Cantabrian Range Sewind. 13 horas sin descanso

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Dedicado a Ángel López, él sabrá porqué.

 

 

Son las seis y media de la mañana y el despertador comienza a sonar. Ya llevo un rato despierto y tan solo le dejo emitir un pitido. Hoy es el día de “viajar” de un modo distinto, la Gran Ruta de los Puertos nos espera.

Antes de bajar a desayunar decido ponerme la ropa de invierno: el pantalón de cordura y la chaqueta Dainesse. Esta última lleva desde el invierno pasado encerrada en un armario en el bajo y ayer, cuando la subí por si estimaba oportuno usarla, me di cuenta de que apesta a humedad. Es un olor acre, como a hongo descompuesto. Además está llena de mugre no sé si por vagancia o por miedo real a que se dañe el Gore-Tex. Sea como fuere, cuando, por fin estoy en la calle con toda la indumentaria parezco un motero mugriento, (quizá lo sea por dentro y por fuera).

Ya pasan dos minutos de las siete y Gelucho no llega. Ahora se oye un motor. Mierda, es una caldera de calefacción que arranca… Aún no ha amanecido y el frío se nota, aún a pesar de llevar los ropajes invernales. Otro motor a lo lejos me hace coger el casco, pero en esta ocasión se trata de un tractor. Será mejor no comentar con nadie que he confundido el sonido de un tractor con la suave musicalidad de una Ducati.

Algunos chavales regresan de las fiestas de Santalla y me saludan con un gesto cansino y con palabras que ya son difíciles de articular a estas horas intempestivas.

Por fin la Multistrada hace acto de presencia y saludo a mi compañero de ruta que ya viene quejándose del frío que hace.

 

 ¿Nos vamos? – pregunto

 ¡Vamos!

 

A menos de cincuenta metros nos encontramos a Berto que acaba de salir del Occidente, de una larga noche de copas.

– Coño,- pienso – para un día que no salgo yo hay fiesta hasta tarde, hay que ver.

Comenzamos el ascenso del primero de los puertos de esta larga jornada y en mi cabeza ronda constantemente la duda. Sé que somos capaces de hacerlo, al fin y al cabo tampoco es para tanto, pero no me gustaría tardar más de la cuenta y meterme de noche por carreteras de montaña desconocidas, sobre todo el Desfiladero de los Beyos que me han dicho que es precioso, pero retorcido.

Ya hemos cubierto los primeros tres kilómetros y la niebla hace acto de presencia para cubrirlo todo con su blanco y húmedo manto. Soy incapaz de apreciar la belleza plástica de los jirones nebulosos y maldigo las nieblas matinales mientras el frío comienza a helarme la punta de los dedos. Gelucho viene a rueda.

Conforme vamos ascendiendo la niebla va desapareciendo y volvemos a ver el cielo oscuro, con un atisbo de claridad hacia el Este. Está amaneciendo.

 

Puerto del Acebo

 

En el Puerto del Acebo me detengo a sacar una foto que deje constancia de nuestro paso, pero ni siquiera me bajo de la moto para no perder demasiado tiempo. Detrás de mi, Gelucho ya ha apagado el motor y está en cuclillas con las manos metidas entre los dos cilindros de la Ducati.

 

 Empezamos pronto,- pienso mientras lo observo- ya tenemos avería.

 

Sin embargo lo que estaba haciendo era calentarse un poco las manos, heladas en el interior de los guantes de verano.

Ya quedan atrás las obras de la carretera de Fonsagrada y bajamos el Alto de Piedras Apañadas en dirección al río Navia y el concejo de Ibias, en Asturias de nuevo. Nos movemos a un ritmo aceptable por la estrecha carretera de Ibias y, en mi caso, con bastante soltura a pesar del frío.

