Portugal

Viaje histórico a Serra do Açor

Serra do Açor

En Piodão se escondió un asesino. Pero no un asesino cualquiera. Diogo Lopes Pacheco fue el instigador principal y una de las manos ejecutoras del asesinato de Inés de Castro, en un aciago 7 de enero de 1335.

No era Coimbra, en esta alta edad media, la ampulosa ciudad que hoy conocemos. Los asesinatos de estado, castraciones, decapitaciones y otros abusos estaban a la orden del día en el seno de la corte de Alfonso IV de Portugal. Era una época en la que las alianzas entre hermanos, primos, bastardos y parentela de toda índole marcaban el éxito de una nobleza salvaje y despiadada.

Inés de Castro era la amante de Pedro, el primogénito del rey Alfonso. Hija natural del segundo conde de Lemos, fue educada en Santiago y era prima de Costanza, la esposa de Pedro. Con ella se trasladó a Portugal, como asistente, amiga y confidente. Allí, bajo los oropeles de la Corona, surgió una historia de amor trágico con el Infante Pedro.

Los celos de Costanza eran más que evidentes pero no llegaron a ser duraderos ya que murió cuando daba a luz a Fernando, su primer hijo. A partir de  ese momento las cosas cambiaron y el amor entre Pedro e Inés pasó a ser público y notorio.

Pedro e Inés se casaron en secreto, sellando un amor que dejó tres hijos. Sin embargo, esta unión, que pocos conocían, no resultaba conveniente a los ojos del abuelo Alfonso y sus consejeros: la casa de los Castro en Galicia era muy poderosa y a la vez, enemiga de una gran parte de los nobles afines a la casta gobernante.

¿Qué solución se le habría de poner a esto? El asesinato de Inés, una víctima colateral que no sería sino una entre tantas. Alonso Gonçalves, Pedro Coelho y Diego López Pacheco, enemigos declarados de los Castro, se prestaron voluntarios para la empresa.

El rey Alfonso dudaba ya que, por una parte facilitaría el reinado de su nieto Fernando (hijo de Costanza) pero por otra daría el visto bueno al asesinato de una mujer inocente. El hecho de que su hijo estuviera locamente enamorado de Inés no pareció importarle mucho porque, cuando éste estaba de cacería por los montes de Coimbra, se fue con su séquito a encargarse de la ejecución.

Enterada Inés de la llegada de su suegro y de las oscuras intenciones de éste, salió a recibirlo con sus hijos, con la esperanza de ablandar el corazón del venerable monarca. Y sí, entre llantos y súplicas, la treta surtió su efecto pero solo unas horas. Cuando ya se iban, los tres nobles convencieron al rey de que dejar con vida a Inés era un error y, volviendo al palacio de Pedro, degollaron a la mujer en sus aposentos.

Pedro contuvo sus ansias de venganza durante dos años, justo hasta que murió su padre y él pudo convertirse en Pedro I “El Cruel“. Con semejante apodo los asesinos no esperaban comprensión por parte del nuevo monarca así que decidieron refugiarse en la vecina Castilla a la espera de tiempos más apacibles para su integridad física.

Mientras tanto Pedro I ordenó exumar el cadáver de su difunta esposa y, sentándola en el trono, ordenó que todos los nobles del reino pasaran a besar su mano. Lo de besar la mano de reinas difuntas era una costumbre muy arraigada en Portugal pero claro, hasta la fecha las difuntas solían estar más frescas. La primera parte de la venganza se había consumado.

Pero Pedro, además de cruel era implacable. Después de la ceremonia del besamanos, introdujo los restos de su amada en una tumba de mármol blanco en Alcoçaba, la dejó allí  y pasó al punto siguiente. Llegó a un acuerdo con Enrique II de Castilla mediante el cual él se intercambiarían varios nobles díscolos que tenían refugiados en sus cortes correspondientes.

Así, Golçalves y Coelho, llegaron a la corte de Pedro I y éste dispuso su venganza. Al primero le arrancaron el corazón por el pecho y al segundo, por la espalda. Diogo, temiendo ser víctima de estas dolencias cardíacas, salió como alma que lleva el diablo de Piodão, que era donde estaba escondido. Primero se refugió en Francia y luego en Castilla. Sin embargo, la ira de Pedro I se fue aplacando con el tiempo y, por mor de conveniencias palaciegas,  perdonó a Diogo, varios años más tarde.

Nosotros llegamos a Piodão desde el Este, a través de una carretera estrecha y retorcida por la que apenas si cabía la moto. Son paisajes escarpados, perlados de bosquetes de castaño y adornados por aldeas imposibles que se pegan a las laderas. Tráfico nulo y sol radiante. Comarca con sabor a viejo en la que aún perdura el aire de lo inaccesible. Estábamos en el corazón de la Serra do Açor, entre el distrito de Guarda y el de Coimbra, un recóndito enclave del centro de Portugal en el que el turismo, poco a poco, se va abriendo paso.

