Eskimos.En el techo de Portugal

A veces me hago un poco el remolón a la hora de salir de viaje, no sé si porque en realidad no me apetece o porque me quiero hacer el interesante conmigo mismo, cosa harto extraña si es así. El caso es que en esas estaba, si salgo o si no salgo, el viernes día 15. Había quedado con mi amigo Alejandro en que él saldría de Granada y yo de Asturias y nos encontraríamos en la concentración invernal Eskimós 2008, en Serra da Estrela, Portugal. Sin embargo, unos problemas de Alejando con la policía granaína le hicieron desistir del viaje y yo me quedé un poco colgado. Así las cosas esa mañana estaba dándole vueltas a lo del viaje

Casi sin saber cómo, a las once y media ya estaba preparando el equipaje de forma atropellada y organizando pertrechos para atravesar medio Portugal en lo que parecía otro viaje fundado en la precipitación. Pocos minutos más tarde volvía a estar subiendo el Puerto del Acebo, ahora en obras, como tantas otras veces. Mientras ascendía iba pensando en los viajes de esta semana, tanto Elena como yo, parecemos aves migratorias, de un lado a otro. El Domingo pasado nos fuimos a Baiona y A Guarda, en Pontevedra; el lunes el regreso por Portugal y Ourense. El jueves, día de los enamorados, nos regalamos una ruta íntima por carreterillas de A Pontenova, (Lugo) y Os Oscos, (Asturias), aprovechando que bajamos a Ribadeo a “hacer los recados” y hoy volvía a estar en camino con 600 km. por delante. Aún albergaba dudas sobre la conveniencia o no del viaje, pero sea como fuere marchaba como Julio César, a lomos de su corcel en pos de la gloria. En lugar de cubrirme de gloria a los pocos kilómetros de casa ya me había cubierto de mierda al circular detrás de un camión en la zona de obras del acebo. Glorioso destino el mío.

En viaje va discurriendo con tranquilidad: Nacional 6, carretera de Ourense, O Barco, desvío a Verín… es un día bueno para rodar aunque, como corresponde al invierno, frío. La predicción para el fin de semana es de lluvias el domingo, por lo tanto aún me queda tiempo antes de la mojadura y de lo desagradable de rodar sobre asfalto acuoso.

Me detengo en un apartadero de la carretera que atraviesa la comarca de O Bolo. En esta zona, un día de agosto hace unos quince años, la Guardia Civil me tuvo más de media hora detenido al borde de la carretera mientras un imberbe agente de la autoridad buscaba en su libro de cabecera la infracción tremebunda que había cometido: circular sin gafas de repuesto. Por aquel entonces la carretera era mucho más estrecha y sinuosa. Desde el alto en que estaba parado divido el desfiladero del río Bibei y el Santuario de las Ermitas, enclavado en una de las laderas de la profunda garganta. Es uno de los pocos lugares de culto que se pueden observar desde lo alto. Cuenta la leyenda que siete anacoretas se instalaron por estos andurriales allá por el siglo VII para meditar desde su ascética vida. Desde allá arriba se adivina un lugar lleno de magia que merece la pena conocer. Como otras veces, me prometí visitar el templo barroco con Elena en una de nuestras incursiones en el mundo exterior.

Antes de subirme a la moto compruebo el estado de los neumáticos y compruebo, horrorizado, que el delantero ya está en los avisadores. Vuelve a asaltarme la duda sobre la conveniencia de este viaje.

A partir de ese momento ya ruedo preocupado por el escaso dibujo de la rueda y, sobre todo, por la posibilidad de agua el domingo, al regreso. Me pregunto cómo es posible que cada vez que salgo en un viaje largo me pase algo. Me lo pregunto en plan retórico, porque en mi mismo y mi falta de previsión está la respuesta. Una vez más he ido dejando el cambio de neumático para última hora y ahora me encuentro con que el desgaste es superior a mi previsión. En verano esto no tendría mayor importancia, pero circular en invierno con poco dibujo, con previsión de lluvias y con más de mil km por delante es un reto con el que no contaba. Siempre hay algún contratiempo que trastoca ligeramente los planes por lo tanto no me arredro y me agarro a aquello de Dios proveerá, aún sin ser creyente. Como dijo Homer “Señor, los dioses han sido buenos conmigo” Pues eso, palante.

En la gasolinera de A Gudiña, antes de incorporarme a la autovía A-52 o “das Rías Baixas”, me indican que en Verín hay varios talleres de motos y si allí no hay neumático que pruebe en Chaves. En Verín, pregunto en un taller de neumáticos y no tienen la medida, de lo cual me alegro porque las gomas que tenían almacenadas ofrecían un aspecto desolador, cubiertas de polvo y con pinta de llevar allí muuuucho tiempo. Me hubise gustado parar un rato y ver a Cesteiro, el cual me socorrió hace años a mi paso por Verín, (ver “Segundo Viaje. Rodando Perdido”), pero si me demoro mucho por aquí llegaré muy tarde a Serra da Estrela y dicen que es el lugar más frío de Portugal, de modo que continúo hacia el sur, en dirección a Chaves. Nada más cruzar la frontera recuerdo que no he incluido en el equipaje mis adminículos de higiene personal, ni jabón, ni peine, ni cepillo de dientes… portugueses, conmigo llega un nuevo aliento a vuestro país!

