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De casta les viene

carretera indiaMe gustaba tomar en té en las dhabas. Son una especie de restaurante-tienda montados en una carpa circular en la que se da cita toda la fauna de la carretera. Allí parábamos motoristas, camioneros, pastores, obreros de la carretera… Esos momentos de descanso eran un impasse idóneo para sentir el pulso de las rutas del Himalaya. Sentarse a tomar el té preparado con parsimonia, comentar las últimas hazañas entre bache y bache o asombrarnos en conjunto con las impresiones del penúltimo precipicio, suponían uno de los mejores momentos del día.

Siempre reparábamos en las hordas de trabajadores que se afanaban en las tareas de mantenimiento de la carretera. Todos ellos pertenecían a las castas más bajas de la India, al último escalafón social. Gentes oscuras, niños casi hombres, vestidos con harapos y trabajando en condiciones precarias. En cada unidad de obra, una tajea, un puente o una cuneta, decenas de personas se arremolinaban para sacar el tajo adelante. Tengo que reconocer que no se veía una actividad frenética pero allí todo se hacía a mano. Herramientas manuales y ausencia total de maquinaria en un país con más de mil millones de personas y en el que la mano de obra es abundante y barata. Resultaba sobrecogedor ver a cientos de obreros construir una carretera de forma artesanal, era como si el tiempo se hubiera detenido. Los barriles de alquitrán se calentaban en una hoguera, las cunetas y tajeas se abrían a pico y pala y los encofrados se montaban con precariedad parsimoniosa. Todo bajo la mirada atenta de algún encargado cargado de uniforme y bajo un sol que abrasa pero no calienta; trabajar cerca del trono de los dioses es una osadía peligrosa.

En una ocasión, después de bajar uno de aquellos eternos puertos de más de 4000 metros, la carretera volvía a estar en obras. Polvo, piedras, camiones… A un costado, sentados en el suelo, más de cien de aquellos hombres negros partían roca caliza hasta dejarla en porciones cúbicas de unos diez centímetros. Era la base de la carretera sobre la que luego se extendería una capa de tierra y sobre ella, la banda de rodadura. Resultaba impresionante verlos allí sentados, abriendo piedras con un martillo y colocándolas primorosamente en una lengua pétrea que se extendía durante varios kilómetros.

Piedras, polvo y sol. Piedras, polvo y frío. Polvo depositándose sobre su piel y sobre los andrajos que vestían. Mientras dura la obra algunos viven en tiendas de campaña de plástico y lona al pie mismo de la carretera. Y nadie protesta porque el sistema de castas les marca el camino del que no han de separarse. Si aspiran a tener una vida mejor en la siguiente reencarnación tendrán que seguir el dharma en la presente y realizar con diligencia los trabajos que les corresponden, karma, por su situación social.

El sistema de castas está muy ligado al hinduismo y arrastra una historia de más de 2500 años. Ningún individuo puede aspirar a ascender en las castas en toda su vida y solo mediante la reencarnación puede aspirar a algo mejor. La casta dictamina qué trabajos se pueden desarrollar, con quien pueden casarse y a qué puede aspirar un individuo. Es una organización social que instauraron los invasores arios de los pueblos del Norte cuyo objetivo principal era subyugar a la población indígena, más oscura y considerada por ellos como subhumanos.

Pero aún hay cosas peores que pertenecer a una casta inferior y es no tener ninguna casta a la que pertenecer. Los “sin casta”, los dalit y los adivasi están en un lugar tan bajo en la escala social que los individuos de las castas más altas evitaban siquiera pisar su sombra. Pero nunca falta un roto para un descosido y los intocables aún tienen por debajo a los invisibles, que tienen prohibido que los demás los vean y solo pueden salir de noche.

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Pensaba mucho en mi padre durante las horas de ruta en la moto. Seguro que le habría gustado ver todo esto pero tendrá que conformarse con verlo a través de mis ojos porque no me lo imagino paseando sus barbas de santón por esta tierra de santones, de lamas y tibetanos. A la gente elevada como él les viene bien un paseo por las alturas. Aquí se respira un aire enrarecido, sí, pero también se le toma el pulso a una sociedad a la que sólo vemos en los documentales y que nos parece muy lejana. Y es tan cercana, tan dolorosamente palpable.

