Desde A Mariña a Os Ancares

 Villayón

Dice un amigo mió que soy un fantasmón, por que me empeño en novelar, con mayor o menor éxito, todas las anécdotas que se suceden en el acontecer de mi vida. Esta que ahora os relato no es sino una peripecia vulgar, pero al estar perlada de curiosos incidentes os la contaré de igual modo, como si fuera algo digno de mención.
Todo empezó un lunes de marzo, una mañana soleada que se abría perezosamente entre la niebla, después de varias semanas de frío y lluvia que, si bien no me impedían sacar la moto, tampoco me permitían disfrutar de grandes lances. Ese lunes mi mujer y yo nos subimos a la moto con intención de gozar de un día de ruta tranquila por el occidente de Asturias. También teníamos que hacer una parada en casa del notario, para comprar una casa, que no es cuestión baladí.
La mañana transcurrió sin sobresaltos y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodando por las carreteras locales de la rasa costera occidental, en dirección al pueblo marinero de Puerto de Vega, después de haber comprado una vieja mansión de indianos construida a finales del siglo XIX. Este hecho hacía que el placer de viajar en moto se viera magnificado pues íbamos henchidos de felicidad por la nueva adquisición que acabábamos de hacer.
La rasa costera es una franja de terrenos de suaves pendientes donde se alternan acantilados, playas y estuarios y dedicada, principalmente, a la agricultura. Estas plataformas de 1 a 3 Km. de anchura son terrenos arrasados por el mar en lejanos periodos geológicos que emergieron al elevarse los continentes. Muy cerca en dirección sur, la rasa da paso a montañosas sierras, que cambian la orografía y el clima de la Asturias transmontana, creando un tiempo más seco en el interior debido al efecto Foëhn. Por toda la rasa se extiende una red de carreteras secundarias y caminos que invita a perderse, a explorar hasta el último rincón descubriendo calas recónditas y solitarias playas de arena fina, junto con impresionantes acantilados de truncan precipitadamente el manto de tojos que ocupa el veril de los cantiles. Por aquí es tráfico es nulo y la señalización escasa, pero las referencias visuales del mar y de las montañas del interior hace que nunca perdamos el norte.
Cuando salimos del estuario del Navia nos dirigimos, como digo, a Puerto de Vega, un hermoso pueblo marinero que goza entre sus títulos con el Premio Príncipe de Asturias al Pueblo Ejemplar. Y como ejemplar era nuestra hambre decidimos saciarla en un restaurante del puerto, un sitio tranquilo con claro ambiente marinero.
Después de nuestro paseo por la rasa y convenientemente alimentados, decidimos adentrarnos el la “terra incógnita” del interior de modo que dirigimos la rueda delantera de la Yamaha hacia el pueblo de Villayón, disfrutando de curvas y de rincones impresionantes en los alrededores del embalse de Arbón, especialmente en las cercanías del Camping “La Cascada”, donde las recoletas ensenadas del embalse nos sorprenden después de cada curva. La carretera, con muy buen firme, transcurre prácticamente en llano durante los primeros kilómetros para comenzar un brusco ascenso que nos lleva al pueblo de Villayón a través de amplias curvas con buena visibilidad. A partir de aquí la carretera se estrecha ostensiblemente y el escaso tráfico se convierte en nulo. Mientras seguimos descendiendo hacia el río Polea seguimos enlazando curvas de forma continuada, en un lento fluir entre los castaños y abedules que bordean la AS-35.
Llegamos a la confluencia de los ríos Polea y Cabornel, donde la parada es obligada para sacar unas fotos. Cuando volvemos a subirnos a la moto, después de pertrecharnos como es receptivo, ésta, testarudamente, se niega a arrancar a pesar de mis esfuerzos.
Con una cierta inquietud reviso el cable de la bujía y compruebo los fusibles. Todo correcto. Antes de que me inunde el desasosiego reflexiono sobre lo mucho que estoy aprendiendo de mecánica últimamente.
Mientras Elena, mi mujer, se pasea en busca de cobertura para el móvil comienzo a desarmar la moto, con el fin de extraer la bujía y revisar el cableado, pues está claro que tiene un problema eléctrico.
Al volver comprueba, asombrada, que ya he quitado el asiento y el depósito y me dispongo a comprobar si hay chispa. Creo que fue en ese momento cuando supo que habría que buscar un medio para salir de allí y llamar a la grúa. No era mala idea lo de la grúa, pero mi orgullo de macho y mi masculina tozudez se impusieron durante un buen rato a la claridad de ideas femenina, con lo cual seguí trasteando y manchándome de aceite y de gasolina, mientras resoplaba y juraba en arameo.
Cuando, por fin, era obvio que no iba a dar con la avería, decidimos volver a poner todo en su sitio y esperar el paso de alguien que nos llevara hasta un teléfono o, en su defecto, a una zona semicivilizada con algo de cobertura para avisar a la grúa. Afortunadamente unos carpinteros de conducción brusca, tuvieron a bien cargarnos entre las herramientas de la parte trasera de su C-15, donde, entre cepillos, taladros y virutas, llegamos de nuevo a Villayón, medio mareados por las curvas y por la peste a gasolina que emanábamos.
