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Podcast: Vuelta al mundo, Faros, Europa y Grandes Viajeros

Con más de 15 días de adelanto sobre la fecha prevista, aquí llega el programa número 53 de Viajo en Moto. Es para compensar la falta de programa a principios de junio, que me voy a recorrer el universo cercano y no podré grabar.

Hablaremos con Alberto Ballesteros, que salió hoy a dar la vuelta al mundo, con Ferreira y David, que están haciendo un viaje de 20.000 km. por Europa, con Álex Mora, que nos contará el Desafío entre Faros y estrenamos reportera: Olga Ferro, que se ha ido al Encuentro de Grandes Viajeros en Lleida.

Olga nos trae a Patrick Good, que recorrió Sudamérica en el año 1978 durante cinco meses, a Lluis Pont, que anduvo en los ochenta transitando por África en Vespa. También, después de muchos meses, viene a Viajo en moto Miquel Silvestre, dándonos un par de exclusivas jugosas y Lluis Oromí, organizador del encuentro este año.

9 destinos para ir de fiesta en moto

Hace un tiempo os contábamos en esta página como conseguir vivir del viaje y de la fiesta, como ser un auténtico gamberro y triunfar en la vida con ello.

Si aquel artículo te puso los dientes largos será mejor que no continúes leyendo porque en esta ocasión vamos a hacer un repaso por los lugares de fiesta en los que puedes perderte este verano. ¿No sabes a dónde ir de vacaciones en moto este año? Te proponemos un tour por los lugares en los que la fiesta pasa a ser algo más que una simple expresión de alegría. Sólo necesitas tu moto, la tienda de campaña y unos cuantos euros.

Ibiza

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A partir de mayo comienza la temporada más canalla en Ibiza que se alarga hasta finales de septiembre. Embarcar tu moto hacia la isla no es precisamente barato para los no residentes pero tampoco te resultará económico disfrutar de la fiesta non-stop en este templo de la diversión mundial. Space, Amnesia, Cream, Pachá… Son sólo algunos de los nombres de más relumbrón en la noche ibicenca, garitos en los que, si no te diviertes es que te falta droga.

Lo único que debe preocuparte es escoger tu indumentaria y vestirte, cuanto más estrafalario, mejor.

Hvar

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Seguramente si conoces la playa de Bonj y te has codeado con Bill Gates, Sharon Stone o Tom Criuise por allí, no necesitarás que aquí te contemos nada de la isla. Pero si no es el caso no te preocupes porque en Hvar (pronunciese Juar para no quedar mal) podrás hacer cosas más interesantes que codearte con millonarios.

Enfila la rueda delantera de tu moto hacia Split, en Croacia, hacia Ancona, en Italia y estarás a las puertas de uno de los destinos más fiesteros de Europa donde encontrarás garitos y chiringuitos en los que desearías quedarte a vivir como si no hubiera un mañana. Sus 2700 horas de sol al año animan a cualquiera.

Pag

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la Isla de Pag, en Croacia, es otro de esos lugares que se miran en el espejo de Ibiza. Aquí hay una playa enorme, larguísima, repleta de discotecas al aire libre y garitos en los que la música no cesa en todo el verano. Es, con mucho, la capital del house en el Adriático y rivaliza con otra de las islas croatas famosa por su fiesta, Hvar.

Mikonos

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No te dejes engañar por su fama de destino gay. Mikonos ofrece playas y buen rollo durante todo el día. Y al caer la noche se abre un nuevo mundo en el que la diversión prima por encima de todo. Es un poco como Ibiza, una locura. Nada tiene que ver con otras islas del entorno, como Santorini, donde el turista busca entornos paradisíacos y tranquilos. A Mikonos se va a bailar y tomar hasta que el cuerpo aguante.

Terrazas con la pista de baile a rebosar, con piscinas, con mucho dance y con aguas de color azul turquesa enmarcándolo todo.