En menos de media hora desde la salida ya estamos en la carretera del Pozo de las Mujeres Muertas y el Alto de Valvaler, a1098 metros de altitud. La niebla por aquí arriba está pegada a la montaña, como buscando el calor de la tierra y no nos molesta demasiado. Una nueva parada para sacar la foto de rigor y, de nuevo, mi compañero se encuentra en posición de sumisión ante la máquina, con sus manos en el interior de ésta. Tiene un poco de obsceno el tocar el motor de la moto si no es para algo que tenga que ver con la mecánica, se me antoja “tocamiento impuro”, acto contra natura o algo así. A veces yo también lo hago por puro placer místico. Será mejor que tampoco comente esto con nadie, estas comuniones con la máquina tienen un placer pecaminoso que no debe ser compartido.

 

Calentando manos

 

Ahora ya siento verdadero frío. Llevo dos camisetas y la chaqueta con su forro, pero esta mañana de agosto está resultando especialmente desagradable en cuanto a temperatura. Calculo que no estaremos a más de siete grados. La bajada del Pozo es un poco técnica en algunos tramos, pero, en general, sencilla a pesar de las curvas cerradas. Tiene muy buen piso y en poco tiempo quedan atrás las nieblas del Bosque de Muniellos y el río Coto: hemos desembocado en la AS-213 que nos llevará hasta el Puerto del Rañadoiro y Degaña. La temperatura ha subido ahora unos grados y, a pesar de no ser agradable aún, ya se soporta mejor.

Las rampas del Rañadoiro apenas tienen tráfico, de hecho nos hemos encontrado con una docena escasa de coches desde que salimos de Grandas, no en vano aún son las ocho y media de la mañana de un sábado de agosto. Estoy preparado para encontrarme con hordas de turistas con sus vehículos entorpeciendo nuestro paso, pero aún es pronto para eso. Antes del llegar al túnel, en medio del hayedo y, una vez más, entre la niebla, hago unas fotos en el cartel, de nuevo sin bajarme de la moto y otra vez Gelucho arrodillado rezando a su Ducati. El gesto me está comenzando a resultar pesado, más que pesado, exagerado, pero no digo nada.

 

Puerto del Rañadoiro

 

Este hayedo del Rañadoiro es un lugar hermoso, sobre todo en otoño. Se extiende por toda la ladera norte y en cada curva parece que podrías ver a un busgoso parapetado detrás de cualquier haya.

Rodeamos Muniellos por Larón y La Viliella y nos adentramos en el valle de Degaña, donde el frío vuelve a ser atenazador, quizá más que antes. Sobre nosotros un cielo azul nos anuncia una mañana soleada, pero a este valle aún no le ha llegado la hora y el sol solo toca, tímidamente, las laderas de enfrente.

Pasamos Degaña, Cerredo y la temperatura baja un par de grados al llegar al Puerto de Cerredo. Ahora mis manos están heladas, casi no siento los dedos y aplaudo un poco para activar el riego. Gelucho reza a la Diosa Ducati con la esperanza de devolver la vida a sus manos. En la farmacia de Cerredo el termómetro marcaba cinco grados, estúpida temperatura, incluso para las postrimerías del mes de agosto. Un tímido sol no llega a calentarnos y lo más que consigue es entorpecernos la visión, de modo que tengo que aflojar el ritmo.

Hemos salido de Asturias otra vez y estamos en Castilla y León o, como rezan las pintadas, ”León solo”, “León ensin Castiella” dentro del “País Llionés”. Como de costumbre, alucino con la necesidad que tienen algunos de marcar fronteras y creerse mejores que los demás por el simple hecho de haber nacido en un lugar u otro. Pensamientos recurrentes.

A pocos kilómetros, en Caboalles de Abajo tomamos la carretera del Puerto Leitariegos y ascendemos pesadamente uno de mis puertos emblemáticos, no por sus curvas o su paisaje, sino por un halo especial que lo envuelve. Unos encuentran su Shangri-La en una botella o en un gramo de farlopa, yo lo encuentro en la subida al Puerto de Leitariegos por su vertiente asturiana, (y en la botella, claro). Quizá no tenga nada más especial que cualquier otro sitio, pero yo siento algo especial, algo casi mágico en este paraje. No siempre aflora ese sentimiento, no es una cosa que salte de forma automática cada vez que lo subo, pero a veces, cuando el estado anímico, la ruta y la máquina se alinean como una perfecta conjunción planetaria, brota esa sensación que te pone el vello erizado y que hace que te apetezca gritar, en la calidez confortable de tu casco, lo feliz que te sientes a los mandos de tu moto.

