crónicas

Sexo ardiente en el desierto de Tabernas.

Hacía un calor de los mil demonios aquella tarde en Tabernas. Lo normal supongo, es un desierto.  Pero para ser primavera se me antojaban unas temperaturas inusualmente altas. Rodar en moto por los paisajes desolados de Almería era una novedad para mi. Si además lo hacía por los escenarios de algunos de los más famosos “spaguetti western” de la historia del cine, aún mejor. Detrás de mí, Juan, ambos a buen ritmo y deseosos de encontrar alguna aventura más en este viaje. Read More

La Lluvia, la Moto, la Niebla.

Vuelve a llover. Recuerdo que antes esto me emocionaba y me hacía feliz. Escuchar el repiqueteo de las gotas en el tejado me reconfortaba. También el viento ululando en el fresno del huerto. Me arrebujaba bajo las mantas y me sentía protegido, afortunado de disfrutar de un refugio recoleto y confortable mientras en el exterior arreciaba el temporal.

Y en el monte. El olor de la tierra mojada y los líquenes de los robles goteando como barbas enormes y blancas. La niebla que desciende por las laderas, despacio, hecha jirones, acariciando los castaños y deshaciéndose luego, por arte de magia.

Y en la moto. La lluvia golpeando la pantalla del casco con violencia y volando luego detrás de mi para volver a tierra. En ocasiones me entretengo pensando si alguna vez la misma gota de agua me puede golpear dos veces. Y si le dedico mucho tiempo  a este pensamiento siempre llego a la conclusión de que todas las gotas de agua son la misma. No me pidas que te lo explique, para eso tendría que estar llevando la moto bajo un chaparrón.

La lluvia es la vida, es el aroma a pureza, es la bendición del cielo.

Eso es lo que solía pensar.

Ahora, después de seis meses de lluvia ininterrumpida la lluvia comienza a tornarse un pelín molesta.

La música inundó la carretera.

Hace muchos años que paso este puerto en moto. Muchísimos. Es uno de esos puertos de montaña del Occidente de Asturias de montañas viejas y redondeadas, cubiertas de brezo verde oscuro. Las cumbres y la mayoría de las laderas se calcinan cada año a causa de los incendios forestales. Se provocan para favorecer la regeneración de pastos, al menos eso dicen. Las zonas orientadas al Norte son más húmedas y están menos castigadas.

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Mónica me deja para Siempre

Otra vez sobre la moto con setecientos y pico kilómetros por delante y la sensación certera de que le viaje se ha terminado. Son las ocho de la mañana. Apenas si quedan cuatro cosas que solucionar en Pamplona y, a la hora de la merienda, estaré en casa tomando un café. Cómo se ha liado todo. Parece que llevo media vida fuera y, sin embargo, cuantas cosas buenas han pasado. Las playas de Normandía y las copas de Innsbruck son algo que pertenece a un pasado que ahora se me antoja muy lejano, casi diluido en una nebulosa tan espesa como la niebla de ayer. Los recuerdos se amontonan pero son algo tan poco tangible… Nada hay como el momento presente, como el instante preciso e intenso en el que las cosas suceden. El resto es pura invención, un ejercicio imaginativo de recuerdos maleados destinado a perpetuar sensaciones de las que tan sólo retenemos lo agradable, tendiendo a olvidar la parte más oscura e indeseable de nuestras experiencias. Afortunadamente.
El río Esca discurre a mi lado, paralelo a la carretera en dirección Sur. Baja bravo. A las aguas del deshielo hay que sumarle la caída en estos días del agua que ha provocado las inundaciones. Mientras en España se libraban batallas contra el agua en todo el Norte, nosotros estábamos en el Tirol, inmersos en una ola de calor húngaro que nos dejaba treinta grados de temperatura. La niebla se empeña en acompañarme aunque hoy se mantiene a una distancia prudencial por encima de mi cabeza de modo que no me impide la visión de la carretera. A cambio se me ocultan las zonas altas del valle, los cielos azules recortándose contra la violencia de las cumbres pirenaicas.
No hay ni un acelerón, ni una salida de tono en una curva, ni una inercia. Cada kilómetro es negociado con suavidad exquisita ante al miedo de que la cadena se rompa. Si ayer sus quejidos eran estridentes hoy se empeña en recordarme su suplicio con cada tumbada encogiéndome el corazón más de congoja que de pena, la verdad. Visualizo la cadena rompiéndose y destrozando el motor No estoy seguro de que vaya a llegar a Pamplona. Ayer localizamos un taller de Suzuki a través del hermano de Josean y hoy me dirijo allí para realizar el cambio del kit de arrastre. No los he llamado pero confío en que tengan por costumbre el apiadarse del viajero y no me hagan esperar demasiado. Me pregunto a qué se debe este exceso de confianza al dar por certeras suposiciones que se cumplen tan pocas veces. Ni el francés salió a invitarme a café, ni la lluvia cesó cuando yo lo di por hecho, ni el mundo avanza como yo vaticino.
Dejo atrás los paisajes indómitos y las tradiciones ancestrales del Valle del Roncal y desemboco, a la par que el río, en las anchuras esteparias oscenses, en el pantano de Yesa, rodeado de carrascas, sabinas, bojes y con saucedas en algunos de los entrantes y riachuelos. Creo que es la segunda vez que paso por aquí y algunas de las curvas ya me resultan familiares así como alguna de las vistas.
En Pamplona busco el taller sin la ayuda del GPS y doy varias vueltas por la ciudad hasta que, al cabo de un rato consigo encontrarlo. No tienen kit de transmisión para mi moto y es necesario pedirlo a Irún. Abro mucho los ojos y me quedo sin palabras mirando al dueño del taller. A Irún… El hombre me tranquiliza diciéndome que a las seis o las siete de la tarde lo tendrá aquí así que me hago a la idea de pasar el día en Pamplona y viajar de noche. Es como si los acontecimientos se fuesen encajando como un tetris confabulándose para atraparme e impedir mi llegada a casa. Prefiero borrar de mi mente estos pensamientos que me atenazan y procurar sacarle partido a la situación pero aún no sé como hacerlo.
Mónica me ha dejado para siempre.
La conocí a través de Internet, ella estaba en París y yo en la confortabilidad del salón de mi casa. Luego ambos viajamos juntos por España, Por Europa, por África. Fueron varios años en los que le tomé mucho cariño. Es cierto que a veces me exasperaba con su deje de autoritarismo y su empeño en hacer las cosas a su manera pero su presencia, la mayoría de las veces, me tranquilizaba y me daba seguridad en mi mismo. Ahora, sin escuchar su voz cercana, me siento perdido, sin rumbo, sin saber a dónde encaminar mis pasos o hacia dónde enfilar la rueda delantera.  Y lo peor es que la culpa ha sido solo mía. Algo ha tenido que ver un dependiente del El Corte Inglés, cierto, pero mis actos impulsivos e irresponsables son los culpables de que la haya perdido para siempre. Sé que sin ella ya nada va a ser igual. Sentado a pocos pasos de la moto, mientras escribo estas líneas en mi diario de viaje, la echo de menos y tengo un fuerte sentimiento de pérdida, un remordimiento tenaz que me hace sentir insensato, estúpido, imprudente… Ahora se me vienen a la mente mis enfados con ella, cuando irritado, la ignoraba de forma deliberada maldiciendo su obstinación. Y ahora que ya no la tengo la echo de menos y deseo que vuelva. Pero eso no va a pasar, lo sé.
Cuando el dependiente me preguntó si funcionaba a doce voltios le dije que sí con aplomo y seguridad, a doce voltios. Llegué otra vez a la moto y coloqué el adaptador de alimentación en la toma que se haya escondida debajo del carenado. Pero no. Mónica no funcionaba a doce voltios. Ella era un modelo antiguo de cinco o seis. Tanto tiempo dejándome acompañar por sus instrucciones y ni siquiera tuve la curiosidad de mirar las especificaciones técnicas antes de cambiar la alimentación.
Le doy vueltas al GPS, enchufando y desenchufando el conector sin querer darme cuenta de que Mónica ya ha dado todo lo que tenía que dar, ahora está muerta. Su último estertor fue un amago de encendido en forma de luz brillante, como una estrella que se apaga en una última explosión de luminosidad. Acaricio con la yema de los dedos la pantalla y guardo el navegador en la maleta con tristeza. La sobretensión ha fundido sus circuitos sin darle tiempo a decir “ha llegado a su destino”.
Necesito sustituir a Mónica. Sin ella pierdo el norte y navego sin rumbo. En el Media Markt hay un montón de navegadores, TomTom, Garmin, Magellan… pero ningún MioMap como el que tenía, donde Mónica moraba y del que su voz salía con aquella decisión robótica. Estos son más modernos, con mapas en tres dimensiones y funciones que no usaré nunca. Ninguna de las unidades que hay a la venta me convencen y ninguno de los dependientes parece reparar en mi presencia. Entablo conversación con dos reponedoras sobre temas banales. Ellas no saben resolver mis dudas y no pueden ayudarme a encontrar otra Mónica que  me guíe. Cuando por fin me decido por un modelo, otro MioMap, resulta que es el último que queda, el que está en exposición y no me lo pueden vender. Definitivamente, a la mierda.
Abandono el centro comercial y al llegar a la moto me doy cuenta de que he perdido la llave. Desando mis pasos y rebusco en cada rincón de la moqueta azul de la tienda pero no la encuentro por ningún lado. Voy con la cabeza baja y la espalda ligeramente encorvada, como humillado por las pérdidas recientes y la gente me mira, lo noto. Me apetece decirles que me ayuden a buscar la llave de mi moto, contarles que tengo que continuar mi viaje, que he jodido el GPS, que mi amigo aún está en Italia esperando a ser repatriado, que llevo veinte días dando vueltas por Europa, que me quiero ir a casa. Al momento veo a todos los clientes con la cabeza agachada, horadando con la mirada cada rincón de la moqueta en pos de una llave en la que se puede leer SUZUKI. Obviamente nada de eso ocurre. Como de costumbre todo está en el interior de mi cabeza. De repente recuerdo que, pegado en el interior del carenado, cerca de la toma eléctrica, tengo una llave pegada con cinta americana. Espero que aún esté ahí.
Está.
Vuelvo a Pamplona y me pierdo varias veces en el polígono industrial. Luego lo mismo en la autovía. ¡Qué me está pasando? Es como si, al no disponer del navegador, hubiese perdido todo mi sentido de la orientación. ¿Qué ha pasado con mi proverbial instinto para ubicarme? Creo que en los últimos años he dejado la tarea de guiarme en manos de Mónica y ahora he perdido práctica. Si, seguro que no es más que eso.
En la ciudad me voy a comer con mi amigo Josean a la estación de autobuses. Él también ha bajado del Roncal, a trabajar, y tenemos una hora para comer y volver a despedirnos. Le cuento mis desventuras mañaneras mientras comemos una hamburguesa.
De nuevo a las puertas del taller me dispongo a esperar tres horas hasta que llegue la cadena, al fin y al cabo no se me ocurre nada que hacer en esta primera mitad de la tarde. Me veo incapaz de elaborar planes alternativos así que me tumbo en un banco y, después de escribir un rato en el diario de viaje, me duermo plácidamente.
Por fin estoy de nuevo en ruta con una nueva cadena, tan ancha que parece la transmisión de un barco. Ya he dejado atrás Burgos y cerca de León el cielo comienza a teñirse de negro. Nubes ominosas se ciernen sobre la meseta a mis espaldas mientras el ocaso tiñe de tonos anaranjados el Oeste. Poco a poco el negro va siendo más negro y el naranja refulge con fuerza inusitada. Es una puesta de sol rabiosa en la que el día se resiste a morir a manos de la tormenta. Comienza a llover violentamente mientras el sol se oculta en el horizonte. Dios, que raro es todo esto. Allá, a lo lejos, veo el cielo despejado, el sol que se cae al abismo del horizonte mientras, sobre mi cabeza, negros nubarrones descargan con furia todo su contenido. Jamás he visto algo parecido. Es la puesta de sol más rotunda que haya presenciado nunca. He recorrido media Europa para venir a toparme con esta increíble estampa casi a las puertas de mi casa. Poco a poco la magia que lo inunda todo va remitiendo y las sombras engullen la tierra de Campos. Nada es perenne y también la magia, como un orgasmo, es etérea y fugaz. Me siento tan afortunado de haber presenciado esto. Este sí es el fin de fiesta definitivo, el colofón magnífico a un periplo de veintiún días de peregrinaje hacia el interior de uno mismo. Esta explosión de color, este contraste tan marcado entre el día y la noche ha sido como los fuegos artificiales que marcan el final de una celebración. El vello de los brazos y de la espalda se me eriza y, excitado, siento como algo que no sabría describir se propaga dentro de mi.
Termino el viaje entre las sombras de la noche, tranquilo, descansado, anhelando abrazar a Elena y a Martín.

