Rodando por Babia y Liébana

En ocasiones los viajes surgen de forma precipitada, abrupta, atropellándose las idas y venidas en un loco frenesí que hace que uno quede deslocalizado y confuso al regresar a la cotidianeidad diaria.

Esto, más o menos, es lo que siento yo ahora, sentado delante del ordenador después de unas semanas de viajes y vagabundeos dentro y fuera de la península.

Cuando llegué de Gran Canaria donde, por cierto, están las carreteras más retorcidas y pendientes del país, me dispuse para viajar de nuevo, en esta ocasión en moto. Llegamos al aeropuerto de Santiago sobre las doce de la noche y para llegar a casa sobre las tres de la mañana. Al día siguiente, por la mañana temprano, viaje de ida y vuelta a Avilés, 300 Km. para, a continuación, subirnos sobre la moto y seguir moviéndonos sin parar.

Sobre las seis de la tarde, con preparativos precipitados y sin revisar absolutamente nada de la moto, enfilamos el Puerto del Palo, en dirección a las tierras de Babia, en el norte de la provincia de León. Normalmente suelo revisar la moto antes de salir, aunque lo haga de forma mecánica y superficial. Yo creo que es, más bien, una pose, una acción mecánica y rutinaria. Un poco de aceite, comprobar niveles, pastillas, tensado y engrase… lo más básico. En realidad confío mucho en mi máquina y no considero imprescindible realizar comprobaciones exhaustivas, pero ya tiene quince años y es bueno mimarla un poco.

Cueto ArbásAscendemos los 25 Km. del Puerto del Palo con suavidad y disfrutando de una tarde soleada aunque fresca y en menos de una hora nos hallamos ante las primeras rampas de otro puerto de montaña: Leitariegos, que separa Asturias y León en el concejo de Cangas del Narcea. Mientras subimos dejamos a nuestra derecha el impresionante valle del río Naviego, perlado de caseríos aislados y pequeñas poblaciones y presidido, de forma majestuosa, por el Cueto Arbás de 2007 m. de altitud junto con el collado del puerto. Algunas casas parecen desafiar a la gravedad, colgadas de las laderas de la montaña. Estamos al principio del verano y al atravesar zonas de prados predomina un intenso olor a heno que me retrotrae a épocas juveniles, cuando ayudaba a mi abuelo con la recogida de la hierba. Levanto la pantalla del casco y aspiro ese olor tan característico de la hierba secándose al sol. Estoy seguro que Elena, sentada detrás de mí, está disfrutando de los olores aunque no nos decimos nada.

Valle de Leitariegos, Río NaviegoLas curvas son amplias y la pendiente uniforme durante toda la subida, de modo que de nuevo acude a mí esa sensación de felicidad suprema a los mandos de la Tenere. Un abrazo de la pasajera me devuelve a la realidad, convirtiendo la sensación de felicidad en algo más real si cabe. Un respingo de emoción colegial me recorre el cuerpo y por un momento pienso que tanto placer ha de ser pecado.

Dejamos atrás Leitariegos con sus remontes y telesillas, y en Villablino tomamos dirección este por la CL-623 en dirección a la comarca de Babia. La carretera está en obras y un pequeño caos organizativo nos sorprende a la altura de Rioscuro. Los vecinos, entre divertidos y extrañado contemplan las evoluciones de un “Alsa” que intenta pasar entre la máquina de asfaltar y un enorme álamo temblón. Mientras Elena y yo comentamos la persecución que sufrimos por parte de las obras este año. Allá donde vamos aparece una carretera en obras. A mi me divierten las zonas de obras, es como circular por una pista forestal a lo grande, pero a ella no le hacen ninguna gracia, siempre pendiente de los baches, de un ligero derrape o en tensión por cualquier eventualidad.

Una vez superada la contingencia, en pocos minutos llegamos a la zona de Babia, un valle muy abierto rodeado de montañas de escasa altitud. Quizá no sea correcto decir que son de escasa altitud porque algunas superan los 2000 metros, pero el valle es como una altiplanicie, a 1300 m. por lo tanto las montañas destacan poco sobre la orografía general.

BabiaEl caso es que la zona es preciosa. Es como las ilustraciones de paisajes de los libros de texto de hace treinta años, tan típico como el campo dibujado por un crío: montañas al fondo, un río a la derecha, robles, chopos, fresnos, alisos…, un puente por aquí, algunas colinas desperdigadas, todos los ingredientes necesarios para crear el mosaico más preciosista que uno se pueda imaginar. A nuestra izquierda, en dirección norte, las moles calizas que separan Babia de Somiedo, en Asturias, iluminadas por la luz ambarina del atardecer, como dejando constancia de su majestuosidad, recordándole al viajero que aquí, ellas son las que mandan.

