silandro

Sonno in stato di ebrezza

Hoy me levando a las ocho y cuarto, media hora más tarde de lo habitual. Se ve que la cerveza de ayer causó el efecto deseado y alguno más de indescriptible sensación esta mañana.
En el hospital sigue sin haber novedades, lo normal para un sábado por la mañana. Lo más destacables es que vuelvo a ver a Valeria, la enfermera que nos atendió el primer día y que tan bien nos había caído. Bromeamos un rato y le ofrezco un viaje a España en moto. Afortunadamente prefiere el avión.
Sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí ahora me encuentro tomando cerveza como un poseso en compañía de Walder, un sastre jubilado famoso en Silandro por pasar gran parte del día en lo que educadamente llaman, “stato de ebrezza”, es decir borracho o “ubriacco”. Es un hombre cariñoso y alegre. Cada dos por tres me da un abrazo de oso mientras se dirige a mi en una mezcla de italiano y alemán que me deja la cara a cuadros. Parece no importarle demasiado. Cuando me habla en alemán, en tedesco puro, parece que me está riñendo por algo que yo haya hecho o dicho. Sonrío con franqueza y Manuel, el camarero, dispone una nueva ronda de cerveza frente a nosotros.
A las cuatro de la tarde, abandono el bar y me voy a dormir la siesta. El resto del día transcurre, de nuevo, entre el hospital y el hotel.

Born to be Wild

A las cinco de la mañana me despierto con una tremenda cagalera y me paso el resto de la noche correteando hacia el baño.
El hecho de que amanezca a una hora tan estúpida como las cuatro y media de la mañana ha cambiado mis hábitos matutinos, de natural poco madrugadores. A las siete ya estoy integrado, casi con pleno derecho, entre el resto de la humanidad, habiendo quedado atrás la vida onírica y recoletamente ínitima de las sábanas.
En el hospital el paciente está en su sesión diaria de radiografías. Afortunadamente no lo dejarán calvo. Ha venido a vernos un monje muy simpático que nos habla de sus tiempos jóvenes en Roma con dos “hermanos” españoles, uno valenciano y el otro vasco. Eran momentos de lucha por las libertades, de plantar las semillas para que los jóvenes de ahora recojan el fruto y sigan luchando. Seguramente hace unos años despreciaría la visita del religioso y, probablemente, abandonaría la habitación con un mohín de desaprobación pero ahora, no sé si por la edad provecta hacia a la que, inexorablemente avanzo, o por tener una anchura de miras más amplia, no solo soporto su presencia sino que la disfruto. Desde que tengo el certificado de excluido de la iglesia católica, en forma de carta del obispado en que se me reconoce mi apostasía, todo lo que huele a bondad espiritual me parece digno de respeto y admiración. Sobre todo si huele a santidad sincera, claro. Sigo sin admirar a las hordas de cristianos que, a pesar de serlo, hacen caso omiso de su religión y toman de ella únicamente aquello que les interesa, creando un Dios y una religión a su medida, despreciando a los demás y prostituyendo las enseñanzas de su profeta. Sigo abominando a los fanáticos que corrompen el humanismo del hombre. Pero respeto y siento verdadera devoción por aquellos que siguen las enseñanzas de sus profetas y que vien con devoción el respeto religioso hacia los demás.
Le traigo un regalo de cumpleaños a Gelu. Es un pin plateado del Valle de Schalanders con un edelweiss, la flor de los Alpes. Queda muy agradecido pero su cumpleaños es mañana.
Desde la ventana de la habitación observo los cientos de golondrinas que tienen sus nidos en la fachada del hospital. Los han colocado en la parte superior del hueco de cada ventana, inaccesibles y resguardados de los elementos. Sus vuelos frenéticos, con acrobacias imposibles, le dan un toque especial a toda la fachada. Hay cientos de ellas. Desde la ventana admiro lo que promete ser otro día de cielos abiertos y calurosos. Probablemente sea el último porque la predicción meteorológica anuncia lluvias copiosas en el norte de Italia. De repente, mientras poso mi mirada perdida en lo alto de las montañas sinto unos enormes deseos de salir de nuevo a la carretera y atravesar otros paisajes, de correr nuevas aventuras cotidianas. Prefiero, eso sí, que sean más mundanas y con menos sobresaltos. Ya no necesito elevadas dosis de adrenalina después de esta semana aciaga.