Au Revoire la France

Después de haber tomado un frugal y anodino desayuno en el área de servicio me incorporo de nuevo a la autopista. En la incorporación la cadena ha vuelto a dar muestras de agotamiento, emitiendo unos gemidos que me ponen los pelos de punta. Sigo pensando que es imposible que esté en mal estado, ¿cuántos kilómetros llevo con este kit? ¿17.000? Recuerdo haber insistido en el  taller en que colocasen buen material. Con la Teneré ya tuve que cambiar la cadena a mitad del viaje por colocar lo más barato y juré que no me volvería a pasar.
Estoy circulando a 150 km/h en un caudaloso río de camiones entre los que me siento como un barco de papel. Cada rebufo, cada adelantamiento es una tarea molesta y pesada. Adelanto convoyes con las más variadas mercancías una y otra vez y me da la sensación de que no avanzo, como si estuviera metido en un estúpido bucle sin fin. Llevo tantas horas sobre la moto que tengo la sensación de que se me agotan los pensamientos. Me duele el culo y el cuello comienza a cargárseme. Me doy un masaje y siento el tacto frío y sucio del guante en mi cogote. A lo lejos veo el inconfundible cajón azul del radar. Todos los que he visto en este viaje “disparan” de frente, a la cara. Carecen de la ruindad de los que hay en España. No tienen ese componente traidor y cobarde de sacarte una foto por la espalda. Venciendo el natural instinto de conservación acelero y mantengo una velocidad de 155, creo que será suficiente. Cuando estoy a diez o quince metros se dispara el flash. Sonrío para mis adentros y pienso en lo que acabo de hacer como un íntimo acto de venganza hacia todos los cinemómetros que me han “cazado” en estos años. No son muchos, quizá cuatro o cinco pero suficientemente insultantes como para clamar justa venganza. ¿Y ahora qué?, -le digo mentalmente-¿me vas a mandar la foto a casa? No entiendo muy bien este sistema de control de velocidad en el que te sacan la foto “por delante” quedando la matrícula resguardada de la foto indiscreta.
Cerca de Pau salgo de la autopista. Ya no soporto tanto tráfico de camiones y este ruido constante que me vuelve loco. Ahora circulo por una nacional muy tranquila entre las colinas suaves del Pre-Pirineo. La carretera se está estrechando en los últimos kilómetros y estoy pasando por pueblos fantasma en los que apenas si se ve algún signo de actividad. Allí abajo, entre los castaños, sobresale un pequeño “chateau” en lo alto de un promontorio. Un poco más abajo se extiende la llanura de Tarbes y Pau plagada de bosquetes y caseríos dispersos.
Hace unos minutos que el GPS ha dejado de funcionar y me detengo en una granja para intentar una reparación. Corre un viento frío y húmedo en esta especia de altiplanicie en la que me encuentro y me resguardo en un cobertizo. No sé por qué pero albergo la esperanza de que el granjero se asome a la puerta de casa al ver un intruso merodeando por el granero y, conmovido por mi tez aterida y mi cara de hambre, me invite a tomar un café y a comer un pincho de queso con chorizo o, en su defecto, el embutido típico de la zona. Luego charlaremos un rato sobre viajes, sobre la vida en el medio rural francés del Midi Pyréneés y sobre la política social de Sarkozy. Nada de eso ocurre. Ni siquiera soy capaz de reparar la alimentación de GPS así que, frustrado, me subo de nuevo a la moto y me dirijo hacia el norte, guiado por mi instinto, en busca de la autopista. No encuentro a nadie a quien preguntar por la dirección correcta. Al cabo de un rato entre bosques y praderas llego a Pau.
Los McDonalds son un activo fijo en este mundo globalizado. No necesitas saber idiomas, un BigMac es un BigMac aquí y en Kaliningrado. Y el payaso Ronald tiene la misma cara de psicópata pederasta en cualquiera de sus enfermizas versiones. Calculo que serán las cinco de la tarde y una hamburguesa es tan buena opción como otra cualquiera. Cuando estoy inmerso en este tipo de viajes en solitario en los que lo único que hago al cabo del día son kilómetros al tun tun, la alimentación pasa a ser algo secundario, una mera molestia que hay que solventar para no caer en la inanición. Por lo demás, prescindiría de comer perfectamente.
La chica de las hamburguesas muestra una sonrisa forzada que esconde su punto de tristeza. Su coleta cae como una cascada por el cierre de la gorra roja y le da un aire infantil y desenfadado que choca con su mirada aburrida. “Bigmac silteplé”. Y un Big Mac tan aburrido como mi propia presencia yace moribundo en su caja de poliestireno extruído.
Frente al Mac Donalds hay un taller de Ducati y aprovecho para comprar grasa para la cadena e intentar una puesta a punto de la misma por un profesional. Despliego todo mi encanto para que me cuelen la moto cuanto antes hablando mi mejor francés y esmerando la pronunciación al máximo. El dueño me pregunta si soy italiano. Bueno, no me ha cazado. Me dice que hablo muy buen francés y eso me llena de orgullo.
El profesional dice que la cadena está en las últimas, que no tiene solución y que tenga cuidado. Joder,- pienso-, cuando pille a mi mecánico lo mato!.
Vuelve a llover mientras viajo en dirección sur, a la Col de la Pierre de Saint Martin. Pienso en champán malo.
He dejado atrás, hace un rato, el último pueblo grande antes de la frontera, Oloron, un pueblo del que no sabría decir si me gusta o no. Una catedral medio gótica a la que apenas presto atención y un río torrentero en el que se marcan las ondas de la lluvia. Todo es gris y frío.
Más arriba, hacia el puerto, todo es verde y frío. Estoy en plena zona rural y la zona es bonita pero no consigo disfrutar del paisaje. Algunas vacas pastan al lado de la carretera y los pueblos se van espaciando cada vez más. La niebla se empeña en engullir todo cuanto me rodea. Conforme asciendo los prados dejan paso a los bosques de hayas y las curvas se hacen cada vez más cerradas. Algunas vacas bajan hacia el valle guiadas por sus pastores con cara circunspecta. Ocupan toda la carretera.
La cadena emite unos quejidos cada vez más escandalosos y tengo miedo a que se rompa. En cada salida de curva el continuo clac-clac se eleva por encima del ruido del motor, amenazante, reprochándome su sufrimiento. La niebla oculta todo el paisaje y solo veo unos palmos por delante de la rueda delantera. De repente, con la cadena en mal estado, todo lo que bajo otras circunstancias sería maravilloso me resulta aterrador. La posibilidad que quedarme tirado varias horas en una carretera perdida del Pirineo, el frío que me está calando hasta los huesos, el accidente de mi compañero… todo revolotea por mi cabeza con una insistencia mareante. Deseo salir de aquí cuanto antes.
Arriba, en el puerto que separa Francia del Valle del Roncal, la temperatura es de cinco grados y la niebla lo cubre todo con su manto espeso. No hay nada que odie más que viajar con niebla. Ese no saber lo que te rodea o, lo que es peor, no saber dónde estás, me vuelve loco. Siempre necesito saber donde estoy, no perder el norte, por eso le doy tanta importancia a los mapas y me jacto de mi sentido de la orientación. Es importante saber dónde está uno por mucho que no se sepa hacia donde va. Sabiendo el lugar en el que te encuentras siempre tienes la posibilidad de decidir si quieres ir a alguna parte.
Tenía un vecino que se volvía loco con la niebla. Literalmente. Cuando, los cortos días del invierno eran ocupados, sin pudor, por esa horrenda luz que todo lo iguala, se encerraba en su casa, gritaba, aullaba y se imaginaba, quizá con cierta dosis de razón en su locura, que todo estaba en contra suya.
Joder cómo odio la niebla.
Como una barahúnda de seres informes surgen cientos, miles de cabras desplazándose con su trote nervioso. Están apiñadas a las órdenes de un perro pastor y cuando, por fin se retira la niebla después de dos kilómetros siguiéndolas, puedo ver el rebaño en toda su magnitud. Es enorme. Me congratulo de que cabras y ovejas sean animales pacíficos y no engendros mutantes como en la película “Ovejas Asesinas”. No quiero ni pensar en un ataque coordinado de un rebaño de estas proporciones.
Pues ya estoy en España y no siento nada. Quizá sea que no estoy en España-España sino en el Valle del Roncal, patria de abertzales irredentos y forales donde los haya. Ya queda poco. Desciendo cómodamente por la nueva carretera que vertebra el valle y me sorprendo al encontrar un enorme nevero cerca de la estación de esquí. Y aún me sorprende más encontrarme, en plena carretera, con una curva de trescientos sesenta grados. Una curva… redonda, circular… cosas veredes amigo Sancho, cosas veredes.
Volver al Roncal siempre es un placer, independientemente de las circunstancias. Hoy estoy aterido de frío, agotado y deseando detenerme pero al rodar por este valle me inunda de nuevo el placer del viaje, se me llena el pecho de Roncal. Los hayedos, estrenando hojas nuevas y bullendo de vida me saludan desde las laderas del valle. Los buitres se adivinan en los riscos y todo, absolutamente todo, vuelve a ser perfecto.
En Urzainqui en casa de mi amigo Josean, solo pienso un un café bien cargado de coñá y una ducha caliente. Vuelvo a tensar la cadena en un absurdo intento de reparar lo irreparable. Mañana me comparé una nueva.

