El Oro Gris de La Cabrera


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Son las ocho de la tarde y estoy sentado en una especie de área recreativa en estado de semiabandono, en la ribera del Río Cabrera en León. Me he detenido aquí a pasar la noche después de más de siete horas sobre la moto recorriendo la zona Este de León.

Acabo de hacer el acopio de leña y montar un campamento en el cobertizo de al lado, una construcción en bastante buen estado que me servirá de cobijo esta noche. Mientras garabateo en mi cuaderno veo que cada vez escribo peor y que solo tengo buena letra cuando estoy al teclado, creo que se me está olvidando escribir.

El cielo tiene un color un tanto ambarino y proyecta sobre la montaña de enfrente una extraña luz amarilla que confiere un inquietante aspecto a todo el valle. La tormenta está al caer…

 

 

Área recreativa en el municipio de Benuza

 

 

Martes 9 de septiembre de 2008

 

Ayer tuvimos fiesta de la asociación cultural y yo, haciendo honor a mi título de gaitero, me mantuve al pie del cañón desde las once de la mañana hasta las dos de la madrugada, afortunadamente para el público, no todo el tiempo tocando la gaita. Hoy, tal y como era de esperar, me desperté un tanto lerdo y con la boca pastosa, sin saber muy bien qué hacer durante el día. Parecía que se presentaba una jornada tediosa o, como mucho, de tareas domésticas lo cual es aún peor. Mientras estaba aún en la cama, acurrucado en la calidez cuasi mortuoria del lecho, Elena me dijo que a mediados de semana estaban anunciando temporal de tormentas y que, si iba a salir en moto, era mejor que lo hiciera hoy.

A mi, que no hay que insistirme mucho para salir sobre dos ruedas, (más bien nada), me faltó tiempo para colocarme la ropa de cordura e, investido en ella, me apresuré a preparar los adminículos de acampada para pasar, al menos, una noche fuera. En menos de tres cuartos de hora me había vestido, desayunado, preparado la moto, el infernillo, el asaltro a la despensa, había ido a comprar pan y ya estaba sobre la moto camino del Puerto del Morredero, en la provincia de León.

 

 

Las moscas me están comiendo vivo, las odio con toda mi alma, Creo que hay miles de ellas a mi alrededor metiendose entre mi pelo, en mis dedos, en la nariz… Llevo pegados unos parches antimosquitos a las patillas de las gafas pero no hacen mucho efecto contra ellas. La luz se hace más amarilla por momentos…

 

 

El Morredero hace años que llamaba la atención, desde el día en que unos amigos recalaron por esas tierras, un tanto despistados. Habían alquilado un apartamento para una noche con la intención de quedarse cerca de Astorga sin tener en cuenta que, por el camino que eligieron, se tarda más de una hora y media en llegar a la villa de las mantecadas. Volvieron contando cosas horrendas del recorrido que les pareció alejado de la mano de Dios y eso bastó para que me picara el gusanillo de recorrer la zona a fondo.

Mientras ascendía con cautela la AS-28 en pos del Puerto del Acebo me iba imaginando cómo quedaría la carretera al finalizar las obras. Ahora todo es polvo, piedras sueltas y baches por doquier, pero cuando esté terminada van a quedar tramos de alta velocidad donde los del “chunda-chunda” podrán dar rienda suelta al turbo-tunning. Al llegar al Acebo adelanté a la furgoneta de los obreros, que ya se van a comer, en plena línea continua porque aquí las señales ya son un recuerdo del pasado, como arqueología vial. Unos kilómetros más adelante, en una zona de grava y zahorra, me dan la pasada y tocan el claxon como diciendo “ mira, mira, corremos tanto como tú”. Y es que la Vstrom no es como la Teneré, ni de lejos, para aventuras por tierra batida.

Yo, entre tanto, acongojado por la polvareda que iban levantando, me acordé de sus madres y les deseé una buena indigestión en forma de cagalera seria.

Después de pasar Fonsagrada, ya en la provincia de Lugo, y dejar atrás los treinta kilómetros de obras comience a trazar las curvas de amplio radio en dirección a Baleira y la N-VI.