Para llegar en moto puedes tomar un ferry desde Rafina, cerca de Atenas.

Ámsterdam

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Bares abiertos hasta las tantas, pubs, coffee shops… A pesar de no ser una ciudad volcada en la música y la fiesta y también a pesar de la legendaria discreción de los holandeses, Ámsterdam es un destino ideal para divertirse. Si te gusta la psicotropía, los enteógenos o los opiáceos  aquí encontrarás todo tipo de substancias para pasar la noche “en vilo”.

Praga

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Todos los días son buenos para salir de copas en Praga pero especialmente de jueves a sábado. ¿Has pensado en ir a un cabaret? Pues esta es la tuya. La ciudad es una buena opción para pasar unos días gastando poco y con opciones de entretenimiento de lo más variado en la Europa Central. Tienes para escoger desde el Karlovy Lazne, con sus cinco plantas y considerado uno de los locales más grandes de Europa, hasta las discotecas y pubs del Puente Carlos o tomar unas cervezas en los bares de la Ciudad Vieja.

Barcelona

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En todo el orbe se sabe que, para salir de fiesta, no hay lugar en el mundo como España. Si estamos en la península no hay ningún otro lugar donde la oferta de fiesta, diversión y vicio sea tan amplia como en Barcelona.

Destacan, por encima del resto:

  • El Paseo Marítimo y la Barceloneta. Turisteo y ambiente durante el día y la noche. No se recomienda ser pobre.
  • La Zona Alta (Aribau). Cerca del Paseig de Gràcia, buenos restaurantes, bares, pubs y discotecas para pasar la noche.
  • María Rubí y Santaló. Abundan los bares musicales, los conciertos, los bares de copas y los pubs un poco más tranquilos.
  • El Eixample. todo el meollo. Bares, tapas, copas y cualquier cosa que puedas necesitar.

Cracovia

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Si has venido fiesteando en moto por Innsbruck y Praga, llegarás con resaca a Cracovia y se te hará difícil centrarte en una ciudad en la que cada día se inaugura un pub, bar o garito al uso. Quizá te convenga un ambiente un poco más tranquilo en el barrio de Kazimierz y disfrutar de la variada oferta cultural. Pero si eres un fiestero irredento, al caer la tarde estarás deseando sumergirte en ambientes más bulliciosos y alejados de la bohemia como el Cien con copas baratas y gente guapa en sus sótanos medievales.

Budapest

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Es una lástima que no seas un estudiante de Erasmus porque podrías asistir a cualquieras de las múltiples fiestas internacionales para estudiantes que se celebran en la ciudad. Pero don´t worry porque tienes moto y eso es, con mucho, infinitamente mejor que ser estudiante.

Si no te has gastado todos tus euros para llegar hasta aquí pasando por Praga y Cracovia (avísame para viajar contigo) es que estás preparado para ir a clubes de lujo como White Angel y Club Studio. U optar por alguno de los bares de ruinas donde el mobiliario es aún más estrambótico de lo que te imaginas.

Para los vinos y aguardientes te vas a Pest y para el rock, la fiesta canalla y el underground te vas a Buda. Buda y Pest.