Una vez en Chaves, localizo enseguida el taller de Garrido, un gallego afincado en tierras lusas y que regenta el concesionario de Honda y KTM. Enseguida me dice que disponen de un neumático de esa medida y se ponen manos a la obra. No puedo creerme lo rápido que estoy solucionando mi contratiempo. Al poco rato, ya estoy buscando la salida de Chaves siguiendo las indicaciones de mi chica del navegador. Sin embargo, en apenas dos km me doy cuenta de que la moto hace unos movimientos extraños al soltar las manos circulando a 60 o 70 Km/h. con lo cual vuelvo al taller visiblemente contrariado.

Según Garrido y su mecánico el movimiento es normal a causa de las tres maletas cargadas. Me comprueban el contrapesado y el montaje de la rueda y concluyen en que toso está correcto. A regañadientes continúo mi viaje, entre otros motivos porque no puedo permitirme seguir perdiendo tiempo a causa de la rueda. Con no soltar las manos, listo.

Para salir de Chaves la chica del navegador me hace dar más vueltas que un mono y entre lo que me dice ella y las indicaciones contradictorias de las rotondas, en pocos minutos estoy sudando, a pesar del frío, y jurando en arameo, bajando santos y a sus jefes con velocidad pasmosa. Diez kilómetros en dirección oeste, (sabiendo que tengo que ir al sur), me convencen para dejarme guiar por mi instinto y olvidarme de la sensual pero engañosa voz de la joven cautiva. Desando lo andado y al rato unos taxistas me indican que estoy en la dirección correcta, cosa que me confirma la policía, mucho menos amable que la española.

Entre tanto, mi chica navegadora estaba flipando porque me había trazado una ruta hacia el sur y yo iba… volando! Se me olvidó actualizar la cartografía de Portugal y la nueva autovía de Chaves a Viseu no figura en los mapas.¡ Caramba con la tecnología!

Sigo en dirección sur por la A-24, una autovía plagada de curvas y en la que tan pronto estás a 140 metros de altitud como a 1000, con el frío en el alma.

Al llegar a Viseu, el atardecer y su puesta de sol dejan paso a la oscuridad y me encuentro circulando entre camiones de gran tonelaje por todos lados, como si los regalasen. En realidad lo que ocurre es que estoy en una de las vías principales de transporte a Europa, uno de los ramales de la famosa “Ruta de los Portugueses”.

Al llegar a Guarda tomo rumbo sur y atrás quedan los camiones y el grueso del tráfico. Ahora la autovía está semidesértica, con cuatro coches diseminados y una moto que ya lleva demasiadas horas rodando. Son las siete o las ocho de la tarde, hora española, y aún no estoy en mi destino. Le envío un mensaje a Elena y le digo que me he retrasado, pero que en media hora estaré en la concentración, aunque en realidad supongo que me llevará el doble o más.

El navegador destaca en el panel de instrumentos, brillando en la oscuridad y haciéndome compañía por la solitaria carretera secundaria que me lleva a Mantengas, ya cerca del Covao d´Ametade, lugar de la concentración. Ascender por la estrecha carretera de Torre en la oscuridad me desasosiega un poco, pero la Vstrom dispone de un chorro de luz impresionante que me facilita las cosas enormemente.

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Llego al lugar de la concentración, me inscribo y comienzo a explorar el lugar con intención de instalarme y sumergirme en el ambiente de la concentración. Hay muy poca gente, calculo que unas 50 o 60 personas y menos Isaac, que ha venido desde Madrid con su trike, y yo, todos son portugueses.

Después de cenar, “spaghetti con frango” realmente deliciosos, nos liamos alrededor de una enorme hoguera hasta las tantas. Tan hasta las tantas que a las cinco de la madrugada aún quedábamos seis o siete exaltados “grilhando sardinhas” y brindando con “vinho do Alenteijo”. Mientras estábamos en la hoguera pensaba en el error que habría sido no venir hasta este culo del mundo y disfrutar de esta noche memorable. Sobre las dos de la madrugada llegan Paulo y su mujer, Claudia, que, recién llegados de Gerona con su camión, (ambos son conductores), cogieron su Intruder 1400, (como la que yo tenía!!), y no dudaron en venir a acompañarnos.

