italia

Están locos estos cristianos

 

A las ocho de la mañana comienzan a sonar las campanas de la iglesia que tengo al lado. De su afilado campanario salen unas notas agudas y desagradables que se extienden por el valle como una maldición. Durante diez minutos maldigo al campanero y a toda su estampa así como el pésimo gusto del constructor de semejante instrumento de tortura. Al final el estruendo hiestérico es sustituído por otro un poco más grave y este por otro aún más y esta abominable sinfonía se repitió durante media hora con sus campanas en tono decreciente. Aproximadamente en el minuto veinte de concierto no pude más y me levanté refunfuñando y reprochando el poco respeto de estos cristianos por el descanso ajeno. ¿No les ha dicho nada su profeta al respecto?. ¿Acaso son necesarios treinta minutos de estruendo para llamar a los fieles al rezo?. ¿Dónde han dejado el recogimiento?. Abogo por la fe silente y el agnosticismo respetuoso. Lo que hasta entonces era un lugar hermoso para vivir se convirtió, de repente, en un abominable infierno donde la tortura se practicaba sin piedad los domingos por la mañana. Por sorpresa los valles perdieron su encanto y la hermosura de los afilados campanarios pasó a ser una aguja afilada que laceraba la existencia. Malditos cristianos.
Por fin ha pasado el concierto campanil y la tranquilidad inunda de nuevo el valle. Mientras escribo mi diario sentado en un banco del parque pasa ante mi el que, supongo, es el monje campanero.
– Buon giorno, fratello-, le espeto mientras oculto, cínico, lo que en realidad pienso de él a la vez que descubro la cabeza caballerosamente.
En el hospital Valeria me explica que hoy es un día de “grande fiesta” en honor a la Virgen María de no sé qué. Habrá una procesión muy vistosa y fuocco en el monte, unas hogueras que pueden verse por todo el valle y que simbolizan algo de lo que no me entero muy bien. Además es el día de los secesionistas pro-austríacos y las calles están engalanadas con el rojo y blanco de la bandera de Austria. De todas las personas con las que hablo no hay nadie que se sienta italiano. Tampoco austríacos. Lo que sí tienen claro es la defensa de sus tradiciones y de su particular idiosincrasia, lengua incluída. Más cercanos a Austria por cultura, por idioma y por el nivel de vida, no quieren saber nada de italia, aunque todos hablan italiano como segundo idioma con más o menos soltura, como el caso de Edmund.
A Pedrossi, el vecino de cama, ya lo han dado de alta esta mañana. Ahora hay un magrebí que tuvo un accidente en el mismo lugar que Gelucho, en la gasolinera de Pratto dello Stelvio. No solo en el mismo sitio sino de la misma forma, un coche que giraba a la izquierda para entrar en la gasolinera y que no vio a pobre africano que circulaba tranquilamente por su carril. A mi me parece sorprendente.
Mi compinche hoy ha pasado mala noche, según él la peor de su vida, con grandes dolores y sin ningún remedio eficaz. El médico nos dice que tiene que quedarse cuatro o cinco días más. Para nosostros, que esperábamos salir el martes, esto es un enorme jarro de agua fría. A la vista de estos nuevos datos decido regresar el miércoles. No puedo esperar al fin de semana para saber si le dan o no el alta para su traslado y exponerme a llegar a casa el miércoles o jueves de la semana siguiente. No me agrada la idea de dejarlo aquí solo pero no puedo seguir aquí más tiempo. He agotado los días de vacaciones y estoy “de prestado”. La previsión era que le darían el alta el lunes pero la cosa se alarga más de lo previsto.

Sonno in stato di ebrezza

Hoy me levando a las ocho y cuarto, media hora más tarde de lo habitual. Se ve que la cerveza de ayer causó el efecto deseado y alguno más de indescriptible sensación esta mañana.
En el hospital sigue sin haber novedades, lo normal para un sábado por la mañana. Lo más destacables es que vuelvo a ver a Valeria, la enfermera que nos atendió el primer día y que tan bien nos había caído. Bromeamos un rato y le ofrezco un viaje a España en moto. Afortunadamente prefiere el avión.
Sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí ahora me encuentro tomando cerveza como un poseso en compañía de Walder, un sastre jubilado famoso en Silandro por pasar gran parte del día en lo que educadamente llaman, “stato de ebrezza”, es decir borracho o “ubriacco”. Es un hombre cariñoso y alegre. Cada dos por tres me da un abrazo de oso mientras se dirige a mi en una mezcla de italiano y alemán que me deja la cara a cuadros. Parece no importarle demasiado. Cuando me habla en alemán, en tedesco puro, parece que me está riñendo por algo que yo haya hecho o dicho. Sonrío con franqueza y Manuel, el camarero, dispone una nueva ronda de cerveza frente a nosotros.
A las cuatro de la tarde, abandono el bar y me voy a dormir la siesta. El resto del día transcurre, de nuevo, entre el hospital y el hotel.

Born to be Wild

A las cinco de la mañana me despierto con una tremenda cagalera y me paso el resto de la noche correteando hacia el baño.
El hecho de que amanezca a una hora tan estúpida como las cuatro y media de la mañana ha cambiado mis hábitos matutinos, de natural poco madrugadores. A las siete ya estoy integrado, casi con pleno derecho, entre el resto de la humanidad, habiendo quedado atrás la vida onírica y recoletamente ínitima de las sábanas.
En el hospital el paciente está en su sesión diaria de radiografías. Afortunadamente no lo dejarán calvo. Ha venido a vernos un monje muy simpático que nos habla de sus tiempos jóvenes en Roma con dos “hermanos” españoles, uno valenciano y el otro vasco. Eran momentos de lucha por las libertades, de plantar las semillas para que los jóvenes de ahora recojan el fruto y sigan luchando. Seguramente hace unos años despreciaría la visita del religioso y, probablemente, abandonaría la habitación con un mohín de desaprobación pero ahora, no sé si por la edad provecta hacia a la que, inexorablemente avanzo, o por tener una anchura de miras más amplia, no solo soporto su presencia sino que la disfruto. Desde que tengo el certificado de excluido de la iglesia católica, en forma de carta del obispado en que se me reconoce mi apostasía, todo lo que huele a bondad espiritual me parece digno de respeto y admiración. Sobre todo si huele a santidad sincera, claro. Sigo sin admirar a las hordas de cristianos que, a pesar de serlo, hacen caso omiso de su religión y toman de ella únicamente aquello que les interesa, creando un Dios y una religión a su medida, despreciando a los demás y prostituyendo las enseñanzas de su profeta. Sigo abominando a los fanáticos que corrompen el humanismo del hombre. Pero respeto y siento verdadera devoción por aquellos que siguen las enseñanzas de sus profetas y que vien con devoción el respeto religioso hacia los demás.
Le traigo un regalo de cumpleaños a Gelu. Es un pin plateado del Valle de Schalanders con un edelweiss, la flor de los Alpes. Queda muy agradecido pero su cumpleaños es mañana.
Desde la ventana de la habitación observo los cientos de golondrinas que tienen sus nidos en la fachada del hospital. Los han colocado en la parte superior del hueco de cada ventana, inaccesibles y resguardados de los elementos. Sus vuelos frenéticos, con acrobacias imposibles, le dan un toque especial a toda la fachada. Hay cientos de ellas. Desde la ventana admiro lo que promete ser otro día de cielos abiertos y calurosos. Probablemente sea el último porque la predicción meteorológica anuncia lluvias copiosas en el norte de Italia. De repente, mientras poso mi mirada perdida en lo alto de las montañas sinto unos enormes deseos de salir de nuevo a la carretera y atravesar otros paisajes, de correr nuevas aventuras cotidianas. Prefiero, eso sí, que sean más mundanas y con menos sobresaltos. Ya no necesito elevadas dosis de adrenalina después de esta semana aciaga.

Hoy he salido del hotel en chanclas. Ya no me queda ropa limpia. Ni calcetines, ni calzoncillos, ni camisetas… creo que ha llegado el momento de hacer la colada. Lavaré mi ropa delicada a mano en el bidet del baño de mi habitación. La otra también.
Mientras tomo una cerveza y navego por internet en la terraza de la calle me entero de que esta noche hay un concierto de rock a pocos metros de donde me encuentro ahora. Toca un grupo local llamado Shocking Minds y celebran, creo entender, algo así como el final de las clases. Será una buena oportunidad para salir de la rutina.

Al ritmo de los Who, de AC/DC o de Steppengwolf voy trasegando cervezas y sacando alguna foto. En el descanso charlo un rato con el cantante y le cuento nuestra aventura en su pueblo. Me dedican una versión muy buena del “Born to be wild”. Al término de la actuación conozco a Bruno, uno de los “gruppies”. Lleva dos años estudiando español y, la verdad, no ha perdido el tiempo. Tiene una conversación fluída y un amplio vocabulario. Se va a ir a Uruguay dentro de unos días.Me voy a la cama un poco pedo

Preparando un Venezziano

Son las ocho y media de la mañana y estoy en el hospital. No hay novedades. El postrado lleva cinco días sin cagar. Me imagino que hacer de vientre tumbado ya es una cosa difícil “per se” pero si, además, tienes dolores cada vez que intentas moverte la cosa puede llegar a ser bastante complicada. A la una de la tarde se lo llevan al baño en una silla de ruedas. Se marea un poco pero es capaz de mantenerse en pie perfectamente. Para mi supone un alivio verlo erguido aunque se le vean aún más moratones en la espalda y las piernas. Después de tantos días en la cama, en postura horizontal, verlo incorporado es como si la recuperación hubiera avanzado de forma ostensible.
El omóplato le duele menos y no se queja de la espalda al ponerse de pie. Vuelvo al hotel y me tomo un Martini mientras me conecto a Internet en la terraza del bar. Creo que quiero volver a Silandro.

De nuevo en el hospital, dejo la fruta en la ventana y me siento a lo pies de la cama. A Gelu le acaban de comunicar que ninguna de sus lesiones precisa operación. Definitivamente. Respiramos aliviados.
A las seis de la tarde traen, como cada día, la cena y, por fin, puede comer sentado a pesar de los dolores. Lleva todo el día sin calmantes porque alguien se olvidó de colocarlos en el gotero.
Hoy tampoco le han quitado el drenaje con lo cual ya resulta imposible salir antes del lunes. Vista la previsión de lluvias para el fin de semana en el sur de Francia casi prefiero salir de lunes, la verdad.
A las ocho de la tarde salgo del hospital esperando encontrarme, después del bofetón caluroso del porche acristalado, el día agobiante que nos acompañó toda la jornada. En lugar de eso un aroma a hierba recién segada inunda todo el valle de Venosta reconfortando el espíritu. Aspiro grandes bocanadas de aire y me dejo seducir por el encanto del día que finaliza. En las laderas de enfrente los aspersores riegan frenéticamente los manzanos, algunos prados están en plena henificación, los tractores se oyen cerca del río… la vida fluye por aquí, puedo palparlo, saborearlo, percibirlo incluso con los ojos cerrados.
En este valle la gente se casa joven. Con veintipocos años ya tienen su primer hijo según me cuenta Christian, uno de los camareros del hotel. Dice que la gente no disfruta de la vida y que solo piensan en familia, trabajo y cerveza, supongo que en este orden. Él, que con veintitrés hace menos de una semana que llegó de un viaje de siete meses por Australia, tiene una visión muy distinta de lo que ha de ser la vida. Me dice también que el ambiente festivo comienza en verano y que la tranquila vida primaveral se trastoca un poco en estos tres meses.

