5. Morir a la Orilla

 

Por fin llegó la última etapa y además, saliendo desde mi casa. La cosa prometía. El día anterior la fiesta de gaitas no se había alargado hasta las tantas, tal y como era costumbre, en aras de evitar un, más que probable, mal estado general para retomar el Camino. La etapa anterior, de Oviedo a Grandas, había sido rápida y sin problemas y presagiaba otra similar para rematar. El Vespino parecía haber ganado algo de potencia en los últimos días y mi trasero ya se estaba acostumbrando a las cinco o seis horas diarias de maltrato en el desgastado sillón del ciclomotor.

Cuando salí a la calle comenzaban a caer las primeras gotas, nada serio, pero a lo lejos, detrás de las montañas donde comienza Galicia, la negrura se adueñaba del cielo presagiando la entrada de un frente bastante activo. No necesitaba echar mano de mis dotes adivinatorias ni elucubrar con conocimientos sobre el estado de la atmósfera: lo habían predicho en la tele el día anterior. A pesar de todo decidí no ponerme aún el traje de aguas aunque ya es sabido que, si te lo pones, es más fácil que no llueva. En este caso el resultado fue el mismo y a los tres kilómetros tuve que parar a ponérmelo de forma apresurada. A partir de aquí ya no paró de llover hasta el final de la etapa, concluida como veremos, de forma poco venturosa.

 

 

La subida al Puerto del Acebo fue tal y como había previsto, lenta pero no tanto como la realizada la semana anterior cuando probé el Vespino. Ahora parecía que iba más desahogado que antes. Por la cabeza se me pasó que, quizá, el escape estuviese un poco sucio y al abrir una vía los gases encontrasen una buena salida. Esto le haría perder potencia en bajos pero, a cambio, una vez lanzado corría un poco más. Como la lata de cerveza, que aún seguía en su sitio, no era totalmente eficaz a la hora de tapar la rotura, quedaba sitio suficiente para que los gases y el ruido estrepitoso, salieran más holgados. Sea como fuere el Pájaro Vespino corría más, de eso no cabía duda.

Dejé atrás A Fonsagrada y en poco tiempo estaba negociando mi curva, esa que me pone los pelos de punta y que me acoge como una madre cuando llego a su altura. Como en dirección a Lugo tiene un poco de bajada, el Vespino se embaló y, aún con el suelo mojado, llegué al final tumbando con una trazada perfecta dadas las circunstancias. Definitivamente esta curva me ama. Siempre me recibe con su tacto aterciopelado, sin baches, sin mácula, perfecta en su perfecta redondez. Luego su hermana la contracurva se despidió de mí con una suave caricia en la espalda y la máquina volvió a su tedioso discurrir, enfilando la cuesta de Montouto y regalándome un patinazo de correa que me devolvió a la realidad.

Después vino la bajada de Cerredo, a tumba abierta hasta Paradavella y de nuevo la tranquilidad en el paso.

A treinta kilómetros de Lugo el escape hacía más ruido que de costumbre y aproveché que tocaba repostar para ponerle unas bridas y sujetarlo un poco. De paso, comprobé que venía, desde el inicio de la etapa, sin el tapón de gasolina. Se me había olvidado volver a colocarlo cuando reposté antes de salir. Como siempre la sacrosanta cinta americana me sacó del apuro, al menos hasta que los vapores de la gasolina degradaran el adhesivo.

 

 

 

Pero no hubo tiempo para eso, a los poco kilómetros, cuando faltaban tan solo seis para llegar a Lugo, la máquina comenzó a perder la poca potencia que tenía de forma alarmante y en cuestión de mil metros, al comienzo de una cuesta, se negó a seguir avanzando deteniéndose al lado de la entrada de un chalet. Después de obtener autorización de la señora para usar su garaje comprobé la bujía, en realidad solo el cable porque la llave de la Vstrom no sirve para el Vespino, y todo parecía en orden. Después de sopesar un rato las posibilidades llamé a la asistencia en viaje, Eurolloyd, que me sacó de allí una hora más tarde.