 

Puerto de Leitariegos

 

Hoy, desafortunadamente, no es uno de esos días, hace demasiado frío y voy con un objetivo marcado que impide que me pueda concentrar en otra cosa. Esto es algo serio.

Son las nueve y media de la mañana y ya nos hemos tragado cinco puertos de montaña.

La bajada del Puerto la hacemos a buen ritmo y llegamos a Cangas del Narcea sin problemas. Allí nos espera Juan con su BMW 1200 GS. Aparco mi Vstrom a su lado y me recreo en las formas de la alemana durante unos instantes. Siento una cierta envidia al contemplar a la “Vacaburra teutona”, que ese es su nombre aunque Juan aún no lo sabe, un poco de envidia digo, porque mirar una de estas máquinas es símbolo de aventura, de libertad, de vuelta al mundo… si, y también de cartera llena para pagar las revisiones, claro. Estas motos son como una leyenda urbana aunque luego la realidad se aleje bastante de estos cánones. ¿No te gustaría dar la vuelta a mundo en una GS? Pues eso, ya sabes de lo que hablo.

Juan se ha apuntado a este bombardeo hace tres semanas, pero no dio señales de vida hasta ayer mismo y ya no contabamos con su presencia en esta gesta. Pero ayer parecía que le iba a dar un pasmo si le decía que no podía acompañarnos. Es la primera vez que salimos en moto juntos aunque nos conocemos de hace tiempo, de mi etapa como investigador de incendios.

El siguiente puerto, Somiedo, nos queda aún muy lejos, a cien kilómetros y nos encaminamos hacia allí resueltos. Yo sigo abriendo la marcha, seguido por Juan y Gelu cierra el grupo. Nunca quiere ir el primero y siempre me toca a mí el marrón de ser el “road lider”. A veces voy por encima de mis límites y otras demasiado lento, pero no consigo saber cual es el ritmo correcto porque siempre me dice “vamos bien así”, de modo que constantemente circulo con un ojo puesto en la carretera y el otro en el espejo para ver las evoluciones de mis perseguidores. Me gusta ver a Gelu trazar curvas, siempre en la trazada correcta y con muy pocas rectificaciones. Creo que lleva muy bien la moto, sin aspavientos, sin sobresaltos, como un baile bien orquestado. Hace mil o dos mil años hizo varios cursos de conducción, en Calafat y, creo recordar que, en Albacete sin que se le haya olvidado la técnica.

La zona de obras de la carretera de Somiedo, desde Belmonte hasta Aguasmestas, está muy avanzada y gran parte del recorrido ya está asfaltado, aunque solo sea con la primera capa. Cerca de Almurfe hay nos operarios colocando el guardarrail y una furgoeta se detiene a su lado. Enseguida me doy cuenta de que forma parte de la empresa y me detengo detrás, más que nada porque no queda sitio para pasar. Uno de los operarios me increpa a voces, diciéndome que no hay prisa, que no hay prisa, que despacio. Yo, con sensación de irrealidad pienso – qué cojones sabes tú si hay prisa o no hay prisa – Juan, que viene detrás y no se entera de lo que dice el joven rubicundo, de forma instintiva le ordena – tu calla la boca y deja de poner esa mierda de quitamiedos –

Subreal, igual que el interior de la mente del operario.

 

Así las cosas llegamos al final de las obras y, como vamos bien de tiempo, paro a ver a mi abuelo en Aguasmestas. Ya tiene 96 años pero una lucidez envidiable y prueba de ello es que adora las motos Aún recuerda los tiempos duros, en los años cuarenta, cuando iba de comercial de madreñas en la Lube o en la Guzzi-Hispania, hasta Astorga. Mejor era aquello que la bici, claro.

