crónicas

El Mundo se Para

Metz es un lugar bonito para visitar y para tomar unas copas, desde luego. El río Mosel, un afluente del Rin, atraviesa la ciudad domesticado en forma de canales e islas, discurriendo plácidamente por el centro de la villa y dándole un aire tan… francés. Una de las iglesias, el templo de Garnison, destaca sobremanera en la Belle Isle, con su torre neogótica elevándose al cielo y llamando la atención, flanqueada de puentes adoquinados y rincones, como se dice ahora, “con encanto”.
No soy yo mucho de monumentos, ni de visitas culturales, ni de museos, ni de otra cosa que no sea hacer kilómetros y kilómetros sin otro cometido que el viaje en si mismo. Sin embargo tengo cierta querencia por catedrales y edificios antiguos, por el medievo, por casas abandonas y fábricas en ruinas. Los primeros por la labor faraónica que supone construir un edificio de esas características, con sus torres graníticas elevándose hacia el Dios que representan, con sus estatuas de piedra como testigos mudos del paso del tiempo en la ciudad, de sus gárgolas, del trabajo preciosista de los canteros. De los segundos, la fábricas abandonadas y la decadencia, porque siempre pienso en lo que fueron, lo que allí se construía, los trabajadores afanados en cualquier tarea. Todo aquel trabajo, todas aquellas ilusiones truncadas por el tiempo y convertidas, ahora, en un edificio mudo con nula actividad fabril. En mis tiempos de estudiante viví en Gijón un par de años y siempre que veo una fábrica abandonada recuerdo el día que piramos clase para ir a explorar la Azucarera de Veriña. Aquella fábrica, abandonada desde que estalló la guerra civil, se me antojaba como el lugar más mágico y enigmático que pudiera haber en toda la ciudad. Recorrimos los túneles de las chimeneas, los laboratorios,los almacenes, abrimos un butrón para pasar a una sala cerrada… una exploración en toda regla que, como no, comenzó entrando por una ventana del segundo piso. Allí encontramos carnets de la CNT, nóminas de los trabajadores, una vieja máquina de escribir Royal, un Alfa Romeo de los años cincuenta, en fin, toda una serie de tesoros que eran dignos de ser conservados. A mis catorce años, creo que me impactó más la visita a aquella fábrica y su recorrido, incluso con riesgo para mi vida en una ocasión, que todo lo que intentaron enseñarme en el instituto. Durante meses no dejé de pensar en aquellos hombres cuyos carnets de sindicalista tenía ahora en mi poder. ¿Los habrían fusilado? ¿Pasarían a algún campo de concentración del los “nacionales”?¿Estarían vivos?  Mi imaginación febril pasaba sobre ellos situándolos en las más variopintas aventuras. Luego pensaba en sus familias, en sus pueblos, en Veriña… Todo para mí eran incógnitas extraídas de una tarde en una fábrica abandonada.
Con los años no he perdido la afición a los edificios abandonados, a entrar en uno de esos santuarios de la decadencia y, en silencio, recorrer cada una de las estancias intentando descubrir qué era lo que acontecía en cada una de ellas.
La carretera, el viaje en moto, te deja mucho tiempo para pensar, para divagar, para hacer proyectos e imaginar o recordar otros viajes.
Rodamos por la Lorena en dirección a Los Vosgos entre curvas suaves y tráfico nulo. De nuevo hemos encontrado una ruta, diseñada cinco minutos antes de la partida, solitaria y muda, que atraviesa pueblos en los que siempre parece ser la hora de la siesta.
Empiezan a aparecer ahora prados, robles, abetos en continua sucesión mientras el calor va en aumento, la temperatura oscila de veinte a treinta grados. Conforme avanzamos hacia el sur y nos internamos en Alsacia, en el corazón de Los Vosgos, el paisaje se torna más agreste y comienzan a aparecer riachuelos que serpentean montaña abajo
Subimos el Col du Donon del que yo no tenía ni idea de su existencia y sobre el que Gelu me ilustra con su erudición sobre el Tour deFrancia. Me gustaría participar en el Tour, subir el Donon, el Tourmalet y todos esos puertos míticos… en moto, claro.
Ya llevamos toda la mañana rodando por carreteras de montaña, por valles, por parajes solitarios dejando tras de nosotros asfalto pisado y siempre preparados para nuevos descubrimientos que nos alegren el ánimo.
Alsacia me parece sorprendente, con una variedad de paisajes enorme. Despoblados valles subalpinos, donde reinan los abetos por encima de los alisos del río, praderas del montaña, cultivo de la vid en los terrenos de menos altitud, hacia el sur, todo separado de la Selva Negra alemana por el Rin.
El calor comienza a hacer estragos en mi ánimo y, ahora que han quedado atrás los bosques de abetos comienzo a estar cada vez más incómodo. La ruta ya no me llena y las contínuas paradas en cada semáforo de los pueblos de Alsacia es un suplicio para mi. No estoy cómodo. Ha desaparecido por completo la sensación de que todo está en su sitio y ni siquiera estas hermosas poblaciones me ensalzan el ánimo. El círculo vuelve a estar abierto y no estaré cómodo hasta que, de nuevo, se cierre.

Llegamos a Colmar, una ciudad de tinte medieval con clara influencia alemana donde el calor me golpea con irreverencia. Paseamos por las calles, buscando siempre la sombra y admirando las casas con entramado de madera, las flores de las ventanas, las calles empedradas. Todo aquí parece el escenario de una película del Renacimiento y nos vemos transportados a pleno siglo XV.
Un músico, probablemente rumano o húngaro, toca el acordeón en la plaza de la catedral mientras nosotros, en silencio, apuramos el último trago de una Leffe templada que hace un momento estaba bien fría. Turismo organizado pasa delante de nuestra terraza, pertrechados detrás de sus cámaras fotográficas y hordas de ciudadanos orientales, presumiblemente japoneses, lo miran todo detrás de sus ojos rasgados que parecen no querer perder detalle. A mi hoy se me escapan los detalles. Hace demasiado calor para que mi reblandecido cerebro pueda retener algo más que el sabor de la cerveza fría bajando por el gaznate.
Son las cinco de la tarde y nos resguardamos del sol en un solitario Dönner Kebab sin aire acondicionado. A los dos nos encanta la “hamburguesa turca” con su carne cortada en láminas y ese ligero toque picante. Creo que podríamos alimentarnos de esto durante todo el viaje.

Casi sin darnos cuenta entramos en Alemania después de atravesar el Rin. Es un río enorme. Qué coño enorme, es gigante. A mí, que estoy acostumbrado a riachuelos y a regatos de poca categoría y gran encanto, estas masas fluviales me parecen de proporciones homéricas. Y seguramente no sea para tanto. Esto es el Alto Rin y el río no es más que un remedo de lo que será unos cuantos cientos de kilómetros más abajo. Pero aquí, atravesando estos dos puentes, viendo las exclusas, los canales, los desvíos…todo me parece de una complejidad sin igual, un lugar donde la mano del hombre ha domesticado al río privándolo de su natural discurrir y él se ha dejado modificar mansamente, siguiendo su curso con naturalidad y sabiendo que nada dura eternamente. Hay tiempo de volver a horadar un nuevo cauce. ¿Dónde guardarías una gota de agua para que se mantuviera incólume por los siglos de los siglos? Pues eso, el círculo se cierra y el agua regresará por cualquier medio a su depósito natural.
De nuevo me voy perdiendo en disquisiciones, en conjeturas, en meditaciones con mayor o menor sentido a lomos de la V-.Strom y de nuevo vuelven las cosas a su lugar natural. Otra vez vuelve a estar todo en su sitio, la ruta cobra sentido y lo que estoy haciendo es más real que cualquier otra cosa.
La moto se detiene ahora, se para, se queda quieta, como suspendida en lo etéreo y el mundo se sigue moviendo bajo las ruedas. Es una sensación real. Estamos parados y sin embargo ahora es la ruta la que se mueve bajo nosotros. Ya nada existe. Estoy solo. No hay compañero de ruta, no hay adelantamiento de camiones. La máquina y yo estamos quietos y el mundo que nos circunda va yéndose hacia atrás. No escucho el viento en el casco, ni el motor de la moto, todo es silencio durante unos instantes. Aún me queda un ápice de consciencia para saber que esta situación es irreal, que estoy en una autopista alemana en el carril izquierdo y que voy adelantando a varios camiones sin embargo es una sensación que se queda muy atrás, como en un segundo plano, rezagada con los TIR a los que adelanto.
Respiro profundamente y, como en un pestañeo, el mundo vuelve a ser lo que era y la moto y yo volvemos a movernos en la carretera. Dios que hermoso ha sido todo esto. Que paz al sentirse quieto mientras el mundo entero sigue moviéndose desplazándose por la carretera como en un videojuego antiguo.
Los alemanes conducen deprisa, muy deprisa. Circulamos ahora por una de esas míticas autopistas sin límite de velocidad a ciento sesenta o ciento setenta por hora y nos adelantan coches de alta gama cada dos por tres. Como experiencia no está mal pero vuelvo a mis confortables ciento cuarenta mientras el sol cae a nuestras espaldas. Al norte la Selva Negra.
Nos desviamos hacia Konstanz con idea de acampar en un solitario paraje al lado del lago del mismo nombre pero parece que aquí no va a ser tan fácil acampar furtivamente en una recoleta cala fluvial. El paisaje está muy humanizado y proliferan los camping, los puertos deportivos y las carreteras con lo que, volvemos a la autopista en busca de un área de descanso con gasolinera y duchas.
La tarde va tocando a su fin y el área se hace de rogar con que, en una salida solitaria dejamos la autopista y nos internamos en una carretera de segundo orden, entre campos de nabos y maíz. Gelucho acaba de tomar un sendero a un prado, no me parece buena idea pero le sigo, no conviene irse de exploración trail en solitario. Después de atravesar el prado aparecemos en otro mayor con un enorme manzano que, solitario en medio de la hierba recién segada, nos da la bienvenida y nos invita a plantar nuestra tienda bajo sus ramas. No podemos declinar la invitación. Este lugar nos estaba esperando desde que salimos de España hace ya más de una semana.