Voy mejorando mi nivel de italiano y ya soy capaz de mantener conversaciones, más o menos largas, con los locales. Me saludo con los habituales y estoy comenzando a formar parte del paisanaje de la villa.
Ayer ví un entierro. Abría la marcha fúnebre una cruz y un pendón de tela de forma triangular que pendía de un palo. Detrás, con semblante circunspecto y acomodado a las circunstancias, una caterva de señoras que rezaban el rosario precedían al féretro, color crema, que se desplazaba sobre una especie de plataforma con ruedas. Era guiado por cuatro hombres que lo empujaban con solemnidad, dos a cada costado. Detrás tres curas que eran seguidos de cerca por el resto del cortejo fúnebre. Ni fu, ni fa. Los entierros son entierros y yo, como todos, mostré mi respeto guardando silencio. A decir verdad eso no era mucha novedad en mí durante estos días en que este puñetero dialecto del alemán me impide relacionarme como yo quisiera.
Por la noche Beni me enseña a preparar un Veneziano: vino seco, Aperol y agua con gas.

Del Stelvio al Cielo

Ayer decidí subir el Stelvio a pesar de que trae malos recuerdos. Lo haré, no sólo por mi que llevo más de diez años soñando con ello, cuando en una revista de motos leí el viaje de alguien que había estado por ahí arriba. También por mi compañero de ruta.
El día amanece con niebla en las cumbres y no parece que vaya a haber muy buenas vistas desde el puerto. Me da igual.
Antes de salir pas opor el hospital a ver que tal ha pasado la noche el convaleciente. Como era dee sperar no hay novedades. El asunto se está convirtiendo y algo rutinario y desesperante. Nunca hay novedades, nunca pasa nada. Estamos deseando que el drenaje deje de fluir y poder volver a casa pero esto es el cuento de nunca acabar. Día tras día siempre es lo mismo. “Domani vidiamo”, “quatre o cinque giorno”, “tutto va bene”… pero aquí seguimos varados sin posibilidad de ir a ninguna parte. Cuando el pulmón deje de estar encharcado podrán embarcarlo “sullo aéreo”, en el avión, y yo dirigirme al norte, a Suiza, Lyon, Pamplona y mi casa.
En la habitación, mientras le cuento a Gelu mi intención de ir a Bormio y Stelvio entra un chico joven con una caja de bombones. Su cara está compungida y avanza con timidez hacia la cama. “Edmund”, – le digo. “come stai?”. – mientras le extiendo la mano con una sonrisa.
Edmund era quien conducía el Fiat que arrolló a Gelucho. Está nervioso y su expresión denota abatimiento y miedo a partes iguales. Se deshace en disculpas en un, para nosotros, incomprensible tedesco mezclado con un italiano bastante rudimentario. Charlamos sobre su trabajo y sobre lo mucho que sintió haber causado el accidente.
Luego, mientras preparan la habitación, Edmund y yo salimos a la calle donde me cuenta sus desgracias de los últimos meses. Su novia, embarazada, ha tenido un aborto hace unas semanas y lo han dejado después de un montón de años de relación. Lleva tres días sin dormir a causa del accidente. Ha llamado al hospital varias vece spero no quisieron darle información así que, se armó de valor, y vino a ver cómo estaba el enfermo.
De vuelta en la habitación recibe una especie de absolución, de perdón fraterno por parte del herido y se va entre disculpas y palabras de agradecimiento. Parece una buena persona, Edmundo.1
Ahora estoy, de nuevo, sobre la moto. Vuelvo a pasar por quinta o sexta vez por el punto exacto del accidente, ya me lo conozco de memoria y creo que tardaré tiempo en olvidar el lugar. Asciendo lentamente y vuelvo a superar los “tornanti” más endemoniados. Hoy ya se ve un poco de tráfico, alguna moto solitaria y un par de deportivos de pequeño tamaño. La niebla se deshace en jirones, dejándose descolgar mansamente entre los bosques de abeto y, más arriba, en las laderas peladas y cubiertas de nieve, pueden verse grandes claros. Hoy no hay marmotas fijando su curiosa mirada en mi.

Subiendo al Stelvio

Aparco la moto debajo del cartel de Bormio, al lado de otras cuatro motos con matrícula española. Creí que iba a ser el primer español en pisar el Stelvio en el año 2010 pero no, he sido el quinto. El puerto abrió ayer por la tarde y hoy ya está a rebosar de motos. Compro algunas pegatinas en los puestos de souvenirs a precios de infarto, saco unas fotos y me dejo inundar por el placer de estar aquí arriba. Es como un estúpido sueño cumplido, una obsesión mantenida en el tiempo que ahora se va para dejar paso a otro estúpido proyecto, a otra estúpida obsesión. Al menos esta no me ha desilusionado, estoy donde tengo que estar.

Stelvio

Y tres veces he tenido que intentarlo para llegar hasta aquí. ¿Acaso era algo tan difícil? Me invade una cierta zozobra. Hay una persona que me acompañó en los dos primeros intentos y que ahora yace en una cama del hospital de Silandro. ¿Acaso es una víctima de mis obsesiones? No puedo evitar sentir, de nuevo, un sentimiento de culpabilidad. Es inevitable preguntarse, ¿y si yo no hubiera…?.
Me voy al Umbrailpass que separa Italia de Suiza. La frontera está vacía y corre un viento frío. Comienzan a caer las primeras gotas. Al entrar en el país helvético la carretera mejora, el asfalto es nuevo y no se ve ni un solo bache. Estoy en el culo del mundo alpino e, incluso aquí, el orden cuadriculado de los suizos se ve en detalles mínimos. Una papelera enorme en cada apartadero con sus correspondientes apartados para separación de residuos, una valla de madera primorosamente colocada… De repente se termina el asfalto y entro en una pista de tierra. Ni un solo bache. En mi país hay carreteras que envidiarían esta pista.

Delante de mi tres motos austríacas se afanan en la bajada. Volvemos al asfalto y la custom se queda atrás. Nosotros tres seguimos hacia abajo en dirección al fondo del valle devorando curvas de pendiente imposible.
El viaje se termina y vuelvo al hospital donde permanezco tres horas. Me conozco cada escalón, cada pasillo, cada sonrisa amable de las enfermeras, cada mirada indiferente del ordenanza. Todo es tan familiar y tan malditamente cercano…
A las cuatro de la tarde recibo una llamada de la asistencia médica en España. Me dan una previsión de alta para el viernes y repatriación en 24 o 48 horas. Parece que las cosas se van aclarando y que la maquinaria herrumbrosa de la vitalidad parada vuelve a ponerse en marcha pesadamente.
Una brisa caliente recorre todo el valle de Venosta creando un ambiente opresivo. En las calles peatonales de Silandro veo muchas chicas jóvenes paseando a sus hijos en cochecitos de bebé. La proporción de mujeres con respecto a los hombres es de tres a uno por lo menos. Decenas de niños en bicicleta pasan ante mi mientras apuiro una cerveza Forst en la terraza de un bar. Sus risas resuenan entre las callejuelas a la par que la barriga oronda de un alemán llega de hacer trekking. Este es un bonito lugar para descansar y olvidarse de todo, perdido en un hermoso valle alpino del norte de Italia. Cada minuto tengo presente a mi amigo, tumbado en la cama con los ojos fijos en el techo de la habitación y furtivas miradas a las cumbres nevadas de su derecha. El tempo transcurre despacio, como la arena de la playa escurriéndose entre los dedos de las manos. Necesito volver a la carretera.
Esta mañana tuve un conato de discusión telefónica con Elena a causa de la moto. Comprendo perfectamente su angustia por mis escapadas, su preocupación cada vez que emprendo un viaje pero hace años que, para mi, viajar en moto es algo más que un placer, es una necesidad imperiosa de la que no consigo desengancharme. Intuyo que esto va a traer problemas de convivencia.

 

1 El día que esto se publica le arrancaría los ojos a Edmundo y le rellenaría las cuencas con hormigón, pero eso es otra historia.

En Vía Muerta

 

Hoy es martes, es el tercer día que vamos a pasar en Silandro. Alrededor de las cinco de la mañana abrí los ojos y el rosicler del amanecer comenzaba a inundarlo todo.

En el hospital a Gelu le han dicho que no podrá salir hasta el sábado o el lunes. Esto es una nueva modificación de planes y supone quedarse toda la semana aquí. Los plazos se van alargando y no me queda más remedio que hacerme a la idea que la cosa va para largo. Ha pasado mejor la noche y los dolores van remitiendo poco a poco. También le comentaron que la lesión en la espalda es en la "cresta". Los médicos de aquí han enviado el informe a un cirujano de Bolzano que, parece ser es un especialista de renombre, para tener una segunda opinión. Él tampoco ve necesaria la intervención quirúrgica.
Sentado a los pies de la cama le leo al paciente varios capítulos del libro "Sin Fronteras" de Gustavo Cuervo. Gustavo es un viajero incansable que ha recorrido medio mundo en moto y que ha publicado su libro en Interfolio, la editorial de un conocido común del mundo de las motos. Ni siquiera me planteo si ésta es la lectura más apropiada para alguien que acaba de subrir un tremendo accidente de moto. Quizá, en mi subconsciente, esté preparando mentalmente a mi amigo para el siguiente viaje. Sea como fuere, bien sea por egoísmo o por el bien del paciente, la lectura de "Sin fronteras" me parece de lo más adecuado.
No deja de sorprenderme la entereza de mi amigo. Hace ya muchos años que lo conozco y sé que es un tipo duro y con paciencia, con una serenidad de ánimo difícilmente quebrantable. Ni siquiera cuando le dijeron que tenía dos vértebras rotas mostró signos de flaqueza. Puede que en su interior estuviera tan acongojado como yo pero en ningún momento pareció asustado. Parece aplicar la máxima de que si los problemas tienen solución no hay de qué preocuparse y si no la tienen, preocuparse no sirve de nada. Yo procuro no hablarle de repatriación ni de la vuelta a casa, tan sólo poner de manifiesto los progresos que vamos obteniendo y las mejoras visibles desde el primer día. Y él sigue postrado en la cama, inmóvil, con la mirada inexpresiva clavada en el techo, horadado de tanta observación.

