india

Viajo en moto se crece con Nacho Vidal

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En Viajo en Moto nos venimos arriba fácil, pero si viene Nacho Vidal al programa, la cosa se pone tensa rápidamente.
Nacho, que es aficionado a las motos desde que era un chaval, anda estos días grabando un vídeo promocional con un gran amigo de esta casa, Raúl Sanz de “India en Moto”. Aprovechando un momento de asueto en la sobremesa, les hice una llamada para saber qué se traen entre manos.
Pero antes de Nacho y de Raúl, he querido ponerme en contacto con Carlos Sánchez, una persona excepcional que dedica parte de su tiempo libre a una lucha honorable, a librar una batalla contra una enfermedad cruel y devastadora: la Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA.
Tampoco falta a la cita Charly Sinewan, desde la cuna americana del cemento.

Además, buena música y algún desvarío irreverente: lo de siempre.

Nacho Vidal con Raúl Sanz de India en Moto

Guerra química en India

India es un país con una higiene un tanto peculiar. Podríamos decirlo de forma suave y hablar de higiene distraída, de cierto desprecio por la limpieza o de relajo de costumbres en lo que a decoro se refiere. Pero no nos estaríamos ajustando a la realidad: India es un país muy sucio.

No hay rincón en el que no haya restos de inmundicia. No hay esquina impoluta exceptuando, claro, las zonas más salvajes. Los Himalayas indios gozan de cierta inmunidad en este sentido, aunque tampoco sea para tirar cohetes.

Lo bueno es que, después de unas semanas en la región, te acostumbras a la suciedad. Tu percepción de lo admisible en cuestiones de limpieza va variando con los días. Al cabo de un tiempo, lo que en tu país te parecería una solemne marranez, en India te parece de lo más normal.

Vaca sagrada

Una de las imágenes que guardo en la retina, grabada a fuego, es la de una vaca sagrada pastando en medio de una montaña de basura. Mi concepción de lo sagrado se vio trastocada al ver aquel animal rebuscando restos de algún vegetal entre tanta mierda. ¿De qué le servía ser sagrada si no conservaba un ápice de dignidad? Me la imaginaba pastando en cualquier prado de la montaña asturiana y recuperando su halo de animal sacro.

Las vacas asturianas sí son animales sagrados. Sagrados y lustrosos. Lo único que tienen en común aquellas y éstas es su parsimonia exasperante. Cualquiera de las dos es capaz de pastar en calma aunque el caos las rodee. Son el ejemplo perfecto de ser y el estar. Quizá sean tan sagradas unas como las otras.

Los ojos de las vacas son el reflejo de la calma.

La segunda imagen que me impactó, no por orden de importancia, fue la de los clasificadores de basura en Delhi. En el barrio de Pahar Gang la basura es sometida a un riguroso proceso de selección antes de salir hacia otro lugar. Si es que sale, porque nunca llegué a saber cuál es el proceso completo. Allí, entre abigarrados edificios de viviendas, algunas personas se afanan en clasificar desperdicios, separando todo lo que sean restos de comida. Quiero pensar que es para dárselo a algún animal, aunque no me atrevería a asegurarlo.

El hedor es insoportable. Es olor a basura vieja, a putrefacción, a descomposición de verduras y curry. Un olor dulzón y pestilente que se mete hasta el fondo de tu alma. Y tienes que apartar la vista porque te avergüenzas de que haya seres humanos revolviendo aquellas colinas de inmundicia. El mundo no es justo. La vida no es justa, eso ya lo sabía antes de ir a la India, pero nada me preparó para que la realidad me abofetease de aquella manera. Trabajos de mierda en un mundo de mierda.

Basurero en el centro de Delhi

Comprendí muchas cosas en unos pocos segundos. Reflexiones profundas que olvidé cuando regresé a la comodidad de mi vida regalada.

Con el paso de los días me amoldaba a la idiosincrasia india y, poco a poco, fui descuidando mi higiene personal. Me duchaba varias veces al día, no tanto por limpieza como por sentir un poco de frescor. Me pasaba la mayor parte del tiempo empapado en sudor así que, una ducha siempre se agradecía. Pero a la hora de volver a la moto, me ponía el mismo pantalón mugroso.

El pantalón, una copia china de Uggly Bros., pronto comenzó hacer honor a su nombre y se puso feo. Una pátina de mugre, rancia por el tiempo, lo fue cubriendo. El tacto ya era un tanto pegajoso en los últimos días, pero procuraba no tocarlo mucho con las manos desnudas. El verde desvaído iba mutando a gris oscuro y alrededor de los bolsillos se estaba formando un cerco que viraba a negro con el discurrir de los días.

Así, poco a poco, yo mismo me iba tiñendo de la peculiaridad india, que me hacía inmune a estímulos externos y me convertía en vaca sagrada de mirada serena. “Me resbala, oiga, la vida me resbala. La mía y la suya”

Resbalando y derrapando, llegó el día de abandonar el país. Metí el pantalón y otra ropa sucia en la mochila de espeleología que uso como petate impermeable. Allí fermentó un par de días sin necesidad de más aditivos químicos. Claro que de eso me enteré luego.

El aeropuerto de Nueva Delhi es grande y limpio. Moderno como cualquier aeropuerto y con gran profusión de controles policiales y militares. Después de pasar todas las colas y hacer todos los chequeos habidos y por haber, llegamos a la sala de embarque por un pasillo amplio y pulcro. Toda la mugre del país había quedado atrás y estábamos en la antesala de Occidente.

Aeropuerto de Delhi

Aún quedaba un último control, que me pilló por sorpresa. Un policía nos escogió a Josín y a mí al azar y quiso registrar nuestro equipaje de mano. El grueso de la impedimenta ya había sido facturado así que a mí solo me quedaba el petate de espeleología con el casco, las botas y el pantalón de casta intocable.