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Al día siguiente, mejor dicho, unas horas más tarde, me levanté con un ligero malestar, achacable a cualquier cosa menos al vino, el licor de hierbas de Isaac o el wisky. Seguramente la altitud, el frío o cualquier otro parámetro que se escapa a mi entendimiento me proporcionaron un dolor de cabeza similar a la resaca.

Durante la mañana van llegando motos de todo color y pelaje y remoloneo por la zona haciendo tiempo hasta la hora de comer. Me llama mucho la atención el atuendo de los portugueses, mucho cuero y mucho chaleco plagado de patches. Es curioso que, con el frío que hace, no se vea más cordura, (me refiero al tejido, que el estado mental ya lo conocemos). Mucha chupa vieja y ajada, mucho polvo en la ropa y muchos kilómetros en la mayoría. Mi casaca mugrienta no destaca entre el resto de vestimentas.

Llegan Manolo y Roberto, dos amigos de Isaac que vienen desde Ponferrada, pasando frío de miedo por lo alto de la Sierra. Lo que no se imaginan es que, en poco tiempo, volverán a estar allá arriba, formando parte de una partida de intrépidos apandadores que subimos a conocer el Techo de Portugal, Torre. Allí, rodeados de niebla y con un frío atenazador, conseguimos permanecer, por lo menos, tres minutos, con una sensación térmica de cinco bajo cero. Salimos de allí zumbando, porque la tarde estaba verdaderamente desagradable.Aunque la verdad es que tampoco zumbábamos tanto porque el trike de Isaac no podía adelantar coches por aquella carretera tan estrecha así que bajamos al paso hasta Mantengas.

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 pozo_inferno.JPGDe allí, en la subida, Paulo “Macaco”, nos guió hasta el Pozo do Inferno, una impresionante cascada que, a pesar de traer poco agua, aún sigue siendo admirable. Pero toda moneda tiene cara y cruz y en este caso la Serra da Estrela no se ha librado de los incendios forestales que arrasaron Portugal de norte a sur. Si, ya sé que soy muy recurrente con este tema, pero no lo puedo evitar. Odio con toda la fuerza a todos los hijos de puta que arrasan el medio natural agazapados detrás de intereses bastardos, tan bastardos como ellos mismos. Ganaderos, maderistas, especuladores, cazadores y toda una caterva de terroristas ambientales que, en poco tiempo, arrasan la riqueza ambiental de un país.

De vuelta en Eskimós y el la gélida llanura glacial que nos sirve de campamento, comenzamos el ritual de la ingesta de cervezas y proseguimos hablando de motos y de viajes. No cabe placer mayor que una distendida charla con estos temas como fondo. Ninguno somos grandes entendidos en los secretos del último modelo de esta u otra marca, nadie conoce los poderes de centralita Hayabusa o las últimas creaciones de Arlen Ness, pero la mayoría de nosotros sabe de kilómetros y de carreteras, que es lo que diferencia a un motorista de un propietario de una moto.

 

Después de la cena, exquisita por supuesto, volvemos a la gran hoguera, (hay más, pero a mi me gusta la grande) y seguimos charlando y tomando. Nunca, en mi vida, había visto trasegar tanta cerveza como hasta entonces. Yo, que hace años que no la pruebo a causa de mi alergia, me muero de envidia y voy probando otras hierbas y licores hasta que, un poco mareado me agarro a la gaita para destrozar algún tema tradicional de mi tierra. Pareció abrirse la caja de los truenos porque, en poco tiempo, tenía un público entregado que pedía más y más. Yo, medio colocado, me arranqué con la Marcha Celta, el Amazing Grace y algún que otro son con reminiscencias escocesas que tuvo mucho éxito. Cuando, después del pasacalles entre los abedules me pidieron tocar dentro de la carpa, decidí que era el momento de dejarlo y me retiré antes de que comenzase a firmar cedés.

 

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Sobre las dos de la mañana dejé a Macaco y a los demás, grilhando carne de un modo un tanto “extraño” que no voy a describir y, entre risas, me retiré a mis aposentos para evitar sufrimientos posteriores. Creo recordar que son 650 km de vuelta. Arrastrando el cansancio acumulado me dormí enseguida, arropado por mis dos sacos de dormir y el parasol de la furgoneta, quedando, en poco tiempo, relajado y con una gran paz interior.

Por la mañana, después de recoger el campamento, desayunar y despedirme efusivamente de mis nuevos amigos portugueses, inicio la marcha junto con Roberto y Manolo. Para no repetir camino optamos por volver por España, Ciudad Rodrigo, Salamanca, Zamora, Benavente y a casa. Sencillo sobre el mapa, pero agotador en la autovía.

A las nueve de la noche, cansado y con frío, llego a casa, me afeito, me quito la mugre con una ducha reparadora y me como un plato de sopa de ajo que no se lo salta un gitano.

Misión cumplida.

Más Fotos

Y un video grabado por uno de los participantes

 

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