Ayer me llamaron los de Km Cero. El mecánico de aquí les dijo que la Multistrada era una Ducati, una moto histórica. Visto lo visto, y a pesar de que la culpa del accidente la tuvo el conductor del coche, yo la calificaría como una moto histérica. El bueno de Herbert, ¿Cómo se le habrá ocurrido decir que la Multi es histórica?. Él habla un italiano horrible pero aún debe de sentir cierto afecto por las máquinas italianas. Ayer ya le noté cierto grado de pasión cuando dijo, con voz solemne, "questo e una Ducati". Su pasión por los motores se hace bien patente con una mirada al taller. Todo está colocado en su sitio, todo es pulcro y ordenado. Hay cierta querencia en el taller a lo clásico y un marcado gusto por lo viejo. A la puerta un Fiat Cinquecento de los años 60 está siendo mimado por Herbert y en el interior, en una de las salas, reposan un Lotus Esprit y un Porche 911 cabrio. Otros dos mecánicos trabajan en silencio en los bajos de vehículos más mundanos.
Sea como fuere en el seguro han debido tomar las palabras de Herbert como literales y me acaban de comunicar que el traslado se realizará lo más pronto posible.
La niebla lleva toda la mañana instalada en los Alpes del Val Venosta impidiéndome ver las cumbre nevadas e impregnando la atmósfera de una cierta melancolía. En el día de hoy todo parece recobrar un cierto equilibrio, aunque probablemente todo estuviera equilibrado y era yo el que no estaba bien. Se me ha pasado la sensación de angustia de estos días y el sentimiento de culpabilidad me abandona. Comienzo a ver esta situación como algo normal y a aceptarla sin negaciones. Los paseos al hospital, las caras amables de las enfermeras, mi compañero inmóvil en la cama, el regreso al hotel por las calles de las tiendas… todo comienza a formar parte de una rutina cálida y cotidiana que me da seguridad.
Escribo sentado en el aparcamiento del hospital, sentado en el bordillo, con la rueda de una BMW R1150 RT a la altura de mi cara. Es una hermosa vacaburra teutona de la que me gustaría ser propietario.  El neumático delantero está a punto de enseñar su alma de alambre y pienso en el poco respeto que tiene el dueño por su moto. Se le ha caído una vez y muestra algunos desperfectos sin importancia en la maleta. Qué cojonudo sería volver con esta moto a España. Este rincón, en el que fumo de forma compulsiva, se está convirtiendo en mi oficina al aire libre. Desde aquí veo el estilizado campanario de la iglesia en el que, cada dos por tres, suena el tañido horario que se extiende por el valle inundándolo todo y añadiendo sus notas de normalidad melancólica.
Otro día se acumula sobre el anterior.

El Quid de la Gestión

 

Amanece a las cinco de la mañana. Una hora absurda para que el sol haga su aparición en el microuniverso en el que vivo. Esta noche ha llovido. A las ocho me doy una ducha y, después de desayunar en el hotel, salgo hacia el hospital deseando que una mejoría milagrosa que los médicos no son capaces de explicar ni comprender, que un error inexplicable de interpretación le de la vuelta a la situación en la que estamos. No va a ocurrir eso, claro que no.
El doctor Stecher me dice que en tres o cuatro días le retirarán el drenaje y podrá ser repatriado a España en avión. "Lui e bravo", me dice. Si, ya sé que es valiente. No ha salido de su boca ni un solo gemido, ni un quejido lastimero pidiendo que la humanidad se apiade de él. No es alguien a quien le guste pedir y aún menos, suplicar. Ayer, cuando estábamos en urgencias, ni siquiera parpadeó cuando le comunicaron que tenía una lesión "delicada" en la espalda. Fue un día de altibajos, ayer. Primero el Dr. Stecher nos dijo que en un par de días podría irse a casa en avión. La cosa no parecía tan grave. Luego, cuando apareció en neumotórax, rectificó y nos comunicó que habría de quedarse en observación un tiempo, hasta que el pulmón drenara porque no podía subirse en un avión en esas condiciones. Mal asunto. Al final de la tarde, ante mi insistencia por obtener plazos, me despachó con un lacónico "entre cuatro días y una semana". "Dobiamo spetare". (debemos esperar).

Hospita

Hoy Stecher nos anima la mañana con un plazo de tres o cuatro días. El pulmón está drenando muy bien y no augura problemas. Ellos se encargarán de preparar al paciente para el traslado y de comunicar a la compañía de seguros los requsitos para el traslado. Antes de iniciar el viaje contratamos la asistencia con KMCero, la compañía que MediaBike, un grupo de profesionales relacionados con el sector motociclista, puso en marcha en el año 2002. Ayer, cuando hablé con ellos, todo fueron facilidades y palabras amables. Acostumbrados, como estamos, a que la asistencia telefónica de las operadoras de telefonía sea fría y deficiente, para mi fue una agradable sorpresa encontrarme con una voz cercana, aunque estuviera a tres mil kilómetros de distancia.
A Gelucho se lo llevan a hacer unas placas y aprovecho para ir al taller a ver la moto y concretar su repatriación y a los carabinieri para obtener todos los datos posibles sobre el siniestro.
Voy conduciendo con extrema prudencia. en realidad voy acojonado. Me imagino que, por una cuestión de estadística simple, las probabilidades de que yo tenga también un accidente son de lo más escaso. Aún así voy agarrotado, con el miedo en el cuerpo, sin soltura.

Ducati Multistrada crash

Herbert, el mecánico, dice que en una o dos semanas se llevarán la moto a España. Ningún problema en ese sentido. Pasará un perito de la compañía en Italia y ordenarán el traslado porque la reparación, según él, es inferior al valor venial de la moto. Me cuesta bastante entenderme con Herbert. Habla italiano pero con un marcado acento tedesco, ese alemán tan particular de esta zona de Italia. La moto reposa en el sótano, en silencio, aparcada en una esquina. El manillar está doblado hacia atrás, como los cuernos de una cabra. Ha perdido los dos puños y el metal luce una desnudez pudorosa. La cúpula se descuelga, flácida, hacia un lateral, mirando al suelo humillada. El resto de la moto tiene algunos arañazos y dos de las maletas están rotas pero no parece sufrir daños graves. Aún así se la ve tan avergonzada. Parece sumida en un estado de catarsis.
En el puesto de los carabinieri, donde ayer presenté los papeles de la moto y de Gelu, está cerrado. Es una casa de una sola planta, un chalet más del vecindario con pocos signos externos de que eso sea una comisaría de policía. Un cartel me advierte de que estoy en zona militar y que está prohibido el paso. Abro la verja de madera y llamo a la puerta. Aquí no hay nadie. En el jardín yacen, desparramados sobre la hierba, un triciclo y varios juguetes. La imagen jocosa de los carabinieri decomisando el triciclo pasa fugaz por mi cabezal. La bandera italiana fenece en lo alto del mástil en esta mañana sofocante y calma.
Paso, por segunda vez en el día de hoy, por el lugar del accidente. Me detengo a sacar unas fotos y a imaginarme cómo ha sido la sucesión de acontecimientos. Aún se puede ver la frenada, las marcas rojas del arrastrón de la Ducati… El resto está impoluto. Si no fuera por estos pequeños detalles podría decirse que aquí no ha pasado nada. Un trozo de plástico de la maleta me mira desconsolado camuflado entre las hierbas del arcén. Con mirada lacónica le digo que su destino ha sufrido variaciones y que sus viajes, a partir de ahora, ya no serán en moto. La situación me recuerda a la película "Amanece, que no es poco", en la escena en que un agricultor habla, como cada tarde, con su calabaza.

 

Prato dello Stelvio

Me subo de nuevo a la moto y salgo en dirección a Males, la capital del valle donde está la central de los carabinieri.  Dada nuestra situación reparo en que Males es un nombre muy apropiado.
El jefe de los carabinieri hoy tiene un aspecto menos desenfadado que ayer. Luce uno de esos ridículos uniformes que parecen heredados directamente de los tiempos de Mussolini. A juzgar por los dibujos que adornan su despacho veo que tiene ciertas inquietudes artísticas. Los cuadros son variaciones monótonas sobre temas policiales. Es un hombre de su familia y de la policía que, probablemente, se pase las tardes del sábado haciendo barbacoa o paseando en bici. Es muy amable y enseguida comienza a prepararme un informe con los datos del propietario del coche y el lugar del accidente. No me podrá dar el atestado porque es material oficial que se irá a Bolzano y de aquí a Milán, a la embajada. Con el exiguo informe en la mano me acomodo, de nuevo, en la moto y regreso al hospital.

Hospedale di Silandro

Aquí no hay variaciones, todo está tal y como lo dejé hace unas horas. Las enfermeras pululan sonrientes y los pocos internos arrastran sus pies pesadamente por el pasillo. Es curiosa la escasez de enfermeros que hay. a decir verdad no he visto ninguno. Los únicos hombres que hay en plantilla son los médicos, algún que otro residente barbilampiño y los fornidos celadores, que igual podrían ser monitores de esquí que descargadores de muelle. El hospital es tranquilo y moderno. No es que me encuentre a gusto aquí pero, dentro de lo malo, creo que en este aspecto hemos tenido suerte. Beni, el encargado del hotel me ha dicho varias veces que es el mejor hospital de todo el valle, que aquí hay dinero y no se ha escatimado en medios. Es un consuelo.
Antes de venir al hospital, en la habitación del hotel, escribí un par de postales, una a mi fan número uno, Vanesa, que no se pierde ninguna de mis aventuras motociclísticas y la otra a la dueña de nuestro bar de cabecera donde cada martes hacemos el ensayo gaitero. Era un vano intento de regresar a una realidad alternativa, lejos de Silandro y de las elucubraciones que por aquí nos ocupan. De vez en cuando me refugio en mi cuaderno de viaje, una triste bitácora estos días, en el que voy escribiendo ideas, pensamientos, reflexiones. Y en el que dejo constancia de este sentimiento de culpabilidad que me invade, una culpabilidad opresiva que me corroe y me acompaña constantemente. En este buble en el que, poco a poco, me voy hundiendo, pienso en Martín, mi hijo, y en las ganas que tengo de verlo. Me gustaría abrazarlo, achucharlo, mientras él, como siempre, rehuye los mimos porque ya es un preadolescente de once años que aún no se entera de que está estrenando el mundo. Y en Elena y lo mucho que le gustaría este hermoso valle de Silandro. Escribo en el aparcamiento del hospital, sentado en un bordillo a la sombra, junto a mi moto. De nuevo me asalta la angustia, la zozobra impertinente de la incertidumbre y, otra vez, las lágrimas vuelven a resbalar por mi mejilla.

El valle de Males-Silandro es un lugar bien hermoso. Una enorme llanura rodeada de montañas, nevadas en sus cumbres, donde todo está limpio y cuidado. Estamos a menos de veinticinco kilómetros de la frontera con Suiza. La tarde discurre pesada, calurosa. Para escapar de este tedio, mentalmente, voy elaborando mi ruta de escape, la vía de regreso para cuando llegue la hora de despertar de esta pesadilla. Pienso en Suiza por el Norte, en Milán por el Sur, en hacer más puertos de montaña. Poco a poco se va apagando la sensación de estar en el culo del mundo.