Mónica me deja para Siempre

Otra vez sobre la moto con setecientos y pico kilómetros por delante y la sensación certera de que le viaje se ha terminado. Son las ocho de la mañana. Apenas si quedan cuatro cosas que solucionar en Pamplona y, a la hora de la merienda, estaré en casa tomando un café. Cómo se ha liado todo. Parece que llevo media vida fuera y, sin embargo, cuantas cosas buenas han pasado. Las playas de Normandía y las copas de Innsbruck son algo que pertenece a un pasado que ahora se me antoja muy lejano, casi diluido en una nebulosa tan espesa como la niebla de ayer. Los recuerdos se amontonan pero son algo tan poco tangible… Nada hay como el momento presente, como el instante preciso e intenso en el que las cosas suceden. El resto es pura invención, un ejercicio imaginativo de recuerdos maleados destinado a perpetuar sensaciones de las que tan sólo retenemos lo agradable, tendiendo a olvidar la parte más oscura e indeseable de nuestras experiencias. Afortunadamente.
El río Esca discurre a mi lado, paralelo a la carretera en dirección Sur. Baja bravo. A las aguas del deshielo hay que sumarle la caída en estos días del agua que ha provocado las inundaciones. Mientras en España se libraban batallas contra el agua en todo el Norte, nosotros estábamos en el Tirol, inmersos en una ola de calor húngaro que nos dejaba treinta grados de temperatura. La niebla se empeña en acompañarme aunque hoy se mantiene a una distancia prudencial por encima de mi cabeza de modo que no me impide la visión de la carretera. A cambio se me ocultan las zonas altas del valle, los cielos azules recortándose contra la violencia de las cumbres pirenaicas.
No hay ni un acelerón, ni una salida de tono en una curva, ni una inercia. Cada kilómetro es negociado con suavidad exquisita ante al miedo de que la cadena se rompa. Si ayer sus quejidos eran estridentes hoy se empeña en recordarme su suplicio con cada tumbada encogiéndome el corazón más de congoja que de pena, la verdad. Visualizo la cadena rompiéndose y destrozando el motor No estoy seguro de que vaya a llegar a Pamplona. Ayer localizamos un taller de Suzuki a través del hermano de Josean y hoy me dirijo allí para realizar el cambio del kit de arrastre. No los he llamado pero confío en que tengan por costumbre el apiadarse del viajero y no me hagan esperar demasiado. Me pregunto a qué se debe este exceso de confianza al dar por certeras suposiciones que se cumplen tan pocas veces. Ni el francés salió a invitarme a café, ni la lluvia cesó cuando yo lo di por hecho, ni el mundo avanza como yo vaticino.
Dejo atrás los paisajes indómitos y las tradiciones ancestrales del Valle del Roncal y desemboco, a la par que el río, en las anchuras esteparias oscenses, en el pantano de Yesa, rodeado de carrascas, sabinas, bojes y con saucedas en algunos de los entrantes y riachuelos. Creo que es la segunda vez que paso por aquí y algunas de las curvas ya me resultan familiares así como alguna de las vistas.
En Pamplona busco el taller sin la ayuda del GPS y doy varias vueltas por la ciudad hasta que, al cabo de un rato consigo encontrarlo. No tienen kit de transmisión para mi moto y es necesario pedirlo a Irún. Abro mucho los ojos y me quedo sin palabras mirando al dueño del taller. A Irún… El hombre me tranquiliza diciéndome que a las seis o las siete de la tarde lo tendrá aquí así que me hago a la idea de pasar el día en Pamplona y viajar de noche. Es como si los acontecimientos se fuesen encajando como un tetris confabulándose para atraparme e impedir mi llegada a casa. Prefiero borrar de mi mente estos pensamientos que me atenazan y procurar sacarle partido a la situación pero aún no sé como hacerlo.
