el resto del edificio en penumbra, casi intuyendo las paredes policromadas mientras un Cristo pantócrator nos observa desde lo alto con dos dedos levantados, a modo de advertencia.

Cuando nos vamos me deshago en disculpas con la dura monja y, al final, consigo arrancarle una sonrisa. No creo que llegara a haber nada nunca entre nosotros pero, al menos, no me voy con la horrible sensación de ser un turista gilipollas. Aunque lo sea.

Salimos de Pec hacia la capital de Kosovo, Pristina. A unos veinte kilómetros, o treinta, quién sabe, entramos en la autopista. Lo cierto es que es un poco subreal todo esto. La autopista está en obras y no es raro encontrarse con una tapa de alcantarilla abierta a medio señalizar o un rebaño de vacas. Están paciendo tranquilamente en la mediana, ignorantes de nuestro paso y de todo lo que no sea pacer y mugir. Algunas cruzan despreocupadamente los dos carriles. Al lado mismo de la vía rápida, que lo será un día cuando terminen las obras, están construyendo algunas casas. Ignoro si esto es o no legal pero no me gustaría vivir al lado de una autopista, y menos sin tener un carril de deceleración para llegar a casa. Están justo en el borde, retiradas apenas diez metros. Como quien hace su casa al lado de un camino o en un solar en el medio de la ciudad. 

Pristina es una ciudad grande y, a causa de las obras, desastrosa. La entrada es un atasco continuo en el que apenas si queda un sitio para colarse entre los coches. Voy abriendo la marcha y aprovechando arcenes de grava y piedras. Huele a calor, a polvo y a tubo de escape. Humos negros y desagradables. Sorteamos vehículos, cada uno como puede y por el lugar que le parece más adecuado.

No sé muy bien cómo pero hemos llegado a la parte alta de la ciudad. Aquí ya no hay atasco pero no es la zona que estamos buscando. A decir verdad no buscamos ninguna zona en concreto, queremos ir al centro de la ciudad. Tampoco sabemos muy bien para qué.

Por alguno de estos ramalazos tontos que me dan de vez en cuando acabamos bien en el centro, justo en el mercado. Avanzamos con dificultad entre puestos de verduras, tenderetes de ropa y ferreterías ambulantes mientras la masa humana nos rodea. Esto, además de ser como un laberinto, está lleno de gente. José Luis ha quedado rezagado y no sé si habrá entrado en este maremagno. Por su bien espero que no. Supongo que no estará permitido el tráfico por las calles del mercado pero ahora no le dedico mucho tiempo a pensar en eso ocupado, como estoy, buscando una salida.

Consigo salir por uno de los pasillos hacia una calle lateral y, de aquí, a una de las plazas centrales atestadas de coches. Detengo la moto bajo unos árboles y, tras de mi, la BMW de José Manuel. Ha decidido que nos abandona y se va a Bulgaria. Es algo que ya habíamos hablado varias veces y ya sabía que en algún punto nos íbamos a separar pero deseaba que fuese más tarde. Se viaja bien con él. Jose es un tipo tranquilo, discreto, un poco tímido. A pesar de ser tan distintos nos complementamos bien a la hora de viajar. 

Comienzo a preocuparme un poco por la tardanza de José Luis. En momentos como este pienso en lo útil que sería llevar un walkie-talkie. Sobre todo porque el teléfono de José Luis lleva varios días sin funcionar.

Por fin aparece, como salido de la nada.

Les pregunto a dos policías dónde puedo comprar una pegatina de Kosovo para mi moto. Uno de ellos, el más joven, es un tipo rubio y alto. Se empeña en acompañarme a la tienda para hacer la compra del souvenir a pesar de las objeciones de su compañero que no está por la labor.Recorremos todo el barrio preguntando en varias tiendas. Volvemos al mercado atestado de gente. Entramos en ferreterías. Pero la pegatina no aparece. 

Charlamos sobre su trabajo. Antes de los tiempos de la frontera, es decir, antes de la independencia de Kosovo, el trabajo era más duro. Ahora todo es más llevadero. No hay mucha delincuecia y es, en general, un país tranquilo. El policía me dice que no puede seguir acompañándome porque entra a trabajar a las dos de la tarde y ya son menos cinco. Cuando llegamos junto a su compañero éste ya está señalándole el reloj y reprochándole su tardanza.

Un hombre mira nuestras motos y a nosotros con aire curioso. Es un señor mayor tocado con un fez de color blanco isabelino que ya conoció jornadas más brillantes. Supongo que el día que estaba en la estantería de la tienda esperando a que alguien lo comprara. Le sonrío y se acerca. No dice nada. No habla. Solo mira las motos y nuestro atuendo con aire curioso. Por señas le pido permiso para sacarle una foto y, orgulloso, posa al lado de la Vstrom. 

Un estruendo de bocinas y acelerones aparece por nuestra derecha. Decenas de ciclomotores con banderas enormes ocupan toda la calle y se paran delante de nosotros interrumpiendo el tráfico. Los bocinazos de los conductores indignados se unen a los de la chavalería. Necesito saber que está pasando aquí así que cruzo la calle y me meto entre los ciclomotores a preguntar a qué se debe esta barahunda. Partido. De fútbol, pregunto. No, de basket. Hoy es la final.

Nos despedimos de José Manuel que vuelve a Macedonia para entrar en Bulgaria por el sur. A él aún le quedan otras dos o tres semanas de viaje. No puedo reprimir cierta envidia. Desearía acompañarle pero hay que ir pensando en el regreso. Estamos en Kosovo y aún nos queda una visita a Serbia, Rumanía… Acompañar a Jose supondría alargar demasiado el viaje.

Conozco a una chica rumana. trabajó de camarera en mi pueblo unos seis meses. Cuando estaba en España le prometí que, si algún día, pasaba cerca de su ciudad iría a visitarla. Es una de esas promesas que se hacen sin mucha intención de cumplirse, casi por quedar bien. Pero lo cierto es que ahora estoy cerca de los Cárpatos Meriodionales. Le envío un mensaje vía Facebook.

Es media tarde y el calor sigue apretando. Acabamos de llegar a Nis, una ciudad otrora importante en la ruta desde Europa a Turquía. En la entrada del McDonals, en la plaza principal, me conecto a la wifi con el teléfono y busco un albergue. Después de varias vueltas, ya cerca del albergue, nos aborda un chico joven con cara redonda que, desde el interior de su Renaul 5 nos ofrece su hostel. Está muy cerca y tiene sitio para guardar las motos. Hostel Plaza, justo al lado de la zona amurallada, del mercado y nada más pasar el puente. 

Marion nos dice que, cuando decidamos irnos a la cama nos ayudará a meter las motos en la recepción y me ofrece su notebook para conectarme a internet. Tengo que cerrar su sesión de correo. Ha dejado todas las contraseñas a mi disposición.

En la tele el ejército serbio muestra su poderío militar en un documental. Esto me sirve de excusa para charlar un rato con el padre de Marion. Cuando le cuento que venimos de Kosovo no le gusta nada. "Kosovo grossen mafia", dice a la par que dispara con su dedo índice. "Mafia, droga". Yo no he visto nada de eso, solo gente amable y solícita que siempre estaba pendiente de lo que podíamos necesitar, siempre dispuestos a echar una mano. Quizá nos hayamos encontrado con los habitantes ejemplares, quién sabe.

Después de una ducha preguntamos por una tienda donde comprar las pastillas de freno. Tanto la Varadero como la Vstrom están necesitando el cambio. Marion nos lleva en su destartalado R5, a las diez de la noche, al taller de un amigo. Está cerrado. luego hace un par de llamadas y, por arte de magia, nos abren el concesionario de Yamaha en Nis. Hay pastillas para la Vstrom pero no para la Varadero. José Luis se compra un traje de agua.

De regreso en el albergue tomamos las motos y nos vamos a cenar. Una terraza a media luz y música en directo. Una camarera hermosa y jarras de cerveza de un litro.

Me acuerdo de Gelu porque están tocando "Stand by me", unos de sus temas favoritos. Cómo me gustaría que ahora mismo estuviese aquí, disfrutando de esta jarra de cerveza, de la camarera pasando por delante de nuestra mesa con su figura recortada por la luz de la farola, del grupo que, más que verse, se adivina al fondo del local. Las mesas están llenas de clientes de charlan distendidos en esta noche de sábado.

Pero Gelu se ha quedado en casa, lamiéndose la heridas que el año pasado le produjo un  italiano filogermánico del Sudtirol. Edmundo, qué hijo de puta resultaste ser a pesar de tu compungida pose.

Después de varias cervezas, un plato de sardinas fritas y otras menudencias, volvemos al hostel y guardamos las motos en la recepción. Mañana, cuando nos levantemos, cambiaremos las pastillas de freno y nos dedicaremos toda la mañana al mantenimiento de nuestros vehículos.

7. Jugando al Teto

 

Ocho de la mañana, hora de levantar el campamento. Por la noche no ha llovido, luce el sol y todo huele a fresco, a humedad y a aire puro de los Montes Pindo.  En una de mis exploraciones alrededor del campamento encuentro excrementos de oso. No estoy seguro de que haya sido un oso el creador de semejante cagada pero, desde luego ha sido un bicho con culo grande, de eso no hay duda. Podría ser puesto que en la zona habitan osos, lobos, chacal dorado… y todo un elenco de especies emblemáticas. Lo que más me llama la atención son los bosques. Extensiones enormes de frondosas que pasan a estar ocupadas por coníferas en las zonas más altas. Hayas, robles y un sinfín de plantas endémicas que no había visto en mi vida.

Volvemos a intentar ascender la pista forestal con la intención de salir en Mavrovo. En esta ocasión soy yo quien abre la marcha. He salido de avanzadilla para valorar el terreno. El primer kilómetro tiene piso duro y es fácil. Las tormentas de los días pasados no parecen haber afectado demasiado al firme. Cuando comienza la subida más fuerte empiezan a aparecer los primeros surcos y zonas de barro. Un poco más arriba la pista se hace cada vez más difícil para subir con la moto cargada y con neumáticos mixtos. José Luis no será capaz de ascender este tramo con la pesada Varadero. Al menos no sin sufrir alguna caída. Seguiré un poco más por si la cosa mejora un poco más arriba.

Yo estoy acostumbrado al bosque atlántico, a ver hayedos y robledales de superficie considerable, a respirar el silencio del monte y subir con la moto por esta pista, encajonada entre el riachuelo y el valle, no tendría que llamarme demasiado la atención. Pero me la llama.