Hospital de Silandro

Me paso la tarde en la habitación del hospital. Un nuevo doctor, más joven que Stecher y con menos carga diplomática me lleva a una sala de reuniones para explicarme con claridad las lesiones de mi compañero. Supongo que pensarán que soy muy pesado pero siento una imperiosa necesidad de preguntar constantemente a los médicos el estado y alcance de las lesiones. No me preocupan las costillas, la escápula, el drenaje y todo el estropicio en que se ha convertido su cuerpo. Mi interés se centra en las vértebras. En la sala, frente a un esqueleto de plástico, me va señalando las partes dañadas y yo, como un alumno aplicado mantengo un silencio grave mientras me desgrana los detalles de cada lesión. Su voz suena hueca, vacía y distante, como quien recita de memoria una cantinela bien aprendida. Aún así es parco en detalles. Probablemente una o dos costillas rotas, no ha visto la radiografía, la escápula fracturada y la quinta y séptima vértebras rotas y aplastadas. Trago saliva y contengo la respiración. La lesión "non e piu grave" puesto que no afecta a la médula. La rotura es en la espina del hueso, por encima del foramen vertebral y el pedículo. Exalo una bocanada de aire que sale en forma de suspiro de alivio. El pulmón también va mejor y en cuatro o cinco días podrá ser trasladado a España. Esto de los plazos me está matando. Hemos pasado de los "dos o tres días" de ayer por la mañana a los "tres o cuatro" y ahora vamos por los "cuatro o cinco". Patientia hermana nostra, que diría el pirata de los cómics de Axterix.

Hospedale di Silandro

Son las cinco y pico de la tarde y me voy a comer. No es que tenga mucho apetito pero supongo que necesitaré alimentarme un poco para sobrevivir en el valle. Ayer me mantuve con el desayuno como única ingesta del día hasta las doce de la noche en que comí un sándwich de tamaño ridículo.  Los restaurantes están cerrados, no abren hasta la hora de la cena, las seis de la tarde. Disponen de un horario al que no sé si podría acostumbrarme. Amanece a las cinco de la mañana, a las seis y media o siete ya hay movimiento, se come a las doce y a las seis o las siete de la tarde se cena. ¿Qué podría yo hacer, en circuntacias normales, hasta la una de la mañana que me acuesto todos los días?. Mondo Dificile,  Tonino Carotone dixit.
Me interno en una librería para comprar un diccionario de italiano-español pero todo lo que tienen está en tedesco. El librero, un ajado talibán de lo alemán con cara de página amarillenta se encarga de instruirme cuando pregunto si el tedesco es un dialecto del alemán. No, es alemán puro. No me pasa desapercibido como pronuncia la palabra "puro" remarcada en tono y entonación. Alemán puro. Esas palabras de reminiscencia aria revolotean en mi cabeza durante un rato. Pido disculpas por mi ignorancia y salgo de la librería con las manos vacías.
Prego, tagliollini colorata e una birra Torst -. La camarera luce una falda ajustada, negra, y en su interior se adivinan unas curvas sugerentes. Cuando se inclina sobre la mesa para servirme la pasta reparo en que la camisa esconde, de mala gana, unos pechos generosos que miran al cielo. Tiene una belleza sutil, casi tímida. No sé si estoy almorzando o cenando porque son las seis de la tarde y es mi segunda comida del día. El desayuno, aunque copioso, es un hecho histórico que mi estómago apenas recuerda. Tengo que organizarme un poco con esto de las comidas porque estoy totalmente descocado.
Vuelvo al hotel con la mirada perdida y con los pechos de la camarera en el recuerdo. Era rubia.

Hotel en Silandro

Beni, el encargado del hotel es un chico joven y jovial. Tiene una mezcla de seriedad italo-austríaca con el desenfado brasileño. No me cuenta gran cosa de sus estancias en Brasil, sólo que va una vez al año y que hay una mujer de por medio. Admiro el plan. Charlamos un poco sobre la idiosincrasia de la zona, de esas peculiaridades que hacen que no se sientan ni italianos ni austríacos. Como mucho, un poco austriacos y siempre con recelo de todo lo italiano. Me recuerdan un poco mi tierra, a caballo entre Asturias y Galicia donde, aún siendo asturianos hablamos gallego y nuestra cultura es más cercana a lo gallego que a lo asturiano. Volvemos a lo de siempre, el asunto de las fronteras trazadas en un despacho, a conveniencia de los señores, dueños de tierras y hombres sin importar las isoglosas y las peculiaridades culturales. Tuvieron, dice Beni, un grupo que ellos llamaban "activistas" y los italianos "terroristas". Se trataba del Comité para la Liberación del Sudtirol, (BAS), que pasó de atentado contra edificios públicos a acciones más duras que terminaron con la vida de 21 personas. Esta región, ligada a Austria antes de la Primera Guerra Mundial, se vió envuelta en un baile de nacionalidades, pasando de Austria a Italia después de la PGM, de ahí al Tercer Reich, después a Italia, con gran represión fascista y, por fin, en 1972, le fue concedida una amplia autonomía con poder legislativo que es única en Italia. ETA también tuvo sus relaciones con el BAS pero, según Beni, la cosa no terminó de cuajar. Tampoco con el IRA. A día de hoy, tener aquí el domicilio aquí supone un estatus especial y una garantía de buen nivel de vida.
Después de esta lección de historia me retiro a mis aposentos.