Al abrir la bolsa el policía retiró la cara con un mohín de asco apenas perceptible. Quiso volver a asomarse al interior de aquel pozo inmundo pero desechó la idea con gesto dubitativo. Le dije si quería que vaciase la bolsa pero negó con la palma de la mano mientras apartaba la cabeza hacia un lado.

Mientras cerraba la bolsa con una sonrisa avergonzada escuché algunas bacterias que, en el fondo de la misma, se partían de risa.

Que tenga buen viaje, – murmuró-. Puede usted continuar.

Viajo en Moto con el elegante MrHick46

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Después de un montón de tiempo con perfil bajo en la redes sociales, vuelve con nosotros Teo Romera, aka MrHicks46. Con él charlaremos sobre lo humano y lo divino, sobre sus proyectos fallidos y sus planes de futuro. Un personaje entrañable y siempre, siempre, correcto y elegante.
Charly Sinewan, esta vez sí, no falla a su cita semanal en Viajo en Moto y nos trae a personajes que El Guionista pone en su camino.
Por supuesto, no nos olvidamos de repasar las concentraciones y fiestas de guardar en lo tocante al mototurismo.

Hoy no hay playlist de Spotify porque he usado música de la que tengo por aquí, así que os dejo el título de las canciones y las buscáis.

Analigik – Gipsy Doodle
Rag Dolls – These are the
Twin Forks – Back to you
Josh Pyke – Leeward Side
Vampire Weekend – Unbelibers
Autohearth – Lent
Hudson Taylor – Batles
Killing Jazz – Safronia B
Agnes Obel – Aventine

 

MrHicks46

India, hacer pan en moto y Miquel Silvestre

Programa número 96 en el que, además de acercarnos a la centena, viajaremos a la India de la mano de Rakatanga, escuchando algunos testimonios. Como por ejemplo a Alejandro, que le dio el mal de altura en el puerto de montaña más alto del mundo. O a Alan, uno de los mejores mecánicos de Royal Enfield de toda la India.

Por cierto, si queréis conocer India de la mano de Rakatanga, decidles que vais de mi parte, que os harán un descuento.

También tenemos a Charly Sinewan, dándonos cumplida información de sus desvaríos por México y a nuestro corresponsal en África, Joaquín Labayen, que nos va a contar como hace el pan cuando viaja en moto.

Finalizaremos con una larga charla con Miquel Silvestre, el motoviajero más mediático del momento que nos contará sus nuevos proyectos y cómo le va con su recién estrenado estado de paternidad.

Finalizamos con Olga Ferro y Martín Solana, que nos traen las primeras novedades del Dakar 2018.

 

Glosamos, desde el punto de vista musical, este programa con:

Despacito, versión de Me fritos the Gimme Cheetos.

0 Positive Corporate 1:21 Music of Imagination motivate

0 4 1982 Morning (Original Mix) 3:21 Majed Salih Soviet House salih

0 I’m Not A Fool 2:57 Lorenzo’s Music Lorenzo’s Music EP Pop 100

0 This party getting hot- jazzy b and honey singh 3:35 Punjabi originals Yo Yo Honey Singh punjabi and hindi songs punjabi

0 God Save The DJ 4:00 WE ARE FM Season One 255

0 1 Lies Irae 3:35 Dopestarsinc Ultrawired 255 100 0 Two dimensional world 4:09 Dopestarsinc Ultrawired 255

0 Mañana 4:32 Las Buenas Noches Hoy ya es mañana Folk-Pop 0 4

 

Mi encuentro con el futuro Doctor Fashar

Aquella mañana llevaba un rato deambulando por el barrio de Pahar  Ganj. Allí, en el centro de Delhi, me seguía sintiendo como un indio más, a pesar de toda la basura que me rodeaba, a pesar del calor y a pesar de mi escaso dominio de cualquiera de los más de 300 idiomas que se hablan en India. Nada de esto me importaba. Sentía la ciudad como mía, me sentía identificado con su organizado caos, con la amabilidad de sus habitantes, con la vorágine inherente a cualquier ciudad india. El olor penetrante de la basura y el curry, el sonido ensordecedor del tráfico, el aire contaminado… Todo lo sentía mío, todo tenía una extraña pátina de familiaridad que me engullía con la suavidad pestilente de una madre desnaturalizada.

Josín y el resto aún estaban en la barbería, disfrutando de un afeitado apurado y un masaje a juego. Nos habíamos aficionado al afeitado de barbero y los cinco habíamos descubierto los placeres del cuidado corporal que nos proporcionaban los indios. Yo, escarmentado del anterior masaje en Manali, prefería limitarme al afeitado y prescindir de más cuidados y afeites, que en el Norte me había resultado un tanto violentos. Así que, mientras ellos se dejaban hacer, yo no hacía nada. Si acaso fumar en la puerta del establecimiento e intentar disfrutar de aquellas últimas horas en el país. Mis pensamientos flotaban, inconexos, de los Himalayas al Rajastán, del Taj Majal al populoso distrito de Old Delhi, donde la vida comercial se organizaba por calles de imposible estrechez distribuidas en gremios.

El sabor áspero del bidi me quemaba la garganta. Me esforzaba en fumar aquellos cigarrillos envueltos en hoja de ébano pero me resultaban mucho más fuertes que la picadura a que estaba acostumbrado. El que estaba fumando me lo había dado el barbero para que probase en auténtico tabaco indio así que, por no hacerle un feo, castigaba un poco más mis pulmones.

Al otro lado de la calle, mientras yo me perdía en recuerdos frescos, un chico de unos doce o trece años me miraba con disimulo. Aún traía el uniforme del colegio, con su impecable camisa blanca y una corbata que le daba un aire de anciano adolescente. Al principio creí que estaba esperando a alguien, un transporte, un padre o una madre que lo llevarían a casa. Se subía en un ricksaw, se bajaba, remoloneaba entre los coches aparcados, daba una patada a una lata… No parecía estar interesado en nada concreto pero no me quitaba ojo. Cuando yo lo miraba, apartaba la vista y ambos nos esquivábamos como si sospecháramos el uno del otro.