Cabo Norte 2012. Parte 1

Suzuki vStrom

Llevaba tiempo con el viaje en la mente. Hacía días que mis pensamientos volaban, a la par que mis ojos, sobre cualquier mapa, sopesando destinos y trazando líneas imaginarias. Me veía rodeando el Mar Negro, costeando por ciudades míticas y llenas de historia, pilotando, solitario, por las carreteras de Georgia y bregando con las recias autoridades de frontera. A la semana siguiente el viaje había tomado una deriva insospechada y, sin apenas darme cuenta, en mi imaginación rodaba azorado entre las curvas húmedas de Bielorrusia en una tarde de lluvia fina y persistente. Transnistria, el país que no existe, Rumanía, Eslovaquia… todo parecían estar a tiro de piedra, todos tan cerca y todos llamándome a voces.
Mi ansias de subir a la moto y rodar a cualquier parte se acrecentaban con el paso de los días y hacían buena la frase de mi página web: El verdadero Destino es la Travesía. Poco me importaba el lugar al que ir, lo más acuciante era salir disparado cuanto antes y terminar con aquel insoportable prurito.
Busqué, de forma infructuosa, un compañero de viaje que me acompañara hacia lo ignoto, animé a conocidos de la red y de la vida real para que me acompañasen a cualquier parte. Pero mi poder de persuasión falló con estrépito.
Un día, paseándome por los viajes de otros, encontré un escueto mensaje de alguien que buscaba compañero para ir a Cabo Norte. ¿Por qué no? – me dije- es un destino tan bueno como otro cualquiera.
Comenzaron los primeros contactos con Álex, a través de correo electrónico y alguna llamada de teléfono; enseguida me di cuenta de que era una persona metódica y pulcra. Cada vez que recibía información sobre el viaje ésta venía impecablemente presentada, con todo lujo de detalles y con planificación exquisita. Y decidí abandonarme a las dotes organizativas del que iba a ser mi compañero de viaje durante 21 días. Además comenzaba a anidar en mi un extraño sentimiento; me veía como un intruso en el viaje de Álex. Él tenía todos los días de viaje organizados, desde los trayectos en ferry o en tren hasta cada una de las comidas. No puedo decir que me molestase, al contrario. Por una parte perdía el atractivo de la preparación de la ruta pero por otra ganaba en comodidad y no tenía que preocuparme apenas de la organización. Pero esa otra sensación, ese sentirme intruso por momentos me causaba desasosiego.

Las semanas fueron pasando y los contactos con Álex, que habían sido tan constantes en un principio, se fueron dilatando. Dejé todo en sus manos porque me sentía cómodo y porque me ofrecía la confianza suficiente como para no poner en duda ninguna de sus decisiones con respecto al viaje. Ni siquiera me molesté en buscar lugares emblemáticos para visitar porque sabía que él llevaba mucho tiempo con ello. Cabo Norte era el viaje de Álex y yo venía a ser algo así como un invitado, no me sentía con derecho a sugerir modificaciones.

El día de la partida amaneció frío y con niebla en la montaña. La vStrom lucía como nunca, cargada con el saco amarillo de espeleología que decía, muy a las claras, que nos íbamos de viaje largo. El pellejo de oveja, recuperado del interior del viejo camión de Peter, y el navegador con la dulce Mónica morando en su interior, todo parecía estar listo para recorrer los 6000 kilómetros que me separaban de Cabo Norte.
Había leído crónicas de viaje, claro. También me había pasado algún tiempo, sobre todo en los últimos días, mirando embobado la webcam del punto más al Norte de Europa. Y, por supuesto, había recorrido decenas de veces los últimos kilómetros de carretera con el Street View. Pero nada de eso había sido suficiente para considerar el viaje como algo "especial". No tenía la ilusión de estar enfilando la rueda delantera hacia un destino emblemático sencillamente porque, para mi no lo era. Cabo Norte no dejaba de ser un punto en el mapa, un destino relativamente lejano pero sin esa cierta pátina de autenticidad, sin sabor a aventura. Atravesar Europa, a día de hoy, es cuestión de tiempo y de dinero. Cierto que esto es así casi para cualquier lugar del planeta pero en este caso veía mi viaje como algo desprovisto de exotismo de otros destinos. Europa es demasiado uniforme.

Mientras descansaba en los calurosos páramos de Zaragoza, sentado a la exigua sombra que arrojaba un bloque de hormigón, reflexionaba sobre el destino y me intercambiaba mensajes con Álex. Ni un atisbo de nervios. Intentaba sacudirme el tedio y la desidia mirando la moto cargada. ¿Acaso no era posible mostrar un poco más de interés? ¿No podía imbuirme de esa ilusión infantil que me asaltaba tantas veces? Supuse que será cuestión de tiempo.

El calor iba en aumento y, por momentos, echaba de menos el frío de O Cebreiro y la niebla mañanera de la carretera de Lugo. Mónica, en el interior del navegador, decidió retraerse y no dar señales de vida hasta haber hecho un hard reset de la unidad. Cuando volvió a la vida me pareció captar cierto tono de hastío en su voz.
Al pasar bajo el meridiano de Greenwich esbocé una sonrisa. Siempre me gusta pasar por este punto. Es como si confluyeran la virtualidad de los mapas y la realidad del terreno. En lugares como este es donde se pueden identificar claramente las líneas imaginarias que vemos trazadas en los mapas. Es  corroborar, de forma fehaciente, que los mapas existen, que son reales, que toda la ilusión que representan tiene su perfecto reflejo en la vida real. ¿Ocurriría lo mismo al atravesar el Círculo Polar? Círculo Polar… ¡Qué reminiscencias grandiosas exhalaba ese nombre! ¡Qué extraño me sentía al pronunciarlo en voz alta! Cír-cu-lo-po-lar. En unos días estaría allí y quizá pudiese comprobar, de nuevo, lo real de las líneas imaginarias.

A mis espaldas el Sol comenzaba a caer encima de mi casa. Podía verlo en el retrovisor. Qué lejos me parecía. había recorrido unos 700 kilómetros y ya me daba la impresión de estar muy lejos, como si estuviera en Suecia. Es curioso como lo lejano o lo cercano no son más que sensaciones que a veces se envuelven en una nebulosa. Lejos, cerca. Tan relativo como la velocidad a la que te desplaces.

Entrar en el valle de Fraga fue como un respiro. Las huertas, los frutales, el verdor… Me imaginaba a viejos agricultores cavando el huerto, abriendo el paso del agua para regar, afanados en la poda de los tomates y ajenos a mi paso camino del Norte. Y yo mirándolos, espiando su quehacer cotidiano en silencio, en un puro ejercicio de voyeurismo. Nada hay en la vida como esa sensación en la que el mundo pasa a tu lado a toda velocidad mientras tu estás quieto. De nuevo, lo relativo. Desde el punto de vista de los demás eres tu quien está pasando deprisa a su lado; desde tu punto de vista son ellos los que se desplazan raudos, sin que apenas tengas tiempo a captar detalles. En moto parece que esta sensación se ve acentuada: tú estás quieto y los demás pasan a tu lado. Esto me recuerda algo que leí hace poco: "en mi vida, el raro eres tú".
Lluvia, traje de aguas y, casi de forma inmediata, otra vez el calor cercano a los 30 grados.
Entrar en Reus vuelve a suponer otro alivio en la monotonía. Curvas, de nuevo las huertas, lo verde y, aflorando tímidamente, por fin la ilusión por el viaje. Estaba temiendo que aquella imperceptible sensación de indiferencia me acompañase durante todo el camino.
En casa de Álex y Lorena me encontraba un poco cohibido a pesar de que son una pareja encantadora. Álex se desvivía por hacer que me encontrase cómodo y por colmar cualquier necesidad que tuviera. Álex, corroborando la imagen que me había hecho de él, es una persona vivaz y dicharachera, con  la que tengo aficiones comunes, además de las motos.
Estuve jugando un rato a la pelota con Adriá y luego, mientras Lorena preparaba la cena, sostuve a Anna en brazos. Me quedaba mirándola a los ojos e intentando escudriñar su futuro en ellos. ¿Qué sería cuando fuese mayor? ¿Qué agradables sorpresas le depararía el destino? Siempre se me hace difícil describir lo que siento al tener un bebé en brazos. Me contagio de ternura, me siento responsable de su futuro, al menos del más inmediato y me embarga un enorme instinto de protección. Creo que, en estos instantes maravillosos, sería capaz de matar o dar mi vida por un bebé sin ningún titubeo. Aunque me imagino que será un sentimiento común a la mayoría de los que han experimentado la paternidad.