Piodão es una aldea negra, de pizarra oscura y paredes de piedra. Permanece escondida en la cabecera de un valle ignoto: el lugar perfecto para pasar desapercibido en plena edad media. Por aquí anduvieron, además de famosos asesinos, cabreros anónimos de vida efímera y monjes del císter que apenas si dejaron huella. Porque, además de las casas en imposible equilibro, poco se mantiene el pie en estos valles olvidados. Las terrazas de los montes son prueba de una supervivencia dura en la que los que se van no vuelven.

Un paseo por las calles intrincadas, una visita al bar y tres rezos deslavazados en la Capilla de las Almas, fueron suficientes antes de seguir la ruta hacia la cuenca del río Alva. Ya lo habíamos cruzado unas horas antes. Tranquilo, lento, de humildad majestuosa. Muy portugués en su pausado discurrir, muy portugués en su discreto fluir.

Y así, con el espíritu henchido de curvas bondadosas y aldeas imposibles, regresamos al camping Toca da Raposa, un sitio lleno de encanto y peculiaridad que hasta hace pocos años era exclusivo para moteros. Allí no sonaban raro nombres como Lobos da Neve, la mítica invernal portuguesa.  Esta concentración hace años que no se realiza y Eskimós fue, durante años, su digna sucesora. Pero para las nevadas aún faltaban muchos meses y muchos calores. Ahora,  lo siguiente, era llenarse de la universalidad de Coimbra. Pero eso es otra historia.

 

 

La mejor carretera del mundo

La carretera está bacheada pero dispone de un piso bastante aceptable. El truco consiste en ir esquivando las zonas más arrugadas y circular con calma.

Calma.

Es lo único que parece haber en este altiplano portugués, dominado por llanuras de la nada y pueblos en los que no se mueve ni una mosca. Casas de granito de rotunda presencia y bares anodinos con una exigua terraza que siempre luce el toldo rojo de “Cafés Delta”. No busco otra cosa. En realidad no busco nada en concreto, sólo hacer kilómetros sobre la moto y ver pasar el paisaje a ambos lados. Vuelvo a quedarme en estado catatónico mientras el mundo se desplaza a mi alrededor.

Quietud.

Melancólica quietud portuguesa y  silencio quedo, roto tan sólo por el paso fugaz de la moto. Horadamos la tranquilidad provocando remolinos de aburrimiento. A la derecha, bien al Oeste, el sol cae a su encuentro diario con el horizonte. Es lo mismo de siempre pero parece que se quiere esconder con saudade portuguesa, con la majestuosidad que solo tienen las puestas de sol en Portugal. Imaginaciones mías, seguro. Aún está apretando fuerte y no parece que tenga intención alguna en irse a dormir.

Dejo atrás los llanos de Vila Chã y comienzo un descenso pausado entre viñas cultivadas en terraza. Todo el valle parece una enorme escalera de piedra con peldaños rematados en el verde de las vides. Huele a fresco y caldo bordelés. En los postes y vigas que sostienen las viñas se puede apreciar el color azul verdoso del sulfato de cobre. Es el ingrediente básico del caldo bordelés con el que se protegen las plantaciones del ataque de hongos y mildiu.

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Las curvas cerradas se suceden y, sobre la moto, vuelvo a sentirme afortunado por poder disfrutar de todo esto. Todo el valle se me antoja de una belleza sin parangón, antesala, sin duda, de lo que encontraré más abajo. En el artículo que he leído decían que es la mejor carretera para conducir. Que el equilibro entre curvas y rectas, entre aceleración y frenada es perfecto. Lo han calculado un diseñador de circuitos, un físico cuántico y un diseñador de montañas rusas.

Ya me estoy imaginando la carretera, paralela a río Douro y con la entrañable frescura que solo tienen las carreteras de ribera, esas en las que los alisos te arropan con su sombra, las que te acogen como el abrazo cálido de un amigo. Ya me veo con la tienda de campaña, acampado en un idílico rincón al lado de la carretera que los expertos de AVIS consideran como la mejor del mundo. Quizá hasta pueda hacer una pequeña hoguera y quedarme embelesado con el baile de la llamas antes de irme a dormir. Necesito vino. Estoy rodeado de cientos de hectáreas de viñas así que han de tener vino. Ni siquiera necesito que sea bueno, con que me sirva para acompañar un chorizo a la brasa es más que suficiente.

Una señora de proporciones rotundas y amabilidad de igual tamaño me despacha una botella de Douro tinto y regreso a la moto para seguir castañeteando dientes entre el adoquinado de granito.

Pinhao

Unos kilómetros más abajo, cerca de Pinhão ya me asomo al río Douro, estoy cerca de la carretera nacional 222, la exquisita ruta que los expertos recomiendan. Estoy perfecto estado físico y anímico para disfrutar aún más que con esta bajada hermosa que voy dejando atrás. Todos los sentidos alerta, la mente abierta para absorber curvas y paisajes, la sonrisa sigue dibujada en mi rostro… Es la mejor carretera del mundo. Y el mundo es muy grande.

Dejo Pinhão atravesando el Duero por el Puente Eiffel. Este arquitecto del siglo XIX tiene como obra más emblemática la famosa torre Eiffel en París pero también dejó su legado en Portugal. Vivió dos años en Barcelos y construyó el famoso Puente de María Pía de Oporto o el viaducto de Viana do Castelo, entre otras obras.