Moisés abre las Aguas

Amanece en Bélgica. Que es como un amanecer en cualquier otro lugar solo que yo lo veo con los ojos de quien está de vacaciones y acampado en el centro de la nada. Ayer escogimos un lugar perfecto en medio de todos estos campos, en medio de este bosquete mínimo que nos da tanta sensación de seguridad. Como cada día preparamos un desayuno rápido a base de fruta, zumo y fiambres. Aún nos queda parte del lacón cocido que ha traído Gelu pero la verdad es que ya estoy un poco harto de cerdo, no me parece un alimento apropiado para el desayuno.

Ya tenemos todo recogido, un último vistazo y volveremos a la ruta. Atrás han quedado los sosos y anodinos paisajes de la Francia fronteriza donde, lo único destacable entre las enormes rectas flanqueadas de cultivos, eran los gigantescos tractores que, de cuando en cuando, adelantábamos. Mi compañero se preguntaba, al igual que yo, el porqué del declive de la agricultura en la mayor parte de España mientras que en estos países las cosas parecían marchar por otros derroteros. ¿Acaso la subvenciones de la Unión Europea aquí fueron de otro calibre? ¿O es que a los españoles sólo nos dieron dinero para que abandonásemos toda producción en propio detrimento y en favor de esta gente? Estas y otras reflexiones nos ocupaban la cabeza de vez en cuando y no sabíamos encontrar la respuesta a nuestras preguntas. El caso es que, por aquí, no encontramos terrenos baldíos ni zonas incultas dejadas a merced del matorral.
La carretera vuelve a sortear colinas, prados y bosquetes de frondosas en esta mañana con frescor belga. No parece que vaya a durar mucho esta temperatura agradable porque en el cielo no se ve ni una sola nube y, conforme avanzamos, el calor va en aumento. Vamos dejando atrás pequeños pueblos en los que no se ve gran actividad y sin apenas paradas. En todos ellos la profusión de flores es lo que más me llama la atención. Flores en calles y plazas, en el cartel del nombre del pueblo, en las ventanas, en los jardines… De nuevo acude a mí la inevitable comparación con mi tierra, ese solar patrio en ocasiones tan espartano y siempre tan alejado de este tipo de detalles que alegran el espíritu.
Por el rabillo del ojo veo que la Ducati me adelanta y me hace señas para que me detenga. En cuanto tengo ocasión paro en el arcén y Gelu me dice que ha visto un cartel que pone “Ruta de la Cerveza”. ¡Oh, Dios mío!. En este país si que saben organizarse. Acabamos de pasar Chimay, pueblo famoso por su fábrica de cerveza, que no hemos visto, y algunos anuncios e indicaciones nos sugieren que el asunto de la cerveza está presente por aquí, pero una ruta de la cerveza… Me parece una idea tan sugerente que nos damos la vuelta y tomamos una estrecha carretera en pos de dorado líquido. Después de diez años sin probar la cerveza a causa de una extraña, (y por otra parte estúpida), alergia, ahora que he descubierto que muchas de las de barril y las elaboradas conforme a la Ley de Pureza no me hacen ningún daño, he vuelto a beberla, pero con tal fruición que a veces me derrota. Consigo, ahora, captar matices de sabor de los que antes no me percataba, aromas que parecían vetados a mi paladar. Bebo despacio, saboreando, dejando que su sabor me llene las papilas gustativas y, a veces, recordando los años de sequía.

 

Y así voy viajando ahora mismo, pensando en una fábrica de cerveza donde nos enseñarán todo el proceso de fabricación y luego nos invitarán a pasar a la zona de degustación donde mi mano se cerrará sobre una jarra de ambarina, fresca y deliciosa cerveza belga. Con este hermoso pensamiento en mente voy negociando curvas y más curvas por el fondo de este frondoso valle. El río, caudaloso y umbrío fluye, tranquilo, a nuestra derecha regando este lugar que hoy parece paradisíaco.
Dejamos atrás un enorme “chateau” y luego otro. Me estoy impacientando porque no acaba de llegar la primera fábrica de cerveza y, aunque la temperatura es agradable, ya apetece tomarse una.
Seguimos bordeando el río, navegando por el asfalto entre luces y sombras y aspirando el paisaje para impregnarnos por entero. De vez en cuando me acuerdo de los estudiantes belgas de “Amanece que no es poco”, la película de José Luis Cuerda, una obra maestra del cine español que habré visto, por lo menos, ocho o nueve veces.
Pero la cerveza sigue sin aparecer.
Hace rato que no veo ninguna señal que me confirme que seguimos en la “Ruta de la Cerveza”. Los paisajes siguen siendo hermosos pero no se vislumbra ni un grano de cebada o malta. Ni tampoco campos de lúpulo.
Llegamos a un pueblo con pinta de capital de la cerveza, al menos eso me parece a mi a pesar de que, no sólo no hay nada que lo indique, si no que tampoco se ve ni una terraza con sombrillas para tomar algo.
De repente comenzamos un suave ascenso entre la fronda y, después de varias curvas, aparecemos en una altiplanicie en la que, por arte de magia, todos los árboles han desaparecido y han sido sustituidos por campos de cereal y enormes tractores. De nuevo granjas solitarias se yerguen en medio de los campos, sin gracia, sin nada que destaque aparte de un ténue olor a trabajo. Constato que nos hemos salido de la Ruta, si es que algún día existió.
El sol aprieta cada vez más y nuestro periplo por las secundarias vuelve a tornarse aburrido. De vez en cuando el GPS nos da alguna sorpresa, enviándonos por viales solo aptos para intrépidos exploradores.
Y aquí estoy, en la civilizada Europa, rodando por infectas carreteras donde las únicas nota de color que destacan sobre el sempiterno verdor de los campos son mi cazadora, otrora amarilla, y el blanco y rojo de la Multistrada.
Adiós fábricas de cerveza. Adiós valles de ríos serpenteantes. Adiós castillos y palacios. Y hola a lo que venga a encontrarse con la rueda delantera.
Hace ya mucho rato que no sé donde estoy. Circulo guiado solamente por el GPS que me muestra una exigua porción de mundo en su pantalla de colorines. Me desagrada esta situación porque siempre quiero conocer el lugar exacto donde me encuentro pero no en forma de triángulo en una pantalla sino con respecto a otros lugares. Esto, para nosotros, es “terra incognita”. Espero llegar pronto a una ciudad que me sirva de referencia para poder marcar luego, sobre un mapa, la ruta con certeza. Ya sé que es una tontería pero me da la sensación de que si estoy en un lugar y luego no soy capaz de colocarlo en el mapa es como si nunca hubiera estado. El lugar no existe. Sólo es una imagen en la mente, una quimera a la que no sabría volver, un lugar imaginario. Los lugares, para existir, deben estar en un mapa, con su impoluta cartografía, sus hermosas curvas de nivel y sus carreteras rojas o amarillas. Adoro los mapas. A veces me paso largos ratos mirando mapas de lugares a los que nunca iré, de lugares a los que ya he ido, de sitios mágicos. Si cojo una lupa y amplío un sector puedo ver, desde aquí arriba, a la gente, muy pequeña, segando prado, conduciendo sus coches, comprando en la tienda de la esquina. Solo veo lo bueno cuando miro un mapa. Veo lo bueno y me veo a mi mismo recorriendo carreteras, conociendo pueblos, viajando por esas líneas de colores impregnadas de ilusión e incógnitas. Son buenos los mapas.
Y así nos pasamos la mañana, haciendo kilómetros a lo tonto, sin saber donde estábamos y dejándonos guiar por la tecnología, sin miedo a perdernos porque, este chisme, siempre nos lleva a algún lugar y siempre nos saca si deseamos salir de allí.
Casi sin darnos cuenta los carteles de los pueblos comienzan a tornarse un tanto ilegibles. Ya hace rato que observo que el idioma francés ha dado paso al alemán, al menos en lo que respecta a los nombres de los pueblos. Seguimos callejeando entre granjas, entre bosquetes, colinas y vaguadas y el paisaje no es tan monótono y escaso de gracia como hace unas horas.
Es la hora de comer y nos detenemos en uno de los muchos chiringuitos que nos anuncian que somos bienvenidos. “Welcome Bikers”, “Bienvenues a les motards” y cosas por el estilo se leen en una de las carreteras que parecen estar de moda para la población motera de estos lares. A mi me parece el culo del mundo pero, a la vista de tanto tráfico, seguramente sea, o un paso obligado a algún lugar, o la zona reviste un interés especial por motivos que ignoro1.
En el bar pedimos salchichas y cerveza al dependiente que sólo habla alemán. Consulto el mapa y no doy crédito a lo que veo: hemos atravesado todo el sur de Bélgica y, en lugar de seguir hacia Luxemburgo, como teníamos previsto, estamos a escasos siete kilómetros de Alemania, mucho más al Este de lo que pensaba. Nos hemos pasado tres pueblos, que suele decirse. En nuestro caso bastante más de tres pueblos porque, después de rodar toda la mañana por infectas callejas, por carreteras rizadas de no más de tres metros de ancho, no hemos avanzado nada, o muy poco, hacia Austria. Es cierto que la idea era rodar sin prisa, sin hoja de ruta pero de ahí a perder el rumbo dista un abismo.