Todo este cúmulo de sensaciones, de juego de luces y sombras, de paisaje, tiene su culmen en San Emiliano, donde parecen confluir todas las bondades de estas tierras altas. Aquí, hace unos doce años, tuvimos una gran aventura con el viejo Emiliano y su hermano, los violentos dueños de la gasolinera, que, como si de una “road movie” americana se tratara, gobernaban a su modo el establecimiento y parte de la vecindad. Al final, y tras la benemérita intervención, seguimos ruta, pero esto es harina de otro costal y creo que dará para otro relato si el protagonista se presta a ello.

Realizamos parada en el embalse de Los Barrios de Luna, una enorme lámina de agua con un atractivo más que dudoso. Aquí consultamos el mapa sopesando la ruta a seguir y decidimos dormir en La Pola de Gordón. Para eso tendríamos que pasar otro puerto de montaña, el de Aralla, situado en la LE-473, una carretera de tercer orden y de dudosa calidad vial, (no es así en cuanto a paisajes). En las primeras rampas un cartel nos advierte que estamos circulando por una carretera de montaña y que conduzcamos con precaución. Juzgo la advertencia totalmente innecesaria y sigo esquivando baches mientras ascendemos con sosiego. Al coronar, la moto ratea unos instantes, como si el combustible no llegase o algo así. Pienso que es un mal sitio para quedarse tirado así que, aflojo un poco el puño del gas y encaro la bajada con un cierto desasosiego.

Pasamos Geras, Paradilla de Gordón y llegamos a La Pola de Gordón. Antes de preguntar por una pensión nos damos un garbeo rápido por el pueblo y no observamos gran actividad con lo que decdimos seguir ruta hasta La Robla, a unos 10 km.

La Robla es un pueblo grande, pero parece planear sobre él una especie de manto de inactividad. La central térmica y la fábrica de cementos proveen de puestos de trabajo a la zona, pero no se observa mucha “vida”. Elena, más sagaz que yo para estas cosas, me comenta algo extraño: no hay ninguna grúa, no hay actividad de “ladrillo”. Efectivamente, la construcción, uno de los baremos más fiables para comprobar la riqueza de la zona, es prácticamente inexistente. Cenamos buenas truchas y a la cama, a reponerse un poco de los 200 Km. de carreteras de montaña, que sumados a los 300 de carreteras asturianas realizados por la mañana, hacían que mi culo avanzase un escalón más para el total encallecimiento.

 

Al día siguiente mercado y paseo entre las decenas de puestos. Siempre me han llamado mucho la atención las mujeres de los puestos de ropa. En la mayoría de las ocasiones enormes matronas que vociferan su mercancía mientras tratan con inusitado cariño a las presuntas clientas. “Reina, que tengo las bragas a euro!”, “mira cariño, calcetines bajos de marca, cinco tres euros, guapa!” . Uno no sabe si esa efusividad viene de serie o es idiosincrasia que se adquiere una vez que entran en el gremio. Aún así da gusto levantarse y encontrar la plaza bullendo de actividad y de colorido.

Salimos de La Robla por la CL-626, siempre en dirección este, atravesando campos y bosques llanos, poblados, éstos últimos de roble melojo y hayas. Estamos en pleno espacio natural de las Hoces de Vegacervera, atravesado por el río Torío.En poco más de 60 Km. de carretera sin sobresaltos cambiamos totalmente de paisaje, adentrándonos en un paisaje más abierto, con menos vegetación arbórea y más tendente al páramo leonés. Hemos dejado atrás Boñar y circulamos por el valle de Sabero donde a duras penas perviven las construcciones que recuerdan un glorioso pasado minero. Ahora la maleza y la decadencia se adueñan de este valle que no ha sabido adaptar su existencia al cierre de la mina. La carretera, casi desierta, en ancha y tiene un toque un tanto fantasmal, aún a pesar del día radiante. No es necesario detenerse para olfatear el declive de la comarca.

Hacemos un giro brusco hacia el norte en la salida del valle, noventa grados para acceder a la carretera nacional 621 que nos llevará a Riaño. Dos enormes paellas, las más grandes que he visto en años, nos dan la bienvenida, justo antes de coronar la presa del ignominioso pantano, construido sobre la mentira, la manipulación y siempre bajo la auspiciadora mirada del capital, ávido de recursos. Un proyecto tan vergonzante y abominable en 1986 como hoy en día. Bajo la disculpa del riego de 135.000 has. de terreno se anegó un valle increíble, cuando lo que se escondía detrás era la producción hidroeléctrica. Veinte años después no se ha construido un solo canal, una sola acequia. Qué dirán hoy lo que, con ahínco tachaban a los antipantano como “ecologistas de caverna”. Aquella señora que el León vociferaba a favor del pantano apelando la solidaridad.