Por fin, en un arranque de valentía intrépida, cruzó la calle y nos saludamos. Una sonrisa y una rápida presentación seguida de un apretón de manos, como hacen los hombres, como hacen dos desconocidos que se buscan porque se necesitan.

Fashar vivía en Delih y era un buen estudiante. Un tipo serio y educado, con camisa impecable y corbata, con gestos de caballero colmado de dignidad en medio de una de las ciudades más sucias del planeta. Apenas sonreía y nuestra conversación discurría como lo hacen las cosas trascendentales, con la seriedad grave en la que la banalidad no tiene cabida.

Fashar quiere ser médico porque desea curar las enfermedades de la gente. Y en su país hay muchas enfermedades para curar. Quizá la más difícil de erradicar sea la segregación heredada desde hace más de dos mil años. Quizá Fashar no consiga curar a la sociedad india de la peor enfermedad de todas, creer que el sistema de castas es una verdad absoluta. Pero Fashar quiere ser médico y curar a las personas. Lo afirmaba con una rotundidad delicada, de las que no ofrecen lugar a dudas.

Y Fashar, con sus ideas claras, con su absoluta convicción, con su deseo de ayudar a los demás, me dio la mayor lección que pude aprender en India. Me enterneció el alma y en lo más profundo de mi ser deseé que a Fashar le fuera bien en la vida. Que lograse terminar la carrera de medicina y un día no muy lejano, pudiese curar a las personas.

Nos miramos a los ojos y, deseándole mucha suerte en la vida, nos despedimos como se despiden los hombres, con un apretón de manos firme y sincero. Me quedé mirándolo mientras se perdía, con aire serio y circunspecto, al fondo de la calle.

“Adiós, Doctor Fashar, me alegro de que tenga toda la vida por delante”

De cómo en India me convertí en idiota. Si no lo era ya

Santones en Pushkar

Pushkar es una ciudad eminentemente espiritual. Su nacimiento es bastante sorprendente. Resulta que los dioses, tan faltos ellos de entretenimientos mundanos, se reunieron un día, hace muchos años, y soltaron un cisne con una flor de loto en el pico. Allí donde el cisne dejara caer la flor, vendría el dios Brahma y construiría un lugar de oblación, es decir, un lugar sagrado para hacer ofrendas. Es curioso esta querencia que tienen los dioses en general por las ofrendas, los sacrificios y esa necesidad atávica de que todos les rindan pleitesía y devoción. Yo, si fuera dios, aunque fuese uno de los pequeño, sería totalmente indiferente a ofrendas y rezos. Oídos sordos. ¿Sería, acaso, un dios tan poco perfecto que tuviese que reforzar mi ego con los halagos de los mortales? ¿Para qué necesitaría una cabra muerta, un coco con una cuerda o cualquiera de las ofrendas absurdas de los humanos? Más les valiera temerme y dejarse de fruslerías porque, en un ramalazo de mala leche, sería capaz de borrarlos a todos de un plumazo.

Lago de Pushkar

El caso es que el cisne, cansado de volar con una flor en el pico como un absurdo émulo de la paloma de la paz, soltó el loto en mitad del Rajastán, en India. Tuvieron suerte los dioses con su jueguecito porque podría haber caído la dichosa flor en medio del Mar Arábigo o en el Golfo de Bengala y no habría lugar óptimo para sus ofrendas. Pero sigamos con la historia, tal y como pasó. El loto tomó tierra y Brahma hizo un gran iagñá. Un iagñá, que ya se hacían hace 4000 años por aquellas tierras, es un ritual de ofrenda que se hace a las devas, las deidades benévolas del panteón hinduista. Al lugar lo llamó Pushkar, que significa “flor de loto azul”. No fue demasiado original.

Con Marendra, que era un tipo estupendo

Con Marendra, que era un tipo estupendo

Claro que de todo esto me enteré después. Para mi Pushkar solo era otra ciudad atestada de gente en medio de un Rajastán ardiente que me mantenía sudoroso y fatigado la mayor parte del día. Paseaba en solitario por su calle principal, admirando santones de vida austera y pillos con cara de santón. De vez en cuando me detenía en cualquier puesto, dejándome asaltar por vendedores ávidos que creían que de verdad volvería por su tienda cuando les decía que “más tarde”. Espantaba chiquillos petitorios y esquivaba vacas y terneros como en un encierro a cámara superlenta.

Me asomé a ver el lago y sus 52 gaths, los lugares donde los hinduistas se sumergen para purificarse en sus aguas sagradas. Allí al fondo, justo en el centro del lago, fue donde el cisne dejó caer la flor de loto. Los gaths, con sus peldaños enormes, no recibían mucha afluencia de fieles aquella mañana.  Mientras miraba la vida pasar se me acercó un adolescente con cara de no haber roto un plato en su vida. Era un chico delgado, con la mirada limpia y la apariencia de un seminarista fumado. Irradiaba cierto halo de tranquilidad aquel muchacho así que, cuando me ofreció bajar al gath para hacer unas ofrendas a los dioses, me pareció lo más natural del mundo aceptar su invitación.

Me precedió durante unos metros y me dejó en manos de un sacerdote bramán, vestido de blanco y de aspecto inmaculado. Tendría unos 30 años como mucho. Nos saludamos uniendo las manos ante el pecho e hicimos una reverencia que, según mi modo de ver, me salió perfecta. A esas alturas del viaje ya andaba yo perfectamente imbuido de los asuntos locales así que, a nada que me esforzara, dejaría de ser un turista más y pasaría a formar parte de cualquier casta, adoraría a Ganesh con enfervorecida devoción o me soltaría a hablar inglés con la perfección como un sahib cualquiera. Pero no. Creerme indio no me convertía en indio y creerme otra cosa que un turista no me convertía en otra cosa que un turista. Por lo menos en Pushkar.