Hay por esta ruta una curva que me vuelve loco. Se tata de un curvón amplísimo, sin visibilidad, en el que, una vez te metes dentro parece que nunca va a acabar y vas a entrar en un bucle sin fin. Cuando consideras que llegas al final de la curva vuelves a tener visión y compruebas que aún te quedan unos cuantos metros para disfrutar. Aunque con cuidado, procuro tomarla siempre a velocidad elevada, aunque para ello tenga que apurar el ritmo justo antes de entrarla. Y una vez dentro, me veo allí tumbando, desafiando a la gravedad y sintiéndome el rey del mambo sin mover ni un ápice la trazada. Eso cuando me sale perfecta, porque otras veces he de rectificar y siento que estropeo la mitad de la ruta. En esos momentos me apetece dar media vuelta y volver sobre lo andado para intentar hacerlo mejor.

Hoy la curva casi se malogra, una vez más, pero no por mi culpa sino por un camión que circulaba, delante de mi, a velocidad tediosa. Así no hay quien trace ni quien haga nada así que tuve que adelantar en línea continua, (otra vez), para poder llegar a la curva en solitario, sin obstáculos que me impidiesen realizar bien mi trabajo. Ahí estaba la c… encaro, bajo una marcha, entro, comienza la trazada y… perfecto! Nada que decir, nada que objetar. Simple, largo, suave, hermoso. Una leve sonrisa de autocomplacencia en el interior del casco y adelante, la calle es mía.

Y la autovía de la N-VI de los camiones y los cochazos. Yo circulo a unos 135 o 140, pocas veces a más velocidad porque no me aporta nada positivo y sí muchas molestias. A veces, en adelantamientos puedo apurar a 150 y enseguida bajo la velocidad de nuevo. Circulando así los Mercedes, BMW´s, Audi´s y demás me pasan por la izquierda mientras rebaso camiones y más camiones.

Antes de Ponferrada me detuve a repostar en Carracedelo y, curiosamente, el la misma gasolinera en la que me ha tocado parar otras veces. La chica que despacha ha cambiado, o está de descanso y en su lugar me atiende la Srta. Carlota, una hermosa rubia que sonríe constantemente. Allí preparo el GPS y organizo la ruta hacia el Morredero.

Atravesé la localidad de Ponferrada y comencé a ascender una suave pendiente hacia el lugar dónde me guiaba el GPS pero entre tantas carreterillas me pasé el desvío, una pequeña calleja, con lo que la amable chica del navegador me recalculó el recorrido de forma inmediata intentando sacarme de la población por otra calleja. Yo, que ya me las sé todas con esta tía, le pregunté a un parroquiano por dónde se subía al Morredero y me contestó que iba equivocado, pero que podría pasar a la carretera “buena” por la misma calleja que me enviaba el GPS. En teoría se trataba de una pista de tierra de no más de un kilómetro. Pues allá que me meto por la pista siguiendo las indicaciones de los dos que sabían más que yo y cuando quiero darme cuenta estoy en un camino de mierda, lleno de piedras y con surcos provocados por el agua. Decidí volver sobre mis pasos y tomar otro desvío pero la chica me gritaba que diese la vuelta, que por ahí no era.

 

Entre las viñas de Ponferrada

 

 

 

 

Después de recalcular el recorrido varias veces y de dar la vuelta otras tantas, me cansé de aquella obra teatral sin sentido y decidí guiarme por mi instinto. Para aquel entonces ya estaba sudando la gota gorda, desesperado por no encontrar el camino y maldiciendo con toda mi alma, una vez más, a la hija de puta que vivía dentro del GPS, que unas veces me ama y otras me odia sin saber qué puedo hacer para que siempre me quiera.

 

Llegando a salas de Los Barrios

 

Al fin, después de mucho sudar y de seguir la ruta lógica, es decir la pista más trallada, llegué a un pueblo sin nombre, probablemente Salas de los Barrios, a poco más de cinco minutos de Ponferrada. Había estado casi una hora perdido por las pistas agrícolas que dan servicio a los viñedos y apenas me había movido de sitio. Y lo peor, estaba casi agotado de sujetar la Vstrom por aquellos infectos caminos.