 

Al día siguiente nos levantamos a las siete y media de la mañana, en mi caso con una elevada dosis de sueño que me costaba trabajo controlar. Comenzamos a organizar mi equipaje y pronto me di cuenta de que iba a resultar imposible acomodar en las maletas toda la comida que llevábamos para el viaje. La idea era cargar con el avituallamiento para la totalidad de viaje con lo que eso suponía en cuando a peso extra y espacio. Al final conseguimos hacer un nuevo reparto de impedimenta y salir a la calle. En los ojos de Álex pude ver la angustia que le suponía separarse de sus hijos y de su mujer. No debe resultar fácil encarar una ruta de 10.000 kilómetros y dejar en casa a tus hijos pequeños.
Con las primeras rotondas me di cuenta de que, con el exceso de peso, la moto no era tan manejable. Notaba una cierta querencia a caer al interior de la curva y una evidente falta de pericia en los semáforos. Imaginé que sería cuestión de acostumbrarse y, sobre todo, de conducir con más tiento en los primeros kilómetros.
Fueron quedando atrás Barcelona, el intenso tráfico mañanero, el arbolado de la comarca de El Garraf y la frontera. En una de las paradas Alex estaba trasteando en invento que había hecho para llevar el iPhone cuando pude ver una mueca en su cara. Se había cortado en el pulgar. Un tajo profundo al que trataba de quitar importancia pero que le estaba poniendo nervioso. Yo, que estoy acostumbrado a sufrir percances de esa índole, no le dí demasiada importancia pero parecía que él se estaba asustando. Este sería el inicio de una serie de percances en el mismo dedo que, al final, parecían formar parte de las necesidades del viaje. En Narbonne embarcamos las motos en el tren hacia Hamburgo. Decidimos, desde un primer momento, hacerlo de este modo para evitarnos el paso por las tediosas autopistas alemanas. Nada más acomodarnos en nuestro compartimento sentí que la decisión había sido un acierto. El tren me recordó mi último viaje placentero sobre las vías, hacía ya muchos años, camino de Barcelona. Las ventanillas podían abrirse y nadie más viajaba con nosotros. Entrar en la intimidad del compartimento era como introducirse en un rincón recoleto y de privacidad absoluta. Allí charlamos durante horas y cada uno de nosotros fue descubriendo al compañero de viaje. De cuando en cuando nos asomábamos a la ventanilla para fumar. Al principio, tímidamente, como dos adolescentes que hacen algo prohibido. Luego, cuando comenzarnos a sentirnos los dueños del territorio, nos limitábamos a abrir la ventanilla y cerrar la puerta. Estábamos en casa.

Las ciudades viven de espaldas a las vías del tren y muestran el feismo de la trastienda a los viajeros. Es como si a los habitantes les pareciese que la intimidad de su hogar no puede ser vista desde los convoyes y no se molestan en esconder sus vergüenzas. Así, descuidados patios traseros, galpones donde el caos reinaba y huertos de chatarra pasaban ante mis ojos sin solución de continuidad. Se pueden saber muchas cosas de una persona con un solo vistazo a la parte trasera de su casa. Allí es donde se esconden las miserias, los vicios inconfesables y el verdadero ser. Aquello que queda oculto a la vista es lo que verdaderamente somos. Y así recordé mi huerto, siempre tan descuidado y con exiguas cosechas por falta de riego. Y  mi césped sin segar. A veces, a modo de disculpa, digo que tiene una belleza salvaje pero sé que, en el fondo, lo único que hago es engañarme a mi mismo y ocultar mi escasa capacidad para estos menesteres. Desorden y caos.
En Hamburgo había una mañana fría y desapacible. Seguimos a los viajeros que portaban casco con la esperanza de recuperar nuestras motos y, en pocos minutos, con una organización teutona, estábamos en la plaza de la estación. Nos sentíamos lejos, palpando el viaje que comenzaba. La pereza de los primeros kilómetros en el día de ayer quedaba como un lejano recuerdo, sustituida por el placer de rodar  en el exótico Norte de Europa.
Autobahn y grandes velocidades se fueron sucediendo desde Hamburgo hasta Puttgarden donde tomamos un ferry hasta Rodby, en Dinamarca.

El Puente de Mälmo separa Dinamarca de Suecia. Si hasta entonces no encontré nada digno de reseña, este puente, enorme y onírico, parecía haber salido de alguna pesadilla. Tiene la belleza irreal de las grandes obras humanas y cruzarlo por primera vez impresiona y asusta como el caminar por un sendero de los que solo existen en los sueños. Allí, al fondo, los generadores eólicos emergen en el medio del Báltico como gigantes que flotan sobre sus pies, resistiéndose, sin que uno sepa muy bien cómo, a hundirse en las profundidades.
De tanto ver a Álex escuchando música mientras conducía me entraron ganas de probarlo. Hacía muchos años, en un viaje con la Teneré hacia Marruecos, había intentado escuchar la radio en ruta, con un viejo móvil. Es resultado fue un desastre de ruido y pérdida de emisoras con lo que deseché totalmente el asunto.
Sin embargo, aquel día todo parecía funcionar mejor. La música de adaptaba al paisaje y en cada momento sonaba algo evocador que resaltaba cualquier detalle. Cuando AC/DC entró en acción me pilló adelantando una caravana de camiones. Comencé a moverme, frenético, al ritmo de la música. Salía de mi carril, adelantaba y otra vez a la derecha. Highway to hell. Thunderbird. Thunder!  Todo parecía distinto. Había descubierto, después de años sobre la moto, que aún quedaban sensaciones por experimentar.

Al caer la tarde montamos nuestras tiendas en el camping de Baserbackstrand donde la encargada, una señora tan poco solícita como simpática, nos obligó a hacernos una tarjeta para los camping de Suecia si deseábamos pernoctar. Unos días más tarde nos dirían que esa tarjeta no era necesaria.
Y aquí tensé la cadena por primera vez y comencé a sospechar que, no sólo no sería la última vez que lo hacía, sino que quizá tuviera que comprar una nueva. Y ahí fue dónde me pregunté qué es lo que me había impulsado a creer que podría hacer 12.000 kilómetros más con el mismo kit de transmisión. El caso es que, cuando lo miré, en casa, parecía que iba aguantar sin problemas…
El ocaso sobre el Báltico invocaba al frío; una brisa húmeda y desapacible ascendía desde el pequeño embarcadero de madera hasta nuestras tiendas de campaña. Álex preparó una buena cena a base de caldo y tallarines, todo ello regado con una botella de Ribeira Sacra y finiquitado con unos chupitos de Brugal. Si continuábamos a ese ritmo la provisión alcohólica no llegaría hasta Cabo Norte. Antes de toda esta actividad se dio un martillazo en el pulgar izquierdo al montar la tienda de campaña. Ahora ya podía hacer la señal de OK con las dos manos.

El 6 de junio llegamos a Upsala. Acampamos en una pequeña área de descanso al borde de la autopista. El césped, los parterres, cada arbusto, todo estaba cuidado y presentado con exquisitez. El mobiliario, funcional y bonito, con el marchamo típico sueco. De cuando en cuando paraba algún viajero que saludaba amablemente.

Había sido una jornada bastante pesada. Desde las nueve de la mañana que abandonamos el camping hasta las nueve o las diez de la noche habíamos estado casi todo el día en la autopista que, conforme avanzaban los kilómetros, se tornaba más monótona y pesada. Solo la abandonamos, durante poco tiempo, para ver las runas de Rokstenen. Después de haber visto la riqueza estética de lo celtíbero unas runas esquemáticas y simples no dicen gran cosa, la verdad. Esto unido al escaso conocimiento que tenía de la cultura escandinava hicieron que mirase la enorme piedra con bastante desgana. Creo que mi capacidad para impresionarme había quedado en el puente de Mälmo.
Esquivamos tormentas y lluvia, tragamos tormentas y lluvias, y todo el trayecto había estado presidido por la música que enmarcaba paisajes y granjas apenas perceptibles desde la autopista. Se iban sucediendo bosques de coníferas, abedules, arces… La riqueza forestal me parecía inmensa. Cientos de kilómetros de bosques, de cultivos forestales listos para ser explotados de forma racional. La marca sueca siempre presente. Todo aquello parecía un mundo aparte, era El Mundo de la Autopista. Encajonados entre hectáreas de árboles no acertábamos a imaginar que se escondía más allá de la masa boscosa. Circulábamos al margen de la sociedad en un mundo irreal sin más contacto con la civilización que la banda de asfalto. Como compañía, vehículos de alta gama y camiones. Cada uno en su viaje y sin saber nada unos de los otros.
Añoraba curvas y estaba deseando llegar a las carreteras de Noruega.
El exceso de equipaje y el mucho volumen que llevaba sobre el asiento del pasajero hacían que mi posición de conducción no fuese del todo cómoda. Al principio apenas si se nota pero, desde que transcurren unos cientos de kilómetros en la misma postura, las variaciones son mínimas y uno termina por sentir agobio y cansancio. La moto resultaba menos cómoda que de costumbre. Además, el enorme peso de las maletas dificultaba cada maniobra en parado.
La moto se iba portando bien en todos los aspectos, no esperaba otra cosa. Si había algo que objetar era que había circulado muchos kilómetros con la presión del neumático trasero un poco baja y éste se había desgastado más por el centro. Se estaba cuadrando un poco. No le di demasiada importancia. El nivel de aceite seguía en el mismo punto que 2000 kilómetros atrás y yo estaba en Suecia. Eran las once de la noche. Miré hacia el oeste y vi el sol aún lejos del horizonte. Sonreí satisfecho.
Las cosas con Alex marchaban bien. Él siempre circulaba abriendo la marcha y a mi me resultaba cómodo ir detrás. Disfrutaba viéndolo rodar delante, seguro en cada cruce, sin titubeos. Era como si ya hubiera estado allí antes. Mientras él se dedicaba a preparar la cena yo toqué la gaita un rato. Me gusta poner el punto exótico. Nos sentíamos tan exultantes que decidimos bebernos la botella de rioja reserva que llevábamos para tomar en Cabo Norte. Y unos chupitos de ron.

