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Au Revoire la France

Después de haber tomado un frugal y anodino desayuno en el área de servicio me incorporo de nuevo a la autopista. En la incorporación la cadena ha vuelto a dar muestras de agotamiento, emitiendo unos gemidos que me ponen los pelos de punta. Sigo pensando que es imposible que esté en mal estado, ¿cuántos kilómetros llevo con este kit? ¿17.000? Recuerdo haber insistido en el  taller en que colocasen buen material. Con la Teneré ya tuve que cambiar la cadena a mitad del viaje por colocar lo más barato y juré que no me volvería a pasar.
Estoy circulando a 150 km/h en un caudaloso río de camiones entre los que me siento como un barco de papel. Cada rebufo, cada adelantamiento es una tarea molesta y pesada. Adelanto convoyes con las más variadas mercancías una y otra vez y me da la sensación de que no avanzo, como si estuviera metido en un estúpido bucle sin fin. Llevo tantas horas sobre la moto que tengo la sensación de que se me agotan los pensamientos. Me duele el culo y el cuello comienza a cargárseme. Me doy un masaje y siento el tacto frío y sucio del guante en mi cogote. A lo lejos veo el inconfundible cajón azul del radar. Todos los que he visto en este viaje “disparan” de frente, a la cara. Carecen de la ruindad de los que hay en España. No tienen ese componente traidor y cobarde de sacarte una foto por la espalda. Venciendo el natural instinto de conservación acelero y mantengo una velocidad de 155, creo que será suficiente. Cuando estoy a diez o quince metros se dispara el flash. Sonrío para mis adentros y pienso en lo que acabo de hacer como un íntimo acto de venganza hacia todos los cinemómetros que me han “cazado” en estos años. No son muchos, quizá cuatro o cinco pero suficientemente insultantes como para clamar justa venganza. ¿Y ahora qué?, -le digo mentalmente-¿me vas a mandar la foto a casa? No entiendo muy bien este sistema de control de velocidad en el que te sacan la foto “por delante” quedando la matrícula resguardada de la foto indiscreta.
Cerca de Pau salgo de la autopista. Ya no soporto tanto tráfico de camiones y este ruido constante que me vuelve loco. Ahora circulo por una nacional muy tranquila entre las colinas suaves del Pre-Pirineo. La carretera se está estrechando en los últimos kilómetros y estoy pasando por pueblos fantasma en los que apenas si se ve algún signo de actividad. Allí abajo, entre los castaños, sobresale un pequeño “chateau” en lo alto de un promontorio. Un poco más abajo se extiende la llanura de Tarbes y Pau plagada de bosquetes y caseríos dispersos.
Hace unos minutos que el GPS ha dejado de funcionar y me detengo en una granja para intentar una reparación. Corre un viento frío y húmedo en esta especia de altiplanicie en la que me encuentro y me resguardo en un cobertizo. No sé por qué pero albergo la esperanza de que el granjero se asome a la puerta de casa al ver un intruso merodeando por el granero y, conmovido por mi tez aterida y mi cara de hambre, me invite a tomar un café y a comer un pincho de queso con chorizo o, en su defecto, el embutido típico de la zona. Luego charlaremos un rato sobre viajes, sobre la vida en el medio rural francés del Midi Pyréneés y sobre la política social de Sarkozy. Nada de eso ocurre. Ni siquiera soy capaz de reparar la alimentación de GPS así que, frustrado, me subo de nuevo a la moto y me dirijo hacia el norte, guiado por mi instinto, en busca de la autopista. No encuentro a nadie a quien preguntar por la dirección correcta. Al cabo de un rato entre bosques y praderas llego a Pau.
Los McDonalds son un activo fijo en este mundo globalizado. No necesitas saber idiomas, un BigMac es un BigMac aquí y en Kaliningrado. Y el payaso Ronald tiene la misma cara de psicópata pederasta en cualquiera de sus enfermizas versiones. Calculo que serán las cinco de la tarde y una hamburguesa es tan buena opción como otra cualquiera. Cuando estoy inmerso en este tipo de viajes en solitario en los que lo único que hago al cabo del día son kilómetros al tun tun, la alimentación pasa a ser algo secundario, una mera molestia que hay que solventar para no caer en la inanición. Por lo demás, prescindiría de comer perfectamente.
La chica de las hamburguesas muestra una sonrisa forzada que esconde su punto de tristeza. Su coleta cae como una cascada por el cierre de la gorra roja y le da un aire infantil y desenfadado que choca con su mirada aburrida. “Bigmac silteplé”. Y un Big Mac tan aburrido como mi propia presencia yace moribundo en su caja de poliestireno extruído.