Ponte Pinhao

Aquí comienza la N-222. Estoy ansioso. El piso no es lo que me esperaba, tiene algo de gravilla en los bordes, pero no está mal. Curva pronunciada de segunda, contracurva y una pequeña recta de cien metros en ligero ascenso. A mi derecha el río y la quietud de un embalse. Sol que se precipita al fondo del valle y un barco turístico que, perezoso, remonta para llegar al embarcadero de Pinhão. Me detengo a hacer unas fotos y fumar un cigarrillo. Mantengo una conversación forzada con una pareja de turistas franceses y vuelvo a la moto con ansia por recorrer el tramo.

La carretera se ensancha y mejora. ya hay arcenes y el asfalto está en buenas condiciones. nada del otro mundo pero en condiciones aceptables, conociendo las carreteras del interior de Portugal. Una recta. Media curva. Otra recta. Una recta larga. Una curva suave… Esto no es lo que yo me imaginaba. Los ojos se me van a derecha e izquierda buscando un lugar en el que poner la tienda. La tarde está cayendo y no veo ningún sitio adecuado. A mi derecha matorrales y el río. A mi izquierda la terrazas de los viñedos y fincas cerradas con vallas metálicas. Todo es demasiado escarpado, demasiado inhóspito o demasiado inadecuado. Empiezo a mirar de soslayo los jardines públicos y los embarcaderos del río pero están demasiado cerca de la carretera.

Decido llegar hasta Peso da Régua, donde finaliza la “mejor carretera del mundo” y buscar allí un lugar de acampada. Mientras, intento disfrutar de la carretera de AVIS, poniendo todos mis pensamientos positivos en primera línea y procurando ser un entendido en diseño de rutas. Nada. No funciona. Esta carretera es una carretera normalita que discurre por un hermoso paisaje, pero nada más. No es, ni de lejos, la mejor carretera del mundo para conducir, al menos desde los criterios subjetivos que yo manejo. Me esfuerzo por desear que sea la mejor, me conmino a buscar encantos que no veo pero no consigo vislumbrar qué es lo que hace a esta carretera superior a las demás. El paisaje es bonito pero no más que la carreterucha de bajada. La banda de rodadura es aceptable pero muy lejos de ser un asfalto prístino y adherente, de esos que  refulgen y en los que parece que la moto se pega al suelo como una lapa.

Desilusionado, llego a Peso da Régua e intento montar la tienda en un espacio para autocaravanas. Enseguida el vigilante me dice que no está permitido.

Avanzo en dirección Sur, si rumbo fijo, sin ayuda de GPS y sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. Carreteras solitarias, pueblos vacíos a media ladera y sensación de desamparo. Tengo que encontrar un sitio para montar el campamento o me veré obligado a buscar una pensión. Y no abundan.

campamento

Siguiendo mi instinto tomo una carretera de cuarto orden y llego a la cabecera de un pequeño valle. Aquí hay huertas, descampados, cultivos en terrazas… Al segundo intento instalo mi campamento entre los saúcos, preguntándome para qué demonios cultivan este arbusto. Recojo leña y, en pocos minutos tengo mi hogar transitorio preparado.

Un hombre se acerca cargando aperos de la huerta. camina con la cabeza baja, mirando el suelo, encerrado en su mundo y esquivando mi presencia. Lo saludo con amabilidad y le pregunto si puedo montar la tienda allí. La pregunta es una perogrullada porque ya está montada y no tengo intención de irme pero, aún así pregunto. Me dice que el dueño no está en el pueblo, que vive fuera y que apenas atiende las fincas. Hay un tono de amargo reproche en su respuesta. Me puedo quedar allí todo el tiempo que quiera. Cuatro, cinco días, lo que necesite.

Creo que me voy a zampar la botella de vino.

Hoguera

Eskimós 2014

Hace un par de días Juan me dijo que no podría venir a Eskimós. No se lo reprocho,.Conociéndolo sé que le duele no acudir a la cita pero deberes más altos le llaman.

Yo también tengo deberes más altos, cosas que hacer, tareas que cumplir, responsabilidades que atender y obligaciones de las que soy incapaz de responsabilizarme. La sensación de ser un completo desastre, en muchos aspectos de mi vida a causa de la obsesión malsana por la motocicleta, me asalta cada dos por tres y me siento culpable.

Buscando precisamente huir de ese sentimiento de culpa, decidí embarcarme en el viaje a Portugal, a pesar de la ciclogénesis explosiva y a pesar del viento que toda la noche estuvo ululando tras la ventana. La moto ya está preparada así que no es cuestión de quedarse en casa, arrastrando una nueva frustración, y maldiciendo por lo bajini cuando en unas horas llegue el buen tiempo. Read More

Eskimós 2013. Paseando por Portugal

Frontera Portugal

Son las ocho y media de la mañana y la temperatura ronda los siete grados, inusualmente alta para estar a principios del mes de febrero. Termino de abrocharme la cazadora y me subo a la moto. Un par de inspiraciones y, al cerrar los ojos, la misma sensación tantas veces vivida. Engrano la primera marcha y, suavemente, enfilo calle abajo con dirección a Portugal.

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Eskimós. La Invernal de Portugal

Cuando el invierno ya está avanzado, como es el caso, uno deja de prestar atención a los dimes y diretes meteorológicos y a las insistentes llamadas a la histeria que, en forma de alerta naranja, nos ofrecen desde los servicios de Protección Civil. Es lo que tiene tanta amenaza que, al final, ya no te crees nada. Estamos en invierno, oiga, es normal que haga frío.

Y haciendo, como digo, caso omiso a las amenazas amedrentadoras de la televisión me dispongo a disfrutar, dentro de lo posible, de los tres grados bajo cero de este viernes de febrero.

En los taludes de la carretera se descuelgan carámbanos añejos y el suelo blanquea, como una amenaza silenciosa, en las curvas más umbrías. Voy camino de Serra da Estrela, en Portugal, después de tres años sin aparecer por allí. Esta concentración, a la que acudí en el año 2008 sin saber muy bien de qué se trataba todo aquello, se reveló como uno de los acontecimientos, para mi, más entrañables de cuantos he participado en moto. ¿Podría compararse con Pingüinos? Si, podría. En las dos hace frío y en las dos hay motos. Por lo demás ahí terminan las similitudes.

No encontrarás aquí ni espectáculos, ni conciertos, ni enormes colas. La participación tampoco se parece: trescientos en la una por treinta mil en la otra.

Lo que si encontrarás es la peculiar forma de ver la moto que tienen unos cuantos motoristas portugueses. La convivencia.

La temperatura sigue siendo fría pero a la altura de O Cebreiro pero ya ha subido a unos “agradables” dos grados. Hoy me he decidido por la autopista, de este modo me aseguro que no voy a encontrar placas de hielo subiendo por la N-VI.

No siento ni frío ni calor (cero grados, que dice el chiste). Voy pertrechado como si viajase al Polo Norte. Además estreno los Chaufferettes, esas plantillas de carbón activo de las que hablé en la anterior entrada del blog. Lo cierto es que funcionan bastante bien, mantienen los pies calientes y no molestan. Es verdad que me esperaba un poco más de temperatura pero cumplen su función de forma sobrada.

Atravieso los páramos desolados de la comarca de O Bolo, en Ourense, recordando imágenes de un pasado lejano. Se me vienen a la cabeza, como fragmentos inconexos de mi vida, situaciones banales que dejaron una impronta sin motivo alguno. En esta curva recuerdo que me adelantó un Mercedes hace 18 años, cuando viajaba con la Vulcan en una de mis primeras salidas en solitario. ¿qué tiene de especial? Nada. Me adelantó un Mercedes mientras yo subía por el carril de lentos. Fin de la historia.

En Outar de Pregos, hace tres o cuatro años, adelanté a una furgoneta de transporte escolar. ¿Y? Y nada, adelanté a una furgoneta justo en este punto kilométrico, justo en este lugar del espacio, justo al lado de esta curva. Y nada ocurrió. No hubo nada especial que hiciera ese momento especial. Fin de la historia también. Pero ahí está, acudiendo, vívida, como si se tratase de algo memorable.

La temperatura sube y vuelvo a tomar la autopista para entrar en Portugal. Es de peaje pero no veo ningún control de pago, sólo unas porterías con cámaras que leen la matrícula. Ni siquiera ahora, al abandonar la vía rápida a la altura de Vila Real hay un lugar donde pagar. Y yo que ya estaba planeando colarme por un lado de la barrera…

Tomo una vieja nacional en dirección sureste y las curvas se suceden entre valles y colinas. Algunos bosquetes de castaños intentan, sin conseguirlo, alegrar el frío paisaje invernal, muerto y seco. El campo tiene un color pardo de secarral que, por momentos, parece tornarse grisáceo. Llevo unos quinientos kilómetros y estoy deseando llegar. Hace frío y el sol, acostado perezoso a dos palmos del horizonte, apenas si calienta un poco.

Desde Gouveia comienzo a ascender hacia el Vale do Rossim situado a 1400 metros de altitud. La carretera es retorcida y discurre entre montes quemados, arrasados. Los esqueletos de piornos y pinos dispersos se enseñorean en este paisaje desolado, sobresaliendo por encima de las herbáceas y del nuevo matorral. Enormes rocas graníticas jalonan la carretera y la más famosa de ellas, A Cabeza de Vello, me sorprende después de una curva. No hace falta explicación alguna: un enorme busto humano ha sido tallado por los elementos al pie mismo de la carretera.

Estoy en el Vale do Rossim. Un aire fino, como dicen las viejas de mi pueblo, se mete entre el pelo, en las orejas y en cualquier lugar del cuerpo que tenga al descubierto. Después de la inscripción monto la tienda de campaña y mi arrimo a la hoguera más cercana.

 

 

Ya ha caído la noche y el frío va en aumento. Estoy sentado, en silencio, mirando el fuego al lado de Victor del Ulfilanis Motards cuando llega Paulo “Macaco”. Hace ya tres años que no nos vemos. Nos conocimos en el primer Eskimos, en el año 2008 en Covao d´Ametade y, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, nos hemos hecho amigos. Me gusta su compañía.  Paulo viene con Claudia, su mujer. Hoy está desolado porque una avería en la Intruder le ha obligado a venir en coche. Aún así no ha querido perderse la cita anual con el frío.

Y es tarde, calculo que  las tres de la mañana. He tocado la gaita, hemos bebido el vino que traía y ahora estoy… muy afectado. Me arrebujo en la tienda bajo dos sacos de dormir y una manta esperando dormir profundamente. Obviamente, nada de esto sucede.

 

 

Amanece. Un café, unos cuantos carraspeos y vuelta a empezar. Arrastro los pies penosamente con las manos en los bolsos e intento entrar en calor.

Después de visitar en Museo del Pan  en Seia visitamos Sabugueiro, el pueblo más alto de Portugal. Una abuela portuguesa insiste e insiste para que nos compremos un cachorro de can da Serra da Estrela. Es inútil explicarle que no puedo llevarlo en la moto pero a ella parece no importarle demasiado. En lugar de llevarme el perrito, compro un queso. El perro en cuestión es una raza autóctona de la Sierra, un bicho grande, similar a un mastín peludo. Lo cierto es que el perro es bien hermoso.

 

De vuelta en el campamento localizo a Bernardo al que conozco de su blog, Yamajos. En un principio íbamos a hacer le viaje juntos pero él salía el sábado y al final viajamos en solitario. Me deja un par de botellas de aguardiente.

Cuando el sol se oculta la temperatura baja en picado y, después de cenar, ya estamos a cuatro o cinco bajo cero. Hoy va a ser una noche bien fría.

Alrededor de la hoguera escucho historias de motos, de concentraciones, de la federación portuguesa de motociclismo, de viajes… Es nuestro nexo de unión y apenas si nos desviamos de ello.

La mayoría de los motoristas que están alrededor de la hoguera visten a la antigua usanza: cazadora Garibaldi, pantalón de cuero y chaleco vaquero luciendo parches de los motoclubs amigos. Me encanta la estética. Es como volver a mi Intruder de los noventa. Pero no es más que una ilusión. Soy consciente, no solo de que no estoy en los noventa sino de que no quiero volver a ponerme traje de cuero con temperaturas bajo cero. Estoy encantado con mi ropa térmica y mi cazadora de cordura bien forrada.

Suena la gaita un año más. Sones melancólicos se arrastran por encima de la tierra helada mientras esta cruje, quejumbrosa, a cada paso.

Paulo me informa que estamos a ocho bajo cero y lo celebro con otro chupito de licor de hierbas. Este brebaje es, con diferencia, lo mejor que he probado en mi vida en cuestión de aguardientes.

 

La cerveza se congela en los vasos. Nos hace gracia y sacamos algunas fotos. Está una noche realmente fría.

En uno de esos momentos de introspección me imagino que alguna de mis amistades me pregunta qué coño me impulsa a hacer 650 kilómetros por parajes gélidos para venir a sentarme alrededor de una hoguera en el medio de Portugal. Yo se muy bien lo que me impulsa. Conozco de sobra esta sensación. Conozco de sobra lo que siento cuando, a los mandos de la moto respiro hondo y el frío me congela la punta de la nariz. Conozco lo que siento cuando mis posaderas se asientan encima de la piel de oveja negra sobre el sillín. Conozco lo que siento cuando engrano la primera marcha y acelero suavemente. Conozco lo que siento cuando estoy solo, conduciendo la moto en cualquier sitio que no sabía que existía. Pero no sabría explicarlo.

Me despierto con una sensación resacosa. Aún así me alegro al ver que podría haber sido mucho peor. He pasado la noche razonablemente bien. Los dos sacos de dormir y la manta que me prestaron Paulo y Claudia  me han permitido dormir casi a pierna suelta. Me levanto pensando en la moto y en cómo arrancará, si es que lo hace, después de pasar la noche al fresco.

Hielo en los baños

  

La miro, doy el contacto y arranca a la primera, sin una tos, sin una duda. Paso mi mano por el depósito y pienso que es una buena chica. Últimamente me sorprendo a mi mismo pensando en la moto como algo más que un objeto. Y no me gusta. Mi moto no tiene nombre, no tiene alma, no es más que una máquina que me trae y me lleva a donde quiero ir. Y sin embargo a veces la acaricio y la miro con los ojos entornados mientras una sonrisa tonta se me queda dibujada en la cara.

 

Estoy en ruta. Las despedidas, los abrazos y la promesa de volver a vernos en Vila do Conde se han quedado atrás, en Vale do Rossim en mitad de la Serra da Estrela. De nuevo estoy haciendo lo que más me gusta: recorriendo la carretera en moto.

Hace frío, la carretera está desierta y estoy solo con mi moto ¿Hay algún placer en esto? El ruido del viento en el casco es molesto, los pies y las manos se me entumecen, apesto a mugre y a humo, ¿De verdad que esto me produce placer? Vuelvo a sonreír y ni siquiera me molesto en contestar.