 

Por la mañana la policía estaba en el área de descanso. Vieron nuestras motos y nuestras tiendas de campaña pero no nos dijeron nada. De nuevo salimos a la ruta  alternando autopista con rápidas carreteras nacionales. Seguíamos inmersos, por momentos, en aquel mundo paralelo que nada tenía que ver con el real. Bosques.
Aquella mañana avanzamos a buen ritmo. Sólo hacíamos las paradas imprescindibles para repostar y para que Alex se chutara con Red Bull. A mi el sueño me entraba por las tardes. Después de comer, aunque no hacíamos comidas copiosas, me inundaba un sopor dulce. Los párpados me pesaban y el murmullo del viento en el casco no hacía sino convertirse en un suave arrullo. En esos momentos tenía que abrir la pantalla del casco, respirar hondo y acudir, al igual que Alex, a la taurina.
Ya habíamos visto las primeras señales de peligro por presencia de renos aunque ninguno se dignó en hacer aparición. Pensé, entonces, que aquello podría ser, más un reclamo turístico que un advertencia real de peligro. Estaba deseando ver un reno pero, en aquel momento, no sabía que vería a uno más cerca de lo que me imaginaba.

Cerca de Sikea decidimos acampar y, confiados en la benemérita sociedad sueca, nos acercamos a pedir permiso a una de las solitarias casas que había en medio de los bosques. Mientras Álex esperaba llamé a la puerta de la casa. Detrás de una puerta acristalada cenaban una mujer y su hija. Más allá de la cena, traspasando la ventana, el lago. Las dos se enmarcaban en una escena de postal. Esgrimiendo mi mejor sonrisa, mi cara de español que, ya se sabe, cae bien por doquier, solicité permiso para montar las tiendas de campaña en sus propiedades, en un prado a unos cien metros de la casa. La chica, una oronda rubia con los labios refulgentes de rojo pasión, ni siquiera miró a su madre. "No, lo siento pero es imposible"- dijo sin perder la sonrisa. Me quedé un poco descolocado. No era una respuesta que estuviese dentro de las posibilidades que yo manejaba. Lo cierto es que ya nos imaginaba montando la tienda de campaña en el lugar que había escogido y tomando café en el porche de la casa roja con aquellas dos damas.
No soy aficionado a extenderme en súplicas ni en regateos ante lo prohibido (si es no, es no) pero estaba convencido de que se trataba de un error. Tenía que haberme expresado mal, en mi inglés de andar por casa, y ella había entendido lo que no era. Volví a insistir en que sólo sería una noche, que montaríamos las tiendas de campaña y, al amanecer, no dejaríamos ni rastro. De nuevo una educada sonrisa enmarcada en sus labios rojos. Y de nuevo la negativa por respuesta. Aquello se empezaba a parecer a una batalla de la que yo saldría perdiendo. Vislumbrar esa posibilidad me instó a suplicar que, por caridad, nos dejase pernoctar en sus dominios. Y por tercera vez me negó el asilo. De nada sirvió que apelase a nuestras respetadas profesiones, a nuestra intachable moral o a cualquier argumento: no es no. Entonces decidí marcharme. Educadamente dibujé una enorme sonrisa forzada en mi cara, hice un amago de reverencia inclinando un poco la cabeza, di media vuelta y volví a la moto como un caballero. Lo hice todo para que quedase arrepentida y reconcomida al ver que yo desplegaba una exquisita educación y que éramos gente de fiar. Que se joda- pensé- Ahora sabe que ha cometido un error. Internamente comencé a albergar odio hacia ella.

 

A pocos kilómetros nos adentramos en un pueblo solitario. Jardines exquisitos, césped segado cada semana e intimidad en cada hogar. Entre árboles y jardines vislumbramos una casa abandonada, el lugar perfecto para plantar la tienda. En la casa de al lado llamé a la puerta para preguntar si, efectivamente, estaba abandonada y si había problemas por acampar allí. Salió un chico en zapatillas. Tardó en abrir y me imaginé que estaría escuchando música en su caro equipo de sonido sentado en un sofá de Ikea. Cuando le dije lo de montar la tienda contestó que no, que esa casa tenía dueño y que no era posible instalarse allí. Una sola noche? tampoco. Entonces apliqué el plan B. ¿Era posible acampar en su jardín, allí al fondo de la finca, al lado de la casita del árbol? No. Lo sentía mucho pero no.  Contrariado, volví a la moto sin hacer un amago de sonrisa y sin reverencia alguna, con la amarga sensación de descubrir que había perdido todo mi encanto, si algún día lo tuve. Una de las personas con las que viajé, hace años, decía que tengo una mirada intimidatoria. Será eso.
A pocos kilómetros de allí vimos una señal de camping.
Después de un arroz con rovellons y salmón sueco, a las doce de la noche, nos fuimos de pesca y terminamos la botella de Brugal.

Al día siguiente dejaríamos Suecia y su gusto por los coches americanos clásicos.

Llevábamos rodando desde las ocho y media de la mañana. La temperatura era baja aquel ocho de junio, unos siete grados. A media mañana comenzó a llover casi al mismo tiempo que el paisaje empezaba a cambiar. La monotonía boscosa había dado paso a la variedad, con campos y sembrados que se iban alternando con las zonas de cultivo forestal. Comenzaron a aparecer, de cuando en cuando, lagos que eran como islas en medio de los bosques. Más adelante eran los bosques los que parecían islas emergiendo de un interminable mar de lagos que parecían todos el mismo. La carretera serpenteaba entre ellos, alternando puentes y tierra firme. De cuando en cuando, una cabaña llamaba mi atención. Parecían estar situadas en lugares casi inaccesibles, al lado del lago. Se asomaban al borde del bosque, tímidas, como temerosas de que alguien descubriera el secreto de la paz que irradiaban.
Finlandia nos recibió con lluvia y más frío. Un manto gris se empeñaba en comenzar a cubrirlo todo, apagando el verde intenso de los abedules recién brotados y el oscuro de los pinos silvestres. En Térvola, durante la parada del almuerzo, me di cuenta de que la cadena volvía a estar floja. De nuevo le di tensión pero comprobé que en unos puntos quedaba más floja que en otros. Aquello era síntoma inequívoco de que estaba llegando al final de su vida útil.
Durante la tarde la lluvia no cesó hasta que recalamos en un aburrido cámping. Recuerdo que era barato pero su wifi era pésima. Montamos las tiendas bajo la lluvia en el lugar en que nos pareció que el drenaje era mejor. A esas alturas mi pericia con la tienda era casi antológica y en poco más de cinco minutos mi hogar estaba listo. Álex tardaba un poco más, se lo tomaba con calma. Una vez más tensé la cadena. Era un vano intento de dejarla en óptimas condiciones aunque, en el fondo ya sabía, que no terminaría el viaje. También añadí un poco de aceite y repasé la moto a conciencia en busca de cualquier anomalía. Al día siguiente llegaríamos a Cabo Norte.
Al salir, por la mañana, de la tienda de campaña el frío era aún más intenso. Abandonar el ecosistema cálido del saco de dormir era un acto de contricción de lo más severo.
El indicador de temperatura no superaba los seis grados. El sol no se había puesto  en toda la noche aunque las nubes nos impedían verlo. Estábamos en el Gran Día, nuestra llegada a Cabo Norte, aunque yo seguía sin sentir nada en especial. Me daba igual llegar a Cabo Norte que tomar un atajo y pasar a Noruega por otro punto. Nos internamos en Laponia, la tierra de los renos, la llanura, la taiga y los mosquitos. Aún no había visto nada de eso. Quizá un reno solitario entre la espesura pero ni siquiera me atrevería a asegurarlo con certeza. Lo único que veía era agua en todas partes. Agua en los lagos. Agua en la atmósfera. Agua en la carretera. Agua cubriéndome. La temperatura ya había descendido a tres grados y cada vez circulaba más incómodo. Estaba helado y deseando que parase de llover. Aunque solo fuera unos minutos.