El bramán de manos suaves y andares delicados, me guió hasta el agua. Venía provisto de los pertrechos necesarios para una adoración como dios manda, si se me permite el chascarrillo; unos cocos, un cordón rojo y amarillo que me recordó la bandera catalana, una bolsa con unas piedrecillas blancas y unas flores de algún arbusto local. Me explicó que íbamos a proceder a un ritual sagrado mediante el cual tendría a la mitad de la población de Pushkar rezando por mí, por mi mujer, por mi hijo, por mis abuelos y por todo el santo elenco familiar durante un montón de tiempo. Una oferta así no se puede rechazar, por muy agnóstico que uno sea. Una cosa es no creer en dios y otra muy distinta tener a cincuenta o sesenta mil personas rezando a sus dioses por ti. No hay color.

Recen pues, pensé. El sacerdote, muy serio él, comenzó a recitar y a invocar, a Brahma, por lo que puede entender. Miraba al cielo con aires de súplica y compungido, humillaba la cabeza de forma alternativa. Luego nos agachamos y le rogamos a Brahma que le fuera bien a mi familia: a mí, a mi mujer, a mi hijo, a los abuelos… diciendo el nombre de cada uno de ellos. A todo esto yo me esforzaba por poner mi cara circunspecta de fervor religioso que, a base de años de no practicarla, se me había olvidado y solo me salía una mueca de entierro que no pegaba mucho con mi interior vacacional.

Así, fueron desfilando abuelos y abuelas, tíos, primos, sobrinos y demás familia para que Brahma tomase buena nota de toda la caterva parentelar y los colmase de bendiciones y virtudes. Después de unos veinte minutos, o más, todo aquello estaba empezando a cansarme pero me mantenía muy atento a las evoluciones del sacerdote porque lo veía sinceramente interesado en que mi alma tuviese un trato especial tanto en vida como en la muerte. Quizá todo aquello me reconfortase espiritualmente y, quien sabe, igual hasta encontraba una religión adecuada a mi espíritu libre.

Con Ganesha, que era un dios estupendo

Con Ganesha, que era un dios estupendo

Después de haber mojado las flores en el agua sagrada y habérmelas puesto en la cabeza, después de atar la cuerda al coco y hacer círculos con él sobre el agua, después de volver a implorar la benevolencia del Creador y de varios de sus adláteres, llegó el momento del cobro. Debí de poner una cara muy distinta a mi gesto de efusividad religiosa [su_pullquote]”Mil rupias son unos trece euros así que sentí como mis ojos saltones pugnaban por salir de las cuencas”[/su_pullquote]cuando el inmaculado sacerdote de piel bronceada (qué guapo era el muy ladrón), me dijo que la limosna para el templo ascendía a mil rupias por cada familiar. Mil rupias son unos trece euros así que sentí como mis ojos saltones pugnaban por salir de las cuencas y cómo la luz del Rajastán llegaba a mis pupilas con todo su esplendor. Bajo ningún concepto, le dije. Si Brahma me quiere salvar, bendecir e iluminar que lo haga de forma altruista pero no estoy dispuesto a pagar por ello. El apuesto sacerdote me dijo en tono conciliador que el dinero era para el templo, para ayudar a los pobres y para conservar el culto e, imponiendo con firmeza suave su mano morena en mi hombro se mostró dispuesto ha hacer una pequeña rebaja en nombre de Brahma.

Sin darme cuenta me había visto envuelto en una trama económico-religiosa y mi rostro de buen seguidor adoctrinado había mudado al de incauto turista. La situación comenzaba a tornarse un tanto embarazosa y yo sentía una vergüenza enorme por haberme dejado envolver en semejante patraña así que, con los labios apretados, saqué unos billetes de la cartera y se los di a aquel representante de la casta superior con aire resignado. Cuando ya me disponía a levantarme y hacer mutis por el foro con la firme promesa de no contar jamás semejante trance, el joven bramán me pidió más dinero. Esta nueva cantidad tenía como destino a su familia, a la que tenía que mantener. Dos mil rupias serían suficientes.

En aquel momento me invadió cierto acceso de ira que, de nuevo, me avergonzó porque no es eso lo que se supone que tenga que provocarte un ritual de este tipo. Entonces volvió a hacer entrada en escena el ayudante, que hasta el momento se había mantenido en un discreto segundo plano, y me entregó unas bolitas de azúcar que debía mantener en el bolso para hacer luego no sé qué. Desde luego, si era usarlas como ofrenda a un ser superior en alguno de los miles de templos de la India, iba listo porque no tenía intención de mantener relaciones afectivas con ningún dios en lo que me restaba de vida. Quizá con Ganesh, que con su desproporcionada cabeza de elefante me parecía muy simpático. Además había visto unas postales de este dios en actitudes pornográficas que me resultaban de lo más atractivo. Con esa trompa no es de extrañar.

Apocado y superado por el rubor, aflojé quinientas rupias más y subí las escaleras del gath sintiéndome bendecido, con la satisfacción de haber puesto a rezar a un montón de gente por el bien de mi familia  y sabiéndome muy idiota. Me zaherí con insultos durante un rato y volví a sumergirme en las calles de Pushkar haciendo la nota mental de lo que me había costado aquella tontería.

Aquí mi cartera, llena de rupias para Brahma.

Aquí mi cartera, llena de rupias para Brahma.

¿Qué conclusión extraje de todo aquello? Que soy idiota. Un absoluto incauto que se las da de precavido y que, a las primeras de cambio, los dioses le recuerdan quien es.