El abuelo todavía está en la cama así que hoy no se podrá subir a la Vstrom, como el día que se subió a la Teneré, no hace mucho, y luego casi tengo que ponerle una escalera para bajarse. Se moría por dar una vuelta.

 

BMW en el puerto de Somiedo

 

Solo a orinar y repostar

 

Otro puerto hermoso es el de Somiedo, con las enormes moles calizas presidiendo, majestuosas, el valle del mismo nombre. Sigue estando fresca la mañana, pero ya no es la cosa insoportable de hace unas horas de modo que ordeno a mi escuadra un descanso de 3 minutos y cuarenta y cinco segundos. Los dos se me quedan mirando y se muestran de acuerdo sin añadir nada más. No sé si se lo han tomado en serio o en broma.

Juan, como en cada parada, se fuma un cigarrillo mientras su moto descansa entre el resto de rumiantes y yo decido dejar mis guantes de invierno en la maleta para ponerme los Rev-it de verano, tan rotos ellos, pero tan confortables que parece que conduzco mejor. Me gusta sentir su tacto y mirarme la manos con ellos puestos. Es casi como mirar un mapa, de forma inmediata me transporto a lugares lejanos como si estuvieran provistos de algún mágico mecanismo de teletransporte.

Vuelvo al valle de Babia, ese que tanto adoro y donde encuentro el karma tantas veces. En esta ocasión me desilusiona porque los verdores primaverales han dejado paso a los tonos amarillos de finales de agosto y lo que hace unos meses era de mil verdes hoy luce un monótono tono amarillento, solo roto por los chopos de la ribera y los oscuros piornales de las laderas. Ya no hay hierba mecida por el viento, ni flores, ni halo mágico envolviéndolo todo. Es, y perdón por la expresión, como cuando eres adolescente y descubres que tu novia también se tira pedos. La candidez juvenil se te escapa entre los dedos cuando descubres, idiota, que la que tienes enaltecida es real y, por lo tanto, imperfecta. Supongo que comienza el imparable y proceloso camino hacia la senectud.

Con Babia he perdido un poco de mi candidez: ya no es la novia perfecta elevada en un altar. Aún así sigue siendo increíble, por lo real. Tan real que parece mentira.

Pensamiento recurrente

Nos detenemos a repostar en la gasolinera de San Emiliano, donde hace años Emiliano, el dueño, trató a Gelu como un delincuente y terminó con la presencia de la Guardia Civil intentando poner paz en aquella guerra. La idea de repostar allí fue mía. De algún modo creo que intentaba saldar viejas cuentas con el viejo o algo así. Fue una macarrada que no llegó a nada puesto que Emiliano no estaba en la gasolinera. Si tiene un poco de vergüenza estará purgando sus pecados de viejo iracundo.

De San Emiliano al Puerto Ventana, lugar que no había pisado nunca a pesar de haber estado a escasos dos kilómetros. La subida por la vertiente leonesa es suave, con buen piso y curvas de radio amplio. Se asciende de forma placentera, entre camperas naturales, piornales y escobonales hasta llegar al alto, desde donde se divisa una buena porción del concejo de Teverga, Quirós o Yernes y Tameza.

 

Puerto Ventana

 

Puerto Ventana

 

Puerto Ventana

 

El descenso ya es otra cosa; carretera estrecha y curvas ciegas cada diez metros hacen que nuestra bajada sea lenta y cuidadosa. Aún así me trago una de las curvas en segunda marcha por no estar atento y deseo, vanamente, que los que me siguen no hayan visto mi falta de pericia. Qué vergüenza. A partir de este punto me centro al máximo y no vuelvo a tener ningún apuro.

Bajando los hayedos del Valle de Teverga, con la Sierra del Aramo al fondo, recuerdo la última vez que estuve por aquí, concretamente en la Braña de las Cadenas y el hayedo de Montegrande entregado más al placer amatorio montano que a la contemplación natural o, quizá, dando rienda suelta al primero a causa del segundo. Memorable en cualquier caso.