 

Salas de Los Barrios

 

Primeras rampas del Morredero

 

Ya en la carretera buena, llegaron las primeras rampas del Morredero y una carretera que, a ratos era buena y a ratos pésima, como si el gestor correspondiente decidiera ir arreglándola de forma aleatoria. Me recordaba un poco a Montenegro. Dominando todo el paisaje berciano, el color amarillo setembrino, síntoma inequívoco de que el verano ha llegado a su fin y las campiñas agostadas este año han dado de sí todo lo que tenían que dar.

 

Subiendo el Morredero

 

 

 

Comienzan a caer algunas gotas dispersas y las moscas se ponen cada vez más pesadas. En un rápido movimiento aplasto a una de ellas con la mano y me quedo mirando, cruelmente, como agoniza. Ha pagado toda la maldad de sus compañeras. La muy ladina intenta, en un último esfuerzo, escapar a su destino y hace un conato de vuelo. La remato sin piedad.

Me lío un cigarrillo de tabaco de liar y parece que, momentáneamente me dan una tregua. Pienso en que, de seguir con mi nueva afición al tabaco de liar es probable que, después de casi cinco años sin fumar vuelva a caer. Cuidadin.

 

Subiendo El Morredero

 

El Morredero

 

 

 

El puerto de El Morredero es menos espectacular de lo que me imaginaba aunque en la subida hay unos parajes extrañamente bellos, como sacados de otro planeta. Las enormes extensiones de brezo dejan lugar, a trechos, a zonas desprovistas de vegetación donde la roca viva deja entrever la bravura de las tierras bercianas. En la cima me sorprende encontrar una pequeña estación de esquí porque no tenía ni idea de su existencia. No me gusta el esquí, es un deporte frío.

Desde allí arriba, a 1700 metros de altitud, es extendían a mis pies los Montes Aquilanos o Alpes Bergidenses y hacia Astorga las tormentas comenzaban a hacer acto de presencia.

 

Tormenta en el Paruqe Eólico

 

Puerto del Morredero

 

Ascendiendo a Los Portillinos

 

 

 

 

 

 

Me esperaba una bajada vertiginosa o algo similar, pero en lugar de eso me encontré subiendo de nuevo, en suave pendiente, hacia el Puerto de Los Portillinos. En el trayecto puede ver varios ejemplares de aguilucho pálido y algún que otro cernícalo en busca de presas.

La impresión que me daba al circular por aquella carretera era la de estar muy alto. No sólo el frío y la indicación de altitud en el Morredero me lo decían, la enormidad que se divisaba desde allí era indescriptible. A mi derecha toda la sierra de Cabrera y a mi izquierda la comarca de Sanabria y más allá supongo que Portugal. Otra vez me volvía a embargar ese sentimiento de omnipotencia y libertad a lomos de mi moto.

La bajada de los Portillinos tenía peor asfalto pero no importaba gran cosa porque la velocidad era baja para empaparme bien del paisaje. De vez en cuando caían cuatro gotas que me causaban un poco de zozobra, pero la verdad es que llevaba rato esperando que me pillase una de las muchas tormentas que se veían por doquier. El cielo , a ratos, estaba negro, como los cojones de un burro, que diría mi tía.

 

 

 

Nubes en Los Portillinos

 

 

Conforme iba bajando la temperatura se iba suavizando un poco y parecía que la enésima tormenta se iba alejando sin descargar. En estos fondos de valle, aún a pesar de estar a mucha altitud, se atreven a crecer algunos árboles al lado del riachuelo. Son las laderas del Monte Teleno hogar del mítico Dios local Tileno, bautizado por los romanos como Marte Tilenus en su afán por conciliar el culto a sus dioses con los de los indígenas.