A seis kilómetros de Rovianiemi está el Círculo Polar. Éste sí era, para mí, un lugar mítico. Un círculo imaginario que circunvala el globo. Una línea que, sin existir, evoca la aventura y la exploración. En mi cabeza resonaban frases rimbombantes. La que más repetía era "más allá del Círculo Polar". Eso sí que tenía pinta de ser un viaje épico. Más Allá. Más Lejos. Sobrepasando… Al llegar mis ilusiones se desvanecieron cuando nos internamos en un enorme centro temático dedicado al Círculo Polar en si mismo y a Santa Claus. Qué habilidad para crear un negocio de cosas que no existen en la realidad. Quise entrar en La Casa de Santa Claus pero, pensándolo bien, para qué? Para decirle a los hijos de algún amigo que había estado en la Casa de Papa Noel? Para eso no era necesario estar. Podría decirlo de igual modo, sin haber estado allí. Ni el entrañable barrigón de barba blanca tiene casa ni sería menos mentira decir que había estado en su casa sin haber estado. Y con estos vehementes pensamientos me subí en la moto para abandonar el Círculo Polar y seguir "más allá". A la salida unos críos trapicheaban con pastillas o farlopa, no puede ver bien el material.
En un lugar, para mi indeterminado, Alex comenzó a tener problemas con la pantalla del caso. Se le empañaba y no conseguía ver bien. En aquellos momentos la lluvia seguía arreciando, convirtiéndose en nieve en algunos tramos y la temperatura raramente pasaba de los cero grados. Nos detuvimos en un complejo de cabañas de alquiler y, en el porche de una de ellas, Alex se quedó ajustando el "pinlook" mientras yo me dedicaba a la exploración de los alrededores. El lugar parecía desierto y me  recordaba a "La Matanza de Texas" todo tan solitario, tan vacío. Era como si los inquilinos acabaran de desaparecer de forma misteriosa. La sauna aún estaba abierta y un cuchillo de pelar el pescado estaba clavado en una mesa de madera. Volví con Alex para poder organizar mejor la estrategia de defensa en el caso de un ataque con motosierra. Alex había perdido, por segunda vez, la sujeción del "pinlook" y estaba bajo las tablas del porque de una cabaña intentando pescarlo de algún modo. Las manos frías y el corte que llevaba en el pulgar no ayudaban a manipular cosas de pequeño tamaño. Allí estuvimos más de media hora y el bulón no apareció. Intenté fabricar uno con madera pero resultaba imposible. También lo intenté con un trozo de plástico con el mismo resultado.
Por el rabillo del ojo, cuando estábamos preparándonos para irnos, vi pasar una sombra humana en el interior de una de las cabañas.
Desde aquel momento pasé a abrir la marcha, debido a los problemas de visión de Alex. Los renos aparecían de cuando en cuando pero lejos de la carretera y yo circulaba a unos cien o ciento veinte por hora. Rodábamos en una zona de cambios de rasante, con el frío castigando mis manos y mis pies y con un persistente manto de lluvia de lo más desagradable. En una de las bajadas, con la mirada perdida en el fondo de la recta, un reno salió a la calzada. Ni siquiera me dio tiempo a tocar el freno. Se asomó y comenzó a cruzar. Así, si más. Sin aspavientos y sin una palabra más alta que otra, con la tranquilidad con la que comienzan las sorpresas desagradables. Entonces el mundo comenzó a girar más despacio y todo se ralentizó hasta convertirse en una exasperante cámara lenta. El reno avanzaba por la carretera, transversal, directo y, si las leyes de la física no fallaban, a encontrarse con la moto en un punto concreto de la carretera. Otro paso. Otro. Cuando parecía que el desastre era inminente, el reno giró la cabeza muy lentamente hacia la derecha, percatándose, entonces, de que una moto avanzaba a vertiginosa velocidad, hacia el punto exacto por el que el pretendía cruzar. Le vi abrir los ojos como platos y cambiar su expresión, de la tranquilidad de la taiga, al más puro horror. Entonces sus pezuñas traseras comenzaron a patinar sobre el asfalto a la vez que el resto de su cuerpo giraba en sentido contrario a la marcha. Por unos instantes pareció replegarse sobre si mismo a aquella absurda velocidad superlenta. En ese momento un atisbo de susto pasó por mi cabeza pero, de forma súbita, el mundo volvió a circular a velocidad normal y el reno se convirtió en un fotograma. Ni siquiera volví la cabeza para despedirme. En la siguiente parada Alex me comentó el susto que se había llevado. Él si había visto el reno y también a mi con la misma endiablada velocidad sin hacer amago de disminuirla. También había visto al reno girar sobre sus cuartos traseros y perderse en la espesura. Pero él lo había visto a velocidad normal, no en cámara superlenta. A partir de entonces el incidente con el reno se convirtió en motivo, no ya de risa, sino de situaciones de lo más hilarante. Desfilaron por nuestra  imaginación la mamá del reno advirtiendo a su hijo de que tuviera cuidado al cruzar. Su padre diciendo "pero si nunca pasa nadie" y toda su parentela en las más variopintas situaciones. Siempre con nuestro reno y la moto de protagonistas. Creo que aquel reno consiguió acercarnos a Alex y a mi mucho más que las motos. 

Todos los Alpes

Dedico un buen rato a repasar todos los rincones de la habitación para no olvidar nada. Me molesta mucho olvidarme cosas en los hoteles. A veces no es tanto por la pérdida en si misma como por dejar un trozo de intimidad tirada en cualquier parte. Una última ojeada en el baño y un último vistazo a la terraza donde, definitivamente, me despido del campanario que me acompañó cada mañana. No echaré de menos su sonido pero sí la vista que me regalaba al levantarme.
Son las siete y media y estoy sentado sobre la moto con el traje de aguas puesto. Arranco y escucho durante unos instantes el suave ronroneo del motor. Dejo que se caliente y cierro los ojos henchido de felicidad. Intento retener esta sensación para siempre. Los guantes gruesos sobre mis manos, el sentir el asiento bajo mi culo, la ténue vibración… Acelero un poco y suelto. La cara se me ilumina en una sonrisa malévola. Meto la primera marcha y comenzamos a rodar por el empedrado mojado. Allá voy.
En poco más de 15 km ya estoy en Suiza. No noto mucha diferencia en el cambio de país. La frontera, a la entrada de un pueblo, está vacía. Un policía metido en lo que parece una cabina de peaje apenas levanta la vista para verme pasar.
Las curvas se suceden desde hace rato y unos kilómetros atrás comenzó a llover. Ahora estoy en el Parque Nacional Svizzer donde las praderas alpinas se hayan profusamente salpicadas de abetos de todos los tamaños. Surgen entre la niebla como fantasmagóricas figuras que se asoman a saludarme. Apenas hay tráfico durante kilómetros y me siento solo, perdido en la inmensidad de los Alpes. Tan pronto estoy en la cima de un collado como en un profundo valle donde las montañas parecen aún más majestuosas.
Llegando a Davos las montañas, los abetos y el enorme lago forman una alianza que supone una pesadilla para cualquiera que intente describir tanta belleza. Las casitas de madera lamen las aguas con sus pequeños embarcaderos. Los hoteles “con encanto” acercan sus terrazas al lago y los prados se sumergen en sus orillas llenas de quietud. Una pequeña enormidad se instala allá donde dejo caer la mirada. Todo es tan bello, tan perfecto que ni siquiera me atrevo a detenerme para no caer en la tentación de pensar que esto existe realmente.
Dejo Davos atrás por carreteras nuevas e impecables, trazadas por ingenieros de lo imposble y llego a una zona industrial, gris y aburrida, que domina el fondo de uno de estos valles. He de desviar la mirada hacia lo alto de las montañas para no ver que incluso en la pulcra y ordenada Suiza hay que pagar el tributo al progreso en forma de mierda.
Asciendo en Oberalppass entre la lluvia y la niebla, salpicado por el barro de los camiones que trabajan en las obras de la carretera. Cada ciertos kilómetros hay paso alternativo a causa de las obras y aprovecho para adelantar a todo el mundo. Me acabo de llevar un bolardo por delante.

Oberalppass

Oberalppass

Oberalppass

Aquí arriba está frío, unos cinco grados. El lago está parcialmente helado y el agua del deshielo se empeña en ocuparlo todo. Con las manos congeladas lio un cigarrillo y dejo que el frío me golpee la cara. Un autobús de jubilados aparca al lado de la moto y todos se bajan con un controlado estruendo. Las excursiones de jubilados son iguales en todos los países con muy pocos matices. Señoras que dan grititos histéricos, abuelos que ya están de vuelta de todo y que les importa un carajo a dónde les lleven con tal de que los saquen de su tedio… El día no parece muy propicio para quedarse a admirar el paisaje y entran en tropel a la cafetería a hacer pis. Apuro el cigarrillo y vuelvo a la moto. Realmente hace frío. Supongo que será una idiotez mía pero me da la impresión de que hace más frío parado que en la moto.
En la bajada hay buen piso, espero que las obras hayan quedado definitivamente atrás. A mi derecha un tren de cremallera asciende a plomo por la ladera. Está diseñado de un modo extraño, se me antoja un tren bastante raro, como si una desproporción que no alcanzara a comprender lo dominase.
Y ahí delante tengo el Furkapass, otro de los míticos puertos suizos. Encaro las primeras rampas con nulo tráfico y enseguida vuelven a acompañarme la niebla y la lluvia. La carretera se va estrechando por momentos y la gravilla y los baches se hacen patentes. Estoy arriba del todo, dominando el Furkapass pero no veo absolutamente nada. El frío y la niebla se han enseñoreado en estos paisajes y yo estoy aquí solo, en lo que me parece el centro de ninguna parte. Me siento frustrado y helado a partes iguales.
La carretera serpentea hacia abajo entre las laderas peladas de piedra gris. Las torrenteras acumulan enormes bloques pétreos y las cascadas acentúan la sensación de paisaje en blanco y negro. Aquí no hay abetos, ni praderas, ni otra cosa que no sea piedra y desolación que asoma sin pudor entre los jirones de niebla que se atreven a independizarse de su matriz. La nieve, sucia, bordea la carretera y le da a todo un aspecto muerto. Conforme desciendo la vegetación hace acto de presencia, en forma de matorrales achaparrados primero y con algunos abetos aburridos más abajo.
Me encuentro con el desvío a Grimselpass, otro de los míticos. Está cerca pero yo ya no tengo ánimos para seguir subiendo puertos como si quisiera batir algún tipo de récord y no ver absolutamente nada. Supongo que tendré que volver  en otra ocasión porque hoy no es el día para admirar montañas.
De nuevo me veo inmerso en un nuevo valle de origen glaciar, hermoso, abierto, con casas de madera que se asoman en los bosques tímidamente, como si les diera miedo  dejarse ver por el viajero. Surgen aquí y allá, solitarias o formando grupos, con sus paredes de troncos viejos, camufladas entre los océanos de abetos. Es la típica estampa suiza que se repite hasta la saciedad y que no me canso de mirar y admirar. El verde, en su más rotunda expresión, se muestra sin pudor alguno pintándolo todo y haciendo que me pregunte de dónde coño sale tanta belleza. Todo esto es como una inmensa sinfonía en el que no hay una nota discordante. Los leñeros bajo las casas tienen los troncos para la chimenea cortados al mismo tamaño y no encuentro uno que sobresalga más que el resto. Las flores de las ventanas están situadas a una equidistancia perfecta, la hierba no se atreve a crecer más de lo debido para no desagradar…
Tan solo la cadena de mi moto osa importunar la perfección con un insistente y desagradable sonido que se repite en cada curva. Clac, clac, clac.