Replanteo la ruta en el GPS y le indico dirección Luxemburgo con la ilusión de conocer un nuevo país y la esperanza de que ago nuevo ocurra.
Y lo que ocurre es que este pequeño estado se halla atestado de coches por su entrada norte. El plan era no tocar las autopistas pero ahora me encuentro buscando una desesperadamente para salir de este atasco sofocante donde miles de coches intentan acceder a la ciudad por la misma carretera. Gran parte de la misma está en obras y rodamos entre polvo y baches. Hace un rato han hecho su aparición los autobuses urbanos que se suman a esta orgía de sofoco y estrés.
Los arrabales de Luxemburgo son como los de cualquier otra ciudad, no encuentro nada que me llame la atención o que destaque por encima de este organizado caos. Me estoy agobiando y cada parada en un semáforo supone un suplicio. Gelucho me dice que busque una entrada a la autopista pero no veo ni autopista ni ninguna indicación que la señale. Creo que estamos entrando por el lugar equivocado.
Por fin estamos dentro de la ciudad. Ya he perdido la cuenta del tiempo que rodamos para llegar a esta ciudad donde los coches pugnan por moverse unos metros entre semáforos y calor sofocante. No puedo más. Necesito salir de este ambiente opresivo para no regresar jamás. El GPS se empeña en meternos por el centro mismo de la estación de autobuses, un enorme edificio con pinta de polideportivo gigante al que no hay más acceso que para peatones y autobuses. Otra vuelta a la manzana. Otra vez la estación de autobuses.

Ahora sí que me largo. Apago el GPS y sigo las indicaciones para salir de la ciudad hacia Metz y Nancy. La salida resulta ser infinitamente más sencilla que callejear por el centro de la ciudad con este insoportable calor y ya estamos, esta vez si, en una autopista que me sabe a gloria. Pero poco dura la alegría en casa del pobre. He vuelto a encender el GPS hace unos instantes y ya me he equivocado de salida dos o tres veces. Aún estamos dando vueltas por los alrededores de Luxemburgo, ora en dirección Alemania, ora en dirección Bélgica pero nunca en la dirección correcta. Por el rabillo del ojo acabo de ver la salida hacia Metz pero está en el carril contrario. Ahora solo tengo que llegar hasta allí. Vuelvo a equivocarme de salida y en la incorporación a la autopista acelero con violencia para demostrarme a mi mismo lo indignado que estoy. Durante media hora damos vueltas como tontos. En cada nueva equivocación me encojo de hombros y le hago algunos gestos amistosos a mi compañero de viaje que sirvan para esconder un poco mi frustración aunque, conociéndome como me conoce, sabe que ya estoy rojo de ira.
Por fin salimos de nuestro particular laberinto y nos incorporamos a la salida autopista de Mezt. Ahora haremos todo el recorrido que nos resta hasta el destino, sesenta kilómetros, cómodamente a ciento cuarenta por hora. Llevamos un montón de kilómetros encima y necesitamos un descaso. Ha sido una etapa más larga de lo previsto.
Están apareciendo cada vez más coches y camiones. El tráfico se hace muy denso y lento. Sigue apelotonándose vehículos y ahora circulamos por el carril de la derecha o izquierda indistintamente avanzando a no más de cuarenta por hora. En algunos momentos tenemos que detenernos porque la caravana no avanza. Bien. Ahora estamos completamente parados. Decido usar el arcén un rato pero no voy muy seguro por aquí. Vuelvo a la fila de vehículos y, entre los dos carriles pasan tres motos, sacando la pierna para saludar. Esto de los saludos se ha convertido en una constante durante todo el viaje. Los motoristas franceses jamás se olvidan de sacar la pierna cuando te rebasan o saludarte con la mano si se cruzan de frente. Me gusta.
Volvemos a parar. Ahora voy a intentar pasar entre las dos filas de coches, al fin y al cabo si lo hacen los autóctonos yo también podré hacerlo aún consciente de la ilegalidad.
Me voy al centro, estoy circulando sobre la línea discontinua. Los coches se hacen a un lado. ¿Qué es esto? ¿Estoy soñando? Todos los vehículos se apartan a derecha e izquierda dejándome un margen más que amplio para circular entre ellos de modo que me puedo mover con soltura para ir, poco a poco, rebasando la caravana. Así circulamos varios kilómetros, con cierta tensión pues es, para mí, una situación nueva, pero sin sensación de peligro. Aquí estoy, en plena autopista atestada de coches, autobuses y camiones, avanzando en medio del atasco. Me siento como Moisés abriendo las aguas, como si un campo de fuerza se abriese delante de la moto para ir apartando obstáculos. Que hermosos sería poder circular siempre así, como un campo gravitacional sobre la rueda delantera que echase a un lado a los demás usuarios de la vía, con suavidad, con dulzura extrema, y que me protegiera de ellos. Me resulta pasmoso todo esto y me siento el rey de la carretera. Otra vez rodando feliz y contento con la sensación de que todo vuelve a estar en su sitio, de que el círculo se cierra y lo perfecto existe.

En Mezt, ya no me acuerdo de la autopista, ni del atasco de la frontera, ni de mis glúteos maltratados durante tantas horas. Volvemos a estar al final de la ruta, con la cerveza en la mano y las motos aparcadas delante del albergue.
Cenamos en la terraza de un Dönner Kebab otra vez mientras dirigimos miradas furtivas a alguna de las bellezas locales.
Es bonito esto.