Josín, Ricard, Miguel y yo entramos en una dhaba de Keylong. Era un lugar oscuro que olía a gas-oil y a dulces desde la calle principal. Hacía siglos que no veíamos una Mirinda. En un rincón dos mujerucas con sari estaban atentas a la telenovela y, con la mirada puesta en la vida que pasaba ante sus ojos, un hombre de tez oscura sumergía fritangas en un aceite de olor dulzón. Al fondo la mugre perecía fagocitada por una penumbra salvadora.

Mirinda

Keylong está en la carretera Manali a Leh, considerada una de las más peligrosas del mundo. No diré yo que no sea peligrosa, que lo es, pero viajando en moto los peligros se diluyen y todo se torna familiar e inofensivo. Los precipicios son menos profundos, aunque se vea al fondo un camión en pedazos y las curvas ciegas tienen más visibilidad si vas  lomos de una Royal Enfield. Allí no hay quitamiedos ni barreras que te defiendan de la reencarnación pero si ocupas tu mente en el miedo a la caída no avanzas. Algunos se caen pero siempre son los otros. Es la certeza que nos mantiene aferrados a la vida hasta que, por imperativo vital, Vishnú nos pone delante un buen abismo insondable para procurarnos una buena reencarnación. Yo, que desde hace años vivo convencido de mi propia omnipotencia, ni me preocupo por estas cosas: no corro riesgos que no merezcan la pena y no me rasco las manos cuando me pican por la adrenalina. Y si me caigo, reboto, me sacudo el polvo y observo los daños con la sutil indiferencia de quien se sabe indemne.

En Keylong la vida discurría plácida, sin más sobresaltos que un partido de criquet a media tarde o un té en la calle comercial. Ni siquiera una vaca indiferente asomada en la terraza de un tercer piso entraba a formar parte de lo inaudito, son animales tan sagrados que pasean su parsimonia en los lugares más insospechados. En el centro del pueblo, Kelang Wazir, una deidad local de aspecto plasticoso cuya vida y milagros desconozco por completo.

Ya habían quedado atrás los grandes puertos, los ascensos a más de 5000 metros por carreteras retorcidas sin asfaltar y los fríos de la cordillera. Aún se veían glaciares, cumbres nevadas o montañas peladas que me empequeñecían por su enormidad, pero la vegetación volvía a aparecer con timidez y el fondo del valle se tapizaba de verde. De nuevo volvíamos a ver trabajos en el campo y gente afanada en la cosecha de septiembre. Ahora teníamos Manali a 130 kilómetros y yo estaba deseando sumergirme, de nuevo, en un clima más benigno.

tareas agrícolas

Las carreteras de India

Carretera a Kargil

En poco más de dos horas conduciendo por Cachemira y Jamu ya me creía un indio, al menos en lo tocante al viaje por carretera. La aparente ausencia de normas hacía que la conducción pareciese un “sálvese quien pueda” y en eso soy especialista. Hay, sin embargo, dos normas básicas cuando se conduce una moto por India.

Primera: se conduce por la izquierda.

Segunda: nunca tienes la preferencia.

Estos dos axiomas, que pueden recombinarse con otros, no hay que tomarlos como una verdad absoluta pero conviene tenerlos en cuenta. En cuanto a la segunda norma,las preferencias se establecen según tamaño.

En primer lugar y en la cúspide de la pirámide de la conducción, están los camiones. Conviene no olvidarse de esto porque ellos se saben los reyes de la ruta y aunque suelen ser educados, no tienen demasiados miramientos con vehículos de inferior categoría.

Luego están los diferentes tipos de autobuses, furgonetas y otros destartalados autorrodantes para el transporte de personas. Suelen ser bastante rápidos y ocupan una porción considerable de la calzada.

En tercer lugar en la escala evolutiva figuran los todo terrenos, especialmente los Mahindra pick-up.

Justo por encima de las motos están los taxis, vehículos particulares y turismos en general.

Además hay toda una serie de vehículos encuadrados en categorías particulares que tienen o no preferencia dependiendo de  quien los maneje, me refiero a tuk-tuk´s, tractores, carros de caballo, búfalo o camello y otros engendros mecánicos. Por supuesto, en el escalafón más bajo y despreciable están los peatones a quienes hay que espolear a ritmo de claxon. A decir verdad el claxon es un adminículo indispensable en cualquier tipo de vehículo; conviene usarlo con profusión el mayor número de veces posible durante cualquier trayecto. Se usa al adelantar, para pedir paso, para espantar viandantes y animales, para saludar y en general, para demostrar que estás ahí y tienes la intención de hacer algo. Algo que, sin duda, el conductor que te precede o antecede adivinará.