 

Teverga

 

Teverga

 

Pasamos La Plaza, capital de Teverga y Barzana, la de Quirós y rápidamente estamos ascendiendo la Cobertoria por las enormes curvas de la “nueva” carretera. Disfrutando, porque después de la subida llegan la zona de obras hasta Pola de Lena. Ya se acerca la hora de comer, la una de la tarde, y decidimos hacer la parada de postas en lo alto del puerto. Allí coincidimos con varios moteros que habían venido a hacerse el puerto de forma individual o en pareja. No hay grandes grupos por estos andurriales que suelen disfrutarse más en solitario. Damos buena cuenta de la tortilla con que nos obsequia la mujer de Juan, y del Lomo de Cangas, y del jamón de recebo, y de la bota de vino… y ya la ruta se ve con otros ojos después de darle alimento al cuerpo, que el alma ya lo viene teniendo desde que salimos.

 

Alto la Cobertoria

 

Ahora que lo pienso, desde el Puerto de Somiedo le venimos dando a la bota de vino en cada parada que hacemos, parece ser que somos de la vieja escuela y no tememos a los alcoholímetros del Ministerio del Interior.

Vuelvo a lomos de la Vstrom como si acabara de salir de casa y enfilo las obras con decisión. Aumento un poco el ritmo en las zonas de zahorra y en las más bacheadas para ver cómo responden los compañeros. Si, ya sé que es un poco cabronada, pero necesito desquitarme un poco después del incidente en el Puerto Ventana.

 

Bajando la Cobertoria

 

 

 

 

 

Se quedan un poco atrás, pero enseguida me dan alcance y llegamos juntos a Pola de Lena. Allí entramos en la autopista hasta Campomanes para subir el Pajares. El tramo de autopista me relaja un poco después de tantas horas de curvas y puertos pero apenas dura un par de minutos.

Hace años que no paso el Pajares en moto, de hecho creo que fue allá por el 94, de camino a Marbella con la Intruder 1400 y una estupenda nevada. Recuerdo que bajaba la quitanieves cuando estaba a punto de coronar. En esta ocasión hay un día despejado y con buena temperatura para rodar. Hemos dejado atrás, definitivamente, el frío y luce un sol radiante que nos reconforta. Con este panorama decidimos tomarnos otro respiro en el bar, un café con gotas y un pis antes de meternos en León en pos del Puerto de San Isidro, otros cien kilómetros.

 

Gelucho en Pajares

 

En el baño me doy cuenta de que hay partes del cuerpo que tardan más en calentar, no necesitaría tamaño XL.

Bajamos a la Robla y a Matachana y, como cada vez que paso por aquí, me pregunto si la famosa morcilla de Matachana será real o sólo una leyenda urbana, pues me han contado que por aquí nadie ha oído hablar de ella. Sea como fuere, está muy buena, untada en el pan y acompañada de una botella de sidra.

Placeres sencillos.

En Boñar pregunto, en la gasolinera, por la carretera del puerto y al salir y retomar la ruta la rueda trasera se marca un derrape por su cuenta en el asfalto gastado y untado de gasoil. Es el segundo susto y me digo a mi mismo que debo tener más cuidado. No sólo por mi, también por el proyecto.

Para llegar al Puerto de San Isidro ascendemos de nuevo por una carretera de suave pendiente, como cada vez que subimos desde la provincia de León, dejando atrás el embalse del Porma y circulando paralelos al río, extrañamente caudaloso en este mes de agosto. Se trata de un valle abierto en el que apenas se registra actividad este sábado. Algunas familias que dormitan bajo las sombrillas mientras digieren la tortilla de patatas nos dirigen una lacónica mirada por el rabillo del ojo. No me dan envidia.

De nuevo en la cima del mundo conocido, a 1500 metros de altitud, con la bota en la mano y Juan con el Marlboro en la boca. A veces, si la parada se alarga más de cinco minutos, le sobreviene un episodio sicótico leve y fuma, compulsivamente, dos cigarros consecutivos.