1:  era el Parque Natural de  Ourthes

 

Tractores Gigantes

Me despierto tarde y ansioso por ponerme de nuevo en marcha. Tan solo nos hemos tomado un día de descanso pero la inquietud por hacer kilómetros se está apoderando de mí.
A estas alturas del viaje ya hemos desechado la posibilidad de ir a Amsterdam y en el recuerdo queda nuestro deseo de ir a Hamburgo a ver a Peter. Nos estamos retrasando mucho para hacer tantos kilómetros. No, no nos estamos retrasando, estamos haciendo un “slow travel”, un viaje tranquilo y relajado en el que estoy venciendo mi costumbre de realizar sesiones maratonianas por carretera. Recuerdo nuestro viaje a Montenegro y las interminables sesiones de ruta, días en que nos metíamos diez o más horas de moto para acampar y continuar al día siguiente. En aquella ocasión el destino estaba predefinido y para llegar no quedaba más remedio que hacer muchos kilómetros diarios.
En este viaje el destino es una línea difusa en el horizonte, un pausado deambular por carreteras secundarias, casi siempre alejadas de las ciudades, que discurren plácidamente por las zonas rurales.

Nos estamos tomando el regreso a la carretera con tranquilidad y ya son las once de la mañana. Salimos de Caen hacia la Calais, al Norte de Normandía con intención de adentrarnos en Flandes y luego “bajar” hacia Luxemburgo. Ya veremos.
La mañana transcurre tranquila transitando por carreterillas de tercer orden, entre bosquetes de frondosas y campos llanos como la palma de la mano. Le he marcado al GPS la opción de “recorrido corto” y evitando autopistas, de ese modo me aseguro que el satélite nos guiará por las carreteras más inexploradas y, en ocasiones, por la ruta más absurda posible. Este sistema de viajar tiene como desventaja que en ocasiones terminas en una pista forestal o que, si los mapas no están muy actualizados, termines en algún agujero sin salida pero eso no importa. A cambio viajas atravesando paisajes de de otro modo no verías.
Una estrecha carretera nos acaba de traer hasta Les Grandes Dalles, un pequeño pueblo turístico que está escondido en un lugar de difícil descripción. Para llegar hasta aquí hemos descendido desde la rasa costera que corona los acantilados de esta abrupta costa a través de un estrecho valle arbolado, nos hemos metido en una especie de rambla y, sin previo aviso, desembocamos en una playa blanca de cantos rodados flanqueada por dos enormes farallones de color claro. Es un lugar verdaderamente impresionante de ver aunque a Gelu le parece poco apto para la pesca submarina.
El pueblo parece turístico, con muchas casas en alquiler pero a estas alturas del año no se ve un alma por la calle. Todo está muy cuidado pero la ausencia de gente otorga un aire un tanto decadente.
Nos hemos parado el tiempo justo de sacar unas fotos, comer una barrita de cereales y echar una meada. La ruta continúa y ahora salimos de este valle a través de un bosque impoluto, arrebujados a la sombra de los robles en pos de la rasa costera de nuevo. Se me hace un poco extraño encontrar robles tan cerca del mar.

Me he perdido varias veces siguiendo la ruta del GPS entre campos enormes y llanos y ahora estamos en la gasolinera de otro impoluto pueblo normando. Durante todo el viaje la variación en las construcciones de una región a otra es notable pero siempre está el nexo común de la limpieza, el gusto por los detalles y el orden. ¡Qué diferencia con el lugar de donde vengo!
Lleno el depósito con la vista fija en él, como siempre, para enrasar hasta el límite y, de repente, un chorro de gasolina sale disparado hacia mi cara mientras el líquido rebosa por los costados de la moto. “me gago en su puta madre” digo levantando la voz. El hombre que está comprobando la presión de los neumáticos repite “su puta magde, su puta magde, españoles, eh?
El dependiente de la gasolinera me mira con cara inexpresiva cuando le digo que el surtidor está averiado y que el chorro no se detiene cuando el depósito ya está lleno. Me cago en su puta madre también, pero esta vez mentalmente.

El resto de la tarde transcurre sin pena ni gloria, en dirección Este hasta que nos vamos acercando a la frontera con Bélgica. Aquí parecen haber perdido el gusto por los detalles y las casas típicas normandas han dado paso a enormes granjas desprovistas de toda gracia. Tractores, no menos enormes que las granjas, circulan por carreteras trazadas con tiralíneas y todo se vuelve aburrido bajo un manto de monótono verde en el que, de cuando en cuando, aparece un bosquete que arroja sombra bajo las ruedas de la moto.

Hace rato que noto algo raro en la moto, una especie de vibración intermitente, un “tac-tac” que percibo en los puños cuando bajo un poco la velocidad. Intento escuchar algo anómalo en el motor pero éste sigue sonando redondo, perfecto, un poco por encima del sonido del viento en el casco.
Los kilómetros pasan y la vibración, la sensación de que algo no va bien en la parte ciclo se acrecienta. En una de las miles de rotondas el "clac-clac" ya se oye claramente cuando salgo en segunda. Ahora ya no tengo ninguna duda, la cadena está destentada. Durante un rato me resisto a parar y realizar la tarea de mantenimiento porque ya estamos llegando al final de nuestra etapa, tan solo unos veinte o treinta kilómetros para llegar a Bélgica y me niego a detenerme.
El sol está cayendo ya a nuestras espaldas, escondiéndose tras los campos de cultivo y alargando las sombras de las granjas solitarias.
Al entrar en uno de estos pueblos fronterizos percibimos otro cambio. Vuelva a aparecer el gusto por el detalle y el entorno se ve más cuidado. Puede ser un preámbulo de lo que nos encontraremos en Bélgica o una pura casualidad. De nuevo, en una rotonda, el sonido de la cadena se hace más perceptible y desagradable así que decido parar y solucionar el asunto. En realidad no estoy muy convencido de que sea la cadena la que provoca ese feo sonido. La he tensado una vez en el viaje y no tendría que volver a tocarla en varios miles de kilómetros. El kit de transmisión fue cambiado hace unos meses y aún tiene que estar nuevo, no tiene ni quince mil kilómetros.
Efectivamente, el problema es de la cadena. Estoy viendo que está, para mi sorpresa, demasiado tensada. Esto es raro. Estoy seguro que la última vez la dejé con la tensión correcta. Quizá al hacerlo sin equipaje me haya pasado un poco. Sea como fuere aflojo la tensión tumbado en el suelo mientras, poco a poco, va oscureciendo el cielo. Un motorista francés se detiene para interesarse por nuestros problemas y un hombre, con más que evidentes signos de que algo no marcha bien en su cabeza se interesa por la "puisance" de la Vstrom. No parece interesarle mucho la Ducati, cosa rara.
La tarea ya está terminada y continuamos la ruta. Siento una gran alivio al dejar de escuchar el ruido de la cadena y vuelvo a conducir relajado y feliz. Entramos en Bélgica ya. No hay nada que nos indique que estamos en otro país, tan solo una señal que nos informa de los nuevos límites de velocidad en cada tipo de carretera. Hace rato que el paisaje ha dejado de ser tan monótono y las colinas se suceden, en suave ondulación, con alternancia de campos y bosquetes.
El sol está dando paso, definitivamente, a la noche así que, a unos quinientos metros de la carretera secundaria por la que circulamos montamos nuestra tienda de campaña, al amparo de un enorme tilo y un grupo de fresnos.
Mañana será otro día.