Crash Over

Despertar no es un acto duro “per se”, abres los ojos y ya está, el mundo vuelve a aparecer y, aunque tu no lo recuerdes, estarás, más o menos, en el lugar en que te dormiste. Lo verdaderamente traumático es tomar consciencia de que estás despierto y comenzar las primeras evoluciones para proceder a la incorporación de tu cuerpo físico. Me refiero, claro está, a levantarse de la cama después de una noche de copas.Primero sobreviene la sorpresa de recorrer con la mirada el lugar en el que estás y constatar, con desagrado, que no es tu casa. Una vez superado este primer escollo y realizada la composición de lugar realizas el primer giro de cabeza, tan sólo para percibir el primer pinchazo de dolor en las sienes. Instintivamente te llevas la mano a la los parietales y, con una ligera presión, te das el primer masaje para intentar salir del encefalograma plano en el que te hayas. Luego te arrebujas bajo las mantas intentando que eso que te está ocurriendo no sea más que un mal sueño del que aún no te has despertado. Cuando, por fin, haciendo acopio de valor decides incorporarte, lo haces por tiempos, quedándote sentado en el borde de la cama, apiadándote de ti mismo y prometiendo, solemnemente, que no va a volver a ocurrir, que no volverás a tomar nunca esa última copa que, estás seguro, es la que te jodió de esta manera. Ni por un instante piensas que la mezcla de vino, chupitos, cervezas y cubatas no es buena de ninguna manera, no. Ha sido aquella última copa, cuando ya no tenías sed y cuando el garito estaba a punto de cerrar la que te está amargando esta mañana de forma insistente.
Gelucho está durmiendo a mi lado, roncando, mientras la luz del sol pugna por entrar entre las cornitas del enorme ventanal del salón. Margy también duerme profundamente en la cama de al lado. Mientras voy rumiando mi desdicha en pos de una aspirina pienso en que pronto pasará esta horrible resaca y que, en pocas horas, estaremos en Italia, subiendo el Stelvio, disfrutando de las hermosas vistas de Belagio, el lago Lugano… Otro día hermoso para viajar en moto. Son las nueve de la mañana y el calor ya aprieta, calculo que unos veinticinco grados de temperatura. Perfecto.Mientras Margy prepara el desayuno despierto a Gelu sin demasiados miramientos y le recuerdo que la terraza no es el mejor sitio para dormir, por mucho que el amanecer sea el momento más hermoso del día. Su cara desencajada y gesto torcido hacen que no necesite más respuesta.
Después de desayunar y preparar el equipaje nos despedimos de nuestra anfitriona. Nos ha tratado como a amigos de toda la vida, hemos congeniado estupendamente y me gustaría quedarme unos días más pero la ruta debe continuar. A veces pienso que estos viajes míos son como un mandato divino, una peregrinación hacia ninguna parte que siempre debe continuar. No hay lugar para el descanso, tan solo viajar sobre la Vstrom y llegar a un nuevo lugar, conocer otras gentes, hacer nuevos amigos y avanzar, como dice el título de mi página web, sin destino, sólo hay travesía.
Ascendemos por la autopista, que nos llevará hasta el Brennerpass, con mucho tiento porque las curvas de “paella” se suceden y, a pesar de los tres carriles es fácil comerse una de ellas. Las autopistas austríacas son de factura impecable. Anchas, con buen firme y con tráfico fluido, al menos en esta soleada mañana de domingo. Yo llevo la pegatina que me autoriza a circular por ellas pero Gelu está aquí de ”ilegal”. No es que yo sea más cumplidor de la ley que él, simplemente a Margy le sobraba una y la colocamos en mi moto. Sin este requisito no se puede hacer uso de ninguna autopista, o mejor dicho, se puede hacer uso pero te arriesgas a una multa importante si te sorprende la policía sin el adhesivo.
Mientras descendemos, ya en Italia nos adelanta un grupo de Ferraris. Unos kilómetros más adelante volvemos a rebasarlos y me sitúo en paralelo mientras saludo al propietario y le hago monerías. El me sonríe, cómplice. Ambos estamos disfrutando de la ruta, aunque de forma totalmente distinta.
Pronto abandonamos la autopista y regresamos a las carreteras de montaña. El plan sigue su curso y antes de atacar el Stelvio subiremos el Passo Giovo a dos mil noventa y cuatro metros, un puerto de quince o veinte kilómetros plagado de curvas de ciento ochenta grados y donde se dan cita un buen número de motos de toda clase. Hay varias custom que ascienden torpemente en pos de la cima. Definitivamente una moto diseñada en su origen para los grandes espacios abiertos de Norteamérica no se encuentra en su medio ideal negociando curvas en los Dolomitas. Recuerdo mis tiempos de ruta sobre la Intruder 1400, una máquina con gran lanzamiento de horquilla y una tendencia demencial a caerse hacia el centro de la curva. Por no mencionar sus frenos, altamente ineficaces a la hora de detener aquella mole de hierro cromado con motor de tractor. Era una moto bonita y poco más. 
Aquí, en la cima, disfruto del frescor alpino y me congratulo de pisar de nuevo Italia. Me encanta hablar italiano. Reconozco que no tengo ni idea y que, lo que no sé, me lo invento, pero, aún así, es un placer juntar los dedos de la mano derecha y gesticular como un mafioso siciliano. Esto de los idiomas es un tanto frustrante para mi porque, sin dominar ninguno, siempre intento hacer algún chapurreo allí donde me encuentre. Ya hemos pasado San Martino y llegamos a Merano, una ciudad hermosa con amplios jardines y paseos que será el preámbulo de nuestro ascenso al Stelvio. Lo tengo tan cerca, tan al alcance de la mano que ya estoy saboreando el aire de la cumbre, sus cuarenta y ocho “tornanti”, su halo de puerto mítico.
Circulamos por el Val Venosta y varias motos nos dan la pasada sin respetar líneas contínuas. Aquí todo lo concerniente a la regulación del tráfico parece más relajado. En una de las “porterías” con paneles de información de tráfico me parece leer algo del Passo dello Stelvio pero no le presto demasiada atención. Después de pasar Silandro tomamos un desvío a la derecha, enfilando definitivamente, las primeras rampas que conducen al Stelvio. A la derecha un cartel dice algo de que el Stelvio está cerrado por la nieve. Me imagino que se habrán olvidado de quitarlo porque estamos en el mes de junio y en esta época no hay puertos cerrados.Allá, al fondo del valle se ven los impresionantes picos del Parco Nationale dello Stelvio, con sus cumbres cubiertas de nieve y las laderas oscurecidas por el verde de los abetos. Es un paisaje tíicamente alpino, una postal mítica de los Alpes italianos. Sonrío maliciosamente en el interior del caso y me digo “allá vamos”. Gelu se ha quedado atrás, haciendo sabe Dios qué y decido no esperarlo, ya nos veremos arriba. Agradezco que vaya un poco más lento porque este tramo de ruta es para disfrutar en solitario, en comunión con la carretera, en egoísta ascensión que ha de experimentarse en la más completa soledad 
Con las primeras rampas vulevo a ver otro cartel que indica que el puerto está cerrado. Este sí lo leo claramente pero prefiero pensar que se trata de un olvido. Si el puerto estuviera cerrado las indicaciones serías más visibles y más ostentosas. Aquí está el primer “tornanti”, empedrado, como corresponde y con una buena pendiente. Un placer malsano recorre todo mi cuerpo en este primer saludo al Stelvio. Es un hola sosegado que escenifico entornando los ojos y torciendo la boca en una mueca que tiene algo de lascivia.Las curvas cerradas se suceden y la pendiente es cada vez más pronunciada al tiempo que la carretera se va estrechando. Los abetos jalonan la carretera y se descuelngan ladera abajo manteniéndose firmes en esta pendiente imposible. Al dejar atrás las últimas casas una barrera pintada de blanco y rojo se haya levantada. Se trata de un dispositivo que se usa para cerrar los puertos al comenzar el ascenso durante el invierno, cuando están cubiertos de nieve. Más arriba, otra barrera, ésta de bloques de cemento, también está abierta. Esto corrobora mi teoría de que el puerto, a pesar de las señales que encontré abajo en el valle, está abierto. La carretera está solitaria, es mía, me pertenece. Soy el más feliz del mundo rodando en este silencio tan solo roto por el discreto escape de la Vstrom. La brisa se torna cada vez más fría y el olor a pino y a frescura se cuela al interior del casco impregnándome, aún más, de aroma de la montaña.Han desaparecido los árboles conforme voy ascendiendo y las frondosas y pináceas se ven cada vez más lejanos en las laderas cercanas al valle. Ahora los canchales y los neveros sustituyen a la arboleda y veo la carretera en toda su impresionante magnitud. El piso, en algunas curvas, ha sido reparado recientemente pero, aún así, toda está bastante bacheada y no ofrece mucha confianza. En las zonas más umbrías aparecen algunos neveros, goteando, exudando invierno y mostrando la suciedad de la tierra que se les ha venido encima.Me salen al paso un par de marmotas alpinas, jugueteando en la carretera. Al verme, sorprendidas, corren a refugiarse en sus madrigueras del talud de escollera. Me detengo un rato para verlas más de cerca pero se niegan a salir de su escondite. Estas marmotas son como ardillas gigantes, rechonchas y con una gruesa capa de pelo. Viven a partir de los ochocientos metros de altitud y también son comunes en algunos lugares del Pirineo.Cuando ya todos los árboles han quedado atrás definitivamnete y los neveron son frecuentes veo una especia de hotel o restaurante a unos cien metros de la carretera, situado en un llano imposible en medio de valle. Ya falta muy poco para llegar a la cumbre, calculo que no más de cinco kilómetros a juzgar por la cantidad de curvas que ya he tomado. Decido no parar porque mi objetivo está tan cerca que casi lo puedo acariciar.
Al salir de una curva cerrada una excavadora ocupa toda la carretera de un lado a otro impidiendo el paso. Ahora ya está claro que el puerto está cerrado. Durante todo el recorrido vengo ignorando los carteles de advertencia pero esta excavadora en medio no deja lugar a dudas: de aquí hacia arriba no se sube.
Me paro en el hotel que acabo de rebasar, está cerrado. Unos eslovacos me preguntan si sé algo de las obras y cuando abrirán la carretera. Obviamente sé menos que ellos, acabo de llegar.
Llamo a Gelu para decirle que se puede ahorrar la subida, que me espere allí donde se encuentre pero su telefono está apagado. Decido esperarlo un rato. Me gusta pisar la nieve, aunque, como en este caso, esté sucia de tierra y muestre un penoso estado de decrepitud, de nieve vieja y ajada.
Voy a bajar de nuevo porque mi compañero no da señales de vida así que voy a su encuentro. En la bajada, casi en el fondo del valle, pregunto a unos obreros si han visto pasar una Ducati ruidosa. No ha pasado. Mas abajo una señora me dice lo mismo. Que raro. ¿Habrá tenido una avería? En este viaje la Ducati se ha mostrado bastante fiable, no "strappa", no petardea en las retenciones, tira bien desde las tres mil vueltas… todo andaba dentro de unos parámetros aceptables.  
Al llegar a Prato dello Stelvio, en una enorme recta, hay un Fiat Punto atravesado en la carretera y los carabiniere están dando paso de forma alternativa. Yo ya llevo un rato preocupado y al ver este panorama, instintivamente, comienzo una cantinela mental. "Que no sea él" "que no sea él", "que no sea él" . Pero veo la Ducati, destacada, sobre la plataforma de una grúa. Busco a Gelu con nerviosismo y no lo veo por ninguna parte. A un lado de la carretera, sentado con aire ausente y abatido, hay un chico que fácilmente identifico como el conductor del Fiat. Antes de quitarme el caso oigo a uno de los carabiniere que dice, aliviado, que ha llegado "il amico".
La situación comienza a aclararse en mi cabeza y, conforme pasan los segundos, voy elaborando planes de aplicación inmediata. Sé que mi compañero no está, probablemente se lo hayan llevado en ambulancia. La moto no puede continuar viaje, está echa polvo. La policía querrá arreglar papeles. El conductor también. Poco a poco voy colocando cada asunto en una estantería mental, todo bien a la mano y con su solución apuntada en una nota al lado de cada obejeto-idea.
Me bajo de la moto y me dirijo al policía que parece dirigir el cotarro. No lleva uniforme, viste un polo y pantalón corto pero no cabe ninguna duda de que es el jefe. Le pregunto por Gelu y la gravedad de sus lesiones, así como el hospital al que se lo han llevado.
Ya quedaron solucionados el asunto de los papeles, el taller al que se va la moto y los datos del Fiat y he quedado emplazado a presentarme mañana o pasado, de nuevo, en las dependencias policiales en Males para recoger el atestado policial, o, por lo menos, un informe reducido de lo ocurrido. El Fiat, en una recta enorme, giraba a su izquierda, rebasando el carril contrario para entrar en la gasolinera sin percatarse de que, de frente, venía una Ducati y su piloto con la sana intención de subir el Stelvio y luego ir a conocer Belagio, Lugano, Suiza… Me imagino el accidente en cámara lenta y lo veo, una y otra vez, tanto desde la moto como desde el coche. La moto circula por su carril, a ochenta o noventa por hora. Había una señal que restringía la velocidad a sesenta, pero estaba tapada por la vegetación y no se veía. De frente, un coche se acerca en dirección contraria. Pero en lugar de que ambos vehículos se crucen con normalidad el Fiat azul inicia la maniobra para girar a la izquierda, ocupando la mitad del carril. Al ver a la moto se detiene bruscamente y la moto, después de una frenada de tres o cuatro metros, se va de atrás. Gelucho golpea el asfalto con el hombro. La moto y el piloto se arrastran en dirección al coche. El caso impacta contra la parte delantera y la moto se empotra en los bajos del coche.
De camino al hospital, a dieciséis kilómetros, otra cantinela vuelve a mi cabeza repitiéndose machaconamente. "que no haya sido nada", "que no haya sido nada", "que no haya sido nada". En la sala de urgencias no me permiten entrar a verlo, aún está con el doctor y en un rato me dirán algo. Pasan los minutos. Llevo más de una hora esperando y aún desconozco el alcance de las lesiones de mi compañero. Una enfermera rubia me pregunta si hablo italiano que necesita un intérprete para que el doctor le diga a Gelu lo que tiene. Sigo a la enfermera por los pasillos de urgencias y me la imagino con minifalda, blusa apretada y cofia. Supongo que la mente tiene sus válvulas de escape para momentos de tensión pero no me parece que sea el momento más adecuado para manidas fantasías sexuales. Borro el tópico de mi cabeza.
El doctor es un hombre delgado, bronceado y con un bigote entrecano. Calculo que tenga unos cincuenta años aunque aparenta menos edad. Viste pantalón blanco y polo del mismo color. Me lo imagino en el puerto deportivo preparándose para pasar la mañana del domingo en su velero de doce metros de eslora, con su señora, una dinámica rubia de cuarenta y cinco y otros dos matrimonios con los que salen a menudo.
En su placa pone Dr. Stecher. Tiene una voz aterciopelada, tranquilizadora, muy a tono con todo su aspecto. Me dice que Gelucho tiene una lesión en la espalda, una, o quizá dos, vértebras rotas. Trago saliva y aprieto los labios. Las manos comienzan a sudarme y me las froto contra el mugriento pantalón. Miro a Gelucho pero no es necesario que le traduzca nada. la cosa ha quedado bastante clara. El reporte médico continúa. El omóplato también está roto y varias costillas. Además le han detectado un neumotórax y hay que intervenirlo para insertarle un drenaje en el pulmón. Le insisto al Dr. Stecher en que me explique, bien a fondo y con términos sencillos, dado mi manejo básico del italiano, el alcance de las lesiones de la columna pero no obtengo más que un "debiamo spetare", (tenemos que esperar), y que estará varios días en observación.
El sol se muere en Val Venosta y sus tonos anaranjados tiñen la cristalera de la fachada del hospital. El apuntado campanario de la iglesia también se refleja. Y mi silueta, observándome a mi mismo como un espantapájaros de brazos caídos. Desde aquí veo la moto, aparcada a escasos veinte metros. Parece que me llama, que intenta consolarme pero no le hago caso. Vuelvo al interior del hospital y durante otras dos horas recorro los pasillos vacíos una y otra vez escuchando, de cuando en cuando, conversaciones en ese alemán tan particular que se habla en esta zona. Solo entiendo un par de palabras sueltas. Paso por sus vidas como un fantasma escuchando un retal de conversación que no entiendo y desaparezco.
Resuenan en mi cabeza los ecos de la fiesta de anoche. Las risas, las bromas con el idioma, las copas, Gelu bailando en la pista la tía de las posturitas… Y ahora está arriba, con el ayer tan lejano, en el "secondo piano", en la planta de cirugía para instalarle una tubería drenante.
El hospital está casi desierto, en silencio. De vez en cuando alguna enfermera entra o sale de la sala de urgencias para dar fé de que todo sigue funcionando. De fondo el sonido del TAC, amortiguado y el rumor de un ventilador en la oficina de admisiones.
Una enfermera sonriente se me acerca y me dice que en unos instantes lo subirán a planta. Carlamos sobre el Stelvio, "tancato per il lavoro" y sobre nuestro viaje. Me dice que hemos tenido mucha suerte. Yo, con cara de circunstancia le digo jque sí, que hemos tenido suerte pero ha sido mala.
En la habitación bromeo con las enfermeras y con Gelu. Intento crear un ambiente distendido de "aquí no ha pasado nada" y comienzo a sentirme un poco ridículo e histérico a partes iguales. En realidad estoy totalmente abatido. pero mantengo la compostura.
Se ha quedado en la habitación, tranquilo, reposando, con el drenaje asomando por un costado. Bajo las escaleras a la primera planta, con los puños apretados, sucio, triste. Las lágrimas comienzan a rodarme por la mejilla. Me siento en el suelo, al lado de la moto y lloro amargamente, sintiéndome inútil, sin saber qué hacer ni a dónde ir. Toda la tensión del día sale ahora en forma de lágrimas de llanto desconsolado y el mundo, de repente, se convierte en una mierda irreconocible.
Después de media hora llamo a Elena, mi mujer. Necesito escuchar una voz reconfortante y un poco de ánimo, aunque sólo sea para salir de aquí y buscar un hotel. Está en Oviedo, de sidras con unos amigos. Su voz suena amable y alegre e inmediatamente me inundo de remordimientos por lo que voy a contarle. Le voy a joder la noche pero no tengo opción. Cómo me gustaría tenerla a mi lado ahora mismo, mirándola en silencio, perdiéndome en sus enormes ojos verdes.
Cuelgo el teléfono y regreso a mis cavilaciones un rato más. La moto no me dice nada.
Hablo por teléfono con la hermana de Gelu, conteniendo el llanto y procurando parecer animado. Me río y le quito importancia al accidente. Miento conscientemente y le quito importancia al accidente. Al fin y al cabo ella está a tres mil kilómetros de aquí y en nada la ayudará saber detalles sobre nuestra situación sin poder hacer nada.
Me siento culpable.
Salgo del aparcamiento, al fin, y me dispongo a buscar un hotel cerca del hospital. Enseguida encuentro uno y el chico que me atiende habla portugués. Con eso nos vamos entendiendo. En el hotel Schawarzer Widder tumbado en la cama, intento limpiar mi mente, vaciarme de pensamientos. Mañana necesitaré, otra vez, tener la cabeza despejada. Estoy tan perdido