No sé si es el hecho de estar lejos de casa, haciendo lo que más me gusta que es viajar en moto, la emoción del viaje o detalles como los rayos de sol colándose entre las ramas de los árboles pero lo cierto es que el paisaje me parece maravilloso.

De aquí no paso. La pista es muy estrecha y las dificultades para avanzar cada vez mayores. Miro hacia el fondo del valle, al río cincuenta metros por debajo, y considero que estoy circulando demasiado cerca del borde de la pista. Me vuelvo por donde he venido. No sólo porque no me gustaría tener una caída en estos parajes sino porque José Luis ya se ha caído ayer y esta zona es mucho más complicada. No es justo someterlo a este suplicio solo por capricho.

Vuelvo a pasar por el pueblo y, mientras llegan mis compañeros, que han quedado rezagados, me meto en un bar tienda a comprar pan. Uno de los parroquianos, emigrado, habla inglés y alemán así que todos podemos saciar nuestra curiosidad por el otro. Charla, risas, preguntas… poco a poco voy tomando confianza de modo que, cuando llega el resto de la expedición me encuentran por dentro de la barra del bar simulando que despacho a los clientes y con una amplia sonrisa. Me creo el rey del mambo.

Después de la compra el dueño nos invita a un café turco. El café turco, como su propio nombre indica, viene de Damasco y como los Balcanes estuvieron bajo la dominación del Imperio Otomano pues adoptaron también este brebaje. Se prepara moliendo el café muy fino, tanto que parece harina marrón. Luego se mezcla con agua fría en un recipiente similar a una chocolatera, la eldžezva, después se le añade el azucar si se desea, se calienta hasta hervir y se sirve en tazas pequeñas, como las del expreso. Siempre lo sirven con un vaso de agua del grifo que aprovecho para quitarme de la boca los restos de café molido. Es inevitable que se te queden entre los dientes y la sensación es bastante desagradable.

Ahora viene lo bueno, el chupito de rakia de las diez de la mañana. Nuestro anfitrión ya se ha tomado dos o tres que yo haya visto,  y está muy dicharachero. No necesita insistir mucho, yo soy muy dado a la cata alcohólica, aunque se me hace raro hacerlo a horas tan tempranas.

La rakia es una bebida similar al aguardiente que se obtiene a partir de la destilación de frutas fermentadas. Suele tener cuarenta grados pero el de segunda destilación, el prepečenica, llega hasta los sesenta. Afortunadamente estamos con el primero.

El chigrero se me queda mirando fijamente mientras apuro el primer trago, esperando ver una cara de sorpresa, de dolor… Entorno un poco los ojos y, sin cambiar la expresión le hago un gesto con el pulgar arriba mientras exclamo. ¡cojonudo! Se ríe y me vuelve a llenar el vaso.

Él no habla inglés, ni nosotros macedonio. El emigrado se ha ido y nos quedamos solos en la tienda con el dueño que, por cierto, es un fan irredento de Ferrari y Fernando Alonso. Se alegra mucho de saber que somos de la misma tierra que Fernando Alonso. De Suiza no, de Asturias.

“Jefe, póngame otro chupito de rakia”

José Manuel no es muy dado a beber alcohol y lo ha probado, más por cortesía que por otra cosa. José Luis no pasa del segundo.

Apuro el tercer vaso brindando con mi hermano macedonio, albano, kosovar o lo que sea. Recogemos la compra y salgo entre eructos etílicos.

 

Tetovo. Obviamente me suena a tetas. Su nombre significa “Ciudad de Teto”, un héroe local que, al parecer, limpió la ciudad de serpientes. Soy como un crío, cuando oigo tetas, caca, culo, pedo ya me da la risa y me lo paso bomba con juegos de palabras. Si hay adultos delante que me lo echen en cara, aún mejor. En este caso, como estoy solo dentro del casco y respirando vapores de aguardiente, me río solo. Seguro que cualquier día de estos maduro y pierdo la parte infantil.

Los arrabales de Tetovo no tienen nada de gracioso. En lugar de entrar a la ciudad por la nueva autopista lo hacemos por uno de los barrios del sur. Las mezquitas proliferan por doquier y son, con diferencia, los edificios más cuidados. El resto parece fenecer entre calles polvorientas y descuidadas. Las tiendas muestran su mercancía en el exterior y los comerciantes se afanan en regar la calle para evitar el polvo. Circulamos entre coches destartalados y furgonetas que hace lustros dejaron de ser nuevas. Basura, suciedad y baches.

 

Frontera de Kosovo. Da un poco de “cosa” llegar a la frontera de Kosovo. Esta es de segundo orden, no tiene nada de especial. No hay fuerzas de intervención de la KFOR, ni soldados armados hasta los dientes. Uno de los guardias, mientras esperamos el papeleo, me habla en portugués. Resulta que ha estado emigrado en Suiza, trabajando en la construcción con albañiles portugueses y, mira tu por donde, se le ha pegado el idioma. Yo llevo años avanzando a paso de caracol con el inglés y este guardia fronterizo, tímido y cohibido, aprende portugués en… Suiza! Hay que joderse.

Después de los trámites aduaneros contratamos un seguro de viaje obligatorio para entrar en el país. Tiene una validez de un mes y nos cuesta quince euros.

Kosovo nos recibe con más montañas plagadas de bosques. Me recuerda un poco a Asturias pero más frondoso.

Paramos a comer al lado de una fuente. Sacamos el chorizo, el queso, las conservas… un pic-nic en toda regla. Un enorme todo terreno de la policía de fronteras se detiene a nuestro lado. Se baja un policía panzudo y, cuando creo que va a pedirnos los papeles nos saluda amablemente y echa un trago en la fuente.

Un poco más tarde llega un hombre de mediana edad con su esposa. Conduce una furgoneta pequeña de la que saca una caja de fresas para lavarlas. Hablamos un rato en francés y me cuenta que ha estado trabajando en Francia casi toda su vida. Al enterarse de que vamos hacia Pec nos recomienda hacer la ruta por el sur, por la ciudad de Pizren, atravesando el Parque Nacional de Sharr. Nos regala unas fresas para el postre.

El parque Nacional es una sucesión de curvas hermosas enmarcadas, como no, entre bosques. Me llama la atención que, en cada puente, hay una señal que indica el peso máximo para carros de combate. Definitivamente este es un lugar distinto y extraño.

Kosovo hace diez años estaba dándose de leches. La cosa comenzó cuando el tristemente famoso Milosevic aumentó la presión sobre la mayoría albano-kosovar en lo que, por aquel entonces, era una provincia serbia. Los serbios aquí eran minoría y las tensiones fueron en aumento. La bronca estaba servida. Los albano-kosovares se sublevaron, hubo guerra de guerrillas y los asesinatos masivos por parte del ejército serbio se multiplicaron. ¿cómo terminó todo? Con la intervención de la KFOR, el bombardeo de Belgrado y la retirada de los serbios. Hay quien sostiene que todo fue una capaña de los EE.UU. que necesitaban tener más presencia en la zona y derribar el régimen serbio. Adiestraron a las fuerzas de la guerrilla UÇK e inflaron la cifra de muertos para que hubiera más presión de la comunidad internacional y la CIA anduvo metida de por medio.

En fin, cosas de los Balcanes, de sus líos étnicos y de su carácter guerrero donde los haya.

El Parque Nacional de Sharr ha desaparecido de mi vista, siendo sustituido por una espesa capa de bruma y un chaparrón de gotas gordas como puños. Me gustaría haber visto el pino de Macedonia, la rosa alpina o cualquiera de sus especies vegetales emblemáticas pero, con este día, tendré que conformarme con ver la carretera. Las gafas se me empañan. La pantalla del caso se me empaña. Las botas está llenas de agua y mi desesperación va en aumento. Obligo a mis compañeros a detenerse cada dos por tres porque se me hace imposible continuar la marcha. Odio este casco. No consigo ver nada y, desesperado, abro la pantalla. Las gafas se inundan de agua de lluvia y, de nuevo, tengo que detenerme.

Circulo por la mitad de la carretera, formando una enorme caravana detrás de mí. Esto es una auténtica mierda.

Al llegar a Pizren ha dejado de llover y me detengo en una plaza, al lado de la terraza de una cafetería. Me gustaría tomar algo, conocer la ciudad. La gente nos saluda desde la acera, nos tocan el cláxon, todo son miradas amables. Después de un breve cónclave se decide continuar hacia Pec. No estoy conforme con la decisión pero no digo nada. Si viajase solo, o con mi amigo Gelu, habría parada aquí para quedarnos a dormir. No sé por qué pero el sitio tenía algo que me atraía. Obviamente, a mis compañeros de viaje no les sucede lo mismo o sea que continuamos la marcha. No es que me moleste, al fin y a la postre cuando viajas con más gente todos tenemos que adaptarnos a los demás en mayor o  menor medida. Hasta ahora las cosas con ellos van perfectamente. Hay buena armonía y no hay discusiones entre nosotros. Aún recuerdo las tensiones entre los dos que me acompañaron en mi viaje a Mauritania. No quiero que eso se repita y menos por mi culpa. Lo que pasa es que me quedaré con la duda de si Pizren tenía algo que me estaba llamando. Otra vez será. El viaje continúa y la ciudad seguirá estando aquí para cuando decida visitarla.

En Kosovo la gente, en general, es muy amable. No están acostumbrados al turismo y todo el mundo nos pregunta si necesitamos algo.

Son las seis de la tarde y estamos delante de uno de los monasterios más famosos de Kosovo. José Manuel nos ha dicho el nombre pero yo ya no lo recuerdo. Para llegar aquí hemos tenido que pasar por una carretera con grandes bloques de homigón atravesados a modo de "laberinto” para impedir la entrada de vehículos en línea recta. Al fondo, un control de la KFOR con dos soldados italianos de dos metros de altura. Resultan impresionantes con sus armas ultramodernas y su equipo militar. Yo, que ni siquiera he hecho la mili me siento muy acongojado con estas cosas. Están vigilando constantemente los lugares patrimonio de la humanidad. El monasterio ya ha cerrado así que, antes de que anochezca del todo nos iremos a Pec. Mañana será otro día.

Se ha hecho de noche y, a medio kilómetro de la carretera principal puedo ver la enorme iluminaria del cuartel general de la KFOR. No me gusta viajar de noche por lugares que no conozco.