Desembarco de Bogavantes

El día amanece nuboso, con algún rayo de sol que parece querer abrirse paso entre las nubes, es decir, un día perfecto para andar en moto.
Después de vestirnos y desayunar, casi como por arte de magia, el día se ha vuelto plomizo, gris y desagradable, y la lluvia acaba de hacer su aparición sin ningún tipo de reparo. Es decir, un día perfecto para andar en moto.
Nos pertrechamos con los trajes de agua y salimos en dirección Norte para visitar las Playas del Desembarco. Este es, en realidad, el verdadero destino de este viaje pues fue Gelucho el que propuso el lugar. Cada año uno de nosotros escoge la ruta y lo que se va a visitar y en esta ocasión mi compañero se inclinó por Normandía. Yo hubiera preferido Polonia, Rumanía o cualquier lugar de la Europa Central pero, en su momento, no puse ninguna objeción porque así lo tenemos pactado. Si él tiene capricho por ver el lugar donde se decidió el resultado de la Segunda Guerra Mundial, pues adelante. Ya visitaremos Rumanía el año que viene.
Llueve de forma copiosa. Estamos haciendo el primer tramo de la ruta por autopista y, una vez más, los camiones arrojan litros de agua sucia sobre nosotros. Llevo el navegador envuelto el film de cocina, una solución, sin duda, poco elegante pero lo bastante efectiva para mantenerlo relativamente seco. A veces pienso en comprarme un Garmin Zumo, el GPS especial para moto y cien por cien impermeable pero los casi seiscientos euros que cuesta hacen que la idea se me quite de la cabeza, sobre todo al imaginar la cantidad de kilómetros que puedo hacer con ese dinero.
Ya estamos llegando a Omaha Beach, el nombre en clave que los Aliados dieron a esta playa que aún huele a muerte. Me
pregunto cuál sería su nombre anterior y si aún alguien lo recuerda.
Ya no queda mucho aquí de lo que sucedió hace sesenta años. Los chalets hace años que se instalaron al abrigo de los acantilados costeros y una carretera discurre paralela a la Playa de Omaha. Con este día los turistas no se han animado a la visita y tan solo algún autobús con jubilados aburridos se haya en el aparcamiento, así como dos idiotas en moto que, en silencio, recorren el paseo de la playa.
A pesar de ser consciente de lo que ocurrió aquí, de haber leído sobre las miles de bajas que se produjeron en el Desembarco, del horror que se vivió en este lugar, ningún sentimiento especial me asalta. Mientras miro el Monumento a "Les Braves", con inexpresivo rostro, no consigo imbuirme de la magnitud de todo esto y, la verdad, me encuentro un poco extraño, ajeno a cuanto me rodea, como mirándolo todo a través de una ventana. Me invade una cierta sensación de vergüenza, de traidor a la bandera de la libertad por no conseguir esta tragedia cale más hondo en mi pensamiento
A cambio me quedo con detalles nimios, con el chalet con tejado de paja, con el cartel de la playa, con la gravilla gruesa del aparcamiento, con la imagen de lo que se me antoja un absurdo monumento… Pequeñeces que nada tienen que ver con lo que significa esta playa en el devenir de la Historia. Prefiero no hacerle ningún comentario a mi compañero y me guardo estos sentimientos tan desprovistos de respeto con un profundo rubor interno.
Llegamos a Ponte du Hoc, un punto elevado en los acantilados donde los alemanes tenían varias baterías de artillería y que fue tomado por los Aliados escalando con cuerdas desde el mar. Este sitio me impresiona más que la playa porque puedo ver los enormes cráteres de las bombas. Inexplicablemente me sorprendo a mi mismo pensando en los perdedores, en los Nazis que defendían este punto, en sus familias y en sus casas, allá en Alemania. ¿Pero qué coño estoy haciendo? ¿Es simplemente espíritu de contradicción o que todo esto de lo militar me produce cierta náusea? Avanzo bajo la lluvia intensa avergonzado de mis pensamientos y sin atreverme a mirar a la cara de los demás visitantes, en silencio, pensando en las guerras, en el odio, en la estupidez humana. Todo esto es una mierda y quiero salir de aquí.
Ahora estamos en el cementerio de los Aliados, sobre el acantilado de la Playa de Omaha. Ha dejado de llover. Vuelvo a ver al americano de sombrero tejano y botas de vaquero y una chispa de vergüenza ajena se apodera de mí. Es tan… ¿anacrónico? Supongo que su padre o su abuelo cayeron en alguno de estos frentes pero, aún así, me sigue pareciendo ridículo el sombrero, tan lejos de su casa.
En el Monte St. Michael habíamos comentado, jocosamente, la proliferación de japoneses.. Aquí no hay ninguno. Me resulta curioso.
Paseo entre las miles de cruces de mármol blanco distribuidas con precisión milimétrica. Héroes. Muertos. Muertos y más muertos. Miles de cadáveres en torno a un monumento que no nos enseña nada, condenados, tal y como estamos, a repetir la historia una y otra vez. Dentro de unos años volverá a producirse otra gran guerra en el seno de la civilización y los supervivientes, los vencedores, orgullosos de sus héroes, volverán a levantar otro monumento que, de nuevo, no les enseñará nada. Me pregunto dónde estaré entonces, dónde estará mi hijo, dónde mi familia. Supongo que muertos.

Estoy de nuevo sobre la moto y el agua arrecia otra vez. Me alegro. Que llueva, joder, que llueva de una puta vez y que caiga agua hasta que se canse el cielo.

Las chicas, en Caen, me preguntan qué me han parecido las playas del desembarco. Impresionantes, digo poniendo cara de profundo respeto. Estoy a punto de decirles que aún huelen a muerte y a destrucción pero decido callarme y cambiar de tema.
Gelucho decide que, en agradecimiento a la hospitalidad de Alice, Camille y las demás, haremos una cena especial esta noche, Nosotros nos encargaremos. Ellas parecen encantadas con la idea así que nos ponemos manos a la obra. No puedo reprimir una mueca de asombro cuando Gelu me dice que les prepararemos arroz caldoso con bogavante. Flipo. Yo, que el día que preparé una tortilla de patatas para comer tuve que mirar la receta en internet.

Después de recorrer varias calles guiados por el GPS ya hemos comprado el pescado y el bogavante. Ahora estoy esperando a que regrese el cocinitas con una pota nueva. En la casa solo hay una y no es lo suficientemente grande para once o doce comensales. La situación me parece que se está tornando cada vez más surrealista. Y cómica. Nunca pensé en tener que comprar una pota durante un viaje en moto. Me puedo imaginar a mi mismo buscando cualquier chisme para llevar de regalo, para reparar la moto, para hacer una chapuza, pero una pota… ni en mis desvaríos más histéricos.
Nos hemos gastado una pasta, no sólo en la pota sino también en el azafrán, difícil de encontrar y caro en extremo, por no mentar al cabronazo del bogavante y los pescados para el caldo. Espero que el arroz salga, por lo menos, pasable.
Mientras Gelucho se afana en la cocina preparando fumet, pelando patatas para una tortilla o limpiando pescado, yo toco la gaita en el salón. Por puro compromiso le pregunto si necesita ayuda y siento un gran alivio cuando me dice que se arregla solo. La verdad es que no tengo ninguna gana de ayudarle ni de meterme en la cocina a hacer de pinche. Creo que ya lo se dio cuenta hace rato de mi apatía y prefiere trabajar solo.

No consigo desgranar buenas notas en la gaita, no estoy inspirado. Abro otra cerveza. Luego otra.

Ya ha pasado la tarde y todo está dispuesto para la pitanza. Al final me animé a echar una mano en la cocina, más que nada por puro remordimiento, no por lo que me apeteciese. Me pasa muchas veces esto de estar apático y posponer tareas o quedar a un lado. Y es una sensación desagradable porque ni estás a gusto sin hacer nada, con ese sentimiento de culpabilidad, ni estás realizando la tarea, con lo que la tendrás que hacer más tarde. Una mierda, ya digo.

La cena resultó estar estupenda y todos los invitados cantaron las excelencias de la cocina española. Es cierto, el arroz estaba muy bueno, en su punto. Bromeo sobre la posibilidad de llevar una pota en viajes posteriores.
Después de cenar Camille nos deleitó con un poco de su música. Ella, al hablar poco español, estaba como en un discreto segundo plano, parecía un poco tímida y casi no habíamos intercambiado palabras. Alice es más la batuta de la casa y con su contagiosa alegría capitaliza la conversación de una forma agradable y fluida de modo que poco sabíamos de Camillle, excepto de las maravillosas recetas de su abuela.
Pero Camille se ha puesto a cantar acompañada de la guitarra. Y cuando Camille canta todos callamos. Cuando las primeras notas salen de su boca, instintivamente, cierro la mía y me quedo mirándola, escuchando en silencio y dejándome arrullar por su voz suave, deliciosa. Estoy un poco fumado.
Miro a Gelucho que está sentado a mi lado, en el suelo, embelesado por la voz de Camille, como en éxtasis.
Apenas acertamos a pronunciarnos con un tenue aplauso por no romper la magia del silencio que se produce después de cada canción.
Se ha hecho tarde y tenemos que dejar la música. Mañana nos vamos a Bélgica. Desearía quedarme un día más.

Bocage Bretón

Dejamos el albergue, de nuevo con los trajes de agua puestos mientras una lluvia fina, persistente, se empeña en esconder el paisaje. Acabo de añadir un chupito de aceite al motor y engrasado la cadena a conciencia. Listo para un nuevo día de ruta hasta Caen, lugar que usaremos de base de operaciones en casa de Alice, una chica del Hospitality que nos brinda su casa el tiempo que estimemos oportuno.

