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Plaga de gatitos

gatitosAsumiendo que la culpa es mía y de nadie más, según me han hecho ver algunos lectores, paso a relatar otro acontecimiento gatuno de hace dos o tres semanas. Lo cierto es que había pasado por alto el asunto pero, vista la concatenación de sucesos en estos últimos días, creo que todo en el Cosmos ocurre por algo. O que no hay dos sin tres, vaya.

Pues sucedió que, hace unas dos semanas, entré en el garaje/bajo de mi oficina y, cuando rebuscaba en una estantería algunos útiles propios de mi trabajo, escuché un ruido, como de ser vivo, en una de las cajas del estante superior. Movido por la curiosidad científica, zarandeé un poco la caja para ver qué reacciones se producían y, oh sorpresa, salió un gato miniaturizado. Y luego otro. Y un tercero.

Continuando con mi labor investigadora observé que una hembra de lo que parecía ser Felis silvestris catus o gato doméstico había alumbrado a un mínimo de tres ejemplares dentro de una caja de cartón.

Se da la circunstancia de que en esa misma estantería estaba mi casco, guantes, espaldera y múltiples protecciones para el uso de la moto de campo. Sin necesidad de analizar la gran masa de pelos que había repartidos por la zona y por mis útiles de trabajo, pude colegir que, efectivamente, aquello era un hogar gatuno.

Ahora yo me pregunto, queridos amantes de los gatos, ¿debo criar y mantener a la prole felina que anida entre las coderas y el casco o, por el contrario, procedo a desalojar la fauna provisto de escoba y manguera?

No es necesario que contesten, era una pregunta retórica.

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Cagada en Dainese

Has visto un lindo gatito?

Cagada en Dainese

Los asiduos a esta página recordaréis los episodios desagradables que ocurrieron, hace algún tiempo, con un gato que había en mi casa. El animal se meó en la moto, en los guantes, en la impresora, en el teclado, en el ordenador… Un marrano donde los haya, vamos. Recordaréis que perseguí al gato con ánimo enervado pero no lo encontré y tuve que cargar con la culpa de su desaparición.

Después de aquello cambiamos de casa y nos vinimos a vivir al centro del culo del mundo donde, suponía, los gatos estarían más civilizados por aquello de ser capitalinos.

Y fue cuando aconteció, la semana pasada, “El Caso del Robo del Queso del Roncal», que resultó bastante desagradable y de mucha caradura por parte del felino. Los que me conocéis sabéis que no soy vengativo ni violento. Ni siquiera cuando me enfado se me nota así que decidí olvidar el asunto del queso y el gato y seguir a lo mío, en plan felino.

Pero está visto que si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos así que hoy, mientras tendía la ropa en uno de los múltiples habitáculos de esta casa enorme en la que vivimos, lancé un vistazo de soslayo a mi vieja cazadora Dainese, regalo de Gelucho y que aún está en buen uso. Ya vi que tenía algunos pelos de gato repartidos por su superficie. Demasiados para mi gusto. Luego, cuando la colgué para cepillarla y ponerla de nuevo en orden observé una enorme cagada de minino, de color marrón y reseca.

Ahora no sé muy bien qué hacer, si matar al gato entre enormes sufrimientos o darle el resto del queso para que se lo termine.

Amantes de los gatos que campáis por Internet, ¿debería, tal y como me dicta la conciencia, finiquitar al gato después de caparlo o directamente lo erradico con un bate de béisbol que guardaba para otra cosa?

Gracias por vuestros consejos.

EDITO: Que me dicen los expertos en asuntos gatuno que no, que no es una cagada, que son vómitos. Esto me reconforta enormemente y siento que mi odio al gato se diluye. Gato, si lees esto ven, que no te voy a hacer nada…

Cazadora Dainese

Esto es lo que dejó el gato.

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y esto son pelos de gato en mi Dainese.

Has visto un lindo gatito?

Muchos ya conocéis de mi animadversión a los gatos por aquello de haberse meado en la moto y otras afrentas. Yo, que soy una persona positiva y poco dada al rencor, procuro olvidar estos desplantes y ataques porque sé que los mininos no tienen mala fe. Ellos van a lo suyo, a su bola y yo debería de hacer lo mismo.

Intentando hacer precisamente eso, ir a mi bola y no meterme con nadie, me embarqué en un viaje en moto con dos buenos amigos, Juan y Fran. Nos liamos la manta a la cabeza y, con más ganas que planes, salimos en dirección Este. Pasamos por Bilbao, nos acontecieron cosas sorprendentes en Pamplona y por fin, recalamos en el Valle del Roncal.

Un paraíso para la moto, oiga. Y para el resto de sentidos, si los hubiere. Curvas que se suceden hasta la saciedad, valles intrincados perdidos entre hayas y pináceas, moradores recios de recias convicciones a los que no conquistas a primera vista… Y queso. Famoso y exquisito queso del Roncal cuyo sabor te atrapa para siempre.

Claro, me compré un queso para traer a casa. Siempre lo hago. Y siempre se agradece en casa. Unas chistorras, un queso, una botella (o una caja) de patxarán… Viandas frugales para nuestra frugal existencia que, de cuando en cuando, van llegando al hogar.

Me gusta ver el queso ahí, en la repisa del armario de la cocina. Da olor y da gusto verlo. Y comerlo.

Pues ayer, mientras llevaba a nuestra perra guardiana al veterinario, un gato se coló de forma subrepticia en la cocina y se zampó medio queso. No hizo falta una labor de investigación muy exhaustiva para conocer al culpable, sus uñas marcadas en la corteza lo delataban.

Hoy, lleno de amor por los gatitos, ando por el huerto y el ala menos noble de la casa en busca de uno de estos amiguitos para preguntarle si se quiere terminar el queso, que, si eso, ya le traigo pan. Pan, pan.

Queso

Este es el queso del Roncal

Y esta es Nila, la perra guardiana.

Y esta es Nila, la perra guardiana.

Y este soy yo después de haber visto el queso: