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Hermanar en Manali

Manali

El día de Ganesha, hijo de Shiva, nos pilló en Manali. La jornada anterior habíamos recorrido unos cuantos puertos y el último, el que nos abrió la puerta a un nuevo mundo espectacular, nos vomitó en un valle verde y cerrado. Volver a ver la vegetación, disfrutar de la exuberancia de la fronda y sumergirse bajo la línea donde ya crecen las plantas es reconciliarse con la Tierra. Después de tantos días recorriendo los Himalayas sin más signos de vida vegetal que algunos arbustos dispersos por debajo de los 4000 metros, descender entre cedros y planifolias, entre tierras de cultivo y praderas subalpinas, te reconforta y te hace sentir bien.

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Bajar el puerto de Rohtang Pass con sus cientos de curvas y con sus atascos cerca de la cumbre fue para mí algo espectacular, el colofón perfecto al viaje que había organizado Rakatanga. Nos cruzábamos con los camiones que ascendían pesadamente, con una parsimonia exasperante, mientras a escasos metros de la pueda delantera de las Royal Enfield se abría el abismo. Allí abajo, muy al fondo, veía curvas y más curvas en un monumento sempiterno a todas las carreteras del mundo. Y abrimos gas. Y disfruté en la bajada como no lo había hecho en todo el viaje. Y todo era perfecto y todo el Universo en su Grandiosidad estaba colocado en un orden sublime porque yo era un pequeño ser que ocupaba su lugar exacto en el momento preciso. Abrí la mente y grité de emoción mientras escuchaba a Josín gritar tan lleno de todo como yo mismo. Nos mirábamos y sonreíamos en una mueca enorme y llena de plenitud. Estábamos en estado de gracia, como tantas otras veces durante este viaje. Qué emocionante resulta ser consciente de ello y sentir la fortuna de sentirse afortunado. Procuro huir de tópicos cuando hablo de viajes en moto pero, en ocasiones, los tópicos entran en mí al galope, en un tropel desordenado de me embota y me pone los pelos de punta. Qué coño, -me digo- para eso viajo. Quizá no recuerde nombres de lugares, ni museos, ni monumentos, o puede que las ciudades se hallen descolocadas en mi mapa mental… pero me quedan las sensaciones vividas a flor de piel, el recuerdo nítido de las emociones, las marcas indelebles de los olores, el detalle de lo irrelevante. No necesito más que bajar Rohtang Pass a velocidad absurda, posar la mirada en unos trapos de colores colgados en lo alto de un monte o escuchar a Kroke en cualquier carretera secundaria de los Ancares. Poco importa el lugar o el medio de locomoción, siempre hay algo que te llena cuando consigues vaciarte.

El día de Ganesha me encontró en la calle. Mis compañeros estaban dedicados a otros quehaceres tan mundanos como los míos y yo estaba solo en la calle. Cuando llegó la procesión de Ganesha, con su ritmo de tambores y su colorido, me uní a ellos. Todo el mundo sonreía mientras bailaban y se lanzaban polvo de colores. Malva, amarillo, rojo… todo se mezclaba con sudor y con fervor religioso en una orgía de cantos y bailes. Recorrí un trecho con ellos y me hice devoto fiel del hijo de Shivá, el dios con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, el desafortunado hijo  que perdió la cabeza humana a manos de su padre. De nuevo volvía a flotar y cada vez la India penetraba más dentro de mi.

Cuando me reencontré con Josín y el resto decidimos hacernos un tatuaje. No era algo premeditado sino que fue surgiendo de forma natural. Dani quería hacerse un “tatu” y los demás nos vimos envueltos por la emoción del viaje y la vorágine de los acontecimientos. Alguna vez había sopesado la idea de tatuarme pero siempre lo fui posponiendo y al final, desechando. Sin embargo aquel día, terminado con éxito nuestro periplo por la Cordillera del Himalaya, me pareció el momento idóneo para grabar sobre mi piel un recuerdo imperecedero.

En el taller de Voodoo Tattoo, mientras el artista se fumaba un porro entre tatuaje y tatuaje, pasamos una de las tardes más divertidas y absurdas de nuestra vida. Todo era tan surrealista que parecía cargar con la pátina de lo cotidiano. Incluso después, cuando el tatuador, musulmán y aficionado al opio, llevaba unos cuantos canutos en el pecho y terminó su trabajo, no salíamos de nuestro asombro: lo extraordinario ocurre todos los días en India.

Y así, con los tatuajes que nos hermanaban de por vida sin haberlo premeditado, nos despertamos al día siguiente mirándonos las muñecas y dispuestos a continuar sumergidos en aquel sueño.

Aún quedaban muchos días en el Rajastán y en Delhi, el diamante más bruto y el almacén de lo extraordinario.

Camino a Manali

El amor correspondido

Royal EnfieldViajar en Royal Enfield me transportaba a los libros que había leído de los pioneros de los viajes en moto. Me imaginaba cómo sería recorrer estas montañas feroces a lomos de una moto en los años 30, como había hecho el austríaco Herbert Tichy y otros muchos que se embarcaron a recorrer Asia en moto. Y también me acordaba de los modernos aventureros profesionales y sus aventuras infladas. ¿Dónde estaba lo épico de mi viaje comparado con la aventura de vivir de aquellos desgraciados que tapaban baches? Pero eso es harina de otro costal, que los mitos son etéreos y lo etéreo se diluye y desaparece.

Mi Enfield era la más macarra de todas, la que hacía más ruido y la que más petardeaba. Era mi moto ideal. Alguna herida de guerra en el depósito, cierta dosis de 14463192_10207759781366615_630579705116674834_ndignidad antigua y aunque me avergüence escribirlo, creo que tenía alma. Todas las mañanas, nada más levantarme, le daba un beso en el faro. O un abrazo. Me relacionaba con ella como si verdaderamente pudiera entenderme, como si hubiera una conexión real entre nosotros. Bien sabía que no hay nada de eso, que sólo es una máquina y yo un idiota enamorado de las motos, pero no me importaba. Ese ritual matinal me comprometía con ella para no dejarla ir por un abismo insondable o para no estamparla contra un camión profusamente decorado. A la vez era un compromiso conmigo mismo, una firme promesa de regresar entero y no tener que visitar un hospital indio.

Ella parecía responder a mis carantoñas y solícita, me dejaba derrapar en cada curva terrera, me sacaba de las trampas de arena con consistencia del talco o me permitía vadear arroyos sin más daño que una fría y húmeda sensación en la pantorrilla que me duraba unos kilómetros. Una joya, mi Enfield. Me gustaría llevármela conmigo, hurgar en su motor, cambiarle piezas, hablarle en las noches de invierno y recordar juntos su vida en India. Pero nada de eso era posible. El nuestro era un amor pasajero y pronto habría de irse con otro.

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Recuerdo, cuando bajábamos el puerto de Wari-La, que comenzó a fallar, a toser y a querer detenerse. Fue en uno de aquellos atajos locos que evitan una larga curva de herradura. Hay muchos de esos atajos en las carreteras de montaña de la cordillera. Los conductores deciden que hacer un kilómetro de más es todo un dispendio y deciden cortar las curvas monte a través. Supongo que es el espíritu heredado de las caravanas. La moto terminó por pararse justo en una zona de obras. Allí, mientras esperaba al resto del grupo, accedí al filtro de aire, lo sacudí un poco y lo cambié de posición. Ella dio un respingo.

Volvió a ponerse en marcha y, alegre, siguió trotando entre piedras y baches hasta nuestro destino.

Podcast. Haciendo en indio en India

Después de un mes en India volvemos a la carga con un nuevo programa cargado de música hindi y de experiencias peculiares. Dirige el cotarro en este programa 57, Olga Ferro, motera y apasionada de los viajes, en ausencia del conductor habitual del programa que, junto al resto de viajomotistas, pasa a formar parte del elenco de entrevistados.
De la mano de India en Moto recorremos los Himalayas, subimos al puerto de montaña más alto del mundo y nos internamos en los calores tórridos del Rajastán en septiembre para traeros los olores, los sabores y los sonidos estridentes de la vida en Delhi.
De fondo, música hindi y lo más granado de Bollywood.

Tocar en lo más alto


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En Leh el aire tiene un olor raro, como a nada. Siempre había leído eso del “aire enrarecido” pero no fue hasta llegar a los 3400 metros de altitud cuando comprendí la expresión en toda su magnitud. En toda su cansada magnitud. Ya habíamos tomado nuestra dosis diaria de Diamox pero el “mal de altura” comenzaba a hacer sus efectos. Conozco personas que tienen el mal de altura de forma permanente,  ese mal de los que se creen grandes, de los que se creen eternos y destinados a perdurar en nuestras frágiles memorias, pero es otro mal del que hablo. Este te deja abatido, cansado, sin energía. El cuerpo siente que se está muriendo y te prepara para que lo hagas de forma digna, es decir, muriéndote bien muerto. He de decir que no me tocó lo peor, a Alex su médico alemán, aprendiz con Menguele supongo, le recetó un medicamento distinto y su estancia por las alturas fue un suplicio. Tuvo sin embargo, a pesar de sus múltiples males, fuerza suficiente para ayudar a los más desfavorecidos del valle. Siempre te llegan lecciones de quien menos te lo esperas.
Leh es un híbrido entre poblachón polvoriento y ciudad destartalada. Uno no sabe si está a medio construir o si la han dejado así, en precario, por si algún día había dinero para asfaltar, soterrar cables o solventar cualquiera de las múltiples carencias en materia de la “cosa pública”. En realidad no echaba nada de menos pero me faltaba todo.
Las mañanas me las pasaba bastante activo, con ganas de moverme y con cierto ímpetu pero al caer la tarde el mundo se me venía encima como un barro pegajoso que te impide avanzar. “Es el periodo de aclimatación a la altitud”, me decían. Pero yo sentía algo muy distinto. Notaba como la fuerza me abandonaba, como me fatigaba al subir escaleras y como, al fin, mi cuerpo decidía disociarse de mis pensamientos y abandonarme a una, más que segura, muerte atroz y espantosa. A esto había que sumar las pesadillas, las taquicardias y los dolores de cabeza. Mi hora no podía estar muy lejana.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo a base de Diamox e ibuprofeno y la energía regresaba a mi por oleadas. Pero no olas de esas violentas y enormes, que va. Eran más bien olas que rompen en una playa plana, que llegan a la orilla con la timidez de quien suplica un amor con un hilillo de voz. “Quiéreme, quiéreme-. Le decía yo a mi cuerpo. Y él respondía con una risa de niña tonta dándome un poco más de cuerda. Cómo llegué a odiar esa sensación. Las dos, la de la adolescente del “solo un poquito” y la de mi cuerpo comportándose como una otaku de risita histérica.
Las Royal Enfield formaban parte de la cura. Y de la locura. Conducir entre piedras, baches, vacas y cascotes mantenían mis sentidos en prealerta. La conducción de los indios en alarma. Y la conjunción de todo ello en alarma extrema. Y cuando uno cree acostumbrarse a todo… se acostumbra a todo. Me inundó una falsa confianza y creí que algún gen indio me había sido conferido por la gracia de Krisna. Bastaron, sin embargo, un par de sustos para volver a la realidad y darme cuenta de que me llevan años luz de experiencia. Los indios son buenos conductores. Pueden ser suicidas, alocados, imprudentes o despreciar tu vida pero tienen unos reflejos de leopardo de las nieves.

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No era mi primera vez con una Enfield. Esta dama antigua y yo ya habíamos tenido un primer contacto, unos preliminares que presagiaban buen entendimiento. Es una moto suave, sin reacciones bruscas porque sus poco más de 34 cv no dan para grandes dispendios. Es la potencia justa para poder conservar el resto de la máquina sin comprometer ni al chasis ni al freno de tambor.
Había días en que me sentía un pionero en ella, un émulo de Albert Tichy recorriendo los Himalayas. Él lo hizo sobre una Puch fabricada en Austria en los años treinta y yo lo hacía sobre una moto autóctona y emblemática, toda una señora Royal Enfield. Tenología inglesa del siglo pasado al servicio de la India moderna del siglo XXI. Sin apenas cambios, sin perder un ápice de autenticidad, sin haber dejado su espíritu vendido y con el orgullo que confiere ser una de las marcas más antiguas del mundo.
De camino al gompa (monasterio budista) de Stakna comencé a sopesar la idea de adquirir una de estas motos cuando la vStrom diga que no puede más. Una verde militar, con dos asientos independientes y un empaque digno de un sargento ghurka.
De todas las motos escogí la más ajada, la que tenía el tanque abollado y el depósito del líquido de frenos rascado. El patito feo resultó ser una de las motos más ruidosas. Su motor monocilíndrico atronaba cada vez que retenía y los acelerones resonaban por todo el valle de Lamayuri.
De Lamayuri bajamos por la carretera vieja, un vial retorcido por el que ya nadie transita. Y desde allí vi el mundo. Una porción de mundo enorme y montañosa por la que serpenteaba una carreterilla estrecha e insignificante. Los tonos ocres y pardos lo dominan todo en los inhóspitos Himalayas. Son montañas que se desmoronan, que se hacen cada vez más pequeñas a fuerza de erosión y a causa del tesón cierto de la eternidad. Nada queda, nada permanece. Ni siquiera aquellas moles pétreas están destinadas a mantenerse incólumes. Y a la vez, todo permanece. Es la rueda de la vida, la rueda del tiempo y el ciclo sempiterno de lo que sucede una y otra vez. Caerán estas montañas para colmatar valles y mares pero vendrán otras a ocupar su lugar.
Me sentí pequeño e insignificante mirando aquellas montañas gigantescas. Es probable que no necesitase venir hasta el valle de Ladak, ni a Cachemira para meditar sobre la insignificancia del ser humano y la pequeñez de cada cosa que nos ocupa pero supongo que cualquier sitio es bueno para llenarse de absurdos pensamientos de elevada pretensión.

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El mal de altura no era más que un recuerdo lejano de una vida pasada, síntomas arriconados en una estantería que ya no significaban lo mismo que unos días atrás. Ahora estaba pletórico, lleno de ganas y con las energías intactas para encarar el ascenso al puerto de montaña más alto del mundo. La carretera comienza retorcida y con asfalto malo, lo cual había dejado de ser una novedad a aquellas alturas del viaje, y los últimos ocho kilómetros son de tierra y piedras, de baches y prominencias, de polvo y de cansancio. El aire es cada vez más liviano y los movimientos se hacen más lentos y pesados. Se descoordina el habla y pensamiento por momentos y la falta de oxígeno produce un efecto mareante. Aún así saqué la gaita e intenté tocar una muñeira. O lo que saliera. El resultado fue desastroso, tanto desde el punto de vista artístico como desde cualquier otro. El instrumento creaba expectación así que varios indios se disponían a grabar con sus teléfonos móviles. Hinché el fuelle y… no salió nada. Ni una nota identificable, ni un aullido quejumbroso, nada. Ante la posibilidad de que, a pesar de haber creado tanta expectación, aquello no sonase, comencé a ponerme un poco nervioso. Segundo intento. Ahora sí. Un aullido infernal seguido de varias notas exentas de musicalidad se arrastraron por la carretera de piedras y tierra, arrojándose, avergonzadas, por el precipicio insondable de la ignomina. Ya no podía parar. Tenía que salir algo identificable como fuera. No soy un buen gaitero ni lo seré nunca, lo tengo asumido, pero soy capaz de tocar la Muñeira de Grandas de modo tal que cualquiera que conozca la melodía la pueda identificar. Mis desesperados intentos por hacer una representación digna se toparon con la tozudez sólida de la presión atmosférica y la falta de oxígeno. De aquello no se podía sacar nada.
Cuando el público asistente comenzó a hacer mutis por el foro (no silbaron porque les faltaba el aire) comprendí que aquel patético espectáculo no debía continuar así que desmonté la gaita, la guardé en su funda y me fundí con los presentes en un desesperado intento por pasar desapercibido. Aún así, pocos gaiteros han llegado tan alto tocando la gaita.

Volando al Himalaya

imageDespués de dormir cuatro horas j llegó la hora de volar desde Delhi a Leh y comenzar la ruta organizada por los Himalayas. Viajamos con Rakatanga, la empresa de Raúl Sanz. A Raúl lo conocí hace unos años en una charla en Asturias. Me gustó su desparpajo desenfadado y su forma de contar el tour que organizaba por India. Luego vinieron varias entrevistas para el podcast, charlas con algunas personas que habían viajado con el y al final llegamos a la conclusión de que nos caíamos bien.
Llegar a subirse en un avión en el aeropuerto internacional de Delhi puede resultar un poco pesado para algunas personas. Yo soy una de ellas. Soldados armados a la puerta te piden el pasaporte para acceder a las instalaciones pero conviene no guardarlo en un lugar poco accesible porque habrá que mostrarlo algunas veces más. Luego vinieron los cacheos, no tan superficiales como sería deseable, y el registro de pertenencias. A mi me quitaron tres mecheros, olisquearon mi tabaco y examinaron con detenimiento mis cachivaches electrónicos que no son más que un móvil, un teclado, un cargador y un power bank de los chinos que cumple con su función a duras penas. Cuando por fin me vi libre de militares, policías de aduanas, policías de la sagrada nación y demás personas uniformadas pertenecientes a la sacrosanta casta armada, me dormí sobrevolando los Himalayas, vencido por el sueño, el cansancio y las experiencias adquiridas, que iban pesando y llenado huecos en las estanterías de mi cabeza. Sí, organizo mis recuerdos en estanterías desde hace años, es la única forma de tener cada cosa en su sitio y conservar una cierta estanqueidad moral. Lo que en una balda es perfectamente legal puede que no lo sea en la de arriba y, por contra, lo que en la de abajo es moralmente aceptable puede que sea una abominación cuatro o cinco pasillos más allá. De este modo puedo sobrevivir a mis contradicciones. El secreto son los compartimentos estancos. Al fondo de todas las estanterías hay una luz muy brillante que arroja sombras inciertas a este lado pero casi nunca me acerco a ella. Lo malo es que va creciendo cada vez más y temo que un día lo inunde todo con su blancura que por ser tan blanca no se distingue de la oscuridad. Porque para que haya luz tiene que haber oscuridad y viceversa, la una no puede existir sin la otra, como mis estanterías estancas.

 

Desde los Himalayas con amor

Desde Manali, en el norte de India, hemos grabado un pequeño especial de viajo en Moto para daros nuestras impresiones de la primera parte del viaje. Han sido 14 días recorriendo en moto las montañas más altas del mundo, gozando con las Royal Enfield y disfrutando de un paisaje y una cultura tan diferentes.

Ahora nos vamos a Delhi para seguir recorriendo en moto este país fascinante.

Sueños en Delhi

Llegar a Delih es una colección de tópicos. Una vaharada de calor húmedo, un mezcla de turbantes, pañuelos y saris, unos olores extrañamente inusuales que se te meten hasta lo más hondo y que no te abandonan hasta el día que dejas la ciudad.Todo allí me fascinaba, incluso el caos del tráfico loco que, regido por algún extraño designio, llega a autorregularse de un modo bastante eficaz. Hay accidentes, claro. De hecho India es el segundo país del mundo en accidentes de tráfico. Por fortuna para los estadísticos de estado un gran número de incidentes no se contabilizan y la cosa se solventa entre los particulares, sin la mediación de un seguro que, a la hora de la verdad, no sirve para nada.

Josín, Dani, Ricard, Miguel, Raúl y yo, nos alojábamos en el India Internacional, un hotel de bajo precio y bastante aceptable para los estándares de calidad que se manejan en el barrio de Paharganj. Llegamos alrededor de las doce de la noche, después de haber conocido la conducción nocturna por la ciudad que, en teoría, resulta más tranquila. A esas horas Pahargang duerme. Y no es una figura retórica, el barrio duerme de forma literal. Los más afortunados en su cama de hotel o en su casa con techo de chapa. Los que cargan con el peso de pertenecer a una casta inferior lo hacen donde pueden y a tenor de a despreocupación con la que descansan, parece que cualquier sitio es bueno: el tuk-tuk que se pone a funcionar al amanecer, el ricksaw de tracción humana, el puesto de venta de chucherías, la panadería al aire libre… Todo está lleno de gente dormitando bajo un calor húmedo que embota los sentidos y un olor que los agudiza. Un grupo de perros husmea entre la basura, una vaca pasa despreocupada y unos ladridos se oyen al fondo de la calle. En esta oscuridad mortecina todo tiene cabida y todos pasamos desapercibidos. Menos a los ojos de Krishna, que se empeña en que unos pasen más desapercibidos que otros y sean nadie entre los millones de nadie del mundo. La frase “vivir en la calle” toma un nuevo significado y desde luego, se aleja mucho de lo que nos decía mi madre cuando estábamos todo el santo día relacionándonos con nuestros semejantes en la rue. Aquí, vivir en la calle tiene un sentido atroz por lo real, una dimensión que no admite demasiados matices: trabajas en la calle, comes en la calle, vives en la calle.