 

Corporales

 

Llegué al primer pueblo después de veinte kilómetros entre montañas, Corporales, donde me recibió un “pajar” con la techumbre vegetal, al estilo de las cabañas de Somiedo o Los Ancares. Aquí, al igual que en todos lados, estas construcciones están a punto de perecer por varios factores: la desidia de la administración, la falta de interés de los propietarios, el costo de los materiales y la mano de obra y, por encima de todo, la idiosincrasia de este solar patrio que prima la inmediatez y da la espalda a sus ancestros, (si no dan dinero). Un poco más adelante, le pregunté a un parroquiano, sin bajarme de la moto, que cómo es que se estaban cayendo todas aquellas construcciones y él se limitó a encogerse de hombros sin dar ninguna explicación. Y así, encogido, continué en dirección a Truchas con la idea de seguir a alguna parte aún por determinar.

A la salida del pueblo, en un descampado de un robledal de quejigos, vi el coche del forestal y la autobomba antiincendios. Di media vuelta y me dirigí hacia ellos, que quedaron un poco sorprendidos.

– Hola, ¿alguno de vosotros es Agente Forestal? – pregunté

– Sí, yo lo soy – respondió el de verde

– Yo también, mi nombre es Roberto Naveiras

– Coño! Pero si yo ya hablé contigo por teléfono, – me dijo, – nos conocemos de internet de tu página web. ,(www.agentesforestales.es)

 

Y así, descubriendo que el mundo es un pañuelo, estuvimos charlando un rato y elaborando una nueva ruta para mi por los lugares que me recomendó mi compañero, abandonando definitivamente la idea de bajar a Truchas

 

Con el coche del forestal de Cabrera

 

De ese modo fue como me adentré en la comarca de La Cabrera para descubrir alguno de sus secretos.

A no más de dos kilómetros me detuve a comer en un alto aprovechando un área de barbacoas. Ya eran las cinco de la tarde y mi estómago reclamaba algo sólido, pero el pobre sólo recibió una lata de sardinas, que estuve repitiendo toda la tarde, y un poco de pan. Al fin y al cabo yo estaba allí para rodar, para hacer kilómetros y disfrutar de la moto, no para perder el tiempo comiendo. Al terminar el frugal almuerzo, me lié un cigarrillo mientras observaba como las moscas devoravan los restos de sus parientes en la rodilla de mi pantalón. No tienen dignidad.

 

Moscas sin dignidad

 

 

 

Llevo meses viajando de forma intermitente, sin quedarme demasiado tiempo en ninguna parte, como huyendo de algo que no acierto a comprender. Marruecos, El Algarve, Los Balcanes, Gascuña, Aquitania … Este es un buen momento para reflexionar, en medio de ninguna parte y sin nada que hacer aparte de haraganear hasta que llegue la noche.

Tengo que dejar mi “diario de a bordo” porque comienzan a caer las primeras gotas y parece que ahora sí va a descargar. Me voy a preparar la cena y seguiré con esto en otro momento.

 

Valle de la Cabrera Alta

 

La Cabrera Alta

 

 

Encaré el valle del río Cabrera sin tener ni idea de lo que me iba a encontrar y en un primer momento me sorprendió ver tantas encinas y melojos, esos robles pequeños y robustos que parece que nunca llegan a ser adultos aunque lo sean, como los moteros. Sigue dominándolo todo el color amarillo, el secano y los herbazales agostados que le dan al valle una luz especial.

 

La Cabrera Alta

 

 

A media ladera se sitúa la canalización romana que parte de Peña Aguda, el lugar donde comí ,hasta una explotación aurífera que no localicé. Es una construcción alucinante, máxime teniendo en cuenta los lugares por los que discurre. En algunos tramos aún se conservan los muros de hasta cinco metros de altura que conducían el agua hasta las minas de oro. Ruina montium era el sistema que usaban y que consistía, básicamente, en desguazar montañas enteras, como en las Médulas. En la actualidad y en el transcurso de este mismo viaje tendría la oportunidad de comprobar que el sistema está aún plenamente vigente en la actualidad.