Lujo y asco en Bikaner

Los llantazos se sucedían al salir de Mandawa. Lo cierto es que no tenía demasiados miramientos con la Royal y de forma constante, la llevaba al límite de sus posibilidades. Cruzar la rueda trasera, derrapar o convertirme en un emulo de los pilotos del Dakar se estaba convirtiendo en una costumbre que encontraba muy sana. Esto me provocaba más sustos de lo normal pero andaba yo en aquellos días tan fuera de mí a lomos de la Enfield que me veía capaz de cualquier cosa. Y a ella también. No negaré que me producía cierto dolor de corazón escuchar como la llanta golpeaba contra el borde de un bache o que me diera cierto coraje acelerar en vacío solo por hacer un poco el macarra… pero no dejaba de hacerlo. Ricard me dirigía miradas de reproche y, de cuando en cuando, me preguntaba si haría esas cosas si la moto fuera de mi propiedad.
No, no lo haría-, contestaba con aire socarrón. Pero la moto no es mía.
Lo que molestaba a Ricard era mi insolidaridad: habíamos quedado en que, si se producían daños en las motos, lo pagaríamos entre todos y yo estaba maltratando a mi Royal más allá de lo aceptable. Pero me resultaba tan difícil sustraerme a la posibilidad de divertirme haciendo el cafre… Ya se vería cómo se solventaba el asunto de los daños colaterales y las caras serias de Ricard.

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Las horas transcurrían pausadas en el sofocante calor de Rajastán. Hacía días que había prescindido de la chaqueta de cordura y circulaba en camiseta pero, aún arriesgando mi seguridad, me moría de calor. Había dejado el casco “bueno” en Delhi, a buen recaudo en el taller y había obligado al mecánico a prestarme el suyo, uno de inspiración “nazi”. Era mucho más fresco pero, a pesar de la pátina de mugre interior, la protección que ofrecía dejaba bastante que desear. A pesar de estas “frescuras” del casco había momentos en los que sólo pensaba en un chorro de agua fría. Además, el rodar tan expuesto hacía que el sudor se evaporase de inmediato con lo cual la deshidratación era aún mayor.

Bikaner hierve. En sus calles principales, con los calores que aún habrían de prolongarse hasta bien entrada la noche, se mezclaban vacas, ricksaws, taxis, peatones y todo tipo de vehículos de tiro. El eco constante del claxon, como banda sonora común a cualquier ciudad india, imprimía su musicalidad infernal. Es curioso que alguien como yo, acostumbrado al silencio y la tranquilidad, pudiera encontrar cierto atractivo en todo ese caos. El sonido loco del tráfico me bañaba, me envolvía y me dejaba sumido en un estado de permanente alerta, consciente de cada instante, pero muy fluido, como si realmente encajara en el rompecabezas social que es la India. Me preguntaba si no habría algo de malsano en aquella sensación agradable que sentía rodeado de mugre, olores y ruido. Recordaba a otros viajeros en moto que habían recorrido el país echando pestes de la comida, de la gente, del tráfico. Yo no estaba hecho de otra pasta, no me sentía revestido de un aura especial para soportar todo aquello y sin embargo, allí estaba, dejándome imbuir por la vorágine que me devoraba y sintiéndome más vivo que nunca entre el barullo.

El Hotel Bhairon, donde nos alojábamos, es un palacio, un haveli construido por en maharajá Bhairon Singh Ji, primer ministro de Bikaner y primo del rey de Rajastán, el maharajá Ganga Singh Ji,  a finales del Siglo XIX. Es un sitio tranquilo y relajado, el lugar que uno identificaría de inmediato con la expresión “vivir como un marajá”. Como en cualquier transacción en India, regateamos el precio y nos alojamos por una cantidad irrisoria.

Recepción del hotel Bhairon

Recepción del hotel Bhairon

Pasamos la tarde de piscina y relax, olvidándonos del calor sufrido durante el día y explorando las enormes instalaciones del palacio con ojos de niños sorprendidos, trasladándonos a los tiempos de la colonia inglesa y dejando que nuestra imaginación volase. Al caer la noche el vicio hizo mella en nosotros y nos hicimos fuertes en el bar-museo del hotel, un espacio tan mágico y tan recargado de piezas de colección que hacía que nos mirásemos con una mueca de estupefacción. Después de muchas cervezas, mucho baile y muchas canciones nos fuimos a la cama pensando en qué nueva peripecia nos asombraría al día siguiente.

El pub del maharajá

El pub del maharajá

Pero la mañana siguiente nos traería un nuevo tipo de asco en la casa de Karni Mata, la reencarnación de la diosa madre Durga.

 

 

Rajastán, en tierra de reyes

Taller Royal Enfield

Salir de Delhi fue relativamente sencillo, sobre todo si tenemos en cuenta de que uno de los mecánicos del taller donde habíamos alquilado las motos nos guiaba como parte del servicio contratado. No es que sea muy complicado dejar la ciudad pero se agradece llevar a un nativo que te guíe. Además venía incluido en el trato, como la bendición religiosa o las decenas de papeles que tuvimos que firmar.

Bendición de las Royal Enfield

Lo de la bendición es cosa del señor alquilador, que es muy de protocolos y parafernalias. El día que acordamos el alquiler nos emplazó para el día siguiente temprano, con el objeto de cumplimentar todos los documentos necesarios, revisar las motos y comprobar los repuestos. Por cierto, la ley obliga a las empresas de alquileres de motos a dotarlas de una serie de repuestos que van desde las bujías a los cables freno, pasando por filtros, piñones, discos de embrague, cámaras y todo lo que pueda ser necesario en caso de avería. Lo cierto es que no sabría decir si todo aquel material me daba seguridad o me proporcionaba una intranquilidad nerviosa, al fin y al cabo tanta previsión me inducía a pensar en que la moto se podía romper en cualquier momento.

