3. El Vespino Vuela Bajo

El día anterior ni me había preocupado de cenar. Mis intestinos, fieles a su costumbre, decidieron seguir con sus desarreglos y consideré que era mejor darse por cenado antes que sufrir paradas obligatorias al día siguiente.

El día, tal y como había anunciado la previsión meteorológica, apareció con niebla, un espeso puré que dificultaba la visión en extremo. Sin embargo no era tan fría como ayer y el viento había cesado por completo. Puestos a elegir no sabría con qué situación atmosférica quedarme. Frío, viento, agua… creo que cualquiera es preferible al hielo y a la nieve aunque, viajando en Vespino todo se ve de otro color y los rigores del clima no son lo más importante. Cuando no pasas de cincuenta todo se ve mucho más seguro.

Pero la velocidad del viaje parecía haberse incrementado de forma notable. El Pájaro estaba funcionando como una seda, con una velocidad punta más que aceptable en llano y que llegaba a ser vertiginoso en las bajadas. No me lo podía creer. El sonido del escape comenzaba a rayar lo escandaloso pero, a cambio, parecía haber despertado de un letargo largamente contenido. Sonaba desahogado, furioso, ansioso por continuar la marcha y listo para afrontar cualquier eventualidad. Rugía despendolado como un adolescente borracho.

Para llegar a León me desvié de la N-120 y me moví por carreteras las comarcales que discurren paralelas al Camino de Santiago. Comencé a ver peregrino caminando y, aunque lo intenté, no conseguí identificarme con ellos. Cada uno hace su camino, cierto, pero yo, ni soy peregrino ni lo pretendo. Por eso, desde el primer momento, alejé la idea de dormir en albergues o sellar la “Compostelana”, privilegios reservados para la gente que peregrina de verdad, es decir, andando, en bici o a caballo. Aunque puedo dar fe que la peregrinación más dura sería en camello, no hay duda.

Llegué a León cuando el sol comenzaba a abrirse paso entre la niebla a caldear la mañana y en poco más de una hora dejé atrás la ciudad por la circunvalación. Como siempre en cada semáforo tiraba de pedales aunque no hiciese falta para dármelas de aventurero loco. Me seguía haciendo gracia el papel. Por el camino saludé a algunos motoristas desde mi humilde montura tras lo cual me partía de risa porque algunos no sabían muy bien que hacer y dudaban si sacar la mano o no. Luego, cuando veían el curioso conjunto volvían la cabeza y se quedaban mirando. ¿Dónde vas con eso? Pensarían. Cierto es que absolutamente todos me devolvieron el saludo.

Atrás fue quedando La Robla, Pola de Gordón y, sin esfuerzo, a una velocidad que, comparada con la de los últimos días se me antojaba endiablada, llegué al Puerto de Pajares.

Me parecía increíble que el viento de cara que había sufrido el día anterior pudiera frenarme hasta el punto de convertir la ruta en un suplicio. Hoy, al contrario, era un placer rodar en el Vespi con el motor girando alegre y pidiendo guerra.

La bajada fue igual de vertiginosa que me imaginaba pero cuidándome bien de no tumbar demasiado para no tocar con la pata de cabra y volver a escuchar ese desagradable sonido que parecía no presagiar nada bueno. Las curvas se sucedían y en una de las escasas rectas tuve el arrojo suficiente para adelantar a un camión. Era mi pequeña venganza, de nuevo, en forma de arrogante altanería. Vosotros, que me atufáis con vuestro escape, que pasáis pegados a mí cuando circulo tranquilamente por el arcén, ahí tenéis vuestra propia medicina. Toma humo de escape, toma adelantamiento al límite, toma… Al llegar al fondo del valle el camión me rebasó de nuevo cuando se me terminó la gasolina.

Otra vez hay que decir aquello de “qué poco dura la alegría en la casa del pobre”.

Ni eso consiguió amilanar mis exaltados ánimos. Continué por la vieja nacional en dirección a Mieres a buen ritmo, incluso me permití tomarme un vinito en la Plaza de Requejo y atronar con mi nueva vena de adolescente macarra. El haber arrastrado la frustración de no tener ciclomotor de chaval parece que ha causado mella en mi.

De allí a Oviedo, otro paseo liviano que, cuando quise darme cuenta, había terminado con la ruta del día. Ciento ochenta kilómetros en cinco horas y media. No podía creérmelo.

 

 

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