Carreteras del Himalaya

Las carreteras en la zona norte, en los Himalayas, tienen tráfico escaso pero eso no las hace menos peligrosas. Están sometidas a un estado de obras permanente debido a los innumerables desprendimientos, corrimientos de tierra y avenidas de agua, entre otros devenires. Son una contínua fuente de sorpresas. Podríamos calificar el estado de las carreteras como “la cosa más inesperada del mundo”.

Lo bueno de este estado de cosas es que las carreteras son una inagotable fuente de peripecias, aventuras y situaciones rayanas con lo absurdo. Se suceden sustos y sonrisas de forma constante y uno tiene la sensación de que cualquier vial indio es un ecosistema particular en el que se dan cita lo extraordinario y lo cotidiano. Un día cualquiera, en la carretera de Srinagar a Kyonon, nos encontramos con un tramo en obras. No tendría nada de especial encontrarse en una zona en reparación porque allí los inviernos son muy duros y cualquier carretera está sometida a reparación constante. Lo particular de esta es que tenían que realizar una serie de voladuras. Y allí estaban un par de indios colocando cartuchos de explosivos mientras motos, coches y autobuses de pasajeros pasaban a su lado con indiferencia. ¿Medidas de seguridad? Bueno, se supone que los usuarios ya han visto que la carretera está en obras en su mayor parte así que no hacen falta más avisos. Aquí el conductor viaja por su cuenta y riesgo y cada persona es responsable de sus actos.

Explosivos

Explosivos al lado de la carretera

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Operarios trajinando con la Goma2

En lugares más poblados que las carreteras de los Himalayas la cosa cambia. En el Rajastán, por ejemplo, ya no tienes que estar tan pendiente de los precipicios, los convoyes militares, los camiones y las carreteras destartaladas. Aquí se unen a los placeres cotidianos las vacas, los cebús, los carros de camellos, los búfalos, las personas y en general, todo lo que te puedas imaginar. Has de estar preparado para una conducción creativa y con todos los sentidos atentos a tráfico.

Pero, como siempre, lo más importante es divertirse.

Conduciendo en Rajastán

Te daba una hostia…

Old Delhi

Doblar una esquina en las calles de Delhi es la antesala de cualquier sorpresa, es la puerta a un universo distinto al conocido, un mundo que solo resulta irreal a los ojos de los que vivimos en occidente. Es una realidad palpable y pesada en la que viven millones de seres humanos, tantos que son mayoría.

Una vaca, un perro dormitando, un vendedor de cualquier cosa, un sikj de turbante impecable, un buscavidas… No resulta sencillo buscarse la vida en esta ciudad enorme cuando los recursos de que dispones son escasos y miles de personas se los disputan. Clasificar la basura separando la comida entre un olor nauseabundo o intentar sacarle unas rupias a un turista incauto puede ser una opción tan buena como otra cualquiera cuando todo tu capital es menos que nada.

Cuando, al doblar una esquina entre un río de gente, me encontré con el vendedor ambulante, me fundí contra una de las columnas del soportal para franquearle el paso. Era un hombre pequeño y sudoroso, empapado en una pátina pegajosa con más solera que la mía. Llevaba sobre la cabeza una bandeja enorme con algún tipo de chuchería que no logré identificar, sobre hojas de periódico. Colgando del brazo, un taburete metálico que, supongo, sería el soporte de su precario tenderete. Caminaba con prisa y con la mirada ida que confiere la premura por vivir. Josín, que abría la marcha de nuestro pequeño grupo de turistas desenfadados, consiguió esquivarlo a duras penas y yo, que marchaba tras él, confié en que el estar pegado a la columna sería suficiente para no desequilibrar al pequeño empresario. Me resultó sorprendente que el hombre se abalanzase sobre mi. Así, si más, como quien se tira, en su desesperación, a las vías del tren. El taburete metálico rozó mi brazo con fuerza y la bandeja salió disparada de su cabeza para caer con estrépito en el mugriento suelo de Delhi. Vi como las hojas de periódico tapizaban la calle mezclándose con la basura y los lapos rojos del paan, un preparado psicoactivo muy popular a base de betel, nuez de areca y tabaco.

Después del tropezón, que no tenía nada de fortuíto, el hombrecillo intentó pararnos pero a un español no se le puede enseñar picaresca así que continuamos nuestro paseo.