Mientras atravesaba el túnel tuve un recuerdo para aquella señora y para los que, como ella, fueron manipulados hábilmente por los políticos gobernantes, siempre al servicio del Capital. Y para Simón Pardo, que se pegó un tiro en la cabeza cuando fueron a desalojarle para derribar su casa. Malditos hijos de mil putas!

Nuestra llegada a Riaño fue, como me temía, triste. El nuevo Riaño es bonito, si, pero está muerto. Le falta el espíritu, el alma. Es como las mascotas que Stephen King resucitaba en su “Pet Semetary”. Regresaban, si, pero con una frialdad y una ausencia de ánimo que aterraba. A Riaño le pasa un poco eso: a pesar de haber pasado veinte años sigue siendo un pueblo sin solera.

Medio maldiciendo entre dientes nos adentramos en la comarca de La Reina, una carreterilla que asciende pesadamente hasta el puerto de San Glorio a unos 1600 metros de altitud. Después de pasar Portilla de la Reina la carretera se estrecha para pasar el desfiladero de la Hoz, un impresionante y angosto paso que nos recuerda que estamos en las estribaciones de los Picos de Europa. En el Puerto de San Glorio comimos nuetsro bocata y nos dispusimos a encarar la tremenda bajada hasta Potes, cabecera de la Comarca de Liébana, ya en Cantabria. Afortunadamente el tráfico es escaso pero, aún así, descendemos con precaución por la sinuosa carretera. Conforme vamos acercándonos al valle la temperatura va subiendo, tornándose muy agradable. Ahora estamos en el fondo del valle, en plena comarca de Liébana. Al llegar a Potes descubro un enorme poblachón que en nada se parece a lo que conocí hace casi treinta años. Por aquel entonces yo tenía ocho o nueve años y recuerdo un lugar tranquilo y alejado de la “civilización”. Hoy es un sitio bullicioso, lleno de turistas de la tercera edad en viaje organizado, voceando unos en pos de los otros. Este “typical” en el que se mezcla lo auténtico, si es que queda algo, con lo burdo y falso, me produce urticaria. Si además va unido a la merienda de negros que forman la señoras de mediana edad, en masa con sus coros altisonantes, llego al paroxismo de lo absurdo.

Una señora mayor que regenta una tienda de productos típicos intenta engañarme cuando le compro un queso vendiéndome como “queso auténtico de Liébana”, un quesín asturiano, de Pría, en Llanes.

Nos encontramos con unos portugueses del club VStrom y, de forma inmediata, entablo conversación. Haciendo alarde de mi buen portugués me tiro un poco el vacile y uno de ellos me responde en correcto castellano. Insisto con mi portugués pero colijo que no debió ser de su agrado porque volvió a utilizar su dominio de la lengua de Cervantes. Me quedo con las ganas de practicar y con la firme promesa de ir a Portugal en cuanto tenga la más mínima ocasión. Me dejaron subirme a la VStrom porque vieron que se me caía la baba con esta máquina. Decido, también sobre la marcha, que será mi próxima moto.

Salimos de Potes, todo un descanso, por cierto, y enfilamos Cangas de Onís y Avilés, nuestro destino para esta noche. Por el camino nos acompaña la niebla y las nubes bajas con lo que, ni disfrutamos del paisaje, ni de la temperatura, que volvió a bajar de forma drástica. Por aquel entonces la cadena comenzaba a dar muestras de fatiga, (como tuve ocasión de comprobar unos días después en Mérida) y en una de las paradas ví que no aceptaba más tensión, estaba ya muy estirada.

Llegamos a Avilés sin novedad.

Al día siguiente, sábado, amanece lloviendo y aún nos quedan 150 km. para llegar a casa. La rueda trasera está en las últimas y no quiero que Elena vaya intranquila sobre la moto. He de cuidar este aspecto al máximo porque soy consciente de que el más mínimo tropiezo hará que abandone la moto durante mucho tiempo. Ella no siente la moto como yo, más bien viaja en ella por obligación, por ello suelo ser siempre muy prudente y no puedo permitirme licencias.

Me dispongo a buscar un taller de motos abierto en sábado por la mañana y no encuentro nada. Al fina recalo en Ovimoto, cerca de Oviedo. Allí me ponen una Metzeler por la que me cobran 140 euros. Ahora comprendo eso de abrir los sábados por la mañana.

Con la cartera más ligera recojo a Elena y nos vamos a casa. Han sido 650 km llenos de encanto y dentro de dos días parto hacia el sur de España, con un rumbo no muy definido.

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