En Pec buscamos un hotel barato para quedarnos a dormir. Conecto la WIFI del iPhone y compruebo, asombrado, que hay muchos lugares de la ciudad con red gratuita. Nuestra búsqueda se prolonga durante más de media hora hasta que, en un aparcamiento se nos acerca un hombre con camisa floreada y bermudas. Nos pregunta si necesitamos algo y le contesto que si, que un hotel bueno, cerca del centro, barato y seguro. Después de pensar un rato saca su móvil y hace unas llamadas. Al momento se presenta un taxi que nos guiará hasta el hotel que nos ha recomendado. Le paga la carrera al taxista y no permite que le demos más que las gracias.

Definitivamente, o este es un país de gente amable o nos estamos encontrando con los habitantes más solícitos.

En el hotel guardamos las motos en la recepción. Solo la BMW y la mía. La Varadero no cabe. Nos duchamos, me conecto a internet para dar el parte de novedades a mi familia y nos vamos a cenar.

El recepcionista del hotel Dona, un chico joven y dispuesto, nos acompaña al restaurante bueno y barato que pedimos, está a un par de manzanas. La comida se pide a la entrada, en una pequeña cocina con un par de planchas y una vitrina que nos separa del cocinero. Llega un taxista dicharachero que nos bombardea a preguntas. Ha estado trabajando muchos años en Alemania y habla alemán, francés, italiano y albanés. De español solo sabe algunas palabras. En italiano nos vamos entendiendo bastante bien. Nos recomienda las especialidades de la casa y nos invita a las ensaladas y a los extras que se salgan del plato básico. En mi plato hay salchichas, chorizo kosovar, pimientos escabechados… todo está delicioso y pagamos catorce euros por los tres platos, cerveza incluida.

Este país ha de merecer otra visita, que duda cabe.

 

6. La Llegada del Gordo

 

Orihd

Macedonia. La reina de los postres. El lago Ohrid, majestuoso, enorme. Cargado de historia y uno de los lagos más antiguos del mundo. Tanto como el Baikal o el Titicaca. Patrimonio de la humanidad desde 1978. Sus aguas son transparentes, tanto que la vista acanza, en algunos puntos, los 22 metros de profundidad. Aunque a veces la eutrofización consigue enturbiarlas.

Esta mañana está tranquilo y reposado bajo una capa de bruma lechosa. A lo lejos, en la orilla Oeste, albania parece quedar sumida en una nebulosa opaca. Quizá sea sólo un reflejo de la realidad. Desde una de las torres del castillo, mientras dejo que mi mirada se pierda en el lago, apoyo los codos en el parapeto y cierro los ojos. Macedonia. La reina de los postres. La cuna de Alejandro Magno. A mi hijo le llevo una camiseta con la imagen del hijo de Filipo, a vre si le pica la curiosidad y le apetece investigar sobre el personaje.

Dejamos las alturas de la fortaleza del siglo X y nos vamos a otro lugar Patrimonio de la Humanidad. José Manuel viene con toda la información en el GPS pero, aunque no fuera así, Antonio, el marido de nuestra posadera, nos instruyó ayer en la historia de toda la comarca.

En poco tiempo hemos ascendido con nuestras motos hasta el monasterio de San Pantaleón, construído por Clemente, un discípulo de San Cirilo. Recuerdo que Cirilo, en la película “Ágora” fue uno de los principales responsables de la muerte de la filósofa Hipatia. Muy santo pero muy cabronazo.

Este edificio, al igual que muchas construcciones religiosas, pasó de ser iglesia a mezquita, de mezquita a iglesia y de ahí a atracción turística del Lago. Aún conserva el halo de espiritualidad que se les presupone a estos lugares a pesar de que somos muchos los turistas que paseamos despreocupados por los jardines y los restos arqueológicos.. En el interior del templo suena música sacra ortodoxa que, junto con el olor a incienso, llama al recogimiento y a la oración. Es una lástima que yo no sea creyente porque en uno de estos lugares que tanto me gusta visitar probablemente encontraría la comunión con el dios al que adorase. Soy muy sentido yo para estas cosas. Muy dado al recogimiento cuando la atmósfera que me envuelve es propicia para ello.

Vuelvo a salir al calor mañanero. Regresamos a las motos. Mi Vstrom está bajo las ramas de un enorme cedro.

Ayer Antonio nos recomendó vívamente que no nos fuésemos de la región sin visitar no se qué iglesia de Struga, que está aquí al lado, a veinte kilómetros. Apenas está indicada pero, según él, con sus indicaciones no podemos perdernos.

Struga, Madedonia

 

Struga es una ciudad pequeña, de casas de planta baja y calles cuadriculadas. Reposa varada en la desembocadura del lago, un estrecho canal por el que el agua se escapa bajo unas compuertas de madera. Comemos uno de los platos más típicos de los Balcanes: el Burek. Es una especie de empanada de hojaldre rellena de carne, de queso feta, de espinacas… Un plato contundente, delicioso y que te quita el hambre para toda la tarde. En Bosnia había algo parecido que recibía el nombre de “chepavi”, un pan abierto relleno de cebolla y salchichas de cordero que nos zampamos en un desayuno épico en la ciudad de Sarajevo. Año 2008. El tiempo pasa a toda velocidad.

Cierto, con las indicaciones de Antonio no nos podíamos perder. También cierto que hubiésemos llegado sin indicaciones; el truco consiste en seguir la carretera, rodeando el lago, hasta que ésta se termina. El lugar es un tanto anodino. Un embarcadero solitario, de nueva factura, un hotel de varias estrellas, un aparcamiento desierto y tres motoristas que se miran con cara de escepticismo.

Descubro que a ninguno de los tres nos apetecía mucho venir a este lugar pero “como-no-podíamos-perderlo” pues aquí estamos. Para entrar a la iglesia en cuestión, que está excavada en la piedra, hay que pasar por el interior de un museo que no alberga ninguna pieza. Es un edificio anexo al hotel en el que se respira un incómodo silencio.

El interior de la iglesia, excavada, en parte, en un saliente de la roca es fresco y me da la impresión de que el aire es extremadamente seco.

Es un sitio extraño.

 

A media tarde salimos en dirección al Parque Nacional de Mavrovo, en el norte del país. Nuestra intención es continuar hacia Kosovo cruzando la frontera en Tetovo. A pocos kilómetros de Struga José Manuel comanda la expedición. Me gusta circular detrás de su moto. La velocidad es siempre correcta y prudente. Lo cierto es que en la mayor parte del viaje es él quien abre la marcha. Vamos guiándonos por su GPS y visitando los puntos de interés que tiene señalados. En esta ocasión perseguimos una cascada situada a poca distancia de nuestra ruta. Tomamos el desvío y llegamos a un pueblo grande, Labunishta. Es empinado y circulamos con precaución por sus callejuelas atestadas de gente. Todo el mundo nos mira. Pero no es la mirada de curiosidad a la que estoy acostumbrado cuando viajo en moto por lugares con poco turismo. Aquí las miradas denotan cierta sorpresa, desagrado. Un hombre, sentado a la puerta de un bar, se levanta a nuestro paso y nos sigue con los ojos mientras estamos en su campo de visión. Lo estoy viendo por el espejo. Me pregunto qué está pasando aquí.

Cientos de cables eléctricos pasan de un lado a otro de la calle, entre casas de dos alturas de ladrillo sin enfoscar. Todo el barrio da la sensación de estar a medio hacer, como si las obras se hubieran parado hace tiempo.  La mayoría de la población es musulmana. Esto parece un gueto. Hasta ahora la religión mayoritaria me dio la impresión de que era ortodoxa pero, según nos acercamos al norte, va cambiando. Ya hemos visto algunas mezquitas y mujeres con hiyab. Esta es la región de los refugiados albanos, de los que entraron en el país durante la guerra de Kosovo en 1999. Recuerdo que aquello tenía tintes de una crisis humanitaria con casi 400.000 albano-kosovares pasando la frontera en muy pocos días. Esto de los Balcanes si que es una macedonia de culturas, etnias y mala leche.

Vemos muchos carteles de un político gordo y con cara de corrupto.

Seguimos avanzando y cada vez hay más gente. Casi todos nos miran extrañados. A estas alturas ya nos hemos dado cuenta de que estamos llevando la dirección incorrecta, que por aquí no se va a ninguna cascada. Si acaso a que nos casquen.

Frente a nosotros aparece una multitud que grita y nos hace señas braceando agitados. Son casi todos chicos jóvenes que portan banderas y pancartas que no me entretengo en leer. El griterío va en aumento, a la par que mi nerviosismo. Me tranquilizo al ver a uno de ellos con una camiseta que pone “security”. Éste, con grandes aspavientos nos indica que nos desviemos a la derecha. Nos libramos del vocerío de los manifestantes y aparecemos ante una mezquita.

Estoy deseando salir de esta ratonera. No tengo ni idea de lo que ocurre pero por las miradas y las actitudes puedo ver que no somos bien recibidos. José Manuel le pregunta a un policía municipal por la ubicación de nuestra cascada que, a decir verdad, ya me importa bien poco.

Bajamos a la parte baja de Labunishta, evitando esta vez las callejuelas de la subida y salimos de nuevo a campo abierto. Nos cruzamos con una caravana de coches que hacen sonar el cláxon como histéricos. Van a toda leche y abre la marcha un Mercedes negro, de alta gama, con luces rojas y azules de policía camufladas en la parrilla. Supongo que el gordo con pinta de corrupto vendrá instalado en su interior, escoltado por acólitos portadores de banderas.

 La cascada

La carretera es ahora amplia y con buenas curvas. Discurre a orillas del pantano de Globochica que se encajona entre montañas de poca altura. En la otra orilla se adivinan varias casitas escondidas entre la frondosa vegetación. Parecen querer quedar disimuladas entre los árboles, escondiendo el mismo secreto de su existencia paradisíaca. Nos paramos en un apartadero, al lado mismo del agua. Dos pescadores están recogiendo los bártulos y colocándolos en el interior de un diminuto FIAT 600. Haciendo gala de mi sentido del humor les pregunto si tienen licencia de pesca. La respuesta es un titubeante “si” seguido de la indiferencia más absoluta. Intento seguir la conversación preguntando sobre el modo de obtener las licencias de pesca, si hay mucha abundancia de peces… Los dos hombres se suben en el coche y me dejan con la palabra en la boca. Se ve que no ha sido una buena jornada de pesca. Añado que me sentí un poco cretino.