La ruta se me está haciendo corta así que decido que la alargaré haciendo en regreso por Oviedo. Allí visitaré a una persona a la que últimamente dedico poco tiempo, menos del que se merece. El lunes volveré a casa tranquilamente y, si se tercia, daré otro pequeño rodeo. Subiré Pajares después de tres años y, en ,menos de una hora, estaré tomándome una sidra en la calle Gascona.

Me adelanta la Guardia Civil sacándome de mi ensoñación. Los acabo de pasar hace un momento y ahora los tengo delante, con los rotativos puestos y haciéndome señas para que los siga. Voy a velocidad legal, con todos los papeles en regla y no llevo drogas a la vista. No estoy bebido y no he cometido ninguna pifia. Veamos.

“Circula usted sin luces, caballero”. Caballero. Me ha llamado caballero. Me parece un anacronismo y la palabra se queda un rato dando vueltas en mi cabeza, como una moneda dando varios tumbos sobre si misma antes de caer de costado. Caballero.

Un rato más tarde estoy sentado, al lado de la moto mientras espero a la grúa de la asistencia. La guardia civil no me ha dejado continuar el viaje sin luces y no he sido capaz de encontrar la avería. Seguro que es una chorrada. El agente que conducía no se fiaba de mi y prefirió esperar a que yo llamase a la asistencia antes de irse. Es el mismo que me ha llamado caballero. Si soy un caballero y digo que llamaré a la asistencia es que voy a llamar. En caso contrario no sería un caballero sino un mentiroso.

Varado en la A-6 

Tengo media pelea con el teleoperador. No quiere dar la orden de llevar la moto a Oviedo porque, según sus instrucciones, para ese tipo de avería me remolcan el vehículo y me pagan el hotel. Le explico que perderé el lunes de trabajo y que prefiero estar en Asturias pero nada de eso hace mella en su determinación obsesiva. Tiene acento sudamericano. Muestro mi cara más amable e intento que se apiade de mi colocándole un rollo lacrimógeno. El me escucha en silencio, empatizando, pero su respuesta sigue siendo la misma. La moto se queda en León. Está bien adiestrado.

Aún me queda la posibilidad de llamar a la asistencia del seguro obligatorio pero desisto. Me quedaré en León y tomaré un vino en el Húmedo.

En la central de la grúa, muerto de frío y no muy animado, intento encontrar la avería en la piña de conmutadores pero no me veo capaz. Todo parece correcto. Después de un rato llega un taxi para llevarme al hotel, cortesía de KmCero.

 

 

Un rioja. Una hamburguesa de tapa. Otro rioja. Un huevo frito de tapa. Creo que me gusta esta ciudad.

 

Amanece, otra vez. Son las once de la mañana y aún sigo esperando que la moto llegue al taller. Las doce. La chica de Legio Motos, el concesionario oficial Suzuki en León es muy agradable. Charlamos un rato sobre viajes y sobre motos. Espantado me doy cuenta de que soy una persona con temas de conversación muy restringidos.

 

Las dos de la tarde, mi objeto de culto y yo salimos en dirección Galicia. Ya no hay tiempo de pasar por Oviedo así que, mientras la nieve chispea en las calles cierro la pantalla del casco, respiro hondo y me pongo en marcha. El frío congela la punta de la nariz

Por Tierras de Bragança y Sanabria


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Por Tierras de Sanabria y Bragança. Marzo de 2009

680 km

 

No son muchos días sin salir en moto sin embargo, con este duro invierno que parece que llega a su fin, me da la impresión de que hace mil años que no viajo. Apenas tres o cuatro mil kilómetros son los que he podido hacer en estos meses que, comparados con las rutas del pasado año suenan, simplemente, a paseos.

Hoy, después de la tregua climatológica de los últimos días, salimos con dirección a la comarca de Sanabria, poco menos de trescientos kilómetros, pero que me sonaban a viaje a lo exótico e ignoto. Ni siquiera era la primera vez que estábamos allí, pero cuando uno tiene la sensación de estar anclado cualquier salida se magnifica y parece mucho más de lo que es.

El primer tramo del viaje discurrió, tal y como sucede desde que empezaron las obras de la carretera, entre cascotes y baches, en una zona de guerra que se alargó más de 25 km. Nada nuevo, cierto, pero no por ello menos desagradable cuando te ves inmerso en una carretera que parece estar sembrada de minas antitanque y continuamente castigada por el fuego de mortero.

Todo da igual, ante la rueda delantera volvía a abrirse un trozo de mundo para ser explorado, ( o reexplorado). A nuestra izquierda se extendían una sucesión de valles y montañas que, no por vistas, dejaban de ser espectaculares. Los Ancares destacaban, allá al fondo, con sus cumbres aún coronadas de nieve marcando su presencia majestuosamente entre la bruma del mediodía. Un ojo pendiente de la carretera, de mi curva favorita y del exquisito trazado de la carretera de Fonsagrada a Lugo. El otro sin perder detalle del paisaje e imaginando que detrás de los cordales montañosos había otros y otros y otros. Montañas hasta la saciedad, valles hendiéndolas hasta el hastío y carreteras ignotas para ser recorridas hasta elfin de los tiempos. Ya sabía que no era así, allí detrás, las montañas se sucedían, si, pero enseguida se rendían, se deshacían en la enorme planicie de León y de Castilla.

