Fluyendo Aguas Arriba

Domingo 10 de febrero, a las diez de la mañana los vecinos, al menos los más sensatos, aún están desperezándose, mientras yo merodeo alrededor de mi Vstrom comprobando si todo está correcto para salir de ruta. Después del breve “Check-in”, Elena y yo nos encaminamos en dirección Galicia por la más que conocida carretera de Lugo. Mientras negocio curvas con suavidad voy pensando en que esta parte de la ruta es más de lo mismo, más de lo de siempre. Afortunadamente adoro esto “de lo mismo” y disfruto como un enano en estas carreteras que conozco tan bien.

Hoy, como gran novedad llevamos un navegador GPS. Se trata de un navegador de coche, no es estanco y, en realidad fue comprado para la furgo, pero si da buen resultado en la moto podría tener un uso dual. Al llegar a Lugo me dejo guiar por el aparato en cuestión que me lleva por una ruta distinta a la que sigo normalmente. “A cien metro, gire a la derecha”, “ Entre en la rotonda y tome la cuata salida” ordena una voz sensual desde el navegador. Yo, que soy obediente, sigo los mandatos al pie de la letra y cuando quiero darme cuenta estoy en las afueras de la ciudad, cruzando el río Miño, en dirección a la provincia de Pontevedra.

Las carreteras principales de Galicia son bastante buenas en general, nada que ver con lo que nos podíamos encontrar cuando empecé a viajar en moto, hace unos quince años. Hoy, además de las autopistas y autovías, la red de “generales” es una gozada. Y gozando gozando, con el sol a nuestra izquierda sin alzarse mucho sobre el horizonte debido a la época del año, dejamos atrás Lalín y nos detenemos a comer en el Parque de Prado, dedicado al Aviador Loriga. Este personaje, al que conocía menos que al Aviador Dro, fue uno de los pioneros de la aviación y, tal y como se muestra gráficamente en el lugar, realizó la travesía Madrid-Manila en 1926, casi 19.000 km volando en un biplaza de la época. Además, según Wikipedia, fue la primera persona que aterrizó en Galicia, en Lalín para más señas.

Con Loriga en la mente salimos en la N-525, una carretera ahora en desuso desde que las autopistas han tomado el relevo. Se me viene a la cabeza la evolución que han sufrido mis viajes en los últimos tiempos: si antes iba en una moto vieja, con la “chupa de cuero” y un mapa arrugado, ahora voy en una moto nueva, con motor de inyección y normativa Euro3, con un navegador que me guía como si fuera bobo, gore-tex, wind stopper y una fiambrera llena de macarrones. No me extrañaría que, con el correr de los tiempos terminase viajando en una Goldwing… ver para creer!!

Mientas tanto Elena sigue en su línea, con los pies y manos en estado de permanente congelación.

Cerca de Pontevedra, en el pueblo de Cerdedo, en navegador se empeña en sacarnos de la carretera y meternos por vías secundarias. Por probar sigo las instrucciones de la voz sensual y me encuentro en una carreterita de no más de tres metros de ancha. Optamos por dar la vuelta y volver a la vía conocida que, al menos, sé positivamente que me lleva a Pontevedra. Seguimos el curso del río Lérez por la N-541 y comprobamos los desastrosos efectos del fuego en los montes de la zona. A ambos lados de la carretera se alzan, con impúdica desnudez, los esqueletos de los eucaliptos, testigos mudos de la ignominia que sufrió Galicia el verano del 2006. Estos troncos blancos, dan fe de la estulticia humana y, a la vez, de la idiosincrasia del pueblo gallego, condenado, de por vida a la resignación más atávica que uno pueda imaginar, quizá fruto de siglos de conformismo. Yo, que me siento tan gallego como asturiano por vivir justo en la frontera, siento estos montes y estas tierras como mías y me apena enormemente el carácter de mis vecinos, que permiten que, de forma cíclica, el fuego se cebe en sus montes sin que se ponga remedio. Me imagino la angustia, el pánico de los vecinos al ver sus casas rodeadas por el fuego sin posibilidad de escape. Cuando estuvimos en la zona de Fisterra, ya escribí sobre los incendios que asolaron esa zona, pero lo de aquí, supera todo lo imaginable. El terreno quemado se extiende hasta donde llega la vista y la imagen es desoladora. Agradezco no haber visto esto antes.

La chica escondida en el navegador, nos vuelve a sacar de la general y rodeamos Pontevedra por el oeste, sin adentrarnos apenas en la ciudad, no sin antes haber indicado mal la ruta.

Evitamos la autopista de peaje y seguimos en dirección a Vigo por la N-550, la antigua Coruña-Tui. Estamos bordeando la Ría de Vigo, dejando a nuestra derecha la Isla de San Simón, monasterio de la Orden del Temple, Lazareto, refugio de piratas y, en la actualidad, creo que centro cultural. Su etapa de prisión finalizó en el 47, con el fusilamiento de su corrupto director. Un barco de gudaris presos, los vencidos del frente norte, soldados y guardias, se hacinaron en la isla junto con un marinero, un albañil, un carpintero y varias monjas. Duro refugio espiritual.