Frente al Mac Donalds hay un taller de Ducati y aprovecho para comprar grasa para la cadena e intentar una puesta a punto de la misma por un profesional. Despliego todo mi encanto para que me cuelen la moto cuanto antes hablando mi mejor francés y esmerando la pronunciación al máximo. El dueño me pregunta si soy italiano. Bueno, no me ha cazado. Me dice que hablo muy buen francés y eso me llena de orgullo.
El profesional dice que la cadena está en las últimas, que no tiene solución y que tenga cuidado. Joder,- pienso-, cuando pille a mi mecánico lo mato!.
Vuelve a llover mientras viajo en dirección sur, a la Col de la Pierre de Saint Martin. Pienso en champán malo.
He dejado atrás, hace un rato, el último pueblo grande antes de la frontera, Oloron, un pueblo del que no sabría decir si me gusta o no. Una catedral medio gótica a la que apenas presto atención y un río torrentero en el que se marcan las ondas de la lluvia. Todo es gris y frío.
Más arriba, hacia el puerto, todo es verde y frío. Estoy en plena zona rural y la zona es bonita pero no consigo disfrutar del paisaje. Algunas vacas pastan al lado de la carretera y los pueblos se van espaciando cada vez más. La niebla se empeña en engullir todo cuanto me rodea. Conforme asciendo los prados dejan paso a los bosques de hayas y las curvas se hacen cada vez más cerradas. Algunas vacas bajan hacia el valle guiadas por sus pastores con cara circunspecta. Ocupan toda la carretera.
La cadena emite unos quejidos cada vez más escandalosos y tengo miedo a que se rompa. En cada salida de curva el continuo clac-clac se eleva por encima del ruido del motor, amenazante, reprochándome su sufrimiento. La niebla oculta todo el paisaje y solo veo unos palmos por delante de la rueda delantera. De repente, con la cadena en mal estado, todo lo que bajo otras circunstancias sería maravilloso me resulta aterrador. La posibilidad que quedarme tirado varias horas en una carretera perdida del Pirineo, el frío que me está calando hasta los huesos, el accidente de mi compañero… todo revolotea por mi cabeza con una insistencia mareante. Deseo salir de aquí cuanto antes.
Arriba, en el puerto que separa Francia del Valle del Roncal, la temperatura es de cinco grados y la niebla lo cubre todo con su manto espeso. No hay nada que odie más que viajar con niebla. Ese no saber lo que te rodea o, lo que es peor, no saber dónde estás, me vuelve loco. Siempre necesito saber donde estoy, no perder el norte, por eso le doy tanta importancia a los mapas y me jacto de mi sentido de la orientación. Es importante saber dónde está uno por mucho que no se sepa hacia donde va. Sabiendo el lugar en el que te encuentras siempre tienes la posibilidad de decidir si quieres ir a alguna parte.
Tenía un vecino que se volvía loco con la niebla. Literalmente. Cuando, los cortos días del invierno eran ocupados, sin pudor, por esa horrenda luz que todo lo iguala, se encerraba en su casa, gritaba, aullaba y se imaginaba, quizá con cierta dosis de razón en su locura, que todo estaba en contra suya.
Joder cómo odio la niebla.
Como una barahúnda de seres informes surgen cientos, miles de cabras desplazándose con su trote nervioso. Están apiñadas a las órdenes de un perro pastor y cuando, por fin se retira la niebla después de dos kilómetros siguiéndolas, puedo ver el rebaño en toda su magnitud. Es enorme. Me congratulo de que cabras y ovejas sean animales pacíficos y no engendros mutantes como en la película “Ovejas Asesinas”. No quiero ni pensar en un ataque coordinado de un rebaño de estas proporciones.
Pues ya estoy en España y no siento nada. Quizá sea que no estoy en España-España sino en el Valle del Roncal, patria de abertzales irredentos y forales donde los haya. Ya queda poco. Desciendo cómodamente por la nueva carretera que vertebra el valle y me sorprendo al encontrar un enorme nevero cerca de la estación de esquí. Y aún me sorprende más encontrarme, en plena carretera, con una curva de trescientos sesenta grados. Una curva… redonda, circular… cosas veredes amigo Sancho, cosas veredes.
Volver al Roncal siempre es un placer, independientemente de las circunstancias. Hoy estoy aterido de frío, agotado y deseando detenerme pero al rodar por este valle me inunda de nuevo el placer del viaje, se me llena el pecho de Roncal. Los hayedos, estrenando hojas nuevas y bullendo de vida me saludan desde las laderas del valle. Los buitres se adivinan en los riscos y todo, absolutamente todo, vuelve a ser perfecto.
En Urzainqui en casa de mi amigo Josean, solo pienso un un café bien cargado de coñá y una ducha caliente. Vuelvo a tensar la cadena en un absurdo intento de reparar lo irreparable. Mañana me comparé una nueva.