Allí me di cuenta de que la documentación de la moto, el seguro y, por supuesto, los datos de mi asistencia en carretera, estaban en casa, perdidos en algún rincón del garaje debido a mi pereza y a mi falta de memoria. La cosa se complicaba. En el pueblo solo hay un mecánico, un hombre a punto de jubilarse que solo entiende de tractores y, si el problema es eléctrico, lo deja en manos de su hijo, – que ese día no estaba -.
Después de varias llamadas infructuosas a un taller de motos de Navia y a otro mecánico de tractores, parecía que nadie estaba dispuesto a ir a recogerme la moto al recóndito lugar en el que se hallaba. Al fin, después de mucho insistir, encontré a un mecánico de motosierras y ciclomotores que vendría a buscarla con un remolque. El asunto se iba encauzando.
Y mientras el asunto se encauzaba, el tiempo iba pasando y la noche caía irremediablemente. Elena y yo, nos mirábamos en la plaza del pueblo. Comimos pipas, conté chistes, saqué fotos a un señor mayor que orinaba contra el cajero de la Caja de Ahorros …incluso, dos borrachos me confundieron, uno con un conductor de ambulancia y el otro con un empleado de Telefónica. Vivir para ver.
Transcurridas dos horas y media apareció el mecánico que, por todo saludo nos dijo que si no teníamos nada mejor que hacer que andar de ruta por el culo del mundo. Mientras descendíamos de nuevo hacia el puente, de noche y con una velocidad infinitamente menos pausada que la primera vez, cuando lo habíamos hecho en moto, los comentarios del mecánico eran cada vez más desagradables. Nos relató, con parcas pero directas palabras, que había tenido que robar el remolque porque el suyo lo tenía en Vilagarcía, que la carretera era una mierda, que él había tenido moto y que… ¡hay que tener ganas!
Con ese panorama yo intentaba mostrar mi cara más amable no fuera a ser que se mosquease más y nos dejara allí tirados.
Por fin la moto estaba encima del remolque y emprendíamos la marcha hacia su taller a través de infectas pistas de montaña y carreteras de segundo orden. El motivo de no ir por rutas más civilizadas, tal y como deduje más tarde era que, al ser el remolque “robado”, la matrícula no coincidía. Además una de las luces estaba fundida. Llegamos a su taller, calculo que a las diez de la noche, después de otro vertiginoso y largo paseo por la montaña occidental asturiana. Habíamos tardado en recorrer los 40 kilómetros que nos separaban de Villayón unas 4 horas pero, por fin, comenzaba la reparación. Rápidamente dedujimos que la avería estaba en la bobina y, casi de inmediato, colegimos que en su pequeño taller no había repuesto de Yamaha. Solución? acoplar una bobina de coche en donde fuera posible. Para las once y media de la noche estaba con la moto arrancada, casi sin batería, pero arrancada, a la puerta del taller dispuesto a probarla. Ni siquiera me puse el casco, salí a hacerle un par de kilómetros para recargar un poco la batería y comprobar que la bobina no fallaba. Nada más incorporarme a la carretera general, aún en primera marcha, apareció, como salido de la nada, un coche de la Guardia Civil que, como pude ver por el espejo, hizo un amago de detenerse. Me faltó tiempo para acelerar a fondo y perderme carretera arriba antes que les diese tiempo a dar la vuelta y afearme el hecho de conducir sin casco y no portar ningún documento. Esto sin mencionar el hecho de que mi carné de conducir esté semifalsificado a causa del extravío de la foto en la lavadora. Debieron pensar que no merecía mucho la pena desviarse de sus asuntos para atender a alguien como yo o quizá vieron que salía del taller y supusieron que estaba en pruebas, el caso es que siguieron su camino como si tal cosa.
La moto fallaba algo en bajas revoluciones, pero por lo menos funcionaba y con un sonido que me parecía celestial, después de toda la tarde de peregrinación, con lo cual nos dirigimos a casa sin más dilación. Aún no habíamos recorrido ni 20 kilómetros y, en mitad de un solitario pueblo, una figura con chaleco reflectante mueve una linterna hacia arriba y hacia abajo, en el típico gesto de “por favor deténgase”.
– ¡Mierda!- , pensé, – ¿Es que no vamos a poder llegar a casa nunca?.
Después de las visicitudes acaecidas todo me daba igual. Le diría al agente que no llevaba la documentación, que me denunciase lo antes posible y que me dejara continuar a mi dulce hogar de una vez por todas. Pero, oh! sorpresa, cuando me acerco descubro que es el propietario del bar del pueblo, al que conozco, que me para y pregunta que si llevo las llaves del taller en el que había estado.
Inmediatamente recuerdo que el mecánico me las había dejado para coger de su coche los cascos y demás adminículos concernientes a la motocicleta y que, para mi sorpresa, continuaban en mi bolso, en un enorme mazo de llaves de todos los tamaños. Por fortuna no tuve que dar la vuelta para realizar la entrega. Ellos dos ya habían convenido que se las dejase en el bar y que alguien pasaría a recogerlas. Esa noche el taller quedó abierto.
Hacía rato que la Guardia Civil había pasado y sabíamos que nos precedían, pero, a pesar de ir despacio les dimos alcance. Como yo estaba con la paranoia de que me habían visto sin el casco, de que iba sin documentación y de que todo nos iba a pasar ese día, creí que, de un momento a otro me harían señas para detenerme en el arcén. En lugar de eso nos dieron paso y llegamos a casa sin ningún contratiempo más a las doce de la noche.

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