Continuamos en dirección Norte, hacia el cielo encapotado y gris. La carretera avanza hacia un valle más abierto y más poblado. Otro embalse. Volvemos a parar al lado de unos chicos que están pescando unos metros más abajo. Vuelvo, como un idiota, a hacer la misma broma de la licencia de pesca, añadiendo esta vez que soy el guarda del río. Me contestan que allí no hace falta licencia, que ellos no la necesitan. Además de castigarme con su indiferencia me dicen algo más en un idioma que no comprendo pero que interpreto a la perfección: “vete a tomar por el culo”. Desde la posición de dominio en la que me encuentro, treinta metros por encima del agua, en la carretera y con la moto arrancada no me importa hacer caso omiso a las advertencias de mis compañeros de viaje sobre el peligro de vacilar a los chavales. Además, me han vacilado ellos a mi. De nuevo vuelvo a sentirme un poco cretino.

Comienzan a caer las primeras gotas y, pocos minutos, la carretera se convierte en un pequeño riachuelo al llegar a las inmediaciones de la presa.

Nos cruzamos con un grupo de seis motos con matrícula alemana. La primera lleva matrícula macedonia. Es un guía y su expedición. Siento un poco de envidia porque es un trabajo que me gustaría desarrollar. Mucho más que el mío. Seguro. Y eso que el mío no es malo: puedo volar en avioneta, trabajar con un 4×4 o con una Suzuki DRZ 400S. Pero trabajar sobre la moto siempre tiene que ser la pera. Cuando me cruzo con la policía de tráfico también pienso que es un trabajo que podría adaptarse a mis necesidades. Todo el día en la moto y sin problemas con el costo de los repuestos o la gasolina. Ésta ocupación lleva como contraprestación que hay que ejercer labores coercitivas sobre tus conciudadanos pero no todo va a ser miel sobre hojuelas.

Precisamente, hace poco, hablando sobre esto de ser policía de tráfico, alguien que tiene un conocido Guardia Civil me comentaba que es un coñazo. Que hay días que solo hacen un tramo de autopista de unos pocos kilómetros una y otra vez. Y así ocho horas. Prefiero ser guía.

Estoy abriendo la marcha. Me encanta mirar atrás y ver a mis compañeros de viaje siguiéndome con sus motos. Me siento como un líder. Es como una pequeña sensación de poder, como si una parte de su destino estuviera en sus manos. Y haciendo caso omiso de esa responsabilidad tomo la carretera equivocada y obligo a mis seguidores a hacer veinte kilómetros en dirección opuesta. Se ve que no tengo alma de jefe.

 

El día va escampando, a pesar de que ha caído un chaparrón de considerables dimensiones, nunca llueve que no pare. Ni siquiera esta vez.

 

 

Entramos en el Parque Nacional de Mavrovo bajo una llovizna fría y desagradable. Mi intención es llegar a la población de Mavrovo, donde está situada la oficina del Parque y acampar en el cámping. Antes pasaremos a ver otra de las joyas patrimonio de la humanidad, el Monasterio de San Juan Bigorski, en Deba.

Al llegar al monasterio aparcamos nuestras motos a la entrada, al lado de varios coches. Inmediatamente, un vigilante de seguridad nos intercepta y, de malos modos, nos expulsa del recinto porque allí no se puede aparcar. Quedamos fuera, mirándonos y sin saber muy bien qué hacer. La tarde está cayendo y aún no tenemos muy claro dónde vamos a quedarnos a dormir. A José Manuel le apetece hacer algunas pistas aunque yo tengo mis reservas porque estamos en un parque nacional y seguramente esté prohibido acampar en cualquier parte. De hecho hemos visto algunos carteles que lo prohíben.

Consultando el mapa y el GPS decidimos hacer una pista de la parte alta del parque que, en uno de los tramos se sale de terreno protegido y podremos acampar. Sigo sin estar muy convencido pero no es cuestión de seguir con el cónclave porque quedan pocas horas de luz.

Dejamos el monasterio sin dedicarle ni una mirada más. Seguramente alberga tesoros de valor incontestable (en este caso reliquias de la Vera Cruz y trozos de algunos santos), pero lo cierto es que se ha hecho bastante tarde y a ninguno nos apetece seguir imbuyéndonos de cultura.

Nos encaminamos hacia Lazaropole, en el interior del parque y sólo a treinta y cuatro kilómetros de nuestra posición. Pensado así, en kilómetros, no parece muy lejos pero, una vez en marcha, con la lluvia acompañándonos otra vez y ascendiendo a lo alto de la montaña por una carretera estrecha y retorcida, la cosa tiene otra pinta. Cuando, por fin, ascendemos a los 1350 metros arribamos a la población que, a estas horas de la tarde, parece desierta. Tomamos la pista de tierra que, a causa de la lluvia está llena de barr y de charcos. Abre la marcha la BMW de José Manuel. Yo voy detrás, a buen paso, esquivando baches e intentando que la moto no me domine. Me acuerdo de la DRZ y lo bueno que sería tenerla ahora para volar sobre esta pista. A unos dos kilómetros de la población me detengo porque he perdido de vista la Varadero de José Luis. Apago el motor y enciendo un cigarro. José Luis se ha caído. Seguro. Si tarda otros cinco minutos más iré a buscarlo. José Manuel ha dado la vuelta y está a mi lado esperando.

Efectivamente, se ha caído. Lo vemos aparecer de pie sobre los estribos y no tarda en llegar a nuestro lado. De nuevo, cónclave. Decidimos montar las tiendas allí mismo, al lado de una fuente y con un círculo de piedras con restos de una hoguera. No somos los primero y seguramente tampoco los últimos.

Hace frío, no más de nueve grados. Mientras mis compañeros montas sus tiendas enciendo un fuego. Me cuesta hacer que arranque. Lleva todo el día lloviendo y todo está mojado. Cena de campaña alrededor del fuego y todo el mundo a la cama. Hoy ha sido un día muy largo. Aún así, me quedo un rato alimentado la hoguera. Me fumo un canuto y me regodeo en la idea de estar en Macedonia, en el monte, sentado al lado de una hoguera fumándome un canuto. Cuando salgo del bucle me voy a la cama y me duermo enseguida. Esto es vida!

5. Postcomunismo y Macedonia de Frutas

 

Son las ocho de la mañana. Hace rato que estoy despierto pero me resisto a abandonar el lecho y doy un par de vueltas más dentro del saco de dormir. Por la noche me levanté a mear. Mis pies descalzos avanzaban sobre la hierba mojada y fría. Mientras, un manto de estrellas cubría mi pequeño mundo. Di un respingo de emoción y respiré hondo el aroma de la noche. El silencio, profundo, solo se rompía por el sonido de mi respiración. Extendí los brazos y volví a sentirme afortunado por poder disfrutar de estos pequeños instantes de placer.

Escucho a mis compañeros que comienzan a revolotear alrededor de las tiendas. Cremalleras que se abren, bolsas que crujen y carraspeos mañaneros que anuncian otra hermosa jornada de moto.

Un pastor se acerca a charlar con nosotros movido por la curiosidad pero la conversación es imposible. Su poca pericia a la hora de comunicarse por señas unida a nuestro escaso dominio del albanés hace que nos quedemos un poco cariacontecidos.

Varios rebaños de ovejas cruzan la pradera con paso tranquilo perdiéndose entre los matorrales y las coníferas diseminadas.

He quedado un poco retrasado y, ya en la carretera, entablo conversación gestual con dos hombres que están sentados en el talud. Entre señas y algunas palabras en italiano me cuentan que están esperando al veterinario para que vaya a ver sus ovejas. Aprendo a contar en albanés “tosco” la variedad que se habla en el sur (ñe, de, tre, quater, pes, yast, stat, tet, nant y dieto). Me enseñan a decir “gasolina” (benzin), “vaca” (lou), “oveja” (dele), “gracias” (faleminderet) y a despedirme con un sonoro “miropapsi”.

Charlamos sobre el cambio del euro a lecs, sobre el sueldo de un albanés medio, sobre vigilancia ambiental… Y todo ello mediante señas, unas pocas palabras en común y, sobre todo, buena voluntad y ganas de cháchara. Me hubiese quedado con ellos toda la mañana. Los habría acompañado a ver las ovejas con el veterinario y conocer su pueblo. Pero nada de eso pasó. Mis compañeros estarán echándome de menos en el fondo del valle.

Enfilo de nuevo la carretera y, en pocos minutos, me adelantan varias BMW con matrícula checa. Son las primeras motos gordas que veo por la zona. En el Parque Nacional de Brutrint nos encontramos con un francés que venía en Vstrom. Hombre parco en palabras y viajero solitario. Cerca de Girokaster, un grupo de quince o veinte motos de enduro. A partir de allí solo gente caminando, en burro o en viejos Mercedes, demasiado añosos para estas carreteras. Bueno, y la ZZR de ayer.

Hacía años que no veía recuas de mulas. En Marruecos es fácil ver borriquillos en cualquier parte del país pero mulas ya es más complicado. Ni siquiera en el pueblo donde vivo. Cuando yo era crío había dos en mi calle y casi todos los días las veía pasar camino de la fuente. Pero ahora se hace raro. Sin embargo aquí en Albania parecen tener el criadero asegurado, al menos hasta que la población evolucione hacia un modo de vida más urbano.

En este país casi todo el mundo vive en el campo y se dedica a la agricultura. En las ciudades vive poco más del 30% de la población. Después de la crisis que sobrevino tras la caída del régimen comunista en la que se fueron al garete los sistemas bancarios piramidales y toda la industria pesada, las colectividades agrícolas se vieron literalmente asaltadas por los propios campesinos que “descolectivizaron” todo lo que pudieron, agarraron su propio trozo de terreno y se dedicaron al cultivo de subsistencia en espera de tiempos mejores.

Este es un país históricamente “ajetreado”. Dominado por Bizancio, por los turcos, por los griegos… Otro escenario bélico cuyos últimos coletazos fueron en la Primera Guerra Mundial y luego la invasión de los italianos en la que Mussolini colocó un rey y todo. Mas tarde las revoluciones internas y el acercamiento al Pacto de Varsovia, hasta que a Hoxha le dio por poner a parir a los dirigentes del Kremlim y el país se situó en la órbita del comunismo chino.

Todo esto reventó el 1997, con la gente harta de experimentos sociales, harta de miseria y con los pocos ahorros que tenían en manos de estafas piramidales institucionalizadas y avaladas por altos funcionarios del gobierno. La emprendieron a hostias, como no podía ser de otro modo entre estos pueblos balcánicos, bravos donde los haya, y no llegaron a la guerra civil gracias a la intervención de la fuerza multinacional de la OTAN.