 

Por el Valle del Porma

 

Puerto de San Isidro

 

En la bajada hacia Cabañaquinta pasamos por el pueblo de Entrepenes y no puedo reprimir una sonrisa. Me imagino el óvalo facial entre las dos peñas y la sonrisa se amplia. Los juegos de palabras acuden a mi cabeza como invocados por el nombre “Entre penes anda el juego” y otros que no recuerdo. Finalmente, intento desechar de mi cabeza la imagen de los penes y la chica porque no puedo concentrarme en la conducción. Qué cosas me pasan.

 

 

Desde Cabañaquinta nos metemos por el Puerto de la Collaona, ascendiendo por una carreterilla de segundo orden que me recuerda mucho uno de los puertos que Gelu y yo subimos en Croacia hace un par de meses. Una vez arriba Juan confiesa que no lo ha gustado nada, que tiene demasiadas curvas ciegas. Gelucho no dice nada. A mi me parece maravilloso, como las vistas que hay desde arriba, en dirección norte.

 

La Collaona

 

La Collaona

 

Gelu llama a su mujer para preguntarle por su hijo de cuatro años que se ha pasado toda la noche vomitando y tiene fiebre. Malas noticias, la fiebre no remite y no se ve mejoría a lo largo de la tarde. Su cara refleja preocupación.

De Laviana a Campo de Caso subimos como tiros, por una carretera ancha y bien trazada, como las que no tenemos por el occidente de la región. Sin embargo llega un momento en que la buena carretera se termina, justo antes de las primeras rampas del Puerto de Tarna, a unos veinte o treinta kilómetros y, de forma abrupta, te ves inmerso en una cartera bacheada y estrecha. Me pilla de sorpresa y me da un buen susto porque no hay ni una sola señal que te indique que se termina lo bueno. Quizá porque lo bueno vuelve a comenzar en la subida a Tarna donde sus cinco paellas son lo de menos comparadas con la interminable sucesión de curvas y contracurvas del ascenso. A nuestra derecha el río Nalón y una inacabable sucesión de bosques encajonados entre calizas.

 

Puerto de Tarna

 

La subida se me hizo un poco larga y estaba deseando llegar arriba. A estas alturas del viaje ya voy acumulando cansancio y me va costando un poco más hacer kilómetros. La Vstrom no me da ningún problema, ni una mala vibración, oiga, pero el pantalón es otra cosa. Aún voy con el forro puesto, desde por la mañana y el sudor y el rozamiento hacen que se me vaya irritando la zona alta del muslo, (o la zona baja del glúteo, a saber). Ya tengo que cambiar de posición un poco más a menudo y, de nuevo, mi imaginación comienza a ir por derroteros extraños. Empiezo a pensar en cambiarme el nick de internet para apodarme Mandril. No sé si me gusta mucho pero se ajusta a lo que siento ahora mismo. Me consuela saber que mis compañeros se mueven más que yo sobre sus motos.

 

 

Después del Puerto de Tarna otra vez zona de obras, veintidós kilómetros de ensanche que no nos hacían ninguna falta ahora mismo. Y en el cartel, de nuevo pintadas de Llión Libre y Reino de León como si no tuviéramos bastante con un rey y su cohorte de comedores.. De nuevo medito sobre el tema y pienso en quién puede estar interesado en crear un nuevo reino por estos andurriales. Y quién va a ser elegido para dirigir el reinado, el rey León, quizá? La próxima vez vendré provisto de spray: “Simba, Rey de León” “Timón y Pumba, Príncipes de Asturias”, “Scar, Duque de Cantabria”, (o también querrán un rey?).

¡Fuera, fuera de mi cabeza malditas vocecillas!

Pensando en idioteces sin sentido llegamos al Pantano de Riaño por una carretera sin demasiado atractivo para mi. Me apresuro a tomar la N-625 para comprobar, un kilómetro más allá, que mis compañeros se han quedado en el cruce. Espero un rato mirando al pantano y reparando en lo bajo que está pero éstos no aparecen. Vuelvo sobre mis pasos y me los encuentro en el mismo punto, departiendo con un motero. Hay que desviarse siete kilómetros, hasta Riaño, porque mis chicos no llegan a Cangas de Onís, les quedan un par de litros. Yo creo que sí llego y me hago el machito pero enseguida me proponen que no cargue gasolina y que intente llegar. Meto primera y zanjo la cuestión con dirección a Riaño.