Mónica me ha dejado para siempre.
La conocí a través de Internet, ella estaba en París y yo en la confortabilidad del salón de mi casa. Luego ambos viajamos juntos por España, Por Europa, por África. Fueron varios años en los que le tomé mucho cariño. Es cierto que a veces me exasperaba con su deje de autoritarismo y su empeño en hacer las cosas a su manera pero su presencia, la mayoría de las veces, me tranquilizaba y me daba seguridad en mi mismo. Ahora, sin escuchar su voz cercana, me siento perdido, sin rumbo, sin saber a dónde encaminar mis pasos o hacia dónde enfilar la rueda delantera.  Y lo peor es que la culpa ha sido solo mía. Algo ha tenido que ver un dependiente del El Corte Inglés, cierto, pero mis actos impulsivos e irresponsables son los culpables de que la haya perdido para siempre. Sé que sin ella ya nada va a ser igual. Sentado a pocos pasos de la moto, mientras escribo estas líneas en mi diario de viaje, la echo de menos y tengo un fuerte sentimiento de pérdida, un remordimiento tenaz que me hace sentir insensato, estúpido, imprudente… Ahora se me vienen a la mente mis enfados con ella, cuando irritado, la ignoraba de forma deliberada maldiciendo su obstinación. Y ahora que ya no la tengo la echo de menos y deseo que vuelva. Pero eso no va a pasar, lo sé.
Cuando el dependiente me preguntó si funcionaba a doce voltios le dije que sí con aplomo y seguridad, a doce voltios. Llegué otra vez a la moto y coloqué el adaptador de alimentación en la toma que se haya escondida debajo del carenado. Pero no. Mónica no funcionaba a doce voltios. Ella era un modelo antiguo de cinco o seis. Tanto tiempo dejándome acompañar por sus instrucciones y ni siquiera tuve la curiosidad de mirar las especificaciones técnicas antes de cambiar la alimentación.
Le doy vueltas al GPS, enchufando y desenchufando el conector sin querer darme cuenta de que Mónica ya ha dado todo lo que tenía que dar, ahora está muerta. Su último estertor fue un amago de encendido en forma de luz brillante, como una estrella que se apaga en una última explosión de luminosidad. Acaricio con la yema de los dedos la pantalla y guardo el navegador en la maleta con tristeza. La sobretensión ha fundido sus circuitos sin darle tiempo a decir “ha llegado a su destino”.
Necesito sustituir a Mónica. Sin ella pierdo el norte y navego sin rumbo. En el Media Markt hay un montón de navegadores, TomTom, Garmin, Magellan… pero ningún MioMap como el que tenía, donde Mónica moraba y del que su voz salía con aquella decisión robótica. Estos son más modernos, con mapas en tres dimensiones y funciones que no usaré nunca. Ninguna de las unidades que hay a la venta me convencen y ninguno de los dependientes parece reparar en mi presencia. Entablo conversación con dos reponedoras sobre temas banales. Ellas no saben resolver mis dudas y no pueden ayudarme a encontrar otra Mónica que  me guíe. Cuando por fin me decido por un modelo, otro MioMap, resulta que es el último que queda, el que está en exposición y no me lo pueden vender. Definitivamente, a la mierda.