Más adelante, unos cuantos kilómetros, otros paisajes me sobrecogen y me parecen tan subyugadores como ese que ahora contemplaba. Otra vez las verdes llanuras de Esperela, justo antes de meternos de lleno en la Nacional VI. En primavera y verano, estos paisajes engalanados de verde insultante, son como una postal. Me gusta imaginarme que es un paraíso de una realidad alternativa y por eso nunca entro en los pueblos que los jalonan. Al penetrar en cualquiera de esas aldeas, al intentar tocar la ropa que mansamente se seca al tibio sol invernal o al querer captar con mi cámara eso que solamente se puede ver con todos los sentidos a la vez, la magia se desvanecería al instante dejándome solo la realidad sondable y carente de halo sobrenatural que vislumbro al pasar, despreocupado, con mi moto por estas tierras. Me gusta pasar por aquí y no quiero investigar más.

Pronto nos metemos hacia en interior de Ourense a través del puente que cruza el río Sil y nos mete de lleno en Galicia y el Parque Natural da Serra da Enciña da Lastra. Son también carreteras conocidas, ahora tengo que alejarme muchos kilómetros de mi zona o perderme por infectas carreteras de tercer orden para encontrar una carretera que no haya transitado.

Hace unos meses comencé a marcar con rotulador en un mapa viejo las carreteras que ya había rodado alguna vez en moto y todo el noroeste del país aparece sumido en una oscura telaraña. Se me están acabando las posibilidades de ruta sin repetir caminos.

Avanzamos a buen paso hacia a Rúa, con algunos reproches por parte de Elena que considera excesiva cualquier velocidad superior a los cien kilómetros hora. Hace más o menos un año que pasamos esta ruta en dirección a Portugal y en esta ocasión encontramos la misma densidad de tráfico es decir, nada.

 

Sanabria


Llegamos a la Puebla de Sanabria con los últimos rayos de sol y también con el frío de la Sierra de la Culebrahaciéndose notar a pesar de la ropa invernal que usamos. Hacía, por lo menos, doce o catorce años que no estábamos aquí y yo encontré el pueblo muy cambiado; Elena ni siquiera recordaba haber estado nunca, tiene memoria de pez para estas cosas. Yo guardo datos inútiles en mi cabeza, recuerdos que, la mayoría de las veces no sirven para nada, como el haberme cruzado con un coche de tal o cual color en esta curva o que el queso que compramos en tal sitio tenía el envoltorio amarillo. Afortunadamente, en ese maremagnum de recuerdos inservibles que bien podrían pertenecer a otro, se acumulan un montón de imágenes de los lugares en los que estuve alguna vez, a veces con una profusión de detalles que me resulta la mar de reconfortante.


Sanabria

 

Sanabria

 

Cenamos en La Posada de La Puebla de Sanabria, un lugar plagado de exquisiteces y con un trato agradable y correcto. Me vienen a la cabeza esos lugares autodenominados de “trato familiar”. Joder, si es tan familiar que no me cobren o que me hagan precio de familiar en primer grado. Elena siempre comenta eso del trato familiar y a mi me hace mucha gracia. En realidad me da igual como me traten mientras sea bien.


Sanabria

Después de la cena unos chupitos en la Taberna Las Ánimas y a dormir en el Hostal La Trucha, enorme establecimiento de trato familiar de precio poco contenido a tenor de los cuarenta euros que pagamos a la mañana siguiente.

El lunes, mientas la mayoría de los mortales en edad laboral y con la fortuna de poseer un trabajo se dirigían a él, nosotros comenzábamos la mañana desayunando un cruasán y un chupito de zumo de naranja para iniciar otra jornada de ruta por las carreteras de Portugal en dirección a Bragança. Como diría nuestro amigo Juan “luego dicen que los ricos nos aburrimos”.

Desde la Puebla nos internamos por una carreterilla que, en un pis pas, nos deja en el abandonado puesto fronterizo, dos edificios sin banderas, sin habitantes y sin burocracia condenados a desaparecer al haber perdido cualquier utilidad. Aunque no digo yo que, con las vueltas que da la vida, se vuelvan a cerrar fronteras con la misma facilidad que se abren. Allá, un kilómetro al fondo, entre el monte, la frontera deja de ser una línea imaginaria en la mente de los ciudadanos para convertirse en una verdadera línea que hiende el terreno en forma de gigantesco cortafuegos para que no haya dudas sobre el país en el que estás. Sin embargo, de no ser por ese nimio detalle, todo parece la misma cosa, los mismos pinos, los mismos robles, el mismo fresco mañanero y, por encima de todo, el mismo sol desparramándose mansamente por esta campiña que se eleva a mil metros de altitud. Me imagino que han pasado un duro invierno con las copiosas nevadas que han caído a lo largo de los últimos meses.