En la localidad de Odollo me llamó la atención el hecho de que la mayoría de los tejados de pizarra son nuevos. Aquí todo es pizarra. Es una constante no solo en esta comarca sino en una zona muy amplia que abarca todo el Bierzo, Los Ancares, el Occidente Asturiano, parte del oriente de Lugo…

Cerca del pueblo me encuentré con un hombre que me sacó de dudas: la pìzarra la regala la cantera que hay a poco más de dos kilómetros.

 

Cantera de pizarra

 

Llegué a la cantera y una nave herrumbrosa me recibió en medio de una curva en trinchera a no más de diez metros de la carretera. A pesar del sonido del motor, por encima de todo se oía el estruendo de las máquinas que trabajaban en el interior y movido por la curiosidad aparqué la moto al lado mismo de la escombrera, entre toneladas polvo y piedras.

 

La Vstrom en la escombrera

 

Interior de la nave de pizarra

 

Al acercarme a la puerta puede ver, entre la penumbra acentuada por el ambiente polvoriento , un hombrecillo menudo con una funda azul que se afanaba en destrozar enormes piedras con un martillo neumático. Al verme, me hizo señas para que me animase a probar el martillo a lo que respondí, también con señas, que ni de coña. Entonces, para mi sorpresa, dejó todo lo que estaba haciendo y se vino a charlar conmigo. Me invitó a entrar y allí, a voces que apenas conseguían superar el ruido del ambiente, intentó explicarme como funcionaba todo en la empresa. Una parte ya la había visto con mis ojos, al memos en lo que respecta a seguridad en el trabajo pues Marcelino, que así se llamaba el operario, no usaba ni tapones, ni auriculares, ni casco, a pesar del lugar de riesgo en el que trabajaba. También me dijo que él ya estaba medio sordo así que no le merecía la pena ponerse los auriculares.

 

Marcelino con el puente grúa

 

Su trabajo consistía en manejar el puente grúa, en eso sí que era experto, no con el martillo, y para dejar constancia de ello me insistió para que le sacara unas fotos levantando un enorme pedrolo.

 

Luego, me presentó a Fernando, el capataz y me dejaron curiosear por la zona de la nave en la que se fabrican las lajas de pizarra que luego servirán de techumbre en muchos hogares. Marcelino me contaba que en la empresa son como una familia, y que la empresa son ellos mismos, pero cuando le pregunté que a quién pertenecía la explotación me contestó, un poco avergonzado y rebajando el tono jovial, que no sabía quienes eran los dueños. También hablé con algunos trabajadores y les pregunté por qué, a pesar de estar en un ambiente tan ruidoso y polvoriento no usaban mascarilla. Su respuesta fue que el que quería las tenía a disposición pero que todo el mundo pasaba.

 

 

Pizarra

 

Palet de pizarra

 

 

Escombrera de pizarra

 

 

 

Me despedí de los trabajadores y me alejé de la explotación minera carretera abajo buscando un lugar donde hacer noche.

 

Cruz de pizarra

 

 

En el fondo del valle, en el cruce hacia El Puente de Domingo Flórez me desvié hacia el sur de nuevo por la carretera de La Baña y a tan sólo un kilómetro encontré un lugar que me pareció bastante bueno para pernoctar. Se trataba de un área recreativa con sus mesas y bancos, de pizarra como no.

Allí, a un lado había una especie de cobertizo que serviría para mis propósitos. Lo primero fue realizar acopio de leñas, una tarea que me hizo sudar porque, a pesar de ser la última hora de la tarde, aún reinaba un calor sofocante en el fondo del valle. Las moscas me impedía pensar con normalidad, revoloteando, insistentes, a mi alrededor. Me coloqué dos tiras adhesivas antimosquitos pegadas en las patillas de las gafas y me saqué una foto para dejar constancia de lo ridículo de la pose.

 

El campamento cobertizo

 

 

 

Luego, después de montar la lona que me serviría de cobijo, me percaté de que no había traído el saco de dormir. Otra vez maldije mi falta de previsión y, consternado, me resigné a dormir con la ropa de la moto.