Abandono el centro comercial y al llegar a la moto me doy cuenta de que he perdido la llave. Desando mis pasos y rebusco en cada rincón de la moqueta azul de la tienda pero no la encuentro por ningún lado. Voy con la cabeza baja y la espalda ligeramente encorvada, como humillado por las pérdidas recientes y la gente me mira, lo noto. Me apetece decirles que me ayuden a buscar la llave de mi moto, contarles que tengo que continuar mi viaje, que he jodido el GPS, que mi amigo aún está en Italia esperando a ser repatriado, que llevo veinte días dando vueltas por Europa, que me quiero ir a casa. Al momento veo a todos los clientes con la cabeza agachada, horadando con la mirada cada rincón de la moqueta en pos de una llave en la que se puede leer SUZUKI. Obviamente nada de eso ocurre. Como de costumbre todo está en el interior de mi cabeza. De repente recuerdo que, pegado en el interior del carenado, cerca de la toma eléctrica, tengo una llave pegada con cinta americana. Espero que aún esté ahí.
Está.
Vuelvo a Pamplona y me pierdo varias veces en el polígono industrial. Luego lo mismo en la autovía. ¡Qué me está pasando? Es como si, al no disponer del navegador, hubiese perdido todo mi sentido de la orientación. ¿Qué ha pasado con mi proverbial instinto para ubicarme? Creo que en los últimos años he dejado la tarea de guiarme en manos de Mónica y ahora he perdido práctica. Si, seguro que no es más que eso.
En la ciudad me voy a comer con mi amigo Josean a la estación de autobuses. Él también ha bajado del Roncal, a trabajar, y tenemos una hora para comer y volver a despedirnos. Le cuento mis desventuras mañaneras mientras comemos una hamburguesa.
De nuevo a las puertas del taller me dispongo a esperar tres horas hasta que llegue la cadena, al fin y al cabo no se me ocurre nada que hacer en esta primera mitad de la tarde. Me veo incapaz de elaborar planes alternativos así que me tumbo en un banco y, después de escribir un rato en el diario de viaje, me duermo plácidamente.
Por fin estoy de nuevo en ruta con una nueva cadena, tan ancha que parece la transmisión de un barco. Ya he dejado atrás Burgos y cerca de León el cielo comienza a teñirse de negro. Nubes ominosas se ciernen sobre la meseta a mis espaldas mientras el ocaso tiñe de tonos anaranjados el Oeste. Poco a poco el negro va siendo más negro y el naranja refulge con fuerza inusitada. Es una puesta de sol rabiosa en la que el día se resiste a morir a manos de la tormenta. Comienza a llover violentamente mientras el sol se oculta en el horizonte. Dios, que raro es todo esto. Allá, a lo lejos, veo el cielo despejado, el sol que se cae al abismo del horizonte mientras, sobre mi cabeza, negros nubarrones descargan con furia todo su contenido. Jamás he visto algo parecido. Es la puesta de sol más rotunda que haya presenciado nunca. He recorrido media Europa para venir a toparme con esta increíble estampa casi a las puertas de mi casa. Poco a poco la magia que lo inunda todo va remitiendo y las sombras engullen la tierra de Campos. Nada es perenne y también la magia, como un orgasmo, es etérea y fugaz. Me siento tan afortunado de haber presenciado esto. Este sí es el fin de fiesta definitivo, el colofón magnífico a un periplo de veintiún días de peregrinaje hacia el interior de uno mismo. Esta explosión de color, este contraste tan marcado entre el día y la noche ha sido como los fuegos artificiales que marcan el final de una celebración. El vello de los brazos y de la espalda se me eriza y, excitado, siento como algo que no sabría describir se propaga dentro de mi.
Termino el viaje entre las sombras de la noche, tranquilo, descansado, anhelando abrazar a Elena y a Martín.

Au Revoire la France

Después de haber tomado un frugal y anodino desayuno en el área de servicio me incorporo de nuevo a la autopista. En la incorporación la cadena ha vuelto a dar muestras de agotamiento, emitiendo unos gemidos que me ponen los pelos de punta. Sigo pensando que es imposible que esté en mal estado, ¿cuántos kilómetros llevo con este kit? ¿17.000? Recuerdo haber insistido en el  taller en que colocasen buen material. Con la Teneré ya tuve que cambiar la cadena a mitad del viaje por colocar lo más barato y juré que no me volvería a pasar.
Estoy circulando a 150 km/h en un caudaloso río de camiones entre los que me siento como un barco de papel. Cada rebufo, cada adelantamiento es una tarea molesta y pesada. Adelanto convoyes con las más variadas mercancías una y otra vez y me da la sensación de que no avanzo, como si estuviera metido en un estúpido bucle sin fin. Llevo tantas horas sobre la moto que tengo la sensación de que se me agotan los pensamientos. Me duele el culo y el cuello comienza a cargárseme. Me doy un masaje y siento el tacto frío y sucio del guante en mi cogote. A lo lejos veo el inconfundible cajón azul del radar. Todos los que he visto en este viaje “disparan” de frente, a la cara. Carecen de la ruindad de los que hay en España. No tienen ese componente traidor y cobarde de sacarte una foto por la espalda. Venciendo el natural instinto de conservación acelero y mantengo una velocidad de 155, creo que será suficiente. Cuando estoy a diez o quince metros se dispara el flash. Sonrío para mis adentros y pienso en lo que acabo de hacer como un íntimo acto de venganza hacia todos los cinemómetros que me han “cazado” en estos años. No son muchos, quizá cuatro o cinco pero suficientemente insultantes como para clamar justa venganza. ¿Y ahora qué?, -le digo mentalmente-¿me vas a mandar la foto a casa? No entiendo muy bien este sistema de control de velocidad en el que te sacan la foto “por delante” quedando la matrícula resguardada de la foto indiscreta.
Cerca de Pau salgo de la autopista. Ya no soporto tanto tráfico de camiones y este ruido constante que me vuelve loco. Ahora circulo por una nacional muy tranquila entre las colinas suaves del Pre-Pirineo. La carretera se está estrechando en los últimos kilómetros y estoy pasando por pueblos fantasma en los que apenas si se ve algún signo de actividad. Allí abajo, entre los castaños, sobresale un pequeño “chateau” en lo alto de un promontorio. Un poco más abajo se extiende la llanura de Tarbes y Pau plagada de bosquetes y caseríos dispersos.
Hace unos minutos que el GPS ha dejado de funcionar y me detengo en una granja para intentar una reparación. Corre un viento frío y húmedo en esta especia de altiplanicie en la que me encuentro y me resguardo en un cobertizo. No sé por qué pero albergo la esperanza de que el granjero se asome a la puerta de casa al ver un intruso merodeando por el granero y, conmovido por mi tez aterida y mi cara de hambre, me invite a tomar un café y a comer un pincho de queso con chorizo o, en su defecto, el embutido típico de la zona. Luego charlaremos un rato sobre viajes, sobre la vida en el medio rural francés del Midi Pyréneés y sobre la política social de Sarkozy. Nada de eso ocurre. Ni siquiera soy capaz de reparar la alimentación de GPS así que, frustrado, me subo de nuevo a la moto y me dirijo hacia el norte, guiado por mi instinto, en busca de la autopista. No encuentro a nadie a quien preguntar por la dirección correcta. Al cabo de un rato entre bosques y praderas llego a Pau.
Los McDonalds son un activo fijo en este mundo globalizado. No necesitas saber idiomas, un BigMac es un BigMac aquí y en Kaliningrado. Y el payaso Ronald tiene la misma cara de psicópata pederasta en cualquiera de sus enfermizas versiones. Calculo que serán las cinco de la tarde y una hamburguesa es tan buena opción como otra cualquiera. Cuando estoy inmerso en este tipo de viajes en solitario en los que lo único que hago al cabo del día son kilómetros al tun tun, la alimentación pasa a ser algo secundario, una mera molestia que hay que solventar para no caer en la inanición. Por lo demás, prescindiría de comer perfectamente.
La chica de las hamburguesas muestra una sonrisa forzada que esconde su punto de tristeza. Su coleta cae como una cascada por el cierre de la gorra roja y le da un aire infantil y desenfadado que choca con su mirada aburrida. “Bigmac silteplé”. Y un Big Mac tan aburrido como mi propia presencia yace moribundo en su caja de poliestireno extruído.