13. Los Españoles sois de Puta Madre

 

Moto, moto y moto.

 

Poco que contar y poco que recordar sobre lo que me está pasando en el día de hoy. Quizá lo más destacable es el hecho de haber perdido la tarjeta de crédito. En realidad no la he perdido, sé dónde está. En una de las cabinas de los peajes de la autopista. Visto lo visto hubiese sido mejor continuar colándome en cada uno de ellos. Puñetera justicia cósmica!

Estoy descansando en una de las excelentes áreas de servicio de las autopistas francesas y me acaban de soplar tres euros. Se acercó a mi un tipo con pantalón corto y camiseta de tirantes, camionero, según me dijo. Tenía un problema con su teléfono móvil y necesitaba llamar a casa para que le enviaran dinero porque su tarjeta de crédito no funcionaba. Ya lo había visto antes correteando nervioso por el aparcamiento, intentando hablar con los conductores sin que nadie le hiciera ni caso. Cuando se acercó a mi y me contó toda la historieta, la adornó con calificativos despectivos hacia los franceses. “Estos hijos de puta, no quieren ayudar a nadie” “Son unos cabrones”. Su español era de primera, sobre todo en la pronunciación de “hijos de puta”. Y yo que siempre creí que era una tontería aprenderse los insultos en otro idioma. Aunque, ahora que lo recuerdo, me resultó útil para describirle a unos franceses la personalidad de un político local, allá en el pueblo.

Escuché todo lo que tenía que contarme y mirándole a los ojos con una sonrisa le solté tres euros. Antes sopesé si todo ello era un modo ingenioso de sacarle la pasta a los bisueños como yo o si, realmente, estaba en un aprieto. En cualquiera de los dos casos la situación requería los emolumentos, bien como premio al ingenio o bien para echar una mano.

“Los españoles sois la gente más de puta madre de toda Europa”

Ya hombre, ya lo se. Entre las ganas de juerga que tenemos siempre y el solecillo del solar patrio no hay nadie que nos haga sombra. Si encima te sueltan tres euros, pues aún más estupendos.

El tipo acaba de irse y me queda una sensación algo extraña; no sé si me acaba de tomar el pelo o si llevé a cabo mi buena obra del día.

Hay mucho trajín el el área de servicio. Los miro como un naturalista observa la fauna. A pesar de compartir todos la misma carretera y la misma área de descanso cada uno va a su aire. Los individuos apenas si interactúan unos con otros. Intento entablar conversación con el propietario de un Lamborghini amarillo. “Su coche es precioso”, le digo interesado. Obtengo como toda respuesta un seco, “si, es bonito”, mientrs se da media vuelta y vuelve al interior del restaurante. Mucho más que tu simpatía, pienso para mis adentros.

Mi ruta continúa, sin pena ni gloria, hacia Barcelona.

En una de las carreteras nacionales de Girona las putas me reciben encaramadas en unos tacones de escándalo. Casi todas son rubias y muestran unas piernas monumentales rematadas por minifaldas que son poco más que un exiguo trozo de tela. Comienza a llover.

Barcelona es una ciudad desierta en este domingo plomizo. He llegado por la carretera de la costa, abarrotada de naves industriales que conocieron tiempos de más actividad. A mi izquierda sigue el Mediterráneo, omnipresente y tranquilo, oculto por las vías del tren y por decenas de cables eléctricos. Es gris plúmbeo, pesado, triste.

12. El Ataque de los Animales Salvajes

 

Lo peor de levantarse con resaca es la tristeza. El mundo se desploma bajo tus pies sin que puedas hacer nada. No hay cosa alguna que te consuele. Todo lo que ayer parecía maravilloso hoy carece de importancia y ha perdido su brillo. Además es una mierda.

A esto hay que sumarle el horrible dolor de cabeza y la dificultad para respirar con normalidad debido a lo mucho que se fumó el día anterior. Así estoy ahora mismo. 

Miro a mi alrededor y estoy en una cuadra. Animalillo.

Haciendo acopio de valor me incorporo y procuro que todos los músculos vuelvan a funcionar de forma correcta. Busco paracetamol para desayunar pero no tengo nada a mano. Joder, que mierda.

Me pica el culo. Y la espalda. Y los brazos. Al examinarme con detenimiento observo que estoy lleno de ronchas. Las miro con interés intentando determinar si las picaduras son de pulga o de chinche. De pulgas, creo. Me rasco con violencia hasta que el dolor sustituye al prurito. Lo dicho. Qué mierda.

Desayuno el bocadillo de jamón de ayer y recojo todos los trastos. Al ponerme el pantalón de cordura noto una sensación desagradable al sentir su tacto húmedo y frío.

 

La moto sigue yendo como una seda. Ruedo despreocupado por el norte de Italia en dirección a Francia. El cielo, poco a poco, comienza a abrir y el mundo es, de nuevo, un lugar agradable y maravilloso para verlo a lomos de una motocicleta. La resaca de esta mañana no es más que un vago recuerdo mientras conduzco en dirección a Génova. En Milán, hace media hora, me equivoqué de salida y estoy yendo por la autopista del oeste. De las dos que hay es la más peligrosa. De hecho creo que es la más peligrosa de todo el país debido al número de accidentes.

Ni siquiera ese presunto peligro me arredra. Hoy será un día de kilómetros, de autopista y de tedio. Pero no importa. No tengo ninguna otra cosa que hacer que no sea estar sobre la moto devorando la carretera.

Las curvas cerradas se suceden. En algunas la velocidad máxima permitida es de ochenta por hora. Ésta es una de las autopistas de los tiempos de Mussolini, el gran follador. Il Duce tuvo un final violento, como sus encendidos discursos. Acribillado a balazos en una carretera comarcal y expuesto a las masas enfervorecidas para público escarnio. Que no como ejemplo porque éstos duran los instantes fugaces en los que la mente humana retiene las lecciones prácticas de Historia. Precisamente estos días los italianos vuelven a tener a Il Cavaliere, su otro Duce, en el disparadero judicial por haberse liado con una menor. Otro gran follador al que el pueblo admira. Da igual que lleves a tu pueblo a la ruina siempre y cuando seas un gran macho alfa que se trinque tías buenas. Seguimos pensando con la polla.

Los quitamiedos son ocres, cubiertos de herrumbre. Pienso que pueden hacer más daño por la infección que por el corte con una de sus aristas. La bajada a Génova es vertiginosa y brutal. Curvas cerradas que se suceden y cada una de ellas con su camión entorpeciendo la trazada. Circulo con precaución pero tranquilo, no hay nada que temer.

 

Hace rato que entré en Francia y estoy parado en un peaje, justo después de pasar las cabinas. En un arranque de intrepidez me acabo de colar otra vez. En esta ocasión ha sido detrás de un autobús checo. Me pegué bien a la parte trasera y allí, camuflado al rebufo pestilente de su tubo de escape, cometí mi ilegalidad. La cosa no salió todo lo bien que  yo esperaba porque el checo salió demasiado lento y la barrera cayó con estrépito sobre mi casco. Luego rebotó en la maleta trasera y por fin, se acomodó en su posición con un sonido seco. En un gesto idiota me rasqué la cabeza como si me hubiera hecho daño. En realidad me rasqué el casco imaginándome lo cómico de la situación. Me detuve  aquí y ahora estoy esperando a ver qué pasa. 

Miro hacia los lados, hacia las cabinas de peaje, al resto de conductores. Pero no ocurre nada. los coches siguen pasando y nadie me hace ningún gesto para que vaya a pagar.

Decido seguir dejando atrás mi pequeña trastada.

Unos kilómetros después del peaje veo unas luces rojas y azules en el espejo retrovisor. Es la policía. Cada vez están más cerca. Ahora los tengo detrás. Sopeso la idea de salir de estampida, sacarles ventaja y meterme en una secundaria. Rápidamente desecho tamaña estupidez. No conseguiría despegarme de ellos y no haría más que empeorar las cosas.

Estoy un poco nervioso.