 

Puerto del Pontón

 

En lo alto del Puerto del Pontón, mientras Juan fuma sus dos cigarrillos compulsivos, encuentra lo que técnicamente describiremos como excrementos, pero que en realidad era una cagada. Después de observar texturas, olores y colores, (a sabores no llegamos), concluímos en que son deposiciones de oso. Mi cualificada opinión corrobora tal extremo, sacamos una foto y seguimos tan campantes a ver si llegamos a Cangas de Onís de una vez.

 

La gran cagada

 

 

 

Gelucho comenta la posibilidad de ir a dormir a casa si su hijo sigue enfermo. “este flipa”, pienso yo.

Estamos dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa, ya descendiendo hacia Cangas por el valle de Sajambre, lugar increíble donde los haya. ¿Cómo es posible que haya estado tanto tiempo sin conocer esta maravilla de lugar? ¿Porqué nadie me dijo que esto existía? No hay derecho hombre!

 

 

El río Sella, Oseja colgada en la ladera, Jonseya, El Infierno… la virgen! No creí que tanta belleza pudiera darse cita en un solo lugar. Me apetece parar en cada recodo, después de cada curva, en cada mirador al borde de la carretera para quedar extasiado con esta caprichosa orografía hendida por el Sella. En lugar de eso tengo que conformarme con dos míseras paradas que no dan para llenar mi espíritu, ávido de sensaciones. Esto es como el colofón de un “paseo” increíble, es como el postre perfecto para degustar después de una buena comida, el cigarrito de Juan después de un buen polvo…

 

Desfiladero de Los Beyos

 

Con el desfiladero de Los Beyos aún en la retina y prometiéndome a mi mismo visitar el lugar con más calma, nos encontramos ya en Cangas de Onís, donde entro el primero con la mano levantada en señal de victoria: misión cumplida. Han sido 720 km. Trece puertos de montaña y miles de curvas. Trece horas de moto y cuarenta y cuatro litros de gasolina.

 

Cangas de Onís

 

Una vez en el puente más famoso de Asturias, (y no es el de la Constitución), nos sacamos unas fotos y, ya en la pensión, Gelu decide volver a casa porque el niño sigue igual. Juan y yo nos quedamos a cuadros. Desde Cangas hasta Grandas hay, por el camino más corto, no por nuestra absurda ruta, 215 kilómetros y dos puertos de montaña, unas tres horas de viaje en coche, dos y media en moto si te conoces la carretera. Inutilmente intentamos quitarle de la cabeza la idea, pero él, de naturaleza testaruda, ya tenía tomada la decisión antes de llegar a Cangas de modo que cogió el petate y nos dejó cariacontecidos.

Esta ruta tiene, claramente, un ganador, un podio con sus medallas de oro, plata y bronce. Hoy, la medalla de la ruta y la del amor paterno-filial se la lleva el señor Ángel López, cabezón donde los haya y bueno por naturaleza, (pero cabezón, eso si), con 950 km y casi dieciséis horas de ruta. Me quito el caso, colega.

Después de esto, Juan y yo llamamos a Dan, el danés loco de la Vstrom y compartimos noche de risas y colocón hasta las … cuatro de la mañana. Lo digo con la boca pequeña porque muy normal no es, no.

 

El domingo, con la correspondiente resaca y dosis de Espidifen, Juan y yo emprendimos en regreso, acompañados durante un trecho por el cadáver andante en que se nos había convertido Dan a causa de la ingesta de cerveza sin control. Como gran enseñanza de la noche anterior, veo que en la cartera tengo apuntada una frase pronunciada por el danés: “cuando llegue el final de mi vida solo espero poder mirar atrás y decir: creo que no me he pasado mucho”.

 

Dan, el danés

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