Mis compañeros, efectivamente, me están esperando en un recodo del valle. Al bajarme de la moto veo que están aparcados a la entrada de un camping. Me sorprende encontrar un establecimiento turístico porque no parece que la zona tenga mucho tirón a pesar de estar en uno de los parajes más hermosos de los Balcanes. Ayer podíamos haber dormido aquí, está a poco más de dos kilómetros de nuestro campamento pero, ¿qué sería entonces de nuestra bucólica hoguera? ¿Que sería de mi paseo descalzo bajo las estrellas? ¿Que sería de mi “solo de gaita” subido en un peñasco? Si, ayer también toqué la gaita, lo admito. Me subí a una piedra detrás de las tiendas de campaña y entoné la Marcha Celta con solemnidad. Supongo que sería por eso que los pastores no se acercaron a curiosear. Una gaita es una gaita y siempre intimida.

A pesar de circular entre bosques de coníferas en las zonas más altas y caducifolias en las laderas, no veo ninguna explotación forestal en condiciones. Alguna pequeña corta pero nada de enormes vías de saca, ni maderistas con camisa a cuadros y barriga prominente manejando carrocetas y autocargadores. Tampoco veo, en las zonas agrícolas, maquinaria digna de tal nombre. Pocos tractores, ninguna segadora y una vieja empacadora que ocupa parte de la carretera. El resto son carros de tracción animal o humana.

Estamos a principios de junio y todo el mundo se afana en las tareas propias de esta época del año en el campo: la siega del heno, el cuidado de la huerta, la escarda de patatas… Pero resulta extraño ver toda esta actividad en ausencia de máquinas. Allí, al fondo, están segando un prado enorme a guadaña. Aquí, cerca de la carretera, los heniles esperan su viaje a los pajares. Todo esto es como transportarse treinta o cuarenta años atrás en el tiempo, a la España de los setenta donde la mano de obra en el campo aún no había perdido su esencia y los trabajos precisaban de muchas personas.

Lo cierto es que asistimos a una estampa que se me antoja hermosa en extremo. Para que esta hermosura no quede desvirtuada hay que hacer el ejercicio mental de olvidarse de que esta gente tiene el nivel de vida más bajo de toda Europa y hay que imaginarse que la calidad de vida no consiste en poder pagar las medicinas de tu hijo o poder desplazarte por una carretera que sea digna de tal nombre. Hay que imaginar un mundo bucólico, idealizado, en el que la tierra de sus frutos sin que haya que arrancárselos, los prados sean verdes todo el año y los habitantes sean felices porque un turista del norte de España viene con su moto a ver la estampa que hacen con sus carros desvencijados y su ausencia de maquinaria.

Una vez que se consigue llegar a ese estado mental, cínico en extremo, puede uno apreciar la hermosura del lugar en toda su magnitud.

La gente nos saluda al pasar y siempre toco la bocina o saludo con la mano. Me encanta esta sensación. Me gusta que me saluden y me gusta saludar. No lo hago por sentirme reverenciado ni mucho menos. Lo hago porque siento una conexión, aunque sea mínima y fugaz, con la gente con la que intercambio estos gestos. Espero que ellos sientan lo mismo. Como siempre, los niños son los que lucen la sonrisa más amplia y sincera. En uno de los pueblos que cruzamos, varios críos nos hacen un pasillo en el medio de la carretera para que pasemos entre ellos. Meto primera y lo cruzo muy despacio, sintiéndome honrado de semejante recibimiento mientras choco mi mano izquierda con sus manos pequeñas. Siento su tacto a través del guante, Veo sus caras felices y me convierto, otra vez, en un niño. Qué jodidos estos enanos!

Un poco más allá, un crío rubio de unos siete años vuelve del cole con la cartera a cuestas. Al escuchar el ruido de las tres motos se da la vuelta y, sorprendido, se lleva las manos a la cabeza como si no pudiera creerse lo que está viendo. Abre los ojos como platos y nos sigue con la mirada incrédula, llena de emoción. Toco la bocina otra vez y siento el deseo enorme de que exista un hada madrina para poder pedirle que este enano rubio tenga una moto enorme cuando sea mayor. Y que recorra el mundo. Y que vea a críos rubios que lo saludan al lado de la carretera y sienta el deseo de que tengan una moto enorme cuando crezcan. Esa es mi petición al genio de la lámpara, a dios mío o al ente encargado de las peticiones de los humanos.

Todo el país está lleno de búnkeres, especialmente en los márgenes de las carreteras principales. El sistema comunista siempre estaba temiendo una invasión capitalista por parte de sus enemigos sin embargo no supieron darse cuenta de que esa invasión no les llegaría por carretera sino a través de la televisión y de los compatriotas que emigran a zonas más prósperas. Por eso se mantienen regímenes como el de Corea del Norte. De allí no sale nadie y la única tele que pueden ver es la que dice su jefe de estado con pinta de retrasado mental.

Paramos a desayunar en una ciudad pequeña cuyo nombre no recuerdo. Repostamos las motos en una gasolinera infecta, sin asfalto y con pinta de ir a venirse abajo en cualquier momento. Luego vemos que, a menos de cincuenta metros hay una nueva, impoluta. En la terraza de un bar me tomo un vino del país con un kebap. El vino es muy parecido al de la Tierra de Cangas, un vino ácido, fuerte, con sabor a uva y delicioso. Me pido otro. El camarero está encantado de que me guste. Es del que hacen ellos en casa.

Llegamos, por fin., a Korçe. Es una ciudad gris con edificios grises en estado de semirruina, de la más pura tradición comunista, que colonizaron el centro de la población. Aparcamos las motos en la plaza principal y, al momento, nos vemos rodeados por una caterva de críos y adolescentes que comienzan a toquetearlo todo. Mientras me alejo unos metros para preguntar algo toquetean el GPS con una desfachatez increíble. No sé si se debe a la curiosidad innata, a la falta de educación o, simplemente a que son unos protodelincuentes en espera de un descuido para hacerse con un cacharro que vender en el mercado cercano. En cualquier caso, y a falta de mas investigaciones, decidimos que José Luis y José Manuel se quedarán a cargo de la vigilancia de las motos mientras yo me dedico a la exploración de la plaza y el mercado en busca de una pegatina que deje constancia de nuestro paso por Albania.

Hablo en italiano con unos chavales con pinta de poligoneros. Uno de ellos, que trabaja en la construcción y parece el líder del grupo, quiere irse a Ibiza de fiesta. Cuando me dice que el sueldo medio de un obrero albano es de 250 o 300 euros al mes prefiero no decirle que eso es lo que gastará en un día en la isla, a poco que se descuide.

En el mercado recorro los ruinosos puestos en los que la pieza estrella son teléfonos móviles de segunda mano. Repaso con curiosidad los puestos de automoción que disponen de la más variada selección de chatarra que uno pueda imaginarse. Todo está sucio, descuidado y, a pesar de eso, tiene la alegría de un mercadillo en el que se mezclan picaresca, cazadores de gangas y clientes en busca de oportunidades. Yo solo busco una pegatina. Un hombre me guía entre los puestos hasta el de un amigo. Allí, extendidas en la mesa, yacen en un absoluto caos la selección más variopinta de trastos que uno pueda imaginar. Un limpiaparabrisas, una hoz, una caja de tornillos… y un taco de pegatinas ovaladas, con las letras “AL” y la publicidad de un supermercado.

Solo tengo billetes grandes y el hombre que me acompaña no me deja pagar. Que, no, que no, que no, que bajo ningún concepto, que me invita él.

Por el camino de vuelta charlamos sobre Albania y le hago notar la cantidad de Mercedes que hay en la ciudad. Me responde que sí, que ahora hay muchos Mercedes y que el país se está levantando. Que hace once años, con el comunismo, todo el mundo iba en bicicleta. Lo cierto es que los Mercedes son material de desecho de Alemania, vehículos que tendrían que haber sido reciclados hace años. Aunque, a decir verdad, qué mejor modo de reciclar un vehículo que prolongar su vida útil durante años. Lo malo es que aquí corren el riesgo de convertirse en la chatarrería de Alemania, al igual que África se ha convertido en la chatarrería de Europa. Cosas del capitalismo. La mierda de los ricos se la han de tragar los pobres.

Salimos de Korçe en dirección a Pogradec, a orillas del Lago Ohrid para entrar en Macedonia. Estos días, cuando me preguntaban “ ¿a dónde vas de viaje este año? Yo siempre respondía “A Macedonia” y sin esperar respuesta añadía “sí, donde la fruta”. Me gusta ir a un país con nombre de postre.

Al llegar al lago nos detenemos a comer en un pequeño restaurante al lado de la playa. Es un sitio bonito, limpio y con un jardín-terraza en el que sacamos nuestras viandas con permiso del camarero. La playa es una tira de arena de poco más de cinco metros donde las botellas y los plásticos se mezclan con las algas y todo signo de actividad ha desaparecido.

En menos de diez minutos estamos en la frontera. Se me pasa por la cabeza una frase genial para describir el país: “En Albania hay una o ninguna buena carretera”. Es una de esas idioteces que te parecen muy graciosas cuando las piensas pero luego, conforme pasa el tiempo, van perdiendo la gracia. Otra de las reflexiones que me quedan de Albania es que aún le queda mucho camino por recorrer para poder considerarse “europeo”. Toda la zona de la costa Sur está en obras, hay basura por todas partes, las infraestructuras viarias son una mierda pero, cuando terminen, va a ser increíble. Me alegro de haberlo atravesado ahora, con malas carreteras y sin turistas que, como yo, desean llegar a todos los rincones.

En la frontera conocemos a unos músicos que viajan en transporte público. Hasta aquí han venido en taxi y, de esta frontera en medio de la nada, tomarán otro hasta Ohrid. Son dos costarricenses y una pareja de suizos. Uno de los costarricenses es ciego y se maneja con una soltura que me deja sorprendido. Es el primer ciego que conozco. Comenzamos a charlar sobre viajes, sobre motos, sobre política… Los aduaneros, hartos de nuestra presencia en el exterior de sus instalaciones nos dicen, de malos modos, que no podemos permanecer allí. Es, poco más o menos, como si nos expulsaran de Albania. Ya habíamos sellado nuestros pasaportes y teníamos que irnos.

La carretera en Macedonia está impecable. Notamos un cambio brutal. Infraestructuras hoteleras, muelles deportivos, chalets adosados, apartamentos… que poco que ver con los vecinos albanos. Aquí todo está cuidado y han tenido la precaución de no crecer de forma descontrolada como en la costa española. Todo es más armónico y agradable a la vista.

Nos detenemos en el Monasterio de St. Naum, un santón ortodoxo del siglo VIII. No sé gran cosa de la vida del santo. Me imagino que, como la mayoría de los santos, se habrán dedicado a hacer el bien, a meditar y a rezar porque la humanidad sea más buena y los hombres se amen unos a otros. Nada nuevo. Aquí conocemos a una pareja, él macedonio y ella ecuatoriana que se han casado recientemente. El chico habla español bastante bien y ella, supongo que también pero no ha dicho ni una sola palabra. En él se ve que se alegra de hablar con unos motoristas extranjeros y de practicar su español fuera del ámbito familiar.