Hoy he salido del hotel en chanclas. Ya no me queda ropa limpia. Ni calcetines, ni calzoncillos, ni camisetas… creo que ha llegado el momento de hacer la colada. Lavaré mi ropa delicada a mano en el bidet del baño de mi habitación. La otra también.
Mientras tomo una cerveza y navego por internet en la terraza de la calle me entero de que esta noche hay un concierto de rock a pocos metros de donde me encuentro ahora. Toca un grupo local llamado Shocking Minds y celebran, creo entender, algo así como el final de las clases. Será una buena oportunidad para salir de la rutina.

Al ritmo de los Who, de AC/DC o de Steppengwolf voy trasegando cervezas y sacando alguna foto. En el descanso charlo un rato con el cantante y le cuento nuestra aventura en su pueblo. Me dedican una versión muy buena del “Born to be wild”. Al término de la actuación conozco a Bruno, uno de los “gruppies”. Lleva dos años estudiando español y, la verdad, no ha perdido el tiempo. Tiene una conversación fluída y un amplio vocabulario. Se va a ir a Uruguay dentro de unos días.Me voy a la cama un poco pedo

Preparando un Venezziano

Son las ocho y media de la mañana y estoy en el hospital. No hay novedades. El postrado lleva cinco días sin cagar. Me imagino que hacer de vientre tumbado ya es una cosa difícil “per se” pero si, además, tienes dolores cada vez que intentas moverte la cosa puede llegar a ser bastante complicada. A la una de la tarde se lo llevan al baño en una silla de ruedas. Se marea un poco pero es capaz de mantenerse en pie perfectamente. Para mi supone un alivio verlo erguido aunque se le vean aún más moratones en la espalda y las piernas. Después de tantos días en la cama, en postura horizontal, verlo incorporado es como si la recuperación hubiera avanzado de forma ostensible.
El omóplato le duele menos y no se queja de la espalda al ponerse de pie. Vuelvo al hotel y me tomo un Martini mientras me conecto a Internet en la terraza del bar. Creo que quiero volver a Silandro.

De nuevo en el hospital, dejo la fruta en la ventana y me siento a lo pies de la cama. A Gelu le acaban de comunicar que ninguna de sus lesiones precisa operación. Definitivamente. Respiramos aliviados.
A las seis de la tarde traen, como cada día, la cena y, por fin, puede comer sentado a pesar de los dolores. Lleva todo el día sin calmantes porque alguien se olvidó de colocarlos en el gotero.
Hoy tampoco le han quitado el drenaje con lo cual ya resulta imposible salir antes del lunes. Vista la previsión de lluvias para el fin de semana en el sur de Francia casi prefiero salir de lunes, la verdad.
A las ocho de la tarde salgo del hospital esperando encontrarme, después del bofetón caluroso del porche acristalado, el día agobiante que nos acompañó toda la jornada. En lugar de eso un aroma a hierba recién segada inunda todo el valle de Venosta reconfortando el espíritu. Aspiro grandes bocanadas de aire y me dejo seducir por el encanto del día que finaliza. En las laderas de enfrente los aspersores riegan frenéticamente los manzanos, algunos prados están en plena henificación, los tractores se oyen cerca del río… la vida fluye por aquí, puedo palparlo, saborearlo, percibirlo incluso con los ojos cerrados.
En este valle la gente se casa joven. Con veintipocos años ya tienen su primer hijo según me cuenta Christian, uno de los camareros del hotel. Dice que la gente no disfruta de la vida y que solo piensan en familia, trabajo y cerveza, supongo que en este orden. Él, que con veintitrés hace menos de una semana que llegó de un viaje de siete meses por Australia, tiene una visión muy distinta de lo que ha de ser la vida. Me dice también que el ambiente festivo comienza en verano y que la tranquila vida primaveral se trastoca un poco en estos tres meses.

Voy mejorando mi nivel de italiano y ya soy capaz de mantener conversaciones, más o menos largas, con los locales. Me saludo con los habituales y estoy comenzando a formar parte del paisanaje de la villa.
Ayer ví un entierro. Abría la marcha fúnebre una cruz y un pendón de tela de forma triangular que pendía de un palo. Detrás, con semblante circunspecto y acomodado a las circunstancias, una caterva de señoras que rezaban el rosario precedían al féretro, color crema, que se desplazaba sobre una especie de plataforma con ruedas. Era guiado por cuatro hombres que lo empujaban con solemnidad, dos a cada costado. Detrás tres curas que eran seguidos de cerca por el resto del cortejo fúnebre. Ni fu, ni fa. Los entierros son entierros y yo, como todos, mostré mi respeto guardando silencio. A decir verdad eso no era mucha novedad en mí durante estos días en que este puñetero dialecto del alemán me impide relacionarme como yo quisiera.
Por la noche Beni me enseña a preparar un Veneziano: vino seco, Aperol y agua con gas.