“No, no, no” decía con cara de enfado. Luego balbució algo en un inglés macarrónico que no conseguí entender pero capté el mensaje: “me has tirado la bandeja y me la tienes que pagar”. De pronto la discusión comenzó a subir de tono mientras los viandantes observaban, curiosos, las evoluciones de un pequeño vendedor y varios turistas de considerable tamaño y cara de mala leche. A decir verdad el pequeño vendedor le echó arredros al asunto porque, exceptuando mi estatura contenida, tanto Ricard, como Daniel o Miguel, son personajes de envergadura. Josín no es que sea muy grande pero su espalda y sus brazos aconsejan no buscarse problemas con él.

En un momento dado me agarró el brazo  con la intención de impedirme avanzar y, en mi inglés más perfecto, me salió un “don´t touch me, me cago en tu puta madre!” Mientras me zafaba de su débil presa.

Nuestras amenazas de llamar a la policía no parecían surtir efecto así que, seguimos caminando mientras yo iba rezongando imprecaciones y Josín imponía la calma. Nos metimos en un kebap, seguidos de cerca por nuestro perseguidor y los camareros lo sacaron con modos expeditivos. Aún volvió a entrar una vez más en busca de su compensación económica al cabo de un rato pero, supongo que sopesó sus posibilidades y al final, desistió de una empresa que al único sitio que lo iba a llevar era a obtener un par de sopapos.

Suelo ser bastante respetuoso con todo el mundo perdiendo incluso mis derechos aunque la razón me asista, pero que me intenten estafar de una manera tan burda es superior a mis fuerzas. Comprendo que sacarle los cuartos al turista forma parte de la picaresca en cualquier parte del mundo, que la vida es muy dura para mucha gente y que puede hasta resultar lícito quitarle al que tiene más. Hasta disculpo su comportamiento pero pocas veces he sentido unas ganas tan grandes de soltar un par de hostias.

Tocar en lo más alto


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En Leh el aire tiene un olor raro, como a nada. Siempre había leído eso del “aire enrarecido” pero no fue hasta llegar a los 3400 metros de altitud cuando comprendí la expresión en toda su magnitud. En toda su cansada magnitud. Ya habíamos tomado nuestra dosis diaria de Diamox pero el “mal de altura” comenzaba a hacer sus efectos. Conozco personas que tienen el mal de altura de forma permanente,  ese mal de los que se creen grandes, de los que se creen eternos y destinados a perdurar en nuestras frágiles memorias, pero es otro mal del que hablo. Este te deja abatido, cansado, sin energía. El cuerpo siente que se está muriendo y te prepara para que lo hagas de forma digna, es decir, muriéndote bien muerto. He de decir que no me tocó lo peor, a Alex su médico alemán, aprendiz con Menguele supongo, le recetó un medicamento distinto y su estancia por las alturas fue un suplicio. Tuvo sin embargo, a pesar de sus múltiples males, fuerza suficiente para ayudar a los más desfavorecidos del valle. Siempre te llegan lecciones de quien menos te lo esperas.
Leh es un híbrido entre poblachón polvoriento y ciudad destartalada. Uno no sabe si está a medio construir o si la han dejado así, en precario, por si algún día había dinero para asfaltar, soterrar cables o solventar cualquiera de las múltiples carencias en materia de la “cosa pública”. En realidad no echaba nada de menos pero me faltaba todo.
Las mañanas me las pasaba bastante activo, con ganas de moverme y con cierto ímpetu pero al caer la tarde el mundo se me venía encima como un barro pegajoso que te impide avanzar. “Es el periodo de aclimatación a la altitud”, me decían. Pero yo sentía algo muy distinto. Notaba como la fuerza me abandonaba, como me fatigaba al subir escaleras y como, al fin, mi cuerpo decidía disociarse de mis pensamientos y abandonarme a una, más que segura, muerte atroz y espantosa. A esto había que sumar las pesadillas, las taquicardias y los dolores de cabeza. Mi hora no podía estar muy lejana.
Poco a poco los síntomas fueron remitiendo a base de Diamox e ibuprofeno y la energía regresaba a mi por oleadas. Pero no olas de esas violentas y enormes, que va. Eran más bien olas que rompen en una playa plana, que llegan a la orilla con la timidez de quien suplica un amor con un hilillo de voz. “Quiéreme, quiéreme-. Le decía yo a mi cuerpo. Y él respondía con una risa de niña tonta dándome un poco más de cuerda. Cómo llegué a odiar esa sensación. Las dos, la de la adolescente del “solo un poquito” y la de mi cuerpo comportándose como una otaku de risita histérica.
Las Royal Enfield formaban parte de la cura. Y de la locura. Conducir entre piedras, baches, vacas y cascotes mantenían mis sentidos en prealerta. La conducción de los indios en alarma. Y la conjunción de todo ello en alarma extrema. Y cuando uno cree acostumbrarse a todo… se acostumbra a todo. Me inundó una falsa confianza y creí que algún gen indio me había sido conferido por la gracia de Krisna. Bastaron, sin embargo, un par de sustos para volver a la realidad y darme cuenta de que me llevan años luz de experiencia. Los indios son buenos conductores. Pueden ser suicidas, alocados, imprudentes o despreciar tu vida pero tienen unos reflejos de leopardo de las nieves.