En Ohrid vamos directos a un albergue que José Manuel trae en el GPS. Jose ha metido una cantidad de datos increíble en el aparato. Desde los lugares que son patrimonio de la humanidad hasta los albergues más pintureros. Vamos a quedarnos un par de días en la ciudad y decidimos dejar la tienda de campaña y la vida montuna por una cama con sábanas y ducha con agua caliente. Anastasia es una mujer enérgica que enseguida nos despacha. Nos enseña las habitaciones, la sala de estar, las vistas y no nos da mucha opción. Nos quedamos aunque en realidad no es un albergue sino una casa particular en la que se alquilan habitaciones. Bueno, también sirve.

Antonio, el marido de Anastasia es un enamorado de su tierra. Nos hace un recorrido fotográfico por todas y cada una de las atracciones culturales de los alrededores del lago. Cuando precisa de algún dato más en profundidad acude a Wikipedia pero, por lo general, su cabeza bulle con datos históricos de toda la zona. Iglesias, monasterios y capillas (que parece ser era una afición extendida esto de la religión) se suceden en la pantalla del ordenador durante una hora y media. Lo cierto es que Antonio parece un profesor de historia aunque en realidad sea electricista. Ni por asomo vamos a visitar todos estos lugares pero resulta muy interesante escucharlo. Por otra parte su inglés es de un nivel envidiable. Al menos por mi.

Salimos a tomar algo y nos encontramos con los músicos de la frontera. Buena charla y buen vino macedonio.

Mañana será otro día.

4. Carreteras Infectas y Deconstrucción

 

Sólo han pasado dos horas y José Luis me saca de mi viaje onírico para decirme que desembarcaremos en pocos minutos, hemos llegado a Ingoumenitsa.

Ahora son las tres de la mañana y estamos en Grecia, transitando en moto por un barrio desierto, sin saber muy bien qué hacer. Recalamos en un pequeño parque con tres bancos y nos echamos a dormir un rato. Los mosquitos no tardan en revolotear junto a mi oreja y comienzo a ponerme histérico. Me tapo con la lona de la tienda de campaña tan solo para descubrir que el remedio es aún peor puesto que ahora me muero de calor. Además los mosquitos consiguen colarse dentro y picarme en el cuello. Vuelvo a levantarme y me dedico a la exploración de los alrededores.

A mi derecha, al fondo de la calle, una chica saca a su perrito a pasear. Chándal gris ajustado que marca sus glúteos y perrito blanco y curioso. Se desata en ladridos hacia mis compañeros hasta que la chica lo reprende. En un inglés muy básico nos explica que no estamos en un buen sitio para dormir. Justo enfrente, en lo que yo creía un colegio, las autoridades griegas alojan a los inmigrantes ilegales pendientes de deportación. Paskistaníes, árabes, etíopes… negros. Todos los días tienen bronca y la semana pasada hubo un par de apuñalamientos.

Cuatro y media de la mañana.

Las montañas del fondo comienzan a recortarse con las primeras luces del amanecer. Tengo sueño y estoy cansado pero, a la vez, estoy deseando ponerme en marcha.

La chica del perro vuelve a salir de casa. Se ha quitado el chándal y luce una falda corta con zapatos de tacón a juego. Se ha peinado la melena rubia y, en la penumbra surge como una ninfa del amanecer. Su madre es la dueña del quiosco de al lado y, aunque no tiene problemas con los inmigrantes, siempre está pendiente por lo que pueda pasar. Me sonríe una vez más y me desea buen viaje. Se aleja taconeando por la acera, con paso firme y seguro, dando la espalda al amanecer que enmarca su silueta.

Ya es de día. Son las cinco de la mañana joder! Vámonos.

Un insulso café con remojando unos, no menos insulsos, bizcochos que hemos comprado a la salida de la ciudad. Estamos en un pueblo cercano a la frontera con Albania, son las siete de la mañana y aquí todo el mundo está n marcha. Aunque todo el mundo sean los cuatro gatos que habitan en este poblacho.

La carretera es sinuosa y rizada. Discurre entre campos de naranjos y huertas carentes de actividad a esta hora temprana. Hace frío y deseo salir pronto e Grecia. De vez en cuando un enorme socavón o una verruga de alquitrán me da un sobresalto.

En la frontera, solitaria, el trámite es rápido y enseguida nos despachan con aire aburrido. Somos los únicos viajeros que hay a la vista.

Aquí se hace muy patente que hemos cambiado de país y que estamos fuera de la Unión Europea. Aún está a la vista el edificio de la aduana albana y todo se ve viejo, abandonado. En el margen derecho un hombre de mirada perdida vende  chucherías, refrescos y objetos de difícil clasificación desde una furgoneta. A su lado, sentados en sillas de plástico, dos parroquianos se dedican a ver pasar la vida en medio de ninguna parte. Testigos mudos, la colinas peladas, amarillentas y pedregosas en las que malflorecen algunos arbustos.

Para mi sorpresa la carretera es buena, impecable. Una lámina de negro asfalto serpentea entre las colinas abrasadas por el sol y sobre ella, la moto y yo comenzamos los primeros pasos de una danza que me gustaría eterna. Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda.

Que hermoso baile y que hermosa sintonía. Las líneas de la carretera destacan con un blanco inmaculado y la adherencia es perfecta en esta recién estrenada carretera.

Siento que aquí es donde comienza verdaderamente el viaje. Aquí, en Albania, lejos de casa y con los prejuicios y las ideas preconcebidas bien lejos de mi cabeza. Aquí, con la mente abierta y dispuesto a aceptar las cosas según vayan surgiendo. Con en ánimo encendido y deseoso de conocer gentes y paisajes. Disfrutando de esta sensación de avidez extrema que me empuja constantemente a emprender el vuelo hacia destinos de los que apenas se nada. El pecho henchido de nuevos aires y el depósito lleno. Nada se le puede comparar. Nada hay tan sublime como el comienzo de un viaje y ahora, en este preciso instante es cuando comienza.

De forma súbita la carretera pasa a ser un infecto vial y de este estado de ruina al estado de obras. Gravilla, grava y gravillón se alternan entre tapas de alcantarilla que sobresalen treinta centímetros. El primer pueblo emerge en un ancho valle de entre la espesura polvorienta. A mi derecha unos obreros se afanan en la construcción de una zanja a la antigua usanza: pico y pala. No hay aquí grandes concesiones a la mecanización de la obra pública y la mayoría de los trabajos se hacen a mano.

Nos dirigimos al parque Nacional de Butrint, otro lugar patrimonio de la Humanidad elegido por José Manuel. En su GPS lleva todo un elenco de emplazamientos para visitar y, gustoso, me dejo guiar por él. En esta ocasión no me he documentado apenas sobre el viaje, consciente de que está sujeto a muchos cambios de rumbo. Siguiendo las indicaciones de un lugareño con el que nos comunicamos por señas, nos adentramos en un camino de tierra que pronto pierde este honesto nombre para convertirse en un camino de baches con tramos de barro durante dos o tres kilómetros. Pura vida con el culo apretado.

Butrint es un lugar impresionante. Dominando el lago de agua salobre se haya el resumen de todas las grandes civilizaciones del Mediterráneo.

Cruzamos el canal al lado de una de las fortalezas venecianas en una barcaza destartalada y pagamos precio de turistas, un euro al cambio.

 

 

Las ruinas están repartidas sobre un promontorio desde el que se domina toda la comarca. Allá, al fondo, fundido con una bruma harinosa, el Mar Adriático y a mis pies los canales de riego y las tierras de labor ocupando una llanura ondulada en la que no se ve un alma. Duarante una hora paseo en solitario entre los restos de civilizaciones pretéritas.

 

 

Continuamos viaje en dirección Norte por carreteras muy malas donde, de nuevo, se alternan tramos en obras con otros sin reparar. No sabría decir cual de ellos es peor. El calor es sofocante, rondando los 30º y una luz blanquecina que se refleja en una geología caliza, lo inunda todo. Pasamos por pueblos anodinos en lo que la basura se ha enseñoreado y campa a sus anchas. Contenedores volcados que nadie se ocupa de recoger y toneladas de escombros en los descampados afean el paisaje, ya de por si no demasiado atractivo. Es como una pausada urgencia, una premura perentoria por adecentar el país que no termina de salir bien.

Entramos en la ciudad de Sarande a comprar una cincha para la maleta de José Luis. Un borriquillo suelto, en los arrabales de la población, busca pasto en la terraza de un bar que a estas horas está cerrado. No puedo reprimir una sonrisa.

Mientras espero a los expedicionarios consumistas se me acerca un tipo que habla italiano y departimos durante un rato. Es un hombre dicharachero  deseoso de una buena charleta. No sabría decir cual de nosotros dos es la horma y cual el zapato. A nuestro alrededor revolotea un hombrecillo menudo que no deja de mirar las motos con curiosidad mientras engulle pan tostado. Me ofrece la bolsa sin decir ni una palabra y cojo una tostada. Tiene una mirada despreocupada, infantil y, de vez en cuando, pregunta algo con voz tranquila.

Las voces de una señora reclamando su presencia sacan a mi interlocutor de su momento de asueto. Es el propietario de una pequeña droguería y se ve que, de vez en cuando, le gusta abandonar el trabajo para departir con cualquiera que pase. Por señas nos indica que no nos vayamos, que vuelve enseguida.

A pocos metros los escombros de una obra se desparraman sobre la acera sin que parezca molestar a los viandantes que esquivan el obstáculo y siguen su camino.

Al salir de la ciudad, en apenas un kilómetro, llegamos al mayor caos vial que pudiera imaginarme. Tramos de carretera destrozados por el agua, zonas de obras sin una sola señal, polvo… La carretera se ha convertido, por arte de magia, en un camino de cabras por el que circulan carros, autobuses pestilentes y Mercedes de los años ochenta.

Dejamos atrás la zona costera y comenzamos el ascenso de un puerto de montaña con carretera retorcida. Las curvas se suceden y la carretera, como acomodándose a los caprichos del paisaje, se ensancha o se estrecha, caprichosa y bacheada hasta el absurdo.

Se suceden los kilómetros y se acrecienta en mi la idea de que este país está a medio construir. O a medio destruir, no sabría decirlo con exactitud.