Ha dejado de llover y se abren grandes claros que nos muestran, en toda su magnitud, el “bocage” de la campiña bretona. El paisaje está fraccionado en miles de pequeños campos separados por setos naturales, por barreras de árboles y arbustos que le confieren el aspecto de un mosaico en diferentes tonalidades de verde. Ahora la carretera ya no es recta. En lugar de eso subimos y bajamos, flanqueamos colinas de escasa altura que construyen curvas perfectas bajo asfalto impecable. Rodamos por una carretera nueva, con su negro asfalto recién pintado y con una tracción excelente.
Las granjas están diseminadas aquí y allá y, una vez más, todo vuelve a ser perfecto y todo está en su lugar. Disfruto de esta perfección mientras dura pero no puedo evitar el aferrarme un poco a este sentimiento, a esta belleza a este estado de irrealidad tan palpable.

En Dinan el GPS parece empeñado en seguir su propia ruta mientras yo me afano en salir de esta pequeña ciudad. Ya llevamos varias vueltas por diferentes barrios y no parece que encontremos un salida a ninguna parte. En lugar de dejarme guiar por mi instinto, por el sol o, simplemente, preguntar cómo demonios se sale de aquí, sigo obedeciendo ciegamente las instrucciones de la voz femenina que emana del navegador y eso parece no dar resultado. Me doy por vencido, al fin, y me detengo para consultar el mapa y establecer una nueva ruta que nos va llevando por diferentes puertos fluviales, anacronismos para nosotros que nos creímos tan lejos del mar.
Esta carretera solitaria nos lleva, tranquilamente, en dirección norte, entre bosquetes de frondosas y prados de un verde insultantemente hermoso. Pronto salimos de ese lugar tan especial para adentrarnos en la rasa costera.
Hemos llegado al borde del mar y ya vemos en Monte Saint Michael elevándose majestuoso, allí al fondo, destacando entre la bruma marina. He puesto hace rato la cámara de vídeo a grabar por primera vez en el viaje. Ignoro lo que saldrá de ahí y, realmente, no tengo grandes esperanzas de lograr unas buenas tomas. Aún así la llevo conectada.

El Mt. St. Michel es como Santiago de Compostela pero concentrado en un área más pequeña. Miles de turistas abarrotamos todo el espacio disponible y el interior de la muralla está plagado de tiendas, hoteles y restaurantes para que podamos aportar nuestro óbolo.
Unos kilómetros antes de llegar la presencia de decenas de hoteles y casas de alquiler nos dan una idea de lo que nos vamos a encontrar. Conforme nos acercamos la densidad de tiendas y restaurantes va en aumento para llegar al paroxismo en el interior del recinto. Aún así el lugar es impresionante. La imaginación vuela, como no, a tiempos pretéritos, a intentos de conquista de la fortaleza y a noches de asedio en el que la frustración de los atacantes iba en aumento al subir o bajar la marea, dependiendo de si el ataque era desde el mar o desde tierra. La abadía en el lugar más alto, como corresponde a su estátus. El lugar donde moran los dioses, donde se entierran a los santos y donde habitan los que mandan ha de disponer de una situación privilegiada, erigido en custodio de bienes materiales y espirituales.
El calor está aumentando y conforme ascendemos escaleras esquivando a japoneses de ojos rasgados parapetados tras la cámara, como manda el tópico, siento que me sobra la ropa de la moto. No tardo mucho en estar empapado y ni siquiera unos tragos de la bota me refrescan. Las vistas desde aquí arriba son espectaculares. El mar abierto se intuye allí, al fondo, y hacia el interior se extiende la llanura desde donde puedo divisar al enemigo parapetado desde detrás de mi atalaya. Me da igual lo que traigan mientras tenga mi alabarda, mi ballesta y mis cañones para amedrentar a su retaguardia.

Necesito salir de aquí.
Este calor va camino de convertirme en sopa. En la puerta principal veo a varios japoneses con máscara de médico. Me pregunto si serán dentistas o simplemente este adminículo ha pasado a formar parte de la cultura nipona. Sin duda no les van los aires europeos. También pudiera ser que estén acatarrados y que no quieran exportar sus miasmas a Francia, que todo es posible.
De nuevo en marcha, ahora sí, en dirección Caen, al Este. Decidimos abandonar las carreteras secundarias y llegar cuanto antes a Caen donde ya nos esperan nuestras anfitrionas del Hospitality Club.

En la casa nos recibe Camille, una joven sonriente y hermosa que nos trata con amabilidad exquisita mientras nos ayuda a meter nuestro equipaje. Dejamos las maleras y resto de pertrechos en el salón y salimos al jardín a tomar una cerveza con ella y con Flor mientras esperamos a Alice y a la otra Camille. En poco tiempo ya estamos como en casa y el trato entre nosotros es de lo más familiar.
Las chicas viven en una casa curiosa, como un juguete enorme en el que puedes descubrir algo sorprendente en cada rincón. Un maniquí con un pezón remendado con cinta aislante, la bola de discoteca en el techo, muebles de deshecho recuperados y con nueva vida… La casa es un lugar mágico, lleno de vida y de simpatía. Va pasando la tarde entre cervezas y risas mientras nos contamos retazos de nuestras vidas, de nuestros viajes. Preparamos, de forma colectiva, una enorme y deliciosa ensalada. Está realmente buena. Ahora estamos en el salón, seguimos tomando cervezas y contándonos nuestras vidas. Noto que estoy mejorando mucho mi nivel de francés y me encuentro a gusto parloteando con cierta fluidez.

Tout le Monde a la Route

Han pasado cinco horas y ya estoy levantado. Por fin ha dejado de llover y un tímido sol se asoma entre las nubes. Aún sigue sonando el acordeón que no ha dejado de hacerlo en toda la noche. Me pregunto qué clase de energía acompaña al acordeonista que ya ayer tenía una considerable dosis de cerveza.

Los malabaristas del fuego, aún llenos de mugre y oliendo a queroseno, continúan con su ingesta alcohólica y una litrona va pasando de una mano a otra. Nos saludamos efusivamente, como corresponde a su estado etílico y charlamos un rato. Hoy, o mañana, volverán al Pirineo y la semana que viene irán a actuar a París. Luego a Italia, luego a Hungría. Sus maquillajes, ya desvahídos a esta hora de la mañana, no consiguen esconder la cara de cansancio. Otra cerveza, silvuplé.
Aline saca el acordeón, otro la gaita bretona, otro el diatónico, otro el violín, otro la guitarra…cuando nos damos cuenta estamos tomando vino, cerveza y de nuevo, la fiesta.

De mala gana despierto de este nuevo estado de sana holganza y comenzamos a preparar el equipaje. La tienda, los sacos, las colchonetas, los trajes de agua, todo se halla desparramado en el lugar de la acampada.
Nos despedimos de nuestros amigos y volvemos a la carretera después de una noche memorable.

Hoy no estamos para grandes trotes as íque decidimos quedarnos a dormir en Pontivy, a menos de doscientos kilómetros, después de haber visitado Carnac y sus alineamientos megalíticos. El sol de la mañana ha dado paso a un día plomizo y soso que se complementa con largas caravanas domingueras. Ayer nos dijo el tendero que el domingo "tout le monde a la maison" pero parece que a estos miles que hoy han salido con el coche la regla no se les puede aplicar. Me pregunto a dónde van o de dónde vienen todas estas personas usando las mismas carreteras secundarias que nosotros creíamos solitarias. De nuevo, nada que juzgar. Allá cada cual con su paciencia. Superamos las caravanas con facilidad aprovechando semáforos, entradas en pueblos o, simplemente el parón en una de las cientos de miles de rotondas que existen en el país galo.
Dejamos atrás los megalitos, muy poco concurridos este domingo a causa del tiempo desapacible y continuamos hacia el norte, en dirección al albergue de Pontivy donde, después de cenar nuestro primer dönner kebab del viaje y tras un corto paseo, nos vamos a la cama a recuperar horas de sueño. Hago mi primera conexión a internet solo para constatar que el mundo sigue su curso sin nuestra presencia. Los problemas que quedaron atrás siguen en el mismo punto donde los dejamos. Esta es una huida de ida y vuelta que servirá para limpiar la mente por unos días. ¿Es suficiente?. No lo sé, pero sí necesaria.

