Disculpe, señora, que no me levante

 

Que proceloso mundo este de las motos. Resulta que con el auge de las redes sociales y el uso de las mismas por parte de algunos motoviajeros se han formado grupos de fans irredentos que se toman el asunto como si de un partido político se tratase. Apoyan a su ídolo, siguen sus pasos en la red y algunos se lo toman tan en serio que no soportan crítica alguna hacia el personaje que tengan endiosado este año.

Así, debido a mi humilde artículo sobre “Libros Prescindibles”  se ha despertado una animosidad sin precedentes hacia mi persona. 

¿Qué especie de garrulo me califica como “enemigo” porque no comparto sus mismos gustos a pesar de compartir afición? Seguro que se le llena la boca de antifascismo y de respeto hacia los demás pero no duda en ponerme a caldo simplemente porque el libro que ha escrito su héroe no es de mi agrado.

A tenor de lo expuesto da la impresión de que todo lo que se escribe sobre viajes en moto tiene que ser, por fuerza, una obra maestra y todos, sin excepción, tenemos que reverenciarla como tal.

Bienvenidos al pensamiento único. Saludemos el advenimiento de una nueva generación de aventureros escritores que viajan en moto y que convierten en obra de arte todo lo que hacen.

Pues no señores. Poniendo por delante que escribir un libro es un acto de amor (a veces solo amor propio) y parirlo es una gesta harto difícil, algunos son, desde mi humilde punto de vista, una mierda. Otros, no son una mierda pero no transmiten absolutamente nada. Otros son pasables, otros buenos y otros obras maestras. 

Ahora bien, si porque los haya escrito un tipo que viajó en moto vamos a tener que colocarlos en el estante de los libros de cabecera, apaga y vámonos.

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