Encendí un pequeño fuego en una esquina del cobertizo y a los diez minutos, antes de que se formara brasa, lo apagué con agua porque comencé a obsesionarme con la posibilidad de que una chispa saliera de allí y prendiera el monte. Tenía mi infernillo y el fuego no era necesario. Me sentí muy avergonzado de lo que había hecho y, mentalmente elaboré un plan por si alguien venía a increparme por mi comportamiento.

 

Nin chove, nin deixa

 

Después de cenar, una sopa y callos, me dí cuenta de que tampoco había traído el cepillo de dientes, ni jabón, ni toalla, ni otro calzado, en fin, las comodidades y la higiene están reñidas con un rudo motero como yo, ¿no?

Después de cenar me lié otro cigarrito aderezado, esta vez, y con el verdor rondando en mi cabeza escudriñe, una vez más, el mapa en busca de destinos recónditos y desconocidos acurrucado bajo la lona de plástico.

Tardé como tres horas en dormirme y cuando por fin lo conseguí, me despertaba cada dos por tres. Un par de mosquitos trompeteros decidieron que las tiras adhesivas no eran impedimento para ellos y me dieron la noche. Alrededor de las seis y media de la mañana un ruido de piedras moviéndose me despertó sobresaltado. Con sigilo cogí la linterna y dirigí el haz de luz hacia el lugar de donde provenía el ruido, cerca del río, sin que lograse ver nada. Volví a acostarme y las piedras comenzaron a moverse con más estruendo. Ya no pude aguantar más y, descalzo y a oscuras, me acerqué sigiloso al borde del terraplén. Allí había algo o alguien, pero no se movía por mucho que yo moviese la luz.

Cuando me di cuenta, después de varios paseos hasta el borde, ya había amanecido y estaba medio congelado porque la temperatura había bajado, por lo menos, cuatro o cinco grados. Me acerqué al terraplén y vi las piedras movidas. En el musgo mullido, se hundían las huellas de un jabalí.

Al final no llovió y tenía unas 20 picaduras repartidas por todo el cuerpo. (¿Como han podido picarme a través de los calcetines y la camiseta?)

 

Miércoles 10 de septiembre de 2008

 

Recogí todo el petate y en media hora ya estaba listo para partir. Hay que tener en cuenta que evitar el desayuno da un poco de hambre, pero acorta mucho los tiempos a la hora de ponerse en marcha. A decir verdad tampoco tenía gran cosa para desayunar, si exceptuamos una lata de foie-grass y una de pulpo, alimentos poco apropiados para un desayuno civilizado.

 

Bugs Bunny is dead

 

Ascendiendo el puerto de Las Gobernadas

 

Asciendo, muy despacio, el puerto de Las Gobernadas, de 1400 metros y constato lo mucho que me gusta viajar por todo lo alto. El sol ya tocaba las cumbres en esta mañana de septiembre luminosa y fría confiriéndoles una calidez especial mientras la Vstrom y yo nos deslizamos con suavidad hacia La Baña con la esperanza de encontrar un bar de mala muerte donde tomar un café. La moto va como una seda, con respuesta contundente cuando es necesario y con exquisitez sutil cuando le pido que me lleve despacio, mecido por las curvas de cualquier carretera de tercer orden.

La Baña es una aldea que, influenciada por el dinero proveniente de las canteras de pizarra cercanas, ha perdido gran parte de su identidad. Ahora mamotretos de dos y tres pisos, el último ilegal y camuflado en el bajo cubierta, le dan un aspecto horrendo a la entrada de la villa. Esto de las opiniones, en contra de lo que se dice, no es como los culos que cada uno tiene el suyo y cumple su función perfectamente: las opiniones no son todas válidas y no todas tienen que ser tenidas en cuenta. Aún así opino que en La Baña, como en tantos otros lugares, la han cagado. (En mi pueblo también la hemos cagado, si a alguien le sirve de consuelo).

 

La Baña

 

 

En el centro, cerca de la iglesia, me tomo un café en el Carrilano, el único bar que hay abierto a estas horas, un local muy moderno con su máquina de zumo de naranja diciéndome, “úsame, úsame”.