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No era mi primera vez con una Enfield. Esta dama antigua y yo ya habíamos tenido un primer contacto, unos preliminares que presagiaban buen entendimiento. Es una moto suave, sin reacciones bruscas porque sus poco más de 34 cv no dan para grandes dispendios. Es la potencia justa para poder conservar el resto de la máquina sin comprometer ni al chasis ni al freno de tambor.
Había días en que me sentía un pionero en ella, un émulo de Albert Tichy recorriendo los Himalayas. Él lo hizo sobre una Puch fabricada en Austria en los años treinta y yo lo hacía sobre una moto autóctona y emblemática, toda una señora Royal Enfield. Tenología inglesa del siglo pasado al servicio de la India moderna del siglo XXI. Sin apenas cambios, sin perder un ápice de autenticidad, sin haber dejado su espíritu vendido y con el orgullo que confiere ser una de las marcas más antiguas del mundo.
De camino al gompa (monasterio budista) de Stakna comencé a sopesar la idea de adquirir una de estas motos cuando la vStrom diga que no puede más. Una verde militar, con dos asientos independientes y un empaque digno de un sargento ghurka.
De todas las motos escogí la más ajada, la que tenía el tanque abollado y el depósito del líquido de frenos rascado. El patito feo resultó ser una de las motos más ruidosas. Su motor monocilíndrico atronaba cada vez que retenía y los acelerones resonaban por todo el valle de Lamayuri.
De Lamayuri bajamos por la carretera vieja, un vial retorcido por el que ya nadie transita. Y desde allí vi el mundo. Una porción de mundo enorme y montañosa por la que serpenteaba una carreterilla estrecha e insignificante. Los tonos ocres y pardos lo dominan todo en los inhóspitos Himalayas. Son montañas que se desmoronan, que se hacen cada vez más pequeñas a fuerza de erosión y a causa del tesón cierto de la eternidad. Nada queda, nada permanece. Ni siquiera aquellas moles pétreas están destinadas a mantenerse incólumes. Y a la vez, todo permanece. Es la rueda de la vida, la rueda del tiempo y el ciclo sempiterno de lo que sucede una y otra vez. Caerán estas montañas para colmatar valles y mares pero vendrán otras a ocupar su lugar.
Me sentí pequeño e insignificante mirando aquellas montañas gigantescas. Es probable que no necesitase venir hasta el valle de Ladak, ni a Cachemira para meditar sobre la insignificancia del ser humano y la pequeñez de cada cosa que nos ocupa pero supongo que cualquier sitio es bueno para llenarse de absurdos pensamientos de elevada pretensión.