 

Una vez en el taller, Motos Montouto de Lugo, el dueño hizo una prospección rápida de los síntomas y concluyó que, además de poca compresión, el escape estaba atascado de carbonilla concluyendo que todos mis problemas y los del Vespino se solucionarían poniendo uno nuevo .Para entonces ya era la una y cuarto, imposible de reparar a esa hora y en cola para mirarlo a las cuatro o las cinco. De nuevo, volví a sopesar las opciones y me decanté por abandonar el proyecto.

Con todo a favor, es decir, escape en la tienda y reparación rápida, no saldría de Lugo antes de las seis de la tarde. Si todo seguía a favor llegaría a Santiago a las diez o las once de la noche y no estaba dispuesto a jugármela, de noche y diluviando, por las carreteras gallegas. Por otra parte, comprar un escape para una moto que no es mía y realizar cien kilómetros se me antojaba un dispendio al que tampoco estaba dispuesto. Además al día siguiente tocaba trabajar y tampoco era cuestión de dejar de cumplir con las obligaciones laborales en pro de la devoción.

Así que, así las cosas, llamé a Elena que, en dos horas estaba con la furgoneta en Lugo y que me encontró bajo los efectos de un chupito de coñac después de haberme metido entre pecho y espalda un buen churrasco en la Parrillada As Cubas.

 

 

Y así concluyó mi peculiar Camino de Santiago en Vespino, remando, remando para morir a la orilla con una máquina con fallos, a medio revisar y a cien kilómetros de la meta. No es que me preocupe mucho, ni siquiera me siento frustrado por este final que, siendo sincero, creí que se produciría mucho antes, pero, la verdad, hubiera preferido llegar un poco más cerca, coño!

 

Errores cometidos. El primero no haber cambiado el escape, obvio. El segundo no haber escogido la primavera para rodar, (aunque la fecha la escogí, precisamente, por el frío). El tercero… bueno, creo que, en realidad, no hubo más errores.

 

Vaya mi agradecimiento a Garaje Paco que, de forma desinteresada, aportó el Vespino para esta ocurrencia y para Eurolloyd que me facilitaron el cambio del seguro de la Vstrom al Pájaro Vespino.

Valentín por sus consejos y el aporte de contactos.

A Elena por hacer de asistencia, (y por soportar las más variopintas ocurrencias).

Y a todos lo que, desde Facebook, www.paramoteros.com, www.moterosastures.com, www.vstromclub.com, www.motostrail.com y foro.vespinos.com me dieron ánimos para seguir cuando me estaba congelando en las estepas burgalesas y preguntándome qué coño hacía allí.

2 comments on 5. Morir a la Orilla

  1. Ignacio del Olmo dice:

    Hola Roberto.
    Lo primero felicitarte por la página y por los podcast. Lo he descubierto tarde pero me he puesto al día rápido.
    Que fenómeno esto de los viajes “slow”. Tengo una trail moderna pero conservo restaurada una Vespa 160, de 1972, con las ganas de hacer uno de estos viajes, “de interior”, tipo Soria, Castilla, las Mestas y esas cosas; y “al interior” será que no estamos acostumbrados a estar un rato solos con nosotros mismos, salvo cuando vamos en moto.
    Me ha gustado mucho tu viaje y tu relato, que me he reido bastante. Pena que la montura no te dejara disfrutar un poco más.
    Gracias por compartirla.
    Saludos

    1. Me alegro de que te haya gustado. Y gracias a ti por leerla, ya sabes que esto de contar cosas, si no hay alguien que lo lea, pierde “un poco” el sentido.
      Tuve en mente hacer la Ruta de la Plata en ciclomotor pero, por motivos que no vienen al caso, tuvo que cancelarse. Quizá retome el proyecto el año que viene. Pero esta vez creo que lo haré en verano.

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