Repuestos para las Royal Enfield

No escogimos la empresa más barata, ni siquiera la que nos había recomendado Raúl con toda su buena fe; después de haber perdido varias horas desamparados, dando vueltas en el metro, la tarde se nos echó encima y no hubo tiempo para mirar más opciones. Así las cosas no fuimos a otro taller que era el más caro de todos pero que nos ofreció bastante confianza. El dueño es un sij de barba larga y poblada y usa un turbante de esos que parece que comprimen la cabeza hasta constreñir todas las ideas. Habla en un inglés correcto y pausado y desde el primer momento me recordó a mi padre con lo que me ofrecía una confianza extra. Nos explicó, paso a paso y con paciencia infinita, los trámites necesarios y, a pesar de que veníamos de recorrer los Himalayas en moto, nos enumeró los intríngulis del tráfico y la peculiar conducción del país.

Además celebró la bendición de la motos y nos encomendó a algunas deidades del panteón hunduista. Ganesha, el hijo de Shivá y Parvatí, nos proporcionaría buena suerte y eliminaría cualquier obstáculo de nuestro camino y Saraswati nos daría la sabiduría necesaria para llegar a buen puerto. Del resto de invocaciones no conseguí desvelar nada más porque el señor Singh emitía su diatriba en hindi y me resultaba totalmente incomprensible.

Las cinco Royal Enfield sonaban redondas y perfectas y pronto nos vimos saliendo del populoso estado de Haryana para entrar en el Rajastán. El calor sofocante no nos abandonaba pero haber dejado atrás la highway atestada de tráfico e internarnos en la zona rural supuso reencontrarnos con la India más auténtica. El colorido de los saris entre campos de colza y tabaco era para mí un contraste enorme comparado con el luto acostumbrado en las zonas rurales del Norte de España. Siluetas púrpuras, amarillas, naranja chillón, rojo vivo… todo un festival de color en aquellas llanuras cultivadas.

Dromedario en el rajastán

De vez en cuando veíamos un dromedario tirando del carro y yo me maravillaba con sus andares. Los dromedarios indios no son como los del Norte de Africa, desgarbados y famélicos. Aquí tienen un porte y una majestuosidad que les hace destacar como los reyes de los campos. Y los andares. Esos andares elegantes, cargados de importancia y con una marcada indiferencia por todo lo que les rodea, les dan un aire señorial como no tiene ningún otro tipo de ganado. Se saben imponentes y no necesitan más que su rotunda y pausada presencia para enseñorearse de carreteras y caminos. Rajastán significa tierra de reyes y en esta tierra regia no podía haber animales más hermosos y más imponentes que los dromedarios. Así, entre té en las dhabas y frecuentes paradas para refrescarnos o tomar fotos, llegamos a Mandawa al atardecer.

Mandawa

Madawa es una ciudad señorial venida a menos, como toda la comarca. La ciudad de las havelis, los palacios de los comerciantes que se hicieron ricos a mediados del siglo XVIII en plena ruta de la seda. Muchos de estos palacios están en estado de abandono y sus paredes policromadas van perdiendo lustre año tras año. Otros, los más lujosos, se han convertido en hoteles y aún gozan del esplendor de antaño.

Havelis de Mandawa

De vinos por la India

Cuando alguien viaja a un país con un nivel de desarrollo “inferior” al suyo le asaltan preocupaciones de todo tipo. Que si las vacunas, que si la seguridad, que si la comida… Mi preocupación era el vino.

Con una búsqueda somera por la red no conseguía despejar mis dudas sobre si podría encontrar buen vino en India. Ni siquiera si lo encontraría malo que, en último caso, también sirve. Ni los experimentados viajeros podían solventar mis dudas al respecto. No acierto a entender por qué en las crónicas de viaje estos detalles tan importantes pasan desapercibidos o, directamente, quedan obviados mientras otro tipo de cosas absurdas, como el estado de las carreteras o la descripción de monumentos, están eficientemente glosados.

Para alguien que, como yo, tiene prohibida la cerveza por prescripción facultativa, es importante tener asegurada la ingesta semanal de alcohol de baja graduación, so pena de sufrir algún tipo de colapso en el organismo.

Así las cosas me fui a India sin información al respecto, con la terrible inquietud de saber si encontraría o no buenos caldos en el país asiático. Nada sobre calidades o precios y lo que era aún más inquietante, nada sobre variedades, retrogustos, palatizaciónes y cuerpo en boca. ¿Encontraría sabores redondos? ¿Notas de frutos rojos del bosque? ¿Sabores afrutados y aromas a madera? ¿Regalices y cerezas? ¡Que zozobra enorme presentarme con aquel nivel de ignorancia ante un viaje de esa magnitud!

Por fortuna, todas las dudas quedaron disipadas el segundo día en Delhi a golpe de rupia y con resultado de resaca: había vino de varios precios y calidades.

Vodka

Malo-malote con una botella de vodka a 5000 metros.

India lleva unos 20 años produciendo vino, una nimiedad si se compara con los miles de años que la humanidad lleva perfeccionando y consumiendo los más variados mejunjes elaborados a partir de las uvas. Su clima caluroso y húmedo no hacen de esta nación el mejor lugar para la viticultura y si a esto unimos el escaso apego de esta gente por el alcohol se comprende que no hayan tenido demasiadas inquietudes en este sentido. Pero la iluminación llega en cualquier momento y aunque sea de modo tardío, India se ha incorporado al mercado de los vinos para regocijo de los discípulos de Baco.