Después del café, zumo de naranja y donut, me dispuse a subir hasta el Puerto da Fonte da Cova y disfrutar desde sus casi1900 metros de altitud de unas buenas vistas de la zona. Durante el ascenso me vi obligado a parar y abrir los ojos como platos al contemplar la herida abierta que suponen las canteras de pirarra en este valle de La Baña. Las máquinas horadan las entrañas de la tierra causándole dolorosas úlceras sangrantes que rebosan su contenido en las enormes escombreras donde se vierte el material desechado.

 

Dumper

 

 

Cantera de Pizarra

 

 

Desde la cumbre podía ver casi la mitad de Orense, de Zamora y de León. A la izquierda pena Trevinca, el techo de Galicia y el de Zamora, se yergue majestuoso, aún con las máquinas mordiendo sus faldas, a la derecha, muy lejos, allá al fondo, podía divisar la Cordillera Cantábrica, la térmica de Ponferrada fácilmente identificable por su enorme fumarola y ante mi, el mundo para ser recorrido.

 

 

Fonte da Cova

 

En el descenso hacia O Barco de Valdeorras mi corazón se encogió a ver el tamaño de las explotacines pizarreras de este otro valle. A ambos lados del río Casaio hay explotaciones a cielo abierto de dimensiones épicas, como jamás había visto antes. Las escombreras llegaban hasta el río conformando un paisaje surrealista, un desastre ambiental de proporciones homéricas y sin paliativos. Era difícil hacerse una idea de las dimensiones, del tamaño real de todo aquello porque todo estaba ocupado por escombros y por minas que teñían de gris lo que antaño fuera verde. Parecía una pesadilla, un mal sueño, un lugar solo existente en la irrealidad onírica. Sin embargo el continuo trasiego de camiones cargados de pedruscos gris-azulados dejaba buena constancia de la realidad que, testaruda como siempre, se empeñaba en dejarse ver de la forma más descarnada posible, al igual que el valle.

 

Camión de Pizarra

 

Montañas sangrando piedra, río gris de aguas opacas, aldeas acogotadas y naturaleza agonizante a cambio de la prosperidad de una comarca. Ni siquiera me atreví a sopesar pros y contras ante tamaña monstruosidad en la que cualquier ventaja pasa desapercibida ante la aberración cotidiana en la que se ha convertido este valle.

Los remedos de restauración más parecían una caricatura que un intento serio de devolver las cosas a su estado primitivo. Apenas unos camiones de tierra, vegetal o no, que habían sido volcados desde lo alto de algunas escombreras, no llegaban a tapar ni la tercera parte de éstas y aportando, únicamente, una nota de color, (marrón), sobre el gris predominante.

Y pensar que me gustaba la pizarra, su tacto, su color, su calidez… ahora ya no sabía a qué atenerme, ya no sabía que pensar a la vista de todo este despropósito.

 

 

 

cantera de pizarra

 

Escombreras

 

Llegué a O Barco huyendo, sin mirar a la gente, sin reparar en las construcciones o el paisaje. Necesitaba salir de ese ambiente opresor y reencontrarme con el verdor, con los pinos, con los prados, con cualquier cosa que me hiciera olvidar la obscenidad de la montaña herida. No entré en la ciudad y me desvié por una carreterilla en dirección sur de nuevo, ascendiendo un puerto sin nombre camino de Prada y su embalse. De nada conocía el pueblo, ni su embalse ni el entorno, pero necesitaba reconciliarme con el género humano. En lugar de eso me encontré otro valle arrasado por incendios forestales. No eran incendios recientes, quizá dos o tres años atrás, pero suficiente como para ver sus devastadores efectos sobre el arbolado.

Hijos de puta, hijos de puta, gritaba mentalmente.