Desembarco de Bogavantes

El día amanece nuboso, con algún rayo de sol que parece querer abrirse paso entre las nubes, es decir, un día perfecto para andar en moto.
Después de vestirnos y desayunar, casi como por arte de magia, el día se ha vuelto plomizo, gris y desagradable, y la lluvia acaba de hacer su aparición sin ningún tipo de reparo. Es decir, un día perfecto para andar en moto.
Nos pertrechamos con los trajes de agua y salimos en dirección Norte para visitar las Playas del Desembarco. Este es, en realidad, el verdadero destino de este viaje pues fue Gelucho el que propuso el lugar. Cada año uno de nosotros escoge la ruta y lo que se va a visitar y en esta ocasión mi compañero se inclinó por Normandía. Yo hubiera preferido Polonia, Rumanía o cualquier lugar de la Europa Central pero, en su momento, no puse ninguna objeción porque así lo tenemos pactado. Si él tiene capricho por ver el lugar donde se decidió el resultado de la Segunda Guerra Mundial, pues adelante. Ya visitaremos Rumanía el año que viene.
Llueve de forma copiosa. Estamos haciendo el primer tramo de la ruta por autopista y, una vez más, los camiones arrojan litros de agua sucia sobre nosotros. Llevo el navegador envuelto el film de cocina, una solución, sin duda, poco elegante pero lo bastante efectiva para mantenerlo relativamente seco. A veces pienso en comprarme un Garmin Zumo, el GPS especial para moto y cien por cien impermeable pero los casi seiscientos euros que cuesta hacen que la idea se me quite de la cabeza, sobre todo al imaginar la cantidad de kilómetros que puedo hacer con ese dinero.
Ya estamos llegando a Omaha Beach, el nombre en clave que los Aliados dieron a esta playa que aún huele a muerte. Me
pregunto cuál sería su nombre anterior y si aún alguien lo recuerda.
Ya no queda mucho aquí de lo que sucedió hace sesenta años. Los chalets hace años que se instalaron al abrigo de los acantilados costeros y una carretera discurre paralela a la Playa de Omaha. Con este día los turistas no se han animado a la visita y tan solo algún autobús con jubilados aburridos se haya en el aparcamiento, así como dos idiotas en moto que, en silencio, recorren el paseo de la playa.
A pesar de ser consciente de lo que ocurrió aquí, de haber leído sobre las miles de bajas que se produjeron en el Desembarco, del horror que se vivió en este lugar, ningún sentimiento especial me asalta. Mientras miro el Monumento a "Les Braves", con inexpresivo rostro, no consigo imbuirme de la magnitud de todo esto y, la verdad, me encuentro un poco extraño, ajeno a cuanto me rodea, como mirándolo todo a través de una ventana. Me invade una cierta sensación de vergüenza, de traidor a la bandera de la libertad por no conseguir esta tragedia cale más hondo en mi pensamiento
A cambio me quedo con detalles nimios, con el chalet con tejado de paja, con el cartel de la playa, con la gravilla gruesa del aparcamiento, con la imagen de lo que se me antoja un absurdo monumento… Pequeñeces que nada tienen que ver con lo que significa esta playa en el devenir de la Historia. Prefiero no hacerle ningún comentario a mi compañero y me guardo estos sentimientos tan desprovistos de respeto con un profundo rubor interno.
Llegamos a Ponte du Hoc, un punto elevado en los acantilados donde los alemanes tenían varias baterías de artillería y que fue tomado por los Aliados escalando con cuerdas desde el mar. Este sitio me impresiona más que la playa porque puedo ver los enormes cráteres de las bombas. Inexplicablemente me sorprendo a mi mismo pensando en los perdedores, en los Nazis que defendían este punto, en sus familias y en sus casas, allá en Alemania. ¿Pero qué coño estoy haciendo? ¿Es simplemente espíritu de contradicción o que todo esto de lo militar me produce cierta náusea? Avanzo bajo la lluvia intensa avergonzado de mis pensamientos y sin atreverme a mirar a la cara de los demás visitantes, en silencio, pensando en las guerras, en el odio, en la estupidez humana. Todo esto es una mierda y quiero salir de aquí.
Ahora estamos en el cementerio de los Aliados, sobre el acantilado de la Playa de Omaha. Ha dejado de llover. Vuelvo a ver al americano de sombrero tejano y botas de vaquero y una chispa de vergüenza ajena se apodera de mí. Es tan… ¿anacrónico? Supongo que su padre o su abuelo cayeron en alguno de estos frentes pero, aún así, me sigue pareciendo ridículo el sombrero, tan lejos de su casa.
En el Monte St. Michael habíamos comentado, jocosamente, la proliferación de japoneses.. Aquí no hay ninguno. Me resulta curioso.
Paseo entre las miles de cruces de mármol blanco distribuidas con precisión milimétrica. Héroes. Muertos. Muertos y más muertos. Miles de cadáveres en torno a un monumento que no nos enseña nada, condenados, tal y como estamos, a repetir la historia una y otra vez. Dentro de unos años volverá a producirse otra gran guerra en el seno de la civilización y los supervivientes, los vencedores, orgullosos de sus héroes, volverán a levantar otro monumento que, de nuevo, no les enseñará nada. Me pregunto dónde estaré entonces, dónde estará mi hijo, dónde mi familia. Supongo que muertos.