Sula es una de las bodegas pioneras pero mi primera cata corrió a cargo de Fratelli. Trece grados de alcohol por menos de diez euros al cambio, en una de las terrazas más chic de la ciudad. Fratelli Merlot, variedad Classic, es un vino rotundo, con aromas de ciruela y matices de chocolate negro que el camarero, de discreción proverbial y andares sinuosos, vertía en la copa cada dos por tres. Al fondo, iluminadas por la luz tenue del local, la mirada se perdía de forma irremediable entre las curvas voluptuosas de las camareras cristianas. Las chicas cristianas en India tienen fama de ser más casquivanas que las hindúes y de moral más laxa que por estas latitudes ibéricas. La visión de las minifaldas negras enmarcando glúteos y mostrando la rotundidad del muslamen desviaban la atención de los taninos y los matices terrosos del Fratelli. Las miradas huidizas de aquellos ojos rasgados tampoco ayudaban a concentrar la mente en la agradable acidez del caldo y uno andaba pensando en las notas de ciruelas maduras mientras una sonrisa tímida se empeñaba en ahondar en la tarea de despistar de lo importante, la cata de las variedades merlot y cabernet.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Josín y Alejandro con la sidra del país.

Unos días más tarde le llegó la hora al Sula. A pesar de ser un vino de más calidad no fue el que más me gustó, síntoma inequívoco de que no tengo mucha idea del asunto. Aquí nos movíamos en unos seis o siete euros por unidad, si bien las botellas eran de medio litro con lo cual los aromas de pimienta negra y las notas de ciruela madura comenzaban a salirse de presupuesto. Además el personal de servicio en el restaurante era pródigo en bigotazos y no había rastro alguno de minifaldas ajustadas o de moral cristiana, con lo que la cata resultó bastante más anodina de lo esperado.

El Cabernet Shiraz de Sula es, según los señores de bigote, el mejor vino de calidad media que se puede encontrar en los restaurantes de India. Me refiero, por supuesto, a los restaurantes dignos de llevar ese nombre antepuesto a la denominación del local en cuestión.

En Manali, guiados por el consejo experto de una chica que aún sabía menos de vinos que nosotros, decidimos probar el Madera. un vino rústico elaborados con diferentes variedades del país y relativamente barato. El camarero, de profuso bigote e ignorancia plena en materia de vinos, se lamentó con indolencia por no disponer de Madera y nos sirvió, en lo que en España sería la hora de los vinos, Port Wine 1000, de bodegas Sula. Port Wine resultó ser una mala imitación de un oporto adecuado para el postre. Es sensiblemente más barato que cualquier vino de oporto y también que el Sula o el Fratelli pero no es muy adecuado para el chateo. Proviene de la zona de Goa, de influencia portuguesa, pero su elaboración no está bajo los estándares del oporto y entre otras cosas, la ruptura de la fermentación no tiene por qué hacerse con brandy. Esto, unido al empleo de variedades de uva locales hacen que su precio no sea muy elevado.

Catorce grados de alcohol en forma de oporto barato que no me satisfizo en absoluto.

En líneas generales India no es el país adecuado para salir de vinos, básicamente porque no hay bares, por lo menos del estilo de lo que aquí conocemos por bares. Te puedes poner tibio de vino, de cerveza o de cubatas, no hay problema, aunque si sales de las ciudades grandes va a ser más difícil encontrar alcohol, llegando incluso en caso de que quieran cobrarte dos mil rupias por una botella de vino peleón. Y 27€ por un vino indio es, a todas luces, excesivo.

Caso aparte merece el whisky de India que, por herencia inglesa, es de calidad y con precio contenido. No merece la pena pedir importación porque el del país es bueno.

Para comprar alcohol fuera de restaurantes hay, sobre todo en sitios turísticos, licorerías con gran variedad de alcoholes, locales y de importación. Vinos de cereza, de ciruela, sidra y alcoholes de alta graduación se pueden comprar sin problemas pero los precios no son, en general, baratos.

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No esperes encontrar vino en restaurantes como este.

Hermanar en Manali

Manali

El día de Ganesha, hijo de Shiva, nos pilló en Manali. La jornada anterior habíamos recorrido unos cuantos puertos y el último, el que nos abrió la puerta a un nuevo mundo espectacular, nos vomitó en un valle verde y cerrado. Volver a ver la vegetación, disfrutar de la exuberancia de la fronda y sumergirse bajo la línea donde ya crecen las plantas es reconciliarse con la Tierra. Después de tantos días recorriendo los Himalayas sin más signos de vida vegetal que algunos arbustos dispersos por debajo de los 4000 metros, descender entre cedros y planifolias, entre tierras de cultivo y praderas subalpinas, te reconforta y te hace sentir bien.

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Bajar el puerto de Rohtang Pass con sus cientos de curvas y con sus atascos cerca de la cumbre fue para mí algo espectacular, el colofón perfecto al viaje que había organizado Rakatanga. Nos cruzábamos con los camiones que ascendían pesadamente, con una parsimonia exasperante, mientras a escasos metros de la pueda delantera de las Royal Enfield se abría el abismo. Allí abajo, muy al fondo, veía curvas y más curvas en un monumento sempiterno a todas las carreteras del mundo. Y abrimos gas. Y disfruté en la bajada como no lo había hecho en todo el viaje. Y todo era perfecto y todo el Universo en su Grandiosidad estaba colocado en un orden sublime porque yo era un pequeño ser que ocupaba su lugar exacto en el momento preciso. Abrí la mente y grité de emoción mientras escuchaba a Josín gritar tan lleno de todo como yo mismo. Nos mirábamos y sonreíamos en una mueca enorme y llena de plenitud. Estábamos en estado de gracia, como tantas otras veces durante este viaje. Qué emocionante resulta ser consciente de ello y sentir la fortuna de sentirse afortunado. Procuro huir de tópicos cuando hablo de viajes en moto pero, en ocasiones, los tópicos entran en mí al galope, en un tropel desordenado de me embota y me pone los pelos de punta. Qué coño, -me digo- para eso viajo. Quizá no recuerde nombres de lugares, ni museos, ni monumentos, o puede que las ciudades se hallen descolocadas en mi mapa mental… pero me quedan las sensaciones vividas a flor de piel, el recuerdo nítido de las emociones, las marcas indelebles de los olores, el detalle de lo irrelevante. No necesito más que bajar Rohtang Pass a velocidad absurda, posar la mirada en unos trapos de colores colgados en lo alto de un monte o escuchar a Kroke en cualquier carretera secundaria de los Ancares. Poco importa el lugar o el medio de locomoción, siempre hay algo que te llena cuando consigues vaciarte.