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El mal de altura no era más que un recuerdo lejano de una vida pasada, síntomas arriconados en una estantería que ya no significaban lo mismo que unos días atrás. Ahora estaba pletórico, lleno de ganas y con las energías intactas para encarar el ascenso al puerto de montaña más alto del mundo. La carretera comienza retorcida y con asfalto malo, lo cual había dejado de ser una novedad a aquellas alturas del viaje, y los últimos ocho kilómetros son de tierra y piedras, de baches y prominencias, de polvo y de cansancio. El aire es cada vez más liviano y los movimientos se hacen más lentos y pesados. Se descoordina el habla y pensamiento por momentos y la falta de oxígeno produce un efecto mareante. Aún así saqué la gaita e intenté tocar una muñeira. O lo que saliera. El resultado fue desastroso, tanto desde el punto de vista artístico como desde cualquier otro. El instrumento creaba expectación así que varios indios se disponían a grabar con sus teléfonos móviles. Hinché el fuelle y… no salió nada. Ni una nota identificable, ni un aullido quejumbroso, nada. Ante la posibilidad de que, a pesar de haber creado tanta expectación, aquello no sonase, comencé a ponerme un poco nervioso. Segundo intento. Ahora sí. Un aullido infernal seguido de varias notas exentas de musicalidad se arrastraron por la carretera de piedras y tierra, arrojándose, avergonzadas, por el precipicio insondable de la ignomina. Ya no podía parar. Tenía que salir algo identificable como fuera. No soy un buen gaitero ni lo seré nunca, lo tengo asumido, pero soy capaz de tocar la Muñeira de Grandas de modo tal que cualquiera que conozca la melodía la pueda identificar. Mis desesperados intentos por hacer una representación digna se toparon con la tozudez sólida de la presión atmosférica y la falta de oxígeno. De aquello no se podía sacar nada.
Cuando el público asistente comenzó a hacer mutis por el foro (no silbaron porque les faltaba el aire) comprendí que aquel patético espectáculo no debía continuar así que desmonté la gaita, la guardé en su funda y me fundí con los presentes en un desesperado intento por pasar desapercibido. Aún así, pocos gaiteros han llegado tan alto tocando la gaita.

Volando al Himalaya

imageDespués de dormir cuatro horas j llegó la hora de volar desde Delhi a Leh y comenzar la ruta organizada por los Himalayas. Viajamos con Rakatanga, la empresa de Raúl Sanz. A Raúl lo conocí hace unos años en una charla en Asturias. Me gustó su desparpajo desenfadado y su forma de contar el tour que organizaba por India. Luego vinieron varias entrevistas para el podcast, charlas con algunas personas que habían viajado con el y al final llegamos a la conclusión de que nos caíamos bien.
Llegar a subirse en un avión en el aeropuerto internacional de Delhi puede resultar un poco pesado para algunas personas. Yo soy una de ellas. Soldados armados a la puerta te piden el pasaporte para acceder a las instalaciones pero conviene no guardarlo en un lugar poco accesible porque habrá que mostrarlo algunas veces más. Luego vinieron los cacheos, no tan superficiales como sería deseable, y el registro de pertenencias. A mi me quitaron tres mecheros, olisquearon mi tabaco y examinaron con detenimiento mis cachivaches electrónicos que no son más que un móvil, un teclado, un cargador y un power bank de los chinos que cumple con su función a duras penas. Cuando por fin me vi libre de militares, policías de aduanas, policías de la sagrada nación y demás personas uniformadas pertenecientes a la sacrosanta casta armada, me dormí sobrevolando los Himalayas, vencido por el sueño, el cansancio y las experiencias adquiridas, que iban pesando y llenado huecos en las estanterías de mi cabeza. Sí, organizo mis recuerdos en estanterías desde hace años, es la única forma de tener cada cosa en su sitio y conservar una cierta estanqueidad moral. Lo que en una balda es perfectamente legal puede que no lo sea en la de arriba y, por contra, lo que en la de abajo es moralmente aceptable puede que sea una abominación cuatro o cinco pasillos más allá. De este modo puedo sobrevivir a mis contradicciones. El secreto son los compartimentos estancos. Al fondo de todas las estanterías hay una luz muy brillante que arroja sombras inciertas a este lado pero casi nunca me acerco a ella. Lo malo es que va creciendo cada vez más y temo que un día lo inunde todo con su blancura que por ser tan blanca no se distingue de la oscuridad. Porque para que haya luz tiene que haber oscuridad y viceversa, la una no puede existir sin la otra, como mis estanterías estancas.

 

Boda en Delhi

imageCargados de emoción y descubriendo este nuevo mundo que se abría para nosotros nos internamos en el Barrio Circular, unas cuantas calles que se disponen en círculos concéntricos. Mientras decidíamos si comer un kebap, una hamburguesa o la picante comida india, nuestra particular singladura recaló en un restaurante bastante pijo. Nos recibieron varios camereros, maitres y operarios pulcramente uniformados que, en vista de que nuestra intención era dedicarnos al aperitivo, nos encaminaron al bar del segundo piso. Allí, a las tres de la tarde, sin comer y con ansia de llenar nuestras almas con experiencias nuevas, nos dedicamos a bailar con la estridente música electrónica y a tomar cerveza. Yo me decanté por una sangría, con la esperanza de no tener que abonar una cantidad astronómica por un vino caliente y mediocre. Soporto bien el vino malo, no le hago ascos a los diversos derivados alcohólicos de la uva, -exceptuando la abominación del vino francés con sabor a naranja, habría que colgar de los pulgares a quien ideó semejante brebaje- pero un vino malo y caliente es más de lo que mis delicadas papilas pueden soportar como primera opción. La sangría resultó una delicatessen de factura exquisita, mucho mejor que la que ofrecen en muchos chiringuitos playeros del solar patrio. No llegamos a hacernos una foto con el novio porque el tiempo se nos iba de las manos y la situación podía correr el mismo riesgo.