Señalizo la maniobra y vuelvo al carril derecho. Ahora se pondrán delante de mi y un cartel luminoso me hará señas para que los siga. Joder. El haberme saltado el peaje me va a costar un multa de tamaño europeo. Cuánto me he ahorrado saltándome peajes? Cincuenta euros? Sesenta? Ahora voy a pagar trescientos. O seiscientos. No tengo ni idea.

No se han puesto delante. Se alejan poco a poco, supongo que buscando una salida para trincarme. Los sigo a unos doscientos metros para que no les de tiempo a pararme si se bajan del coche. En la siguiente salida abandonan la autopista dejándome con el corazón a cien y una zozobra que tardaré un rato en olvidar. Me hago la firme promesa de no volver a saltarme un peaje. Al menos en Francia.

Intento rascarme el culo pero las ronchas más violentas y molestas coinciden bajo la protección del pantalón de cordura. A cambio me rasco las del brazo, las del cuello y las de la espalda en un ejercicio de contorsionismo sobre la moto.

Abandono la autopista con la intención de disfrutar de una vida menos estresante y me encuentro circulando entre caravanas eternas. Tráfico lento en dirección a Mónaco y coches de lujo haciendo ostentación de riqueza.

 

 

El Mediterráneo está a mi izquierda, majestuoso y enorme, irradiando paz y meciendo suavemente los yates de los millonarios. Los ricos siempre se mecen suavemente, acunados por los dulces vaivenes del poder. Allí abajo están el palacio de los Grimaldi, el casino de los Grimaldi, los hoteles de los Grimaldi y el pequeño país de los Grimaldi. Y yo estoy aquí arriba, sentado en mi moto, observándolo todo desde la distancia. Dos realidades que corren paralelas  y que nunca confluirán. Pienso en ello un rato mientras el sol de la Costa Azul me acaricia el rostro. Qué dulce vaivén. No hay tanta diferencia entre uno de esos millonarios de allí abajo y yo. Ambos disfrutamos del mismo sol, ambos compartimos el mismo paisaje. Respiramos el mismo aire y, después de muertos, nos convertiremos en lo mismo, polvo cósmico. No somos tan diferentes.

Siendo pragmático pienso que, de ser millonario, probablemente me compraría una moto nueva, dormiría en hoteles de calidad en lugar de cuadras y le dedicaría más tiempo al viaje. Sería igual de intenso? Quién sabe. Probablemente me daría a las drogas, al juego en el casino de los Grimaldi y a joderle la vida a alguien. Mejor seguir siendo un prófugo español.

 

Cannes, la Meca del cine europeo durante los días del Festival es un puro atasco. Gente normal, con trabajos normales y vidas normales que deambula de un lugar a otro con prisa por llegar. No veo aquí ni un ápice de glamour ni nada que me haga pensar que es un lugar especial. Localizo un camping en el GPS a pocos kilómetros de aquí.

Este último tramo esconde calas recoletas y playas coquetuelas que ya han sido colonizadas por el turismo de masas. Son hermosas, si, pero ya han perdido toda su gracia, prostituídas en la vorágine de lo chic. Lucen sus paseos, sus barquichuelas y sus veleros espectaculares como una anciana con minifalda. Es el paraíso del artificio. 

 

El camping está bien. Situado en una zona residencial con los típicos chalets a pie de costa. Desde mi parcela llego a la playa en un minuto. Las vistas del atardecer son hermosas pero esta playa, constreñida entre los muros del camping, quedó reducida a una tira de arena de cinco metros de ancho que le roba el atractivo. Es una playa triste, melancólica que llora, solitaria, añorando un pasado salvaje.

Ceno en el restaurante del camping con vino peleón del Ródano. No está mal. Charlo un rato sobre España con unos parroquianos, sorprendentemente bien informados, y me retiro a la tienda. Agradezco que no toquen el tema del fútbol, es tan recurrente que me resulta vomitivo.

11. Hermosas Camareras Lombardas

 

José Luis ha salido con dirección a Madrid y me quedo solo el Ljubljana, la capital de Eslovenia. No es algo nuevo para mi, ya he viajado solo más veces y  es una sensación placentera. Después de unos días de viaje conjunto, mis compañeros han ido escogiendo otros caminos y ahora agradezco estar solo. Ha sido agradable hacer el viaje juntos, no han surgido problemas y nos hemos entendido a la perfección, volvería a viajar con ellos. Aún así, me congratulo de hacer este último tramo en solitario, a mi aire, disfrutado de la soledad del viajero.

Recuerdo haber dejado los guantes sobre la moto, ayer. Se me olvidaron pero, como este país es muy tranquilo y apenas hay robos, no me preocupé en exceso. Además la moto quedó bien guardada tras la reja con candado en el patio comercial. Pero esta mañana ya han abierto la reja y las tiendas del interior. Y mis guantes no están, me los han robado. y eran buenos. Y llueve. Y me tendré que comprar unos guantes nuevos.

Recorro la ciudad en busca de una tienda de motos y doy con la que acabo de localizar en una rápida incursión en Google. Está en la otra punta de la ciudad. Y esta es una ciudad desparramada.

 

No consigo localizar a Naco así que abandono la ciudad con un puntito de frustración.

 

Ahora estoy en Venecia. He llegado aquí saltándome casi todos los peajes. Uso varias técnicas: si el espacio entre la barrera y el hormigón es suficiente me cuelo por ahí. Si delante llevo un camión, me pego lo suficiente como para pasar, bien pegado a su rebufo, antes de que se cierre la barrera. No tengo remordimientos ni disquisiciones morales por estar robando. Si acaso un poco de nervios por si me pillan y me hacen pagar una multa elevada. Por lo demás tengo poca consideración con las empresas concesionarias de la caras autopistas italianas. En Eslovenia usé la misma técnica a la salida que a la entrada. Hacerme el loco y pasar por delante de las cámaras como si nada.

Venecia es… no sabría muy bien como definirla. Se ha escrito tanto sobre esta ciudad que cualquier cosa que yo pueda decir va a quedarse corta. Prefiero no hacer ninguna consideración sobre ella. Los calificativos han de quedarse, por fuerza, cortos. Y yo no he llegado hasta aquí para hacer de guía de turismo.

Al final de la carretera hay una rotonda en la que, a poco mal que aparques te llevan la moto. De aquí en adelante comienzan los canales. Entablo conversación con una pareja de franceses que vienen todos los años a pasar unos días a la ciudad. Viajan en Honda Varadero. Él es un personaje dicharachero que habla por los codos transmitiendo entusiasmo en cada palabra. Ella, más retraída, se mantiene en un discreto segundo plano. No me parece adecuado acompañar a una pareja en su paseo romántico por la ciudad de los canales así que pronto nos separamos y cruzo el primer puente de Venecia. No sé cómo se llama. Tampoco me importa. Siento una sensación especial al hacerlo. Estar en Venecia es, para mi, un acto viajero. Es uno de esos lugares que hay que conocer, un centro mundial de turismo, un "destino en lo universal". Y pasear por sus calles angostas, aspirar los pestilentes efluvios de algún canal o quedarse embobado mirando las góndolas desde el Puente del Rialto es algo tan tópico que incluso pensar en ello emociona. No veo, sin embargo, que sea un lugar tan romántico como dicen las guías de turismo. Es una ciudad hermosa, cargada de historia y peculiar donde las haya. Pero romántica, lo que se dice romántica… pues no acabo de verlo.

Hoy mi almuerzo consiste en una exigua porción de pizza y un vaso de vino. Vuelvo a pasear, a mirar, embobado, las góndolas y las parejas de recién casados. De vez en cuando caen unas gotas  y un viento desapacible agita las aguas del Gran Canal. No tengo ni una mísera guía de viajes y todo lo que sé de esta ciudad es muy poco. Me siento un poco paleto paseando por estas calles llenas de historia y sin un ápice de interés en la misma. Me basta con pasear, con mirar, con posar la vista en cada rincón, aún más curioso que el anterior. He asumido que no voy a conocer esto en unas cuantas horas. Ni en una vida. Así que, el lugar de buscar, frenético, la plaza de San Marcos, el Puente de los Suspiros o el palacio Ducal, me dejo perder por sus callejuelas. Ignoro si son interesantes para el resto de la humanidad o si forman parte de algún recorrido mítico. Me da igual. Arrastro los pies pausadamente por callejones desiertos. Me asomo en callejas que no están invadidas por turistas, intentando olvidar que yo formo parte de esta horda humana. Y recuerdo cuanto odio que un escritor de viajes diga que él no es un turista. Un viajero. No te jode. Creo que Javier Reverte fue el más honesto de todos en este aspecto. Cualquiera que llegue a esta ciudad con ánimo de visitarla es un turista.

Dejo Venecia después de llamar a Elena y contarle dónde estoy. Quizá con ella aquí me asaltase el romanticismo y la ciudad tuviera un aire menos prosaico.

Vuelvo a estar rodando en la autopista, rodeado de coches y camiones y con la vista puesta allá, a lo lejos, donde unas nubes oscuras amenazan con descargar con furia todo su contenido.

Ya estoy cerca de Brescia. Ha sido una tarde aburrida, plagada de camiones y con el único aliciente de saltarse algún que otro peaje. Me estoy aficionando a ser un sinvergüenza.

Hace un rato que he dejado la autopista, sin pagar, y estoy vagando, errante, entre campos de cultivo y ribazos sin nada que ofrecer. Comienzan a caer las primeras gotas y recalo en un bar pequeño de un pueblo pequeño perdido entre campos de cereal, viñas y pequeñas zonas industriales. Me acodo en la barra, después de despojarme del casco, del traje de aguas y  demás adminículos propios de este modo de viajar.. Una pose tantas veces repetida. 

"Un vino rosso, per favore". El italiano es tan fácil. Lo que no sé me lo invento y, para reforzar las afirmaciones junto los dedos de una mano y muevo la muñeca de adelante a atrás. Soy una versión bufa de un mafioso calabrés.

Entablo conversación con los escasos parroquianos: un indio que vende flores y algunos locales que trasiegan cerveza o vino con delectación.

Andrea es un tipo dicharachero. Habla a toda velocidad y sonríe constantemente. Me insiste para que pruebe el vino de la zona, frizzante, bianco,buono. Nos invitamos a unas rondas mientras, afuera, la tormenta arrecia por momentos.

Después de una hora ya sabemos algo más los unos de los otros, incluso que la camarera tiene un rollo con uno de aquí cerca. Es guapa. Con un par de vinos más incluso diría que está buena. Tiene un tatuaje en el cuello que le da un aire atrevido. El pelo corto y unos tejanos ajustados que dejan ver su ombligo. Definitivamente, está buena.

Pregunto a mis nuevos amigos por un lugar tranquilo y seguro para montar la tienda. Sigue lloviendo a mares. Me preguntan si no sería mejor un hotel pero, prefiero la tienda. El presupuesto del viaje está tocando fondo y no quiero sacrificar ni un solo kilómetro del próximo viaje.

Andrea llama a su amigo que vive aquí cerca, en una casa de campo, con cuadra y un voladizo bajo el que puedo montar la tienda a techo. No está mal.