 

Árboles quemados

 

Poco a poco la carretera serpenteaba monte arriba y los efectos se iban disipando un poco con lo que volví a disfrutar de la conducción tranquila por aquella desierta vía. A unos kilómetros de Prada la carretera tenía reminiscencias del pasado, con sus quitamiedos de hormigón, como almenas de una alargada muralla y el trazado pegado a la montaña, sin puentes ostentosos ni otras obras rechinantes. La carretera formaba parte del paisaje sin sobresaltos altisonantes, entre pinos silvestres, castaños y los omnipresentes brezos.

 

 

 

Carretera a Prada

 

Prada es una aldea situada en un alto, a más de 900 metros de altitud y no me llamó mucho la atención en el paseo hasta la iglesia aunque no sucedió lo mismo con los alrededores. El embalse, la orografía, la vegetación todo tenía un halo especial aderezado con el hecho de que no se veía un alma por los alrededores.

 

 

Después del embalse tomé un desvío hacia el Oeste por una carretera en la que un cartel emborronado con spray advertía que la carretera estaba en mal estado. Malos estados a mi, que me había recorrido los viñedos de Ponferrada con mi vacaburra japonesa.

 

Encoro de Prada

 

Embalse de Prada

 

La verdad es que la carretera estaba jodida, con baches que más parecían simas que otra cosa. Eso sí, las afloraciones de granito entre los robles de escaso porte suplían, con creces, las carencias de la carretera.

 

 

 

 

Desde uno de los promontorios divisé una torre que me llamaba poderosamente la atención, una atalaya visible desde cualquier punto de la comarca. Como no podía ser de otro modo amoldé mi ruta para pasar por aquel punto que resultó ser O Castelo de O Bolo, una torre del siglo XV donde disfruté haciendo el caballero un rato.

 

Yo, haciendo el Caballero

 

Dejé O Bolo casi a las dos de la tarde y en poco rato estaba de camino a Castro Caldelas por la OU-536, una carretera llena de curvas, amplia, con bastante buen piso en la que disfruté como un enano. Las viñas de Terra do Biei jalonan la ruta en gran parte de su recorrido por la Via Nova, la calzada romana que Vespasiano mandó construir en el año 80 y que unía Bracara Augusta, (Braga), con Asturica Augusta, (Astorga).

 

Puente Romano

 

carretera a Castro Caldelas

 

Castro Caldelas estaba de fiesta y a la hora de comer no había mucho movimiento por la calle, todo el mundo estaba de sobremesa o de siesta en aquel momento. Hice una pequeña visita al castillo y dejé su museo para otra ocasión porque estaba cerrado.

 

Castillo de Castro Caldelas

 

Mascarón del reloj de sol

 

 

Luego la máquina y yo descendimos por otra carretera llena de encanto hacia el Cañón del Sil, el lugar en que los famosos catamaranes te dan un paseo por el embalse. Antes de llegar al río me detuve en una bodega donde Marta, la chica de ventas, me enseñó las instalaciones y con la que charlé un rato sobre vinos, viajes y cosas de la vida. Me llevé tres botellas de Ribeira Sacra y una de orujo de hierbas, elaborado al modo tradicional.

 

Interior de la bodega

 

Interior de la bodega

 

De nuevo una carretera en obras para rematar la visita y olvidarme definitivamente del hermoso trazado anterior con piso agradable. El ascenso desde el río Sil me brindó la oportunidad de conocer los lugares donde se produce el vino que llevaba en las maletas: las escarpadas laderas graníticas que conforman el Cañón y que hacen que estos caldos resulten tan especiales. La recolección de la uva es tan dificultosa en esta escarpada orografía que cualquier descripción por mi parte quedaría reducida al absurdo y, por supuesto, corta. Creo que un par de fotos describirán mejor las tareas que han de llevarse a cabo para arrancar de esta tierra cualquier cultivo.

 

Laderas del Cañon del Sil

 

Laderas del Cañon del Sil

 

Uvas da Ribeira Sacra

 

A partir de aquí, mi única parada fue en un bar donde, después de una amigable charleta con unas señoras, quedé emplazado a visitar el pueblo en año que viene, en las fiestas. Doade.

Un par de horas más tarde, a las seis y pico, estaba en casa de nuevo con el culo de mandril y la recompensa de volver en paz conmigo mismo.

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