Desde los Himalayas con amor

Desde Manali, en el norte de India, hemos grabado un pequeño especial de viajo en Moto para daros nuestras impresiones de la primera parte del viaje. Han sido 14 días recorriendo en moto las montañas más altas del mundo, gozando con las Royal Enfield y disfrutando de un paisaje y una cultura tan diferentes.

Ahora nos vamos a Delhi para seguir recorriendo en moto este país fascinante.

Sueños en Delhi

Llegar a Delih es una colección de tópicos. Una vaharada de calor húmedo, un mezcla de turbantes, pañuelos y saris, unos olores extrañamente inusuales que se te meten hasta lo más hondo y que no te abandonan hasta el día que dejas la ciudad.Todo allí me fascinaba, incluso el caos del tráfico loco que, regido por algún extraño designio, llega a autorregularse de un modo bastante eficaz. Hay accidentes, claro. De hecho India es el segundo país del mundo en accidentes de tráfico. Por fortuna para los estadísticos de estado un gran número de incidentes no se contabilizan y la cosa se solventa entre los particulares, sin la mediación de un seguro que, a la hora de la verdad, no sirve para nada.

Josín, Dani, Ricard, Miguel, Raúl y yo, nos alojábamos en el India Internacional, un hotel de bajo precio y bastante aceptable para los estándares de calidad que se manejan en el barrio de Paharganj. Llegamos alrededor de las doce de la noche, después de haber conocido la conducción nocturna por la ciudad que, en teoría, resulta más tranquila. A esas horas Pahargang duerme. Y no es una figura retórica, el barrio duerme de forma literal. Los más afortunados en su cama de hotel o en su casa con techo de chapa. Los que cargan con el peso de pertenecer a una casta inferior lo hacen donde pueden y a tenor de a despreocupación con la que descansan, parece que cualquier sitio es bueno: el tuk-tuk que se pone a funcionar al amanecer, el ricksaw de tracción humana, el puesto de venta de chucherías, la panadería al aire libre… Todo está lleno de gente dormitando bajo un calor húmedo que embota los sentidos y un olor que los agudiza. Un grupo de perros husmea entre la basura, una vaca pasa despreocupada y unos ladridos se oyen al fondo de la calle. En esta oscuridad mortecina todo tiene cabida y todos pasamos desapercibidos. Menos a los ojos de Krishna, que se empeña en que unos pasen más desapercibidos que otros y sean nadie entre los millones de nadie del mundo. La frase “vivir en la calle” toma un nuevo significado y desde luego, se aleja mucho de lo que nos decía mi madre cuando estábamos todo el santo día relacionándonos con nuestros semejantes en la rue. Aquí, vivir en la calle tiene un sentido atroz por lo real, una dimensión que no admite demasiados matices: trabajas en la calle, comes en la calle, vives en la calle.

La luz de la mañana no pilló desprevenidos a los cuerpos de color bronce, que duermen un sueño cargado de ligereza. Otro día de acarrear personas de un lado a otro, de vender chucherías o de hacer vaya usted a saber qué para poder sobrevivir.

para nosotros, ávidos de vida nueva y con buenas rupias en el bolsillo, el día se presentaba lleno de sorpresas porque India entera es una sorpresa a los ojos del que la mira por primera vez. Tanto que aprender, tanto que aprehender, tantas historias en cada paso, no pueden sino emocionar y embotarte los sentidos hasta no saber si estás soñando o si todas esas personas con las que te cruzas, pertenecéis al mismo planeta, pisáis el mismo suelo y estáis hechos de la misma materia. Quiero tocarlos, olerlos, escuchar sus historias, saber qué piensan, conocer en qué se van a reencarnar, averiguar a qué dios le rezan… Necesito saberlo. Necesito emborracharme de esta multiculturalidad descarnada que me tiene asombrado.

Al final de la noche, en un bar chic de la ciudad, conseguí el objetivo, pero solo a medias.

