Hay países a los que no va nadie. O a los que va muy poca gente. Lugares que, en el inconsciente colectivo, aparecen marcados con una gran mancha roja y quedan fuera de los planes del común de los mortales. Basta con mencionarlos para que alguien levante una ceja y pregunte si no habrá otro sitio al que ir.
Y cuando alguien siquiera insinúa viajar en moto hacia ellos, saltamos sobre su casco con mil advertencias. Nos colamos en sus maletas como pequeños angelitos prejuiciosos, repitiendo una y otra vez todo lo que podría salir mal.
Da igual que el viajero nos diga que se ha informado, que ha hablado con gente que vive allí o que otros ya han hecho ese mismo recorrido sin mayores problemas. Nosotros seguimos insistiendo. Estamos convencidos de que va a cometer un error irreparable. Que se está metiendo en la boca del lobo.
Luego están los que no dicen nada en público. Esos esperan a que el viajero se dé la vuelta para comentar, casi en voz baja, que si hay que rescatarlo lo pagaremos entre todos. Que hay quien confunde la aventura con la inconsciencia. Que una cosa es viajar y otra muy distinta ir buscándose los problemas.
A mí también me ha pasado. He estado en los dos lados de la ecuación. He criticado viajes por pensar que eran una forma de «ir buscándolas» a cambio de unos cuantos likes. Y también me han abrasado a consejos no pedidos por querer ir a países que, sobre el papel, parecían demasiado peligrosos.
Con los años he terminado comprendiendo que casi nadie habla de mala fe. Lo hace porque ese es el mapa que lleva en la cabeza. Un mapa que no está hecho de carreteras ni de montañas, sino de recuerdos, titulares y conversaciones escuchadas casi por casualidad.
Lo curioso es que muchas veces opinamos desde una imagen heredada, no desde la realidad. Los destinos que solo aparecen en las noticias cuando ocurre algo malo acaban convertidos en lugares permanentemente hostiles dentro de nuestra cabeza. Basta mencionar Kosovo para que alguien recuerde una guerra que terminó hace décadas. O Argelia para que haya quien piense en terrorismo, aunque nunca haya puesto un pie allí.
No conocemos esos países. Conocemos las noticias que llegaron de ellos.
Y eso no es lo mismo.
Si durante veinte años lo único que vemos de un lugar son bombas, soldados, edificios derruidos y columnas de humo, acabamos creyendo que eso es ese lugar. Olvidamos que, mientras las cámaras enfocaban aquel desastre, millones de personas seguían levantándose para ir a trabajar, los niños seguían yendo al colegio, las parejas seguían discutiendo por tonterías y alguien, en alguna esquina, abría un bar para servir el primer café de la mañana.
La vida continúa incluso donde las noticias parecen haberla detenido.
Y, sin embargo, todos conocemos historias que rompen ese relato tan sencillo. Viajeros a los que les han robado la moto en Italia. Gente que ha pasado un mal rato en países que jamás aparecerían en una lista de destinos peligrosos. Accidentes graves ocurridos a pocos kilómetros de casa. Porque, al final, la percepción del peligro tiene tanto que ver con nuestra forma de mirar como con el país que tenemos delante.
Eso no significa que todo valga. Hay sitios y momentos en los que viajar no es buena idea. Hay guerras, conflictos abiertos y regiones donde lo prudente es esperar. Negarlo sería tan absurdo como afirmar que cualquier carretera es segura solo porque a nosotros nos fue bien la última vez.
Lo que sí creo es que merece la pena distinguir entre el peligro real y el peligro imaginado.
El primero existe. Hay que conocerlo, respetarlo y tomar decisiones en consecuencia.
El segundo crece solo. Se alimenta de rumores, de vídeos sacados de contexto, de titulares alarmistas y de esa costumbre tan humana de recordar siempre lo excepcional y olvidar lo cotidiano.
Quizá por eso viajar sigue siendo una forma extraordinaria de aprender. No porque todos los países sean maravillosos ni porque la gente sea buena por definición. Eso sería una ingenuidad. Viajar sirve porque obliga a contrastar lo que uno creía saber con lo que tiene delante de los ojos.
Y ese ejercicio, el de comprobar las cosas por uno mismo, cada vez es menos frecuente.
Vivimos rodeados de información y, sin embargo, cada vez conocemos menos el mundo de primera mano. Hemos delegado nuestra mirada en periodistas, influencers, creadores de contenido y algoritmos que deciden qué merece nuestra atención. A veces aciertan. Otras muchas no.
Por eso, cuando alguien me dice que un país es peligroso, la primera pregunta que me hago ya no es si tiene razón.
La primera pregunta es de dónde ha sacado ese miedo.
Porque quizá el mapa más difícil de cambiar no sea el que llevamos en la bolsa sobredepósito.
Quizá sea el que llevamos desde hace años dentro de la cabeza.
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