Entramos en el Parque Natural de Montesinho y circulamos paralelos a un río, serpenteante al principio y que fluyecon mansedumbre en cuanto comienza a abrirse paso por el bucólico valle de França. Otra vez siento esa emoción pueril que me asalta en Babia. Qué cosas!, es ver un río, un valle con colinas, unos puentes de piedra, unos parados y unas casas diseminadas por aquí y por acullá y ver la belleza emergiendo por doquier. No sé que especie de trauma infantil debo tener pero este tipo de paisajes me llena plenamente. Me ocurre lo mismo con el paisaje de los quesitos El Caserío, aparte de ser fiables, según su propio eslogan, la casita con tejado rojo en medio de los campos me encandila.

Una vez en Bragança recorremos el centro de la ciudad y, lo que yo imaginaba como una urbe provinciana de barullo pueblerino es, en realidad, una tranquila población de tamaño contenido, con escaso movimiento y una tranquilidad supurante que exaspera un poco. Presidida por un majestuoso castillo supongo que será oro de esos lugares que se dedica a languidecer toda la época invernal para emerger tímidamente en la época estival. En cualquier caso Portugal no se caracteriza por su ambiente. Castillo de Bragança


Castillo de Bragança

 

 

Salimos de Brangança y enseguida volvemos a la zona rural, siempre esquivando la autopista por mucho que la dama que mora, cautiva, en el interior de mi GPS se empeñe en lo contrario. Pesadita eres coño! Ascendemos un tranquilo valle, (todo es tranquilo por aquí en esta época por lo que se ve), y me sorprende encontrar fincas de olivos coexistiendo con castaños y robles. Eso me da una idea de las temperaturas veraniegas por estos lares. La carretera es una delicia sin tráfico y con un firme bastante aceptable que nos va acercando de nuevo a España y a la provincia de Zamora. De nuevo un puesto fronterizo y un bar a cada lado del río que, a buen seguro, han conocido tiempos mejores. Ahora dos clientes con cara aburrida dormitan en la terraza del portugués. El de la zona española está, directamente, cerrado. Tres guardias civiles, con cara de no tener amigos, ni conocidos, ni parientes nos dirigen una mirada escrutadora, cuando paramos en la explanada que ellos ocupan, a reorganizar la mini bolsa de sobre depósito.

En España todo cambia de forma abrupta. Una enorme carretera se abre ante nosotros con obras de ampliación en algunos tramos. Nos preguntamos para qué tanta ampliación en un lugar tan poco concurrido como este. Misterios de la Unión Europea, supongo. El mundo se hace más abierto y las rectas se suceden durante un buen rato hasta que nos desviamos a una secundaria que nos lleva, entre robles melojos por pueblos de la comarca de Aliste, aburridos, despoblados, agonizantes también hasta que llegue el verano y el tranquilo bullicio de los veraneantes les insuflen un hálito de vida que durará, como mucho, hasta las siguientes Navidades. Me conozco bien la cantinela porque es un patrón que se repite, hasta la saciedad, por toda la geografía española. La tendencia del ser humano en las postrimerías del siglo pasado y en lo que llevamos de este es, precisamente eso, abigarrarse en ciudades cada vez más grandes y abandonar los pueblos y las zona rurales. Supongo que en algún momento tendrá que invertirse la tendencia y abandonar este insostenible modo de vida pero ni siquiera estoy seguro de que yo vaya a verlo. De lo que sí estoy seguro es que esto tiene que reventar por algún sitio. Pero no se preocupen mis lectores porque este es el fin último de todas las especies que pueblan el orbe: la extinción. Una vez comprendido este axima y asimilado con total naturalidad la vida es mucho más sencilla, se lo aseguro.

Llegamos a Villardeciervos donde no podemos constatar si éstos se han extinguido o no. allí, en la plaza del pueblo solo un ciervo de plástico se yergue con vergonzosa majestuosidad en lo alto de un pedestal. Para rematar la humillación del pobre ungulado le toco los genitales y me río en su cara mientras me observa con una de sus astas en lamentable estado. Quizá la berrea y sus luchas con otros plasticosos congéneres han dado al traste con su, otrora, bella estampa. Un ciervo de plástico, hay que joderse. Cosas veredes, amigos míos, que han de asombraros y darán fe de que la estulticia mora entre nosNos tomamos un Martini blanco, (dios bendiga una y mil veces este brebaje), y planeamos el resto de la ruta. Habíamos barajado la posibilidad de internarnos en la sierra de la Cabrera pero se nos está haciendo tarde y la carretera de esa comarca no están para prisas de modo que concluimos que lo mejor será salir a la Nacional VI en Astorga y un par de más tarde estaremos en casa.

Villardeciervos

Nos detenemos a comer en el pantano de Valparaíso, en el río Tera, al puro estilo “salto de mata”, es decir sacando las viandas que habíamos portado desde casa.

Embalse de Valparaíso

 

 

 

Después de comer seguimos por carreterillas comarcales, rizadas hasta el vómito hasta llegar a Astorga. De allí, la archiconocida carretera nacional, nada de autovía y derechitos a casa sin más novedad.

Misión cumplida