La luz de la mañana no pilló desprevenidos a los cuerpos de color bronce, que duermen un sueño cargado de ligereza. Otro día de acarrear personas de un lado a otro, de vender chucherías o de hacer vaya usted a saber qué para poder sobrevivir.

para nosotros, ávidos de vida nueva y con buenas rupias en el bolsillo, el día se presentaba lleno de sorpresas porque India entera es una sorpresa a los ojos del que la mira por primera vez. Tanto que aprender, tanto que aprehender, tantas historias en cada paso, no pueden sino emocionar y embotarte los sentidos hasta no saber si estás soñando o si todas esas personas con las que te cruzas, pertenecéis al mismo planeta, pisáis el mismo suelo y estáis hechos de la misma materia. Quiero tocarlos, olerlos, escuchar sus historias, saber qué piensan, conocer en qué se van a reencarnar, averiguar a qué dios le rezan… Necesito saberlo. Necesito emborracharme de esta multiculturalidad descarnada que me tiene asombrado.

Al final de la noche, en un bar chic de la ciudad, conseguí el objetivo, pero solo a medias.

Viajando en motocarro y pensando en India

Fernando, El Búfalo, ha venido hasta los estudios de Viajo en Moto y, en una mañana de resaca, nos ha concedido una entrevista en su línea habitual: disparatada e irreverente. Nos habla de su nuevo proyecto de viaje a Australia, de su próximo libro y de lo mucho que disfruta viviendo.
También ha venido Raúl Sanz, de India en Moto, para someterse a un tercer grado de preguntas ansiosas y para desvelar qué me voy a encontrar en septiembre, cuando viaje hasta Nueva Deli para participar en uno de sus viajes.

Además tenemos a un dúo peculiar. Rubén y Lucía, de Algo que Recordar. Ellos son una pareja de trotamundos que llevan el viaje metido en lo más profundo de sus ser. Organizan una curiosa ruta por Sri-Lanka en tuc-tuc, o ricksaw o, por denominarlos de forma más castiza… motocarro.

Perlando este programa, las intervenciones de los oyentes y el látigo implacable de Stacy, que, además de escoger la música, ha cercenado lo más destroyer.

Lucía y Rubén tienen un montón de cosas que ofrecer además de lo que nos cuentan en el programa:

Cortometraje viral El Síndrome del eterno viajero
Trailer documental Around Them
Libros de Rubén

Podcast. Un señor turco con bigote

Y no es Erdogán, el turco de bigote.

Un título un tanto extraño para este programa pre-navideño en el que nos hacemos eco de los mentideros motoviajeros, en el que entrevistamos a Fabián C. Barrio para escuchar lo que nos tiene que decir de su último libro, “Morador del Asfalto”, en el que Miguel Checa nos habla de sus rutas y de los proyectos de su empresa de viajes, 30MPS, en el que el fotoperiodista y viajero Walter Astrada nos lleva por medio mundo de mochileros y de motoristas o en el que Vitín y Álex Mora nos desgranan los proyectos del primero para las próximas semanas.
Además, desvaríos intercalados y un turco de bigote.

Ponemos música de Kongos, Vampire Weekend, Benjamin Dunn, The Ligthhouse and the Whaler, Twin Forks y Ra Ra Riot.

Se agradece feedback, ya sabéis…

Podcast: De Cabo Norte a Madagascar.

Programa número 32.
En Barco a TurquíaCharlamos con Charly Sinewan que nos cuenta de sus aventuras por Madagascar, un lugar al que poca gente llega en moto.
Después, atendiendo a peticiones de los oyentes, os damos unos consejos para viajar hasta Turquía aprovechando los ferries que cruzan el Mediterráneo. Precios de los barcos, horarios y puertos.
Sergio Morchón nos presenta nu nuevo libro, “En busca del Norte”, un relato y guía minuciosa para viajar hasta Cabo Norte e ir rodando sobre seguro.
Finalizamos el programa con Ricardu Fité que se fue de viaje a la India, alquiló una Royal Enfield y se pasó un mes y medio rodando por lugares increíbles.

 

La Carretera más Alta del Mundo. Trailer from Menna Fité on Vimeo.