Al llegar a la casa de Omar nos recibe su madre. Está un poco nerviosa. Ha hablado con su hermana y ésta le ha dicho que tenga cuidado no vaya a albergar a un “prófugo español”. Nunca se me había ocurrido pensar en mi mismo como un prófugo. Me he imaginado como pirata, como astronauta, como asesino en serie, como ladrón, como rey, como vagabundo… pero nunca como un prófugo. Le digo que soy del Corpo Forestale dello Stato en España y le enseño el carnet que me acredita como agente de la autoridad a servicio del Gobierno. Desde que me abrió alguna puerta en Marruecos siempre lo llevo conmigo. Al fin y al cabo a la mayoría de las personas les da mucha tranquilidad saber que están ante un miembro de la administración de un estado y a mi me gusta contar que soy guarda forestal. La gente te ve como un romántico con suerte. 

Parece que mis explicaciones surten el efecto deseado y éstas, unidas a un intento de parecer un romántico con suerte, hacen que consiga acampar en el interior de la cuadra. Aquí no necesito montar la tienda, así que le digo que dormiré en el suelo. Ella se azora aún más, muerta de vergüenza. No puedo dormir en el suelo. Eso no entra dentro de su idea de hospitalidad.

Comprendo perfectamente lo que siente. Por una parte le doy miedo, soy un desconocido al que va a albergar en su casa, en el centro de Italia, donde la hospitalidad rural pasó a un tercer plano hace decenios. Por otra parte es de noche y ya me ha dicho que puedo dormir en su cuadra. Pero claro, tener a un hombre civilizado, educado y sin “mala pinta”, durmiendo en el suelo que, hasta hace un par de años, pisaban sus vacas, tampoco es muy hospitalario. Al final llegamos a una solución de compromiso: me baja una hamaca de playa, unas sábanas y unas mantas. Eso es más que suficiente para mi y ambos salvamos las circunstancias. En realidad a mi ya me habría salvado con el tendejón.

Omar acaba de llegar. Es un tipo alto, ancho de espalda y con aire de bonachón. Andrea ya me había advertido de su forma de hablar. No hay quien entienda ni una palabra. Habla en lombardo, un dialecto del norte de Italia emparentado con el francés y que, pronunciado a la endiablada velocidad con que habla Omar, suena en mis oídos como una sucesión de frases monocordes e inconexas. Intenta hacer un esfuerzo para hablar en italiano pero, en cuanto consigue mi atención, vuelve a dirigirse a mi en esa enrevesada lengua. Andrea hace de traductor. Toda esta situación me parece de lo más cómico. 

Me bajan un bocadillo de jamón y una botella de agua. Dentro de media hora nos vamos de fiesta con Alexandro, otro de los colegas del bar, a Bagnolo.

 

Estoy tomando vino frizzante en el bar del padre de un jugador del Brescia. Parece ser que es muy famoso pero no consigo recordar su nombre. Lo más importante, según mis interlocutores, es que está saliendo con Miss Brescia. ¿O es Miss Italia? No sé, creo que el vino me está obnubilando la mente.

Cambiamos de garito pero esta vez voy con Alexandro en su Audi TT de doscientos caballos. Duechento? No, duechento e due. Esos dos caballos son los que le dan la potencia. Sin esos apenas si se mueve. Nos partimos de risa un rato.

Ahora recalamos en otro bar de otro pueblo al que no sabría llegar en esta noche en la que todas las carreteras parecen iguales. Otra hermosa camarera, otros cuantos vinos y otras cuantas risas. Omar se nos escapa unos instantes y, cuando ya nos vamos a ir lo encontramos a la vuelta de la esquina pegándose el lote con la camarera. Me pareció ver cierta tensión sexual no resuelta entre ellos dos. De nuevo risas.

Entramos en un bar de copas enorme, El Forajido. Es el lugar de ocio más popular de la zona. Futbolín, pizzas, cerveza a raudales… Un enorme tipo con la cabeza rapada me dice, entre risas que se llama Franco, como nuestro dictador. Ha pasado algunas temporadas en Ibiza y ahora trabaja aquí encargándose de la seguridad. Se ve que tiene tablas para el mundo de la noche.

Me acuesto en mi improvisada suite rodeado de trastos, polvo y comida de gatos. Dejo la ropa tirada sobre la alfombra. Creo que son las tres de la mañana. Mañana tendré resaca. Lo veo venir.

3. la Melancólica Sonrisa de las Putas

 

He dormido fatal. La autopista es como una banda sonora monótona y molesta que se me instala en la cabeza y me impide conciliar el sueño. De cuando en cuando un camión pasaba al lado de nuestro campamento y me sacaba del duermevela desasosegante en el que, por momento, me instalaba. Así pues, al amanecer estoy en pie y, aún sin dormir apenas, con las ilusiones renovadas por subir de nuevo a la moto y correr aventuras mundanas.

Ahora Jose Manuel y yo estamos parados en el arcén de la autopista. Hemos vuelto a perder a José Luis que, poco a poco, se iba quedando atrás. En el tiempo de fumarse un cigarro aparece nuestro compañero. Otra vez ha perdido la maleta, esta vez en plena autopista con desastrosos resultados para la primera. En realidad ha tenido suerte de que se le haya caído en el arcén porque, una meleta rodando por la autopista puede provocar un accidente serio.

El sol mañanero ilumina el monasterio de Montecassino mientras los coches pasan zumbando a nuestro lado.

De nuevo en marcha.

Salimos hacia carreteras nacionales poco frecuentadas y nuestra marcha gira hacia el oeste, enfilando Brindisi. Hoy cruzaremos todo Italia y, al caer la tarde, embarcaremos con destino a Ingoumenitsa, en Grecia para llegar sobre las tres o las cuatro de la madrugada. Ya se verá donde pernoctaremos esta noche.

El respeto por las líneas continuas, ya sean dobles o sencillas, es inexistente. Aquí los conductores se asoman y, si consideran que hay espacio suficiente y el que viene de frente está a una distancia que consideren prudencial, adelantan. Nosotros, con la ventaja que da la moto para estos menesteres, nos acomodamos enseguida a las costumbres locales en cuestión de conducción.

El sol aprieta durante toda la mañana con más de 30º y, sin que pueda reprimirlo, de vez en cuando se me dibuja una tonta sonrisa en el rostro.

Cuando la carretera comienza a ser poco más que un camino vecinal decidimos volver a la autopista de peaje, so pena de no llegar nunca.

Atrás queda Bari y la Italia verde y rica. Ahora todo es sucio y polvoriento, con el aire decadente de las comarcas abandonadas a su suerte. Decenas de prostitutas se apostan en ambos márgenes de la carretera, entre bolsas de plástico y papeles que levantan vuelo a nuestro paso. Minifaldas reducidas a la mínima expresión muestran el arranque de unos glúteos que se adivinan marmóreos. Les lanzo besos al aire con la mano deseándoles una buena jornada y un feliz regreso a sus pueblos de África cuando hayan ahorrado lo suficiente. Ellas me devuelven el saludo con una sonrisa pícara que tiene un algo de eterna tristeza.

El GPS de José Manuel nos guía entre invernaderos y carreteras secundarias, abandonadas y feas, en busca de Alberobelo, un pueblo declarado Patrimonio de la Humanidad por sus curiosas construcciones, los trullis

 

En poco más de veinte kilómetros avistamos Brindisi, varado en un mar de arboleda, de huertos, de frutales, extendiéndose a nuestros pies en la rasa costera. Al fondo el Mar Adriático al que regreso después de dos años. El olor de la marina no llega hasta aquí arriba pero puedo percibir su embriagador perfume. El mar. Esa enorme extensión de agua a la que la mayor parte de mi vida apenas si presté atención y que ahora me atrae de forma irremisible. Conozco a más personas que les ha sucedido lo mismo. Una vez llegados a la edad adulta, a esos años en los que aún no te tratan de usted de forma habitual pero tu ya te sientes un usted cualquiera, de repente, siente la llamada del mar y descubres, extrañado, que necesitas volver a él constantemente.

Falta media hora para que alga el barco, somos de los últimos en llegar. Allí están desde hace rato, Ismael y Martín que ya temían que no llegáramos a tiempo por haber perdido tiempo por carreteras secundarias. ¿Perder el tiempo? Acaso se puede perder el tiempo encima de una moto? Más bien es al contrario y el tiempo se pierde, para siempre, cuando haces una tarea a disgusto pero viajando en moto, como dijo R. Pirsig, “formas parte del paisaje” y tu cuerpo y tu mente se unen tan indisolublemente con éste que logras que el tiempo se detenga. No hay ninguna otra actividad en la que sea tan sencillo sentirse formar parte del mundo.

La policía secreta, ue no lo es tanto pues, aunque vayan de paisano son fácilmente identificables, no quitan el ojo de encima a los búlgaros que van a embarcar en sus vieja tartanas y en Mercedes de desecho provenientes de Alemania.

Una mierda humana, deshidratada, yace en el suelo, a mis pies, dando fe, avergonzada, de la inmundicia de su creador. Está pidiendo una rápida conversión a polvo. Le doy una patada y se aleja abochornada con un seco sonido acartonado.

La bodega del barco nos engulle entre sus fauces y vamos a parar a su sucia barriga. El suelo es una especia de asfalto arrugado y roñoso en el que unas líneas amarillas, desvaídas de puro viejo, intentan guiar a los pasajeros hacia alguna parte. Como contrapunto un tripulante con traje de contramaestre se desenvuelve entre el calor insoportable y el murmullo de los motores con sorprendente elegancia. Nos indica que es mejor no dejar ningún objeto sobre la moto, nada que se pueda robar. ¿La causa? The bulgarian people. Mirándolos no parecen mala gente. Me recuerdan, con sus vehículos ajados, a los marroquíes que cruzan el estrecho cada verano cargados de bártulos y con el inconfundible brillo en los ojos del que regresa al hogar.

El baño apesta a orina vieja y está encharcado, atascado de papel. Es inmundo. Aún así me afeito y me doy la primera ducha en dos días.

En cubierta miro las estrellas y pienso que me gustaría ser marinero. Capitán, mejor.una vida errante que se reinventa a si misma en cada nuevo puerto.

Tres búlgaros adolescentes se pasean mientras miran de reojo nuestro equipaje. Tienen pinta de delincuentes aunque probablemente no sean más que unos adolescentes que miran todo con curiosidad en su primer viaje al extranjero. Me afano con la bota de vino durante la cena y, a la hora del cigarro estoy un poco mareado. 

Vuelven los chicos búlgaros y se llevan una nevera que está al lado de nuestro equipaje. Resulta que sus miradas hacia el rincón solo se debían a que estaban vigilando sus propios bultos. Me siento un poco avergonzado. Al final es el sino de la humanidad: desconfiar unos de otros.

 

  

He dejado a mis compañeros de viaje para buscar un lugar en el que dormitar un rato y ahora estoy en el suelo, en un ricón, agazapado detrás de un par de sillones de masaje que nadie usa. Los párpados me pesan. Estoy derrotado.