Frente al Mac Donalds hay un taller de Ducati y aprovecho para comprar grasa para la cadena e intentar una puesta a punto de la misma por un profesional. Despliego todo mi encanto para que me cuelen la moto cuanto antes hablando mi mejor francés y esmerando la pronunciación al máximo. El dueño me pregunta si soy italiano. Bueno, no me ha cazado. Me dice que hablo muy buen francés y eso me llena de orgullo.
El profesional dice que la cadena está en las últimas, que no tiene solución y que tenga cuidado. Joder,- pienso-, cuando pille a mi mecánico lo mato!.
Vuelve a llover mientras viajo en dirección sur, a la Col de la Pierre de Saint Martin. Pienso en champán malo.
He dejado atrás, hace un rato, el último pueblo grande antes de la frontera, Oloron, un pueblo del que no sabría decir si me gusta o no. Una catedral medio gótica a la que apenas presto atención y un río torrentero en el que se marcan las ondas de la lluvia. Todo es gris y frío.
Más arriba, hacia el puerto, todo es verde y frío. Estoy en plena zona rural y la zona es bonita pero no consigo disfrutar del paisaje. Algunas vacas pastan al lado de la carretera y los pueblos se van espaciando cada vez más. La niebla se empeña en engullir todo cuanto me rodea. Conforme asciendo los prados dejan paso a los bosques de hayas y las curvas se hacen cada vez más cerradas. Algunas vacas bajan hacia el valle guiadas por sus pastores con cara circunspecta. Ocupan toda la carretera.
La cadena emite unos quejidos cada vez más escandalosos y tengo miedo a que se rompa. En cada salida de curva el continuo clac-clac se eleva por encima del ruido del motor, amenazante, reprochándome su sufrimiento. La niebla oculta todo el paisaje y solo veo unos palmos por delante de la rueda delantera. De repente, con la cadena en mal estado, todo lo que bajo otras circunstancias sería maravilloso me resulta aterrador. La posibilidad que quedarme tirado varias horas en una carretera perdida del Pirineo, el frío que me está calando hasta los huesos, el accidente de mi compañero… todo revolotea por mi cabeza con una insistencia mareante. Deseo salir de aquí cuanto antes.
Arriba, en el puerto que separa Francia del Valle del Roncal, la temperatura es de cinco grados y la niebla lo cubre todo con su manto espeso. No hay nada que odie más que viajar con niebla. Ese no saber lo que te rodea o, lo que es peor, no saber dónde estás, me vuelve loco. Siempre necesito saber donde estoy, no perder el norte, por eso le doy tanta importancia a los mapas y me jacto de mi sentido de la orientación. Es importante saber dónde está uno por mucho que no se sepa hacia donde va. Sabiendo el lugar en el que te encuentras siempre tienes la posibilidad de decidir si quieres ir a alguna parte.
Tenía un vecino que se volvía loco con la niebla. Literalmente. Cuando, los cortos días del invierno eran ocupados, sin pudor, por esa horrenda luz que todo lo iguala, se encerraba en su casa, gritaba, aullaba y se imaginaba, quizá con cierta dosis de razón en su locura, que todo estaba en contra suya.
Joder cómo odio la niebla.
Como una barahúnda de seres informes surgen cientos, miles de cabras desplazándose con su trote nervioso. Están apiñadas a las órdenes de un perro pastor y cuando, por fin se retira la niebla después de dos kilómetros siguiéndolas, puedo ver el rebaño en toda su magnitud. Es enorme. Me congratulo de que cabras y ovejas sean animales pacíficos y no engendros mutantes como en la película “Ovejas Asesinas”. No quiero ni pensar en un ataque coordinado de un rebaño de estas proporciones.
Pues ya estoy en España y no siento nada. Quizá sea que no estoy en España-España sino en el Valle del Roncal, patria de abertzales irredentos y forales donde los haya. Ya queda poco. Desciendo cómodamente por la nueva carretera que vertebra el valle y me sorprendo al encontrar un enorme nevero cerca de la estación de esquí. Y aún me sorprende más encontrarme, en plena carretera, con una curva de trescientos sesenta grados. Una curva… redonda, circular… cosas veredes amigo Sancho, cosas veredes.
Volver al Roncal siempre es un placer, independientemente de las circunstancias. Hoy estoy aterido de frío, agotado y deseando detenerme pero al rodar por este valle me inunda de nuevo el placer del viaje, se me llena el pecho de Roncal. Los hayedos, estrenando hojas nuevas y bullendo de vida me saludan desde las laderas del valle. Los buitres se adivinan en los riscos y todo, absolutamente todo, vuelve a ser perfecto.
En Urzainqui en casa de mi amigo Josean, solo pienso un un café bien cargado de coñá y una ducha caliente. Vuelvo a tensar la cadena en un absurdo intento de reparar lo irreparable. Mañana me comparé una nueva.