 Ponte de Rande

 

En Vigo, mis amoríos secretos con la mazizorra del GPS, dan paso a un odio visceral. Entre sus indicaciones, las obras y los cientomiles de rotondas, le dedico a la chica grandes improperios y giro, de forma errática por las calles del centro. Al fin, mezclando instinto y mala leche a partes iguales, escuchando a Elena y a la amiga del navegador, salimos de la ciudad en dirección a Baiona, donde tenemos pensado pernoctar en un bungalow del camping. En su página web hemos visto que alquilan a partir de 35 € noche. Llegamos al camping y un joven con obesidad mórbida nos informa que el alquiler mínimo de bungalows es de DOS noches y que cuesta 89 euros pero, eso sí, podemos pasar una sola noche e irnos cuando queramos, pagando el total, por supuesto. Agradecemos que no nos obliguen a permanecer en el camping el periodo pagado, pero no aceptamos la generosa oferta. En el momento no pedimos hoja de reclamaciones ni nada puesto que ya se está haciendo tarde y decidimos continuar hasta A Guarda, en busca de algún camping o un hotel barato. Eso sí, me prometo a mi mismo realizar la queja por publicidad engañosa.

Dejamos Baiona por la PO-552 en pos de A Guarda, una carretera que recorrí “a dedo” hace unos 17 o 18 años y que poco tiene que ver con el camino de cabras de entonces. Ahora es una carretera ancha, con curvas nobles por las que la Vstrom se desenvuelve perfectamente. A nuestra derecha el inmenso Océano Atlántico, rompiendo contra los acantilados y playas rocosas de la orilla, levantando una fina nebulosa de gotas microscópicas. En todo el recorrido, circulando a escasos metros del mar, apenas nos encontramos con un par de verdaderas playas de arena. Esta es una costa abierta, dura, sin concesiones para areneros y turisteo al uso.

Ya en A Guarda, la joven de voz sensual nos indica que hemos llegado al centro de la población sin novedad. De aquí ascendemos la fuerte pendiente del Monte Santa Trega, (Santa Tecla), a través de sus doce curvas de ciento ochenta grados. En este monte se encuentra el más famoso castro de Galicia, tomado, durante años, por cierto sector como la quintaesencia del celtismo galego, sin reparar que es romano. Efectivamente a veces la realidad supera a la ficción.

Desde el Monte de Santa Trega, nacionalismos perversos al margen, se divisa una increíble panorámica de la desembocadura del Miño. Un poco más al sur Portugal, desde aquí sin más diferencias con España que una línea invisible por el centro del río.

Visitamos el Museo Arqueológico y acto seguido regresamos de nuevo a A Guarda para disfrutar de la puesta de sol desde una terraza en el puerto.

A Guarda

 

 Puesta de Sol

A pocos metros de allí descubrimos, a la hora de la cena, el rincón más increíble, desde el punto de vista de la hostelería, que hayamos visto en mucho tiempo. Camuflado bajo la apriencia de una Irish Tavern se esconde el restaurante de Oscar y Gema, “The Celtic Harp”, un establecimiento en el que el espíritu irlandés queda definitivamente eclipsado por el vigor de lo galego. Destilando etnografía y exquisitez a partes iguales el local merece ser visitado, no solo por lo asequible de sus precios, sino por la excelencia de lo servido. Allí charlamos con Oscar un buen rato y degustamos la crema de orujo, tan rica que, si no fuera por lo excesivo, me la tomaría para desayunar.

Dormimos en un hostal del centro por 35 euros, con la Suzuki, (al final tendremos que ponerle nombre, no Ale?), bien guardada en un lujoso garaje.

Le marco a la amiga del navegador el centro de Valença o Minho, en Portugal y para allá que nos vamos guiados por la amable chica sin nombre. Al entrar en Portugal el estado de la carretera varía notablemente. Sin ser un desastre el asfalto es de peor calidad, está muy parcheado y rizado en algunos puntos. Me recuerda, en cierto modo, las carreteras nacionales de España hace quince años. Valença do Minho es tal y como la recordaba de mi anterior visita, hace ya unos cuantos años. La ciudadela amurallada, las tiendas, la gente… es un lugar que merece la pena visitar, aunque solo sea durante unos minutos si te pilla de paso.

Valença do Minho

Enseguida seguimos ruta en dirección a Ourense por la N202, con el mismo asfalto de “baja calidad” hasta la frontera con España. Allí, un puesto fronterizo en estado de semiabandono nos da la bienvenida y nos introduce a una carretera comarcal llena de curvas que hace buena la nacional portuguesa. De Pontebarxas, con su oficina de Policía Nacional abandonada y fuera de lugar, nos dirigimos a Rivadavia, capital mundial del Viño do Ribeiro. Ahora circulamos ya en la N-120, siempre a la vera del Ró Miño desde que salimos de A Guarda. Atrás ha quedado Ourense y la el estómago reclama su porción de macarrones y chosco de Tineo. Nos salimos de la nacional para detenernos a pocos metros, en la confluencia de los rios Miño y Sil, en el pueblo de Peares.

 Peares

Allí, a la vera de la carretera y al pié de un taller abandonado, damos buena cuenta del alimento y, dado mi carácter intrépido e inconsciente, no puedo reprimir mis ansias exploradoras con lo que entro en el edificio abandonado en busca de tesoros. En lugar de eso me encuentro un increíble montón de mierda entre el que destaca, como una gema en el lodazal, lo que parecen los restos de una Ducati.

Ducati

Después de comer nos dedicamos a hacer kilómetros sin paradas: Monforte de Lemos, Sarria, Lugo y de nuevo noventa km de carretera conocida hasta llegar a casa.

Unos 650 km en los que la Suzuki Vstrom volvió a comportarse tal y como se esperaba de ella.

Más fotos de la ruta aquí  

 

 


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