Por todas partes nos encontramos con cabras y ovejas de pequeño porte y, en  algunos montes, la ausencia de matorral a causa de su actividad se hace patente.

Nos detenemos a comer en un pequeño santuario al lado de la carretera. Se trata de una iglesia con jardines descuidados a la que se accede a través de un puente. Una hornacina con la santa, de construcción reciente, se encuentra a la entrada de éste y, allí sentado, un cabrero de mirada perdida nos observa con indiferencia a nuestra llegada.

Algunos coches pasan despacio al lado de nuestras motos y saludan con el claxon. Otros se detienen.

Extrañado ante semejante comportamiento le pregunto al cabrero, por señas, si nos saludan a nosotros. Él me contesta con una sonrisa que no, que saludan a la Virgen para que les de protección en su viaje. Yo también sonrío por mi estupidez.

En Gjirokaster paramos a ver el castillo que domina la población desde lo alto de un promontorio. Ascendemos por calles empedradas de una pendiente imposible. Desde aquí arriba domino todo el valle, con la ciudad extendiéndose a mis pies. Todo tiene un aire gris, apagado. Le falta el brillo de una ciudad bulliciosa. Todo tiene un aire adusto y aburrido.

José Luis y José Manuel están en el interior del castillo viendo el museo del ejército. Yo me he quedado fuera controlando las motos y consultando el mapa. Lo cierto es que no me apetece demasiado ver un museo del ejercito.

Esta ciudad goza de cierta fama porque aquí nacieron algunos de los personajes más relevantes de la vida cultural y política albanesa. El escritor Ismail Kadare o el lider comunista Hoxha vieron la primera luz en este poblachón de 23.000 habitantes. Este lugar, o al menos el centro, está declarado patrimonio de la humanidad por ser uno de los enclaves otomanos mejor conservados. Está denominada como Ciudad-Museo. Lo cierto es que yo, sin jactarme de mi incultura, no he visto que el sitio sea para tanto. A cambio, me como un helado de chocolate que me despacha una oronda quiosquera.

 

 

Hasta ahora la carretera ha sido mala a tramos. Ahora se ha convertido en infernal. Vuelven las zonas de obras, paradas, que se alternan con tramos en lamentable estado. De vez en cuando un enorme socavón amenaza con tragar una de las motos para no dejarle salir jamás del interior de su sima. Entramos en una zona de montaña donde la conducción se ralentiza hasta límites tediosos. Tiento, cuidado y, sobre todo, instinto de conservación. Lo cierto es que se me hace difícil describir este tipo de viales que, a pesar de comunicar capitales de provincia presentan un estado rallano con lo absurdo. ¿No querías aventura? Pues aquí tienes una buena ración en forma de slalom. La espalda comienza a dar síntomas de cansancio y sufro algunas molestias a causa de los baches.

Viajamos por un largo valle y la carretera, aunque parecía imposible, empeora.

Y otro valle. y otro. Y otro… Me pregunto si realmente nos dirigimos a alguna parte. 

En Kosine, o quizá en algún otro pueblo de nombre exótico, le pregunto a un orondo camarero la distancia a la ciudad de Korçe, o Korcha, como él lo pronunciaba. Me indica que 134 kilómetros, es decir, tres horas. Para asegurarme, vuelvo a repetir la pregunta y, efectivamente, son tres horas.

Después de unos kilómetros mi extrañeza se disipa y comprendo perfectamente el motivo de que se tarden más de tres horas para cubrir 130 km. Estamos haciendo una media de treinta kilómetros por hora, como mucho.

En Leskovik nos convertimos en la atracción de la tarde. Decenas de chavales y adultos desocupados se agolpan en derredor de las motos. Los crío, con sonrisa nerviosa, van en busca de sus amigos para que puedan ver las tres enormes motos que, cargadas de bultos, han parado hoy en su pueblo. No me siento cómodo con esta situación. No tengo miedo a que me roben nada. Tiene que ver, más bien, con la ostentación de pasear con mi moto por el país más pobre de Europa mientras sus habitantes me miran con envidia.

A nuestro lado pasa una vieja Kawasaki ZZR sin matrícula y detrás un camión ruso que, renqueante, deja una nube de humo negro a su paso.

Comienza a llover en una de las zonas altas, después de pasar Leskovik. Es una tormenta seria que arrecia por momentos. En poco tiempo circulamos con una cortina de agua que nos impide disfrutar de los hermosos paisajes que se intuyen más allá de la enorme ducha que estamos recibiendo. La pantalla del casco se empaña y comienzo a desesperarme. Las curvas se siguen sucediendo y la tarde está llegando a su fin.

Casi no recuerdo los lugares por los que hemos pasado y los nombres de pueblos y ciudades se me agolpan en la cabeza, entremezclándose y formando un maremagnum toponímico que me embota.

Cuando deja de llover nos encontramos aún en la zona alta de la sierra. Jirones de nubes se desgajan de los picachos más altos y, entre los abetos el vapor se eleva con una elegancia sublime.

Nos adentramos con las motos en una pradera de la planicie y el silencio lo inunda todo. Allá, a lo lejos, un rebaño de cabras atraviesa los prados naturales seguido por un pastor. Qué quietud. Que paz real se respira después de la tormenta. El aroma a pino y a humedad, el sonido de una brisa suave que mece los árboles, el verdor intenso… Todo me predispone a tener un instante de felicidad etérea y fugaz. Me alejo de mis compañeros para recoger leña mientras ellos montan el campamento. Desearía estar solo ahora mismo.

La Vstrom hunde su pata de cabra en el prado húmedo y se va al suelo. Se cae despacio, a cámara lenta mientras yo la observo indiferente. Parece como si quisiera tumbarse a descansar después de tantas horas de viaje. ¿Doce horas? ¿Trece horas? Ya ni lo recuerdo.

Un pastor se nos acerca pero, en el último momento decido mantenerse a cierta distancia.

Alrededor de la hoguera cenamos y charlamos mientras me termino la botella de Azpilicueta.

3. la Melancólica Sonrisa de las Putas

 

He dormido fatal. La autopista es como una banda sonora monótona y molesta que se me instala en la cabeza y me impide conciliar el sueño. De cuando en cuando un camión pasaba al lado de nuestro campamento y me sacaba del duermevela desasosegante en el que, por momento, me instalaba. Así pues, al amanecer estoy en pie y, aún sin dormir apenas, con las ilusiones renovadas por subir de nuevo a la moto y correr aventuras mundanas.

Ahora Jose Manuel y yo estamos parados en el arcén de la autopista. Hemos vuelto a perder a José Luis que, poco a poco, se iba quedando atrás. En el tiempo de fumarse un cigarro aparece nuestro compañero. Otra vez ha perdido la maleta, esta vez en plena autopista con desastrosos resultados para la primera. En realidad ha tenido suerte de que se le haya caído en el arcén porque, una meleta rodando por la autopista puede provocar un accidente serio.

El sol mañanero ilumina el monasterio de Montecassino mientras los coches pasan zumbando a nuestro lado.

De nuevo en marcha.

Salimos hacia carreteras nacionales poco frecuentadas y nuestra marcha gira hacia el oeste, enfilando Brindisi. Hoy cruzaremos todo Italia y, al caer la tarde, embarcaremos con destino a Ingoumenitsa, en Grecia para llegar sobre las tres o las cuatro de la madrugada. Ya se verá donde pernoctaremos esta noche.

El respeto por las líneas continuas, ya sean dobles o sencillas, es inexistente. Aquí los conductores se asoman y, si consideran que hay espacio suficiente y el que viene de frente está a una distancia que consideren prudencial, adelantan. Nosotros, con la ventaja que da la moto para estos menesteres, nos acomodamos enseguida a las costumbres locales en cuestión de conducción.

El sol aprieta durante toda la mañana con más de 30º y, sin que pueda reprimirlo, de vez en cuando se me dibuja una tonta sonrisa en el rostro.

Cuando la carretera comienza a ser poco más que un camino vecinal decidimos volver a la autopista de peaje, so pena de no llegar nunca.

Atrás queda Bari y la Italia verde y rica. Ahora todo es sucio y polvoriento, con el aire decadente de las comarcas abandonadas a su suerte. Decenas de prostitutas se apostan en ambos márgenes de la carretera, entre bolsas de plástico y papeles que levantan vuelo a nuestro paso. Minifaldas reducidas a la mínima expresión muestran el arranque de unos glúteos que se adivinan marmóreos. Les lanzo besos al aire con la mano deseándoles una buena jornada y un feliz regreso a sus pueblos de África cuando hayan ahorrado lo suficiente. Ellas me devuelven el saludo con una sonrisa pícara que tiene un algo de eterna tristeza.

El GPS de José Manuel nos guía entre invernaderos y carreteras secundarias, abandonadas y feas, en busca de Alberobelo, un pueblo declarado Patrimonio de la Humanidad por sus curiosas construcciones, los trullis

 

En poco más de veinte kilómetros avistamos Brindisi, varado en un mar de arboleda, de huertos, de frutales, extendiéndose a nuestros pies en la rasa costera. Al fondo el Mar Adriático al que regreso después de dos años. El olor de la marina no llega hasta aquí arriba pero puedo percibir su embriagador perfume. El mar. Esa enorme extensión de agua a la que la mayor parte de mi vida apenas si presté atención y que ahora me atrae de forma irremisible. Conozco a más personas que les ha sucedido lo mismo. Una vez llegados a la edad adulta, a esos años en los que aún no te tratan de usted de forma habitual pero tu ya te sientes un usted cualquiera, de repente, siente la llamada del mar y descubres, extrañado, que necesitas volver a él constantemente.

Falta media hora para que alga el barco, somos de los últimos en llegar. Allí están desde hace rato, Ismael y Martín que ya temían que no llegáramos a tiempo por haber perdido tiempo por carreteras secundarias. ¿Perder el tiempo? Acaso se puede perder el tiempo encima de una moto? Más bien es al contrario y el tiempo se pierde, para siempre, cuando haces una tarea a disgusto pero viajando en moto, como dijo R. Pirsig, “formas parte del paisaje” y tu cuerpo y tu mente se unen tan indisolublemente con éste que logras que el tiempo se detenga. No hay ninguna otra actividad en la que sea tan sencillo sentirse formar parte del mundo.

La policía secreta, ue no lo es tanto pues, aunque vayan de paisano son fácilmente identificables, no quitan el ojo de encima a los búlgaros que van a embarcar en sus vieja tartanas y en Mercedes de desecho provenientes de Alemania.

Una mierda humana, deshidratada, yace en el suelo, a mis pies, dando fe, avergonzada, de la inmundicia de su creador. Está pidiendo una rápida conversión a polvo. Le doy una patada y se aleja abochornada con un seco sonido acartonado.