Estoy de nuevo sobre la moto y el agua arrecia otra vez. Me alegro. Que llueva, joder, que llueva de una puta vez y que caiga agua hasta que se canse el cielo.

Las chicas, en Caen, me preguntan qué me han parecido las playas del desembarco. Impresionantes, digo poniendo cara de profundo respeto. Estoy a punto de decirles que aún huelen a muerte y a destrucción pero decido callarme y cambiar de tema.
Gelucho decide que, en agradecimiento a la hospitalidad de Alice, Camille y las demás, haremos una cena especial esta noche, Nosotros nos encargaremos. Ellas parecen encantadas con la idea así que nos ponemos manos a la obra. No puedo reprimir una mueca de asombro cuando Gelu me dice que les prepararemos arroz caldoso con bogavante. Flipo. Yo, que el día que preparé una tortilla de patatas para comer tuve que mirar la receta en internet.

Después de recorrer varias calles guiados por el GPS ya hemos comprado el pescado y el bogavante. Ahora estoy esperando a que regrese el cocinitas con una pota nueva. En la casa solo hay una y no es lo suficientemente grande para once o doce comensales. La situación me parece que se está tornando cada vez más surrealista. Y cómica. Nunca pensé en tener que comprar una pota durante un viaje en moto. Me puedo imaginar a mi mismo buscando cualquier chisme para llevar de regalo, para reparar la moto, para hacer una chapuza, pero una pota… ni en mis desvaríos más histéricos.
Nos hemos gastado una pasta, no sólo en la pota sino también en el azafrán, difícil de encontrar y caro en extremo, por no mentar al cabronazo del bogavante y los pescados para el caldo. Espero que el arroz salga, por lo menos, pasable.
Mientras Gelucho se afana en la cocina preparando fumet, pelando patatas para una tortilla o limpiando pescado, yo toco la gaita en el salón. Por puro compromiso le pregunto si necesita ayuda y siento un gran alivio cuando me dice que se arregla solo. La verdad es que no tengo ninguna gana de ayudarle ni de meterme en la cocina a hacer de pinche. Creo que ya lo se dio cuenta hace rato de mi apatía y prefiere trabajar solo.

No consigo desgranar buenas notas en la gaita, no estoy inspirado. Abro otra cerveza. Luego otra.