Duchas de Agua Sucia

Hoy es sábado. Salimos de nuevo a la autopista y en menos de quince minutos estamos en Francia. Creo que es la cuarta o quinta vez que cruzo esta frontera. En el peaje policías españoles y franceses custodian no se sabe muy bien qué, cada uno a su lado del redil. Las fronteras están trazadas para separar, para defender la integridad propia y la superioridad que sentimos los humanos con respecto al grupo de pobladores vecinos. Lo nuestro, lo de mi país, es lo mejor y debe ser defendido de el de “afuera” con líneas imaginarias y alambradas reales. Si, bueno, ya sé que no es un planteamiento muy original y seguro que es en extremo demagógico pero es lo que hay. No por demagógico deja de ser menos real.

Tomamos la ruta norte, en dirección Burdeos y la autopista sigue siendo igual de monótona que hace unas horas. Kilómetros de pinares en Las Landas dan paso a kilómetros de extensiones agrícolas un poco más al norte, sin que nada llame especialmente mi atención.
De vez en cuando algún cartel nos avisa de la presencia de un radar pero como todos están situados para sacar la foto de frente no les prestamos demasiada atención. En el carril contrario vemos que hay algunos controles con trípode y esos sí sacan la foto a la parte trasera de los vehículos.
Una moto sale como una exhalación en una de las incorporaciones y yo acelero para ir a rueda durante algunos kilómetros. Al acercarme, me doy cuenta de que se trata de la policía, que le está ordenando a un vehículo salir dela autopista en la siguiente incorporación. Allí, en el control, varios ciudadanos están siendo registrados en ropa interior. Resulta un poco chocante que el en país de la liberté te pongan casi en pelotas en el medio de la autopista, la verdad. Pero yo no he venido aquí a juzgar, solo a hacer kilómetros y a disfrutar de un viaje. Dejemos los juicios de valor y sigamos adelante.
Cerca de Burdeos comienza a llover. Primero es una lluvia tímida, unas gotas que no se atreven a llegar al suelo por pura cobardía. Unos kilómetros más adelante, ya con el traje de aguas puesto, las gotas han ganado confianza y, solidarias, golpean con violencia la pantalla del casco. Cuanto más avanzamos hacia el norte más negro se ve el cielo y, si alguna tenue esperanza teníamos de que dejase de llover, ésta ya se ha disipado hace rato.
El paisaje sigue siendo monótono, llano hasta donde la vista alcanza y verde intenso. Intento masajearme el cuello de vez en cuando pero las molestias no remiten.
Ahora la lluvia ha arreciado y hay momentos en los que la visión es muy escasa. Reduzco la velocidad de la marcha y disfruto yendo detrás de los camiones unos metros. Es como sumergirse en una ducha de agua sucia. El rebufo de cataratas y el nauseabundo olor del escape no me molestan lo más mínimo. Estoy en mi viaje y disfruto. Esto es ir en moto. Es un día perfecto para viajar, tan perfecto como cualquier otro. Me asalta esa sensación conocida de que todo está en su sitio y una enorme tranquilidad me invade, incluso en este día de mierda.
Ahora estamos en un área de servicio cerca de Sarzeau, nuestro destino en el día de hoy. Un francés me dice que no es gran día para ir en moto, justo lo contrario de lo que yo pienso. Le respondo que todos los días son perfectos para ir en moto, hoy especialmente. “Y cuando hace sol?” – pregunta divertido. Eso ya debe de ser la leche!
Sarzeau es un pueblo grande pero tranquilo como cualquier pueblo francés un sábado por la tarde. Ni frío ni calor. Llueve pero con menos intensidad que en las horas anteriores.
Preguntamos a un tendero por la Fest Noz a la que nos dirigimos y nos encamina hacia la Granja Beauvue, justo al lado del Chateau de Sucinio, un castillo enorme con su foso de agua y todo.
Llegamos justo a tiempo, la fiesta está empezando y un grupo de tragafuegos y malabaristas realiza sus evoluciones en el interior de la carpa. Al fijarme con atención descubro que la carpa no es tal sino un pajar enorme decorado para la ocasión. Un bar y un puesto de reparto de comida biológica, asícomo unos centenares de mesas corridas con sus bancos completan el cuadro.
Llamo a Aline y a Guillame, a los que conocí a través del Hospitality Club. Ellos son los que, semanas atrás, me hablaron de esta fiesta típica bretona y los que nos metieron el gusanillo de probar esta versión del mundo folk.
Lo que más nos sorprende, sin lugar a dudas, es el baile. Todos y cada uno de ellos son en círculo, con más o menos variaciones para bailar en pareja pero siempre formando un círculo, bien sea cogidos por los meñiques, la mano o del brazo.Todos bailan. Niños, abuelos, mujeres con culos prominentes, chicas hermosas con rastas, jóvenes con pinta de surferos… todo parece estar imbuido de un aura de complicidad que envuelve hasta el último rincón.
Yo estoy exhausto al segundo baile. La última melodía ha sido una pieza rápida en la que el cambio de pareja llegó a marearme. Me quedo a un lado un rato observando como la magia de la música bretona consigue unir a personajes tan dispares bajo una causa: el baile comunitario hasta bien entrada la madrugada.
Parecen ser capaces de bailar cualquier melodía. Las lentas tienen sus bailes tipo vals y las más rápidas se siguen, en circulo, con un enloquecido movimiento de piernas y hombros.
Así, entre cervezas, licores de enorme capacidad espirituosa y música, intento enhebrar, una vez que ha finalizado la música “oficial” en el escenario, un par de muñeiras con la gaita pero salgo perdedor de una lucha de egos con un saxofonista realmente virtuoso, así que, recojo en petate mientras la fiesta continúa.
Está amaneciendo y aún no tenemos dónde dormir. Confiábamos en que el dueño de la granja nos permitiese usar un pajar aledaño pero somos unos cuantos los que anhelamos ese hotel y no se le ve muy dispuesto. En realidad nada dispuesto. La verdad es que yo tampoco alojaría a unos cuantos borrachos, fumadores y cargados de ánimo, en el almiar donde almaceno la comida de mis vacas. Si las tuviera. De nuevo, nada que reprochar. Hemos venido porque nos ha dado la gana y por nuestros propios medios así que, ni reproches, ni exigencias.
A las cinco y media de la madrugada, con la luz del alba asomando por el Este, nuestra tienda está montada con una más que digna apariencia y nos retiramos para intentar dormir un rato, a pesar del barullo musical que reina a unos escasos cincuenta metros.
Mientras escucho un acordeón diatónico el sueño me va venciendo y los pensamientos, cada vez más errabundos, se hacen difusos y desaparecen
.

Viajando por la Tarde

No me gusta viajar después de comer.Suele entrarme ese sopor digestivo que le impide a uno concentrarse en lo que está haciendo y el único deseo que subyace es el de echarse una siesta. Sin embargo hoy no nos queda otro remedio. Hasta ayer estuvimos dudando sobre la fecha de salida a causa de compromisos adquiridos a última hora.

 

 

Son las tres de la tarde de un día cualquiera de junio, el sol brilla sobre nuestras cabezas y nos disponemos a emprender la marcha camino de Francia y algún otro lugar más. La hoja de ruta es un tanto difusa, como impregnada de una nebulosa que nos impide ver bien el destino último. No tenemos preferencias ni objetivos claros, exceptuando las playas del Desembarco de Normandía, un capricho de mi compañero Gelucho, que vamos a hacer realidad. A partir de este punto todo son incógnitas: Ámsterdam, Hamburgo, los Alpes… poco importa el destino viajando en buena compañía y con la tranquilidad que impone el no saber a dónde vas.

Tomamos la carretera de Oviedo, mil veces transitada, mil veces estudiada cada curva, cada recodo, cada falso llano subiendo el puerto, y mil veces divertida para recorrerla en moto.

A tan sólo dos kilómetros de casa sobreviene la primera parada: Gelu ha olvidado el dinero en casa. Pacientemente me quito los guantes y el casco y me sitúo a la sombra a esperar a que vuelva. En otras circunstancias seguramente este primer contratiempo me hubiera soliviantado, deseoso como estaba de emprender la marcha y salir de España cuanto antes, pero hoy no. Hoy estoy tan feliz de emprender esta ruta incierta que no hay nada que pueda quebrar mi ánimo, ni siquiera una lumbalgia sobrevenida esta mañana a causa un esfuerzo realizado ayer.
Según van pasando los kilómetros noto algo raro, no voy cómodo. La postura es la de siempre, el manillar a la misma altura, el asiento en su sitio… sin embargo, algo no marcha. Se me va cargando el cuello poco a poco y estoy incómodo. Normalmente suelo pasar varias horas conduciendo en la misma posición pero hoy la cosa no cuaja. Cambio la postura de forma constante y no consigo acomodarme a la máquina. A partir de Oviedo, a tan sólo ciento cincuenta kilómetros de la salida ya estoy cansado y cuando llegamos a Bilbao, a pesar de haber realizado el último tramo por autopista la lumbalgia y el cuello me molestan de forma ostensible.