Del Stelvio al Cielo

Ayer decidí subir el Stelvio a pesar de que trae malos recuerdos. Lo haré, no sólo por mi que llevo más de diez años soñando con ello, cuando en una revista de motos leí el viaje de alguien que había estado por ahí arriba. También por mi compañero de ruta.
El día amanece con niebla en las cumbres y no parece que vaya a haber muy buenas vistas desde el puerto. Me da igual.
Antes de salir pas opor el hospital a ver que tal ha pasado la noche el convaleciente. Como era dee sperar no hay novedades. El asunto se está convirtiendo y algo rutinario y desesperante. Nunca hay novedades, nunca pasa nada. Estamos deseando que el drenaje deje de fluir y poder volver a casa pero esto es el cuento de nunca acabar. Día tras día siempre es lo mismo. “Domani vidiamo”, “quatre o cinque giorno”, “tutto va bene”… pero aquí seguimos varados sin posibilidad de ir a ninguna parte. Cuando el pulmón deje de estar encharcado podrán embarcarlo “sullo aéreo”, en el avión, y yo dirigirme al norte, a Suiza, Lyon, Pamplona y mi casa.
En la habitación, mientras le cuento a Gelu mi intención de ir a Bormio y Stelvio entra un chico joven con una caja de bombones. Su cara está compungida y avanza con timidez hacia la cama. “Edmund”, – le digo. “come stai?”. – mientras le extiendo la mano con una sonrisa.
Edmund era quien conducía el Fiat que arrolló a Gelucho. Está nervioso y su expresión denota abatimiento y miedo a partes iguales. Se deshace en disculpas en un, para nosotros, incomprensible tedesco mezclado con un italiano bastante rudimentario. Charlamos sobre su trabajo y sobre lo mucho que sintió haber causado el accidente.
Luego, mientras preparan la habitación, Edmund y yo salimos a la calle donde me cuenta sus desgracias de los últimos meses. Su novia, embarazada, ha tenido un aborto hace unas semanas y lo han dejado después de un montón de años de relación. Lleva tres días sin dormir a causa del accidente. Ha llamado al hospital varias vece spero no quisieron darle información así que, se armó de valor, y vino a ver cómo estaba el enfermo.
De vuelta en la habitación recibe una especie de absolución, de perdón fraterno por parte del herido y se va entre disculpas y palabras de agradecimiento. Parece una buena persona, Edmundo.1
Ahora estoy, de nuevo, sobre la moto. Vuelvo a pasar por quinta o sexta vez por el punto exacto del accidente, ya me lo conozco de memoria y creo que tardaré tiempo en olvidar el lugar. Asciendo lentamente y vuelvo a superar los “tornanti” más endemoniados. Hoy ya se ve un poco de tráfico, alguna moto solitaria y un par de deportivos de pequeño tamaño. La niebla se deshace en jirones, dejándose descolgar mansamente entre los bosques de abeto y, más arriba, en las laderas peladas y cubiertas de nieve, pueden verse grandes claros. Hoy no hay marmotas fijando su curiosa mirada en mi.

Subiendo al Stelvio

Aparco la moto debajo del cartel de Bormio, al lado de otras cuatro motos con matrícula española. Creí que iba a ser el primer español en pisar el Stelvio en el año 2010 pero no, he sido el quinto. El puerto abrió ayer por la tarde y hoy ya está a rebosar de motos. Compro algunas pegatinas en los puestos de souvenirs a precios de infarto, saco unas fotos y me dejo inundar por el placer de estar aquí arriba. Es como un estúpido sueño cumplido, una obsesión mantenida en el tiempo que ahora se va para dejar paso a otro estúpido proyecto, a otra estúpida obsesión. Al menos esta no me ha desilusionado, estoy donde tengo que estar.