Ya ha pasado la tarde y todo está dispuesto para la pitanza. Al final me animé a echar una mano en la cocina, más que nada por puro remordimiento, no por lo que me apeteciese. Me pasa muchas veces esto de estar apático y posponer tareas o quedar a un lado. Y es una sensación desagradable porque ni estás a gusto sin hacer nada, con ese sentimiento de culpabilidad, ni estás realizando la tarea, con lo que la tendrás que hacer más tarde. Una mierda, ya digo.

La cena resultó estar estupenda y todos los invitados cantaron las excelencias de la cocina española. Es cierto, el arroz estaba muy bueno, en su punto. Bromeo sobre la posibilidad de llevar una pota en viajes posteriores.
Después de cenar Camille nos deleitó con un poco de su música. Ella, al hablar poco español, estaba como en un discreto segundo plano, parecía un poco tímida y casi no habíamos intercambiado palabras. Alice es más la batuta de la casa y con su contagiosa alegría capitaliza la conversación de una forma agradable y fluida de modo que poco sabíamos de Camillle, excepto de las maravillosas recetas de su abuela.
Pero Camille se ha puesto a cantar acompañada de la guitarra. Y cuando Camille canta todos callamos. Cuando las primeras notas salen de su boca, instintivamente, cierro la mía y me quedo mirándola, escuchando en silencio y dejándome arrullar por su voz suave, deliciosa. Estoy un poco fumado.
Miro a Gelucho que está sentado a mi lado, en el suelo, embelesado por la voz de Camille, como en éxtasis.
Apenas acertamos a pronunciarnos con un tenue aplauso por no romper la magia del silencio que se produce después de cada canción.
Se ha hecho tarde y tenemos que dejar la música. Mañana nos vamos a Bélgica. Desearía quedarme un día más.

Bocage Bretón

Dejamos el albergue, de nuevo con los trajes de agua puestos mientras una lluvia fina, persistente, se empeña en esconder el paisaje. Acabo de añadir un chupito de aceite al motor y engrasado la cadena a conciencia. Listo para un nuevo día de ruta hasta Caen, lugar que usaremos de base de operaciones en casa de Alice, una chica del Hospitality que nos brinda su casa el tiempo que estimemos oportuno.

Ha dejado de llover y se abren grandes claros que nos muestran, en toda su magnitud, el “bocage” de la campiña bretona. El paisaje está fraccionado en miles de pequeños campos separados por setos naturales, por barreras de árboles y arbustos que le confieren el aspecto de un mosaico en diferentes tonalidades de verde. Ahora la carretera ya no es recta. En lugar de eso subimos y bajamos, flanqueamos colinas de escasa altura que construyen curvas perfectas bajo asfalto impecable. Rodamos por una carretera nueva, con su negro asfalto recién pintado y con una tracción excelente.
Las granjas están diseminadas aquí y allá y, una vez más, todo vuelve a ser perfecto y todo está en su lugar. Disfruto de esta perfección mientras dura pero no puedo evitar el aferrarme un poco a este sentimiento, a esta belleza a este estado de irrealidad tan palpable.

En Dinan el GPS parece empeñado en seguir su propia ruta mientras yo me afano en salir de esta pequeña ciudad. Ya llevamos varias vueltas por diferentes barrios y no parece que encontremos un salida a ninguna parte. En lugar de dejarme guiar por mi instinto, por el sol o, simplemente, preguntar cómo demonios se sale de aquí, sigo obedeciendo ciegamente las instrucciones de la voz femenina que emana del navegador y eso parece no dar resultado. Me doy por vencido, al fin, y me detengo para consultar el mapa y establecer una nueva ruta que nos va llevando por diferentes puertos fluviales, anacronismos para nosotros que nos creímos tan lejos del mar.
Esta carretera solitaria nos lleva, tranquilamente, en dirección norte, entre bosquetes de frondosas y prados de un verde insultantemente hermoso. Pronto salimos de ese lugar tan especial para adentrarnos en la rasa costera.
Hemos llegado al borde del mar y ya vemos en Monte Saint Michael elevándose majestuoso, allí al fondo, destacando entre la bruma marina. He puesto hace rato la cámara de vídeo a grabar por primera vez en el viaje. Ignoro lo que saldrá de ahí y, realmente, no tengo grandes esperanzas de lograr unas buenas tomas. Aún así la llevo conectada.