El día de Ganesha me encontró en la calle. Mis compañeros estaban dedicados a otros quehaceres tan mundanos como los míos y yo estaba solo en la calle. Cuando llegó la procesión de Ganesha, con su ritmo de tambores y su colorido, me uní a ellos. Todo el mundo sonreía mientras bailaban y se lanzaban polvo de colores. Malva, amarillo, rojo… todo se mezclaba con sudor y con fervor religioso en una orgía de cantos y bailes. Recorrí un trecho con ellos y me hice devoto fiel del hijo de Shivá, el dios con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, el desafortunado hijo  que perdió la cabeza humana a manos de su padre. De nuevo volvía a flotar y cada vez la India penetraba más dentro de mi.

Cuando me reencontré con Josín y el resto decidimos hacernos un tatuaje. No era algo premeditado sino que fue surgiendo de forma natural. Dani quería hacerse un “tatu” y los demás nos vimos envueltos por la emoción del viaje y la vorágine de los acontecimientos. Alguna vez había sopesado la idea de tatuarme pero siempre lo fui posponiendo y al final, desechando. Sin embargo aquel día, terminado con éxito nuestro periplo por la Cordillera del Himalaya, me pareció el momento idóneo para grabar sobre mi piel un recuerdo imperecedero.

En el taller de Voodoo Tattoo, mientras el artista se fumaba un porro entre tatuaje y tatuaje, pasamos una de las tardes más divertidas y absurdas de nuestra vida. Todo era tan surrealista que parecía cargar con la pátina de lo cotidiano. Incluso después, cuando el tatuador, musulmán y aficionado al opio, llevaba unos cuantos canutos en el pecho y terminó su trabajo, no salíamos de nuestro asombro: lo extraordinario ocurre todos los días en India.

Y así, con los tatuajes que nos hermanaban de por vida sin haberlo premeditado, nos despertamos al día siguiente mirándonos las muñecas y dispuestos a continuar sumergidos en aquel sueño.

Aún quedaban muchos días en el Rajastán y en Delhi, el diamante más bruto y el almacén de lo extraordinario.

Camino a Manali

El amor correspondido

Royal EnfieldViajar en Royal Enfield me transportaba a los libros que había leído de los pioneros de los viajes en moto. Me imaginaba cómo sería recorrer estas montañas feroces a lomos de una moto en los años 30, como había hecho el austríaco Herbert Tichy y otros muchos que se embarcaron a recorrer Asia en moto. Y también me acordaba de los modernos aventureros profesionales y sus aventuras infladas. ¿Dónde estaba lo épico de mi viaje comparado con la aventura de vivir de aquellos desgraciados que tapaban baches? Pero eso es harina de otro costal, que los mitos son etéreos y lo etéreo se diluye y desaparece.

Mi Enfield era la más macarra de todas, la que hacía más ruido y la que más petardeaba. Era mi moto ideal. Alguna herida de guerra en el depósito, cierta dosis de 14463192_10207759781366615_630579705116674834_ndignidad antigua y aunque me avergüence escribirlo, creo que tenía alma. Todas las mañanas, nada más levantarme, le daba un beso en el faro. O un abrazo. Me relacionaba con ella como si verdaderamente pudiera entenderme, como si hubiera una conexión real entre nosotros. Bien sabía que no hay nada de eso, que sólo es una máquina y yo un idiota enamorado de las motos, pero no me importaba. Ese ritual matinal me comprometía con ella para no dejarla ir por un abismo insondable o para no estamparla contra un camión profusamente decorado. A la vez era un compromiso conmigo mismo, una firme promesa de regresar entero y no tener que visitar un hospital indio.

Ella parecía responder a mis carantoñas y solícita, me dejaba derrapar en cada curva terrera, me sacaba de las trampas de arena con consistencia del talco o me permitía vadear arroyos sin más daño que una fría y húmeda sensación en la pantorrilla que me duraba unos kilómetros. Una joya, mi Enfield. Me gustaría llevármela conmigo, hurgar en su motor, cambiarle piezas, hablarle en las noches de invierno y recordar juntos su vida en India. Pero nada de eso era posible. El nuestro era un amor pasajero y pronto habría de irse con otro.

Royal Enfield

Recuerdo, cuando bajábamos el puerto de Wari-La, que comenzó a fallar, a toser y a querer detenerse. Fue en uno de aquellos atajos locos que evitan una larga curva de herradura. Hay muchos de esos atajos en las carreteras de montaña de la cordillera. Los conductores deciden que hacer un kilómetro de más es todo un dispendio y deciden cortar las curvas monte a través. Supongo que es el espíritu heredado de las caravanas. La moto terminó por pararse justo en una zona de obras. Allí, mientras esperaba al resto del grupo, accedí al filtro de aire, lo sacudí un poco y lo cambié de posición. Ella dio un respingo.

Volvió a ponerse en marcha y, alegre, siguió trotando entre piedras y baches hasta nuestro destino.

Podcast. Haciendo en indio en India

Después de un mes en India volvemos a la carga con un nuevo programa cargado de música hindi y de experiencias peculiares. Dirige el cotarro en este programa 57, Olga Ferro, motera y apasionada de los viajes, en ausencia del conductor habitual del programa que, junto al resto de viajomotistas, pasa a formar parte del elenco de entrevistados.
De la mano de India en Moto recorremos los Himalayas, subimos al puerto de montaña más alto del mundo y nos internamos en los calores tórridos del Rajastán en septiembre para traeros los olores, los sabores y los sonidos estridentes de la vida en Delhi.
De fondo, música hindi y lo más granado de Bollywood.