Viajando en motocarro y pensando en India

Fernando, El Búfalo, ha venido hasta los estudios de Viajo en Moto y, en una mañana de resaca, nos ha concedido una entrevista en su línea habitual: disparatada e irreverente. Nos habla de su nuevo proyecto de viaje a Australia, de su próximo libro y de lo mucho que disfruta viviendo.
También ha venido Raúl Sanz, de India en Moto, para someterse a un tercer grado de preguntas ansiosas y para desvelar qué me voy a encontrar en septiembre, cuando viaje hasta Nueva Deli para participar en uno de sus viajes.

Además tenemos a un dúo peculiar. Rubén y Lucía, de Algo que Recordar. Ellos son una pareja de trotamundos que llevan el viaje metido en lo más profundo de sus ser. Organizan una curiosa ruta por Sri-Lanka en tuc-tuc, o ricksaw o, por denominarlos de forma más castiza… motocarro.

Perlando este programa, las intervenciones de los oyentes y el látigo implacable de Stacy, que, además de escoger la música, ha cercenado lo más destroyer.

Lucía y Rubén tienen un montón de cosas que ofrecer además de lo que nos cuentan en el programa:

Cortometraje viral El Síndrome del eterno viajero
Trailer documental Around Them
Libros de Rubén

Llegamos a los 50 programas de Viajo en Moto!

Parece que fue ayer pero ya llevamos 50 programas hablando de viajes, de motos, de libros, de cine y de todo lo que tiene que ver con desplazarse sobre dos ruedas. Cuatro años largos en los que han desfilado por Viajo en Moto un montón de viajeros. Entre todos son millones de kilómetros recorridos y miles de aventuras. Y las que nos faltan.
En este número 50 tenemos a los clientes de India en Moto que nos cuentan su experiencia por la India. Por la misma zona está Walter Astrada que nos explica los pasos a seguir para atravesar Myanmar en moto, ahora que se ha abierto al turismo.
En esta efeméride no podía faltar Charly Sinewan. Recién terminada la etapa 8 de su viaje por el mundo y después de emocionarnos con sus vídeos, comienza una nueva etapa en el viaje y probablemente, en su vida.
Y hablaremos de podcast moteros. De los inicios, de los finales y de lo que supone grabar un programa de forma periódica. Para ello tenemos a un pionero, Pablo Brull, de Charlas Moteras.
Muchas gracias a todos por seguir ahí, escuchándonos, dándonos feedback y haciéndonos crecer programa tras programa.

Programa 42. Coloquius Interruptus

Asistimos al coloquio con más interrupciones de la historia de Viajo en Moto. El Búfalo, con una conexión Wi-Fi a pedales, nos habla de su viaje por la costa Oeste de África, llevada a cabo con su moto de dos y medio y su tabla de surf a cuestas. Aparece un espontáneo en la conversación, desde el otro extremo del continente y… bueno, mejor lo escucháis.

Tenemos también a Fran Cairón, otro gaditano “envenenao”. Fran pretende dar la vuelta al mundo a lomos de una Suzuki GSX1000R en poco más de dos meses. ¿Creéis que lo conseguirá? Ya falta menos para que comience su viaje y ya veremos como se desenvuelve por el mundo a toda leche.

Para terminar la ronda de entrevistas llamamos a Raúl Sanz, de www.indiaenmoto.com. Raúl, a raiz de su experiencia en India se dedica a organizar viajes en el Norte del país. Nos cuenta cómo lo hace y nos da detalles de precios y rutas.

Además hablamos del próximo libro de Alicia Sornosa y damos un somero repaso a Salí a Dar una Vuelta, de Fabián C. Barrio.

Y alguna sorpresa más.

 

Podcast: De Cabo Norte a Madagascar.

Programa número 32.
En Barco a TurquíaCharlamos con Charly Sinewan que nos cuenta de sus aventuras por Madagascar, un lugar al que poca gente llega en moto.
Después, atendiendo a peticiones de los oyentes, os damos unos consejos para viajar hasta Turquía aprovechando los ferries que cruzan el Mediterráneo. Precios de los barcos, horarios y puertos.
Sergio Morchón nos presenta nu nuevo libro, “En busca del Norte”, un relato y guía minuciosa para viajar hasta Cabo Norte e ir rodando sobre seguro.
Finalizamos el programa con Ricardu Fité que se fue de viaje a la India, alquiló una Royal Enfield y se pasó un mes y medio rodando por lugares increíbles.

 

La Carretera más Alta del Mundo. Trailer from Menna Fité on Vimeo.