Hórreo

Me detengo en una de las aldeas, al lado de un hórreo que me recuerda mucho a los de mi tierra. Aquí son más grandes y con tejado a dos aguas pero con los mismos “pegollos” que separan la estructura del suelo y la aislan de la humedad. Enormes palafitos en los que, tranquilamente, se podría hacer una vivienda. Las paredes son de troncos, engarzados y ennegrecidos por el paso de los años. En una de las casas veo la bandera de España. Me acerco a curiosear con la esperanza de que un compatriota me invite a un café. Incluso me dejaría invitar a comer de buena gana puesto que son las cinco de la tarde y desde las siete de la mañana no he probado bocado. Pero no ocurre nada de esto. Las calles del pueblo parecen desiertas y no se ve a nadie.
He quitado las maletas y estoy tumbado bajo la moto, llenándome las manos de grasa e intentando dar la tensión adecuada a la cadena. No hay manera. En parte del recorrido está con la tensión buena y en la vuelta siguiente demasiado tensada. Intentaré llegar a una solución de compromiso. Lo cierto es que este kit de arrastre tiene unos 15.000 km. , no me parece que le haya llegado el momento de dar problemas.

Una moto acaba de detenerse a mi lado. Es una naked que viene cargada con tienda de campaña y alforjas, inmediatamente me identifico con su propietario. Es un francés de Marsella que viaja camino de casa. Charlamos un rato mientras empaquetamos nuestros trajes de agua, dando así por concluida la jornada de lluvia. Es más una declaración de intenciones o un deseo que una decisión fundamentada en algo tangible. Cierto es que hace rato que ha dejado de llover y el sol se asoma de vez en cuando pero la previsión meteorológica es de agua para todo el día. Compartimos tabaco de liar e impresiones de la ruta. Él ha venido ayer por Grimselpass y está impresionado por el paisaje.
Circulo por una impecable autopista suiza mietras pienso que no tengo la pegatina que me autoriza a circular por ella, me imagino que la multa será cuantiosa.
De camino a la frontera asciendo otro puerto que atraviesa el mazizo del Mont Blanc por la Alta Saboya. La bajada, entre árboles y curvas me interna en Francia sin que haya sido consciente del paso por la frontera.
Ahora estoy en una extraña autovía en dirección a no sé muy bien dónde. La chica del GPS recalcula la dirección constantemente o sea que, probablemente, me haya equivocado de carretera. Circulo por una carretera de doble carril desdoblada. Es decir, una nacional llena de curvas a la que han añadido otros dos carriles en sentido contrario al otro lado del río. Es una sensación extraña tomar una curva ciega por la izquierda, aún sabiedo que no viene nadie de frente uno tiene la impresión de peligro. Al llegar a Chamonix entro en una autopista normal y aburrida. Digo adios definitavamente a los Alpes, a las montañas enormes, a las curvas de vértigo, a los precipicios insondables y al verdadero viaje. Esto se ha terminado.
Poco antes de llegar a Grenoble el cielo se rompe en mil pedazos dejando caer sobre la tierra todo su contenido. Gotas de agua del tamaño de puños se estrellan contra el asfalto con inusitada violencia. En pocos minutos el agua lo cubre todo y reduzco la velocidad a ochenta por hora. Toda la autopista parece un gran charco.
En Valence aún sigue lloviendo un poco y decido parar a dormir. Está anocheciendo y estoy cansado. Llevo poco más de setecientos kilómetros pero me da la impresión de haber hecho el doble. La lluvia, la niebla, los puertos, han hecho que condujese extremando la atención y estoy derrotado. En la salida de la autopista hay un hotel Ibis. En alguna parte he leído que son baratos así que decido regalarme una noche con ducha y cama blanda. Antes de entrar en la recepción miro la lista de precios y veo que la noche son 78 euros. Demasiado para mi presupuesto. Adios al Ibis.
Me detengo en un área de descanso y monto la tienda bajo la lluvia. La meteorología me da una tregua mientras ceno un bocadillo y, antes de que comience a llover de nuevo, me meto en el saco. A poco más de diez metros una bomba de agua arranca cada cinco minutos con un golpe metálico, como un sartenazo. Cada vez que estoy a punto de dormirme el golpe del metal contra metal me saca de mi sopor y me desespera. Poco a poco voy cayendo, agotado, en los brazos de Morfeo hasta que, a las cinco de la mañana, otro diluvio golpea la tienda de campaña con insistencia. A las seis y media estoy levantando el campamento.

Despedida y Cierre

Las cervezas de ayer han causado estragos en mi organismo de modo que esta mañana vuelvo a encontrarme correteando hacia el baño cada dos por tres. Mientras observo con la mirada perdida la pared alicatada me digo a mi mismo que algún día tengo que aprender a controlarme porque los efectos secundarios son muy indeseables.
De nuevo en el hospital a Gelucho acaban de decirle que están preparando todo para enviarlo a casa mañana. Está exultante. Su mejora hoy se hace más evidente que nunca. Además no será necesario que viaje en camilla, podrá ir sentado lo cual facilita mucho todo el asunto del traslado. Aún le cuesta mucho trabajo moverse y sus paseos por el pasilllo son lentos y pesados. Arrastra los pies tristemente de un lado a otro y sus energías yacen desparramadas en la carretera de Pratto dello Stelvio pero, poco a poco, el ánimo va llenándolo de nuevo, especialmente con la noticia de hoy.
Frente al hotel hay una tienda de material de montaña y allí compro una mochila de las baratas para que Gelu lleve el queso que he comprado y algo de ropa. Era algo en lo que no habíamos pensado: su equipaje está en las maletas de la moto y éstas no están para realizar viaje alguno. Luego vuelvo a coger la moto y me voy al taller a buscarle ropa para el viaje.
El día es frío y húmedo, la niebla se ha apoderado de las zonas altas del valle. Bajo este manto gris todo pierde parte de su encanto y lo que antes era bello y espectacular está ahora cubierto de un manto de cotidianeidad grisácea. Me hago a la idea de que mañana viajaré bajo la lluvia todo el día. No me importa. Lo único que deseo es volver a la carretera y sentirme liberado. Lo cierto es que siento como una dicotomía dentro de mi. Por una parte estoy deseando marcharme, salir pitando. Por otra me apena irme de Schlanders/Silandro. Depués de todos estos días aquí he conocido a mucha gente y he conectado muy bien con algunas personas. Beni, Manuel, Doris, Christian, Alan, el viejo Walder… a pesar de las barreras idiomáticas me lo he pasado bien con ellos y me duele decirles adios. Hoy, charlando con Beni en el gardenbiere, le conté que ayer había estado en el bar chill-out. Él me decía que era un sitio especial donde se encontraba muy a gusto y que allí nunca llegan los turistas porque está un poco apartado y es difícil de encontrar. “Pero tú ya no eres un turista” – me espetó. Fue el mejor halago que me hicieron en todo el viaje. Creo que podría vivir en este valle sin problema alguno, siempre y cuando consiguiera ubicarme lejos del campanario, claro.
Vuelvo al hospital y me encuentro con que los del seguro no han preparado el viaje de mañana a causa de no se sabe que inciertos protocolos.  Gelu quizá tenga que salir el jueves. Yo no puedo esperar más y saldré mañana de todos modos. A pesar de las ganas que tengo de ver a mi hijo y a mi mujer me apena que el final del viaje esté tan cerca. A las ocho de la mañana pondré rumbo a Suiza y en tres días habré cubierto los 2400 km que me separan de casa. Como tantas veces pienso en el mundo como una carretera sin fin y en mi vida como una road movie en sesión contínua. No me queda nada, poco más de 2000 km. No es mucho pero quizá más de lo que muchos motoristas frustrados hagan en sus viajes más largos, quizá deba sentirme afortunado.
Dedico parte de la tarde a intentar dejar la cadena en un punto óptimo de tensión pero no hay manera. Más o menos queda lista para viajar mañana.
En el Rosa de Oro ceno penne a la calabressa y me acuesto temprano.

Tarde de Chill Out

A las siete de la mañana las campanas de la iglesia vuelven a despertarme sobresaltado. En esta ocasión despachan con cinco minutos de compromiso pero son suficientes para que me desplace por la moqueta maldiciendo a la cristiandad.

He comprado unos quesos típicos para que se lleve a España. En el hospital se lo llevan para la radiografía diaria. Le van a freir los sesos. Está peor del hombro y los dolores son cada vez más fuertes. El drenaje parece que funciona bien y quie el pulmón se ha vaciado de líquido. Cuando llega el doctor Stecher, impecable como siempre, con ese aire tan dinámico y tan dulce a la vez, nos trae noticias nuevas: el drenaje va a ser retirado porque ya ha cumplido su función y preparará todo el asunto del traslado para el miércoles. Esto nos anima un poco pero sin crear demasiadas espectativas porque el traslado previsto para el viernes anterior fue anulado, lo mismo que el que pensábamos que se realizaría hoy.
En el Gardenbiere del hotel, la terracita de las cervezas donde todo está preparado para ver los partidos del mundial de fútbol, conozco a Doris, una chica pelirroja y delgada que se sale bastante de los cánones estéticos que se llevan en el valle. Su pelo revuelto y sus pantalones hippies no son la tónica general por estos lares. Lleva diez años viviendo en Irlanda donde tiene una tienda de restauración de muebles. Charlamos un buen rato alrededor de unas cervezas y nos liamos varios cigarrillos. Quedamos para tomar algo más esta noche con Alan, su novio.
Le dedico un poco de tiempo a la moto. Engrasado de cadena, revisión de niveles y un poco de atención generalizada. Detrás hay aparcada una BMW enorme, una LT tipo barco a la que no tarda en acercarse un no menos enorme ciudadano alemán. En mi inglés precario me intereso por la máquina. Craso error porque el hombre se empeña en demostrarme lo bien que suena el equipo de música con Wagner a todo trapo y lo increíblemente barata que le ha salido, apenas 18.000 euros. Cuando se tranquiliza un poco hablamos de la ruta y de viajes pero como mi inglés es bastante rudimentario decide volver al partido de Ghana o de vaya usted a saber sónde.
Yo estoy sentado en lo que se me antoja como una estampa típica de motorista y moto. Con las piernas abiertas y mi culo en el suelo engraso la cadena y repaso tensiones, que no anda muy fina, mientras una enorme cerveza reposa a mi lado. Con unas manchas más de grasa en la cara sería perfecto.
Doris y Alan, un músico cubano afincado en Irlanda, hacen su aparición. Alan es difícil que le caiga mal a alguien como yo, estamos cortados por patrones muy similares. Toca la percusión en un grupo de música afro-cubana en Irlanda y vive de ello. Los temas de conversación se van sucediendo entre cerveza y cerveza hasta que, al final, recalamos en el garito más encantador de Silandro. Un chiringuito chill-out situado en la parte baja del pueblo, al lado de los descampados y no muy lejos del hospital. Ambiente oscuro, velas, cojines y, cómo no, copas.
A la una y media de la mañana nos retiramos a dormir, desde las ocho de la tarde dedicados a la ingesta alcohólica es suficiente.