La bodega del barco nos engulle entre sus fauces y vamos a parar a su sucia barriga. El suelo es una especia de asfalto arrugado y roñoso en el que unas líneas amarillas, desvaídas de puro viejo, intentan guiar a los pasajeros hacia alguna parte. Como contrapunto un tripulante con traje de contramaestre se desenvuelve entre el calor insoportable y el murmullo de los motores con sorprendente elegancia. Nos indica que es mejor no dejar ningún objeto sobre la moto, nada que se pueda robar. ¿La causa? The bulgarian people. Mirándolos no parecen mala gente. Me recuerdan, con sus vehículos ajados, a los marroquíes que cruzan el estrecho cada verano cargados de bártulos y con el inconfundible brillo en los ojos del que regresa al hogar.

El baño apesta a orina vieja y está encharcado, atascado de papel. Es inmundo. Aún así me afeito y me doy la primera ducha en dos días.

En cubierta miro las estrellas y pienso que me gustaría ser marinero. Capitán, mejor.una vida errante que se reinventa a si misma en cada nuevo puerto.

Tres búlgaros adolescentes se pasean mientras miran de reojo nuestro equipaje. Tienen pinta de delincuentes aunque probablemente no sean más que unos adolescentes que miran todo con curiosidad en su primer viaje al extranjero. Me afano con la bota de vino durante la cena y, a la hora del cigarro estoy un poco mareado. 

Vuelven los chicos búlgaros y se llevan una nevera que está al lado de nuestro equipaje. Resulta que sus miradas hacia el rincón solo se debían a que estaban vigilando sus propios bultos. Me siento un poco avergonzado. Al final es el sino de la humanidad: desconfiar unos de otros.

 

  

He dejado a mis compañeros de viaje para buscar un lugar en el que dormitar un rato y ahora estoy en el suelo, en un ricón, agazapado detrás de un par de sillones de masaje que nadie usa. Los párpados me pesan. Estoy derrotado.

2. El Barco y Tierras Italianas

 

En el bar de cubierta la música atruena con su incesante chumbachumba mientras que varios camioneros apostados de espaldas a la barra fuman de forma compulsiva y observan los cuerpos de las adolescentes tostándose al sol del Mediterráneo.

Se consume poco y se fuma mucho. Entre tanto, los pensamientos lúbricos desfilan en  la cola de la frustración. El bar de cubierta habría sido el lugar más agradable de todo el barco si no fuera por la música atronante; buena temperatura, mucha luz y hermosas jóvenes en la piscina. Como una playa pero sin arena.

En el interior, en la cafetería de una de las cubiertas, los talibanes muestran en la tele, de forma obscena, los cuerpos de dos bebés muertos por las fuerzas de la OTAN. La cruda realidad humana se eleva por encima de los pensamientos que Punset me había imbuido.

Deambulo solo por el barco y deseando llegar a tierra cuanto antes, subirme a la moto y comenzar a devorar kilómetros con avidez. Recalo en otra cafetería y la camarera, una hondureña de ojos profundos, entabla conversación. Sobrevolamos Honduras, sus gentes, su paisaje, la vida laboral en el barco… “tengo que dejarte, no se nos permite hablar con los pasajeros”.

Hay retraso para entrar en el puerto debido al tráfico. Un enorme trasatlántico abandona Chivitavecchia para seguir su crucero por el Mediterráneo. Mientras vamos de un lado a otro deseando desembarcar una señora argentina nos confunde con miembros de la tripulación. Supongo que será a causa de mi camiseta de rayas que recuerda, vagamente, a la imagen tópica de un marinero decimonónico.

Por fin, con dos horas de retraso abandonamos el barco y pisamos suelo italiano. El olor del puerto y el calor calan hondo en mi y, cerrando los ojos aspiro los nuevos aromas. El sol se muere en el mar tiñéndolo todo con los tonos ocres del ocaso. En marcha!

La autovía es estrecha y está atestada de coches. Todo el mundo parece tener prisa por llegar a alguna parte este domingo caluroso. Por momentos abro la expedición, sobre todo en los escasos momentos en que el tráfico es más fluido. El haz de luz horada la noche y, poco a poco, nos vamos internando en los suburbios de Roma.

José Luis se queda unos metros atrás y, cuando nos damos cuenta, lo perdemos de vista. Nos detenemos en el arcén y, después de una llamada infructuosa, decidimos seguir ruta. Ya somos mayorcitos para viajar solos y es cuestión de tiempo que nos volvamos a encontrar. Al engranar la primera marcha, entre la vorágine de coches, aparece la Varadero con José Luis que estrena cara de alivio.

Cerca de las once de la noche decidimos parar a dormir en un área de servicio de la autopista. No es un lugar muy idílico pero estamos cansados y mañana será un día largo.

Ni siquiera me molesto en montar la tienda de campaña. A cambio, instalo un precario tenderete con una lona amarrada a la moto. El conjunto tiene un aire muy aventurero a pesar de hallarnos en plena civilización. Después de cenar, satisfecho de mi aventura mundana, me acuesto a dormir entre el ruido de la autopista y el constante tráfico de camiones.

Estamos a sesenta kilómetros de Cassino.

 

1. Asturias Barcelona

 

Otra vez en marcha con destino incierto.

La luz del amanecer se cuela entre los árboles del parque iluminando, de forma tenue. La moto aparcada delante de casa. Dedico unos instantes a contemplarla, deteniéndome en cada uno de sus recovecos e imaginándome que está viva. Me gusta mirarla de este modo antes de partir. Las maletas llenas, los bultos amarrados en el asiento, el GPS desparramando un suave haz de luz sobre el manillar… Me resulta tan evocador. Y por encima de todo la realidad palpable que me indica que salimos de viaje. ¡Qué placer enorme!

Ya no queda más que ajustarse el casco y acelerar con suavidad. Allá vamos.

Hoy es 28 de mayo y la primavera está avanzada. Eso no impide que la temperatura ronde los 6º y que sienta frío.

El sol comienza su tímido ascenso detrás de las montañas del Este y el rosicler del amanecer lo inunda todo. La niebla yace desparramada por el suelo, cubriendo con un manto translúcido los campos del occidente astur. Entre la hierba alta asoman las cabezas de las vacas que me miran con indiferencia mientras paso. A pesar de la bucólica estampa les dedico una mirada no menos indiferente. Adiós vacas. Ahí os quedáis. Adiós campos. Adiós “regatos pequenos” que diría Rosalía de Castro. Yo me piro.

No siento ninguna emoción especial hoy. No hay en mi, como otras veces, ese espíritu aventurero lleno de ilusión que me empuja como una suave brisa. A cambio estoy lleno de la necesidad de huir, de poner tierra de por medio. Lleno de egoísmo impulsor. Me voy lejos, lo tengo presente y aún desearía huir más lejos, más rápido, más silencioso. Cada kilómetro recorrido ensancha la brecha y me desancla de la pecera en que estoy varado. Sea bienvenido el mar abierto.

O Cebreiro. Pedrafita. Hay aún más frío. La niebla lo envuelve todo y no queda ni rastro de primavera ni de nada que no sea el puré lechoso en que se ha convertido la mañana. Me da igual. Me importa un carajo. Quedan tantos kilómetros por delante que ni el frío, ni el calor, ni la lluvia o la niebla conseguirán importunarme en modo alguno.

Tengo la intención, más que la intención la necesidad de llegar a Barcelona esta tarde. Allí cogeremos el barco a Chivitavechia para atravesar Italia hasta Brindisi. Antes, en Zaragoza, me encontraré con mis compañeros de viaje para seguir juntos una parte del mismo. Apenas nos conocemos y tengo serias dudas sobre cómo terminará todo esto. José Luis vive en Madrid y nos conocimos hace algún tiempo por internet.

José Manuel es de Gijón y también nos conocimos por internet. Nunca hemos viajado juntos. Aunque siempre viajo con la mente muy abierta y dispuesto al buen rollo esto no evita que esté con la mosca detrás de la oreja. Me recorre una cierta incertidumbre y no sé si llegaremos a congeniar bien. (Os adelanto, en este punto, que todas mis sospechas eran infundadas y descubrí que con Jose se puede viajar al fin del mundo, al igual que con José Luis)

Llega el calor. Hace rato que lo estoy esperando. Los huesos se me van desentumeciendo y cada vez estoy más cómodo sobre la moto.

Cerca de Zaragoza el GPS me deja delante de un puticlub abandonado. Siento la necesidad de entrar a explorar. Imaginarme los amores frustrados, las noches de sexo y droga y sentir los ecos sórdidos de ese mundillo. Me conformo con una mirada furtiva y llamo a José Luis.

Después de comer ya estamos los tres reunidos y en ruta hacia Barcelona.

La ciudad está medio desierta. Apenas una docena de coches en cada calle y poca gente paseando. Hoy juegan el Barça y el Madrid. De vez en cuando griterío y bocinazos que resuenan en las calles vacías. Golazo. No me importa mucho quien ha marcado. Lo cierto es que es un placer recorrer las calles del puerto con esta tranquilidad.

 

 

Antes del embarque coincidimos con un conocido de la página MoterosAstures que también embarcan para Italia y, posteriormente, Grecia. Comentamos la posibilidad de hacer el trayecto por Italia juntos.

Cuando nos disponemos a situarnos en la cola de embarque José Luis, que se ha equivocado de puerta, se retrasa. Se le ha roto una maleta enganchada en un bolardo. Reparamos con cinchas rápidamente y nos congratulamos de tener el primer incidente del viaje.

En la cubierta del barco abrimos una de las dos botellas de rioja con las que voy cargando y entablamos una agradable sobremesa. Mientras la conversación discurre entre viajes, mecánica y motos se disipan mis dudas con respecto a José Manuel. Es una compañía agradable y buen conversador con muchas historias para contar. Estoy seguro de que será un compañero de viaje excelente.

El barco, de Grimaldi Lines, está, en algunas zonas, como viejo, sobado. Nos internamos en la sala de butacas con intención de dormir, como lo habíamos hecho otras veces, en el suelo. A nuestro lado hay dos chicos que se han traído el colchón y todo. El olor a pies es nauseabundo. Estar a su lado supone un suplicio. Están comiendo un bocadillo y me dan arcadas. No suelo ser una persona escrupulosa pero la visión de sus pies descalzos y malolientes me está revolviendo las tripas.

Nos movemos a la zona delantera de la sala de butacas. Apagamos la tele y me duermo en pocos minutos. El vino ha hecho su efecto.