El Mt. St. Michel es como Santiago de Compostela pero concentrado en un área más pequeña. Miles de turistas abarrotamos todo el espacio disponible y el interior de la muralla está plagado de tiendas, hoteles y restaurantes para que podamos aportar nuestro óbolo.
Unos kilómetros antes de llegar la presencia de decenas de hoteles y casas de alquiler nos dan una idea de lo que nos vamos a encontrar. Conforme nos acercamos la densidad de tiendas y restaurantes va en aumento para llegar al paroxismo en el interior del recinto. Aún así el lugar es impresionante. La imaginación vuela, como no, a tiempos pretéritos, a intentos de conquista de la fortaleza y a noches de asedio en el que la frustración de los atacantes iba en aumento al subir o bajar la marea, dependiendo de si el ataque era desde el mar o desde tierra. La abadía en el lugar más alto, como corresponde a su estátus. El lugar donde moran los dioses, donde se entierran a los santos y donde habitan los que mandan ha de disponer de una situación privilegiada, erigido en custodio de bienes materiales y espirituales.
El calor está aumentando y conforme ascendemos escaleras esquivando a japoneses de ojos rasgados parapetados tras la cámara, como manda el tópico, siento que me sobra la ropa de la moto. No tardo mucho en estar empapado y ni siquiera unos tragos de la bota me refrescan. Las vistas desde aquí arriba son espectaculares. El mar abierto se intuye allí, al fondo, y hacia el interior se extiende la llanura desde donde puedo divisar al enemigo parapetado desde detrás de mi atalaya. Me da igual lo que traigan mientras tenga mi alabarda, mi ballesta y mis cañones para amedrentar a su retaguardia.

Necesito salir de aquí.
Este calor va camino de convertirme en sopa. En la puerta principal veo a varios japoneses con máscara de médico. Me pregunto si serán dentistas o simplemente este adminículo ha pasado a formar parte de la cultura nipona. Sin duda no les van los aires europeos. También pudiera ser que estén acatarrados y que no quieran exportar sus miasmas a Francia, que todo es posible.
De nuevo en marcha, ahora sí, en dirección Caen, al Este. Decidimos abandonar las carreteras secundarias y llegar cuanto antes a Caen donde ya nos esperan nuestras anfitrionas del Hospitality Club.

En la casa nos recibe Camille, una joven sonriente y hermosa que nos trata con amabilidad exquisita mientras nos ayuda a meter nuestro equipaje. Dejamos las maleras y resto de pertrechos en el salón y salimos al jardín a tomar una cerveza con ella y con Flor mientras esperamos a Alice y a la otra Camille. En poco tiempo ya estamos como en casa y el trato entre nosotros es de lo más familiar.
Las chicas viven en una casa curiosa, como un juguete enorme en el que puedes descubrir algo sorprendente en cada rincón. Un maniquí con un pezón remendado con cinta aislante, la bola de discoteca en el techo, muebles de deshecho recuperados y con nueva vida… La casa es un lugar mágico, lleno de vida y de simpatía. Va pasando la tarde entre cervezas y risas mientras nos contamos retazos de nuestras vidas, de nuestros viajes. Preparamos, de forma colectiva, una enorme y deliciosa ensalada. Está realmente buena. Ahora estamos en el salón, seguimos tomando cervezas y contándonos nuestras vidas. Noto que estoy mejorando mucho mi nivel de francés y me encuentro a gusto parloteando con cierta fluidez.

Tout le Monde a la Route

Han pasado cinco horas y ya estoy levantado. Por fin ha dejado de llover y un tímido sol se asoma entre las nubes. Aún sigue sonando el acordeón que no ha dejado de hacerlo en toda la noche. Me pregunto qué clase de energía acompaña al acordeonista que ya ayer tenía una considerable dosis de cerveza.

Los malabaristas del fuego, aún llenos de mugre y oliendo a queroseno, continúan con su ingesta alcohólica y una litrona va pasando de una mano a otra. Nos saludamos efusivamente, como corresponde a su estado etílico y charlamos un rato. Hoy, o mañana, volverán al Pirineo y la semana que viene irán a actuar a París. Luego a Italia, luego a Hungría. Sus maquillajes, ya desvahídos a esta hora de la mañana, no consiguen esconder la cara de cansancio. Otra cerveza, silvuplé.
Aline saca el acordeón, otro la gaita bretona, otro el diatónico, otro el violín, otro la guitarra…cuando nos damos cuenta estamos tomando vino, cerveza y de nuevo, la fiesta.