Están locos estos cristianos

 

A las ocho de la mañana comienzan a sonar las campanas de la iglesia que tengo al lado. De su afilado campanario salen unas notas agudas y desagradables que se extienden por el valle como una maldición. Durante diez minutos maldigo al campanero y a toda su estampa así como el pésimo gusto del constructor de semejante instrumento de tortura. Al final el estruendo hiestérico es sustituído por otro un poco más grave y este por otro aún más y esta abominable sinfonía se repitió durante media hora con sus campanas en tono decreciente. Aproximadamente en el minuto veinte de concierto no pude más y me levanté refunfuñando y reprochando el poco respeto de estos cristianos por el descanso ajeno. ¿No les ha dicho nada su profeta al respecto?. ¿Acaso son necesarios treinta minutos de estruendo para llamar a los fieles al rezo?. ¿Dónde han dejado el recogimiento?. Abogo por la fe silente y el agnosticismo respetuoso. Lo que hasta entonces era un lugar hermoso para vivir se convirtió, de repente, en un abominable infierno donde la tortura se practicaba sin piedad los domingos por la mañana. Por sorpresa los valles perdieron su encanto y la hermosura de los afilados campanarios pasó a ser una aguja afilada que laceraba la existencia. Malditos cristianos.
Por fin ha pasado el concierto campanil y la tranquilidad inunda de nuevo el valle. Mientras escribo mi diario sentado en un banco del parque pasa ante mi el que, supongo, es el monje campanero.
– Buon giorno, fratello-, le espeto mientras oculto, cínico, lo que en realidad pienso de él a la vez que descubro la cabeza caballerosamente.
En el hospital Valeria me explica que hoy es un día de “grande fiesta” en honor a la Virgen María de no sé qué. Habrá una procesión muy vistosa y fuocco en el monte, unas hogueras que pueden verse por todo el valle y que simbolizan algo de lo que no me entero muy bien. Además es el día de los secesionistas pro-austríacos y las calles están engalanadas con el rojo y blanco de la bandera de Austria. De todas las personas con las que hablo no hay nadie que se sienta italiano. Tampoco austríacos. Lo que sí tienen claro es la defensa de sus tradiciones y de su particular idiosincrasia, lengua incluída. Más cercanos a Austria por cultura, por idioma y por el nivel de vida, no quieren saber nada de italia, aunque todos hablan italiano como segundo idioma con más o menos soltura, como el caso de Edmund.
A Pedrossi, el vecino de cama, ya lo han dado de alta esta mañana. Ahora hay un magrebí que tuvo un accidente en el mismo lugar que Gelucho, en la gasolinera de Pratto dello Stelvio. No solo en el mismo sitio sino de la misma forma, un coche que giraba a la izquierda para entrar en la gasolinera y que no vio a pobre africano que circulaba tranquilamente por su carril. A mi me parece sorprendente.
Mi compinche hoy ha pasado mala noche, según él la peor de su vida, con grandes dolores y sin ningún remedio eficaz. El médico nos dice que tiene que quedarse cuatro o cinco días más. Para nosostros, que esperábamos salir el martes, esto es un enorme jarro de agua fría. A la vista de estos nuevos datos decido regresar el miércoles. No puedo esperar al fin de semana para saber si le dan o no el alta para su traslado y exponerme a llegar a casa el miércoles o jueves de la semana siguiente. No me agrada la idea de dejarlo aquí solo pero no puedo seguir aquí más tiempo. He agotado los días de vacaciones y estoy “de prestado”. La previsión era que le darían el alta el lunes pero la cosa se alarga más de lo previsto.

Sonno in stato di ebrezza

Hoy me levando a las ocho y cuarto, media hora más tarde de lo habitual. Se ve que la cerveza de ayer causó el efecto deseado y alguno más de indescriptible sensación esta mañana.
En el hospital sigue sin haber novedades, lo normal para un sábado por la mañana. Lo más destacables es que vuelvo a ver a Valeria, la enfermera que nos atendió el primer día y que tan bien nos había caído. Bromeamos un rato y le ofrezco un viaje a España en moto. Afortunadamente prefiere el avión.
Sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí ahora me encuentro tomando cerveza como un poseso en compañía de Walder, un sastre jubilado famoso en Silandro por pasar gran parte del día en lo que educadamente llaman, “stato de ebrezza”, es decir borracho o “ubriacco”. Es un hombre cariñoso y alegre. Cada dos por tres me da un abrazo de oso mientras se dirige a mi en una mezcla de italiano y alemán que me deja la cara a cuadros. Parece no importarle demasiado. Cuando me habla en alemán, en tedesco puro, parece que me está riñendo por algo que yo haya hecho o dicho. Sonrío con franqueza y Manuel, el camarero, dispone una nueva ronda de cerveza frente a nosotros.
A las cuatro de la tarde, abandono el bar y me voy a dormir la siesta. El resto del día transcurre, de nuevo, entre el hospital y el hotel.

Born to be Wild

A las cinco de la mañana me despierto con una tremenda cagalera y me paso el resto de la noche correteando hacia el baño.
El hecho de que amanezca a una hora tan estúpida como las cuatro y media de la mañana ha cambiado mis hábitos matutinos, de natural poco madrugadores. A las siete ya estoy integrado, casi con pleno derecho, entre el resto de la humanidad, habiendo quedado atrás la vida onírica y recoletamente ínitima de las sábanas.
En el hospital el paciente está en su sesión diaria de radiografías. Afortunadamente no lo dejarán calvo. Ha venido a vernos un monje muy simpático que nos habla de sus tiempos jóvenes en Roma con dos “hermanos” españoles, uno valenciano y el otro vasco. Eran momentos de lucha por las libertades, de plantar las semillas para que los jóvenes de ahora recojan el fruto y sigan luchando. Seguramente hace unos años despreciaría la visita del religioso y, probablemente, abandonaría la habitación con un mohín de desaprobación pero ahora, no sé si por la edad provecta hacia a la que, inexorablemente avanzo, o por tener una anchura de miras más amplia, no solo soporto su presencia sino que la disfruto. Desde que tengo el certificado de excluido de la iglesia católica, en forma de carta del obispado en que se me reconoce mi apostasía, todo lo que huele a bondad espiritual me parece digno de respeto y admiración. Sobre todo si huele a santidad sincera, claro. Sigo sin admirar a las hordas de cristianos que, a pesar de serlo, hacen caso omiso de su religión y toman de ella únicamente aquello que les interesa, creando un Dios y una religión a su medida, despreciando a los demás y prostituyendo las enseñanzas de su profeta. Sigo abominando a los fanáticos que corrompen el humanismo del hombre. Pero respeto y siento verdadera devoción por aquellos que siguen las enseñanzas de sus profetas y que vien con devoción el respeto religioso hacia los demás.
Le traigo un regalo de cumpleaños a Gelu. Es un pin plateado del Valle de Schalanders con un edelweiss, la flor de los Alpes. Queda muy agradecido pero su cumpleaños es mañana.
Desde la ventana de la habitación observo los cientos de golondrinas que tienen sus nidos en la fachada del hospital. Los han colocado en la parte superior del hueco de cada ventana, inaccesibles y resguardados de los elementos. Sus vuelos frenéticos, con acrobacias imposibles, le dan un toque especial a toda la fachada. Hay cientos de ellas. Desde la ventana admiro lo que promete ser otro día de cielos abiertos y calurosos. Probablemente sea el último porque la predicción meteorológica anuncia lluvias copiosas en el norte de Italia. De repente, mientras poso mi mirada perdida en lo alto de las montañas sinto unos enormes deseos de salir de nuevo a la carretera y atravesar otros paisajes, de correr nuevas aventuras cotidianas. Prefiero, eso sí, que sean más mundanas y con menos sobresaltos. Ya no necesito elevadas dosis de adrenalina después de esta semana aciaga.

Hoy he salido del hotel en chanclas. Ya no me queda ropa limpia. Ni calcetines, ni calzoncillos, ni camisetas… creo que ha llegado el momento de hacer la colada. Lavaré mi ropa delicada a mano en el bidet del baño de mi habitación. La otra también.
Mientras tomo una cerveza y navego por internet en la terraza de la calle me entero de que esta noche hay un concierto de rock a pocos metros de donde me encuentro ahora. Toca un grupo local llamado Shocking Minds y celebran, creo entender, algo así como el final de las clases. Será una buena oportunidad para salir de la rutina.

Al ritmo de los Who, de AC/DC o de Steppengwolf voy trasegando cervezas y sacando alguna foto. En el descanso charlo un rato con el cantante y le cuento nuestra aventura en su pueblo. Me dedican una versión muy buena del “Born to be wild”. Al término de la actuación conozco a Bruno, uno de los “gruppies”. Lleva dos años estudiando español y, la verdad, no ha perdido el tiempo. Tiene una conversación fluída y un amplio vocabulario. Se va a ir a Uruguay dentro de unos días.Me voy a la cama un poco pedo