Stelvio

Y tres veces he tenido que intentarlo para llegar hasta aquí. ¿Acaso era algo tan difícil? Me invade una cierta zozobra. Hay una persona que me acompañó en los dos primeros intentos y que ahora yace en una cama del hospital de Silandro. ¿Acaso es una víctima de mis obsesiones? No puedo evitar sentir, de nuevo, un sentimiento de culpabilidad. Es inevitable preguntarse, ¿y si yo no hubiera…?.
Me voy al Umbrailpass que separa Italia de Suiza. La frontera está vacía y corre un viento frío. Comienzan a caer las primeras gotas. Al entrar en el país helvético la carretera mejora, el asfalto es nuevo y no se ve ni un solo bache. Estoy en el culo del mundo alpino e, incluso aquí, el orden cuadriculado de los suizos se ve en detalles mínimos. Una papelera enorme en cada apartadero con sus correspondientes apartados para separación de residuos, una valla de madera primorosamente colocada… De repente se termina el asfalto y entro en una pista de tierra. Ni un solo bache. En mi país hay carreteras que envidiarían esta pista.

Delante de mi tres motos austríacas se afanan en la bajada. Volvemos al asfalto y la custom se queda atrás. Nosotros tres seguimos hacia abajo en dirección al fondo del valle devorando curvas de pendiente imposible.
El viaje se termina y vuelvo al hospital donde permanezco tres horas. Me conozco cada escalón, cada pasillo, cada sonrisa amable de las enfermeras, cada mirada indiferente del ordenanza. Todo es tan familiar y tan malditamente cercano…
A las cuatro de la tarde recibo una llamada de la asistencia médica en España. Me dan una previsión de alta para el viernes y repatriación en 24 o 48 horas. Parece que las cosas se van aclarando y que la maquinaria herrumbrosa de la vitalidad parada vuelve a ponerse en marcha pesadamente.
Una brisa caliente recorre todo el valle de Venosta creando un ambiente opresivo. En las calles peatonales de Silandro veo muchas chicas jóvenes paseando a sus hijos en cochecitos de bebé. La proporción de mujeres con respecto a los hombres es de tres a uno por lo menos. Decenas de niños en bicicleta pasan ante mi mientras apuiro una cerveza Forst en la terraza de un bar. Sus risas resuenan entre las callejuelas a la par que la barriga oronda de un alemán llega de hacer trekking. Este es un bonito lugar para descansar y olvidarse de todo, perdido en un hermoso valle alpino del norte de Italia. Cada minuto tengo presente a mi amigo, tumbado en la cama con los ojos fijos en el techo de la habitación y furtivas miradas a las cumbres nevadas de su derecha. El tempo transcurre despacio, como la arena de la playa escurriéndose entre los dedos de las manos. Necesito volver a la carretera.
Esta mañana tuve un conato de discusión telefónica con Elena a causa de la moto. Comprendo perfectamente su angustia por mis escapadas, su preocupación cada vez que emprendo un viaje pero hace años que, para mi, viajar en moto es algo más que un placer, es una necesidad imperiosa de la que no consigo desengancharme. Intuyo que esto va a traer problemas de convivencia.

 

1 El día que esto se publica le arrancaría los ojos a Edmundo y le rellenaría las cuencas con hormigón, pero eso es otra historia.

En Vía Muerta

 

Hoy es martes, es el tercer día que vamos a pasar en Silandro. Alrededor de las cinco de la mañana abrí los ojos y el rosicler del amanecer comenzaba a inundarlo todo.

En el hospital a Gelu le han dicho que no podrá salir hasta el sábado o el lunes. Esto es una nueva modificación de planes y supone quedarse toda la semana aquí. Los plazos se van alargando y no me queda más remedio que hacerme a la idea que la cosa va para largo. Ha pasado mejor la noche y los dolores van remitiendo poco a poco. También le comentaron que la lesión en la espalda es en la "cresta". Los médicos de aquí han enviado el informe a un cirujano de Bolzano que, parece ser es un especialista de renombre, para tener una segunda opinión. Él tampoco ve necesaria la intervención quirúrgica.
Sentado a los pies de la cama le leo al paciente varios capítulos del libro "Sin Fronteras" de Gustavo Cuervo. Gustavo es un viajero incansable que ha recorrido medio mundo en moto y que ha publicado su libro en Interfolio, la editorial de un conocido común del mundo de las motos. Ni siquiera me planteo si ésta es la lectura más apropiada para alguien que acaba de subrir un tremendo accidente de moto. Quizá, en mi subconsciente, esté preparando mentalmente a mi amigo para el siguiente viaje. Sea como fuere, bien sea por egoísmo o por el bien del paciente, la lectura de "Sin fronteras" me parece de lo más adecuado.
No deja de sorprenderme la entereza de mi amigo. Hace ya muchos años que lo conozco y sé que es un tipo duro y con paciencia, con una serenidad de ánimo difícilmente quebrantable. Ni siquiera cuando le dijeron que tenía dos vértebras rotas mostró signos de flaqueza. Puede que en su interior estuviera tan acongojado como yo pero en ningún momento pareció asustado. Parece aplicar la máxima de que si los problemas tienen solución no hay de qué preocuparse y si no la tienen, preocuparse no sirve de nada. Yo procuro no hablarle de repatriación ni de la vuelta a casa, tan sólo poner de manifiesto los progresos que vamos obteniendo y las mejoras visibles desde el primer día. Y él sigue postrado en la cama, inmóvil, con la mirada inexpresiva clavada en el techo, horadado de tanta observación.

Ayer me llamaron los de Km Cero. El mecánico de aquí les dijo que la Multistrada era una Ducati, una moto histórica. Visto lo visto, y a pesar de que la culpa del accidente la tuvo el conductor del coche, yo la calificaría como una moto histérica. El bueno de Herbert, ¿Cómo se le habrá ocurrido decir que la Multi es histórica?. Él habla un italiano horrible pero aún debe de sentir cierto afecto por las máquinas italianas. Ayer ya le noté cierto grado de pasión cuando dijo, con voz solemne, "questo e una Ducati". Su pasión por los motores se hace bien patente con una mirada al taller. Todo está colocado en su sitio, todo es pulcro y ordenado. Hay cierta querencia en el taller a lo clásico y un marcado gusto por lo viejo. A la puerta un Fiat Cinquecento de los años 60 está siendo mimado por Herbert y en el interior, en una de las salas, reposan un Lotus Esprit y un Porche 911 cabrio. Otros dos mecánicos trabajan en silencio en los bajos de vehículos más mundanos.
Sea como fuere en el seguro han debido tomar las palabras de Herbert como literales y me acaban de comunicar que el traslado se realizará lo más pronto posible.
La niebla lleva toda la mañana instalada en los Alpes del Val Venosta impidiéndome ver las cumbre nevadas e impregnando la atmósfera de una cierta melancolía. En el día de hoy todo parece recobrar un cierto equilibrio, aunque probablemente todo estuviera equilibrado y era yo el que no estaba bien. Se me ha pasado la sensación de angustia de estos días y el sentimiento de culpabilidad me abandona. Comienzo a ver esta situación como algo normal y a aceptarla sin negaciones. Los paseos al hospital, las caras amables de las enfermeras, mi compañero inmóvil en la cama, el regreso al hotel por las calles de las tiendas… todo comienza a formar parte de una rutina cálida y cotidiana que me da seguridad.
Escribo sentado en el aparcamiento del hospital, sentado en el bordillo, con la rueda de una BMW R1150 RT a la altura de mi cara. Es una hermosa vacaburra teutona de la que me gustaría ser propietario.  El neumático delantero está a punto de enseñar su alma de alambre y pienso en el poco respeto que tiene el dueño por su moto. Se le ha caído una vez y muestra algunos desperfectos sin importancia en la maleta. Qué cojonudo sería volver con esta moto a España. Este rincón, en el que fumo de forma compulsiva, se está convirtiendo en mi oficina al aire libre. Desde aquí veo el estilizado campanario de la iglesia en el que, cada dos por tres, suena el tañido horario que se extiende por el valle inundándolo todo y añadiendo sus notas de normalidad melancólica.
Otro día se acumula sobre el anterior.

El Quid de la Gestión

 

Amanece a las cinco de la mañana. Una hora absurda para que el sol haga su aparición en el microuniverso en el que vivo. Esta noche ha llovido. A las ocho me doy una ducha y, después de desayunar en el hotel, salgo hacia el hospital deseando que una mejoría milagrosa que los médicos no son capaces de explicar ni comprender, que un error inexplicable de interpretación le de la vuelta a la situación en la que estamos. No va a ocurrir eso, claro que no.
El doctor Stecher me dice que en tres o cuatro días le retirarán el drenaje y podrá ser repatriado a España en avión. "Lui e bravo", me dice. Si, ya sé que es valiente. No ha salido de su boca ni un solo gemido, ni un quejido lastimero pidiendo que la humanidad se apiade de él. No es alguien a quien le guste pedir y aún menos, suplicar. Ayer, cuando estábamos en urgencias, ni siquiera parpadeó cuando le comunicaron que tenía una lesión "delicada" en la espalda. Fue un día de altibajos, ayer. Primero el Dr. Stecher nos dijo que en un par de días podría irse a casa en avión. La cosa no parecía tan grave. Luego, cuando apareció en neumotórax, rectificó y nos comunicó que habría de quedarse en observación un tiempo, hasta que el pulmón drenara porque no podía subirse en un avión en esas condiciones. Mal asunto. Al final de la tarde, ante mi insistencia por obtener plazos, me despachó con un lacónico "entre cuatro días y una semana". "Dobiamo spetare". (debemos esperar).

Hospita

Hoy Stecher nos anima la mañana con un plazo de tres o cuatro días. El pulmón está drenando muy bien y no augura problemas. Ellos se encargarán de preparar al paciente para el traslado y de comunicar a la compañía de seguros los requsitos para el traslado. Antes de iniciar el viaje contratamos la asistencia con KMCero, la compañía que MediaBike, un grupo de profesionales relacionados con el sector motociclista, puso en marcha en el año 2002. Ayer, cuando hablé con ellos, todo fueron facilidades y palabras amables. Acostumbrados, como estamos, a que la asistencia telefónica de las operadoras de telefonía sea fría y deficiente, para mi fue una agradable sorpresa encontrarme con una voz cercana, aunque estuviera a tres mil kilómetros de distancia.
A Gelucho se lo llevan a hacer unas placas y aprovecho para ir al taller a ver la moto y concretar su repatriación y a los carabinieri para obtener todos los datos posibles sobre el siniestro.
Voy conduciendo con extrema prudencia. en realidad voy acojonado. Me imagino que, por una cuestión de estadística simple, las probabilidades de que yo tenga también un accidente son de lo más escaso. Aún así voy agarrotado, con el miedo en el cuerpo, sin soltura.

Ducati Multistrada crash

Herbert, el mecánico, dice que en una o dos semanas se llevarán la moto a España. Ningún problema en ese sentido. Pasará un perito de la compañía en Italia y ordenarán el traslado porque la reparación, según él, es inferior al valor venial de la moto. Me cuesta bastante entenderme con Herbert. Habla italiano pero con un marcado acento tedesco, ese alemán tan particular de esta zona de Italia. La moto reposa en el sótano, en silencio, aparcada en una esquina. El manillar está doblado hacia atrás, como los cuernos de una cabra. Ha perdido los dos puños y el metal luce una desnudez pudorosa. La cúpula se descuelga, flácida, hacia un lateral, mirando al suelo humillada. El resto de la moto tiene algunos arañazos y dos de las maletas están rotas pero no parece sufrir daños graves. Aún así se la ve tan avergonzada. Parece sumida en un estado de catarsis.
En el puesto de los carabinieri, donde ayer presenté los papeles de la moto y de Gelu, está cerrado. Es una casa de una sola planta, un chalet más del vecindario con pocos signos externos de que eso sea una comisaría de policía. Un cartel me advierte de que estoy en zona militar y que está prohibido el paso. Abro la verja de madera y llamo a la puerta. Aquí no hay nadie. En el jardín yacen, desparramados sobre la hierba, un triciclo y varios juguetes. La imagen jocosa de los carabinieri decomisando el triciclo pasa fugaz por mi cabezal. La bandera italiana fenece en lo alto del mástil en esta mañana sofocante y calma.
Paso, por segunda vez en el día de hoy, por el lugar del accidente. Me detengo a sacar unas fotos y a imaginarme cómo ha sido la sucesión de acontecimientos. Aún se puede ver la frenada, las marcas rojas del arrastrón de la Ducati… El resto está impoluto. Si no fuera por estos pequeños detalles podría decirse que aquí no ha pasado nada. Un trozo de plástico de la maleta me mira desconsolado camuflado entre las hierbas del arcén. Con mirada lacónica le digo que su destino ha sufrido variaciones y que sus viajes, a partir de ahora, ya no serán en moto. La situación me recuerda a la película "Amanece, que no es poco", en la escena en que un agricultor habla, como cada tarde, con su calabaza.

 

Prato dello Stelvio

Me subo de nuevo a la moto y salgo en dirección a Males, la capital del valle donde está la central de los carabinieri.  Dada nuestra situación reparo en que Males es un nombre muy apropiado.
El jefe de los carabinieri hoy tiene un aspecto menos desenfadado que ayer. Luce uno de esos ridículos uniformes que parecen heredados directamente de los tiempos de Mussolini. A juzgar por los dibujos que adornan su despacho veo que tiene ciertas inquietudes artísticas. Los cuadros son variaciones monótonas sobre temas policiales. Es un hombre de su familia y de la policía que, probablemente, se pase las tardes del sábado haciendo barbacoa o paseando en bici. Es muy amable y enseguida comienza a prepararme un informe con los datos del propietario del coche y el lugar del accidente. No me podrá dar el atestado porque es material oficial que se irá a Bolzano y de aquí a Milán, a la embajada. Con el exiguo informe en la mano me acomodo, de nuevo, en la moto y regreso al hospital.

Hospedale di Silandro

Aquí no hay variaciones, todo está tal y como lo dejé hace unas horas. Las enfermeras pululan sonrientes y los pocos internos arrastran sus pies pesadamente por el pasillo. Es curiosa la escasez de enfermeros que hay. a decir verdad no he visto ninguno. Los únicos hombres que hay en plantilla son los médicos, algún que otro residente barbilampiño y los fornidos celadores, que igual podrían ser monitores de esquí que descargadores de muelle. El hospital es tranquilo y moderno. No es que me encuentre a gusto aquí pero, dentro de lo malo, creo que en este aspecto hemos tenido suerte. Beni, el encargado del hotel me ha dicho varias veces que es el mejor hospital de todo el valle, que aquí hay dinero y no se ha escatimado en medios. Es un consuelo.
Antes de venir al hospital, en la habitación del hotel, escribí un par de postales, una a mi fan número uno, Vanesa, que no se pierde ninguna de mis aventuras motociclísticas y la otra a la dueña de nuestro bar de cabecera donde cada martes hacemos el ensayo gaitero. Era un vano intento de regresar a una realidad alternativa, lejos de Silandro y de las elucubraciones que por aquí nos ocupan. De vez en cuando me refugio en mi cuaderno de viaje, una triste bitácora estos días, en el que voy escribiendo ideas, pensamientos, reflexiones. Y en el que dejo constancia de este sentimiento de culpabilidad que me invade, una culpabilidad opresiva que me corroe y me acompaña constantemente. En este buble en el que, poco a poco, me voy hundiendo, pienso en Martín, mi hijo, y en las ganas que tengo de verlo. Me gustaría abrazarlo, achucharlo, mientras él, como siempre, rehuye los mimos porque ya es un preadolescente de once años que aún no se entera de que está estrenando el mundo. Y en Elena y lo mucho que le gustaría este hermoso valle de Silandro. Escribo en el aparcamiento del hospital, sentado en un bordillo a la sombra, junto a mi moto. De nuevo me asalta la angustia, la zozobra impertinente de la incertidumbre y, otra vez, las lágrimas vuelven a resbalar por mi mejilla.

El valle de Males-Silandro es un lugar bien hermoso. Una enorme llanura rodeada de montañas, nevadas en sus cumbres, donde todo está limpio y cuidado. Estamos a menos de veinticinco kilómetros de la frontera con Suiza. La tarde discurre pesada, calurosa. Para escapar de este tedio, mentalmente, voy elaborando mi ruta de escape, la vía de regreso para cuando llegue la hora de despertar de esta pesadilla. Pienso en Suiza por el Norte, en Milán por el Sur, en hacer más puertos de montaña. Poco a poco se va apagando la sensación de estar en el culo del mundo.

Hospital de Silandro

Me paso la tarde en la habitación del hospital. Un nuevo doctor, más joven que Stecher y con menos carga diplomática me lleva a una sala de reuniones para explicarme con claridad las lesiones de mi compañero. Supongo que pensarán que soy muy pesado pero siento una imperiosa necesidad de preguntar constantemente a los médicos el estado y alcance de las lesiones. No me preocupan las costillas, la escápula, el drenaje y todo el estropicio en que se ha convertido su cuerpo. Mi interés se centra en las vértebras. En la sala, frente a un esqueleto de plástico, me va señalando las partes dañadas y yo, como un alumno aplicado mantengo un silencio grave mientras me desgrana los detalles de cada lesión. Su voz suena hueca, vacía y distante, como quien recita de memoria una cantinela bien aprendida. Aún así es parco en detalles. Probablemente una o dos costillas rotas, no ha visto la radiografía, la escápula fracturada y la quinta y séptima vértebras rotas y aplastadas. Trago saliva y contengo la respiración. La lesión "non e piu grave" puesto que no afecta a la médula. La rotura es en la espina del hueso, por encima del foramen vertebral y el pedículo. Exalo una bocanada de aire que sale en forma de suspiro de alivio. El pulmón también va mejor y en cuatro o cinco días podrá ser trasladado a España. Esto de los plazos me está matando. Hemos pasado de los "dos o tres días" de ayer por la mañana a los "tres o cuatro" y ahora vamos por los "cuatro o cinco". Patientia hermana nostra, que diría el pirata de los cómics de Axterix.