De mala gana despierto de este nuevo estado de sana holganza y comenzamos a preparar el equipaje. La tienda, los sacos, las colchonetas, los trajes de agua, todo se halla desparramado en el lugar de la acampada.
Nos despedimos de nuestros amigos y volvemos a la carretera después de una noche memorable.

Hoy no estamos para grandes trotes as íque decidimos quedarnos a dormir en Pontivy, a menos de doscientos kilómetros, después de haber visitado Carnac y sus alineamientos megalíticos. El sol de la mañana ha dado paso a un día plomizo y soso que se complementa con largas caravanas domingueras. Ayer nos dijo el tendero que el domingo "tout le monde a la maison" pero parece que a estos miles que hoy han salido con el coche la regla no se les puede aplicar. Me pregunto a dónde van o de dónde vienen todas estas personas usando las mismas carreteras secundarias que nosotros creíamos solitarias. De nuevo, nada que juzgar. Allá cada cual con su paciencia. Superamos las caravanas con facilidad aprovechando semáforos, entradas en pueblos o, simplemente el parón en una de las cientos de miles de rotondas que existen en el país galo.
Dejamos atrás los megalitos, muy poco concurridos este domingo a causa del tiempo desapacible y continuamos hacia el norte, en dirección al albergue de Pontivy donde, después de cenar nuestro primer dönner kebab del viaje y tras un corto paseo, nos vamos a la cama a recuperar horas de sueño. Hago mi primera conexión a internet solo para constatar que el mundo sigue su curso sin nuestra presencia. Los problemas que quedaron atrás siguen en el mismo punto donde los dejamos. Esta es una huida de ida y vuelta que servirá para limpiar la mente por unos días. ¿Es suficiente?. No lo sé, pero sí necesaria.

Duchas de Agua Sucia

Hoy es sábado. Salimos de nuevo a la autopista y en menos de quince minutos estamos en Francia. Creo que es la cuarta o quinta vez que cruzo esta frontera. En el peaje policías españoles y franceses custodian no se sabe muy bien qué, cada uno a su lado del redil. Las fronteras están trazadas para separar, para defender la integridad propia y la superioridad que sentimos los humanos con respecto al grupo de pobladores vecinos. Lo nuestro, lo de mi país, es lo mejor y debe ser defendido de el de “afuera” con líneas imaginarias y alambradas reales. Si, bueno, ya sé que no es un planteamiento muy original y seguro que es en extremo demagógico pero es lo que hay. No por demagógico deja de ser menos real.