Al llegar a Irún ya está anocheciendo y decidimos meternos en una área de servicio que encontramos, la primera. Es una de esas áreas enormes, con restaurante, autoservicio, aparcamiento para cientos de camiones y unos precios que me parecen desorbitados. Montamos la tienda de campaña lejos de miradas indiscretas, detrás de una construcción que se nos antoja perfecta.

 

Gelucho viene cargando con un lacón cocido, una hogaza de pan casero y doce litros de vino, además de otras viandas de menos empaque así que, con cuatro palets de obra, monto un mesa improvisada y con un tronco seco, un banco perfecto para sentarse y proceder a la opípara cena.

El lugar elegido parece no ser tan perfecto como creíamos puesto que la construcción que tan estratégicamente nos ocultaba ,resultó ser la depuradora de aguas residuales del complejo que, de vez en cuando, emanaba algunos efluvios. Aún así ya es tarde para desmontar nuestro hogar transitorio así que confiamos en que la meteorología no varíe la dirección del viento para situarnos a sotavento.
Después de cenar, con la barriga llena de vino y lacón nos vamos a la cama ente risas, con la ilusión del primer día de viaje ya agotada pero con la certeza de que mañana será otro día grande de moto y carretera.

Mientras me duermo confío en que ladureza del suelo sea un bálsamo para mi maltrecha espalda. 

5. Morir a la Orilla

 

Por fin llegó la última etapa y además, saliendo desde mi casa. La cosa prometía. El día anterior la fiesta de gaitas no se había alargado hasta las tantas, tal y como era costumbre, en aras de evitar un, más que probable, mal estado general para retomar el Camino. La etapa anterior, de Oviedo a Grandas, había sido rápida y sin problemas y presagiaba otra similar para rematar. El Vespino parecía haber ganado algo de potencia en los últimos días y mi trasero ya se estaba acostumbrando a las cinco o seis horas diarias de maltrato en el desgastado sillón del ciclomotor.

Cuando salí a la calle comenzaban a caer las primeras gotas, nada serio, pero a lo lejos, detrás de las montañas donde comienza Galicia, la negrura se adueñaba del cielo presagiando la entrada de un frente bastante activo. No necesitaba echar mano de mis dotes adivinatorias ni elucubrar con conocimientos sobre el estado de la atmósfera: lo habían predicho en la tele el día anterior. A pesar de todo decidí no ponerme aún el traje de aguas aunque ya es sabido que, si te lo pones, es más fácil que no llueva. En este caso el resultado fue el mismo y a los tres kilómetros tuve que parar a ponérmelo de forma apresurada. A partir de aquí ya no paró de llover hasta el final de la etapa, concluida como veremos, de forma poco venturosa.

 

 

La subida al Puerto del Acebo fue tal y como había previsto, lenta pero no tanto como la realizada la semana anterior cuando probé el Vespino. Ahora parecía que iba más desahogado que antes. Por la cabeza se me pasó que, quizá, el escape estuviese un poco sucio y al abrir una vía los gases encontrasen una buena salida. Esto le haría perder potencia en bajos pero, a cambio, una vez lanzado corría un poco más. Como la lata de cerveza, que aún seguía en su sitio, no era totalmente eficaz a la hora de tapar la rotura, quedaba sitio suficiente para que los gases y el ruido estrepitoso, salieran más holgados. Sea como fuere el Pájaro Vespino corría más, de eso no cabía duda.

Dejé atrás A Fonsagrada y en poco tiempo estaba negociando mi curva, esa que me pone los pelos de punta y que me acoge como una madre cuando llego a su altura. Como en dirección a Lugo tiene un poco de bajada, el Vespino se embaló y, aún con el suelo mojado, llegué al final tumbando con una trazada perfecta dadas las circunstancias. Definitivamente esta curva me ama. Siempre me recibe con su tacto aterciopelado, sin baches, sin mácula, perfecta en su perfecta redondez. Luego su hermana la contracurva se despidió de mí con una suave caricia en la espalda y la máquina volvió a su tedioso discurrir, enfilando la cuesta de Montouto y regalándome un patinazo de correa que me devolvió a la realidad.

Después vino la bajada de Cerredo, a tumba abierta hasta Paradavella y de nuevo la tranquilidad en el paso.

A treinta kilómetros de Lugo el escape hacía más ruido que de costumbre y aproveché que tocaba repostar para ponerle unas bridas y sujetarlo un poco. De paso, comprobé que venía, desde el inicio de la etapa, sin el tapón de gasolina. Se me había olvidado volver a colocarlo cuando reposté antes de salir. Como siempre la sacrosanta cinta americana me sacó del apuro, al menos hasta que los vapores de la gasolina degradaran el adhesivo.

 

 

 

Pero no hubo tiempo para eso, a los poco kilómetros, cuando faltaban tan solo seis para llegar a Lugo, la máquina comenzó a perder la poca potencia que tenía de forma alarmante y en cuestión de mil metros, al comienzo de una cuesta, se negó a seguir avanzando deteniéndose al lado de la entrada de un chalet. Después de obtener autorización de la señora para usar su garaje comprobé la bujía, en realidad solo el cable porque la llave de la Vstrom no sirve para el Vespino, y todo parecía en orden. Después de sopesar un rato las posibilidades llamé a la asistencia en viaje, Eurolloyd, que me sacó de allí una hora más tarde.

 

Una vez en el taller, Motos Montouto de Lugo, el dueño hizo una prospección rápida de los síntomas y concluyó que, además de poca compresión, el escape estaba atascado de carbonilla concluyendo que todos mis problemas y los del Vespino se solucionarían poniendo uno nuevo .Para entonces ya era la una y cuarto, imposible de reparar a esa hora y en cola para mirarlo a las cuatro o las cinco. De nuevo, volví a sopesar las opciones y me decanté por abandonar el proyecto.

Con todo a favor, es decir, escape en la tienda y reparación rápida, no saldría de Lugo antes de las seis de la tarde. Si todo seguía a favor llegaría a Santiago a las diez o las once de la noche y no estaba dispuesto a jugármela, de noche y diluviando, por las carreteras gallegas. Por otra parte, comprar un escape para una moto que no es mía y realizar cien kilómetros se me antojaba un dispendio al que tampoco estaba dispuesto. Además al día siguiente tocaba trabajar y tampoco era cuestión de dejar de cumplir con las obligaciones laborales en pro de la devoción.

Así que, así las cosas, llamé a Elena que, en dos horas estaba con la furgoneta en Lugo y que me encontró bajo los efectos de un chupito de coñac después de haberme metido entre pecho y espalda un buen churrasco en la Parrillada As Cubas.

 

 

Y así concluyó mi peculiar Camino de Santiago en Vespino, remando, remando para morir a la orilla con una máquina con fallos, a medio revisar y a cien kilómetros de la meta. No es que me preocupe mucho, ni siquiera me siento frustrado por este final que, siendo sincero, creí que se produciría mucho antes, pero, la verdad, hubiera preferido llegar un poco más cerca, coño!

 

Errores cometidos. El primero no haber cambiado el escape, obvio. El segundo no haber escogido la primavera para rodar, (aunque la fecha la escogí, precisamente, por el frío). El tercero… bueno, creo que, en realidad, no hubo más errores.

 

Vaya mi agradecimiento a Garaje Paco que, de forma desinteresada, aportó el Vespino para esta ocurrencia y para Eurolloyd que me facilitaron el cambio del seguro de la Vstrom al Pájaro Vespino.

Valentín por sus consejos y el aporte de contactos.

A Elena por hacer de asistencia, (y por soportar las más variopintas ocurrencias).

Y a todos lo que, desde Facebook, www.paramoteros.com, www.moterosastures.com, www.vstromclub.com, www.motostrail.com y foro.vespinos.com me dieron ánimos para seguir cuando me estaba congelando en las estepas burgalesas y preguntándome qué coño hacía allí.