Hospedale di Silandro

Son las cinco y pico de la tarde y me voy a comer. No es que tenga mucho apetito pero supongo que necesitaré alimentarme un poco para sobrevivir en el valle. Ayer me mantuve con el desayuno como única ingesta del día hasta las doce de la noche en que comí un sándwich de tamaño ridículo.  Los restaurantes están cerrados, no abren hasta la hora de la cena, las seis de la tarde. Disponen de un horario al que no sé si podría acostumbrarme. Amanece a las cinco de la mañana, a las seis y media o siete ya hay movimiento, se come a las doce y a las seis o las siete de la tarde se cena. ¿Qué podría yo hacer, en circuntacias normales, hasta la una de la mañana que me acuesto todos los días?. Mondo Dificile,  Tonino Carotone dixit.
Me interno en una librería para comprar un diccionario de italiano-español pero todo lo que tienen está en tedesco. El librero, un ajado talibán de lo alemán con cara de página amarillenta se encarga de instruirme cuando pregunto si el tedesco es un dialecto del alemán. No, es alemán puro. No me pasa desapercibido como pronuncia la palabra "puro" remarcada en tono y entonación. Alemán puro. Esas palabras de reminiscencia aria revolotean en mi cabeza durante un rato. Pido disculpas por mi ignorancia y salgo de la librería con las manos vacías.
Prego, tagliollini colorata e una birra Torst -. La camarera luce una falda ajustada, negra, y en su interior se adivinan unas curvas sugerentes. Cuando se inclina sobre la mesa para servirme la pasta reparo en que la camisa esconde, de mala gana, unos pechos generosos que miran al cielo. Tiene una belleza sutil, casi tímida. No sé si estoy almorzando o cenando porque son las seis de la tarde y es mi segunda comida del día. El desayuno, aunque copioso, es un hecho histórico que mi estómago apenas recuerda. Tengo que organizarme un poco con esto de las comidas porque estoy totalmente descocado.
Vuelvo al hotel con la mirada perdida y con los pechos de la camarera en el recuerdo. Era rubia.

Hotel en Silandro

Beni, el encargado del hotel es un chico joven y jovial. Tiene una mezcla de seriedad italo-austríaca con el desenfado brasileño. No me cuenta gran cosa de sus estancias en Brasil, sólo que va una vez al año y que hay una mujer de por medio. Admiro el plan. Charlamos un poco sobre la idiosincrasia de la zona, de esas peculiaridades que hacen que no se sientan ni italianos ni austríacos. Como mucho, un poco austriacos y siempre con recelo de todo lo italiano. Me recuerdan un poco mi tierra, a caballo entre Asturias y Galicia donde, aún siendo asturianos hablamos gallego y nuestra cultura es más cercana a lo gallego que a lo asturiano. Volvemos a lo de siempre, el asunto de las fronteras trazadas en un despacho, a conveniencia de los señores, dueños de tierras y hombres sin importar las isoglosas y las peculiaridades culturales. Tuvieron, dice Beni, un grupo que ellos llamaban "activistas" y los italianos "terroristas". Se trataba del Comité para la Liberación del Sudtirol, (BAS), que pasó de atentado contra edificios públicos a acciones más duras que terminaron con la vida de 21 personas. Esta región, ligada a Austria antes de la Primera Guerra Mundial, se vió envuelta en un baile de nacionalidades, pasando de Austria a Italia después de la PGM, de ahí al Tercer Reich, después a Italia, con gran represión fascista y, por fin, en 1972, le fue concedida una amplia autonomía con poder legislativo que es única en Italia. ETA también tuvo sus relaciones con el BAS pero, según Beni, la cosa no terminó de cuajar. Tampoco con el IRA. A día de hoy, tener aquí el domicilio aquí supone un estatus especial y una garantía de buen nivel de vida.
Después de esta lección de historia me retiro a mis aposentos.