Tomamos la ruta norte, en dirección Burdeos y la autopista sigue siendo igual de monótona que hace unas horas. Kilómetros de pinares en Las Landas dan paso a kilómetros de extensiones agrícolas un poco más al norte, sin que nada llame especialmente mi atención.
De vez en cuando algún cartel nos avisa de la presencia de un radar pero como todos están situados para sacar la foto de frente no les prestamos demasiada atención. En el carril contrario vemos que hay algunos controles con trípode y esos sí sacan la foto a la parte trasera de los vehículos.
Una moto sale como una exhalación en una de las incorporaciones y yo acelero para ir a rueda durante algunos kilómetros. Al acercarme, me doy cuenta de que se trata de la policía, que le está ordenando a un vehículo salir dela autopista en la siguiente incorporación. Allí, en el control, varios ciudadanos están siendo registrados en ropa interior. Resulta un poco chocante que el en país de la liberté te pongan casi en pelotas en el medio de la autopista, la verdad. Pero yo no he venido aquí a juzgar, solo a hacer kilómetros y a disfrutar de un viaje. Dejemos los juicios de valor y sigamos adelante.
Cerca de Burdeos comienza a llover. Primero es una lluvia tímida, unas gotas que no se atreven a llegar al suelo por pura cobardía. Unos kilómetros más adelante, ya con el traje de aguas puesto, las gotas han ganado confianza y, solidarias, golpean con violencia la pantalla del casco. Cuanto más avanzamos hacia el norte más negro se ve el cielo y, si alguna tenue esperanza teníamos de que dejase de llover, ésta ya se ha disipado hace rato.
El paisaje sigue siendo monótono, llano hasta donde la vista alcanza y verde intenso. Intento masajearme el cuello de vez en cuando pero las molestias no remiten.
Ahora la lluvia ha arreciado y hay momentos en los que la visión es muy escasa. Reduzco la velocidad de la marcha y disfruto yendo detrás de los camiones unos metros. Es como sumergirse en una ducha de agua sucia. El rebufo de cataratas y el nauseabundo olor del escape no me molestan lo más mínimo. Estoy en mi viaje y disfruto. Esto es ir en moto. Es un día perfecto para viajar, tan perfecto como cualquier otro. Me asalta esa sensación conocida de que todo está en su sitio y una enorme tranquilidad me invade, incluso en este día de mierda.
Ahora estamos en un área de servicio cerca de Sarzeau, nuestro destino en el día de hoy. Un francés me dice que no es gran día para ir en moto, justo lo contrario de lo que yo pienso. Le respondo que todos los días son perfectos para ir en moto, hoy especialmente. “Y cuando hace sol?” – pregunta divertido. Eso ya debe de ser la leche!
Sarzeau es un pueblo grande pero tranquilo como cualquier pueblo francés un sábado por la tarde. Ni frío ni calor. Llueve pero con menos intensidad que en las horas anteriores.
Preguntamos a un tendero por la Fest Noz a la que nos dirigimos y nos encamina hacia la Granja Beauvue, justo al lado del Chateau de Sucinio, un castillo enorme con su foso de agua y todo.
Llegamos justo a tiempo, la fiesta está empezando y un grupo de tragafuegos y malabaristas realiza sus evoluciones en el interior de la carpa. Al fijarme con atención descubro que la carpa no es tal sino un pajar enorme decorado para la ocasión. Un bar y un puesto de reparto de comida biológica, asícomo unos centenares de mesas corridas con sus bancos completan el cuadro.
Llamo a Aline y a Guillame, a los que conocí a través del Hospitality Club. Ellos son los que, semanas atrás, me hablaron de esta fiesta típica bretona y los que nos metieron el gusanillo de probar esta versión del mundo folk.
Lo que más nos sorprende, sin lugar a dudas, es el baile. Todos y cada uno de ellos son en círculo, con más o menos variaciones para bailar en pareja pero siempre formando un círculo, bien sea cogidos por los meñiques, la mano o del brazo.Todos bailan. Niños, abuelos, mujeres con culos prominentes, chicas hermosas con rastas, jóvenes con pinta de surferos… todo parece estar imbuido de un aura de complicidad que envuelve hasta el último rincón.
Yo estoy exhausto al segundo baile. La última melodía ha sido una pieza rápida en la que el cambio de pareja llegó a marearme. Me quedo a un lado un rato observando como la magia de la música bretona consigue unir a personajes tan dispares bajo una causa: el baile comunitario hasta bien entrada la madrugada.
Parecen ser capaces de bailar cualquier melodía. Las lentas tienen sus bailes tipo vals y las más rápidas se siguen, en circulo, con un enloquecido movimiento de piernas y hombros.
Así, entre cervezas, licores de enorme capacidad espirituosa y música, intento enhebrar, una vez que ha finalizado la música “oficial” en el escenario, un par de muñeiras con la gaita pero salgo perdedor de una lucha de egos con un saxofonista realmente virtuoso, así que, recojo en petate mientras la fiesta continúa.
Está amaneciendo y aún no tenemos dónde dormir. Confiábamos en que el dueño de la granja nos permitiese usar un pajar aledaño pero somos unos cuantos los que anhelamos ese hotel y no se le ve muy dispuesto. En realidad nada dispuesto. La verdad es que yo tampoco alojaría a unos cuantos borrachos, fumadores y cargados de ánimo, en el almiar donde almaceno la comida de mis vacas. Si las tuviera. De nuevo, nada que reprochar. Hemos venido porque nos ha dado la gana y por nuestros propios medios así que, ni reproches, ni exigencias.
A las cinco y media de la madrugada, con la luz del alba asomando por el Este, nuestra tienda está montada con una más que digna apariencia y nos retiramos para intentar dormir un rato, a pesar del barullo musical que reina a unos escasos cincuenta metros.
Mientras escucho un acordeón diatónico el sueño me va venciendo y los pensamientos, cada vez más errabundos, se hacen difusos y desaparecen
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